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En el cine con mi primera novia

Otro relato en este confesionario. Con una ex, viendo esta peli me acuerdo:
En el cine con mi primera novia

Trate de ponerle más onda y un poco más literato jajaj:
La lluvia pegaba contra el parabrisas como si el cielo se estuviera meando encima de la ciudad. Un diluvio de mierda, de esos que te hacen pensar que el mundo se quiere ahogar. Pero a mí me chupaba un huevo porque iba con ella, mi ex primera novia, la petisa esa de culo enorme que siempre me volvía loco. Veinte años tenía, una pendeja con cuerpo de diosa, blanquita como la leche, el pelo negro azabache con un flequillo que le tapaba medio rostro cuando se reía. Yo veinticuatro, un pibe con la calentura a flor de piel. Entramos al cine, un lugar medio venido abajo en el centro, con olor a pochoclo rancio y alfombra pegajosa. La sala estaba vacía, apenas unas almas perdidas buscando refugio de la tormenta. Elegimos las butacas del fondo, las últimas, esas donde nadie te jode. La película era una poronga, ni me acuerdo el nombre, algo de acción genérica. Pero no importaba, porque lo único que me interesaba era sentirla. Apoyé mi brazo en el apoyabrazos compartido, despacio, como quien no quiere la cosa. Ella miraba la pantalla, pero yo la miraba a ella: las tetas que se le marcaban bajo la remera ajustada, las piernas cortitas pero gruesas, ese culo que parecía explotar cuando se sentaba. Metí mi mano en su regazo, despacio, sintiendo el calor de su muslo a través del jean. Ella no dijo nada, solo respiró hondo y abrió un poco las piernas. Eso era todo el permiso que necesitaba. Le desabroché el botón del pantalón con una mano, como un ladrón experto. La bragueta del cine, esa mierda que siempre se traba, cedió al fin. Metí la mano adentro, directo a su concha. Estaba mojada, no por la lluvia, sino por mí. Los dedos se deslizaron entre sus labios, sintiendo esa humedad caliente que me enloquecía. Ella mordió su labio inferior, tratando de no gemir. Le masajeé el clítoris con movimientos circulares, suaves al principio, después más firmes. Su concha era chiquita, apretada, con esos labios carnosos que se abrían como una flor. No tenía nada de vello, toda depilada, lisa como un caramelo. El dedo se metió adentro sin esfuerzo, sintiendo esas paredes calientes que se contraían alrededor mío. Empecé a mover el dedo adentro de ella, mientras con el pulgar le rozaba el clítoris. Ella ya no miraba la película, tenía los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el respaldo, la boca entreabierta. De repente, sentí una mirada. Giré la cabeza y ahí estaba: una mina de unos cincuenta años, sentada dos filas más adelante, pero del lado opuesto. Una vieja tetona, con unas lolas enormes que se le marcaban bajo la blusa sin corpiño.
puta


Nos miraba fijo, con los ojos brillantes. Tenía la mano derecha metida dentro de su propia blusa, apretándose un pezón. Lo hacía despacio, en círculos, mirándonos. Me sonrió, una sonrisa sucia, cómplice. Yo seguí con lo mío. Mi novia ya estaba empapada, los dedos se movían dentro de ella con facilidad, escuchando ese squish húmedo que apenas tapaba el sonido de la película. Le saqué la mano de la concha y se la llevé a la nariz. "Olé", le susurré al oído. Ella me miró con ojos de odio y deseo al mismo tiempo. Entonces, ella metió su mano en mi pantalón. Yo nunca uso boxer, me molestan, siempre ando en bolas abajo del pantalón. Así que cuando su mano agarró mi pija directamente, sintió la piel contra piel, sin filtro. Estaba dura, una verga de unos 15 centímetros, media gruesa con las venas marcadas como un mapa. Ella empezó a masturbarme, despacio al principio, después más rápido. Su mano era chiquita pero sabía lo que hacía. Subía y bajaba, apretando justo en la punta, donde el glande se hinchaba. Sentía el calor de su palma, la humedad de mis propios fluidos. No aguanté mucho. Cuando sentí que venía, quise avisarle, pero ella apretó más fuerte, como si quisiera exprimirme hasta la última gota. Me corrí como un condenado. La leche salió a borbotones, caliente, espesa, pegoteándome toda la pierna y el pantalón. Quedé empapado, una mancha blanca que crecía sobre la tela oscura. Ella retiró la mano, se la llevó a la boca y se chupó los dedos, mirándome con una sonrisa perra. Me levanté, incómodo, con la pierna pegajosa. Fui al baño, un antro asqueroso con olor a meo y pisos rotos. Me saqué el semen de la pierna como pude, usando papel higiénico mojado. La mancha en el pantalón no se iba del todo, pero bueno, era oscuro, disimulaba. Salí del baño y volví a la sala. Ahí estaba la vieja tetona, todavía en su butaca, mirando la pantalla sin prestar atención. Mi novia la miraba con odio, pero la vieja no le daba bola. Cuando pasé al lado de ella, fingí un tropezón. Me dejé caer, apoyando la mano derecha directamente en su cara. La mano que todavía tenía restos de semen. La vieja abrió los ojos, sorprendida, pero no se movió. "Uh, disculpá, te manché con chocolate", le dije, con cara de boludo. Ella me miró, desconfiada. Tenía una mancha blanca en la mejilla. Con el dedo índice, agarré un poco de la sustancia y se lo llevé a sus labios. "Probá, es dulce", le dije. Ella dudó un segundo, pero abrió la boca. Se chupó el dedo, saboreando. Sus ojos se abrieron cuando entendió que no era chocolate. Pero no se enojó. Al contrario, mientras yo me caía, ella me había agarrado el culo con las dos manos, apretando fuerte, sin disimulo. Me masajeó las nalgas un par de segundos antes de soltarme. Mi novia se paró de golpe, furiosa. "¿Qué carajo hacés?", me gritó, pero en voz baja para no llamar la atención. Agarró mi brazo y me sacó de la sala, arrastrándome. Llegamos a casa empapados, la lluvia no había parado. Ella estaba enojada, pero yo sabía cómo calmarla. Apenas cerramos la puerta, la levanté en el aire y la llevé al dormitorio. La tiré en la cama, le saqué los jeans de un tirón, dejando al descubierto una tanga negra, hilo dental, metida entre las nalgas. Se la corrí a un costado, dejando su culo al descubierto. Su argolla, ese agujerito apretado, estaba ahí, esperándome. Me arrodillé, abrí sus nalgas con las manos y metí la lengua. Empecé a chuparle la argolla, despacio, sintiendo el sabor a sudor y a sexo. Ella se quejó, se retorció, pero no me pidió que pare. Al contrario, empujó el culo contra mi cara. Estuve así una hora, chupando, mordisqueando, metiendo la lengua adentro, sintiendo cómo se contraía. Cuando terminé, tenía la cara empapada, la lengua dormida, y ella temblando en la cama, completamente rendida, había obtenido el perdón
culona

putita
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2 comentarios - En el cine con mi primera novia

aledrom +1
maestrooo hermoso orto la morocha