El aire en la casa era una mezcla asfixiante de deseo y peligro. Santiago y Mateo habían llegado hacía apenas media hora, y la tensión era tan densa que sentía que podía cortarla con un cuchillo. Yo estaba en la sala, tal como lo había planeado: solo en mi tanga de encaje negro, con la piel expuesta y los pezones erectos por la anticipación de verlos. Me sentía una reina, una mujer que estaba moviendo los hilos de todos esos hombres sin que ellos lo supieran.
Santiago se acercó a mí en cuanto cruzó el umbral. Sus manos, posesivas y rudas, se cerraron sobre mis nalgas frente a Mateo.
Santiago: *(Apretando mis glúteos con fuerza mientras me pega a su cuerpo frente a su hermano)* Mierda, Valeria... Estás preciosa así. Tan expuesta.

Valeria: *(Mirando de reojo a Mateo, con una sonrisa provocadora y la respiración agitada)* Es que quería que supieras lo que te pierdes cuando no estás aquí conmigo, mi amor.
Sentí la mirada de Mateo clavada en mi coño. Era una mirada oscura, pesada, que parecía desnudarme y profanarme al mismo tiempo. Mi corazón latía con una fuerza salvaje. Me encantaba la idea: Santiago creía que me estaba reclamando como su propiedad frente a su hermano, pero yo pensaba que Mateo estaba ardiendo de celos por mi descaro. Qué estúpida era.
Santiago se giró hacia los hermanos con una naturalidad que me desconcertó.
Santiago: *(Mirando a Lucas y Camilo)* Escuchen, muchachos. Mañana tengo que hacer unas cosas en la ciudad y no quiero distracciones. Vayan preparándose para irse a la mina mañana temprano; quédense allá unos días si quieren, pero yo y Mateo nos quedamos aquí en la casa para descansar. Necesito tranquilidad.
Lucas y Camilo asintieron, lanzándome una última mirada que yo interpreté como complicidad. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el silencio que quedó en la casa fue absoluto y terrorífico.
Santiago: *(Bostezando mientras se afloja el cinturón)* Estoy muerto, preciosa. Me voy a tumbar un rato. Mateo se queda aquí conmigo un momento, ¿vale? No quiero ruidos.
Valeria: *(Con la voz un poco temblorosa por la excitación contenida)* Claro, cariño... descansa.
Vi a Santiago subir las escaleras. En cuanto sus pasos se perdieron en el piso de arriba, la atmósfera cambió por completo. Mateo se desabrochó los botones de la camisa y se acercó a mí en la cocina. Ya no era el hermano observador; era un depredador que había estado esperando su turno.
Mateo: *(Con voz ronca y peligrosamente baja)* Te has portado muy bien con mis hermanos estos días, ¿verdad, Valeria? Te han dejado muy... abierta.

Valeria: *(Tragando saliva, intentando mantener mi fachada de mujer empoderada mientras mi coño goteaba)* No sé de qué hablas, Mateo. Solo soy una mujer que sabe lo que quiere.
Mateo: *(Acercándose tanto que su aliento caliente me golpeó la cara)* Sé exactamente lo que quieres. Quieres jugar a ser la puta audaz, pero lo único que quieres es que te domine.
Sin más preámbulos, me tomó del pelo y me empujó contra la encimera de la cocina. El frío del granito contra mi piel caliente me hizo soltar un gemido que ahogué de inmediato con mi propia mano.
Valeria: *(Pensando: ¡Dios mío, sí! ¡Esto es lo que quería! ¡Lo tengo donde quiero!)* ¡Mmmh!... ¡Hazme lo que quieras, Mateo!... ¡Mmmmmmm!
Mateo no perdió el tiempo. Me abrió las piernas de par en par y se desabrochó los jeans. Su verga, gruesa y palpitante, golpeó mi entrada antes de entrar de un solo estocada violenta.

Val Valeria: *(Ahogando un grito en mi propia palma mientras mis ojos se ponían en blanco por el dolor y el placer)* ¡Aaaah!... ¡Mierda!... ¡Sí!... ¡Entra todo!... ¡Rómpeme aquí mismo!... ¡Mmmmmmm!
Me culeó con una brutalidad animal en la cocina. Tenía que morder mi mano para no gritar y despertar a Santiago. Cada vez que su pelvis golpeaba mi coño, sentía que el mundo se desvanecía. Me sentía tan poderosa, creyendo que estaba cometiendo el pecado más grande mientras mi novio dormía a pocos metros.
Después de la cocina, Mateo me arrastró al baño. Me puso de rodillas en el suelo frío y me obligó a abrirme.

Mateo: *(Sujetándome la cabeza con fuerza)* Muéstrame qué tan puta puedes ser cuando crees que nadie te ve. Lámeme el culo, Valeria. Quiero sentir tu lengua ahí.

Valeria: *(Gimiendo contra su piel mientras mi lengua trabajaba con desesperación en su ano)* ¡Mmmmm!... ¡Sí!... ¡Soy tu perra!... ¡Mmmmmmm!

Me fascinaba la humillación. Me encantaba la sensación de suciedad y el riesgo asfixiante de que Santiago bajara en cualquier momento. Me sentía la dueña del mundo, la mujer más audaz y corrupta que jamás hubiera existido.
Pero entonces, el corazón se me detuvo.
La luz del pasillo se encendió de golpe. Escuché unos pasos lentos y calmados que se detenían justo en el umbral de la puerta del baño. Me quedé paralizada, con la boca abierta y el cuerpo temblando de terror. El sudor se me heló en la piel.
Santiago: *(Con una voz extrañamente tranquila y una sonrisa gélida que me heló la sangre)* Veo que ya terminaste con Mateo, cariño. ¿Te gusta cómo te trata?
Me quedé sin aire. Mis ojos se encontraron con los de Santiago. No estaba enojado. No estaba sorprendido. Estaba... esperando.
Santiago se acercó a mí en cuanto cruzó el umbral. Sus manos, posesivas y rudas, se cerraron sobre mis nalgas frente a Mateo.
Santiago: *(Apretando mis glúteos con fuerza mientras me pega a su cuerpo frente a su hermano)* Mierda, Valeria... Estás preciosa así. Tan expuesta.

