El sol de la tarde caía cálido sobre el patio trasero de la casa de los padres de Sofía. El olor a carne asada se mezclaba con la brisa fresca, mientras una música suave sonaba de fondo. El papá de Sofía, con una cerveza en la mano, volteaba los cortes sobre la parrilla con una tranquilidad absoluta.
Julián llegó caminando al lado de Sofía, agarrado de su mano, sintiéndose aún fortalecido por la noche anterior. Camilo ya estaba ahí, vistiendo unas bermudas y una camiseta esqueleto. Saludó a Julián con una palmada fuerte en el hombro y una sonrisa despreocupada. Julián se quedó en el patio junto al asador, conversando de fútbol con el suegro mientras la carne terminaba de estar.
Mientras tanto, Sofía entró a la cocina a llevar unos platos y buscar hielo. Su mamá estaba junto al mesón cortando las verduras para la ensalada.
Camilo entró detrás de Sofía sin hacer ruido. Se le pegó a la espalda, le pasó los brazos por la cintura y, metiéndole las manos por debajo del vestido corto que llevaba sin sostén, le agarró las nalgas desnudas con fuerza, pegando su entrepierna contra su cadera.
Sofía echó la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Camilo, soltando una risita coqueta.
Sofía: —Cami... por Dios, estamos en la cocina... aparte mi mamá está aquí al lado y Julián allá afuera...

Camilo: (Besándole el cuello mientras le acaricia la pierna hacia arriba) —Pero si viniste hermosa hoy, bonita... Miren a esta china, tía, dan ganas de comérsela ya mismo...
La mamá de Sofía volteó a mirarlos, soltó una risa picaresca compartida con los dos y continuó picando los tomates con total frescura, hablando con esa complicidad familiar tan natural:
La Mamá: —Ay, Cami, no me la distraiga tanto que me tiene que ayudar a servir... Más bien suban un ratico al cuarto de arriba a bajar la vajilla buena para el almuerzo. Pero eso sí, no se vayan a demorar mucho para que la carne no se enfríe y Julián no se nos quede solo afuera.
Camilo: —Tranquila, tía, bajamos la vajilla de una... Ya oíste a tu mamá, bonita, vamos arriba.
Subieron las escaleras sin ninguna prisa ni misterio. Al entrar al cuarto de la infancia de Sofía, Camilo cerró la puerta y la empujó suavemente contra la cama. Le levantó el vestido corto hasta el pecho y le bajó la tanga de un solo tironazo.

Camilo se sacó la verga ya erguida y, sujetando a Sofía por las caderas, se la enterró de una sola estocada profunda en su humedad. ¡PLACK! ¡PLACK! ¡SCHLICK, SCHLICK!

El sonido seco del choque de pieles retumbaba en la habitación. Sofía no intentó ahogar sus gemidos ni morderse los labios; la tranquilidad de estar en su propia casa, con el respaldo de su madre abajo, la hacía gemir con total libertad y soltura.
Sofía: —¡AHH... AHH... CAMI! ¡Mmmh... sí, mi amor... métemela toda... ahhh
¡PLACK, PLACK, PLACK! ¡SLURP, SCHLICK!
Desde la ventana entreabierta del segundo piso, los gemidos suaves y constantes de Sofía se filtraban hacia el patio. Abajo, Julián escuchó los ecos lejanos entre la música, pero al ver a su suegra salir al patio sonriente trayendo una jarra de jugo, prefirió apretar los dientes, dar un trago largo a su cerveza y convencerse a sí mismo de que "todo era parte de la normalidad de esa familia".
Camilo la agarró con más fuerza, embistiéndola con un ritmo salvaje que hacía crujir las maderas de la cama, hasta que ambos alcanzaron un orgasmo intenso que los dejó jadeando sobre las sábanas ¡PLACK! ¡PLACK! ... ¡SCHLICK... SLURP!

Diez minutos después, Sofía y Camilo bajaron por las escaleras trayendo las fuentes y la vajilla buena. Sofía lucía impecable, con las mejillas sonrojadas por el calor del encuentro y una sonrisa radiante.
Todos se sentaron a la mesa del comedor a servirse el asado. Julián estaba al lado de Sofía, atendiéndola con devoción.
Fue en medio de la comida, entre risas y charlas, donde ocurrió el momento decisivo. Mientras contaban una anécdota, Camilo se estiró en la mesa con total soltura y, en tono de broma afectuosa delante de los papás y de Julián, le acomodó el escote a Sofía y le agarró un seno por encima de la tela, dándole un apretón firme y juguetón a la vista de todos.

