El frío del suelo del baño se me clavó en las rodillas mientras el corazón me martilleaba en la garganta. La luz del pasillo cortaba la penumbra como una navaja, y la figura de Santiago en el umbral parecía la de un verdugo. No había rastro de la furia que yo esperaba; su rostro era una máscara de calma gélida que me resultaba mil veces más aterradora.
Valeria: *(Con la voz quebrada, intentando cubrirme con mis manos temblorosas)* Santiago... yo... yo no... yo no quería...
Santiago: *(Dando un paso hacia adelante, con una sonrisa ladeada y cruel)* ¿No querías qué, preciosa? ¿No querías que Mateo te reventara el culo mientras yo te miraba? ¿O no querías que te sintieras la mujer más audaz del mundo creyendo que nos estabas engañando?
Me quedé sin aliento. Las palabras me golpearon como bofetadas físicas.
Santiago: *(Acercándose y tomándome de la barbilla con una fuerza que me obligó a mirarlo a los ojos)* ¿De verdad pensaste que eras tan lista? ¿Que no me daba cuenta de cómo te movías cuando pasaba frente a mis hermanos ? ¿Yo te escondía la ropa interior para que terminaras caminando así por la casa, buscando que te pusieran una mano encima?
Valeria: *(Con lágrimas de pura impotencia y confusión)* ¿Tú... tú lo sabías? ¿Todo este tiempo?
Santiago: *(Soltando una risa seca y oscura)* Todo este tiempo. Les di permiso a mis hermanos, Valeria. Les dije que estabas lista para ser entrenada. Que necesitabas saber lo que era ser una mujer de verdad en esta casa.
El mundo se detuvo. La sensación de haber sido la estratega de mi propia caída me revolvió el estómago, pero en el fondo de mi vientre, una chispa de una perversión asquerosa empezó a arder. La humillación era tan grande que se transformaba en un deseo sucio y violento.
Santiago no esperó mis respuestas. Me agarró del brazo y me arrastró fuera del baño, llevándome hacia la habitación principal con una urgencia que no era de amor, sino de reclamo. Me arrojó sobre la cama y se despojó de su ropa con una ferocidad animal.
Santiago: *(Montándome y separándome las piernas de un tirón brutal)* ¡Dime de quién eres, Valeria! ¡Dímelo ahora mismo!

Valeria: *(Sollozando mientras sentía su verga caliente y dura presionando mi entrada)* ¡De los cuatro!... ¡Soy de los cuatro!... ¡Por favor!... ¡Mmmmmh!
Santiago: *(Me propinó un golpe seco en la nalga que me hizo saltar y soltar un grito ahogado)* ¡Mierda, no seas estúpida! ¡No eres "de los cuatro"! ¡No te equivoques con tu lugar! ¡Tú eres MI novia, la mujer que todos ven por fuera, pero aquí adentro... aquí adentro eres la puta de esta casa! ¡Y te encanta que te lo diga así!
Me penetró de un estocada violenta, sin preámbulos, sin ternura. El dolor inicial fue tan agudo que mis ojos se llenaron de lágrimas, pero el placer que siguió fue una explosión de depravación. Me coge con una saña que nunca antes había experimentado, recordándome en cada embestida que yo no tenía el control.
Santiago: *(Jadeando contra mi oído mientras me sacudía por la cintura)* ¿Te gusta ser una perra así de fácil, verdad? ¿Te excita que mis hermanos te cachen mientras yo te tengo aquí? ¡Dilo! ¡Dime que te gusta que te usen como una puta!


Valeria: *(Perdiendo la razón, con la cabeza echada hacia atrás y el cuerpo convulsionando por el placer de la humillación)* ¡Sí!... ¡Sí, Santiago!... ¡Me encanta!... ¡Soy tu puta!... ¡Soy la puta de esta casa!... ¡Mmmmmh!... ¡Rómpeme!... ¡Hazme tuya y de ellos!...

