Primera parte: https://www.poringa.net/posts/relatos/6409318/Mi-hermana-da-el-mejor-sexo-anal.html
El eco de nuestras respiraciones agitadas fue lo único que llenó el espacio durante los primeros instantes. Dejé caer mi peso hacia un lado, desplomándome sobre el colchón revuelto, con los músculos flojos y la mente zumbando en un silencio espeso. El aire de la habitación olía a sudor y perfume caro.
Miré hacia el techo blanco, con el pecho todavía subiendo y bajando de golpe. Mi cerebro intentaba armar un rompecabezas lógico, buscando las piezas de la culpa que se supone debían aplastarme en ese momento. Pero no estaban. No sentía remordimiento. Solo una extraña pesadez reflexiva, un vértigo frío al entender que ya no había marcha atrás, que habíamos cruzado una línea invisible y que mi vida entera acababa de cambiar de dirección para siempre.
A mi lado, Romina respiraba con total tranquilidad.
Sin rastro de vergüenza, ni de miedo, ni de la sombra de un arrepentimiento. Apoyó el codo sobre la almohada y recostó la mejilla en la palma de su mano, recostándose de lado y llevando consigo sus enormes senos que me rozaban el brazo. Me miraba con una curiosidad divertida, como si estuviera evaluando la calificación de un examen que acababa de aprobar con honores.
—Te has quedado mudo, hermanito... —rompió el silencio con una voz suave, casi cantarina, rozando con las yemas de sus dedos el vello de mi pecho desnudo—. ¿Estás uniendo hilos o estás pensando en cómo vas a mirar a la cara a Nicole mañana?
Giró ligeramente la cabeza, atrapándome con esa mirada felina que parecía leerme los pensamientos más oscuros.
—Ninguna de las dos cosas... —murmuré con la voz ronca, pasando una mano por mi rostro sudado antes de mirarla de reojo—. Solo... intento procesar que esto de verdad pasó.
Romina soltó una risa corta, ligera, y deslizó su mano hacia arriba, trazando círculos perezosos sobre mi piel.
—¿Y qué esperabas? ¿Qué salieran rayos y centellas del cielo por acostarte conmigo? —ladeó la cabeza con una suficiencia desarmante, mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios—. Relájate, Lucas. Hiciste exactamente lo que querías hacer desde hace años... Solo que ahora, la teoría pasó a la práctica. Y por lo visto... la práctica te dejó sin palabras.
Su esencia era difícil de ignorar, y te la ponía difícil cuando querías concentrarte en tu propia voz interna. No porque fuera fastidiosa, sino por ese encanto atrapante que clamaba atención a como de lugar...
- ¿Hace cuánto haces esto...? ¿Cómo empezó? - Logré articular.
Romina soltó una exhalación suave, una especie de risita burlona que me sopló en la barbilla mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja. No apartó la mano de mi pecho; al contrario, sus dedos comenzaron a trazar círculos sobre mi piel, como si estuviera a punto de contarme una anécdota cualquiera de sobremesa.
—¿Hace cuánto? —repitió mi pregunta con un tono de falsa reflexión, ladeando la cabeza—. No hace mucho ¿Sabes? Supongo que habrás escuchado los rumores... - Soltó una risa muda. - Claro que escuchaste los rumores... Al principio era solo para no reprobar, pronto ese grupo selecto de profesores de dieron cuenta que tenían que hacer más que ponerme 20 para obtener algo incluso mejor.
Se detuvo un segundo, mirándome de reojo con una chispa de travesura en los ojos, disfrutando visiblemente del efecto que sus palabras estaban causando en mi mente.
—Entonces pasaron de las notas a los billetes, porque claro... Una vez que entiendes el poder que tienes, darlo a tan bajo precio sale caro. Y de ahí a los demás chicos de la clase hubo solo un paso —continuó, encogiéndose de hombros con total naturalidad, como si estuviera hablando de ir al supermercado—. Así fue como te enteraste ¿No? Mediante Christian... Oh, Chris... No negaré que es de mis mejores clientes, pero a veces se le sube tanto a la cabeza... - Otra risa, ahora traviesa, se escapó de sus labios. - Eso me confirma que hago bien mi trabajo... Al final, ¿qué diferencia hay entre los profesores y los chicos? Todos tienen la misma expresión de desesperación en la cara cuando los miras de cierta manera.
Apretó ligeramente los dedos contra mi piel, y una sonrisa torcida, casi imperceptible, se dibujó en las comisuras de sus labios antes de soltar la frase que terminó por descolocarme por completo.
—Digo... supongo que es de familia. De tal palo, tal astilla, ¿no? ¿Por qué yo iba a ser la excepción? Si algún día mamá se entera de esto, no tendrá como reclamarme....
Mi cuerpo se tensó por un momento, y mi mente se detuvo en sus últimas palabras, como intentando darles más vueltas para descubrir algun segundo significado, pero no lo había.
- ¿Qué...? ¿De qué hablas? - Cuestioné clavando mis ojos en los suyos.
- Oh, vamos hermanito... Es evidente ¿En serio crees que una bartender va a tener dinero suficiente para sostener por sí sola a tres hijos? Lo del bar es una fachada y eso se huele a kilómetros. — Respondió como si la persona de la que estuviéramos hablando no fuera nuestra madre.
- No hables idioteces... Eso no te consta...
- Ay... Siempre tan "tú" y con esa mamitis tan severa. Bájala de tu pedestal... Mamá es tan puta como yo...
Su frase cayó en la habitación como una piedra pesada sobre un charco de agua estancada. Quise replicar, levantar la voz, exigirle que se callara y que dejara de ensuciar todo con esa ligereza cínica. Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Porque, en el fondo, mientras el eco de su voz resonaba en las paredes, mi mente empezó a correr hacia atrás, desatando hilos que llevaba años intentando mantener ocultos bajo siete llaves.
