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La abogada corrompida 3

Pero mientras lo abrazaba, Deni sintió que la humillación ya no era solo suya. Ahora salpicaba a su hijo. Y aun así, al día siguiente volvería al juzgado con la cabeza alta, camisa abotonada, falda ajustada, pechos desbordando y culo balanceándose, lista para el siguiente caso..
Porque la vida de Deni López, la abogada exitosa, la madre sobreprotectora, la mujer cuyo cuerpo la traicionaba a cada paso, estaba lejos de terminar.
Las envidias seguían creciendo. Los paparazzi ya planeaban el siguiente golpe. Y Mateo, en su habitación, no podía borrar de su mente las fotos editadas de su mamá.

Deni López siguió caminando por los pasillos del juzgado como si nada hubiera pasado. Las fotos editadas, los titulares humillantes, las risitas de las abogadas rivales… todo eso empezó a diluirse con el paso de las semanas. La gente vio que no podían derribarla tan fácilmente. Deni no se quebró, no lloró en público, no bajó la cabeza. Al contrario: ganó el caso de los Mendoza con una maestría que dejó a todos boquiabiertos, y su popularidad, en lugar de caer, se mantuvo firme. Las envidias se fueron apagando poco a poco, como brasas sin oxígeno. Los portales de chismes dejaron de publicar montajes suyos porque sabían que la siguiente demanda les costaría caro. Deni volvió a ser la misma de siempre: la abogada estricta, respetada, con su camisa blanca abotonada hasta el cuello que apenas contenía sus enormes tetas naturales y firmes, su falda de tubo que marcaba sin piedad su culo grande y redondo, y esa sonrisa profesional que ocultaba el fuego interno de quien sabe que su cuerpo siempre será el primer comentario.
Trabajaba como siempre. De lunes a viernes en el despacho, fines de semana revisando expedientes en casa mientras Mateo estudiaba a su lado. La vida seguía sana, amorosa, casi asfixiante de tan perfecta. Desayunos juntos, abrazos fuertes donde sus pechos pesados se apretaban contra el pecho de su hijo, besos en la frente y promesas de que nadie los separaría. Pero el mundo exterior no descansaba.
Varios políticos corruptos empezaron a buscarla. Uno era un exsecretario de estado acusado de desviar cientos de millones en contratos fantasma; otro, un diputado pillado con propiedades millonarias que no podía justificar. Sus asistentes llamaban al despacho ofreciendo fortunas: “Doctora López, mi cliente confía solo en usted”. Deni los rechazaba con la misma voz suave pero helada de siempre: “Lo siento, mi ética profesional no me permite defender casos de corrupción evidente. Busque a otro”. También llegaron familiares de mafiosos, de capos del narcotráfico que estaban en prisión preventiva. Una mujer elegante, con joyas caras y mirada desesperada, se presentó un martes por la tarde: “Mi esposo es inocente, doctora. Le pagamos lo que quiera para que lo saque”. Deni ni siquiera la dejó terminar la frase. “Jamás defenderé a narcotraficantes. Ni a pandilleros. Ni a gente como su esposo. Buenas tardes”. La puerta se cerró con un clic firme. Deni se quedó un segundo mirando el piso, recordando su juramento de años atrás. Sabía perfectamente quiénes eran esos hombres: corruptos hasta la médula, traficantes de muerte. Y ella no iba a manchar su nombre por dinero. No. Ella era la leona del foro, la humanista que defendía causas justas… aunque su cuerpo siguiera siendo el blanco de miradas lascivas cada vez que caminaba hacia el estrado.
El tiempo pasó. Dos meses, quizás tres. Los escándalos sobre su cuerpo ya eran solo un mal recuerdo. Deni seguía ganando casos importantes, su agenda estaba llena, y Mateo, en la universidad, parecía más tranquilo. O eso creía ella.
Pero en la facultad de derecho todo cambió cuando entraron dos nuevos. Se llamaban Raúl y Diego, primos hijos de un capos del cartel del Pacífico que nadie en la escuela sabía todavía. Eran morenos, de piel oscura y rasgos duros, más altos que la mayoría de los estudiantes —Raúl medía casi 1.90 y Diego 1.85—, y tenían 22 y 21 años respectivamente, repitiendo semestre por “problemas familiares”. Entraron con esa actitud de quien ya ha visto el mundo y no le teme a nada. En menos de una semana generaron respeto… o más bien miedo. Primero empezaron con los más débiles: empujones en los pasillos, “préstame tu dinero para el almuerzo” que nunca se devolvía, burlas crueles que terminaban en golpes discretos en los baños. Algunos chicos se quejaron con sus padres. Los padres fueron a la dirección, exigieron expulsiones. Pero nada pasó. Raúl y Diego eran hijos de gente adinerada, muy adinerada. Sus “tíos” —hombres con trajes caros y miradas frías— visitaron a los profesores uno por uno. Sobornos discretos, amenazas veladas, depósitos en cuentas bancarias que nadie podía rastrear. Los maestros cerraron la boca. Las quejas desaparecieron. Los dos morenos se movían por el campus como reyes: altos, musculosos, con tatuajes que asomaban bajo las mangas de sus camisetas, hablando en voz baja de cosas que nadie se atrevía a preguntar.
