Sofía llegó a la casa de sus padres al atardecer del viernes, arrastrando la maleta pequeña y con el rostro desencajado. Tras la violenta pelea con Julián en la madrugada por las fotos del celular, necesitaba salir del apartamento antes de que la tensión fuera insostenible.
En la sala la esperaban sus padres, tomando café tranquilamente. Sofía se dejó caer en el sofá y se soltó a llorar de la rabia, desahogándose con ellos.
Sofía: —¡Es que no me lo aguanto más, mamá! ¡Julián está loco! Me revisó el celular anoche y empezó a gritarme como un enfermo. Solo porque vio unas foticos que le mandé a Cami... una donde estoy en tanga y otra donde salgo así, como Dios me trajo al mundo. ¡Empezó a decirme que soy una perra, que le estoy viendo la cara! O sea, ¡son fotos de amigos, nada más! Ya no soporta ver a Cami ni cerca de mí.
Su mamá dejó la taza de café en la mesa, suspiró con madurez y se acercó a sobarle la espalda.
Mamá: —Ay, mi niña... tienes que tenerle un poquito de paciencia. Para los hombres que vienen de afuera es difícil entender. Al comienzo todos son así de cerrados y celosos.
El papá de Sofía, sentado en su sillón reclinable, asintió con la cabeza suavemente, mirando a su hija con una calma desconcertante.
Papá: —Su mamá tiene razón, Sofía. Hay que tenerle paciencia al muchacho mientras se adapta. Mire, a mí al comienzo también me daba muy duro con su mamá... me daba una lata horrible y me carcomían los celos. Pero después entendí que es mejor la paz, vivir tranquilos. Yo decidí que lo más importante era la felicidad de su mamá y la armonía de la casa. Julián eventualmente va a entender que si quiere estar contigo, tiene que aprender a compartir y a no ser tan posesivo.
Mamá: —Eso sí, mi amor. Tú no te dejes amargar la vida. Si él se pone difícil, tú le das su espacio para que recapacite, pero no vas a dejar que sus inseguridades te quiten la tranquilidad.
A la mañana siguiente, Sofía bajó a la cocina en bata de baño, descalza y despeinada. El olor a café fresco y huevos pericos llenaba el pasillo. Para su sorpresa, sentado en la barra del comedor, con una bermuda cómoda y una sonrisa tranquila, estaba Camilo comiendo un pedazo de tostada.
Sofía se detuvo en seco, sorprendida.
Sofía: —¿Cami?... ¿Tú qué haces aquí tan temprano? Yo no te llamé...
Su mamá salió de la estufa con una sonrisa complaciente, sirviendo una taza de café humeante frente a Camilo.
Mamá: —Nosotros lo llamamos anoche, mi amor. Como te vimos tan estresada y amargada por culpa de los celos de Julián, le dijimos a Cami que viniera a hacerte compañía un rato para que te consienta y te quite esa mala cara.
El papá pasó por detrás de la barra, le dio una palmadita afectuosa en el hombro a Camilo y miró a Sofía con complicidad.
Papá: —Eso, mija. Desayunen tranquilos. Nosotros vamos a estar aquí en la sala viendo televisión. Suban después al cuarto a desestresarse un rato, que Cami sabe cómo quitarte la tensión. Tranquilos que no los vamos a molestar.
Camilo soltó una risita baja, guiñándole un ojo a Sofía mientras tomaba un sorbo de café.
Camilo: —Ya oíste a tus papás, bonita. Termínate el café y subimos... te tengo preparado un masaje relajante para quitarte todo el estrés que te dejó el amargado de tu novio.
En el antiguo cuarto de Sofía, con la luz del sol filtrándose por la ventana, Camilo la acomodó boca abajo sobre la cama. Con las manos llenas de aceite, empezó a sobarle la espalda y los hombros con lentitud, bajando suavemente hasta la cadera. El roce de sus manos cálidas y el olor del aceite hicieron que Sofía soltara un suspiro profundo, cerrando los ojos.
Sofía: —Mmmh... rico, Cami... me hacía tanta falta esto...

Camilo le quitó la bata por completo, dejándola desnuda sobre las sábanas. Se ubicó entre sus piernas y empezó a besarle la nuca, bajando por la columna hasta las nalgas, mientras le abría los muslos con firmeza.
Lo que empezó como un masaje suave se convirtió en minutos en un encuentro salvaje. Camilo se quitó la ropa se puso sobre ella y se hundió de un solo golpe en su vagina, totalmente mojada por el aceite y la excitación acumulada.

