Capitulo 6 - “No existe para el Peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan.”
Cuando Valentina se despertó a la mañana siguiente, Nicolás ya se había ido a trabajar. Todavía tenía el recuerdo amargo de la noche anterior, como había explotado con lo de la pava. A veces tenía salidas así con su TOC. Algunas simpáticas que le gustaban, otras no tanto, pero nunca antes lo había visto estallar así.
Habría tenido un mal día, pensó mientras se levantaba.
Desayunó tranquila en la cocina, mirando el cacho de azulejo que faltaba en la pared, producto del pavazo que tiró Nicolás anoche. Había hecho mierda la pava también. La había abollado y se le había salido el mango con el golpe. Tenía otra pava, podía zafar, pero era chiquita. Tendría que comprar otra.
Ese día tenía tiempo para hacerlo. De Fondo Liso no tenía nada, ninguna entrega por la que Tavo tuviera que venir, nada pendiente. Chupando su mate, miró de nuevo al azulejo roto y al estado de la cocina, un poco venida a menos. Cuando se mudó a ese, el departamento de su abuela, años atrás con Nicolás habían hecho refaccionar y poner un poco más lindo el resto de los ambientes. La cocina la habían dejado para lo último y como el presupuesto se les había prácticamente acabado no lo pudieron hacer mucho. Arreglos básicos, no lo que querían. Y así quedó la cocina. Funcional, prolija, linda a su manera, pero visiblemente antigua. El último resto de cómo se vió siempre el depto de la abuela.
Valentina pensó que solamente con cambiar los azulejos, que había que hacerlo igual gracias al pelotudo de Nicolás, por ahí se vería todo mejor. Cambiar el piso y el mobiliario de la cocina sería un pijazo. Y no de los que le gustaban. Se podría ir de a poco. Le pediría algo de plata a papá, que el viejo tenía, y podrían arrancar con algún arreglito simple para empezar a cambiarle la cara al último ambiente que faltaba.
A eso de las once salió, a hacer unas compras. Se había puesto linda. Para ella era un look casual. Para los tipos que se daban vuelta a mirarla cuando pasaba, no tanto. Se había puesto la remera verde, corta y ajustada que le levantaba un poco las tetas (como si hiciera falta) y el jean que le apretaba las piernas y el culo. Se sentía bien. Feliz. Era una linda mañana de sol.

Haciendo sus compras decidió pasar por la verdulería de Raúl. Sabía que seguramente Tavo no estaba todavía, pero alguna cosita podía aprovechar y comprar, así no tenía que pasar otro día y tener que volver a salir.
Cuando llegó a la verdulería vió que Tavo efectivamente todavía no estaba. Estaba el viejo Raúl, atendiendo a una señora gorda de ahí del barrio. Pero cuando Raúl la vió entrar le cambió la cara, le sonrió desde donde estaba pesando unas verduras.
“Buenas, buenas… qué dice el solcito del barrio?”, le dijo con un tono dulce.
Valentina se rió. Por algún motivo que no sabía le encantó el piropo y el tono del viejo, “Ay, qué amable, buenas… cómo va?”, le respondió.
“Ahora bien”, le dijo Raúl, “Termino con la señora y estoy con vos”
“Dale, tranqui”, sonrió Valentina y se puso a inspeccionar la verdura.
Cuando la señora terminó y pagó, Raúl la saludó muy amablemente. La vieja le pasó por al lado a Valentina y le dejó una miradita que la desaprobaba. A Valentina le importó poco. Ya las conocía esas miradas de otras mujeres.
“Ahora sí, rubia. Soy todo tuyo. Qué llevamos hoy?”, le dijo Raúl acercándose. El viejo la fichaba con bastante poco descaro. A Valentina no le importó mucho.
“Dame dos kilitos de mandarinas… y una lechuga, pero que esté linda…”, le dijo.
“Un par de buenos kilitos, sale…”, le dijo el viejo riéndose.
Valentina no sabía si Raúl se le refería a las tetas o qué. Igual sonrió callada.
“Estas piropeador hoy, eh?”
“Cuando vienen clientas lindas, siempre”, le respondió el viejo mientras llenaba una bolsa con mandarinas.
“A ver si se entera tu mujer que andás piropeando chicas por ahí”, le sonrió Valentina.
“Ja!”, se rió Raúl, “Tavo no está, eh? No vino todavía.”
“No, ya sé.”, asintió ella.
“Cómo anda todo? Cómo va el gordo?”, le preguntó él.
Valentina sonrió suavemente, “Bien. Re bien. La va llevando.”
Raúl le hizo una muequita, “... con lo de las entregas, digo”, y se rió.