Mateo, el chico listo pero tonto, el que siempre intentaba caer bien, no los había visto venir.
Aquella tarde de jueves, Mateo salió tarde de la biblioteca. Caminaba por el patio trasero, el que pocos usaban, con su mochila al hombro y la cabeza llena de apuntes de derecho penal. Escuchó voces. Voces bajas, amenazantes. Se asomó sin querer. Raúl y Diego tenían acorralados a tres chicos de primer semestre contra la pared. Uno de ellos ya tenía la cara roja y la cartera en la mano de Raúl.
—Dame todo, pinche flaquito —gruñó Raúl, su voz grave y burlona—. O te parto la madre aquí mismo.
Los chicos entregaban billetes temblando. Mateo, por error, dio un paso en falso. Una piedrita rodó bajo su zapato. Los dos morenos giraron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Qué mierda miras, pendejo? —dijo Diego, sonriendo con dientes blancos que contrastaban con su piel morena.
Mateo sintió que el estómago se le encogía. Eran más altos, más anchos, y lo miraban como si fuera un insecto. Recordó a su madre. Siempre lo había protegido. Siempre. Las veces que lo habían intentado burlar antes, Deni había hecho que los expulsaran en horas. Ella era la abogada poderosa. La que ganaba todo. Él podía ser valiente por una vez.
—Déjenlos en paz —dijo Mateo, intentando que su voz no temblara—. Mi mamá es abogada. Si no los dejan, ella va a hacer que los expulsen de la universidad. Los va a demandar. Ella… ella puede.
Raúl y Diego se miraron y soltaron una carcajada que retumbó en el patio vacío.
—¿Tu mamá? —repitió Raúl, acercándose. Era una cabeza más alto que Mateo—. ¿La abogada tetona esa que sale en internet con el culo al aire? Jajaja, wey, ¿en serio crees que tu mamá nos va a salvar?
Diego se rio más fuerte y le dio un empujón fuerte en el pecho a Mateo, que lo hizo retroceder contra la pared.
—Mira al niño de mamá. “Mi mamá es abogada”. Qué pinche ridículo. ¿Sabes qué? Tu mamá debería venir aquí a defendernos a nosotros. Con esas tetas grandes que tiene, seguro nos saca de cualquier problema… o nos entretiene un rato.
Mateo intentó responder, pero Raúl ya le había quitado la mochila de un tirón. Diego le dio un puñetazo seco en el estómago. El aire se le escapó de los pulmones. Cayó de rodillas. Los dos morenos lo patearon un par de veces más, sin fuerza suficiente para romper nada, pero sí para humillarlo. Le sacaron la cartera, le quitaron todo el dinero que llevaba —casi mil pesos— y le escupieron en la cara.
—Dile a tu mamá que si quiere que nos expulsen, que venga ella misma —se burló Raúl mientras se alejaban riendo—. Y que traiga ese culo grande para que nos convenza mejor.
Mateo se quedó tirado unos minutos, respirando con dificultad. Tenía un moretón grande y oscuro en las costillas, otro en el brazo, y la cara le ardía de la humillación. Pero lo peor era el nudo en la garganta. Se levantó como pudo, se limpió la ropa, se puso la mochila y caminó a casa con la cabeza baja. Cuando llegó, Deni estaba en la cocina preparando la cena, con una camisa ligera de botones que apenas contenía sus enormes pechos naturales, el escote profundo asomando sin querer.
—Mi amor, ¿cómo te fue hoy? —preguntó ella con esa sonrisa amorosa de siempre, acercándose para abrazarlo.
Mateo se apartó un poco, disimulando el dolor.
—Bien, mamá… normal —mintió, forzando una sonrisa tonta como siempre hacía—. Todo bien.