PLACK! PLACK! PLACK! PLACK! El choque continuo y seco de la pelvis de Camilo contra las nalgas de Sofía retumbaba en todo el segundo piso. El sonido de los fluidos corporales y el lubricante resonaba denso y húmedo (SCHLICK, SCHLICK, SCHLICK) a medida que la verga entraba y salía de punta a punta.
Sofía: —¡AHH... AHH... CAMI! ¡Mmmh... sí, mi amor... métemela toda! ¡Aparatosamente dura, ahh... ahh... dale más fuerte, que me deshago...

Camilo: —Te encanta que te la meta aquí en tu casa, ¿no?... Mira cómo te chorreas toda...
Sofía: —¡SÍ... AHH... AHH! ¡DALE DURO, CAMI... AHHH!

Los gritos de Sofía rompan el silencio de la casa. Apoyada en cuatro patas sobre la cama de su infancia, Sofía arqueaba la espalda mientras Camilo la agarraba con dureza de la cintura, embistiéndola con ferocidad sin importar quién escuchara.
Abajo en la sala, el televisor emitía un programa de noticias a volumen moderado. Arriba, los gemidos agudos de Sofía y los golpes secos contra el espaldar de la cama eran perfectamente audibles.
—¡AHH... AHH... MI AMOR... MÁS DURO, AHHH!— retumbaba desde el piso superior.

La mamá de Sofía cambió de canal tranquilamente y le dio un sorbo a su té. El papá, al escuchar los gritos destemplados de su hija, soltó una sonrisa maliciosa y le dijo a la esposa en voz baja:
Papá: —Definitivamente... de tal palo, tal astilla. Salió igual de gritona a la mamá cuando la atienden bien.
La mamá soltó una risita cómplice, le pegó un manotazo suave en el brazo al esposo y siguieron viendo televisión como si nada pasara.

Entrada la tarde, tras varias rondas de sexo, ambos yacían recostados en la cama, sudorosos y relajados. Sofía miraba al techo, pensando en las palabras que su papá le había dicho la noche anterior sobre tenerle paciencia a Julián.
Camilo, que aún tenía la sangre caliente, empezó a molestarla de nuevo: le pasaba los dedos por el vientre, le sobaba los senos y le rozaba la entrepierna con la verga media erguida.
Sofía sonrió con pereza, se descalzó de la almohada y se acomodó entre las piernas de Camilo.
Sofía: —Espérate, Cami... déjamela durita otra vez...
Sofía abrió la boca y empezó a lamerle la cabeza a la verga de Camilo. Con un sonido húmedo y constante (GULP, GLUCK, GLUCK), se la tragó hasta el fondo de la garganta, pasándole la lengua por el frenillo y sacándole gemidos bajos a él.

Mientras lo chupaba con devoción y sentía cómo la verga se ponía de piedra dentro de su boca, Sofía estiró la mano hacia la mesa de noche y agarró su celular.
Buscó el contacto de Julián y le marcó.
En el apartamento, Julián llevaba todo el día caminando en círculos, con el corazón en la mano y la culpa carcomiéndole el pecho. Al ver entrar la llamada de Sofía, contestó al primer timbre.
Julián: —¡Sofía! Mi amor... por fin me llamas... Te juro que he estado pensando mucho en lo que pasó, me siento pésimo...
Del otro lado de la línea, la voz de Sofía sonaba pausada, suave y extrañamente relajada. Mientras hablaba, continuaba bajando y subiendo la cabeza, dejando salir pequeños sonidos de succión (SLURP, GLUCK) contra la verga de Camilo.
Sofía: —Hola, mi amor... —dijo Sofía, respirando agitado entre succiones—: Tranquilo... estuve hablando con mis papás y me hicieron entender muchas cosas...
Julián escuchó un pequeño chasquido húmedo y un ahogo suave de fondo, pero estaba tan aliviado de oírla que no le prestó atención.
Julián: —¿De verdad, mi vida? ¿Podemos hablar? Te extraño demasiado, esta casa está helada sin ti...
Sofía apretó los labios alrededor del tronco de Camilo, sacando la lengua para darle una caricia profunda justo antes de responderle al teléfono, mientras Camilo le sobaba el cabello con picardía y soltaba un respiración pesada.

