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OJOS QUE NO VEN
No sé exactamente en qué momento dejé de importarle a los demás. Tal vez fue cuando empecé a engordar. O cuando dejé de teñirme el pelo con regularidad. O cuando me convencí de que los hombres ya no eran para mí, que no tenía sentido volver a intentarlo. Lo cierto es que un día me di cuenta de que era invisible.
Me llamo Sandra. Tengo 47 años, aunque se que aparento muchos más. Mi exmarido se fue hace ya casi una década con una mujer más joven, más flaca y más viva que yo. Nunca volví a tener pareja, ni siquiera una aventura. Lo decidí así. El dolor se me instaló como una humedad interna y, con el tiempo, me fue calando el cuerpo. Cambié el buen sexo por una buena comida. Comía para calmar la angustia, para no pensar, para dormir sin soñar.
Trabajo en un organismo del Estado, en una oficina gris, detrás de un escritorio que ya siento parte de mi cuerpo. Atención al público. O, mejor dicho, atención a la impaciencia, a los reclamos, a las caras largas. Hace años que hago el mismo recorrido: seis cuadras desde mi casa hasta la oficina cada mañana, y otras seis al volver. Siempre sola. Siempre con los mismos zapatos cómodos, la cartera colgando del hombro, la cabeza baja.
La rutina me protege. Nadie espera nada de mí, y yo no espero nada de nadie.
Y una mañana cualquiera, de esas en las que ya camino por inercia, con el piloto automático de la resignación, lo vi.
Fue apenas un cruce fugaz. Se acercaba por la vereda opuesta, y me llamó la atención sin saber por qué. Tal vez por su andar, por la postura erguida, por la forma en que sostenía el maletín con una mano y el celular con la otra, como si todo en él estuviera medido, preciso, contenido. No lo miré demasiado, apenas un par de segundos, como quien espía sin querer, pero algo me quedó zumbando.
Era un hombre de unos sesenta, alto, sin abdomen prominente como la mayoría. Bien vestido, con una camisa clara que se adivinaba impecable debajo de un saco gris oscuro, pantalones que le calzaban perfectos, zapatos lustrosos. Caminaba con decisión, pero sin apuro. Y aunque no nos miramos directamente, sentí —no sé cómo explicarlo— que él también me había registrado. Fue solo una intuición. O un deseo.
Esa noche no dormí bien. Soñé con un aroma que no reconocía, uno masculino, envolvente, embriagador. Y cuando desperté, su imagen volvió, nítida, como si se hubiese instalado en un rincón nuevo de mi memoria.
A la mañana siguiente, salí unos minutos antes. Caminé con más atención. No con ansiedad, no... con curiosidad. Me llevé los lentes de sol, aunque no hiciera falta. No por coquetería —hace años que ya no intento agradar— sino para verlo sin que lo note, si acaso lo volvía a cruzar.
Y sí, ahí estaba.
Esta vez, más cerca. En la misma vereda, viniendo de frente. Cuando pasó a mi lado, me llegó su perfume. Dios. Ese perfume. No era fuerte, no era invasivo. Era como él: elegante, seguro, sobrio. Sentí que algo dentro mío se estremecía, algo que creía dormido, si no muerto.
Lo miré en detalle protegida tras los lentes. Ojos azules. Pelo entrecano, perfectamente afeitado. La barba sugerida, milimétrica. La piel cuidada. Era un hombre que se sabía atractivo, pero que no necesitaba demostrarlo. Y yo… yo sentí una punzada entre las piernas. Una sensación olvidada. Una atracción que me descolocó.
Seguí caminando como si nada, pero el corazón me latía como si hubiese corrido las seis cuadras. Ese día, en la oficina, no pude concentrarme
Los días siguientes, los cruces se volvieron parte de mi rutina. Mejor dicho, se convirtieron en la rutina. Lo buscaba con la mirada desde que salía de casa. Ajustaba el paso para coincidir, para alcanzarlo o para pasar justo al mismo tiempo. Nunca lo saludé, claro. Nunca me animé a tanto. Pero sí empecé a probar pequeños gestos, pavadas: el pelo más suelto, un poco de labial discreto, la blusa desabrochada un botón más de lo habitual. Hasta me compré una crema perfumada que no usaba desde hacía años.
Y sin embargo, nada.
Él no me veía.