Se fue a su cuarto rápido, se quitó la camisa y miró el moretón morado en el espejo. Lo cubrió con una camiseta holgada. No le diría nada. No quería preocuparla. No quería que supiera que ahora, por primera vez, su protección no había servido de nada. Que los hijos de esos mafiosos que ella tanto rechazaba estaban ahí, burlándose de él… y de ella.
Deni, desde la cocina, sintió que algo no estaba bien. Pero sonrió y siguió cocinando, sus tetas grandes balanceándose suavemente bajo la tela mientras cortaba verduras. La noche caía afuera, y la casa seguía siendo ese refugio perfecto.
Pero las sombras ya estaban dentro

Los días pasaron uno tras otro, lentos y pesados como el aire húmedo de la ciudad. Mateo, el chico listo pero tonto que siempre intentaba caer bien, empezó a hundirse poco a poco en las garras de Raúl y Diego. Al principio era solo dinero: cada mañana, en el pasillo trasero de la facultad, los dos morenos altos y musculosos lo esperaban. “Dame lo que traes, niño de mamá”, gruñía Raúl con esa sonrisa fría, mientras Diego le revisaba los bolsillos. Cien, doscientos, quinientos pesos. Lo que fuera. Mateo entregaba todo con las manos temblando, recordando el primer golpe en las costillas que aún le dolía al respirar profundo.
Pero pronto no fue suficiente. Los bullies se enteraron rápido de que Mateo era de los más listos de su generación: sacaba dieces en casi todo, hacía tareas impecables y hasta ayudaba a otros con apuntes. Una tarde, después de quitarle el dinero del almuerzo, Raúl le tiró una pila de hojas arrugadas sobre el pecho.
—Haz mis tareas de derecho penal, pendejo. Y las de mi hermano también. Mañana las queremos perfectas o te vamos a dejar la cara como un mapa.
Mateo se opuso la primera vez. “No soy su esclavo”, murmuró, tratando de sonar valiente como cuando defendía a su madre en su cabeza. Pero Raúl solo se rio y le dio un puñetazo seco en el estómago que lo dobló en dos. Diego le pateó la espalda mientras caía. Volvió a casa esa noche con un moretón enorme en las costillas, oculto bajo una sudadera holgada. Deni estaba en la cocina, con su camisa blanca de botones abotonada hasta el cuello —aunque sus enormes tetas naturales y firmes seguían presionando la tela, marcando dos bultos imposibles de ignorar— y le preguntó con esa voz amorosa de siempre:
—¿Todo bien en la uni, mi amor?
—Todo perfecto, mamá —respondió Mateo con una sonrisa tonta, la misma que usaba para no preocuparla. Se fue a su cuarto y se curó el golpe en silencio, mordiéndose el labio para no llorar.
Deni seguía trabajando como siempre. Casos mínimos ahora: un empresario pequeño acusado de evasión fiscal, una empresa familiar en un litigio por una herencia. Nada que llenara los titulares, pero suficiente para mantener el despacho en marcha. En el juzgado, aunque los escándalos de las fotos editadas habían disminuido, ella notaba las miradas. Sus compañeros abogados —hombres de mediana edad, algunos jueces— no podían disimular del todo. Cuando caminaba por los pasillos con su traje decente, falda de tubo gris que marcaba su culo grande y redondo balanceándose con cada paso, o cuando se inclinaba sobre la mesa para tomar notas y sus pechos pesados se apretaban contra la camisa abotonada, los ojos se desviaban un segundo de más. Deni fingía no darse cuenta. Vestía lo más decente posible: nada de escotes, botones hasta arriba, chaquetas que intentaban disimular. Pero su cuerpo la traicionaba siempre. “Son solo miradas”, se decía a sí misma, apretando los dientes. “Yo gano casos con la cabeza, no con esto”.
Mientras tanto, Mateo caía más y más profundo. Los bullies ya no solo le quitaban dinero y le obligaban a hacer tareas. Ahora eran cosas humillantes. “Límpianos los zapatos con tu camisa, niño de la abogada tetona”, le ordenaba Diego en el baño, y Mateo lo hacía arrodillado, con la cara roja de vergüenza. Raúl siempre metía a Deni en la conversación, como si disfrutara clavando el cuchillo:
—Tu mamá es una hipócrita, wey. Rechaza a los narcos como nosotros pero seguro que en la playa enseña ese culo grande para que la miren. Apuesto a que le gusta que la vean como puta. ¿Verdad que sí? Dile que venga a defendernos… o mejor, que venga a entretenernos con esas tetas operadas que tiene.