Sofía: —Sí, mi vida... mis papás me dijeron que hay que tenerte paciencia, que esto es un proceso... ¿Qué te parece si nos vemos esta tarde en un café para hablar tranquilos?... Ya estoy mucho más desestresada.
Julián: —¡Sí, claro que sí! Donde tú digas, mi amor. Voy para allá de una vez.
Sofía: —Bueno, mi cielo... prepárate y me avisas cuando salgas... un beso.
Sofía colgó el teléfono, tiró el celular a las cobijas y hundió la cara de nuevo en el regazo de Camilo, recibiendo una embestida profunda en la garganta hasta el fondo, mientras Julián, del otro lado de la ciudad, salía de su casa feliz creyendo que su novia había recapacitado.
En la sala la esperaban sus padres, tomando café tranquilamente. Sofía se dejó caer en el sofá y se soltó a llorar de la rabia, desahogándose con ellos.
Sofía: —¡Es que no me lo aguanto más, mamá! ¡Julián está loco! Me revisó el celular anoche y empezó a gritarme como un enfermo. Solo porque vio unas foticos que le mandé a Cami... una donde estoy en tanga y otra donde salgo así, como Dios me trajo al mundo. ¡Empezó a decirme que soy una perra, que le estoy viendo la cara! O sea, ¡son fotos de amigos, nada más! Ya no soporta ver a Cami ni cerca de mí.
Su mamá dejó la taza de café en la mesa, suspiró con madurez y se acercó a sobarle la espalda.
Mamá: —Ay, mi niña... tienes que tenerle un poquito de paciencia. Para los hombres que vienen de afuera es difícil entender. Al comienzo todos son así de cerrados y celosos.
El papá de Sofía, sentado en su sillón reclinable, asintió con la cabeza suavemente, mirando a su hija con una calma desconcertante.
Papá: —Su mamá tiene razón, Sofía. Hay que tenerle paciencia al muchacho mientras se adapta. Mire, a mí al comienzo también me daba muy duro con su mamá... me daba una lata horrible y me carcomían los celos. Pero después entendí que es mejor la paz, vivir tranquilos. Yo decidí que lo más importante era la felicidad de su mamá y la armonía de la casa. Julián eventualmente va a entender que si quiere estar contigo, tiene que aprender a compartir y a no ser tan posesivo.
Mamá: —Eso sí, mi amor. Tú no te dejes amargar la vida. Si él se pone difícil, tú le das su espacio para que recapacite, pero no vas a dejar que sus inseguridades te quiten la tranquilidad.
A la mañana siguiente, Sofía bajó a la cocina en bata de baño, descalza y despeinada. El olor a café fresco y huevos pericos llenaba el pasillo. Para su sorpresa, sentado en la barra del comedor, con una bermuda cómoda y una sonrisa tranquila, estaba Camilo comiendo un pedazo de tostada.
Sofía se detuvo en seco, sorprendida.
Sofía: —¿Cami?... ¿Tú qué haces aquí tan temprano? Yo no te llamé...
Su mamá salió de la estufa con una sonrisa complaciente, sirviendo una taza de café humeante frente a Camilo.
Mamá: —Nosotros lo llamamos anoche, mi amor. Como te vimos tan estresada y amargada por culpa de los celos de Julián, le dijimos a Cami que viniera a hacerte compañía un rato para que te consienta y te quite esa mala cara.
El papá pasó por detrás de la barra, le dio una palmadita afectuosa en el hombro a Camilo y miró a Sofía con complicidad.
Papá: —Eso, mija. Desayunen tranquilos. Nosotros vamos a estar aquí en la sala viendo televisión. Suban después al cuarto a desestresarse un rato, que Cami sabe cómo quitarte la tensión. Tranquilos que no los vamos a molestar.
Camilo soltó una risita baja, guiñándole un ojo a Sofía mientras tomaba un sorbo de café.
Camilo: —Ya oíste a tus papás, bonita. Termínate el café y subimos... te tengo preparado un masaje relajante para quitarte todo el estrés que te dejó el amargado de tu novio.
En el antiguo cuarto de Sofía, con la luz del sol filtrándose por la ventana, Camilo la acomodó boca abajo sobre la cama. Con las manos llenas de aceite, empezó a sobarle la espalda y los hombros con lentitud, bajando suavemente hasta la cadera. El roce de sus manos cálidas y el olor del aceite hicieron que Sofía soltara un suspiro profundo, cerrando los ojos.
Sofía: —Mmmh... rico, Cami... me hacía tanta falta esto...

Camilo le quitó la bata por completo, dejándola desnuda sobre las sábanas. Se ubicó entre sus piernas y empezó a besarle la nuca, bajando por la columna hasta las nalgas, mientras le abría los muslos con firmeza.
Lo que empezó como un masaje suave se convirtió en minutos en un encuentro salvaje. Camilo se quitó la ropa se puso sobre ella y se hundió de un solo golpe en su vagina, totalmente mojada por el aceite y la excitación acumulada.

PLACK! PLACK! PLACK! PLACK! El choque continuo y seco de la pelvis de Camilo contra las nalgas de Sofía retumbaba en todo el segundo piso. El sonido de los fluidos corporales y el lubricante resonaba denso y húmedo (SCHLICK, SCHLICK, SCHLICK) a medida que la verga entraba y salía de punta a punta.
Sofía: —¡AHH... AHH... CAMI! ¡Mmmh... sí, mi amor... métemela toda! ¡Aparatosamente dura, ahh... ahh... dale más fuerte, que me deshago...