Me pasaba al lado como si yo fuera parte del paisaje, como si mi cuerpo no ocupara espacio. Como si mis ojos no lo buscaran con hambre. Al principio dolía. Luego me conformé con observarlo. Inventé una vida para él. Lo imaginé abogado, arquitecto, gerente. Divorciado o viudo. Reservado, culto, atento. Lo imaginé bajando las escaleras de un despacho elegante. Lo imaginé sonriendo, haciéndome una pregunta, tomándome del brazo.
Y sí, también lo imaginé dentro mío.
No me pasaba desde hacía años. No me animaba a tocarme porque me sentía fea, porque mi cuerpo me molestaba. Pero esa noche, después de un cruce particularmente frustrante en el que él directamente miró su celular cuando pasamos, sentí una ansiedad insoportable. No era tristeza. Era deseo.
Me metí en la cama temprano, con la casa en silencio. Cerré las persianas, apagué las luces, me desnudé lentamente. Me detuve en mis pechos, que habían perdido firmeza pero no sensibilidad. Me acaricié con los ojos cerrados, con la yema de los dedos rodeando mis pezones hasta que se endurecieron como cuando era joven, como cuando mi marido aún me hacía el amor con ganas. Sentí un cosquilleo que me hizo temblar.
Mi mano bajó despacio por el vientre, pero no me toqué entre las piernas. Aún no. Me levanté. Fui hasta la cocina.
En el segundo cajón, junto a los utensilios que casi no uso, estaba el palo de amasar. Lo saqué con cuidado. Estaba limpio. Frío al tacto. Me lo llevé a la habitación.
Volví a acostarme y lo coloqué sobre el abdomen. Cerré los ojos y lo imaginé como si fuera su miembro, duro, grueso, tibio. Lo deslicé despacio por mi piel, de abajo hacia arriba, hasta que rozó los pezones otra vez. Solté un gemido leve, casi avergonzado. Lo apreté contra mis pechos, lo acaricié con las dos manos, lo besé.
No llegué a más. No esa noche. Me corrí las sábanas y lloré en silencio.
Pero algo se había despertado en mí.
Fue un día como cualquiera. Uno más entre montones de formularios, quejas y papeles manchados de café. El aire acondicionado apenas funcionaba y mis párpados pesaban. Tenía el cuerpo en la silla, pero la mente lejos. Pensando en él, como cada mañana. En sus manos, en su perfume, en esa sonrisa que nunca me dedicaba. Fantaseando con escenas imposibles mientras sellaba planillas como una máquina vieja.
Y entonces, lo escuché.
—Buen día… ¿Me podrías ayudar con esto?
Esa voz. Esa voz grave, con pausa, con presencia.
Levanté la vista despacio, con miedo de estar imaginándolo.
Y no. No era un sueño. Era él.
En carne y hueso. Frente a mí.
Tuve que hacer un esfuerzo por no quedarme con la boca entreabierta. Sentí un sacudón interno, como si una mano invisible me hubiese hundido los dedos en el estómago. Tragué saliva. Me acomodé en la silla. El corazón latía como si hubiera salido corriendo seis cuadras bajo la lluvia.
—Claro… —balbuceé—. A ver…
Él dejó sobre el escritorio unos papeles desordenados. Su perfume me invadió de nuevo. Más fuerte. Más cercano. Tuve que contener un suspiro.
—Soy Enrique —dijo, tendiéndome la mano.
Y yo me quedé congelada. Enrique. Tenía nombre. Voz. Temperatura.
—Sandra —respondí, con una sonrisa que intentaba no parecer de idiota. Con la rareza de que alguien se presentara con cortesía donde nadie lo hace, donde no es necesario. Y solo quise volar...
Me miró a los ojos. Un segundo apenas, pero lo suficiente para que todo en mí vibrara. Me esforcé por mantener la profesionalidad, aunque me temblaban los dedos. Atendí su trámite como si fuera el único del día. Hasta le expliqué de más, para prolongar el momento. Él parecía amable, agradecido, atento. Y cuando se fue, con un "gracias, Sandra", sentí que el mundo se detenía. Me quedé mirando la puerta cerrarse, con el pecho agitado y una humedad tibia entre las piernas.
Esa tarde no volví caminando por la misma ruta de siempre. Me desvié, sin pensarlo. Crucé a la verdulería de la esquina. No necesitaba nada, pero me encontré eligiendo frutas con obsesión. Uvas, frutillas, un par de manzanas. Y zanahorias. Las más grandes. Las más gruesas. Las toqué con los dedos como si fueran de cristal. Una anciana me miró y me dio la sensación de que podía leerme los pensamientos. Apreté el bolso y salí rápido.

Pero no fui directo a casa.