Valeria: *(Mirando de reojo a Mateo, con una sonrisa provocadora y la respiración agitada)* Es que quería que supieras lo que te pierdes cuando no estás aquí conmigo, mi amor.
Sentí la mirada de Mateo clavada en mi coño. Era una mirada oscura, pesada, que parecía desnudarme y profanarme al mismo tiempo. Mi corazón latía con una fuerza salvaje. Me encantaba la idea: Santiago creía que me estaba reclamando como su propiedad frente a su hermano, pero yo pensaba que Mateo estaba ardiendo de celos por mi descaro. Qué estúpida era.
Santiago se giró hacia los hermanos con una naturalidad que me desconcertó.
Santiago: *(Mirando a Lucas y Camilo)* Escuchen, muchachos. Mañana tengo que hacer unas cosas en la ciudad y no quiero distracciones. Vayan preparándose para irse a la mina mañana temprano; quédense allá unos días si quieren, pero yo y Mateo nos quedamos aquí en la casa para descansar. Necesito tranquilidad.
Lucas y Camilo asintieron, lanzándome una última mirada que yo interpreté como complicidad. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el silencio que quedó en la casa fue absoluto y terrorífico.
Santiago: *(Bostezando mientras se afloja el cinturón)* Estoy muerto, preciosa. Me voy a tumbar un rato. Mateo se queda aquí conmigo un momento, ¿vale? No quiero ruidos.
Valeria: *(Con la voz un poco temblorosa por la excitación contenida)* Claro, cariño... descansa.
Vi a Santiago subir las escaleras. En cuanto sus pasos se perdieron en el piso de arriba, la atmósfera cambió por completo. Mateo se desabrochó los botones de la camisa y se acercó a mí en la cocina. Ya no era el hermano observador; era un depredador que había estado esperando su turno.
Mateo: *(Con voz ronca y peligrosamente baja)* Te has portado muy bien con mis hermanos estos días, ¿verdad, Valeria? Te han dejado muy... abierta.

Valeria: *(Tragando saliva, intentando mantener mi fachada de mujer empoderada mientras mi coño goteaba)* No sé de qué hablas, Mateo. Solo soy una mujer que sabe lo que quiere.
Mateo: *(Acercándose tanto que su aliento caliente me golpeó la cara)* Sé exactamente lo que quieres. Quieres jugar a ser la puta audaz, pero lo único que quieres es que te domine.
Sin más preámbulos, me tomó del pelo y me empujó contra la encimera de la cocina. El frío del granito contra mi piel caliente me hizo soltar un gemido que ahogué de inmediato con mi propia mano.
Valeria: *(Pensando: ¡Dios mío, sí! ¡Esto es lo que quería! ¡Lo tengo donde quiero!)* ¡Mmmh!... ¡Hazme lo que quieras, Mateo!... ¡Mmmmmmm!
Mateo no perdió el tiempo. Me abrió las piernas de par en par y se desabrochó los jeans. Su verga, gruesa y palpitante, golpeó mi entrada antes de entrar de un solo estocada violenta.

Val Valeria: *(Ahogando un grito en mi propia palma mientras mis ojos se ponían en blanco por el dolor y el placer)* ¡Aaaah!... ¡Mierda!... ¡Sí!... ¡Entra todo!... ¡Rómpeme aquí mismo!... ¡Mmmmmmm!
Me culeó con una brutalidad animal en la cocina. Tenía que morder mi mano para no gritar y despertar a Santiago. Cada vez que su pelvis golpeaba mi coño, sentía que el mundo se desvanecía. Me sentía tan poderosa, creyendo que estaba cometiendo el pecado más grande mientras mi novio dormía a pocos metros.
Después de la cocina, Mateo me arrastró al baño. Me puso de rodillas en el suelo frío y me obligó a abrirme.

Mateo: *(Sujetándome la cabeza con fuerza)* Muéstrame qué tan puta puedes ser cuando crees que nadie te ve. Lámeme el culo, Valeria. Quiero sentir tu lengua ahí.

Valeria: *(Gimiendo contra su piel mientras mi lengua trabajaba con desesperación en su ano)* ¡Mmmmm!... ¡Sí!... ¡Soy tu perra!... ¡Mmmmmmm!

Me fascinaba la humillación. Me encantaba la sensación de suciedad y el riesgo asfixiante de que Santiago bajara en cualquier momento. Me sentía la dueña del mundo, la mujer más audaz y corrupta que jamás hubiera existido.
Pero entonces, el corazón se me detuvo.
La luz del pasillo se encendió de golpe. Escuché unos pasos lentos y calmados que se detenían justo en el umbral de la puerta del baño. Me quedé paralizada, con la boca abierta y el cuerpo temblando de terror. El sudor se me heló en la piel.
Santiago: *(Con una voz extrañamente tranquila y una sonrisa gélida que me heló la sangre)* Veo que ya terminaste con Mateo, cariño. ¿Te gusta cómo te trata?
Me quedé sin aire. Mis ojos se encontraron con los de Santiago. No estaba enojado. No estaba sorprendido. Estaba... esperando.
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