Valentina lo miró. Seguro Tavo habría estado boqueando de más. Ya se imaginaba qué tipo de cosas.
“Uf… Raúl… no sé…”
El verdulero la interrumpió, “Tranquila, linda. No pasa nada. Todo bien. Yo no me meto. Son cosas de ustedes, en serio”, le sonrió.
“Si, ya sé”
“Lo que la gente haga de su vida me tiene sin cuidado mientras no me jodan a mí”, dijo el tipo y terminó de pesar. Le dijo a Valentina cuánto era y ella le pagó con la tarjeta de débito.
“Igual, te digo asi como comentario, de confianza, si me permitís?”, la miró él.
“Si, claro… decime”, Valentina lo miró.
“A ver, no lo culpo al negro. Yo por ahí haría lo mismo en su lugar, pero decile que se calme un poco con las cosas que anda diciendo, jaja!”, dijo Raúl.
A Valentina no le gustó un carajo eso. No que Raúl se lo dijera así, todo bien con él, sino el hecho que Tavo hubiera boconeado por ahí las cosas que hacían.
“Ajá… se puede saber qué dijo el boconazo?”, preguntó ella.
Raul sonrió y la miró para calmarla, “Tranquila, Valentina. Nada. Lo que puede decir un hombre cuando charla con otro, nada más.”
Valentina suspiró. Raúl le pasó la bolsa con su compra, “Igual, te repito, todo bien conmigo.”
“Ya sé, gracias”, asintió ella.
“Lo que hagan… cosa de ustedes. Ya son grandes los dos. Me parece perfecto.”, dijo Raúl.
“Ah, si?”
Raúl se encogió de hombros, “Y si se gustan y de vez en cuando quieren tener algo, darse, por mi está todo bien. Quien tiene pareja, quien no… eso es cosa de ustedes. No me parece mal.”
Valentina largó una risita triste, “Parece que boconeó bastante el negro.”
“Y, si. Habló. Para que te voy a mentir”, dijo Raúl.
Se quedaron unos segundos en silencio, Valentina como procesando las noticias. Raúl la habrá visto que se estaba bajoneando y le sonrió, “Che, me dicen las malas lenguas también que vos sos matera?”
Ella lo miró, “Yo? Si. Por?”
Raul se levantó y empezó a dirigirse más al fondo del local, donde tenía una mesada con sus cosas, “Vení. Probá ésta yerba que me mandaron del norte. A ver qué te parece.”
“Uh… a ver…”, dijo ella siguiéndolo.
Raúl le puso agua caliente de un termo al mate que ya tenía, mientras le explicaba, “Me la mandó mi primo hermano, la plantan ellos en el Chaco, probala a ver si te gusta. Es artesanal.”
Valentina le dió un sorbo y asintió, con la bombilla en la boca, sintiéndole el gusto. Se la sacó apenas de entre los labios para hablar, “Mmm.. bien, eh? Medio fuertonga.”
“Si, viste?”, asintió Raúl, “Dale, dale, terminátelo. Tomate un matecito, no hay drama.”
“Estás trabajando…”, dijo ella.
El se rió, “Vos me ves trabajando?”, Valentina negó con la cabeza y sonrió con la bombilla atrapada entre los labios, “No, ahora me estoy tomando un mate con mi pimpollo de vecina.”
Ella se rió, “Paraaaa… jajajaja”
“Es la verdad. No es de zalamero”, le sonrió Raúl, de nuevo fichándole las tetas que llevaba aprisionadas en la remera, “Nena, a mi edad si no soy dulce con las chicas lindas, qué me queda? Jajaj!”
“Cuántos tenés? Nunca te pregunté”
“Sesenta y dos. Bien llevados, eh?”, sonrió Raúl.
“Si, la verdad que sí”, dijo ella y sorbió otro poco, “Che, rica la yerba. La venden ellos?”
Raúl asintió, “Si, la venden local allá. A veces me mandan. Si querés les pido unas bolsas para vos? Te va?”
Valentina sonrió y le acercó el mate para que Raúl le pusiera más agua caliente, “Uh… estaría bueno. Cuánto sale la bolsa?”. Raúl sonrió y le hizo un gesto con la mano, como diciendo que se olvidara, “No, dale, decime”, dijo ella.
“Nada, linda. Si querés te hago una atención con eso. No hay problema.”
Valentina le regaló una dulce sonrisita de esas matadoras y se llevó el mate de nuevo a la boca, chupando despacito, sintiendo el gusto fuerte de esa nueva yerba. Los dos se miraron. Finalmente ella habló, con los labios un poco todavía jugueteando con la bombilla.
