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Hembras de alta sexualidad #1

Hembras de alta sexualidad #1


“Acababa de salir del ascensor cuando lo vi. Un pelao de dieciocho años, delgadito pero bien plantado, con esa cara bonita y el pelo castaño todo revuelto. Estaba parado al lado de sus papás en la recepción, con la mirada clavada en el celular como si el mundo se fuera a acabar. Ni siquiera levantó la vista cuando sus viejos señalaban emocionados el mar turquesa que se veía desde el lobby.


Escuché que la mamá lo llamaba: “¡Alan!”. Y lo llamaba insistentemente, como arreando un ternero. Ahí fue que me dio una cosa rara: por un lado, me dio rabia ver tanta indolencia, y por el otro... me dio un calor entre las piernas. Porque el pelao era lindo, no joda. Y yo, que vengo de abajo, que me crié en un barrio donde si no aprovechabas el momento se te iba pa’ siempre... no podía dejar pasar esa. ‘Dieciocho años —pensé—, en uno de los hoteles más verracos del Caribe, con playa de ensueño, y el hijueputa ahí, metido en esa pantalla plana y fría. Los jóvenes de ahora se la están perdiendo toda. Ya hubiese querido yo, a su edad, tener esa oportunidad, pero ésta no me la pierdo yo…’ Sonreí con malicia. Si algo me ha gustado siempre es abrirles los ojos a los que no saben disfrutar”.


Isabel; tremenda caballona latina; sonrió con picardía. Si algo le gustaba era presumir su osadía ante sus amigas.


“Esa misma tarde lo busqué. Lo ubiqué en la playa privada del hotel. Esperé a que Alan estuviera solo. Cuando estuvo lejos de sus padres actué.


El chico estaba sin estar realmente, pues se fugaba de su realidad con un auricular inalámbrico puesto, y seguía pendiente de su teléfono. Caminé con paso seguro y me le planteé enfrente. No fue sino hasta estar justo delante de él que se percató de mí. Mis largas piernas bronceadas detuvieron en seco su caminar.


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—Hola, Alan —le dije con voz sensual.


Aquél estaba de lo más sorprendido. Sus ojos se abrieron como platos al verme imponente.


—¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre? —balbuceó.


—Lo escuché de tu madre en la recepción. Déjame presentarme, yo soy Isabel.


Me acerqué más, tanto que él pudo oler mi perfume mezclado con mi sudor femenino


—Llevo toda la tarde pensando en vos… en lo pendejo que estabas con ese celular mientras la vida real te pasaba por delante. Eres muy lindo, pero estás botando tu juventud, parcero.


—¿Qué...? —me dijo candorosamente.


—Sí. Estás distraído con ese celular mientras el mundo real te pasa por delante.


Le robé un beso rápido y le puse su mano en mi cadera para que sintiera lo caliente y suave que estaba. Luego le rocé la verga dura con el muslo y le susurré al oído:


—Yo te puedo enseñar lo que te estás perdiendo, papito. Eres muy guapo... pero estás desperdiciando tu juventud. Mira a tu alrededor. El mar, el sol, una mujer como yo... y tú prefieres una pantalla.


Me incliné hacia él, con intención de que mis pechos le rozaran su torso.


El chico temblaba. Me lo hubiera culeado en ese mismo momento, pero escuché a la mamá llamándolo y tuve que retirarme. Pobre, lo que habrá sufrido. De seguro creyó que la oportunidad se le había ido. Y quién sabe que habrá hecho con su erección cuando se le acercó su mamá”.


Isabel se desternilló de risa frente a sus amigas.


“Me marché contoneando las caderas, sabiendo que él se quedaría con las ganas y disfrutando de ese pensamiento... pobre.


Al día siguiente me vestí con un diminuto bikini que apenas cubría mis pezones y mi sexo. Para que mi piel brillara esplendorosamente la cubrí con aceite, los muslos, mis piernas, mi abdomen. Estaba descalza, con el cabello suelto y una sonrisa depredadora. Estaba decidida y dispuesta a comérmelo.