Pensé en Janett, nuestra madre. En su forma de caminar por la casa, en el aroma dulce y suavizante que impregnaba la sala, en las miradas prolongadas que a veces nos cruzábamos en la cocina cuando éramos solo los dos, y en como peligrosamente mis ojos se perdían en su escote. Durante toda mi vida había dudado de que mi devoción por ella era el simple y puro amor de un hijo agradecido, solo que no me atrevía a darle un nombre a ese sentimiento.
Pero a medida que el veneno de las palabras de Romina se filtraba en mi sangre, la verdad se deformaba frente a mis ojos con una claridad morbosa y adictiva. No sólo era devoción. Nunca lo había sido. Era el mismo pulso acelerado, la misma sequedad en la boca, el mismo hambre ciego y prohibido que ahora me mantenía atado a los muslos de mi hermana. Era deseo.
Había pasado media vida deseando a mi madre sin atreverme a pronunciarlo ni en el más oscuro de mis pensamientos, buscando sombras de ella en cada relación, en cada capricho, en cada mirada esquiva. Y Romina lo sabía. Romina lo había visto todo desde la primera fila.
—¿Qué pasa, hermanito? —susurró ella, inclinándose un poco más, con una sonrisa de complicidad maquiavélica al notar cómo la sangre se me retiraba del rostro—. Me parece que empiezas a ver más allá de lo que siempre has querido. ¿Ya estás pensando en lo mucho que siempre la has deseado? ¿O recién te das cuenta de dónde sacaste este vicio? - Apretó y movió con su mano uno de sus senos frente a mis ojos.
Las palabras de Romina resonaron en mi cabeza como una sentencia, pero en lugar de paralizarme, encendieron una chispa salvaje. La imagen de mi madre se fundió de golpe con el cuerpo de la mujer que tenía enfrente. Sin darle tiempo a decir más, me abalancé sobre ella.
La atrapé por la nuca en un movimiento brusco, hambriento, y la devoré en un beso áspero, desesperado, donde chocaron los dientes y la saliva se mezclaba. Romina soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en una risa ahogada y triunfante; lejos de resistirse, arqueó el cuerpo con un entusiasmo feroz, devolviéndome la embestida con la misma voracidad.
—Eso es... Ven aquí, maldito pervertido... —susurró contra mis labios, con una urgencia que me sacudió hasta los huesos.
Mis manos bajaron con rudeza por su cintura, aferrándome a sus caderas para girarla y cambiar las posiciones en cuestión de segundos. El colchón crujió bajo nuestro peso mientras la acomodaba boca abajo, alzando su culo con una facilidad febril.
El aroma de su excitación, mezclado con el sudor de la habitación, inundó el aire de inmediato, recordándome exactamente dónde estábamos y qué estábamos rompiendo.
Me acomodé de forma que mi rostro quedó a la altura de sus nalgas, y entonces coloqué mis manos sobre estas, exponiéndola por completo ante mí. Romina giró ligeramente el rostro hacia mí, clavando los dedos en las sábanas con una sonrisa torcida y expectante, sabiendo perfectamente lo que venía.
- ¿Te gusta la sorpresa...?
Al abrir sus nalgas, ante mis ojos brillaba una piedra de color rojo, similar a un rubí, con una forma redonda y un borde plateado. Mi hermana llevaba puesto un plug anal...
El aire se me atascó en los pulmones de golpe. Instintivamente, una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Durante tanto tiempo, la idea del sexo anal había sido una obsesión silenciosa, un fantasma recurrente que habitaba en mis fantasías solitarias. Había deseado explorar ese terreno prohibido, imaginar cómo se sentía ese límite absoluto, pero siempre lo había visto como algo inalcanzable, confinado a un rincón ante la negativa de Nicole.
Y ahora ahí estaba. No solo materializado, sino portado por ella, por mi propia hermana, como si me estuviera entregando en bandeja la llave exacta de mi apetito más secreto.
—Romina... Eres una puta. Me encanta... —murmuré con la voz ronca, sintiendo que el corazón me latía desbocado en la garganta.
Entonces lo sujeté de los bordes con delicadeza al principio, pero no tardé en hundir los dedos bajo estos para jalar y retirarlo poco a poco. El juguete fue saliendo a ritmo lento, presumiendo de lo dilatado, caliente y perfectamente preparado que había dejado el ano de mi hermana para mí. Mi momento por fin había llegado...
—Ah... Mmm... Hazlo de una vez... —pidió ella, con la voz rota por el deseo y una autoridad oscura que me quemaba la sangre—. Demuestra de verdad de qué estás hecho...
El juguete deslizó su último tramo y salió por completo con un sonido húmedo y sordo que resonó en el silencio de la habitación.
Contuve el aliento al quedar frente a la visión de su ano completamente abierto y dilatado. El espacio que había ocupado el plug permanecía cóncavo, expuesto en ese estado de gape perfecto, mostrando los pliegues latiendo al compás de su respiración acelerada. Era una invitación tan obscena como perfecta, una prueba irrefutable de que se había preparado para este momento, sin saber que terminaría siendo para mí.
La urgencia me golpeó con la fuerza de un latigazo, una necesidad irracional de devorarla por completo me recorrió las entrañas.
Bajé aún más el rostro, sin apartar la vista de esa maravilla prohibida. Romina soltó un suspiro de sorpresa, contrayendo levemente los glúteos al sentir mi aliento caliente rozar su piel más sensible.
Sin dudarlo, presioné los labios contra su ano dilatado y comencé a lamerla con una devoción febril. Metí la lengua con suavidad, explorando cada rincón de su cavidad, saboreando su piel y el rastro almizclado que había dejado el juguete. Romina arqueó la espalda con violencia, clavando las uñas en el colchón y soltando un gemido estridente, completamente desbordada por la sensación.