Pasé por la farmacia.
Caminé los pasillos fingiendo buscar algo. Toqué unas cremas, un par de esmaltes. Y después, sin pensarlo demasiado, tomé una caja de preservativos. Me acerqué a la caja con el corazón desbocado.
—Son para mi hija —dije sin que me lo preguntaran. La farmacéutica apenas alzó la vista.
—Claro —respondió, cortante, cobrando sin juicio.
Salí con las mejillas ardiendo. Me sentí ridícula, pero excitada. Como si todo lo que estaba haciendo formara parte de un plan secreto. Como si algo se estuviera gestando adentro mío.
Esa noche, apenas crucé la puerta de casa, supe exactamente lo que iba a hacer. No fue una idea razonada, ni una fantasía más. Fue una urgencia. Un hambre viejo que volvía con fuerza.
Me desnudé con apuro. Ropa al suelo, sin ceremonia. Fui a la cocina, tomé la zanahoria más gruesa, la misma que había elegido con descaro en la verdulería, y la lavé con esmero. No por higiene, sino por deseo. La sequé con una toalla suave, la envolví en uno de los preservativos y me la llevé al cuarto como quien se lleva un tesoro.
Me acosté desnuda en la cama, las piernas abiertas como hacía años no lo hacía. Me acaricié los senos con desesperación. Apreté los pezones con fuerza, pellizcándolos, girándolos, tirando de ellos como si estuviera provocando a mi propio cuerpo a despertar. Y despertó. Con un ardor delicioso entre las piernas. Mojada. Lista.
Llevé la zanahoria a mi vulva y la froté primero contra mi clítoris, suave, circular. Sentí que el cuerpo se me tensaba. La presión aumentaba. La necesidad también. No esperé más. La empujé adentro de mí. Lentamente. Con cuidado. Pero sin detenerme. La sentí llenarme hasta el fondo. Como hacía años no lo sentía.
Me moví. Empujando. Retirándola apenas. Volviéndola a meter. Cerré los ojos. Me imaginé que era Enrique quien me la metía. Que era su cuerpo el que me abría con fuerza. Su respiración en mi oído. Su perfume en mi cuello.
Con la mano libre me acaricié las nalgas. Las apreté, las recorrí como si fueran sus manos. Me hundí los dedos entre los pliegues, despacio. Imaginando que era él quien me abría. Que él me poseía. Me llevé dos dedos al culo, con suavidad primero. El ano cedió poco a poco, tibio, expectante. No necesitaba más. No quería más.
La zanahoria seguía enterrada dentro de mí, empapada. La moví con fuerza mientras me frotaba el clítoris con la otra mano. Firme. Sin pausa. Gimiendo como una perra desesperada. La mezcla era explosiva. Todo mi cuerpo en alerta. Cada músculo temblando.
El primer orgasmo me hizo gritar.
El segundo me hizo arquear la espalda.
El tercero me nubló la vista.
El cuarto me hizo llorar sin lágrimas.
El quinto me sacudió los muslos.
Y el sexto me dejó vacía.
Vacía y satisfecha.
La zanahoria quedó dentro mío, hundida en ese lugar donde se mezclan la vergüenza y el gozo. Mis dedos quedaron tibios, húmedos, temblorosos. Mi cuerpo vencido sobre las sábanas. Mi pecho subía y bajaba con violencia.
Me quedé dormida así.
Con la concha abierta.
El clítoris palpitando.
El culo sensible.
Y una sonrisa imborrable en la boca.
Esa noche no soñé con el pasado.
Esa noche soñé con lo que vendría.
A la mañana siguiente desperté con el cuerpo entumecido, las piernas aún abiertas, la sábana húmeda entre las piernas y el alma todavía flotando. Me levanté como pude, me duché largo, sin apuro, sintiendo el agua recorrer cada rincón todavía sensible. Cuando salí del baño, la zanahoria estaba en la mesita de luz, envuelta en un papel de cocina, como un trofeo sucio de guerra.
Me vestí sin entusiasmo, como cada día. Pero algo había cambiado. Me sentía más viva. Más despierta. Más mía.
Salí a la calle y, como todas las mañanas, tomé esas seis cuadras hasta el organismo. A mitad de camino, como un reloj, lo vi. Alto, elegante, con ese andar pausado, su maletín de cuero gastado, su saco bien cortado. Enrique. Venía de frente.
Y esta vez, me miró. Apenas.
Un leve movimiento de cabeza. Una sonrisa casi ausente. Un saludo mecánico. De compromiso.