Camilo: —Te encanta que te la meta aquí en tu casa, ¿no?... Mira cómo te chorreas toda...
Sofía: —¡SÍ... AHH... AHH! ¡DALE DURO, CAMI... AHHH!

Los gritos de Sofía rompan el silencio de la casa. Apoyada en cuatro patas sobre la cama de su infancia, Sofía arqueaba la espalda mientras Camilo la agarraba con dureza de la cintura, embistiéndola con ferocidad sin importar quién escuchara.
Abajo en la sala, el televisor emitía un programa de noticias a volumen moderado. Arriba, los gemidos agudos de Sofía y los golpes secos contra el espaldar de la cama eran perfectamente audibles.
—¡AHH... AHH... MI AMOR... MÁS DURO, AHHH!— retumbaba desde el piso superior.

La mamá de Sofía cambió de canal tranquilamente y le dio un sorbo a su té. El papá, al escuchar los gritos destemplados de su hija, soltó una sonrisa maliciosa y le dijo a la esposa en voz baja:
Papá: —Definitivamente... de tal palo, tal astilla. Salió igual de gritona a la mamá cuando la atienden bien.
La mamá soltó una risita cómplice, le pegó un manotazo suave en el brazo al esposo y siguieron viendo televisión como si nada pasara.

Entrada la tarde, tras varias rondas de sexo, ambos yacían recostados en la cama, sudorosos y relajados. Sofía miraba al techo, pensando en las palabras que su papá le había dicho la noche anterior sobre tenerle paciencia a Julián.
Camilo, que aún tenía la sangre caliente, empezó a molestarla de nuevo: le pasaba los dedos por el vientre, le sobaba los senos y le rozaba la entrepierna con la verga media erguida.
Sofía sonrió con pereza, se descalzó de la almohada y se acomodó entre las piernas de Camilo.
Sofía: —Espérate, Cami... déjamela durita otra vez...
Sofía abrió la boca y empezó a lamerle la cabeza a la verga de Camilo. Con un sonido húmedo y constante (GULP, GLUCK, GLUCK), se la tragó hasta el fondo de la garganta, pasándole la lengua por el frenillo y sacándole gemidos bajos a él.

Mientras lo chupaba con devoción y sentía cómo la verga se ponía de piedra dentro de su boca, Sofía estiró la mano hacia la mesa de noche y agarró su celular.
Buscó el contacto de Julián y le marcó.
En el apartamento, Julián llevaba todo el día caminando en círculos, con el corazón en la mano y la culpa carcomiéndole el pecho. Al ver entrar la llamada de Sofía, contestó al primer timbre.
Julián: —¡Sofía! Mi amor... por fin me llamas... Te juro que he estado pensando mucho en lo que pasó, me siento pésimo...
Del otro lado de la línea, la voz de Sofía sonaba pausada, suave y extrañamente relajada. Mientras hablaba, continuaba bajando y subiendo la cabeza, dejando salir pequeños sonidos de succión (SLURP, GLUCK) contra la verga de Camilo.
Sofía: —Hola, mi amor... —dijo Sofía, respirando agitado entre succiones—: Tranquilo... estuve hablando con mis papás y me hicieron entender muchas cosas...
Julián escuchó un pequeño chasquido húmedo y un ahogo suave de fondo, pero estaba tan aliviado de oírla que no le prestó atención.
Julián: —¿De verdad, mi vida? ¿Podemos hablar? Te extraño demasiado, esta casa está helada sin ti...
Sofía apretó los labios alrededor del tronco de Camilo, sacando la lengua para darle una caricia profunda justo antes de responderle al teléfono, mientras Camilo le sobaba el cabello con picardía y soltaba un respiración pesada.

Sofía: —Sí, mi vida... mis papás me dijeron que hay que tenerte paciencia, que esto es un proceso... ¿Qué te parece si nos vemos esta tarde en un café para hablar tranquilos?... Ya estoy mucho más desestresada.
Julián: —¡Sí, claro que sí! Donde tú digas, mi amor. Voy para allá de una vez.
Sofía: —Bueno, mi cielo... prepárate y me avisas cuando salgas... un beso.
Sofía colgó el teléfono, tiró el celular a las cobijas y hundió la cara de nuevo en el regazo de Camilo, recibiendo una embestida profunda en la garganta hasta el fondo, mientras Julián, del otro lado de la ciudad, salía de su casa feliz creyendo que su novia había recapacitado.
0 comentarios - Juego psicológico 5