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Sometido por cuatro machos

El aire en la entrada del local pesaba, saturado de un aroma a cuero viejo, tabaco rancio y un rastro metálico de sudor que se pegaba a la garganta. No sabía dónde estaba exactamente, solo que el letrero de neón parpadeaba en un rojo mortecino sobre una puerta de acero oxidado. Mis pasos resonaban en el pavimento húmedo mientras me ajustaba la camisa, sintiendo cómo la tela se tensaba peligrosamente sobre mi vientre. Siempre me había sentido demasiado, demasiado gordo, demasiado blando, demasiado visible. Pero aquí, en la penumbra de este callejón, esa visibilidad se sentía como una invitación.
Empujé la puerta y el ruido me golpeó como una pared. No era música, era un zumbido visceral, una mezcla de risas graves y el sonido sordo de cuerpos chocando contra superficies duras. La luz era casi inexistente, apenas unos focos amarillentos que dejaban rincones de oscuridad absoluta donde las sombras se movían con una intención depredadora.
Me quedé quieto junto a la pared, sintiendo el frío del ladrillo contra mi espalda. Mi respiración se volvió errática. Observé a los hombres. No eran como los que veía en las aplicaciones. Eran moles de carne, hombros anchos que bloqueaban la luz, miradas que no buscaban conversación, sino territorio.
—Pareces perdido, gordito.
La voz llegó desde mi derecha, profunda, con un timbre que hizo que un escalofrío me recorriera la columna. Me giré lentamente. Frente a mí se alzaba un hombre negro, una montaña de músculos definidos que hacía que mi propio cuerpo se sintiera como una masa informe de arcilla. Vestía solo unos pantalones de cuero negros que se ceñían a unos muslos descomunales. Sus ojos, oscuros y brillantes, recorrieron mi cuerpo con una lentitud insultante, deteniéndose en la curva de mi barriga y luego bajando hacia mis muslos.
—Yo... solo estaba mirando —balbuceé, sintiendo que mi voz sonaba pequeña, patética.
Él soltó una risa corta, un sonido gutural que vibró en el aire. Dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal. Podía olerlo: una mezcla de colonia fuerte y feromonas puras. Su presencia me aplastaba, y sin embargo, mis piernas flaquearon, no de miedo, sino de una sumisión instintiva que siempre había habitado en mí.
—Aquí no se viene a mirar —dijo, extendiendo una mano enorme para apretar mi mejilla con una fuerza que rozaba el dolor—. Aquí se viene a servir. ¿Sabes qué lugar es este?
—No... no lo sabía —respondí, tragando saliva.
—Es un santuario para los que quieren ser usados —susurró, acercando sus labios a mi oído—. Y tú tienes exactamente la apariencia de alguien que necesita que lo rompan un poco.
Su mano bajó desde mi cara, deslizándose por mi cuello y descendiendo con firmeza hasta que su palma aterrizó pesadamente sobre mi vientre. Apretó la carne, hundiéndola, y yo solté un gemido involuntario que me traicionó por completo.
—Mírate. Todo este espacio para llenar —continuó él, su voz ahora más ronca—. Me pregunto cuánto podrías aguantar antes de empezar a suplicar.
—Por favor... —susurré, aunque ni yo mismo sabía qué estaba pidiendo.
—No pidas por favor todavía. Aún no he empezado a darte razones para llorar.
Me tomó del brazo con un agarre de hierro y me arrastró hacia el fondo del local. A medida que avanzábamos, el ruido del bar se desvanecía, reemplazado por sonidos más íntimos y crudos: gemidos ahogados, el chasquido rítmico de piel contra piel y el sonido de fluidos siendo desplazados. Entramos en una zona de cubículos oscuros, separados por cortinas de terciopelo negro que absorbían cualquier rastro de luz.
Nos detuvimos en un espacio amplio, una especie de sala privada con un banco de cuero gastado y paredes acolchadas. El hombre me soltó bruscamente, obligándome a quedar de frente al banco.
—Quítate la ropa. Ahora.