Mateo se mordía la lengua hasta sangrar. A veces intentaba encararlos otra vez: “Mi mamá los va a destruir si se enteran”. Pero terminaba recibiendo golpes: un puñetazo en el brazo, una patada en la pierna. Moretones que ocultaba con camisetas largas y excusas tontas. “Me choqué con la puerta del clóset”, le decía a Deni cuando ella notaba que caminaba raro. Ella fruncía el ceño, preocupada —su instinto de madre sobreprotectora le gritaba que algo pasaba—, pero Mateo sonreía con esa cara de niño bueno y le decía:
—Todo está bien, mamá. De verdad. Solo estoy cansado de la uni.
Una tarde, la humillación llegó a un nuevo nivel. Raúl y Diego lo tenían acorralado detrás del gimnasio de la facultad. Ya le habían quitado el dinero del mes y lo habían obligado a copiarles tres ensayos completos. Entonces Raúl sacó su teléfono y le mostró una foto vieja de Deni en bikini —una de las editadas que aún circulaban en grupos privados—.
—Mira qué cuerpo tiene tu vieja, pinche puto. Esas tetas son enormes. ¿De qué tamaño crees que sean? Queremos saber exactamente. Trae un sostén de ella mañana. El que uses para que veamos la etiqueta. Si no, le vamos a contar a toda la escuela que tu mamá es la abogada que usa su culo para ganar casos.
Mateo sintió que el mundo se le caía. “No… no puedo hacer eso”, murmuró, la voz quebrada. Pero Diego le dio un golpe en la nuca que lo hizo tambalear.
—O lo traes o mañana te vamos a dejar tirado en el piso y le mandamos las fotos a tu mamá. ¿Quieres que ella sepa que su hijito es un maricón que no sabe defenderse? Roba el sostén, pendejo. Solo para burlarnos de lo grande que es la puta de tu madre.
Mateo aceptó con lágrimas en los ojos. Esa noche, mientras Deni dormía en su habitación después de un día largo en el juzgado, él se deslizó como un ladrón en la casa que siempre había sido su refugio. Abrió el cajón de la ropa interior de su madre con manos temblorosas. Ahí estaban: sostenes negros, blancos, de encaje… todos de tallas imposibles, 38DDD, etiquetas que confirmaban lo que todo el mundo murmuraba. Tomó uno negro, el más grande, y lo escondió en su mochila. Al día siguiente se lo entregó a los bullies con la cara ardiendo de humillación.
Raúl y Diego lo abrieron ahí mismo, riéndose a carcajadas.
—¡Jajaja, mira esto! 38DDD… ¡qué tetas de vaca tiene tu mamá! Seguro que ni le cierran los botones de las camisas. ¿Cómo hace para caminar con esas dos bolas naturales? Apuesto a que las usa para distraer a los jueces. Eres el hijo de una abogada que enseña el culo en la playa y ahora nos trae su sostén para que nos riamos. Qué pinche patético.
Lo obligaron a verlo mientras lo olían y lo tiraban al piso como un trapo sucio. Mateo se quedó callado, con el estómago revuelto. Esa noche volvió a casa con un moretón nuevo en el hombro que ocultó bajo la chamarra. Deni lo recibió con un abrazo fuerte —sus enormes pechos naturales presionándose contra él como siempre—, y le preguntó otra vez:
—Hijo, te noto raro últimamente. ¿Seguro que todo está bien en la universidad?
Mateo tragó saliva, forzó esa sonrisa tonta de siempre y respondió:
—Claro, mamá. Todo está perfecto. Solo… mucho estudio. No te preocupes por mí.
Deni lo miró un segundo más, con ese instinto maternal que nunca fallaba. Notaba los cambios: la forma en que evitaba mirarla a los ojos, cómo se cambiaba de ropa rápido en su cuarto, cómo parecía más callado durante la cena. Pero él disimulaba tan bien, con esa mezcla de inteligencia y torpeza, que ella terminaba convenciéndose de que eran imaginaciones suyas. “Mi niño está creciendo”, pensaba, mientras se abotonaba la camisa para el siguiente día en el juzgado, sin saber que el sostén que faltaba en su cajón estaba siendo usado para burlarse de ella en los pasillos de la facultad.
Y Mateo, solo en su cuarto, con el moretón ardiendo y la humillación quemándole la garganta, se juraba que no le diría nada. No quería un nuevo escándalo. No quería que su madre, la abogada estricta y respetada, terminara envuelta en otra ola de mierda por su culpa.
Pero las garras de Raúl y Diego se cerraban cada día más fuerte.

(dejen algun comentario me ayuda a seguir o a corregir lo malo)… gracias

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