—Mierda, Lucas... Sí... así... —rogaba entrecortadamente, moviendo las caderas para acoplarse mejor a mi boca, entregándose sin reservas a este acto de total perversión. - Cómeme el culo... Cómele el culo a tu hermana...
Saborearla de esa manera, sintiendo cómo se relajaba y se abría aún más bajo mi lengua, terminó de incendiar lo poco que quedaba de mi racionalidad. Me incorporé lo justo, sintiendo el pulso desbocado en las sienes, mientras mi miembro palpitaba con una fuerza insoportable, listo para reclamar lo que me había traído hasta aquí.
Me incorporé lo justo, sintiendo el pulso desbocado mientras mi miembro palpitaba con una fuerza insoportable, listo para reclamar lo que me había traído hasta aquí.
Apoyé las manos con firmeza en sus anchas caderas, sintiendo la temperatura de su piel y la forma en que su cuerpo se tensaba en una espera febril. Alineé la punta de mi miembro contra su entrada, rozando los pliegues calientes que seguían palpitando por el estímulo reciente.
Entonces entré poco a poco, sintiendo en mi ser un golpe seco de pura electricidad.
El ano de mi hermana cedió a mi empuje con una suavidad desesperada, tragándome por completo en un movimiento fluido que me arrancó un gemido gutural desde lo más profundo del pecho. La estrechez era absoluta, un calor denso y apretado que me abrazaba con una fuerza voraz, obligándome a detener el movimiento por un segundo para asimilar la magnitud de lo que acababa de hacer.
Romina soltó un grito ahogado contra la almohada, arqueando la espalda de manera exagerada y clavando los dedos en las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sus caderas se elevaron para recibirme mejor, buscando más profundidad, exigiendo cada centímetro.
—Dios... sí... —logró articular con la voz quebrada, temblando bajo mi peso—. Múevete... no te detengas...
Esa orden fue la chispa que faltaba para encender el incendio definitivo.
Empecé a embestirla con una cadencia cada vez más salvaje, olvidándome de cualquier prudencia, completamente distinto a la intimidad con Nicole. Cada estocada era profunda, precisa, llenando la habitación con el sonido de nuestros cuerpos chocando en una sinfonía de sudor, fricción y gemidos desatados. Ver su cuerpo entregado de esa manera, sabiendo exactamente de quién era y todo lo que implicaba, me empujó a un estado de frenesí absoluto.
Sus carnosas y grandes nalgas rebotaban y chocaban contra mi pelvis, estaba cumpliendo la fantasía más oscura y prohibida de mi vida... No, no solo una... Dos: el sexo anal y mi propia hermana. En ese preciso instante, no existía en el mundo nada más que el ritmo de mi verga dentro de mi hermana.
El vaivén se volvió frenético. Cada embestida hacía que su cabello ondulado, café oscuro en la raíz y teñido de un rojo vino encendido hacia las puntas, azotara contra la almohada como una marea desordenada. Mi mirada descendía embobada por la curva de su espalda, su piel trigueña, ese tono mestizo y cálido que brillaba bajo la tenue luz de la habitación, cubierto por una fina capa de sudor. Sus muslos gruesos temblaban bajo el impacto de mi pelvis contra sus nalgas carnosas, que recibían cada estocada con un chasquido húmedo y rítmico.
La presión en su cavidad era una delicia apretada que amenazaba con hacerme perder el control en cualquier momento. De pronto, Romina giró apenas el rostro sobre la almohada, mirándome de reojo con los ojos entrecerrados y una sonrisa maliciosa pintada en sus labios húmedos.
—Mierda, Lucas... —soltó entre un jadeo largo, acomodando el cuerpo para darme aún más espacio—. Pensar que te tenía por un chico tranquilo... y resulta que tenías guardado un monstruo entero ahí abajo.
Soltó una risita ahogada que se convirtió en un gemido cuando volví a empujar hasta el fondo.
—Con razón Nicole siempre se te escapaba... —continuó con esa voz cantarina y venenosa, rozando sus propios senos generosos que se aplastaban contra el colchón con cada golpe—. Pobre chica, no sabría ni por dónde empezar a acomodar semejante trozo de carne. Tuviste que venir con tu hermana para que alguien pudiera aguantarte como te mereces...
Sus palabras operaron como gasolina pura en mi mente. La combinación de su tono burlón, el peso de su cuerpo voluptuoso entregado por completo y la devoradora estrechez de su ano terminó por romper cualquier resto de contención.
Su voz ronca y burlona se había convertido en un veneno dulce al que ya no podía ni quería resistirme. Cada palabra suya resonaba en mi cerebro como un estímulo eléctrico, volviéndome completamente adicto a escucharla, a comprobar cómo su lengua afilada era capaz de desarmar lo poco que me quedaba de decencia.
—¿Qué pasa, hermanito? ¿Te gusta cogerte a tu hermana? —continuó ella, sintiendo perfectamente cómo mis embestidas se volvían más desesperadas, más urgentes—. Sabes que nadie más te diría las cosas como yo... Nadie más te conoce tanto... Nadie más te haría más feliz...
El pecho me ardía, el aire apenas me alcanzaba en bocanadas cortas y la presión en la base de mi miembro comenzó a acumularse con una fuerza insoportable. Las contracciones en mi interior empezaron a avisar que el límite estaba a solo unos segundos de romperse. Romina, con esa intuición perversa que parecía leer cada terminal nerviosa de mi cuerpo, se percató de inmediato.
—Eso es... Vente, córrete dentro de mí... ¡No pares ahora, maldita sea! —gritó arqueando aún más la espalda, con una urgencia que me contagió de golpe. - ¡Lléname el culo con tu leche! Dale leche a tu hermana...