Mis manos temblaban mientras desabrochaba la camisa. Cada botón parecía una barrera insalvable. Cuando la prenda cayó al suelo, me sentí desnudo no solo de ropa, sino de cualquier rastro de dignidad. Mi vientre colgaba, mis pezones estaban erectos por el frío y la excitación, y mi piel blanca contrastaba violentamente con la oscuridad del cuarto.
—Lento —ordenó él, cruzando los brazos sobre su pecho masivo—. Quiero ver cómo te deshaces. Los pantalones también.
Me despojé de todo, quedando completamente expuesto. Me sentía pequeño a pesar de mi tamaño, una ofrenda puesta sobre el altar. El hombre se acercó a mí y, sin previo aviso, bajó la cremallera de sus pantalones de cuero.
El sonido del metal deslizándose fue como un disparo en el silencio del cuarto. Cuando su miembro saltó hacia afuera, me quedé sin aliento. No era normal. Era una columna de carne oscura, venosa y pulsante que parecía desafiar la anatomía humana. Medía al menos veinticinco centímetros, una longitud aterradora que terminaba en una cabeza ancha y húmeda que goteaba presemén.
—Mira esto, gordo —ordenó, agarrando su verga con una mano y sacudiéndola frente a mis ojos—. Mira lo que va a entrar en ti.
—Es... es demasiado grande —logré articular, el pánico y el deseo luchando en mi pecho.
—Para ti lo es. Por eso vas a disfrutarlo. Ahora, ponte a cuatro patas sobre el banco. Abre ese culo y muéstrame cuánto espacio tienes.
Hice lo que me pidió, sintiendo la frialdad del cuero contra mis palmas y mis rodillas. Empujé mi espalda hacia abajo, elevando mis glúteos y exponiendo mi esfínter, que palpitaba con una anticipación nerviosa. Sentí su mirada clavada en mi entrada, una mirada que me desnudaba el alma.
—Estás temblando —se burló él, acercándose—. Me encanta que tengas miedo. Hace que el agujero esté más apretado.
Sentí sus dedos, gruesos y callosos, untándose con saliva y presionando contra mi orificio. Un gemido escapó de mis labios cuando el primer dedo entró, expandiéndome bruscamente. Luego entró un segundo, y un tercero, estirando las paredes de mi recto con una fuerza que me hizo arquear la espalda.
—Estás tan estrecho... vas a llorar cuando te llene —susurró.
De repente, sentí la punta de su verga presionando contra mi entrada. Era caliente, masiva, una presión insoportable que parecía querer partirme en dos. No hubo preámbulos lentos. Con un empuje violento y decidido, se hundió en mí.
—¡Ahhh! ¡Dios! —grité, enterrando la cara en el cuero del banco.
El dolor fue un relámpago que me cegó, seguido inmediatamente por una sensación de plenitud abrumadora. Sentía cómo su glande forzaba el camino, desgarrando la resistencia de mis músculos, abriendo paso a través de la carne hasta que llegó al fondo, golpeando mi próstata con una fuerza brutal. El sonido fue un squelch húmedo y visceral, el aire siendo expulsado de mis pulmones mientras mi cuerpo se adaptaba a esa intrusión colosal.
—Mierda, estás apretando como un vicio —gruñó él, empezando a moverse—. Siente cómo te abro, gordo. Siente cómo te reclamo.
Sus estocadas eran lentas, profundas, diseñadas para maximizar la sensación de estiramiento. Cada vez que salía, sentía el vacío succionando, y cada vez que regresaba, el impacto hacía que todo mi cuerpo vibrara. El sonido de sus testículos golpeando contra mis nalgas era un ritmo sordo y constante, un slap-slap-slap que llenaba la habitación.
—¿Te gusta? ¿Te gusta que te llenen así? —preguntó, agarrando mis caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas.
—S-sí... por favor... más... —supliqué, mi voz quebrada.
Mientras yo estaba sumergido en esa agonía placentera, escuché pasos. La cortina se abrió y tres hombres más entraron. Uno era blanco, con una barba espesa y ojos gélidos; otro era asiático, delgado pero con músculos fibrosos y una mirada depredadora; el tercero era un latino robusto, con la piel bronceada y una sonrisa cruel.
—Vaya, parece que el primer turno ya ha empezado —dijo el hombre blanco, su voz era un rasguño seco.
