Hola, mi amor… Soy Ana Jiménez, nací el 16 de octubre de 1971 en un pueblito caluroso de México. Hoy tengo 54 años, pero mi cuerpo y mi deseo siguen ardiendo como cuando era una chiquilla. Tengo la piel morena suave y cálida, pechos grandes y pesados que se mueven con cada paso, caderas anchas, un culo redondo y jugoso, y un coño carnoso, oscuro y muy sensible que se moja con solo pensarlo. Mi cabello negro ondulado me cae sobre los hombros, y cuando me miro al espejo todavía me gusta lo que veo: una mujer madura, sin vergüenza, que ama su cuerpo y su placer.
Me encanta masturbarme. Lo he hecho desde 1983, cuando tenía apenas doce años, y no he parado ni un solo día en más de cuarenta años. Es mi vicio más grande, mi secreto más rico, mi forma favorita de quererme.
Recuerdo el día exacto en que empezó todo. Era una tarde de mucho calor, el aire estaba cargado de humedad y olía a tierra mojada después de la lluvia. Estaba sola en el cuarto de las hermanas. Me recosté en la cama de abajo de la litera porque me sentía rara, con una comezón nueva entre las piernas. Primero solo presioné la palma de mi mano por encima de mis calzones blancos de algodón. Sentí el calor que emanaba de mi vulva. Poco a poco metí la mano adentro. Mis dedos tocaron por primera vez esos labios suaves, calientes y ya un poco húmedos. Separé los pliegues con cuidado y encontré ese botoncito pequeño que, al rozarlo, me mandó una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Empecé a frotarlo en círculos lentos. El placer era tan intenso y nuevo que se me cortaba la respiración. Mi coñito empezó a soltar más jugo, un líquido caliente y resbaladizo que me mojó los dedos y los calzones. El olor era suave, dulce y un poco almizclado, y eso me excitó todavía más. Froté más rápido, con la boca abierta, jadeando bajito. Mis piernas se tensaron, los dedos de los pies se encorvaron y, de repente, una ola de calor me inundó entera. Me corrí por primera vez en mi vida: espasmos fuertes, un chorrito de placer que me empapó la mano, el corazón latiéndome en la garganta y un gemido ahogado contra la almohada. Me quedé temblando varios minutos, oliendo mi propia excitación en los dedos. Desde ese día supe que esto sería parte de mí para siempre.
Y sí… me encanta masturbarme. Lo hago en la mañana al despertar, con la mano ya entre las piernas antes de abrir los ojos. Me encanta sentir cómo mi coño amanece hinchado y húmedo, cómo mis dedos se deslizan fácil porque ya estoy mojada de los sueños calientes. Lo hago en la ducha: el agua caliente cayendo sobre mis pezones duros mientras meto dos o tres dedos bien profundo, curvándolos para tocar ese punto rugoso dentro de mí que me hace doblar las rodillas. Siento las paredes calientes y apretadas contrayéndose alrededor de mis dedos, el chapoteo húmedo que se mezcla con el ruido del agua. A veces me pongo en cuatro en la cama, con el culo en alto, y me froto el clítoris con una mano mientras la otra me penetra por atrás, sintiendo cómo se me contrae todo el cuerpo.
En esa casa éramos seis hermanas y un hermano. Yo era la segunda de las hermanas. Vivíamos muy apretados, casi sin privacidad. Mi hermano era el más descarado de todos. Se masturbaba en cualquier rincón: en el baño con la puerta entreabierta, su mano subiendo y bajando rápido sobre su verga gruesa y venosa, el sonido húmedo y obsceno llegando hasta el pasillo. Lo hacía en su cama por las noches, la sábana moviéndose visiblemente mientras respiraba agitado. Y sí… muchas veces, cuando la calentura le ganaba, se acercaba sigiloso a nuestras camas en la oscuridad.