A Julián se le heló la sangre. El pulso le retumbó en los oídos y apretó los cubiertos en la mano. Pero antes de que pudiera decir algo, el papá de Sofía lo miró con una sonrisa de satisfacción y le dijo con total serenidad:
El Papá: —Así es que da gusto ver esta mesa, Julián... en armonía, sin misterios ni amarguras. Aquí todos somos una sola familia y nos queremos con transparencia. Salud por la madurez.
Sofía le dedicó a Julián una mirada brillante, cargada de amor y complicidad. Julián sintió el peso de las miradas sobre él. Tragó saliva, sintió cómo la última gota de su orgullo masculino se desmoronaba en su pecho, y por primera vez en su vida, en lugar de reclamar, forzó una sonrisa, levantó su vaso y brindó con ellos.
Julián: —Salud... por la familia.

Por debajo del mantel largo de la mesa, mientras Julián daba un trago a su bebida sintiendo que por fin encajaba, el juego a escondidas escaló por completo. Sofía, con una calma impresionante, corrió ligeramente su cuerpo. Camilo le corrió la tanga a un lado por debajo del vestido y le hundió los dedos directamente en su humedad recalentada. Al mismo tiempo, por debajo de la madera, la mano de Sofía buscó la entrepierna de Camilo, tomándole el miembro por encima del pantalón para empezar a pajarlo con un ritmo lento y constante.
SCHLICK, SCHLICK... SLURP...
Sofía respiraba un poco más agitado, pero mantenía la mirada fija en su plato. Le pasó la mano libre por el hombro a Julián, se le acercó al oído y le dio un beso suave en la mejilla, hablándole con la voz más dulce del mundo mientras sus dedos no paraban abajo:
Sofía: —Te amo, mi vida... Me encanta verte así de integrado con nosotros.
Julián sonrió complacido, apretándole la mano a su novia sobre la mesa, completamente ajeno a los dedos de Camilo hundiéndose entre los labios de Sofía y a la mano de ella trabajando la erección de su amigo bajo el mantel.
Julián llegó caminando al lado de Sofía, agarrado de su mano, sintiéndose aún fortalecido por la noche anterior. Camilo ya estaba ahí, vistiendo unas bermudas y una camiseta esqueleto. Saludó a Julián con una palmada fuerte en el hombro y una sonrisa despreocupada. Julián se quedó en el patio junto al asador, conversando de fútbol con el suegro mientras la carne terminaba de estar.
Mientras tanto, Sofía entró a la cocina a llevar unos platos y buscar hielo. Su mamá estaba junto al mesón cortando las verduras para la ensalada.
Camilo entró detrás de Sofía sin hacer ruido. Se le pegó a la espalda, le pasó los brazos por la cintura y, metiéndole las manos por debajo del vestido corto que llevaba sin sostén, le agarró las nalgas desnudas con fuerza, pegando su entrepierna contra su cadera.
Sofía echó la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Camilo, soltando una risita coqueta.
Sofía: —Cami... por Dios, estamos en la cocina... aparte mi mamá está aquí al lado y Julián allá afuera...

Camilo: (Besándole el cuello mientras le acaricia la pierna hacia arriba) —Pero si viniste hermosa hoy, bonita... Miren a esta china, tía, dan ganas de comérsela ya mismo...
La mamá de Sofía volteó a mirarlos, soltó una risa picaresca compartida con los dos y continuó picando los tomates con total frescura, hablando con esa complicidad familiar tan natural:
La Mamá: —Ay, Cami, no me la distraiga tanto que me tiene que ayudar a servir... Más bien suban un ratico al cuarto de arriba a bajar la vajilla buena para el almuerzo. Pero eso sí, no se vayan a demorar mucho para que la carne no se enfríe y Julián no se nos quede solo afuera.
Camilo: —Tranquila, tía, bajamos la vajilla de una... Ya oíste a tu mamá, bonita, vamos arriba.
Subieron las escaleras sin ninguna prisa ni misterio. Al entrar al cuarto de la infancia de Sofía, Camilo cerró la puerta y la empujó suavemente contra la cama. Le levantó el vestido corto hasta el pecho y le bajó la tanga de un solo tironazo.