Había algo en el aire, una vibración extraña y febril que desafiaba cualquier lógica. En ese instante, sentí cómo su cuerpo empezaba a contraerse al unísono con el mío. Era una superstición absurda, un pensamiento morboso y fantasioso que cruzó mi mente como un relámpago: nuestros cuerpos seguían conectados por el mismo cordón invisible que nos unió desde el útero, sincronizados incluso para el placer más prohibido, temblando bajo el mismo pulso desbocado. Ella también estaba ahí, al borde del clímax conmigo.
El rugido final me reventó. Dejé caer todo mi peso hacia adelante en un impulso desesperado, pegando mi pecho por completo contra su espalda. La piel de ambos se fundió en una sola superficie sudada y caliente, borrando cualquier espacio entre nuestros cuerpos. Mis manos se metieron bajo su pecho para aferrarse a sus enormes tetas y apretarlas con desesperación. En ese contacto absoluto, con el aroma de nuestra propia intimidad envolviéndonos, mi miembro se contrajo violentamente y comencé a vaciarme dentro de ella, a la par que los espasmos de su propio orgasmo me estrujaban con una fuerza devoradora, coronando el pacto más morboso , pero al mismo tiempo hermoso de nuestras vidas.
El tiempo pareció suspenderse en el instante exacto en que colisionamos.
Un calor denso y abrasador estalló desde la base de mi cuerpo, y con una fuerza incontenible, mi miembro comenzó a latir violentamente, liberando chorros espesos y calientes de esperma que inundaron las profundidades de su ano. Cada latido de mi clímax se sentía como una descarga directa a los cimientos de mi mente, un vaciamiento absoluto que me dejó temblando de pies a cabeza.
A la par, el cuerpo de Romina convulsionó con una violencia desatada. Un grito ahogado y gutural se le escapó de la garganta mientras sus caderas se contraían con una fuerza salvaje, estrujando mi miembro con cada espasmo de su interior. La intensidad de su orgasmo fue tal que un torrente de sus propios fluidos estalló, empapando por completo las sábanas debajo de nosotros, formando una mancha húmeda y brillante que atestiguaba la magnitud de lo que acabábamos de desatar.
Permanecimos unidos, con los pechos agitados y el sudor escurriéndose por nuestras pieles, incapaces de movernos, respirando el mismo aire denso y cargado de nuestra propia transgresión.
El silencio que siguió en la habitación solo era interrumpido por nuestras respiraciones pesadas y el eco sordo de los latidos en nuestros pechos. Pasaron varios segundos en los que ninguno se atrevió a romper la quietud, procesando el tamaño de lo que acabábamos de firmar con nuestros cuerpos.
Sin apartar el pecho de su espalda, me estiré hacia adelante, rodeando su cuello con una mano, y giré su rostro para plantarle un beso hambriento, profundo y cargado de una extraña ternura oscura. Romina me devolvió el gesto al instante, con los labios todavía húmedos y una sonrisa apenas perceptible en las comisuras.
—Me encantas... —murmuré contra su boca, sin un solo atisbo de duda en la voz.
Romina soltó una pequeña risa ronca, divertida por la naturalidad con la que acababa de pronunciar esas palabras.
—Ya lo sabía, hermanito... —respondió, acomodándose un poco contra el colchón con total soltura, sintiendo todavía los restos de nuestro encuentro—. ¿Te duele la cabeza de pensar en lo mal que supuestamente está esto? Porque a mí no...
Negué despacio con la cabeza, apoyando la frente contra su hombro, inhalando su aroma mezclado con el sudor y el perfume.
—No... —confesé, con una tranquilidad que rozaba lo cínico—. ¿Sabes...? Durante meses intenté forzar las cosas con Nicole, llegando a sentirme culpable por querer explorar más allá de lo convencional... Y bastó con cruzar la línea contigo para darme cuenta de que solo estaba siendo un estúpido por pensar en reprimirlo...
Romina giró la cabeza lo suficiente para rozar su mejilla con la mía, soltando una carcajada baja y cómplice que me recorrió toda la espina dorsal.
—A todo esto... —murmuró mientras me recostaba de lado junto a ella, apoyando la cabeza en la mano—. Nunca me confirmaste si fue Christian quién te dio mi número... O bueno, el que uso para trabajar.
— Sí... - Respondí suspieando. - Estaba con ellos en el colegio, hablando de más como siempre. Salió el tema de Nicole y su negativa con ciertas cosas... El muy imbécil se burló, sacó el teléfono de la nada y me dijo que le escribiera a "la puta" para que me volara la cabeza. Me dio tu contacto como si nada, asegurándome que era una profesional... Ese idiota sabía lo que estaba haciendo.
Romina sonrió ampliamente, relamiéndose los labios con una mezcla de orgullo y picardía.
—Sí, suena a algo que haría él. Es decir, es uno de mis mejores clientes pero se cree más de lo que realmente es... - Luego de unos segundos en silencio soltó una carcajada. - Seguramente creyó que nos estaba haciendo una broma... Si llegara a saber que de verdad cogimos le da infarto.
—Le daría celos—supuse, sintiendo cómo una sonrisa oscura se dibujaba en mis labios mientras estiraba la mano para trazar la línea de su hombro—. Pensar que todo empezó por una burla de él... y míranos ahora, sin dar marcha atrás.
Romina se acomodó mejor contra mi pecho, apoyando la barbilla en él y clavando sus ojos oscuros en los míos, evaluándome con una calma absoluta.
—¿Te arrepientes? —preguntó de pronto, bajando la voz con una seriedad fingida, aunque su expresión delataba que conocía perfectamente la respuesta—. Digo... ya no hay vuelta atrás. Lo que acabamos de hacer no se borra con un simple "fue un error".
Negué despacio, sintiendo que la idea de retroceder ya ni siquiera existía en mi vocabulario.
— No. —le aseguré con absoluta franqueza, rodeando su cintura con el brazo para pegarla más a mí.
Romina esbozó una sonrisa lenta y profundamente satisfactoria, antes de besarme los labios con una naturalidad absoluta.