Lo encontré en los jardines del hotel. El lugar era un paraíso de palmeras, plantas tropicales y caminos de piedra.


—Sabía que procurarías estar cerca y solo.


Esta vez no traía celular y se lo agradecí. Lo tomé de la mano y me lo llevé a mi habitación, cuidando de no encontrarme con sus padres.


Apenas estuvimos dentro lo empujé hacia la cama y lo besé con hambre. Mi lengua entró en su boca. Mi mano bajó directamente a frotar su polla ya dura.


—Quítate eso —le ordené.


Alan obedeció y, aun temblando, se retiró el bañador. Su verga saltó libre, joven, dura y palpitante. Me arrodillé frente a él, lo miré a los ojos y, sin romper el contacto visual, me metí toda su hombría en mi boca de un solo movimiento. Chupé con fuerza, lamiendo desde los huevos hasta la punta mientras él gemía. Apreté los glúteos del chico.


—Joder… —gemía él.


Cuando me levanté, me quité la parte superior del bikini, así que mis tetas quedaron libres. Alan quedó con la boca abierta así que lo hice hacia mí.


—Mama, que ahora es cuando.


Mientras él obedecía me bajé la braga del bikini, revelando mi coño perfectamente depilado y ya mojado.


—Ahora vas a follarme como se debe —le dije, y me giré.


Apoyando mis manos en uno de los muebles, le ofrecí mi culo redondo y brillante.


Alan me penetró con la torpeza de un primerizo. No obstante, lancé un gemido largo y profundo, tratando de darle confianza al joven inexperto.


—Más fuerte —le exigí—. No seas tímido. ¡Fóllame, Alan!


Ahí fue que me agarró de mis caderas y empezó a embestirme con fuerza. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación. Me tocaba el clítoris mientras él me penetraba cada vez más rápido, mis tetas balanceándose con cada embestida. 


—Así… así, cariño. Siente lo real que es esto. Olvídate de tu puto celular y disfruta de un coño de verdad —gemía entre jadeos.


Cambié de posición: lo empujé al suelo y me senté encima de él, cabalgándolo con fuerza. Mis caderas subían y bajaban con potencia, tragándome su polla entera una y otra vez. Alan tenía las manos llenas de mis tetas, apretándolas mientras lo montaba como una diosa salvaje.


—Quiero que te corras dentro, mi esposo quiere tener un hijo y... —luego le acerqué mi boca a su oreja y le susurré— ...se lo vamos a dar.


Aceleré el ritmo de mis sentones.


—¡Lléname, Alan! —grité.


El chico no aguantó más. Con un gemido ronco explotó dentro, llenándome de semen caliente. Me llegó el orgasmo al mismo tiempo, contrayéndome alrededor de su sexo, con espasmos de placer.


Cuando terminamos, me quedé sentada sobre él, sonriendo satisfecha, acariciándole el pecho.


—¿Ves? Esto es la vida real. La próxima vez que estés con el celular, recuerda lo que te hubieras perdido hoy, si no lo hubieses dejado a un lado”.


La botella de Dom Pérignon ya iba por la segunda. Camila, con su cabello rubio perfectamente planchado, y Victoria, con su postura siempre elegante y ligeramente altiva, miraban a Isabel con una mezcla de incredulidad y fascinación. Isabel, con las piernas cruzadas y una sonrisa pícara, acababa de terminar de contarles la historia con todo lujo de detalles. El ambiente estaba cargado de perfume caro, champagne y morbo. Las tres mujeres seguían sentadas alrededor de la mesa desde hacía más de una hora.


Victoria fue la primera en romper el silencio, soltando una risa corta y escéptica.


—Ay, por favor, Isabel. ¿Un chico de dieciocho años... y extranjero? ¿En tu habitación? ¿Y qué de tu marido?


—No estaba. Aún no llegaba.


—Suena a fantasía porno, querida. Muy bien contada, pero fantasía al fin.


Camila se inclinó hacia adelante.