—Buen día —dijo, sin detenerse.
Y siguió caminando.
Yo me quedé paralizada por una milésima de segundo. Lo miré alejarse. Sentí que el corazón se me apretaba y, al mismo tiempo, que algo se derretía entre las piernas.
Esa fue la rutina durante los días que siguieron. Cada cruce, él saludaba con la misma fórmula: un gesto educado, algo frío, como si le costara ignorarme del todo. Y yo… yo me deshacía por dentro. Era suficiente. Un segundo de su voz bastaba para que mi cuerpo entero ardiera todo el día.
Me volví adicta a él.
A su imagen.
A su perfume.
A ese saludo sin alma que yo convertía en promesa.
Me sorprendía buscándolo en cada paso, cada mañana, como una adolescente torpe. Y cada noche me desquitaba en la cama, en el sofá, en la ducha, con lo que tuviera a mano. A veces con mis dedos, otras con alguna de las verduras que empezaron a aparecer en mi alacena por loco capricho. Siempre él en mi cabeza. Su mirada, su voz, su ausencia de deseo.
Me tocaba con furia.
Me mordía los labios hasta sangrar, los pezones hasta que dolían. Me abría entera y me revolcaba en la desesperación de saber que no era para mí. Que nunca lo sería.
Y aun así no podía dejar de desearlo.
Cada saludo distante era un orgasmo pospuesto.
Cada mañana, una tortura dulce.
Y cada noche, una explosión inevitable.
Fue una mañana como tantas. Rutina. Café con leche tibio. El mismo pantalón negro. El mismo espejo que ya ni me devolvía nada. El mismo trayecto. Las mismas seis cuadras. El mismo aire espeso de oficina pública. Saludé al portero, acomodé mis papeles, me senté detrás del mostrador. Esperé. Como siempre.
Hasta que escuché su voz.
Grave, amable, varonil.
—Buen día, Sandra.
Y por un segundo me temblaron las piernas. El corazón se me subió al pecho. La sangre me golpeó en los oídos. Me alisé el cabello con los dedos, tragué saliva, tomé aire. Subí la vista con una sonrisa que no pude disimular.
Y ahí estaban.
Él... y ella.
Del brazo.
Alta. Elegante. Impecable. De esas mujeres que parecen diseñadas, no nacidas. Piel perfecta, labios suaves, un perfume caro que inundó el ambiente con solo moverse. Tenía el brazo enredado en el de Enrique con una familiaridad que lastimaba.
—Mi esposa necesitaba hacer unos trámites —dijo él, como si me diera una puñalada con guante de seda.
Ella me miró apenas, con educación. Sonrió como quien sonríe a una empleada del banco o a la cajera del supermercado. No había maldad, no había desprecio. Solo distancia. Un mundo de diferencia.
Yo asentí, hice mi trabajo. Tomé los papeles. Fui eficiente. Correcta. Fingí normalidad. Pero por dentro, me moría. Me partía.
La vi mirarlo con esos ojos que yo jamás tendría.
Lo vi devolverle la mirada con un amor tan obvio, tan natural, que dolía.
Y entendí.
Entendí que todo había sido mío. Solo mío.
Mi fantasía.
Mi delirio.
Mi necesidad de aferrarme a algo. A alguien. A una idea. A un perfume en el aire. A una sonrisa vacía. A una voz sin promesa.
Cuando se fueron, me quedé mirando la silla vacía frente a mí. Y sentí que algo en mi interior se desinflaba, como un globo pinchado. Un aire espeso, agrio. No eran celos. No era rabia. Era... tristeza. Un vacío antiguo que volvía a abrirse. Más hondo.
Me reí sola. Bajito.
—Qué estúpida —murmuré.
Guardé los papeles. Me levanté. Fui al baño. Me miré al espejo. Los ojos hinchados, el maquillaje corrido, las canas mal cubiertas. Me vi entera. Por fin.
Y me prometí olvidarlo.
Olvidar sus ojos.
Olvidar esa tonta fantasía que me inventé para no sentirme tan sola.
Salí del baño. Me até el cabello en un rodete. Volví al escritorio. Me senté. Respiré hondo. La fila seguía ahí. La misma gente. Los mismos rostros. La misma vida.
Y ahí me quedé.
Detrás del vidrio.
Detrás de mí.
Detrás de lo que soy.
Al fin y al cabo, ese extraño del que me había enamorado, tenía ojos para su amor, porque en lo que a mi concierne, para mi, el siempre tendría OJOS QUE NO VEN.