—Bien dicho, hermanito. Porque esto recién empieza...
El eco de nuestras respiraciones agitadas fue lo único que llenó el espacio durante los primeros instantes. Dejé caer mi peso hacia un lado, desplomándome sobre el colchón revuelto, con los músculos flojos y la mente zumbando en un silencio espeso. El aire de la habitación olía a sudor y perfume caro.
Miré hacia el techo blanco, con el pecho todavía subiendo y bajando de golpe. Mi cerebro intentaba armar un rompecabezas lógico, buscando las piezas de la culpa que se supone debían aplastarme en ese momento. Pero no estaban. No sentía remordimiento. Solo una extraña pesadez reflexiva, un vértigo frío al entender que ya no había marcha atrás, que habíamos cruzado una línea invisible y que mi vida entera acababa de cambiar de dirección para siempre.
A mi lado, Romina respiraba con total tranquilidad.
Sin rastro de vergüenza, ni de miedo, ni de la sombra de un arrepentimiento. Apoyó el codo sobre la almohada y recostó la mejilla en la palma de su mano, recostándose de lado y llevando consigo sus enormes senos que me rozaban el brazo. Me miraba con una curiosidad divertida, como si estuviera evaluando la calificación de un examen que acababa de aprobar con honores.
—Te has quedado mudo, hermanito... —rompió el silencio con una voz suave, casi cantarina, rozando con las yemas de sus dedos el vello de mi pecho desnudo—. ¿Estás uniendo hilos o estás pensando en cómo vas a mirar a la cara a Nicole mañana?
Giró ligeramente la cabeza, atrapándome con esa mirada felina que parecía leerme los pensamientos más oscuros.
—Ninguna de las dos cosas... —murmuré con la voz ronca, pasando una mano por mi rostro sudado antes de mirarla de reojo—. Solo... intento procesar que esto de verdad pasó.
Romina soltó una risa corta, ligera, y deslizó su mano hacia arriba, trazando círculos perezosos sobre mi piel.
—¿Y qué esperabas? ¿Qué salieran rayos y centellas del cielo por acostarte conmigo? —ladeó la cabeza con una suficiencia desarmante, mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios—. Relájate, Lucas. Hiciste exactamente lo que querías hacer desde hace años... Solo que ahora, la teoría pasó a la práctica. Y por lo visto... la práctica te dejó sin palabras.
Su esencia era difícil de ignorar, y te la ponía difícil cuando querías concentrarte en tu propia voz interna. No porque fuera fastidiosa, sino por ese encanto atrapante que clamaba atención a como de lugar...
- ¿Hace cuánto haces esto...? ¿Cómo empezó? - Logré articular.
Romina soltó una exhalación suave, una especie de risita burlona que me sopló en la barbilla mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja. No apartó la mano de mi pecho; al contrario, sus dedos comenzaron a trazar círculos sobre mi piel, como si estuviera a punto de contarme una anécdota cualquiera de sobremesa.
—¿Hace cuánto? —repitió mi pregunta con un tono de falsa reflexión, ladeando la cabeza—. No hace mucho ¿Sabes? Supongo que habrás escuchado los rumores... - Soltó una risa muda. - Claro que escuchaste los rumores... Al principio era solo para no reprobar, pronto ese grupo selecto de profesores de dieron cuenta que tenían que hacer más que ponerme 20 para obtener algo incluso mejor.
Se detuvo un segundo, mirándome de reojo con una chispa de travesura en los ojos, disfrutando visiblemente del efecto que sus palabras estaban causando en mi mente.
—Entonces pasaron de las notas a los billetes, porque claro... Una vez que entiendes el poder que tienes, darlo a tan bajo precio sale caro. Y de ahí a los demás chicos de la clase hubo solo un paso —continuó, encogiéndose de hombros con total naturalidad, como si estuviera hablando de ir al supermercado—. Así fue como te enteraste ¿No? Mediante Christian... Oh, Chris... No negaré que es de mis mejores clientes, pero a veces se le sube tanto a la cabeza... - Otra risa, ahora traviesa, se escapó de sus labios. - Eso me confirma que hago bien mi trabajo... Al final, ¿qué diferencia hay entre los profesores y los chicos? Todos tienen la misma expresión de desesperación en la cara cuando los miras de cierta manera.
Apretó ligeramente los dedos contra mi piel, y una sonrisa torcida, casi imperceptible, se dibujó en las comisuras de sus labios antes de soltar la frase que terminó por descolocarme por completo.
—Digo... supongo que es de familia. De tal palo, tal astilla, ¿no? ¿Por qué yo iba a ser la excepción? Si algún día mamá se entera de esto, no tendrá como reclamarme....
Mi cuerpo se tensó por un momento, y mi mente se detuvo en sus últimas palabras, como intentando darles más vueltas para descubrir algun segundo significado, pero no lo había.
- ¿Qué...? ¿De qué hablas? - Cuestioné clavando mis ojos en los suyos.
- Oh, vamos hermanito... Es evidente ¿En serio crees que una bartender va a tener dinero suficiente para sostener por sí sola a tres hijos? Lo del bar es una fachada y eso se huele a kilómetros. — Respondió como si la persona de la que estuviéramos hablando no fuera nuestra madre.
- No hables idioteces... Eso no te consta...
- Ay... Siempre tan "tú" y con esa mamitis tan severa. Bájala de tu pedestal... Mamá es tan puta como yo...
Su frase cayó en la habitación como una piedra pesada sobre un charco de agua estancada. Quise replicar, levantar la voz, exigirle que se callara y que dejara de ensuciar todo con esa ligereza cínica. Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Porque, en el fondo, mientras el eco de su voz resonaba en las paredes, mi mente empezó a correr hacia atrás, desatando hilos que llevaba años intentando mantener ocultos bajo siete llaves.
