Anoche nos quedamos a dormir en casa de Diego, el mejor amigo de mi novia (aunque últimamente se siente más como “nuestro” amigo). Es algo que pasa cada vez más seguido. Nos fuimos a dormir como cualquier otra noche. Mi novia llevaba una de mis camisetas y nada más. Todo parecía normal, doméstico. Lo último que recuerdo pensar antes de dormirme fue que las sábanas de Diego son absurdamente suaves.
Me desperté con el sonido inconfundible de gemidos suaves y el colchón moviéndose. Cuando abrí los ojos, la escena ya estaba en marcha: Diego tenía a mi novia de lado, follándola desde atrás, lento pero profundo. Su mano estaba en la cadera de ella, exactamente como en mis fantasías más oscuras. Ella todavía parecía medio dormida, pero claramente disfrutándolo.
Por un segundo mi cerebro se congeló. Luego llegó el golpe: “Esto… ya habíamos hablado de esto”. No era la primera vez. Hace meses ella me pidió permiso para que pudiéramos despertarnos así, y yo acepté. Pero saber que está permitido y despertar de verdad viendo la polla de otro hombre ya dentro de mi novia son dos cosas muy diferentes.
—Ahí está… —murmuró Diego contra el cuello de ella.
Mi novia soltó un sonido entre gemido y suspiro. Entonces escuché su voz, todavía somnolienta pero claramente excitada:
—¿Ya se despertó?
—Casi —respondió Diego, sin dejar de moverse.
El colchón se movió de nuevo y mi novia giró un poco la cabeza hacia mí. Tenía los ojos vidriosos de placer. Me miró directamente y sonrió con esa sonrisa que me desarma siempre.
—Hola, amor…
No supe qué responder. Solo me quedé ahí, con el corazón latiendo fuerte, viendo cómo Diego la penetraba lento y profundo, con un brazo rodeándola. Ella extendió la mano y agarró la mía, entrelazando nuestros dedos mientras él seguía follándola.
No sé cómo explicarlo. Verla así, medio dormida, recibiendo placer de otro hombre… me excita tanto. Ella estaba muy mojada. Se notaba por el sonido.
Diego aceleró un poco y ella gimió más fuerte, apretando mi mano. Luego, sin avisar, se giró completamente, se puso boca arriba y abrió las piernas. Diego se colocó entre ellas y entró de nuevo de un solo empujón. Mi novia soltó un gemido largo y me miró.
—Bésame —me pidió.
Me acerqué y la besé mientras Diego la follaba. Sentía cada embestida a través de su cuerpo. Ella gemía contra mi boca.
En un momento Diego empezó a respirar más pesado. Mi novia lo notó enseguida (siempre lo nota). Me miró a los ojos, con esa cara de pura lujuria que solo tiene en estos momentos, y me susurró:
—Está cerca…
Luego giró la cabeza hacia él y, con esa voz calmada y autoritaria que usa cuando quiere algo de verdad, le dijo:
—Dale. Córrete dentro. Lléname.
Diego gruñó. Mi novia me apretó la mano con fuerza y siguió hablándole a él, pero mirándome a mí:
—Así… lléname toda. Quiero sentir cómo me llenas delante de él… Eso es, préñame…
No aguanté más. Me corrí en mi mano solo de escucharla rogarle que la llenara. Y segundos después Diego empujó hasta el fondo y se corrió dentro de mi novia con un gemido ronco. Ella tembló, tuvo un orgasmo fuerte mientras me sostenía la mirada, y soltó ese suspiro largo y satisfecho que tanto me gusta.
Se quedaron unidos un momento, respirando. Luego Diego se salió despacio y vi cómo su semen empezaba a salir del coño de mi novia. Ella no cerró las piernas. Solo me miró, todavía jadeando, y con voz suave me dijo:
—Ven, amor… límpiame.
Me puse entre sus piernas y empecé a comerle el coño. Ella me acariciaba el pelo con una mano y con la otra seguía agarrando la de él. Gemía cada vez que mi lengua entraba más profundo.
—Buen chico… —susurró—. Eso es lo que querías, ¿verdad?
Cuando terminé, me besó con lengua, todavía con sabor a los dos, y me dijo al oído:
—Vuelve a dormirte.
Como si fuera fácil.
