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La iniciacion de hermandad de Edu

El aire en el sótano de la casa de la hermandad olía a una mezcla densa de tabaco rancio, cerveza derramada y un rastro metálico de sudor antiguo. Las paredes de piedra húmeda absorbían la luz vacilante de unas pocas lámparas rojas que bañaban la estancia en una penumbra carmesí, convirtiendo las sombras en figuras grotescas que danzaban al ritmo de mi respiración agitada. Yo estaba allí, de pie en el centro del círculo, sintiendo cómo el frío del suelo de cemento se filtraba a través de mis pies descalzos. Mi corazón martillaba contra mis costillas, un tambor frenético que resonaba en mis oídos.
Sabía lo que significaba esta noche. La iniciación no era un trámite; era una entrega total, una capitulación del cuerpo y la voluntad ante los hermanos que ya habían pasado por el fuego. Yo, con mis curvas generosas, mi piel morena y esos rulos negros que ahora se pegaban a mi frente por el sudor, me sentía como una pieza de carne expuesta en un matadero. Pero el miedo se mezclaba con una anticipación eléctrica, un deseo prohibido que me hacía hormiguear la entrepierna. Quería pertenecer, quería ser reclamado, quería que me rompieran para poder reconstruirme bajo sus reglas.
—Míralo —dijo una voz profunda, cargada de un desdén que me hizo temblar—. El nuevo es más blando de lo que esperaba.
Era Marcos, el líder de la fraternidad. Un hombre de mandíbula cuadrada y ojos gélidos que me observaba como si fuera un insecto bajo un microscopio. Se acercó lentamente, el cuero de sus botas resonando en el silencio sepulcral del sótano. Los demás, una decena de hombres atléticos y hambrientos, cerraron el círculo, acortando la distancia hasta que pude oler el aroma a colonia fuerte y testosterona que emanaban.
—Quítate la ropa, Edu. Ahora —ordenó Marcos.
Mis dedos torpes lucharon con los botones de mi camisa. El pánico me entumecía las manos, pero la urgencia en su voz no admitía demoras. Me despojé de la prenda, dejando al descubierto mi torso ancho, mis pezones oscuros y erectos por el frío, y la curva prominente de mi vientre. Cuando dejé caer los pantalones y la ropa interior, me sentí desnudo no solo de ropa, sino de toda dignidad. Me encogí instintivamente, intentando cubrir mis genitales con las manos, pero un empujón brusco en los hombros me obligó a abrirme, a exponer mi verga flácida y el pliegue oscuro de mi trasero ante sus miradas voraces.
—No te escondas, gordo. Queremos verlo todo —gruñó otro de los hermanos, riendo con un tono cruel.
Marcos se posicionó frente a mí. Sin previo aviso, agarró un puñado de mis rulos y tiró hacia atrás con fuerza, obligándome a arquear el cuello y mirar el techo. El dolor fue agudo, pero el choque de adrenalina fue mayor.
—Primero, limpiaremos el camino —susurró Marcos cerca de mi oído, su aliento caliente rozando mi piel.
Sintió el movimiento de su mano bajando hacia su bragueta. El sonido de la cremallera bajando fue como un disparo en el silencio. De repente, su verga, una columna de carne caliente, gruesa y palpitante, emergió, apuntando directamente a mi rostro. El olor a presemén y piel excitada inundó mis sentidos. No tuve tiempo de procesarlo antes de que su mano me empujara la cabeza hacia adelante.
—Ábrela. Trágatelo todo.
Abrí la boca, dejando que la punta húmeda rozara mis labios. El primer contacto fue eléctrico. Introduje la cabeza del miembro, sintiendo la textura suave y tensa. Marcos no fue gentil. Empujó con decisión, hundiéndose en mi garganta. Sentí el impacto contra mi úvula, el reflejo nauseabundo que me hizo cerrar los ojos y soltar un gemido ahogado. Mis manos se aferraron a sus muslos musculosos, buscando apoyo mientras él empezaba a embestir con un ritmo implacable.
El sonido era obsceno: el chapoteo de mi saliva mezclándose con su lubricación natural, el ruido sordo de su pelvis golpeando mi barbilla una y otra vez. Me ahogaba, el aire se volvió un lujo, pero la sensación de ser dominado, de tener mi garganta invadida por su voluntad, me provocó una erección inmediata. Mis testículos chocaban contra mis muslos mientras intentaba acomodarme a su ritmo. Marcos aceleró, sus embestidas se volvieron violentas, profundas, llevándome al límite de la asfixia. Cada vez que sentía que iba a vomitar, él apretaba más mis rulos, anclándome a su placer. Finalmente, con un gruñido animal, sintió que llegaba al clímax. Me empujó la cabeza una última vez, hundiéndose hasta la raíz, y descargó un chorro espeso y caliente de semen directamente en el fondo de mi garganta. Me atraganté, tragando la sustancia salada y viscosa mientras él se retiraba, dejándome babeando y jadeando, con el rostro rojo y los ojos llorosos.
