
Me llamo Carla, tengo veintiocho años, era casada con Juan desde hacía cinco, y vivimos en una casa modesta pero cómoda. Juan trabaja en un supermercado en el centro y llega tarde casi siempre, cansado y con ganas de comer algo rápido y dormir. Yo me quedo en la casa, haciendo oficios, cocinando, y a veces ayudando a la vecina del lado con cositas.
La vecina se llama Paola. Tiene como treinta y dos, era separada, sin hijos, y se nota que cuidaba su cuerpo. Alta, de piel morena clara, con unas curvas que llamaban la atención sin ser exageradas. Tiene unas tetas grandes pero firmes, que se le marcan cuando usaba esas blusitas ajustadas de algodón que tanto le gustan. La cintura estrecha, las cadera sanchas, y un culo redondo y jugoso que se movía bonito cuando caminaba por el patio. El pelo negro largo, liso, y unos ojos cafés que miraban profundo, como si siempre estuviera pensando en algo más.
Yo soy más bajita, de cuerpo más llenito, con pechos medianos que se ponen sensibles cuando hacía frío, caderas anchas y unas nalgas suaves y grandes que Juan siempre agarra cuando estábamos en la cama. Mi piel es un poco más clara, con algunas pecas en los hombros, y el pelo castaño ondulado que me llega a los hombros. Siempre me visto sencillo: leggins o shorts de casa y una camiseta vieja.
Cuando llego al vecindario Paola y yo nos hicimos amigas rápido. Ella llegaba por las tardes a pedirme azúcar o a contarme chismes del barrio. Hablábamos de todo: del marido que casi nunca estaba, de lo caro que estaba todo, de las novelas y a veces de cosas más íntimas. Ella me contaba que desde que se separó probaba de todo, pero que los hombres la dejaban con ganas de más. Yo me reía nerviosa, porque con Juan la cosa ya no era como antes. "A veces uno necesita algo diferente, mija", me decía ella con esa sonrisa pícara.
Un día, estaba yo sola en la casa lavando ropa en el patio. Hacía calor, así que me puse un shortcito corto y una camisita sin brasier, porque total, nadie me veía. Paola apareció por la cerca, con una jarra de jugo de naranjilla fresca. "Vecina, ¿te invito un refresquito? Hace un calor del carajo". Acepté y nos sentamos en las sillas de plástico bajo el techo.
Mientras tomábamos, ella me miraba de reojo. "Carla, tú eres bien bonita, ¿sabes? Tienes un cuerpo que muchas envidian". Me sonrojé. "Ay, Paola, no seas. Estoy engordando". "No, en serio. Esas tetas tuyas se ven suaves, y ese culito... uf". Se rio y yo también, pero sentí un calorcito raro en la barriga.
Empezamos a hablar de hombres. Ella me contó que había tenido una amiga con la que "experimentaron" cuando eran jóvenes. "Fue algo chévere, suave, sin presiones. Las mujeres sabemos tocarnos mejor". Yo la escuchaba atenta, con las piernas cruzadas. Nunca había pensado en eso. Juan era el único con el que había estado, y aunque era bueno, siempre era lo mismo: besos rápidos, un poco de manoseo y al grano.
Paola se acercó más. Su rodilla tocó la mía. "¿Nunca has sentido curiosidad, Carla? De cómo se siente la piel de otra mujer...suave, calentita". Su voz era baja, como un susurro. Negué con la cabeza, pero no me moví. Ella puso su mano en mi muslo, despacito. "Tranquila, solo charlando. Pero si quieres probar... yo te enseño. Sin compromiso".
Sentí el corazón latiendo fuerte. Su mano subía lento por mi pierna, acariciando la piel. "Paola, yo soy casada...". "Y yo separada. Nadie tiene que saber. Es solo entre nosotras, para sentirnos bien". Me miró a los ojos y se acercó. Su aliento olía a naranjilla dulce. Me besó suave en la mejilla, luego en la comisura de la boca. No me aparté.
El beso se volvió más profundo. Sus labios eran suaves, cálidos, diferentes a los del Juan. Su lengua tocó la mía despacito, explorando. Gemí bajito y ella sonrió contra mi boca. "¿Ves? Se siente rico". Sus manos subieron por mi cintura, levantando la camisita. Mis pechos quedaron al aire, los pezones ya duros por el roce. Paola los miró con hambre. "Qué lindas tetas tienes, mami". Bajó la cabeza y chupó uno despacio, lamiendo el pezón con la lengua plana. Sentí un escalofrío que me llegó hasta el coño.
Me recosté en la silla, abriendo un poco las piernas. Ella se arrodilló entre ellas, bajándome el short y la panty de un tirón. Mi concha estaba depilada casi toda, con un triangulito de pelo arriba, y ya mojada. "Uy, vecina, estás empapada". Pasó un dedo por mis labios mayores, abriéndolos. "Mira qué rosadita y jugosa". Metió la lengua despacio, lamiendo desde abajo hacia el clítoris. Yo agarré su cabeza, jadeando. "Ay, Paola... eso se siente... delicioso".
Ella comía con ganas, chupando el clítoris, metiendo la lengua adentro, lamiendo todo. Sus dedos entraron, dos al principio, curvándose para tocar ese punto que me hacía temblar. Mis caderas se movían solas contra su cara. "Sí, así... no pares". Llegué al orgasmo rápido, apretando los muslos alrededor de su cabeza, soltando un gemido largo y bajito.
Paola se levantó, con la boca brillosa de mis jugos. Se quitó la blusa. Sus tetas eran más grandes que las mías, con areolas oscuras y pezones grandes. Se bajó los pantalones, revelando un culo redondo y firme, y una concha depilada completamente, hinchada y mojada. "Tócame, Carla. Quiero sentir tus manos".

