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El camino libre CAP5

Sofía se ajustó la venda en los ojos, asegurándose de que no filtrara ni un rayo de luz que pudiera delatar lo que realmente ocurría en la habitación. El aire acondicionado refrescaba su piel bronceada, todavía caliente por el roce y la adrenalina de la casi delación. Sabía que Lucas estaba ahí, cerca, con su postura rígida y las manos en los bolsillos de sus pantalones ,dudando de cada movimiento. Damián, por el contrario, emanaba una seguridad casi tangible, un depredador que esperaba el momento adecuado para volver a atacar.
—Vamos, otra ronda —propuso Sofía, con una voz que intentó mantener tranquila, aunque su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado—. Tengo que adivinar quién me toca.


Sintió la aproximación de alguien. El aroma fue la primera pista; no era el suave perfume de Lucas, sino algo más. Unas manos ásperas y calientes posaron suavemente sobre sus hombros, deslizándose hacia abajo por sus brazos desnudos hasta tocar la tela de su camiseta corta. El contacto fue eléctrico, un recordatorio directo de la humedad que aún persistía entre sus muslos. Sofía no dudó ni un segundo; necesitaba que Damián desapareciera, aunque fuera por un instante, para poder recuperar el control sobre la situación y apaciguar los celos de su novio.


—Eres tú, Damián —sentenció ella con firmeza, cortando el contacto antes de que sus manos bajaran más.
Damián soltó una carcajada , un sonido que retumbó en la pequeña habitación.
—Me has descubierto —admitió él, sin mostrar el menor rastro de molestia—. Supongo que toca salir.
El sonido de sus pasos se alejó hacia la puerta, seguido por el chasquido del cerrojo al cerrarse. El silencio que siguió fue denso, pero Sofía sabía cómo romperlo. Extendió la mano hacia donde sabía que estaba Lucas, buscando su contacto.


—Lucas... —susurró ella, inclinándose hacia él.


Lucas se acercó, y ella sintió su aliento cerca de su rostro. Sofía se deshizo de la venda por un segundo, solo para mirar a los ojos de su novio, buscando esa conexión que habían roto minutos antes. Le besó, un beso profundo y largo, intentando transmitirle que él era el importante, que el juego era solo un juego. Lucas respondió con timidez al principio, sus manos posándose tímidamente en su cintura, pero pronto el beso se volvió más urgente, como si él intentara reclamar su territorio. Sofía notó cómo su cuerpo se relajaba bajo el toque familiar de Lucas, la culpa mezclándose con un placer más seguro y conocido.
—Todo está bien —le mintió ella, acariciando la nuca de él—. Es solo diversa.


Transcurrieron treinta segundos, un lapso breve que pareció eterno dada la tensión previa. Sofía se apartó, volviéndose a colocar la venda con rapidez.


—Ya puede volver —anunció ella, restaurando la dinámica del juego.


La puerta se abrió de nuevo y Damián entró con su andar arrogante, como si supiera exactamente lo que había ocurrido en su ausencia. Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda; la mentira estaba sellada, pero su cuerpo clamaba por más de la peligrosidad que Damián representaba.


—Cambio las reglas —dijo Sofía, con una autoridad que sorprendió incluso a ella misma—. Para que sea más justo. El que pierda esta ronda no se va de la habitación. Tiene que quedarse de pie, mirando por la ventana, sin poder girarse.


Damián se interesó, cruzándose de brazos frente a la cama.
—¿Y el ganador? —preguntó él, con ese tono burlón que siempre usaba.
—El ganador —continuó Sofía, sintiendo cómo se le humedecía la boca al formular la frase, tenia que ser un premio inocente ... — podra ver el color de mis bragas de encaje...


Lucas asintió, creyendo ver en esto una oportunidad de redimirse y ganar el tiempo de intimidad que ansiaba. No entendía que Sofía estaba tendiendo la trampa perfecta.
—De acuerdo —aceptó Lucas—. ¿Quién empieza?


Sofía se recostó sobre la cama, las piernas ligeramente abiertas, invitando el contacto. Sintió que alguien se acercaba. El aroma fue definitivo. Damián. Esta vez, sus manos fueron directas a sus muslos, subiendo por el interior de la falda con una posesividad que dejó claro quién mandaba allí. Sofía contó hasta tres en su cabeza y luego, deliberadamente, dijo:


—No... no sé. No lo sé.


—Gano yo —sentenció Damián de inmediato.
Sofía asintió, con el corazón en la garganta.
—Lucas, cariño, has perdido. Ve a la ventana, por favor.


Lucas, con el rostro desilusionado, caminó hacia la única ventana de la habitación, dándoles la espalda. La luz de la calle iluminó su silueta recortada contra el cristal. Sofía sabía que él no se atrevería a mirar; era demasiado correcto para romper las reglas del juego, demasiado confiado en su novia.
Damián no perdió tiempo. Se acercó a la cama, y Sofía sintió el peso de la cama hundirse a su lado. Sin previo aviso, él la giró, colocándola de espaldas a él y con las piernas colgando del borde, una posición que dejaba su trasero expuesto y vulnerable. Con mano firme, Damián levantó la falda de jeans , desvelando la braga blanca que apenas cubría nada. Sofía contuvo la respiración.


Esta vez no hubo preparación lenta. Damián escupió en sus dedos, lubricándolos con su saliva, y sin mediar palabra, llevó sus manos al orificio que ya estaba húmedo por la excitación previa. Sofía apretó los puños contra las cobijas cuando sintió la presión de dos dedos a la vez, no uno como antes. La resistencia de su esfínter fue breve; el cuerpo de Sofía, traicionero y ávido, cedió ante la invasión.
—Mierda... —exhaló ella entre dientes, intentando mantener el volumen bajo para que Lucas no escuchara desde la ventana.


Damián introdujo los dos dedos hasta el segundo nudillo, deslizando con fuerza y precisión. La sensación de llenado fue inmediata, más intensa y dolorosa que la anterior, pero mezclada con un placer profundo y visceral que nacía desde las entrañas. Él no se movió rápido; más bien, comenzó a rotar los dedos dentro de ella, abriendo el paso, estirando los músculos anales, preparando el terreno para algo más grande que estaba por venir.


Sofía miró hacia la ventana, donde la silueta de Lucas permanecía inmune, ignorante de que a escasos metros, otro hombre tenía sus dedos clavados en su ano, poseyéndola, marcándola desde adentro. La dualidad la embriagó; la culpa se desvaneció ante la realidad física de sus dedos retorciéndose dentro de ella, expandiéndola, haciéndola sentir sucia y viva al mismo tiempo. Damián empujó un poco más profundo, buscando ese punto que la haría temblar, y cuando lo encontró, Sofía tuvo que morderse el labio inferior para no soltar un gemido que delatara todo el juego.


—Así —susurró Damián al oído de ella, con una voz ronca—, vamos dejando el camino libre.


CONTINUARA ...

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