Pensé en Janett, nuestra madre. En su forma de caminar por la casa, en el aroma dulce y suavizante que impregnaba la sala, en las miradas prolongadas que a veces nos cruzábamos en la cocina cuando éramos solo los dos, y en como peligrosamente mis ojos se perdían en su escote. Durante toda mi vida había dudado de que mi devoción por ella era el simple y puro amor de un hijo agradecido, solo que no me atrevía a darle un nombre a ese sentimiento.
Pero a medida que el veneno de las palabras de Romina se filtraba en mi sangre, la verdad se deformaba frente a mis ojos con una claridad morbosa y adictiva. No sólo era devoción. Nunca lo había sido. Era el mismo pulso acelerado, la misma sequedad en la boca, el mismo hambre ciego y prohibido que ahora me mantenía atado a los muslos de mi hermana. Era deseo.
Había pasado media vida deseando a mi madre sin atreverme a pronunciarlo ni en el más oscuro de mis pensamientos, buscando sombras de ella en cada relación, en cada capricho, en cada mirada esquiva. Y Romina lo sabía. Romina lo había visto todo desde la primera fila.
—¿Qué pasa, hermanito? —susurró ella, inclinándose un poco más, con una sonrisa de complicidad maquiavélica al notar cómo la sangre se me retiraba del rostro—. Me parece que empiezas a ver más allá de lo que siempre has querido. ¿Ya estás pensando en lo mucho que siempre la has deseado? ¿O recién te das cuenta de dónde sacaste este vicio? - Apretó y movió con su mano uno de sus senos frente a mis ojos.
Las palabras de Romina resonaron en mi cabeza como una sentencia, pero en lugar de paralizarme, encendieron una chispa salvaje. La imagen de mi madre se fundió de golpe con el cuerpo de la mujer que tenía enfrente. Sin darle tiempo a decir más, me abalancé sobre ella.
La atrapé por la nuca en un movimiento brusco, hambriento, y la devoré en un beso áspero, desesperado, donde chocaron los dientes y la saliva se mezclaba. Romina soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en una risa ahogada y triunfante; lejos de resistirse, arqueó el cuerpo con un entusiasmo feroz, devolviéndome la embestida con la misma voracidad.
—Eso es... Ven aquí, maldito pervertido... —susurró contra mis labios, con una urgencia que me sacudió hasta los huesos.
Mis manos bajaron con rudeza por su cintura, aferrándome a sus caderas para girarla y cambiar las posiciones en cuestión de segundos. El colchón crujió bajo nuestro peso mientras la acomodaba boca abajo, alzando su culo con una facilidad febril.
El aroma de su excitación, mezclado con el sudor de la habitación, inundó el aire de inmediato, recordándome exactamente dónde estábamos y qué estábamos rompiendo.
Me acomodé de forma que mi rostro quedó a la altura de sus nalgas, y entonces coloqué mis manos sobre estas, exponiéndola por completo ante mí. Romina giró ligeramente el rostro hacia mí, clavando los dedos en las sábanas con una sonrisa torcida y expectante, sabiendo perfectamente lo que venía.
- ¿Te gusta la sorpresa...?
Al abrir sus nalgas, ante mis ojos brillaba una piedra de color rojo, similar a un rubí, con una forma redonda y un borde plateado. Mi hermana llevaba puesto un plug anal...
El aire se me atascó en los pulmones de golpe. Instintivamente, una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Durante tanto tiempo, la idea del sexo anal había sido una obsesión silenciosa, un fantasma recurrente que habitaba en mis fantasías solitarias. Había deseado explorar ese terreno prohibido, imaginar cómo se sentía ese límite absoluto, pero siempre lo había visto como algo inalcanzable, confinado a un rincón ante la negativa de Nicole.
Y ahora ahí estaba. No solo materializado, sino portado por ella, por mi propia hermana, como si me estuviera entregando en bandeja la llave exacta de mi apetito más secreto.
—Romina... Eres una puta. Me encanta... —murmuré con la voz ronca, sintiendo que el corazón me latía desbocado en la garganta.
Entonces lo sujeté de los bordes con delicadeza al principio, pero no tardé en hundir los dedos bajo estos para jalar y retirarlo poco a poco. El juguete fue saliendo a ritmo lento, presumiendo de lo dilatado, caliente y perfectamente preparado que había dejado el ano de mi hermana para mí. Mi momento por fin había llegado...
—Ah... Mmm... Hazlo de una vez... —pidió ella, con la voz rota por el deseo y una autoridad oscura que me quemaba la sangre—. Demuestra de verdad de qué estás hecho...
El juguete deslizó su último tramo y salió por completo con un sonido húmedo y sordo que resonó en el silencio de la habitación.
Contuve el aliento al quedar frente a la visión de su ano completamente abierto y dilatado. El espacio que había ocupado el plug permanecía cóncavo, expuesto en ese estado de gape perfecto, mostrando los pliegues latiendo al compás de su respiración acelerada. Era una invitación tan obscena como perfecta, una prueba irrefutable de que se había preparado para este momento, sin saber que terminaría siendo para mí.
La urgencia me golpeó con la fuerza de un latigazo, una necesidad irracional de devorarla por completo me recorrió las entrañas.
Bajé aún más el rostro, sin apartar la vista de esa maravilla prohibida. Romina soltó un suspiro de sorpresa, contrayendo levemente los glúteos al sentir mi aliento caliente rozar su piel más sensible.
Sin dudarlo, presioné los labios contra su ano dilatado y comencé a lamerla con una devoción febril. Metí la lengua con suavidad, explorando cada rincón de su cavidad, saboreando su piel y el rastro almizclado que había dejado el juguete. Romina arqueó la espalda con violencia, clavando las uñas en el colchón y soltando un gemido estridente, completamente desbordada por la sensación.