Sentía su presencia antes de que me tocara. El olor a sudor masculino, a verga caliente y a deseo prohibido llenaba el aire. Tomaba mi mano floja, la envolvía alrededor de su miembro duro, caliente como hierro y palpitante. La piel era suave, la cabeza hinchada y mojada de precum. Movía mi mano arriba y abajo, despacio al principio, disfrutando la fricción. Yo fingía dormir, pero mi corazón latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir. Entre mis piernas sentía cómo me mojaba, cómo mi clítoris palpitaba solo de escuchar sus gemidos bajitos y sentir cómo su verga se ponía más dura y gruesa en mi palma. A veces terminaba corriéndose en mi mano: chorros calientes, espesos y pegajosos que me llenaban los dedos y escurrían entre ellos. El olor era fuerte, salado, masculino. Cuando se iba, yo esperaba unos minutos y luego me tocaba desesperada, usando su semen como lubricante, frotándome el clítoris con esa mezcla resbaladiza hasta correrme temblando y mordiendo la almohada.
Esa atmósfera cargada de sexo secreto solo hizo que mi propio vicio creciera. Aprendí a masturbarme en la escuela, en el baño del recreo: espalda contra la puerta fría de metal, falda subida, bragas a un lado, dedos trabajando rápido mientras escuchaba a las niñas afuera. El riesgo de que me descubrieran me ponía más caliente. Me corrí muchas veces así, con las piernas temblando y el jugo corriendo por mis muslos.
A los 15, 16, 17 años ya era insaciable. Me tocaba en el cine, en el camión, en la iglesia incluso (sí, también). Me encantaba ponerme una falda larga y meterme la mano por debajo, frotando despacio mientras sentía la tela rozando mi piel sensible. En la noche, cuando todas dormían, me desnudaba completamente, abría las piernas bien anchas y exploraba cada rincón: pellizcaba mis pezones grandes y oscuros hasta que dolían de placer, metía dedos en mi coño y en mi culito al mismo tiempo, sintiendo esa doble sensación prohibida que me hacía correrme con tanta fuerza que a veces mojaba las sábanas.
A mis 54 años sigo igual. Mi coño está más carnoso, mis labios más gruesos, y el placer es más intenso, más profundo. Me encanta mirarme en el espejo grande mientras me toco: ver cómo mis pechos se balancean, cómo mi cara se pone roja, cómo mi boca se abre en gemidos que ya no quiero contener.
Y ahora… déjenme contarles con todo detalle la primera vez que me compré una tanga.
Fue a los 15 años. Ya vivía un poco más libre, pero todavía cargaba esa timidez mezclada con una calentura constante. Había visto en una revista una modelo con una tanga negra diminuta y no pude sacármelo de la cabeza. Durante días caminé mojada solo de imaginar la sensación. Un sábado por la tarde decidí ir a una tienda de lencería en el centro. El corazón me latía tan fuerte que sentía las pulsaciones en el cuello y entre las piernas. Mientras caminaba hacia la tienda, el sol calentaba mi piel, y cada roce de mis muslos me hacía sentir más sensible. Ya estaba mojada antes de entrar.
Dentro olía a perfume dulce, a tela nueva y a deseo. Miré los exhibidores con las manos temblando. Elegí una tanga negra, casi transparente, con una tira finísima atrás y una parte delantera muy pequeña de encaje. La vendedora me sonrió como sabiendo. Entré al probador: un cuartito pequeño con espejo de cuerpo entero y cortina delgada.
Me quité los jeans despacio. Mis bragas normales ya estaban empapadas, la tela pegada a mis labios. Me las bajé y el aire fresco rozó mi coño caliente e hinchado. Tomé la tanga y la deslicé por mis piernas. Cuando la subí y la acomodé… ay, Dios. La tela fina se hundió profundamente entre mis nalgas, rozando mi ano de una forma directa, perversa y deliciosa. La parte delantera se pegó perfectamente a mi vulva, marcando cada pliegue, presionando mi clítoris hinchado. Di un paso y gemí bajito: la tira se movía, frotaba, estimulaba con cada movimiento. Me di vuelta frente al espejo y vi cómo se perdía entre mis nalgas grandes y redondas. Me veía tan puta, tan deseable. Mojé la tanga al instante. Me toqué por encima de la tela, frotando el encaje contra mi clítoris, y casi me corro ahí mismo en el probador.
Salí de la tienda con la tanga puesta debajo de los jeans. Cada paso era una tortura deliciosa. La tira rozaba mi ano y mis labios con cada movimiento. Llegué a casa empapada, me encerré en mi cuarto, me quité todo menos la tanga y me masturbié como loca frente al espejo: tirando de la tela, frotando el encaje contra mi clítoris hinchado, metiendo dedos a los lados mientras la tanga seguía ahí, marcándome. Me corrí tan fuerte que me temblaron las piernas y solté un gemido que tuve que ahogar con la mano.