Me senté y toqué sus tetas, apretándolas suave. Eran pesadas, suaves. Chupé uno, luego el otro, imitando lo que ella había hecho. Ella gemía bajito, acariciando mi pelo. Bajé la mano por su barriga plana hasta su coño. Estaba caliente y resbaloso. Metí un dedo, luego dos, moviéndolos como ella. "Así, mija, mételos más profundo". Aprendía rápido.
Nos fuimos al cuarto de huéspedes, que estaba vacío. Nos acostamos en la cama, desnudas, besándonos con más ganas. Nuestros cuerpos se rozaban: mis tetas contra las suyas, mis piernas entre las de ella. Paola se puso encima, frotando su concha contra la mía. El roce de clítoris contra clítoris era eléctrico. "Esto se llama tribbing, amor. Míranos" .Movía las caderas en círculos, mojándonos más. Nuestros jugos se mezclaban, haciendo ruiditos húmedos.
Yo agarraba su culo, apretándolo, ayudándola a moverse más rápido. "Paola, me vas a hacer venir otra vez". "Vente conmigo, Carla". Nuestros gemidos se mezclaron cuando llegamos juntas, temblando, sudadas.
Después nos quedamos abrazadas, recuperando el aliento. Pero no terminaba ahí. Paola era insaciable. Me besó el cuello, bajando por mis pechos, mi barriga, hasta abrirme las piernas otra vez. Esta vez usó la boca con más fuerza, chupando y mordisqueando suave. Metió tres dedos, follándome despacio mientras lamía mi clítoris hinchado. Yo arqueaba la espalda, agarrando las sábanas. "¡Ay, sí! Más duro...".
Cambiamos de posición. Me puse encima de ella, en 69. Su coño justo en mi cara. Olía a sexo, a mujer excitada. Lo lamí torpe al principio, pero ella me guiaba: "Chúpalo así, como si fuera un helado". Pronto le estaba comiendo con ganas, metiendo la lengua adentro, succionando su clítoris. Ella hacía lo mismo abajo, metiendo dedos y lengua. Nuestros cuerpos se movían juntos, sudando, gimiendo contra la carne de la otra.
Llegamos otra vez, casi al mismo tiempo. Yo me corrí en su boca, soltando un chorrito que ella tragó gustosa. "Eres deliciosa, vecina".
Hablamos mientras descansábamos. "Nunca pensé que me gustaría tanto con una mujer", le dije. Ella sonrió y me acarició el pelo. "Las mujeres sabemos lo que queremos. No hay prisa, solo placer".
Nos besamos lento, tocándonos con calma ahora. Dedos explorando pliegues, pezones, culos. Le metí un dedo en el poto despacito, y ella gimió fuerte. "Eso también se siente rico si se hace suave". Probamos, con saliva y paciencia. Todo era nuevo, excitante.
Juan llamó diciendo que llegaba tarde otra vez. "Quédate un rato más", le pedí a Paola. Ella aceptó. Preparamos algo de comer desnudas en la cocina, riéndonos como niñas. Después volvimos a la cama.
Esta vez fue más intenso. Paola me puso boca abajo, levantó mi culo y me lamió desde el clítoris hasta el ano, todo. Su lengua era mágica. Luego se frotó contra mí desde atrás, como si me estuviera cogiendo. Nuestras conchas chocaban húmedas, ruidosas.
Me di la vuelta y nos abrazamos fuerte, piernas entrelazadas, moviéndonos como tijeras. "Mírame a los ojos mientras te vienes", me dijo. Lo hice. Vi su placer reflejado, sus tetas grandes presionadas contra las mías, su piel morena contra mi piel más clara. Fue hermoso y sucio al mismo tiempo.
Luego yo se lo puse a ella, viéndola retorcerse de placer. Su cara de gozo era lo más sexy que había visto. "Fóllame con eso, Carla... sí, así". Su cuerpo se tensaba, las tetas rebotando, el culo apretado.
Cuando el Juan por fin llegó, Paola ya se había ido por la cerca. Yo estaba en la cama, con una sonrisa tonta, el cuerpo adolorido pero satisfecho como nunca. El Juan me besó y quiso sexo, pero yo le dije que estaba cansada. En mi mente solo estaba Paola, su cuerpo curvilíneo, sus gemidos, su forma de mirarme.
Al día siguiente, Paola volvió. "Anoche soñé contigo", me dijo. Nos encerramos en el cuarto otra vez. Esta vez trajimos aceite para masajes. Le unté todo el cuerpo: espalda, culo, entrepiernas. Masajeé sus tetas grandes, pellizcando pezones. Bajé a su coño, untándolo bien, metiendo dedos resbalosos.
Ella hizo lo mismo conmigo. El aceite hacía todo más suave, más intenso. Nos frotamos enteras, cuerpo contra cuerpo, resbalando. Fue como una danza lenta y cachonda. La puse de cuatro y la lamí por detrás, metiendo lengua en su concha y dedo en el culo. Ella gritaba bajito mi nombre.
Pasaron las semanas. Nuestra amistad se volvió algo más profundo. Nos veíamos casi todos los días que el Juan no estaba. A veces era suave y romántico: besos largos, caricias, tribbing lento. Otras eran salvaje: dedos duros, lenguas por todos lados, juguetitos, posiciones nuevas.
Aprendí a querer su cuerpo tanto como ella el mío. Amaba chupar sus tetas grandes, morderle el culo redondo, lamer cada pliegue de su concha rosada e hinchada. Ella adoraba mis nalgas grandes, mi concha jugosa, cómo me mojaba rápido.
1 comentarios - Las buenas vecinas