“Medio chota ésta bombilla, lo único, jijiji….”, le dijo.
Raúl se rió y la miró un poco con hambre, “Si, bueno, hay otras.”
“Tendrías que usarlas. Esta no va”, dijo ella, sorbiendo más mate.
“Si, no te preocupes, tengo una que va muy bien”, le hizo una muequita.
Valentina sintió un cosquilleo que le gustó mucho. Ya sabía esa dinámica.
“Bueno, que bueno. Bien por vos.”, asintió mirándolo fijo.
“Sabés qué es lo único que no me cierra? De vos y el negro, digo”, comentó él, tomando el mate que se había terminado Valentina y poniéndose agua para él.
“Mm. A ver. Con que me vas a salir…”, se rió ella.
Raúl la miró a los ojos, “Nada, que se yo.. Una chica como vos podría estar con cualquier hombre. Con el que ella quiera. Y sin embargo…”, se rió él, “Los misterios de la vida, no?”
Valentina le inclinó la cabeza y sonrió, “Ah, mirá vos. Y quién te dice a vos que yo no estoy con los hombres que quiero?”
Raúl levantó una mano cansina y sonrió, “Nada, nada, era una forma de decir. Si te gustan los hombres así, te gustan así y punto. Todo bien.”
“Y cómo son los hombres así?”, sonrió Valentina.
“Que se yo. Así como el Tavo. Gordo, morocho. Medio tobru.”, dijo Raúl, “Tu novio no sé como es, no lo conozco.”
“No, Nicolás nada que ver con Tavo”, dijo ella, “Así que ya ves… a la mierda tu teoría”
Los dos se rieron y se miraron. Raúl se terminó el mate.
“Tenés un ratito más? O te tenés que ir?”, le preguntó él.
“No? Tengo que volver a casa, pero…”, Valentina encogió los hombros, “Otro mate me puedo tomar.”
Raúl asintió suavemente y se le dibujó una sonrisa en el rostro, “Bueno… porque estaba pensando…”
“Que cosa?”
Raúl se lo dijo guiñandole un ojo, “Ya que sos tan dulce con el gordo… por ahí no querés tener una atención conmigo también? Si te va?”
Valentina lo miró y se rió, “Wow… pará…jijiji”
Raúl, viejo lobo, se bajó del banquito donde estaba sentado y se le acercó, hablándole más bajito. Valentina le podría haber dicho que no, directamente, y no lo hizo. Ya estaba. “Si no estás apurada, te parece que bajo la persiana un ratito? Querés? Vamo’ al cuartito del depósito un rato… te muestro la otra bombilla que tengo, a ver si te gusta más esa…jejeje”
Valentina lo miró suavemente, giró la cabeza y miró para la calle, sintió los dedos de Raúl acariciándole la piel del brazo, lo miró de nuevo al verdulero, “No estás trabajando?”
Raúl la miró y la siguió tocando despacito, “Vale, si me decís que sí, me chupa un huevo todo.”
Valentina le sonrió y le asintió. Ni lerdo ni perezoso, Raúl caminó hasta la entrada y bajó la persiana metálica del local. Volvió, la guió a Valentina con un brazo en la nuca, acariciándola ahí también, lo que a ella le encantó. El cuartito de atrás de la verdulería era pequeño y estrecho, lo usaban para guardar cajas y cajones de fruta y verdura, daba a un baño microscópico con inodoro y pileta. No servía más que para eso.
Pero era lo suficiente para que Valentina se pusiera de rodillas y le empezara a disfrutar bien la verga al viejo Raúl. Ella se sentía en el cielo cuando estaba de rodillas, y en ese dulce infierno cuando tenía una pija en la boca. La de otro hombre. Uno más, que no era ni Nicolás ni Tavo, para hacerlo aún mejor.

El viejo no aguantó mucho las dulces atenciones de la boca de Valentina. Era una excelente chupaverga, pensó y sintió. Con su experiencia de viejo zorro, también sabía por qué: por que a ella le gustaba. No había más vueltas. Había mujeres que parecía que le estaban haciendo un favor al hombre y se la chupaban a reglamento, haciendo lo mínimo indispensable. Y otras que no. Otras, como la putita divina de Valentina, lo disfrutaban demasiado. Que semejante petera también fuera semejante hembra y semejante puta era casi injusto. A Raúl, mientras Valentina le disfrutaba la verga y soltaba esos gemiditos nasales hermosos, le dió mucha envidia que el gordo se la estuviera moviendo. En realidad, que cualquier otro se la estuviera moviendo.
