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Encuentro a mi madre bañandose

La casa estaba en silencio esa tarde calurosa de verano. Alex, de 20 años, acababa de llegar del gimnasio, sudoroso y con la camiseta pegada al cuerpo. Su madre, Laura, de 42 años, vivía sola desde su divorcio hacía tres años. Era una mujer imponente: cabello negro largo con flequillo, cuerpo curvilíneo y lleno de tatuajes coloridos que contaban historias de una juventud salvaje. Dragones, carpas koi, geishas y cráneos adornaban sus brazos, muslos y caderas. Separada y con poca vida sexual desde entonces, Laura se había vuelto más reservada, pero en su adolescencia había sido una auténtica devoradora de hombres, fogosa e insaciable.
Alex subió las escaleras hacia su habitación cuando escuchó el agua de la ducha corriendo en el baño principal. La puerta estaba entreabierta, como siempre en esa casa vieja. Movido por la curiosidad —o quizás por algo más profundo que no quería admitir—, se acercó sigilosamente y miró.
Allí estaba ella. Laura, completamente desnuda bajo el chorro de agua caliente. Su piel húmeda brillaba, los tatuajes parecían cobrar vida con el vapor. Sus pechos grandes y pesados, con pezones oscuros endurecidos por el agua, se movían mientras se enjabonaba. Bajó la vista: su culo redondo y firme, marcado con olas y dragones japoneses, y entre sus piernas, un coño depilado y carnoso que relucía. Alex sintió un calor inmediato en la entrepierna. Su polla, ya semierecta por el calor del gimnasio, se endureció por completo en segundos, presionando dolorosamente contra sus shorts.
No pudo apartar la mirada. Ver a su madre así, tan expuesta, tan mujer, despertó en él un deseo prohibido que llevaba meses reprimiendo. Fantasías que había intentado ignorar ahora lo golpeaban con fuerza.
Laura, ajena al principio, se giró para enjuagarse el cabello. Entonces lo vio. Sus ojos se encontraron a través de la rendija de la puerta. Alex se quedó congelado, con la mano aún en la manija, su erección evidente formando una tienda de campaña en sus shorts.
—Alex… —murmuró ella, pero no gritó ni se cubrió. En cambio, su mirada bajó lentamente hasta el bulto entre las piernas de su hijo. La polla de Alex era grande, gruesa, y el contorno se marcaba claramente. Algo en ella se encendió como un fósforo. Hacía años que no sentía ese fuego. Los recuerdos de su juventud —follando en coches, en fiestas, chupando pollas hasta que le dolía la mandíbula— volvieron de golpe. Su coño se humedeció más que por el agua de la ducha.
—Ven aquí —dijo Laura con voz ronca, apagando la ducha y abriendo la mampara sin vergüenza.
Alex entró, temblando de excitación y miedo. Laura lo miró directamente a los ojos mientras extendía la mano y palpaba su polla por encima de la tela.
—Joder, hijo… estás enorme —susurró, apretando suavemente. Alex gimió. Ella se arrodilló sin decir más, bajó los shorts y liberó la verga gruesa y venosa de su hijo. La punta ya goteaba precum. Laura la miró con hambre, sacó la lengua y lamió desde los huevos hasta el glande, saboreándolo.
—Mamá… —jadeó Alex.
—Shhh. Hace mucho que no pruebo a un hombre de verdad —respondió ella antes de metérsela entera en la boca. Chupó con ansia, gimiendo alrededor de la polla, sus tetas tatuadas balanceándose mientras movía la cabeza. Alex agarró su cabello negro y empujó suavemente, follando la boca caliente y húmeda de su madre.
Después de varios minutos, Laura se levantó, lo besó con lengua profunda, compartiendo su propio sabor, y lo llevó de la mano hasta su habitación. Se tumbaron en la cama grande. Ella se abrió de piernas, mostrando su coño hinchado y mojado.
—Fóllame, Alex. Quiero sentirte dentro.
Él se posicionó y empujó. Su polla gruesa entró despacio al principio, estirando las paredes calientes y resbaladizas de su madre. Laura arqueó la espalda y gritó de placer.
—¡Sí! Más fuerte… ¡Dios, qué polla tienes!
Alex empezó a embestir con fuerza, sus caderas chocando contra el culo tatuado de ella. Los pechos de Laura rebotaban, sus tatuajes se movían con cada golpe. Él le chupaba los pezones mientras la follaba más profundo, sintiendo cómo su coño lo apretaba como un guante caliente y mojado.
Laura lo giró, se subió encima y cabalgó con furia, moviendo las caderas en círculos y adelante-atrás, sus jugos corriendo por la polla de su hijo. Sus gemidos llenaban la habitación:
—Más… ¡rómpeme el coño! ¡Así, hijo mío!
Alex la agarró de las caderas y la folló desde abajo, golpeando su punto G una y otra vez. Ella se corrió primero, temblando violentamente, su coño contrayéndose alrededor de la verga. Alex no aguantó más y se vació dentro de ella, llenándola de chorros calientes de semen.
Se quedaron abrazados, sudados y jadeando, con la polla aún semierecta dentro de ella.
Laura lo miró a los ojos, acariciándole el pecho, y sonrió con picardía.
—¿Esto fue solo una vez… o quieres que sea nuestro secreto a partir de ahora?
Alex no respondió con palabras. Solo la besó de nuevo, mientras su mano bajaba entre las piernas de su madre, listo para más. El futuro de ambos quedaba abierto, cargado de deseo prohibido y placer infinito.

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