—Mierda, Lucas... Sí... así... —rogaba entrecortadamente, moviendo las caderas para acoplarse mejor a mi boca, entregándose sin reservas a este acto de total perversión. - Cómeme el culo... Cómele el culo a tu hermana...
Saborearla de esa manera, sintiendo cómo se relajaba y se abría aún más bajo mi lengua, terminó de incendiar lo poco que quedaba de mi racionalidad. Me incorporé lo justo, sintiendo el pulso desbocado en las sienes, mientras mi miembro palpitaba con una fuerza insoportable, listo para reclamar lo que me había traído hasta aquí.
Me incorporé lo justo, sintiendo el pulso desbocado mientras mi miembro palpitaba con una fuerza insoportable, listo para reclamar lo que me había traído hasta aquí.
Apoyé las manos con firmeza en sus anchas caderas, sintiendo la temperatura de su piel y la forma en que su cuerpo se tensaba en una espera febril. Alineé la punta de mi miembro contra su entrada, rozando los pliegues calientes que seguían palpitando por el estímulo reciente.
Entonces entré poco a poco, sintiendo en mi ser un golpe seco de pura electricidad.
El ano de mi hermana cedió a mi empuje con una suavidad desesperada, tragándome por completo en un movimiento fluido que me arrancó un gemido gutural desde lo más profundo del pecho. La estrechez era absoluta, un calor denso y apretado que me abrazaba con una fuerza voraz, obligándome a detener el movimiento por un segundo para asimilar la magnitud de lo que acababa de hacer.
Romina soltó un grito ahogado contra la almohada, arqueando la espalda de manera exagerada y clavando los dedos en las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sus caderas se elevaron para recibirme mejor, buscando más profundidad, exigiendo cada centímetro.
—Dios... sí... —logró articular con la voz quebrada, temblando bajo mi peso—. Múevete... no te detengas...
Esa orden fue la chispa que faltaba para encender el incendio definitivo.
Empecé a embestirla con una cadencia cada vez más salvaje, olvidándome de cualquier prudencia, completamente distinto a la intimidad con Nicole. Cada estocada era profunda, precisa, llenando la habitación con el sonido de nuestros cuerpos chocando en una sinfonía de sudor, fricción y gemidos desatados. Ver su cuerpo entregado de esa manera, sabiendo exactamente de quién era y todo lo que implicaba, me empujó a un estado de frenesí absoluto.
Sus carnosas y grandes nalgas rebotaban y chocaban contra mi pelvis, estaba cumpliendo la fantasía más oscura y prohibida de mi vida... No, no solo una... Dos: el sexo anal y mi propia hermana. En ese preciso instante, no existía en el mundo nada más que el ritmo de mi verga dentro de mi hermana.
El vaivén se volvió frenético. Cada embestida hacía que su cabello ondulado, café oscuro en la raíz y teñido de un rojo vino encendido hacia las puntas, azotara contra la almohada como una marea desordenada. Mi mirada descendía embobada por la curva de su espalda, su piel trigueña, ese tono mestizo y cálido que brillaba bajo la tenue luz de la habitación, cubierto por una fina capa de sudor. Sus muslos gruesos temblaban bajo el impacto de mi pelvis contra sus nalgas carnosas, que recibían cada estocada con un chasquido húmedo y rítmico.
La presión en su cavidad era una delicia apretada que amenazaba con hacerme perder el control en cualquier momento. De pronto, Romina giró apenas el rostro sobre la almohada, mirándome de reojo con los ojos entrecerrados y una sonrisa maliciosa pintada en sus labios húmedos.
—Mierda, Lucas... —soltó entre un jadeo largo, acomodando el cuerpo para darme aún más espacio—. Pensar que te tenía por un chico tranquilo... y resulta que tenías guardado un monstruo entero ahí abajo.
Soltó una risita ahogada que se convirtió en un gemido cuando volví a empujar hasta el fondo.
—Con razón Nicole siempre se te escapaba... —continuó con esa voz cantarina y venenosa, rozando sus propios senos generosos que se aplastaban contra el colchón con cada golpe—. Pobre chica, no sabría ni por dónde empezar a acomodar semejante trozo de carne. Tuviste que venir con tu hermana para que alguien pudiera aguantarte como te mereces...
Sus palabras operaron como gasolina pura en mi mente. La combinación de su tono burlón, el peso de su cuerpo voluptuoso entregado por completo y la devoradora estrechez de su ano terminó por romper cualquier resto de contención.
Su voz ronca y burlona se había convertido en un veneno dulce al que ya no podía ni quería resistirme. Cada palabra suya resonaba en mi cerebro como un estímulo eléctrico, volviéndome completamente adicto a escucharla, a comprobar cómo su lengua afilada era capaz de desarmar lo poco que me quedaba de decencia.
—¿Qué pasa, hermanito? ¿Te gusta cogerte a tu hermana? —continuó ella, sintiendo perfectamente cómo mis embestidas se volvían más desesperadas, más urgentes—. Sabes que nadie más te diría las cosas como yo... Nadie más te conoce tanto... Nadie más te haría más feliz...
El pecho me ardía, el aire apenas me alcanzaba en bocanadas cortas y la presión en la base de mi miembro comenzó a acumularse con una fuerza insoportable. Las contracciones en mi interior empezaron a avisar que el límite estaba a solo unos segundos de romperse. Romina, con esa intuición perversa que parecía leer cada terminal nerviosa de mi cuerpo, se percató de inmediato.
—Eso es... Vente, córrete dentro de mí... ¡No pares ahora, maldita sea! —gritó arqueando aún más la espalda, con una urgencia que me contagió de golpe. - ¡Lléname el culo con tu leche! Dale leche a tu hermana...
Había algo en el aire, una vibración extraña y febril que desafiaba cualquier lógica. En ese instante, sentí cómo su cuerpo empezaba a contraerse al unísono con el mío. Era una superstición absurda, un pensamiento morboso y fantasioso que cruzó mi mente como un relámpago: nuestros cuerpos seguían conectados por el mismo cordón invisible que nos unió desde el útero, sincronizados incluso para el placer más prohibido, temblando bajo el mismo pulso desbocado. Ella también estaba ahí, al borde del clímax conmigo.