Juntando un poco de voluntad, Raúl la detuvo suavemente mientras ella lo miraba de abajo, con media pija en la boca. Le dijo que se la quería coger. Ella sonrió y le dijo que sí, que su pija la había puesto recaliente también. Raúl la hizo doblar sobre unos cajones de fruta y le bajó los jeans un poco.
“Uf… mira lo que sos, nena… que buena que estas…”, se rió, acariciándole el culo desnudo.
Valentina le sonreía, pasada de calentura, “Me la vas a dar lindo?”
“Te la voy a dar hermoso… mmh..”, le sonrió Raúl.
Ni lerdo ni perezoso se la entró a coger desde atrás, reteniéndola por la cintura.. A Valentina le encantó. Raúl no tenía la pija enorme de Tavo, pero eso no importaba. Se sentía bien. Distinta y nueva. Raúl se movía distinto, cogía distinto, cogía lindo también. El viejo se sonreía, gozaba y pensaba que por fin le estaba disfrutando la concha a la mina que tantas veces había fichado. Cuando Tavo le contó que él se la cogía ya Raúl no necesitaba más información: Valentina era bien puta, y era cuestión de apurar nada más. Ya no había miedo de quedar mal después de eso, era cuestión de decirle y seguro agarraba. Lo cual sucedió.
En el vaivén de la cogida en el cuartito, mientras Valentina gemía y orgasmeaba con la concha atareada complaciendo la verga de Raúl, perdieron un poco el equilibrio y un cajón de fruta se vino a la mierda. Los dos se rieron, enseguida siguieron el ritmo. Los dos gozando.

Raúl no le quiso acabar adentro. Valentina lo sintió cerca de su orgasmo y le pidió que la llenara, pero él no quiso. No quería llegar a tener problemas con la patrona si a Valentina le quedaba un pibe. La sacó y se masturbó brevemente ahí donde estaba, pintándole la cola con dulces salpicadas de su semen, gozando como hacía años que no lo sentía. Valentina cerró los ojos y sonrió, sintiendo el calor y la humedad en su piel. Sentir el semen caliente en la piel, no solo dentro de su cuerpo, también era hermoso. Todo era hermoso.
Ni bien terminaron de coger y se estaban recuperando a Raúl pareció bajarle la calentura y Valentina lo notó, no preocupado, pero sí más serio. Como si se hubiese dado cuenta de lo que habían hecho una vez que la niebla de la lujuria se le disipó. Ella le preguntó si estaba bien y él le dijo que si, pero si lo disculpara si se había propasado, que no había sido su intención.
Valentina lo miró extrañada, casi se muere de risa, “Propasado? Rauli… acabamos de coger!”
Raúl sonrió de nuevo mientras se arreglaba el pantalón, “Si, bueno…eso… disculpá, me calenté mal.”
Valentina se le acercó y le puso una mano en el pecho, “Está todo bien, Raúl. En serio, no te preocupes. Yo quise también, no te olvides.”
Raúl asintió, le sonrió y se dieron un beso. No uno de amor, sino de compañerismo. De dos personas que se hicieron sentir bien el uno al otro.
Raúl levantó la persiana metálica con algo de esfuerzo mientras Valentina estaba paradita ahí al lado, esperando para salir. Finalmente se despidieron.
“Vas a querer la yerba entonces, Vale?”, le preguntó Raúl, “Se la pido a mi gente, en una semana más o menos me la mandan”
“Si, dale… me encantó”, le sonrió ella, “Después me decís cuanto es, pero una bolsa seguro.”
“No es nada, linda”, le sonrió él.
“No. Me decís cuánto es. El trabajo se recompensa”, asintió firmemente ella.
“Y lo acabás de hacer”, se rió Raúl.
Valentina sacudió la cabeza, se rió y se volvió para el departamento con todas sus bolsas. Más feliz que cuando había salido. Contenta y con la concha inesperadamente contenta también. Suspiraba cuando caminaba de vuelta, pensando.
Tres tipos ya la habían disfrutado y complacido, y ella a ellos. Nicolás, su amor, con el que compartía la vida. El fuego y la verga hermosa de Tavo. Y ahora, inesperadamente, Raúl el verdulero. Fuego lento el de él, pero igual de caliente. Se sintió como hacía mucho que no se sentía, como en sus mejores épocas de militante. Se sintió una mujer moderna, libre y Peronista, que hacía su propia vida y buscaba sus propios placeres.
—
A los pocos días Tavo la visitó de nuevo en el departamento, pasó a retirar unas cajas para Fondo Liso. Un martes. Valentina lo recibió contenta, con el mate, bizcochitos, su boca y su concha listas para él. Ansiosa y expectante.
