
Después de aquel día, cuando logré ver a mi profesora Valentina, a traves de una rendija de la puerta del baño, masturbándose. Y aunque nunca pude comprobarlo, si podría apostar a que ella se dio cuenta queyo la había espiado. Esto lo confirmaba porque la tensión entre nosotros creció con cada día que pasaba. En clase, Valentina parecía evitar mi mirada constantemente, y cuando nuestros ojos se encontraban por accidente,rápidamente apartaba la suya con una expresión que no podía descifrar.
Una tarde de viernes, cuando casi todos se habían ido, me quedé "ayudándola" como había hecho antes. Esta vez, sin embargo, la atmósfera era diferente. Más densa, cargada de una electricidad incómoda.
"Miguel", dijo mientras acercaba una silla pero manteniendo una distancia prudente. "Necesitamos hablar". Su voz era temblorosa, y noté cómo una de sus manos jugaba nerviosamente con la tela de su blusa.

"¿De qué, profe?", pregunté, aunque ya tenía una idea de lo que venía."De lo que... de lo que pasó el otro día", susurró, sin mirarme a los ojos. "En el baño. Sé que estabas ahí, Miguel. Sé que me viste". Mi corazón se detuvo por un instante. No esperaba que fuera tan directa.
"Profesora, yo...", comencé a decir, sin saber qué excusa inventar. "No tienes que negarlo", interrumpió, y finalmente levantó la vista hacia mí. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de vergüenza y preocupación. "Lo que viste... no fue lo que parece. Bueno, sí lo fue, pero necesito que entiendas". Se levantó y comenzó a caminar por la pequeña oficina, como si no pudiera mantenerse quieta.
"Mi marido... él ya no me ve. De hecho no me ha visto en años. Vivimos juntos, pero estamos en mundos diferentes. No hay ternura, no hay deseo, no hay... tú sabes a que me refiero, no hay nada". Sus palabras salían en un torrente, como si llevara mucho tiempo guardándolas. "Siento que soy invisible para él. Y entonces... entonces llegaron ustedes. Con sus miradas, sus comentarios... y por primera vez en mucho tiempo, me sentí vista. Deseada. Si, si, es una excusa, lo sé, soy una adulta y debería saber manejarlo, pero..."Se detuvo frente a la ventana, con la espalda hacia mí, y supe que estaba llorando silenciosamente.
"No tengo que disculparme contigo, pero siento que debo hacerlo. Eres mi alumno. Lo que hice fue inapropiado, y si quieres reportarme, lo entenderé". La vi allí, vulnerable, confesándome su soledad y su frustración. Y en lugar de sentir compasión, sentí un oleaje de poder. Una oportunidad.
Me levanté y me acerqué a ella, colocándome justo detrás desu espalda. No la toqué, pero si le hice saber que estaba ahí.
"No voy a decir nada, Valentina", dije, usando su nombre de pila por primera vez. Se estremeció ligeramente al escucharlo. "Entiendo perfectamente lo que sientes. Ser ignorada... es terrible". Mi voz era baja, seductora. Me acerqué un poco más, dejando que mi cuerpo casi rozara el suyo.
"Pero yo te veo", susurré cerca de su oreja. "Te veo todos los días. Veo cómo te mueves, cómo sonríes, cómo tus pechos se marcan bajo tus blusas. Veo tus hermosas piernas, veo todo". Mi verga se había endurecido con la fuerza de un trueno, y deliberadamente me ajusté el pantalón para que la erección fuera evidente contra su trasero.
"Miguel...", comenzó a decir, girándose sorprendida. Sus ojos se encontraron con los míos, y luego bajaron hasta mi entrepierna, donde mi erección era imposible de ocultar. Su respiración se agitó, y vi cómo tragaba con dificultad.
"Te veo, te deseo y me acaricio pensando en ti", continué, acercando mi mano hasta que casi tocara su cadera. "Y no soy como tu marido. Para mi es imposible ignorarte". Sus ojos se abrieron más, pero esta vez no eran de enojo. Eran de conflicto, de deseo.
"Esto está mal", susurró, aunque no se movió. "Eres mi alumno"."Soy un hombre que te desea", corregí, acercando mi rostro al suyo. "Y tú eres una mujer que desea ser deseada. No hay nada de malo en eso".Mi mano finalmente encontró su cadera, y como no me rechazó,me atreví a deslizarla hasta su cintura, tirándola suavemente hacia mí.Entonces, intenté besarla.
Pero ella giró la cabeza a un lado, evitando mis labios.
"No, Miguel, por favor", susurró, dándose vuelta y dándome la espalda, pero sin alejar su cuerpo del mío. "No podemos hacer esto". Su negativa era débil, y su cuerpo delataba una excitación innegable. Le aparté el pelo de su cuello y le susurré al oído:
"Siente lo que me haces, Valentina. Siente esto". Con un movimiento rápido, abrí mi pantalón y saqué mi verga, completamente erecta y palpitante. Se la apoyé contra su trasero, literalmente entre sus nalgas a través de la delgada tela de su falda.
Ella soltó un gemido ahogado, una mezcla de shock y deseo puro. Su cuerpo tembló visiblemente.
"Miguel, no... por favor, no sigas", suplicó, aunque sus caderas hicieron un movimiento hacia atrás, aumentando el contacto con mi verga erecta. "Esto es un error. Soy tu profesora"." Y yo soy el hombre que te ve como realmente eres", respondí, deslizando mi mano por su cintura hasta el frente de su falda. "Una mujer que necesita ser tocada, deseada... tomada"."¡Basta!", dijo con más fuerza, y finalmente logró separarse de mí, apartándose con dificultad. "Tienes que irte, Miguel. Ahora mismo". Su pecho subía y bajaba agitadamente, y sus mejillas estaban ardientes. Me miró con una mezcla de lujuria y pánico.
"Por favor, vete", repitió, esta vez con lágrimas en los ojos. Me arreglé lentamente la ropa, sin dejar de mirarla. Sabía que la tenía al borde del colapso, que su cuerpo gritaba por lo que su mente intentaba rechazar.
"Como quieras, Valentina", dije con una calma que no sentía. "Pero esto no es malo. Lo sabemos ambos". Salí de su oficina y cerré la puerta suavemente detrás de mí. Pero en lugar de irme, me quedé afuera, pegado a la puerta. Escuché cómo corría el pestillo, el sonido metálico de la cerradura.
Y entonces la escuché.

Primero fue un gemido largo, ahogado. Luego el sonido rasposo de su propia respiración. A través de la madera, podía imaginarla perfectamente: recostada en la silla de su escritorio, con la falda subida hasta sus caderas, sus dedos corriendo desesperadamente entre sus piernas.
"Maldito sea...", susurró ella, su voz cargada de frustración y deseo. "Maldito chico..."Escuché cómo su respiración se aceleraba, cómo sus gemidos se volvían más frecuentes, más urgentes. El sonido de sus dedos moviéndose rápidamente, el golpeteo rítmico de su mano contra su cuerpo.
Me quedé allí, inmóvil, escuchándola alcanzar el clímax. Su grito final fue amortiguado por la puerta, pero lo sentí como si hubiera estado en la misma habitación.
Cuando el silencio volvió a su oficina, me alejé lentamente, con una sonrisa de triunfo. Sabía que la próxima vez, ninguna cerradura me detendría.
0 comentarios - Descubro a la Profesora Valentina (Parte 2)