-La noche en el campo -
Estábamos los cuatro en el medio del campo mendocino, después de un día pesado. El sol ya se había ido y el calor seguía pegando. Éramos yo (Seba), David (35, flaco pero fuerte), Germán (44, atlético, de los que se cuidan) y Mario (46, mendocino rudo, gordo, con pinta de tipo de campo, barba crecida y manos grandes).
Paola había venido a visitarme. Dijo que extrañaba y que quería pasar la noche con nosotros. Estaba con un short cortito de jean y una remera ajustada que le marcaba las tetas grandes y caídas. Se le notaba que no llevaba corpiño.
Al principio todo normal. Tomamos fernet, charlamos, nos reímos. Pero el alcohol y el aislamiento empezaron a calentar el ambiente.
Mario, el mendocino gordo y rudo, fue el primero que no se aguantó. La miró de arriba abajo y le dijo con esa voz gruesa:
— Che Seba… tu mujer tiene unas tetas que no se pueden dejar de mirar… ¿no tenés miedo que se nos prenda?
Paola se puso colorada pero se rió nerviosa. Yo me calenté al toque.
Poco después, Germán se acercó por detrás mientras ella estaba agachada buscando algo en la heladera. Le apoyó la pija dura contra el culo y le dijo bajito:
— Qué culo tenés, Paola…
Ella no se apartó.
Ahí se rompió todo.
Mario (el mendocino rudo, gordo, 46 años):
Fue el primero. La puso en cuatro sobre las frazadas, le bajó el short de un tirón y le escupió en la concha. Tenía la pija gruesa y corta. Se la metió de un solo empujón brutal.
— Tomá, puta… abrí bien ese conchazo flojo que tenés — gruñó mientras la cogía con golpes pesados, agarrándole las caderas con esas manos callosas y grandes.
Paola gemía fuerte, las tetas le colgaban y se bamboleaban. Mario le daba cachetadas en el culo y le tiraba del pelo. Al rato se corrió adentro, llenándola de leche espesa.
Germán (44, atlético):
La puso boca arriba, le abrió las piernas bien ancho y se la metió despacio pero profundo. Tenía la pija larga y venosa. Empezó a cogerla con ritmo constante, tocándole el punto G con cada embestida.
— Mirá cómo chorreas, guacha… — le decía mientras le chupaba las tetas con fuerza.
Paola se corrió dos veces seguidas, temblando y apretando las piernas alrededor de él. Germán siguió hasta que se corrió adentro, mezclando su leche con la de Mario.
David (35, flaco pero fuerte):
La puso de costado, le levantó una pierna y se la metió desde atrás. Tenía la pija delgada pero muy dura. La cogía rápido, como un animal, mientras le metía un dedo en el orto.
— Qué concha caliente y floja tenés… — le susurraba.
Paola se corrió otra vez, gimiendo fuerte. David la siguió hasta llenarla más.
Yo (Seba):
Al final la agarré yo. La puse en cuatro de nuevo, le tiré del pelo fuerte y se la metí bien profundo en la concha llena de corrida de los tres. La cogí salvaje, dándole cachetadas en el culo y tirándole el pelo.
— Tomá, puta… esto es lo que te gusta, que te llenen entre todos.
Paola se corrió una vez más gritando, con la concha chorreando. Al final me corrí adentro, mezclándome con los demás.
Cuando terminamos, quedó tirada en el medio, respirando agitada, con corrida chorreando de la concha y el orto, tetas rojas de tanto manoseo y cara de puta satisfecha.
Estábamos los cuatro en el medio del campo mendocino, después de un día pesado. El sol ya se había ido y el calor seguía pegando. Éramos yo (Seba), David (35, flaco pero fuerte), Germán (44, atlético, de los que se cuidan) y Mario (46, mendocino rudo, gordo, con pinta de tipo de campo, barba crecida y manos grandes).
Paola había venido a visitarme. Dijo que extrañaba y que quería pasar la noche con nosotros. Estaba con un short cortito de jean y una remera ajustada que le marcaba las tetas grandes y caídas. Se le notaba que no llevaba corpiño.
Al principio todo normal. Tomamos fernet, charlamos, nos reímos. Pero el alcohol y el aislamiento empezaron a calentar el ambiente.
Mario, el mendocino gordo y rudo, fue el primero que no se aguantó. La miró de arriba abajo y le dijo con esa voz gruesa:
— Che Seba… tu mujer tiene unas tetas que no se pueden dejar de mirar… ¿no tenés miedo que se nos prenda?
Paola se puso colorada pero se rió nerviosa. Yo me calenté al toque.
Poco después, Germán se acercó por detrás mientras ella estaba agachada buscando algo en la heladera. Le apoyó la pija dura contra el culo y le dijo bajito:
— Qué culo tenés, Paola…
Ella no se apartó.
Ahí se rompió todo.
Mario (el mendocino rudo, gordo, 46 años):
Fue el primero. La puso en cuatro sobre las frazadas, le bajó el short de un tirón y le escupió en la concha. Tenía la pija gruesa y corta. Se la metió de un solo empujón brutal.
— Tomá, puta… abrí bien ese conchazo flojo que tenés — gruñó mientras la cogía con golpes pesados, agarrándole las caderas con esas manos callosas y grandes.
Paola gemía fuerte, las tetas le colgaban y se bamboleaban. Mario le daba cachetadas en el culo y le tiraba del pelo. Al rato se corrió adentro, llenándola de leche espesa.
Germán (44, atlético):
La puso boca arriba, le abrió las piernas bien ancho y se la metió despacio pero profundo. Tenía la pija larga y venosa. Empezó a cogerla con ritmo constante, tocándole el punto G con cada embestida.
— Mirá cómo chorreas, guacha… — le decía mientras le chupaba las tetas con fuerza.
Paola se corrió dos veces seguidas, temblando y apretando las piernas alrededor de él. Germán siguió hasta que se corrió adentro, mezclando su leche con la de Mario.
David (35, flaco pero fuerte):
La puso de costado, le levantó una pierna y se la metió desde atrás. Tenía la pija delgada pero muy dura. La cogía rápido, como un animal, mientras le metía un dedo en el orto.
— Qué concha caliente y floja tenés… — le susurraba.
Paola se corrió otra vez, gimiendo fuerte. David la siguió hasta llenarla más.
Yo (Seba):
Al final la agarré yo. La puse en cuatro de nuevo, le tiré del pelo fuerte y se la metí bien profundo en la concha llena de corrida de los tres. La cogí salvaje, dándole cachetadas en el culo y tirándole el pelo.
— Tomá, puta… esto es lo que te gusta, que te llenen entre todos.
Paola se corrió una vez más gritando, con la concha chorreando. Al final me corrí adentro, mezclándome con los demás.
Cuando terminamos, quedó tirada en el medio, respirando agitada, con corrida chorreando de la concha y el orto, tetas rojas de tanto manoseo y cara de puta satisfecha.
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