El orgasmo me golpeó como un tren, un estallido de sensaciones que me dejó vacía y temblorosa. Santiago terminó también, dejándome exhausta y con la mente en blanco.
Minutos después, cuando el silencio volvió a reinar, Santiago se sentó en el borde de la cama y me llamó con un gesto imperioso. Mateo entró en la habitación poco después, con la mirada tranquila pero cargada de posesión.
Santiago: *(Mirándome mientras yo intentaba recomponerme en las sábanas)* Escucha bien, Valeria. Las reglas han cambiado. Vas a seguir siendo mi novia. Vas a seguir saliendo conmigo y fingiendo que todo es normal ante el mundo. Pero en esta casa, las reglas son mías.
Mateo: *(Sentándose al otro lado de la cama, pasando una mano por mi pierna desnuda)* Vas a ser nuestra, Valeria. Los cuatro te vamos a usar cuando el hambre nos pegue.
Santiago: *(Con una voz gélida y calculadora, mirando a Mateo)* Y para que esto sea un sistema perfecto, cada uno de nosotros va a aportar un sueldo. Un fondo común para mantener este estilo de vida, para que nunca te falte nada mientras cumples con tu función de mujer y de juguete. Estás bajo nuestro control ahora. ¿Entendido?
Me quedé allí, mirando el techo, sintiendo el peso de su mirada y la marca de su posesión en mi piel. La mujer empoderada que creía ser había muerto en esa cocina. En su lugar, una criatura sumisa y devota había nacido.
Valeria: *(En un susurro que sellaba mi destino)* Entendido... mi amo.
Valeria: *(Con la voz quebrada, intentando cubrirme con mis manos temblorosas)* Santiago... yo... yo no... yo no quería...
Santiago: *(Dando un paso hacia adelante, con una sonrisa ladeada y cruel)* ¿No querías qué, preciosa? ¿No querías que Mateo te reventara el culo mientras yo te miraba? ¿O no querías que te sintieras la mujer más audaz del mundo creyendo que nos estabas engañando?
Me quedé sin aliento. Las palabras me golpearon como bofetadas físicas.
Santiago: *(Acercándose y tomándome de la barbilla con una fuerza que me obligó a mirarlo a los ojos)* ¿De verdad pensaste que eras tan lista? ¿Que no me daba cuenta de cómo te movías cuando pasaba frente a mis hermanos ? ¿Yo te escondía la ropa interior para que terminaras caminando así por la casa, buscando que te pusieran una mano encima?
Valeria: *(Con lágrimas de pura impotencia y confusión)* ¿Tú... tú lo sabías? ¿Todo este tiempo?
Santiago: *(Soltando una risa seca y oscura)* Todo este tiempo. Les di permiso a mis hermanos, Valeria. Les dije que estabas lista para ser entrenada. Que necesitabas saber lo que era ser una mujer de verdad en esta casa.
El mundo se detuvo. La sensación de haber sido la estratega de mi propia caída me revolvió el estómago, pero en el fondo de mi vientre, una chispa de una perversión asquerosa empezó a arder. La humillación era tan grande que se transformaba en un deseo sucio y violento.
Santiago no esperó mis respuestas. Me agarró del brazo y me arrastró fuera del baño, llevándome hacia la habitación principal con una urgencia que no era de amor, sino de reclamo. Me arrojó sobre la cama y se despojó de su ropa con una ferocidad animal.
Santiago: *(Montándome y separándome las piernas de un tirón brutal)* ¡Dime de quién eres, Valeria! ¡Dímelo ahora mismo!

Valeria: *(Sollozando mientras sentía su verga caliente y dura presionando mi entrada)* ¡De los cuatro!... ¡Soy de los cuatro!... ¡Por favor!... ¡Mmmmmh!
Santiago: *(Me propinó un golpe seco en la nalga que me hizo saltar y soltar un grito ahogado)* ¡Mierda, no seas estúpida! ¡No eres "de los cuatro"! ¡No te equivoques con tu lugar! ¡Tú eres MI novia, la mujer que todos ven por fuera, pero aquí adentro... aquí adentro eres la puta de esta casa! ¡Y te encanta que te lo diga así!
Me penetró de un estocada violenta, sin preámbulos, sin ternura. El dolor inicial fue tan agudo que mis ojos se llenaron de lágrimas, pero el placer que siguió fue una explosión de depravación. Me coge con una saña que nunca antes había experimentado, recordándome en cada embestida que yo no tenía el control.
Santiago: *(Jadeando contra mi oído mientras me sacudía por la cintura)* ¿Te gusta ser una perra así de fácil, verdad? ¿Te excita que mis hermanos te cachen mientras yo te tengo aquí? ¡Dilo! ¡Dime que te gusta que te usen como una puta!


Valeria: *(Perdiendo la razón, con la cabeza echada hacia atrás y el cuerpo convulsionando por el placer de la humillación)* ¡Sí!... ¡Sí, Santiago!... ¡Me encanta!... ¡Soy tu puta!... ¡Soy la puta de esta casa!... ¡Mmmmmh!... ¡Rómpeme!... ¡Hazme tuya y de ellos!...

El orgasmo me golpeó como un tren, un estallido de sensaciones que me dejó vacía y temblorosa. Santiago terminó también, dejándome exhausta y con la mente en blanco.
Minutos después, cuando el silencio volvió a reinar, Santiago se sentó en el borde de la cama y me llamó con un gesto imperioso. Mateo entró en la habitación poco después, con la mirada tranquila pero cargada de posesión.
Santiago: *(Mirándome mientras yo intentaba recomponerme en las sábanas)* Escucha bien, Valeria. Las reglas han cambiado. Vas a seguir siendo mi novia. Vas a seguir saliendo conmigo y fingiendo que todo es normal ante el mundo. Pero en esta casa, las reglas son mías.
Mateo: *(Sentándose al otro lado de la cama, pasando una mano por mi pierna desnuda)* Vas a ser nuestra, Valeria. Los cuatro te vamos a usar cuando el hambre nos pegue.
Santiago: *(Con una voz gélida y calculadora, mirando a Mateo)* Y para que esto sea un sistema perfecto, cada uno de nosotros va a aportar un sueldo. Un fondo común para mantener este estilo de vida, para que nunca te falte nada mientras cumples con tu función de mujer y de juguete. Estás bajo nuestro control ahora. ¿Entendido?
Me quedé allí, mirando el techo, sintiendo el peso de su mirada y la marca de su posesión en mi piel. La mujer empoderada que creía ser había muerto en esa cocina. En su lugar, una criatura sumisa y devota había nacido.
Valeria: *(En un susurro que sellaba mi destino)* Entendido... mi amo.
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