Esa tanga fue el principio de muchos más juguetes, más atrevimientos y más placer.












Me encanta masturbarme. Lo he hecho desde 1983, cuando tenía apenas doce años, y no he parado ni un solo día en más de cuarenta años. Es mi vicio más grande, mi secreto más rico, mi forma favorita de quererme.
Recuerdo el día exacto en que empezó todo. Era una tarde de mucho calor, el aire estaba cargado de humedad y olía a tierra mojada después de la lluvia. Estaba sola en el cuarto de las hermanas. Me recosté en la cama de abajo de la litera porque me sentía rara, con una comezón nueva entre las piernas. Primero solo presioné la palma de mi mano por encima de mis calzones blancos de algodón. Sentí el calor que emanaba de mi vulva. Poco a poco metí la mano adentro. Mis dedos tocaron por primera vez esos labios suaves, calientes y ya un poco húmedos. Separé los pliegues con cuidado y encontré ese botoncito pequeño que, al rozarlo, me mandó una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Empecé a frotarlo en círculos lentos. El placer era tan intenso y nuevo que se me cortaba la respiración. Mi coñito empezó a soltar más jugo, un líquido caliente y resbaladizo que me mojó los dedos y los calzones. El olor era suave, dulce y un poco almizclado, y eso me excitó todavía más. Froté más rápido, con la boca abierta, jadeando bajito. Mis piernas se tensaron, los dedos de los pies se encorvaron y, de repente, una ola de calor me inundó entera. Me corrí por primera vez en mi vida: espasmos fuertes, un chorrito de placer que me empapó la mano, el corazón latiéndome en la garganta y un gemido ahogado contra la almohada. Me quedé temblando varios minutos, oliendo mi propia excitación en los dedos. Desde ese día supe que esto sería parte de mí para siempre.
Y sí… me encanta masturbarme. Lo hago en la mañana al despertar, con la mano ya entre las piernas antes de abrir los ojos. Me encanta sentir cómo mi coño amanece hinchado y húmedo, cómo mis dedos se deslizan fácil porque ya estoy mojada de los sueños calientes. Lo hago en la ducha: el agua caliente cayendo sobre mis pezones duros mientras meto dos o tres dedos bien profundo, curvándolos para tocar ese punto rugoso dentro de mí que me hace doblar las rodillas. Siento las paredes calientes y apretadas contrayéndose alrededor de mis dedos, el chapoteo húmedo que se mezcla con el ruido del agua. A veces me pongo en cuatro en la cama, con el culo en alto, y me froto el clítoris con una mano mientras la otra me penetra por atrás, sintiendo cómo se me contrae todo el cuerpo.
En esa casa éramos seis hermanas y un hermano. Yo era la segunda de las hermanas. Vivíamos muy apretados, casi sin privacidad. Mi hermano era el más descarado de todos. Se masturbaba en cualquier rincón: en el baño con la puerta entreabierta, su mano subiendo y bajando rápido sobre su verga gruesa y venosa, el sonido húmedo y obsceno llegando hasta el pasillo. Lo hacía en su cama por las noches, la sábana moviéndose visiblemente mientras respiraba agitado. Y sí… muchas veces, cuando la calentura le ganaba, se acercaba sigiloso a nuestras camas en la oscuridad.
Sentía su presencia antes de que me tocara. El olor a sudor masculino, a verga caliente y a deseo prohibido llenaba el aire. Tomaba mi mano floja, la envolvía alrededor de su miembro duro, caliente como hierro y palpitante. La piel era suave, la cabeza hinchada y mojada de precum. Movía mi mano arriba y abajo, despacio al principio, disfrutando la fricción. Yo fingía dormir, pero mi corazón latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir. Entre mis piernas sentía cómo me mojaba, cómo mi clítoris palpitaba solo de escuchar sus gemidos bajitos y sentir cómo su verga se ponía más dura y gruesa en mi palma. A veces terminaba corriéndose en mi mano: chorros calientes, espesos y pegajosos que me llenaban los dedos y escurrían entre ellos. El olor era fuerte, salado, masculino. Cuando se iba, yo esperaba unos minutos y luego me tocaba desesperada, usando su semen como lubricante, frotándome el clítoris con esa mezcla resbaladiza hasta correrme temblando y mordiendo la almohada.