—Todavía tiene espacio —respondió el hombre negro, sin dejar de embestirme—. Miren este culo, es enorme. Podríamos entrar todos si nos esforzamos.
Me entró un pánico renovado, pero también una excitación eléctrica. Me sentía como una presa acorralada, y la idea de ser completamente invadido me hacía salivar.
—Quiero probar —dijo el latino, acercándose.
Se desvistió con rapidez, revelando un miembro igualmente descomunal, una verga gruesa y rojiza que palpitaba con hambre. Se colocó detrás del hombre negro, pero no para sustituirlo, sino para buscar otro camino.
—No te muevas, gordo —ordenó el latino.
Sentí sus dedos húmedos buscando mi entrada, pero el hombre negro ya ocupaba todo el espacio. Entonces, sentí la presión en mi boca. El hombre asiático se había colocado frente a mí. Sin decir palabra, empujó su verga contra mis labios. Era larga, lisa y olía a sexo.
—Ábrela —ordenó el asiático.
Abrí la boca lo más que pude y él se hundió en mi garganta. El reflejo nauseabundo me hizo lagrimear, pero sus manos apretaron mi mandíbula, obligándome a aceptar la profundidad de su miembro. Sentía la cabeza de su verga golpeando la parte posterior de mi garganta, mientras el hombre negro seguía martilleando mi trasero.
Estaba atrapado. Mi boca llena de carne, mi culo siendo dilatado por una bestia de veinticinco centímetros. El mundo se redujo a sensaciones táctiles: el sabor salado del presemén, el calor asfixiante de los cuerpos que me rodeaban, y el dolor punzante que se transformaba en un placer eléctrico.
—Ahora —gritó el hombre negro—, vamos a ver cuánto aguanta este agujero.
El hombre blanco y el latino se coordinaron. El hombre negro salió de mí con un sonido de succión húmedo, un plop que dejó mi entrada abierta y palpitante, chorreando lubricación y saliva. Antes de que pudiera cerrar el esfínter, el blanco y el latino empujaron al mismo tiempo.
—¡No! ¡Es demasiado! ¡Ahhh! —mi grito fue ahogado por la verga del asiático que seguía llenando mi garganta.
La sensación fue indescriptible. Dos grandes penes forzando la entrada al mismo tiempo. Sentí cómo mi anillo anal se estiraba hasta el límite absoluto, la piel tensándose hasta casi romperse. Fue un desgarro lento, una invasión total que me hizo arquear la espalda violentamente. El sonido fue un shlicking masivo, un ruido de carne húmeda siendo forzada a abrirse más de lo que jamás había sido.
Me sentía rajado, abierto, expuesto. La presión interna era tan intensa que sentía que mis órganos estaban siendo desplazados. Pero mientras más me dolía, más mi cuerpo respondía. Mi propio miembro, pequeño y húmedo, goteaba sobre el cuero del banco, completamente inútil ante la magnitud de lo que estaba sucediendo.
—Miren cómo se abre —rio el latino, empezando a moverse en sincronía con el blanco—. Es como una esponja. Absorbe todo.
Empezaron a embestir alternadamente, creando un ritmo caótico y brutal. Un empuje del blanco, un empuje del latino, mientras el asiático seguía frotando mi lengua con su verga, moviéndose dentro de mi boca con una eficiencia mecánica.
—¡Sigue tragando, gordo! ¡No te atrevas a escupir! —me gritó el asiático, apretando mi cuello con una mano.
La habitación se llenó de sonidos vulgares. El slap de las pieles, el squelch de los fluidos, los gruñidos de los hombres y mis gemidos ahogados. Estaba perdido en un mar de testosterona y cuero. Mi mente empezó a nublarse, el dolor se convirtió en un ruido blanco y solo quedaba la necesidad de ser llenado.
—Quiero entrar yo también —dijo el hombre negro, que ahora observaba la escena con una sonrisa depredadora.
—¿Dónde vas a ponerla, hermano? —preguntó el blanco, sin dejar de empujar—. Ya estamos llenando todo el espacio.
—Hay espacio si sabemos cómo empujar —respondió el negro.