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OJOS QUE NO VEN
No sé exactamente en qué momento dejé de importarle a los demás. Tal vez fue cuando empecé a engordar. O cuando dejé de teñirme el pelo con regularidad. O cuando me convencí de que los hombres ya no eran para mí, que no tenía sentido volver a intentarlo. Lo cierto es que un día me di cuenta de que era invisible.
Me llamo Sandra. Tengo 47 años, aunque se que aparento muchos más. Mi exmarido se fue hace ya casi una década con una mujer más joven, más flaca y más viva que yo. Nunca volví a tener pareja, ni siquiera una aventura. Lo decidí así. El dolor se me instaló como una humedad interna y, con el tiempo, me fue calando el cuerpo. Cambié el buen sexo por una buena comida. Comía para calmar la angustia, para no pensar, para dormir sin soñar.
Trabajo en un organismo del Estado, en una oficina gris, detrás de un escritorio que ya siento parte de mi cuerpo. Atención al público. O, mejor dicho, atención a la impaciencia, a los reclamos, a las caras largas. Hace años que hago el mismo recorrido: seis cuadras desde mi casa hasta la oficina cada mañana, y otras seis al volver. Siempre sola. Siempre con los mismos zapatos cómodos, la cartera colgando del hombro, la cabeza baja.
La rutina me protege. Nadie espera nada de mí, y yo no espero nada de nadie.
Y una mañana cualquiera, de esas en las que ya camino por inercia, con el piloto automático de la resignación, lo vi.
Fue apenas un cruce fugaz. Se acercaba por la vereda opuesta, y me llamó la atención sin saber por qué. Tal vez por su andar, por la postura erguida, por la forma en que sostenía el maletín con una mano y el celular con la otra, como si todo en él estuviera medido, preciso, contenido. No lo miré demasiado, apenas un par de segundos, como quien espía sin querer, pero algo me quedó zumbando.
Era un hombre de unos sesenta, alto, sin abdomen prominente como la mayoría. Bien vestido, con una camisa clara que se adivinaba impecable debajo de un saco gris oscuro, pantalones que le calzaban perfectos, zapatos lustrosos. Caminaba con decisión, pero sin apuro. Y aunque no nos miramos directamente, sentí —no sé cómo explicarlo— que él también me había registrado. Fue solo una intuición. O un deseo.
Esa noche no dormí bien. Soñé con un aroma que no reconocía, uno masculino, envolvente, embriagador. Y cuando desperté, su imagen volvió, nítida, como si se hubiese instalado en un rincón nuevo de mi memoria.
A la mañana siguiente, salí unos minutos antes. Caminé con más atención. No con ansiedad, no... con curiosidad. Me llevé los lentes de sol, aunque no hiciera falta. No por coquetería —hace años que ya no intento agradar— sino para verlo sin que lo note, si acaso lo volvía a cruzar.
Y sí, ahí estaba.
Esta vez, más cerca. En la misma vereda, viniendo de frente. Cuando pasó a mi lado, me llegó su perfume. Dios. Ese perfume. No era fuerte, no era invasivo. Era como él: elegante, seguro, sobrio. Sentí que algo dentro mío se estremecía, algo que creía dormido, si no muerto.
Lo miré en detalle protegida tras los lentes. Ojos azules. Pelo entrecano, perfectamente afeitado. La barba sugerida, milimétrica. La piel cuidada. Era un hombre que se sabía atractivo, pero que no necesitaba demostrarlo. Y yo… yo sentí una punzada entre las piernas. Una sensación olvidada. Una atracción que me descolocó.
Seguí caminando como si nada, pero el corazón me latía como si hubiese corrido las seis cuadras. Ese día, en la oficina, no pude concentrarme
Los días siguientes, los cruces se volvieron parte de mi rutina. Mejor dicho, se convirtieron en la rutina. Lo buscaba con la mirada desde que salía de casa. Ajustaba el paso para coincidir, para alcanzarlo o para pasar justo al mismo tiempo. Nunca lo saludé, claro. Nunca me animé a tanto. Pero sí empecé a probar pequeños gestos, pavadas: el pelo más suelto, un poco de labial discreto, la blusa desabrochada un botón más de lo habitual. Hasta me compré una crema perfumada que no usaba desde hacía años.
Y sin embargo, nada.
Él no me veía.