Camilo se sacó la verga ya erguida y, sujetando a Sofía por las caderas, se la enterró de una sola estocada profunda en su humedad. ¡PLACK! ¡PLACK! ¡SCHLICK, SCHLICK!

El sonido seco del choque de pieles retumbaba en la habitación. Sofía no intentó ahogar sus gemidos ni morderse los labios; la tranquilidad de estar en su propia casa, con el respaldo de su madre abajo, la hacía gemir con total libertad y soltura.
Sofía: —¡AHH... AHH... CAMI! ¡Mmmh... sí, mi amor... métemela toda... ahhh
¡PLACK, PLACK, PLACK! ¡SLURP, SCHLICK!
Desde la ventana entreabierta del segundo piso, los gemidos suaves y constantes de Sofía se filtraban hacia el patio. Abajo, Julián escuchó los ecos lejanos entre la música, pero al ver a su suegra salir al patio sonriente trayendo una jarra de jugo, prefirió apretar los dientes, dar un trago largo a su cerveza y convencerse a sí mismo de que "todo era parte de la normalidad de esa familia".
Camilo la agarró con más fuerza, embistiéndola con un ritmo salvaje que hacía crujir las maderas de la cama, hasta que ambos alcanzaron un orgasmo intenso que los dejó jadeando sobre las sábanas ¡PLACK! ¡PLACK! ... ¡SCHLICK... SLURP!

Diez minutos después, Sofía y Camilo bajaron por las escaleras trayendo las fuentes y la vajilla buena. Sofía lucía impecable, con las mejillas sonrojadas por el calor del encuentro y una sonrisa radiante.
Todos se sentaron a la mesa del comedor a servirse el asado. Julián estaba al lado de Sofía, atendiéndola con devoción.
Fue en medio de la comida, entre risas y charlas, donde ocurrió el momento decisivo. Mientras contaban una anécdota, Camilo se estiró en la mesa con total soltura y, en tono de broma afectuosa delante de los papás y de Julián, le acomodó el escote a Sofía y le agarró un seno por encima de la tela, dándole un apretón firme y juguetón a la vista de todos.

A Julián se le heló la sangre. El pulso le retumbó en los oídos y apretó los cubiertos en la mano. Pero antes de que pudiera decir algo, el papá de Sofía lo miró con una sonrisa de satisfacción y le dijo con total serenidad:
El Papá: —Así es que da gusto ver esta mesa, Julián... en armonía, sin misterios ni amarguras. Aquí todos somos una sola familia y nos queremos con transparencia. Salud por la madurez.
Sofía le dedicó a Julián una mirada brillante, cargada de amor y complicidad. Julián sintió el peso de las miradas sobre él. Tragó saliva, sintió cómo la última gota de su orgullo masculino se desmoronaba en su pecho, y por primera vez en su vida, en lugar de reclamar, forzó una sonrisa, levantó su vaso y brindó con ellos.
Julián: —Salud... por la familia.

Por debajo del mantel largo de la mesa, mientras Julián daba un trago a su bebida sintiendo que por fin encajaba, el juego a escondidas escaló por completo. Sofía, con una calma impresionante, corrió ligeramente su cuerpo. Camilo le corrió la tanga a un lado por debajo del vestido y le hundió los dedos directamente en su humedad recalentada. Al mismo tiempo, por debajo de la madera, la mano de Sofía buscó la entrepierna de Camilo, tomándole el miembro por encima del pantalón para empezar a pajarlo con un ritmo lento y constante.
SCHLICK, SCHLICK... SLURP...
Sofía respiraba un poco más agitado, pero mantenía la mirada fija en su plato. Le pasó la mano libre por el hombro a Julián, se le acercó al oído y le dio un beso suave en la mejilla, hablándole con la voz más dulce del mundo mientras sus dedos no paraban abajo:
Sofía: —Te amo, mi vida... Me encanta verte así de integrado con nosotros.
Julián sonrió complacido, apretándole la mano a su novia sobre la mesa, completamente ajeno a los dedos de Camilo hundiéndose entre los labios de Sofía y a la mano de ella trabajando la erección de su amigo bajo el mantel.
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