Por la mañana me desperté con el olor a café. Mi novia me pasó una taza con una sonrisa inocente y me preguntó:
—¿Dormiste bien, amor?
Le tiré un cojín. Ella solo se rio.
Y sí… sigo queriéndola como un idiota.
Me desperté con el sonido inconfundible de gemidos suaves y el colchón moviéndose. Cuando abrí los ojos, la escena ya estaba en marcha: Diego tenía a mi novia de lado, follándola desde atrás, lento pero profundo. Su mano estaba en la cadera de ella, exactamente como en mis fantasías más oscuras. Ella todavía parecía medio dormida, pero claramente disfrutándolo.
Por un segundo mi cerebro se congeló. Luego llegó el golpe: “Esto… ya habíamos hablado de esto”. No era la primera vez. Hace meses ella me pidió permiso para que pudiéramos despertarnos así, y yo acepté. Pero saber que está permitido y despertar de verdad viendo la polla de otro hombre ya dentro de mi novia son dos cosas muy diferentes.
—Ahí está… —murmuró Diego contra el cuello de ella.
Mi novia soltó un sonido entre gemido y suspiro. Entonces escuché su voz, todavía somnolienta pero claramente excitada:
—¿Ya se despertó?
—Casi —respondió Diego, sin dejar de moverse.
El colchón se movió de nuevo y mi novia giró un poco la cabeza hacia mí. Tenía los ojos vidriosos de placer. Me miró directamente y sonrió con esa sonrisa que me desarma siempre.
—Hola, amor…
No supe qué responder. Solo me quedé ahí, con el corazón latiendo fuerte, viendo cómo Diego la penetraba lento y profundo, con un brazo rodeándola. Ella extendió la mano y agarró la mía, entrelazando nuestros dedos mientras él seguía follándola.
No sé cómo explicarlo. Verla así, medio dormida, recibiendo placer de otro hombre… me excita tanto. Ella estaba muy mojada. Se notaba por el sonido.
Diego aceleró un poco y ella gimió más fuerte, apretando mi mano. Luego, sin avisar, se giró completamente, se puso boca arriba y abrió las piernas. Diego se colocó entre ellas y entró de nuevo de un solo empujón. Mi novia soltó un gemido largo y me miró.
—Bésame —me pidió.
Me acerqué y la besé mientras Diego la follaba. Sentía cada embestida a través de su cuerpo. Ella gemía contra mi boca.
En un momento Diego empezó a respirar más pesado. Mi novia lo notó enseguida (siempre lo nota). Me miró a los ojos, con esa cara de pura lujuria que solo tiene en estos momentos, y me susurró:
—Está cerca…
Luego giró la cabeza hacia él y, con esa voz calmada y autoritaria que usa cuando quiere algo de verdad, le dijo:
—Dale. Córrete dentro. Lléname.
Diego gruñó. Mi novia me apretó la mano con fuerza y siguió hablándole a él, pero mirándome a mí:
—Así… lléname toda. Quiero sentir cómo me llenas delante de él… Eso es, préñame…
No aguanté más. Me corrí en mi mano solo de escucharla rogarle que la llenara. Y segundos después Diego empujó hasta el fondo y se corrió dentro de mi novia con un gemido ronco. Ella tembló, tuvo un orgasmo fuerte mientras me sostenía la mirada, y soltó ese suspiro largo y satisfecho que tanto me gusta.
Se quedaron unidos un momento, respirando. Luego Diego se salió despacio y vi cómo su semen empezaba a salir del coño de mi novia. Ella no cerró las piernas. Solo me miró, todavía jadeando, y con voz suave me dijo:
—Ven, amor… límpiame.
Me puse entre sus piernas y empecé a comerle el coño. Ella me acariciaba el pelo con una mano y con la otra seguía agarrando la de él. Gemía cada vez que mi lengua entraba más profundo.
—Buen chico… —susurró—. Eso es lo que querías, ¿verdad?
Cuando terminé, me besó con lengua, todavía con sabor a los dos, y me dijo al oído:
—Vuelve a dormirte.
Como si fuera fácil.
Por la mañana me desperté con el olor a café. Mi novia me pasó una taza con una sonrisa inocente y me preguntó:
—¿Dormiste bien, amor?
Le tiré un cojín. Ella solo se rio.
Y sí… sigo queriéndola como un idiota.
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