Cogieron hermoso, en la cama donde hacía unas pocas horas nada más, Nicolás y ella habían dormido. Era un detalle que no le interesaba. Lo único que le interesaba en ese momento era sentir como la verga de Tavo le llenaba la concha hasta el fondo, golpeándole las puertas del útero y sacándole estrellas de dolor y placer. Lo único que deseaba en esos instantes era complacer a su macho, darle todo lo que quisiera, que tan feliz la hacía.

Luego de coger lindo y dulce, siguieron charlando ahí, los dos tirados en la cama. Había cosas que hacer. Tavo tenía las entregas, Valentina otras cosas que atender de Fondo Liso, pero ninguno quería, la verdad. Era un día haragán para los dos.
“Che, negrita”, dijo Tavo suavemente mientras le acariciaba la espalda a su putita rubia, “El sábado festejamo’ mi cumple en San Miguel, eh? Acordate…”
Valentina sonrió con los ojos cerrados, disfrutando el estar pegada en bolas junto a él, “Si, gordi, ya me dijiste cinco veces…”
“Vas a veni’, no?”
“.. y ya te dije que sí también cinco veces. Me vas a preguntar una sexta?”, se rió suave Valentina.
“Te voy a pregunta’ las vece’ que haya que pregunta’, putita linda”, se rió él.
Valentina giró para mirarlo y se sonrieron, “Me dejará un Uber?”
“No tengo idea. Estimo que sí. No ‘e la villa”, respondió él, “De vuelta te alcanza alguien que viene pa’ capital, seguro”
“Bueno”, Valentina le daba besitos en el pecho mientras hablaba y sentía las caricias del gordo en su espalda, “Quién va a estar?”
“Y… mi primo, la jermu. Nora, la chiquita de ello’”, Tavo empezó a hacer memoria, “Depue’ mi familia de General Rodrigue’... son como cuatro ello’. Depue’ seguro alguno de lo’ vecino’ le decimo y se prende”
“Vas a soplar la velita?”, le sonrió Valentina, “Qué lindo!”
Tavo la miró, “Vo’ me vas a sopla’ la velita por el cumple, linda”, dijo riéndose.
“No hace falta que cumplas años para eso, bobo”
“No, ya se. Te ‘toy jodiendo”, la estrujó un poco, “Quedate tranquila que somo’ buena gente, no te vamo’ a hace’ nada”
“Uf, ya sé, Tavo. Nunca pensé eso”, le respondió Valentina.
“Seh, igual aviso, porque es una zona jodida a vece’, viteh. No ‘ta de más el aviso. Igual vo’ ta’ conmigo, no te pasa nada, mami”, le dijo y le besó la cabeza rubia.
Valentina suspiró y haciendo un esfuerzo se levantó y se empezó a vestir. Tavo la miraba, tirado en la cama de ella y Nicolás.
“Bueno, gordi, a ver si activamos… sino, no sale nada hoy…”, dijo ella sin mirar.
“Hace falta?”, dijo él
“Si, hace falta, vago”, contestó Valentina con una risita.
“También nos podemo’ queda’ acá en la camuchi… te la pongo un ratito ma’, despue’ almorzamo’... nos acostamo’ de nuevo… te la pongo un ratito ma’...”, sonreía Tavo.
“Ah, si, que buen plan. Nadie labura.”, sonrió Valentina arreglándose un poco en el espejo, ya vestida de entrecasa con jogging y remera holgada.
“... despue’ antes de irme nos …”
“.. si, nos acostamos… ya se…”, mechó el comentario ella.
“.. nos acostamo’... te lleno la colita un poco… “, se rió Tavo.
“... y Raúl te echa de la verdulería porque no vas…”, acotó Valentina.
“Me chupa un huevo, Raúl”, dijo él.
Valentina lo miró por encima del hombro, “Negro, a propósito… ojo con lo que andás diciendo por ahí vos, eh?”
“Eh? De que?”, él la miró.
“De mí”
“De qué me habla’?”, preguntó Tavo.
“Vos sabés. No te hagas el gil.”, dijo ella y se sentó en la cama a ponerse las medias, “Lo que hacemos acá es cosa nuestra. De nadie más. Nadie tiene por que saber”
Tavo no dijo nada. Sabía de lo que Valentina estaba hablando y sabía que había dicho más de la cuenta, seguramente, a Raúl o a alguien más. Pero lo que ella no entendía era que un tipo como él, cuando se cogía una mina como ella, no había forma que se quedara callado. Lo quería gritar a los cuatro vientos.
1 comentarios - El Día De La Lealtad (parte 6)