—Buen comienzo —sentenció Marcos, limpiándose el exceso de fluido en mi mejilla—. Pero esto es solo el aperitivo.
Fui empujado hacia una mesa de madera maciza en el centro de la habitación. Me obligaron a ponerme a cuatro patas, con el pecho aplastado contra la superficie fría y el trasero elevado, ofreciéndome como un banquete. La posición me hacía sentir vulnerable, expuesto. Sentí manos extrañas recorriendo mis costados, apretando mis glúteos con fuerza, pellizcando la piel de mis muslos. Las risas y los comentarios vulgares llenaban el aire, alimentando la tensión erótica que ya era insoportable.
—Miren este culo —comentó uno de ellos, dándole una bofetada sonora a mi nalga izquierda que dejó una marca roja inmediata—. Está pidiendo a gritos que lo llenen.
Sentí cómo alguien aplicaba una cantidad generosa de lubricante frío sobre mi esfínter. El contraste térmico me hizo saltar, pero unas manos fuertes me sujetaron la cintura, clavándome contra la mesa. De repente, sentí la punta de una verga presionando mi entrada. No hubo preámbulos. El miembro entró con un empujón seco, rasgando el silencio y mi resistencia. Solté un grito que resonó en todo el sótano, un sonido que mezclaba el dolor del estiramiento con un placer agudo que me recorrió la columna vertebral.
—¡Dios, está apretadísimo! —exclamó el hombre que me penetraba.
Empezó a moverse, sus estocadas eran lentas al principio, permitiendo que mi cuerpo se adaptara a su volumen. Podía sentir cada vena, cada relieve de su piel rozando las paredes internas de mi recto. El sonido del sexo comenzó a llenar la sala: el squelching rítmico de la carne húmeda, el jadeo colectivo de los hombres que observaban y esperaban su turno. Yo me perdía en la sensación, moviendo la pelvis instintivamente para buscar más profundidad, sintiendo cómo mi próstata era golpeada repetidamente, enviando oleadas de calor hacia mi verga, que goteaba presemén sobre la madera de la mesa.
Pero la iniciación requería más. Mientras el primer hombre seguía embistiendo, sentí otra presencia detrás de mí. Otro miembro, igual de caliente y duro, empezó a presionar contra el borde de mi entrada, luchando por espacio.
—Haz sitio, deja que entre el segundo —ordenó Marcos.
El hombre que estaba dentro de mí se desplazó ligeramente, y el segundo aprovechó el hueco para empujar. El dolor fue intenso, una presión expansiva que sentí llegar hasta mi vientre. Mi cuerpo se tensó, mis dedos se clavaron en la madera de la mesa, y un gemido gutural escapó de mis labios. Ahora tenía dos vergas dentro de mí, luchando por el mismo espacio, estirando mi esfínter hasta el límite absoluto.
La sensación era abrumadora. La doble penetración transformó el placer en una tormenta sensorial. Cada movimiento de uno desplazaba al otro, creando un roce interno constante que me volvía loco. El sonido era ahora un chapoteo frenético, una sinfonía de fluidos y carne chocando. Sentía mis paredes anales ceder, volviéndose maleables bajo la insistencia de los dos hombres.
—¡Míralo cómo se abre! ¡Se lo traga todo el gordo! —gritaron los demás, mientras algunos empezaban a masturbarse, rodeándome, tocando mi pecho, succionando mis pezones con fuerza.
Estaba en el centro de un torbellino de deseo. Sentía manos en todas partes: apretando mis rulos, acariciando mis muslos, estimulando mi verga con movimientos rápidos y expertos. El ritmo de las embestidas anales aumentó. Los dos hombres se coordinaron, empujando al unísono, hundiéndose profundamente en mí. Sentía que me partían en dos, pero la agonía se transformaba en una euforia oscura. Mi visión se nubló, el mundo se redujo al roce de la piel, al olor a sexo y al sonido de los gemidos.
—¡Ahora! —gritó Marcos.
Los dos hombres que me penetraban soltaron un rugido y descargaron sus cargas al mismo tiempo. Sentí el calor explosivo del semen llenando mi interior, una presión líquida que parecía expandirme desde adentro. Al mismo tiempo, la estimulación manual en mi verga alcanzó el punto crítico y yo eyaculé con fuerza, lanzando chorros de semen blanco sobre la mesa y mis propios muslos, temblando violentamente mientras el orgasmo me sacudía el cuerpo entero.
Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento antes de que la situación escalara. La mesa fue abandonada y me obligaron a tumbarme en el suelo, sobre una manta vieja y sucia. Ya no eran solo dos. Era el grupo entero. La orgía comenzó como un caos organizado. Fui pasado de un hombre a otro, convertido en un objeto de placer compartido. Unos se turnaban para entrar en mi culo, otros se concentraban en mi boca, y otros simplemente usaban mi cuerpo como superficie para sus propios deseos.
Sentí la aspereza de las barbas contra mi cuello, el peso de los cuerpos atléticos aplastando mi carne, el sabor salado del sudor ajeno. Me sentía pequeño a pesar de mi tamaño, consumido por la masa de hombres que me reclamaban. Hubo momentos de una brutalidad exquisita: alguien me sujetó las piernas abriéndolas hasta el límite, mientras otro se hundía en mí con una furia ciega, haciendo que mis glúteos rebotaran contra el suelo con un sonido sordo y rítmico.
—Eres nuestro ahora, Edu —susurró una voz mientras sentía una lengua recorrer mi oreja—. Eres la propiedad de la hermandad.
Esa frase disparó algo en mí. La sumisión total me resultó liberadora. Dejé de luchar, dejé de intentar procesar el dolor y me entregué al flujo de la lujuria. Me convertí en un receptor pasivo de placer y dominio. Sentía cómo mi interior quedaba empapado en una mezcla de lubricante y el semen de múltiples hombres, creando una sustancia viscosa que hacía que cada nueva penetración fuera más deslizante, más sonora. El sonido del "shlicking" era constante, una música obscena que marcaba el ritmo de mi entrega.
En un momento, Marcos regresó al centro. Me ordenó que me pusiera de rodillas, con la espalda arqueada. Se colocó detrás de mí y, sin lubricación adicional, se hundió de nuevo en mi ya dilatado ano. La entrada fue fluida, casi natural, debido a la preparación previa. Marcos empezó a moverme como si fuera un muñeco, sus manos agarrando mis caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría moratones.
—Dilo —me ordenó, golpeando mis nalgas con la palma de la mano—. Di que eres el juguete de la casa.
—Soy... soy el juguete de la casa —gemí, la voz quebrada, mientras sentía cómo su verga golpeaba mi punto más sensible.
—Más fuerte. Que todos lo oigan.
—¡Soy el juguete de la casa! —grité, cerrando los ojos mientras el placer me nublaba la razón.
El clímax final de la noche fue un estallido de desenfreno. Los hermanos se amontonaron, algunos besándose entre sí, otros masturbándose frenéticamente mientras me observaban. Yo estaba en el epicentro, con Marcos dentro de mí y otro hombre llenando mi boca. Sentía la presión en mi garganta y la plenitud en mi trasero, una sensación de completitud absoluta. El aire estaba saturado de olor a sexo, un aroma denso que parecía pegarse a la piel.
Uno a uno, los hombres empezaron a alcanzar su límite. Sentí lluvia de semen sobre mi pecho, mi vientre y mi rostro. Algunos se deslizaron fuera de mí justo a tiempo para eyacular sobre mis glúteos, mientras que otros, como Marcos, decidieron terminar dentro, llenándome una vez más con un chorro ardiente que me hizo arquear la espalda en un último espasmo de placer.
Cuando el silencio finalmente regresó al sótano, solo quedó el sonido de las respiraciones pesadas y el goteo de los fluidos sobre el cemento. Me quedé tendido en el suelo, exhausto, con los músculos temblando y la piel cubierta de una pátina blanca y pegajosa. Sentía mi interior palpitando, una sensación de vacío y plenitud al mismo tiempo.
Marcos se puso de pie y me miró desde arriba. Ya no había desdén en sus ojos, sino una especie de reconocimiento oscuro. Extendió una mano y, con una suavidad inesperada, acarició uno de mis rulos empapados de sudor.
—Bienvenido a la hermandad, Edu —dijo con voz ronca.
Me tomó de la mano y me ayudó a levantarme. Mis piernas flaquearon, pero él me sostuvo contra su pecho. Me sentía marcado, transformado. Ya no era el chico gordo y asustado que había entrado por esa puerta; ahora era algo más. Era un iniciado, alguien que había sido reclamado y consumido por el deseo de otros.
Mientras caminábamos hacia la salida del sótano, sentía el rastro del semen deslizándose lentamente por mis muslos, un recordatorio físico de la noche que acababa de vivir. El frío del aire exterior me golpeó la piel desnuda, pero el calor interno, ese fuego que Marcos y los demás habían encendido en mi núcleo, seguía ardiendo. Sabía que mi vida en la universidad ya no sería la misma. Había cruzado un umbral del que no había retorno, y mientras miraba hacia atrás, hacia la penumbra roja del sótano, supe que daría cualquier cosa por volver a ser devorado por ellos una y otra vez.

2 comentarios - La iniciacion de hermandad de Edu

exi1985615 +1
Perfecto, me encata, es exacta la fantasía que tengo