Nos quedamos congelados en el sofá un par de segundos más. Su mano en mi pierna parecía quemarme la piel y la forma en que me miraba la boca me dejó sin aire. Sabía que si nos quedábamos ahí un minuto más, la bomba iba a estallar. Camilo, como si de repente hubiera reaccionado, tragó saliva, retiró la mano despacio y se rascó la nuca visiblemente nervioso.
Camilo: —Bueno... creo que es mejor que nos vayamos a dormir ya.
Yo: —Sí... tienes razón, ya es tarde —dije en un susurro, levantándome del sofá sin quitarle la mirada de encima.
Nos fuimos a nuestros cuartos sin decir nada más, pero la tensión se quedó flotando en el aire. Esa noche casi no pude dormir; la sensación de su mano caliente en mi muslo y las ganas de volver a tenerlo en mi boca me mantuvieron despierta hasta el amanecer.
A la mañana siguiente, la rutina se rompió por completo. Mis papás estaban en la sala terminando de arreglar un par de maletas.
Mamá: —Niños, ya nos vamos. Recuerden que nos sale este viaje de trabajo de última hora y regresamos en cuatro días. Se portan juiciosos, cuidan la casa y se acompañan, ¿entendido?
Yo: —Tranquila, mami, vayan con cuidado.
Camilo: —Sí, frescos, aquí nos arreglamos.
En cuanto el golpe seco de la puerta principal anunció que estabamos solos y escuchamos el motor del carro alejarse, el silencio en la casa se volvió pesado, eléctrico. Cuatro días enteros solos. La única barrera que nos frenaba se había esfumado por completo.
Camilo caminó hacia la cocina a servirse un vaso de agua, pero sus pasos sonaban inquietos. Yo lo seguí despacio y me apoyé contra el marco de la puerta. Llevaba puesto un short aún más corto y una franela suelta sin sostén.
Yo: —Bueno... se fueron.
Camilo se volteó, tomó un sorbo de agua y me miró de arriba abajo. El sonido de su trago al pasar por su garganta fue lo único que se escuchó. La inocencia con la que trataba de actuar se le estaba cayendo a pedazos.
Camilo: —Sí... se fueron. Cuatro días para los dos solos.
Yo: —Y... ¿qué vamos a hacer en cuatro días, Camilo? —le pregunté, dando un par de pasos hacia él, acortando la distancia hasta sentir el calor que salía de su pecho.
Camilo dejó el vaso en la barra con un clac brusco que resonó en la cocina. Su respiración ya estaba agitada.
Camilo: —No me provoques así, que tú no sabes en lo que te estás metiendo. Lo que dijiste anoche... lo de que eres virgen... me dejó la cabeza dando vueltas toda la noche.
Yo: —No te estoy provocando... solo te estoy diciendo la verdad. Nadie me ha enseñado nada, y no quiero seguir con la duda.
Camilo soltó un suspiro pesado, rindiéndose. Me tomó por la cintura con ambas manos y me pegó de golpe a su cuerpo. Un mmmh ahogado se me escapó del pecho al sentir el impacto de su abdomen contra el mío y, abajo, esa dureza impresionante marcándose a través de su tela.
Camilo: —Eres mi hermana... esto es una locura —murmuró.
Yo - es mejor que el primero seas tú mi propio hermano
Su rostro bajó de golpe a mi cuello. El sonido de su respiración caliente rascándome la piel me erizó entera antes de que me diera un beso húmedo y succionara mi piel, haciéndome soltar un gemido agudo.
Yo: —Nadie se va a enterar... estamos solos, Camilo.
Él no aguantó más. Me agarró por los muslos con fuerza y me levantó en vilo. Solté un pequeño chillido de sorpresa cuando me sentó sobre el mármol frío de la barra de la cocina. El contraste del frío en mi trasera y su calor enfrente me volvió loca. Mis piernas se abrieron en automático para envolver su cintura.

Nos besamos con rabia. El chasquido húmedo de nuestras lenguas chocando tapaba el sonido de mi corazón latiendo en mis oídos. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándome con fuerza para pegarme más a su erección. Pensar que este es el mismo hombre que espiaba con la novia... el mismo al que le rogué en silencio que me tocara mientras lo escuchaba al otro lado de la pared, pensé, sintiendo cómo abajo me deshacía en humedad.
Sin romper el beso, bajé las manos al elástico de su pantaloneta y se la deslicé hacia abajo de un tirón. Su miembro saltó hacia afuera, dándome un suave golpe en el vientre. Estaba hirviendo, venoso, completamente erguido. Era la misma carne que le había probado días atrás en la mañana, pero ahora la tenía libre, palpitando frente a mí a plena luz del día.


Camilo: —Dios mío... estás empapada —susurró al pasar sus dedos por la tela de mi cucos, que soltaron un roce húmedo.
Camilo se acomodó entre mis piernas abiertas, yo con mi mano alinie la cabeza de su pene con mi entrada y sora a su cabeza contra mi vagina me miró fijo a los ojos, con el pecho subiendo y bajando bruscamente.