Se colocó detrás de ellos. Sentí cómo su verga, la más grande de todas, buscaba el pequeño espacio que quedaba entre los otros dos miembros. El empuje fue lento pero implacable. Sentí cómo mi recto se expandía aún más, una presión que parecía querer romperme la pelvis.
—¡Dios, por favor! ¡Me van a romper! —logré articular entre los empujes del asiático en mi boca.
—Eso es lo que viniste a buscar, ¿verdad? —gruñó el hombre negro, hundiéndose finalmente junto a los otros dos—. Viniste a ser un juguete de muchos hombres.
Tres penes masivos, moviéndose dentro de un solo agujero. Era una tortura exquisita. Sentía cada vena, cada relieve de la carne, cada pulsación. Mi cuerpo temblaba violentamente, mis músculos se contraían en espasmos involuntarios, apretándolos a todos en un abrazo desesperado.
—Está llegando —susurró el latino, su respiración volviéndose errática—. Siento cómo me aprieta... este gordo me va a hacer correrme.
—Yo también —gruñó el blanco—. Mierda, qué agujero tan increíble.
El ritmo aumentó. Ya no eran estocadas lentas, sino golpes frenéticos, violentos. El sonido del cuero chocando contra mi piel era ensordecedor. Me sentía como un objeto, una herramienta para su placer, y esa sumisión total me llevó al borde del abismo.
—¡Ahora! ¡Lléname! ¡Llémenme a todos! —grité, el asiático retirando su miembro de mi boca justo a tiempo para que yo pudiera suplicar.
—Toma toda la leche, cerdo —ordenó el asiático, sujetando mis brazos contra el banco.
El clímax llegó como una explosión. Primero fue el latino, que soltó un rugido y descargó una cantidad masiva de semen caliente dentro de mí, sintiendo cómo el líquido llenaba cada rincón de mi recto. Casi inmediatamente, el blanco siguió, sus espasmos eran violentos, bombeando chorro tras chorro de leche espesa que se mezclaba con la del anterior.
Luego el hombre negro, que soltó un gemido gutural y empujó una última vez, hundiendo su glande lo más profundo posible y disparando una cantidad industrial de semen que parecía no tener fin. Sentí el calor expandiéndose dentro de mí, una presión líquida que me hacía sentir lleno hasta el límite.
Finalmente, el asiático se inclinó sobre mi cara. Con un último empuje contra mis labios, disparó su carga directamente en mi boca. El sabor era fuerte, salado, amargo. Me obligó a tragar, sus dedos apretando mi garganta para asegurarse de que no desperdiciara ni una gota.
—Traga. Todo. Hasta la última gota —ordenó.
Tragué, sintiendo el espesor del líquido bajando por mi esófago, mientras los otros tres se retiraban lentamente de mi culo. El sonido de la salida fue un squelch prolongado, seguido por una cascada de semen que empezó a chorrear por mis muslos, manchando el cuero del banco.
Me quedé allí, desplomado, respirando con dificultad. Mi cuerpo se sentía pesado, vacío y lleno al mismo tiempo. Mis piernas temblaban y mi visión estaba borrosa. Podía sentir el semen goteando de mí, una marca visceral de mi derrota y mi placer.
Los cuatro hombres se quedaron mirándome por un momento. No había ternura en sus ojos, solo una satisfacción fría y depredadora.
—No está mal para ser un novato —dijo el blanco, ajustándose los pantalones.
—Tiene capacidad —añadió el negro, dándome una palmada fuerte en el muslo que me hizo saltar—. Vuelve la próxima semana, gordo. Creo que aún podemos estirarte un poco más.
Se fueron tan rápido como habían llegado, dejándome solo en la penumbra del cubículo. Me quedé allí, sintiendo el frío del aire golpeando mi piel sudorosa y el calor del semen que seguía escapando de mi cuerpo. Cerré los ojos, escuchando el ruido distante del bar, sabiendo que ya no era el mismo hombre que había entrado por esa puerta de acero. Ahora sabía exactamente lo que era: un espacio vacío esperando ser llenado.

2 comentarios - Sometido por cuatro machos

Ye5uN
Brutal y exquisito, 10/10