—¿Pero dices que te dejó satisfecha? Por favor... Los chicos a esa edad duran tres minutos. Se corren en cuanto te ven las tetas. Estás exagerando mujer.


Isabel sonrió con esa picardía que la caracterizaba y tomó su teléfono sin decir una palabra más, haciendo que éste reprodujera un video que colocó frente a sus amigas. Subió el volumen para que se escuchara cada gemido y cada golpe de piel contra piel.


En la grabación, Isabel estaba completamente desnuda, cabalgando a Alan con una ferocidad salvaje. Sus tetas grandes y pesadas rebotaban con fuerza mientras se daba sentones con violencia sobre la joven verga del chico; yegua madura sobre chico imberbe. El sonido húmedo y obsceno de su coño tragándose la verga joven colmaba el altavoz.


Las mujeres tomaron en sus propias manos el mencionado aparato con urgencia, como si no pudieran contener su curiosidad que había superado su escepticismo.
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—No jodas, Isabel. Está bien menudo. Hasta parece que...


—Que le podrías romper todos los huesos con tu cuerpo —completo Camila.


Isabel sonreía satisfecha.


—Así, papi... métemela toda —se le escuchaba decir a Isabel en el video.


Alan, con la cara roja y los ojos vidriosos de placer, apretaba las caderas de Isabel con desesperación y jadeaba con fuertes exhalaciones.


—¡Qué rico! Me tienes loco… vas a hacer que me corra otra vez… —decía el muchacho.


Isabel aceleraba salvajemente, moviendo las caderas en círculos y de arriba abajo.


—Vente dentro, mi amor... lléname otra vez...


El momento culminante llegó: Alan levantó las caderas con fuerza, gruñendo como un animal:


—¡Joder! ¡Me corro! ¡Me corrooo!


Se le veía claramente cómo su polla palpitaba dentro de Isabel, inundándola de semen. Ella, a su vez, echó la cabeza hacia atrás y se corrió con violencia, temblando entera y soltando un gemido gutural largo y profundo.


El video terminó, pero el silencio que quedó fue ensordecedor.


Camila tenía la boca completamente abierta y las piernas apretadas bajo la mesa. Tenía una mano en el pecho, como si le costara respirar.


—Dios mío… —susurró con la voz entrecortada—. Se le ve… se le ve todo.


—Cómo te entraba... cómo te llenaba —completó Victoria. Isabel... ese chico te estaba follando como si le fuera la vida en ello.


—Por eso me gustan los chicos así.


Victoria, que siempre mantenía la compostura, había perdido completamente el control. Tenía las mejillas encendidas y se removía incómoda en su silla. No podía apartar la mirada del teléfono, incluso después de que el video paró.


—Esto… ¿esto es real? —murmuró Camila, casi sin voz.


—Se le veía la cara de placer al crío... y cómo te corriste encima de él. Madre mía, Isabel. Yo llevo años sin que me follen así. Mi marido ni siquiera me mira ya de esa forma —declaró Victoria.


Camila soltó una risita nerviosa, claramente identificada.


—Estoy mojada solo de verlo... No puedo creer que un chico de dieciocho te haya dado semejante follada. ¿Y dices que fue la segunda vez? ¿Cuántas veces te corriste esa noche, loca? —expresó Camila.


Victoria se mordió el labio inferior con fuerza y miró a Isabel con una mezcla de envidia y admiración, esperando su respuesta.


Isabel, viendo sus expresiones, soltó una carcajada triunfante, satisfecha del efecto que había causado en sus amigas.


—¿Ven, pues? Esto es lo que pasa cuando una no se olvida de dónde carajos viene y le saca el jugo a lo que la vida le pone por delante, mijas.


Se rio con picardía y añadió:

¿Quieren ver otro video o prefieren que les cuente la cara de idiota que puso Max cuando le dije que estoy esperando?


—¡No jodas! ¡¿Estás embarazada?! ¡¿DEL CRÍO?!


Isabel sonrió, gozando de la reacción de sus amigas.


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