Me pasaba al lado como si yo fuera parte del paisaje, como si mi cuerpo no ocupara espacio. Como si mis ojos no lo buscaran con hambre. Al principio dolía. Luego me conformé con observarlo. Inventé una vida para él. Lo imaginé abogado, arquitecto, gerente. Divorciado o viudo. Reservado, culto, atento. Lo imaginé bajando las escaleras de un despacho elegante. Lo imaginé sonriendo, haciéndome una pregunta, tomándome del brazo.
Y sí, también lo imaginé dentro mío.
No me pasaba desde hacía años. No me animaba a tocarme porque me sentía fea, porque mi cuerpo me molestaba. Pero esa noche, después de un cruce particularmente frustrante en el que él directamente miró su celular cuando pasamos, sentí una ansiedad insoportable. No era tristeza. Era deseo.
Me metí en la cama temprano, con la casa en silencio. Cerré las persianas, apagué las luces, me desnudé lentamente. Me detuve en mis pechos, que habían perdido firmeza pero no sensibilidad. Me acaricié con los ojos cerrados, con la yema de los dedos rodeando mis pezones hasta que se endurecieron como cuando era joven, como cuando mi marido aún me hacía el amor con ganas. Sentí un cosquilleo que me hizo temblar.
Mi mano bajó despacio por el vientre, pero no me toqué entre las piernas. Aún no. Me levanté. Fui hasta la cocina.
En el segundo cajón, junto a los utensilios que casi no uso, estaba el palo de amasar. Lo saqué con cuidado. Estaba limpio. Frío al tacto. Me lo llevé a la habitación.
Volví a acostarme y lo coloqué sobre el abdomen. Cerré los ojos y lo imaginé como si fuera su miembro, duro, grueso, tibio. Lo deslicé despacio por mi piel, de abajo hacia arriba, hasta que rozó los pezones otra vez. Solté un gemido leve, casi avergonzado. Lo apreté contra mis pechos, lo acaricié con las dos manos, lo besé.
No llegué a más. No esa noche. Me corrí las sábanas y lloré en silencio.
Pero algo se había despertado en mí.
Fue un día como cualquiera. Uno más entre montones de formularios, quejas y papeles manchados de café. El aire acondicionado apenas funcionaba y mis párpados pesaban. Tenía el cuerpo en la silla, pero la mente lejos. Pensando en él, como cada mañana. En sus manos, en su perfume, en esa sonrisa que nunca me dedicaba. Fantaseando con escenas imposibles mientras sellaba planillas como una máquina vieja.
Y entonces, lo escuché.
—Buen día… ¿Me podrías ayudar con esto?
Esa voz. Esa voz grave, con pausa, con presencia.
Levanté la vista despacio, con miedo de estar imaginándolo.
Y no. No era un sueño. Era él.
En carne y hueso. Frente a mí.
Tuve que hacer un esfuerzo por no quedarme con la boca entreabierta. Sentí un sacudón interno, como si una mano invisible me hubiese hundido los dedos en el estómago. Tragué saliva. Me acomodé en la silla. El corazón latía como si hubiera salido corriendo seis cuadras bajo la lluvia.
—Claro… —balbuceé—. A ver…
Él dejó sobre el escritorio unos papeles desordenados. Su perfume me invadió de nuevo. Más fuerte. Más cercano. Tuve que contener un suspiro.
—Soy Enrique —dijo, tendiéndome la mano.
Y yo me quedé congelada. Enrique. Tenía nombre. Voz. Temperatura.
—Sandra —respondí, con una sonrisa que intentaba no parecer de idiota. Con la rareza de que alguien se presentara con cortesía donde nadie lo hace, donde no es necesario. Y solo quise volar...
Me miró a los ojos. Un segundo apenas, pero lo suficiente para que todo en mí vibrara. Me esforcé por mantener la profesionalidad, aunque me temblaban los dedos. Atendí su trámite como si fuera el único del día. Hasta le expliqué de más, para prolongar el momento. Él parecía amable, agradecido, atento. Y cuando se fue, con un "gracias, Sandra", sentí que el mundo se detenía. Me quedé mirando la puerta cerrarse, con el pecho agitado y una humedad tibia entre las piernas.
Esa tarde no volví caminando por la misma ruta de siempre. Me desvié, sin pensarlo. Crucé a la verdulería de la esquina. No necesitaba nada, pero me encontré eligiendo frutas con obsesión. Uvas, frutillas, un par de manzanas. Y zanahorias. Las más grandes. Las más gruesas. Las toqué con los dedos como si fueran de cristal. Una anciana me miró y me dio la sensación de que podía leerme los pensamientos. Apreté el bolso y salí rápido.

Pero no fui directo a casa.