El rugido final me reventó. Dejé caer todo mi peso hacia adelante en un impulso desesperado, pegando mi pecho por completo contra su espalda. La piel de ambos se fundió en una sola superficie sudada y caliente, borrando cualquier espacio entre nuestros cuerpos. Mis manos se metieron bajo su pecho para aferrarse a sus enormes tetas y apretarlas con desesperación. En ese contacto absoluto, con el aroma de nuestra propia intimidad envolviéndonos, mi miembro se contrajo violentamente y comencé a vaciarme dentro de ella, a la par que los espasmos de su propio orgasmo me estrujaban con una fuerza devoradora, coronando el pacto más morboso , pero al mismo tiempo hermoso de nuestras vidas.
El tiempo pareció suspenderse en el instante exacto en que colisionamos.
Un calor denso y abrasador estalló desde la base de mi cuerpo, y con una fuerza incontenible, mi miembro comenzó a latir violentamente, liberando chorros espesos y calientes de esperma que inundaron las profundidades de su ano. Cada latido de mi clímax se sentía como una descarga directa a los cimientos de mi mente, un vaciamiento absoluto que me dejó temblando de pies a cabeza.
A la par, el cuerpo de Romina convulsionó con una violencia desatada. Un grito ahogado y gutural se le escapó de la garganta mientras sus caderas se contraían con una fuerza salvaje, estrujando mi miembro con cada espasmo de su interior. La intensidad de su orgasmo fue tal que un torrente de sus propios fluidos estalló, empapando por completo las sábanas debajo de nosotros, formando una mancha húmeda y brillante que atestiguaba la magnitud de lo que acabábamos de desatar.
Permanecimos unidos, con los pechos agitados y el sudor escurriéndose por nuestras pieles, incapaces de movernos, respirando el mismo aire denso y cargado de nuestra propia transgresión.
El silencio que siguió en la habitación solo era interrumpido por nuestras respiraciones pesadas y el eco sordo de los latidos en nuestros pechos. Pasaron varios segundos en los que ninguno se atrevió a romper la quietud, procesando el tamaño de lo que acabábamos de firmar con nuestros cuerpos.
Sin apartar el pecho de su espalda, me estiré hacia adelante, rodeando su cuello con una mano, y giré su rostro para plantarle un beso hambriento, profundo y cargado de una extraña ternura oscura. Romina me devolvió el gesto al instante, con los labios todavía húmedos y una sonrisa apenas perceptible en las comisuras.
—Me encantas... —murmuré contra su boca, sin un solo atisbo de duda en la voz.
Romina soltó una pequeña risa ronca, divertida por la naturalidad con la que acababa de pronunciar esas palabras.
—Ya lo sabía, hermanito... —respondió, acomodándose un poco contra el colchón con total soltura, sintiendo todavía los restos de nuestro encuentro—. ¿Te duele la cabeza de pensar en lo mal que supuestamente está esto? Porque a mí no...
Negué despacio con la cabeza, apoyando la frente contra su hombro, inhalando su aroma mezclado con el sudor y el perfume.
—No... —confesé, con una tranquilidad que rozaba lo cínico—. ¿Sabes...? Durante meses intenté forzar las cosas con Nicole, llegando a sentirme culpable por querer explorar más allá de lo convencional... Y bastó con cruzar la línea contigo para darme cuenta de que solo estaba siendo un estúpido por pensar en reprimirlo...
Romina giró la cabeza lo suficiente para rozar su mejilla con la mía, soltando una carcajada baja y cómplice que me recorrió toda la espina dorsal.
—A todo esto... —murmuró mientras me recostaba de lado junto a ella, apoyando la cabeza en la mano—. Nunca me confirmaste si fue Christian quién te dio mi número... O bueno, el que uso para trabajar.
— Sí... - Respondí suspieando. - Estaba con ellos en el colegio, hablando de más como siempre. Salió el tema de Nicole y su negativa con ciertas cosas... El muy imbécil se burló, sacó el teléfono de la nada y me dijo que le escribiera a "la puta" para que me volara la cabeza. Me dio tu contacto como si nada, asegurándome que era una profesional... Ese idiota sabía lo que estaba haciendo.
Romina sonrió ampliamente, relamiéndose los labios con una mezcla de orgullo y picardía.
—Sí, suena a algo que haría él. Es decir, es uno de mis mejores clientes pero se cree más de lo que realmente es... - Luego de unos segundos en silencio soltó una carcajada. - Seguramente creyó que nos estaba haciendo una broma... Si llegara a saber que de verdad cogimos le da infarto.
—Le daría celos—supuse, sintiendo cómo una sonrisa oscura se dibujaba en mis labios mientras estiraba la mano para trazar la línea de su hombro—. Pensar que todo empezó por una burla de él... y míranos ahora, sin dar marcha atrás.
Romina se acomodó mejor contra mi pecho, apoyando la barbilla en él y clavando sus ojos oscuros en los míos, evaluándome con una calma absoluta.
—¿Te arrepientes? —preguntó de pronto, bajando la voz con una seriedad fingida, aunque su expresión delataba que conocía perfectamente la respuesta—. Digo... ya no hay vuelta atrás. Lo que acabamos de hacer no se borra con un simple "fue un error".
Negué despacio, sintiendo que la idea de retroceder ya ni siquiera existía en mi vocabulario.
— No. —le aseguré con absoluta franqueza, rodeando su cintura con el brazo para pegarla más a mí.
Romina esbozó una sonrisa lenta y profundamente satisfactoria, antes de besarme los labios con una naturalidad absoluta.
—Bien dicho, hermanito. Porque esto recién empieza...
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