Camilo: —Dime que quieres esto... dime que quieres que sea yo el primero.
Yo: —Hazlo ya, Camilo... tuyo, métemelo todo.
Él empujó despacio. Un chasquido húmedo acompañó la presión inicial. Va a ser él, mi hermano, el que me va a quitar todo, pasó por mi cabeza justo cuando sentí un pellizco de dolor que me sacó un jadeo ahogado. Pero la molestia duró un segundo; inmediatamente, su grosor abrió espacio en mi interior y una ola de placer denso me quemó por dentro al sentirlo penetrarme por completo hasta el tope.
Me agarré de sus hombros desnudos, clavándole las uñas. Él se congeló un instante, soltando un aaaah grave y rasposo directamente en mi oído, maravillado por lo apretada y caliente que me sentía.
Camilo: —Estás apretadísima... Dios, qué delicia.
Empezó a moverse. El sonido de su piel chocando con la mía —un plac, plac constante y rítmico— comenzó a llenar la cocina junto con nuestros jadeos. Es real, lo tengo adentro, me está llenando por completo, me repetía en la mente, cerrando los ojos para concentrarme en la forma en que su miembro me estiraba por dentro a cada embestida

.
Aceleró el ritmo. Sus estocadas se volvieron más profundas y firmes. Cada vez que sus caderas chocaban contra las mías, un gemido involuntario se me escapaba de la garganta. La barra metálica sonaba levemente bajo nosotros por la fuerza del movimiento. Me tomó de la nuca para volver a besarme, tragándose mis gemidos mientras me embestía sin piedad.

La sensación de llenado era tan intensa que sentí un tirón violento en el vientre. Mi cuerpo se tensó por completo, mis paredes vaginales lo abrazaron con fuerza involuntaria y solté un grito ahogado contra su cuello al llegar al clímax. Sentir mi espasmo lo remató: Camilo hundió su cadera al máximo, soltó un gruñido gutural y sentí las pulsaciones de su pene expulsando chorros de calor profundo dentro de mí.
Nos quedamos inmóviles durante largos segundos. Lo único que se escuchaba en la casa era nuestra respiración agitada y el goteo lento del grifo de la cocina. Él mantenía su frente apoyada en mi hombro, con su cuerpo aún unido al mío.
Despacio, Camilo levantó la cabeza y me miró a los ojos, rozando su pulgar por mi mejilla sonrojada mientras se oía el sonido húmedo de su miembro deslizándose un poco hacia afuera.
Camilo: —Ahora sí no hay vuelta atrás... y apenas es el primer día de cuatro.
Camilo: —Bueno... creo que es mejor que nos vayamos a dormir ya.
Yo: —Sí... tienes razón, ya es tarde —dije en un susurro, levantándome del sofá sin quitarle la mirada de encima.
Nos fuimos a nuestros cuartos sin decir nada más, pero la tensión se quedó flotando en el aire. Esa noche casi no pude dormir; la sensación de su mano caliente en mi muslo y las ganas de volver a tenerlo en mi boca me mantuvieron despierta hasta el amanecer.
A la mañana siguiente, la rutina se rompió por completo. Mis papás estaban en la sala terminando de arreglar un par de maletas.
Mamá: —Niños, ya nos vamos. Recuerden que nos sale este viaje de trabajo de última hora y regresamos en cuatro días. Se portan juiciosos, cuidan la casa y se acompañan, ¿entendido?
Yo: —Tranquila, mami, vayan con cuidado.
Camilo: —Sí, frescos, aquí nos arreglamos.
En cuanto el golpe seco de la puerta principal anunció que estabamos solos y escuchamos el motor del carro alejarse, el silencio en la casa se volvió pesado, eléctrico. Cuatro días enteros solos. La única barrera que nos frenaba se había esfumado por completo.
Camilo caminó hacia la cocina a servirse un vaso de agua, pero sus pasos sonaban inquietos. Yo lo seguí despacio y me apoyé contra el marco de la puerta. Llevaba puesto un short aún más corto y una franela suelta sin sostén.
Yo: —Bueno... se fueron.
Camilo se volteó, tomó un sorbo de agua y me miró de arriba abajo. El sonido de su trago al pasar por su garganta fue lo único que se escuchó. La inocencia con la que trataba de actuar se le estaba cayendo a pedazos.
Camilo: —Sí... se fueron. Cuatro días para los dos solos.
Yo: —Y... ¿qué vamos a hacer en cuatro días, Camilo? —le pregunté, dando un par de pasos hacia él, acortando la distancia hasta sentir el calor que salía de su pecho.
Camilo dejó el vaso en la barra con un clac brusco que resonó en la cocina. Su respiración ya estaba agitada.
Camilo: —No me provoques así, que tú no sabes en lo que te estás metiendo. Lo que dijiste anoche... lo de que eres virgen... me dejó la cabeza dando vueltas toda la noche.
Yo: —No te estoy provocando... solo te estoy diciendo la verdad. Nadie me ha enseñado nada, y no quiero seguir con la duda.
Camilo soltó un suspiro pesado, rindiéndose. Me tomó por la cintura con ambas manos y me pegó de golpe a su cuerpo. Un mmmh ahogado se me escapó del pecho al sentir el impacto de su abdomen contra el mío y, abajo, esa dureza impresionante marcándose a través de su tela.
Camilo: —Eres mi hermana... esto es una locura —murmuró.
Yo - es mejor que el primero seas tú mi propio hermano
Su rostro bajó de golpe a mi cuello. El sonido de su respiración caliente rascándome la piel me erizó entera antes de que me diera un beso húmedo y succionara mi piel, haciéndome soltar un gemido agudo.
Yo: —Nadie se va a enterar... estamos solos, Camilo.
Él no aguantó más. Me agarró por los muslos con fuerza y me levantó en vilo. Solté un pequeño chillido de sorpresa cuando me sentó sobre el mármol frío de la barra de la cocina. El contraste del frío en mi trasera y su calor enfrente me volvió loca. Mis piernas se abrieron en automático para envolver su cintura.