Pasé por la farmacia.
Caminé los pasillos fingiendo buscar algo. Toqué unas cremas, un par de esmaltes. Y después, sin pensarlo demasiado, tomé una caja de preservativos. Me acerqué a la caja con el corazón desbocado.
—Son para mi hija —dije sin que me lo preguntaran. La farmacéutica apenas alzó la vista.
—Claro —respondió, cortante, cobrando sin juicio.
Salí con las mejillas ardiendo. Me sentí ridícula, pero excitada. Como si todo lo que estaba haciendo formara parte de un plan secreto. Como si algo se estuviera gestando adentro mío.
Esa noche, apenas crucé la puerta de casa, supe exactamente lo que iba a hacer. No fue una idea razonada, ni una fantasía más. Fue una urgencia. Un hambre viejo que volvía con fuerza.
Me desnudé con apuro. Ropa al suelo, sin ceremonia. Fui a la cocina, tomé la zanahoria más gruesa, la misma que había elegido con descaro en la verdulería, y la lavé con esmero. No por higiene, sino por deseo. La sequé con una toalla suave, la envolví en uno de los preservativos y me la llevé al cuarto como quien se lleva un tesoro.
Me acosté desnuda en la cama, las piernas abiertas como hacía años no lo hacía. Me acaricié los senos con desesperación. Apreté los pezones con fuerza, pellizcándolos, girándolos, tirando de ellos como si estuviera provocando a mi propio cuerpo a despertar. Y despertó. Con un ardor delicioso entre las piernas. Mojada. Lista.
Llevé la zanahoria a mi vulva y la froté primero contra mi clítoris, suave, circular. Sentí que el cuerpo se me tensaba. La presión aumentaba. La necesidad también. No esperé más. La empujé adentro de mí. Lentamente. Con cuidado. Pero sin detenerme. La sentí llenarme hasta el fondo. Como hacía años no lo sentía.
Me moví. Empujando. Retirándola apenas. Volviéndola a meter. Cerré los ojos. Me imaginé que era Enrique quien me la metía. Que era su cuerpo el que me abría con fuerza. Su respiración en mi oído. Su perfume en mi cuello.
Con la mano libre me acaricié las nalgas. Las apreté, las recorrí como si fueran sus manos. Me hundí los dedos entre los pliegues, despacio. Imaginando que era él quien me abría. Que él me poseía. Me llevé dos dedos al culo, con suavidad primero. El ano cedió poco a poco, tibio, expectante. No necesitaba más. No quería más.
La zanahoria seguía enterrada dentro de mí, empapada. La moví con fuerza mientras me frotaba el clítoris con la otra mano. Firme. Sin pausa. Gimiendo como una perra desesperada. La mezcla era explosiva. Todo mi cuerpo en alerta. Cada músculo temblando.
El primer orgasmo me hizo gritar.
El segundo me hizo arquear la espalda.
El tercero me nubló la vista.
El cuarto me hizo llorar sin lágrimas.
El quinto me sacudió los muslos.
Y el sexto me dejó vacía.
Vacía y satisfecha.
La zanahoria quedó dentro mío, hundida en ese lugar donde se mezclan la vergüenza y el gozo. Mis dedos quedaron tibios, húmedos, temblorosos. Mi cuerpo vencido sobre las sábanas. Mi pecho subía y bajaba con violencia.
Me quedé dormida así.
Con la concha abierta.
El clítoris palpitando.
El culo sensible.
Y una sonrisa imborrable en la boca.
Esa noche no soñé con el pasado.
Esa noche soñé con lo que vendría.
A la mañana siguiente desperté con el cuerpo entumecido, las piernas aún abiertas, la sábana húmeda entre las piernas y el alma todavía flotando. Me levanté como pude, me duché largo, sin apuro, sintiendo el agua recorrer cada rincón todavía sensible. Cuando salí del baño, la zanahoria estaba en la mesita de luz, envuelta en un papel de cocina, como un trofeo sucio de guerra.
Me vestí sin entusiasmo, como cada día. Pero algo había cambiado. Me sentía más viva. Más despierta. Más mía.
Salí a la calle y, como todas las mañanas, tomé esas seis cuadras hasta el organismo. A mitad de camino, como un reloj, lo vi. Alto, elegante, con ese andar pausado, su maletín de cuero gastado, su saco bien cortado. Enrique. Venía de frente.
Y esta vez, me miró. Apenas.
Un leve movimiento de cabeza. Una sonrisa casi ausente. Un saludo mecánico. De compromiso.