Esa atmósfera cargada de sexo secreto solo hizo que mi propio vicio creciera. Aprendí a masturbarme en la escuela, en el baño del recreo: espalda contra la puerta fría de metal, falda subida, bragas a un lado, dedos trabajando rápido mientras escuchaba a las niñas afuera. El riesgo de que me descubrieran me ponía más caliente. Me corrí muchas veces así, con las piernas temblando y el jugo corriendo por mis muslos.
A los 15, 16, 17 años ya era insaciable. Me tocaba en el cine, en el camión, en la iglesia incluso (sí, también). Me encantaba ponerme una falda larga y meterme la mano por debajo, frotando despacio mientras sentía la tela rozando mi piel sensible. En la noche, cuando todas dormían, me desnudaba completamente, abría las piernas bien anchas y exploraba cada rincón: pellizcaba mis pezones grandes y oscuros hasta que dolían de placer, metía dedos en mi coño y en mi culito al mismo tiempo, sintiendo esa doble sensación prohibida que me hacía correrme con tanta fuerza que a veces mojaba las sábanas.
A mis 54 años sigo igual. Mi coño está más carnoso, mis labios más gruesos, y el placer es más intenso, más profundo. Me encanta mirarme en el espejo grande mientras me toco: ver cómo mis pechos se balancean, cómo mi cara se pone roja, cómo mi boca se abre en gemidos que ya no quiero contener.
Y ahora… déjenme contarles con todo detalle la primera vez que me compré una tanga.
Fue a los 15 años. Ya vivía un poco más libre, pero todavía cargaba esa timidez mezclada con una calentura constante. Había visto en una revista una modelo con una tanga negra diminuta y no pude sacármelo de la cabeza. Durante días caminé mojada solo de imaginar la sensación. Un sábado por la tarde decidí ir a una tienda de lencería en el centro. El corazón me latía tan fuerte que sentía las pulsaciones en el cuello y entre las piernas. Mientras caminaba hacia la tienda, el sol calentaba mi piel, y cada roce de mis muslos me hacía sentir más sensible. Ya estaba mojada antes de entrar.
Dentro olía a perfume dulce, a tela nueva y a deseo. Miré los exhibidores con las manos temblando. Elegí una tanga negra, casi transparente, con una tira finísima atrás y una parte delantera muy pequeña de encaje. La vendedora me sonrió como sabiendo. Entré al probador: un cuartito pequeño con espejo de cuerpo entero y cortina delgada.
Me quité los jeans despacio. Mis bragas normales ya estaban empapadas, la tela pegada a mis labios. Me las bajé y el aire fresco rozó mi coño caliente e hinchado. Tomé la tanga y la deslicé por mis piernas. Cuando la subí y la acomodé… ay, Dios. La tela fina se hundió profundamente entre mis nalgas, rozando mi ano de una forma directa, perversa y deliciosa. La parte delantera se pegó perfectamente a mi vulva, marcando cada pliegue, presionando mi clítoris hinchado. Di un paso y gemí bajito: la tira se movía, frotaba, estimulaba con cada movimiento. Me di vuelta frente al espejo y vi cómo se perdía entre mis nalgas grandes y redondas. Me veía tan puta, tan deseable. Mojé la tanga al instante. Me toqué por encima de la tela, frotando el encaje contra mi clítoris, y casi me corro ahí mismo en el probador.
Salí de la tienda con la tanga puesta debajo de los jeans. Cada paso era una tortura deliciosa. La tira rozaba mi ano y mis labios con cada movimiento. Llegué a casa empapada, me encerré en mi cuarto, me quité todo menos la tanga y me masturbié como loca frente al espejo: tirando de la tela, frotando el encaje contra mi clítoris hinchado, metiendo dedos a los lados mientras la tanga seguía ahí, marcándome. Me corrí tan fuerte que me temblaron las piernas y solté un gemido que tuve que ahogar con la mano.
Esa tanga fue el principio de muchos más juguetes, más atrevimientos y más placer.












2 comentarios - La zorra de la tía de mi esposa