Nos besamos con rabia. El chasquido húmedo de nuestras lenguas chocando tapaba el sonido de mi corazón latiendo en mis oídos. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándome con fuerza para pegarme más a su erección. Pensar que este es el mismo hombre que espiaba con la novia... el mismo al que le rogué en silencio que me tocara mientras lo escuchaba al otro lado de la pared, pensé, sintiendo cómo abajo me deshacía en humedad.
Sin romper el beso, bajé las manos al elástico de su pantaloneta y se la deslicé hacia abajo de un tirón. Su miembro saltó hacia afuera, dándome un suave golpe en el vientre. Estaba hirviendo, venoso, completamente erguido. Era la misma carne que le había probado días atrás en la mañana, pero ahora la tenía libre, palpitando frente a mí a plena luz del día.


Camilo: —Dios mío... estás empapada —susurró al pasar sus dedos por la tela de mi cucos, que soltaron un roce húmedo.
Camilo se acomodó entre mis piernas abiertas, yo con mi mano alinie la cabeza de su pene con mi entrada y sora a su cabeza contra mi vagina me miró fijo a los ojos, con el pecho subiendo y bajando bruscamente.

Camilo: —Dime que quieres esto... dime que quieres que sea yo el primero.
Yo: —Hazlo ya, Camilo... tuyo, métemelo todo.
Él empujó despacio. Un chasquido húmedo acompañó la presión inicial. Va a ser él, mi hermano, el que me va a quitar todo, pasó por mi cabeza justo cuando sentí un pellizco de dolor que me sacó un jadeo ahogado. Pero la molestia duró un segundo; inmediatamente, su grosor abrió espacio en mi interior y una ola de placer denso me quemó por dentro al sentirlo penetrarme por completo hasta el tope.
Me agarré de sus hombros desnudos, clavándole las uñas. Él se congeló un instante, soltando un aaaah grave y rasposo directamente en mi oído, maravillado por lo apretada y caliente que me sentía.
Camilo: —Estás apretadísima... Dios, qué delicia.
Empezó a moverse. El sonido de su piel chocando con la mía —un plac, plac constante y rítmico— comenzó a llenar la cocina junto con nuestros jadeos. Es real, lo tengo adentro, me está llenando por completo, me repetía en la mente, cerrando los ojos para concentrarme en la forma en que su miembro me estiraba por dentro a cada embestida

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Aceleró el ritmo. Sus estocadas se volvieron más profundas y firmes. Cada vez que sus caderas chocaban contra las mías, un gemido involuntario se me escapaba de la garganta. La barra metálica sonaba levemente bajo nosotros por la fuerza del movimiento. Me tomó de la nuca para volver a besarme, tragándose mis gemidos mientras me embestía sin piedad.

La sensación de llenado era tan intensa que sentí un tirón violento en el vientre. Mi cuerpo se tensó por completo, mis paredes vaginales lo abrazaron con fuerza involuntaria y solté un grito ahogado contra su cuello al llegar al clímax. Sentir mi espasmo lo remató: Camilo hundió su cadera al máximo, soltó un gruñido gutural y sentí las pulsaciones de su pene expulsando chorros de calor profundo dentro de mí.
Nos quedamos inmóviles durante largos segundos. Lo único que se escuchaba en la casa era nuestra respiración agitada y el goteo lento del grifo de la cocina. Él mantenía su frente apoyada en mi hombro, con su cuerpo aún unido al mío.
Despacio, Camilo levantó la cabeza y me miró a los ojos, rozando su pulgar por mi mejilla sonrojada mientras se oía el sonido húmedo de su miembro deslizándose un poco hacia afuera.
Camilo: —Ahora sí no hay vuelta atrás... y apenas es el primer día de cuatro.
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