—Buen día —dijo, sin detenerse.
Y siguió caminando.
Yo me quedé paralizada por una milésima de segundo. Lo miré alejarse. Sentí que el corazón se me apretaba y, al mismo tiempo, que algo se derretía entre las piernas.
Esa fue la rutina durante los días que siguieron. Cada cruce, él saludaba con la misma fórmula: un gesto educado, algo frío, como si le costara ignorarme del todo. Y yo… yo me deshacía por dentro. Era suficiente. Un segundo de su voz bastaba para que mi cuerpo entero ardiera todo el día.
Me volví adicta a él.
A su imagen.
A su perfume.
A ese saludo sin alma que yo convertía en promesa.
Me sorprendía buscándolo en cada paso, cada mañana, como una adolescente torpe. Y cada noche me desquitaba en la cama, en el sofá, en la ducha, con lo que tuviera a mano. A veces con mis dedos, otras con alguna de las verduras que empezaron a aparecer en mi alacena por loco capricho. Siempre él en mi cabeza. Su mirada, su voz, su ausencia de deseo.
Me tocaba con furia.
Me mordía los labios hasta sangrar, los pezones hasta que dolían. Me abría entera y me revolcaba en la desesperación de saber que no era para mí. Que nunca lo sería.
Y aun así no podía dejar de desearlo.
Cada saludo distante era un orgasmo pospuesto.
Cada mañana, una tortura dulce.
Y cada noche, una explosión inevitable.
Fue una mañana como tantas. Rutina. Café con leche tibio. El mismo pantalón negro. El mismo espejo que ya ni me devolvía nada. El mismo trayecto. Las mismas seis cuadras. El mismo aire espeso de oficina pública. Saludé al portero, acomodé mis papeles, me senté detrás del mostrador. Esperé. Como siempre.
Hasta que escuché su voz.
Grave, amable, varonil.
—Buen día, Sandra.
Y por un segundo me temblaron las piernas. El corazón se me subió al pecho. La sangre me golpeó en los oídos. Me alisé el cabello con los dedos, tragué saliva, tomé aire. Subí la vista con una sonrisa que no pude disimular.
Y ahí estaban.
Él... y ella.
Del brazo.
Alta. Elegante. Impecable. De esas mujeres que parecen diseñadas, no nacidas. Piel perfecta, labios suaves, un perfume caro que inundó el ambiente con solo moverse. Tenía el brazo enredado en el de Enrique con una familiaridad que lastimaba.
—Mi esposa necesitaba hacer unos trámites —dijo él, como si me diera una puñalada con guante de seda.
Ella me miró apenas, con educación. Sonrió como quien sonríe a una empleada del banco o a la cajera del supermercado. No había maldad, no había desprecio. Solo distancia. Un mundo de diferencia.
Yo asentí, hice mi trabajo. Tomé los papeles. Fui eficiente. Correcta. Fingí normalidad. Pero por dentro, me moría. Me partía.
La vi mirarlo con esos ojos que yo jamás tendría.
Lo vi devolverle la mirada con un amor tan obvio, tan natural, que dolía.
Y entendí.
Entendí que todo había sido mío. Solo mío.
Mi fantasía.
Mi delirio.
Mi necesidad de aferrarme a algo. A alguien. A una idea. A un perfume en el aire. A una sonrisa vacía. A una voz sin promesa.
Cuando se fueron, me quedé mirando la silla vacía frente a mí. Y sentí que algo en mi interior se desinflaba, como un globo pinchado. Un aire espeso, agrio. No eran celos. No era rabia. Era... tristeza. Un vacío antiguo que volvía a abrirse. Más hondo.
Me reí sola. Bajito.
—Qué estúpida —murmuré.
Guardé los papeles. Me levanté. Fui al baño. Me miré al espejo. Los ojos hinchados, el maquillaje corrido, las canas mal cubiertas. Me vi entera. Por fin.
Y me prometí olvidarlo.
Olvidar sus ojos.
Olvidar esa tonta fantasía que me inventé para no sentirme tan sola.
Salí del baño. Me até el cabello en un rodete. Volví al escritorio. Me senté. Respiré hondo. La fila seguía ahí. La misma gente. Los mismos rostros. La misma vida.
Y ahí me quedé.
Detrás del vidrio.
Detrás de mí.
Detrás de lo que soy.
Al fin y al cabo, ese extraño del que me había enamorado, tenía ojos para su amor, porque en lo que a mi concierne, para mi, el siempre tendría OJOS QUE NO VEN.
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