El vídeo se detuvo y la pantalla se quedó en negro. Mi polla dolía bajo los dedos de Isabel y estaba tan dura que cada latido era una pequeña puñalada. Mi respiración era un jadeo de animal y mis manos, apoyadas en las sábanas, temblaban sin control.
Había visto a mi mujer suplicar, gemir y ofrecerse como una perra en celo a otro. A un hombre de verdad, metiéndole esa polla enorme mientras la trataba como lo que era, su puta.
Y lo único que sentía era excitación. Y la necesidad de que las manos de Isabel terminasen lo que habían empezado.
Se levantó, sin decir nada, y se fue al baño. La luz se encendió un momento, vi su silueta desnuda, y luego la puerta se cerró. Me quede allí, oyendo el grifo, el agua de la ducha corriendo.
Mientras esperaba, no dejaba de darle vueltas a lo que había visto. A la cara que puso cuando Isabel cuando Adrián la empujó contra la mesa. Esa no era mi mujer. Era otra, más entregada, como si hubiera estado esperando años para eso. Y lo peor es que yo no podía dejar de recordarlo.
Mi polla tampoco era capaz. Seguía ahí, dura, latiendo, esperando. Como si mi cuerpo supiese que Isabel no había terminado conmigo todavía.
El grifo se apagó e Isabel salió, mirándome desde el umbral. Tenía un bote de lubricante en la mano, uno que compramos hacía mucho pero que no habíamos usado. Se acercó a la cama con esa forma suya de caminar, mirándome desde arriba, y se sentó a mi lado de nuevo. Olía a jabón, pero debajo de ese olor había otro. El olor de Adrián. O al menos, así lo sentía yo.
Abrió el bote, pero antes de que el líquido cayera sobre sus manos, se detuvo. Me miró, y por un momento vi algo en sus ojos que no esperaba. Dudas. Como si no estuviera segura de si yo podía con esto. Como si necesitara que le dijera que estaba bien, y que de verdad estaba disfrutando de lo que me había hecho.
Pero entonces bajó la mirada y vio mi polla. No fui capaz de decir nada, y la sonrisa volvió a su cara.
—Quiero que sepas cada detalle —dijo, y su voz era baja, como contando un secreto—. Quiero que lo tengas todo en la cabeza. Cada palabra. Cada gesto. Quiero que cuando cierres los ojos puedas verlo como lo he vivido yo.
Asentí. No podía hablar. No me salían las palabras.
—Llevo días hablando con él —dijo, mientras su mano se posaba de nuevo sobre mi polla, sin apretar, solo rozando—. Hemos intercambiado muchos mensajes. Él me decía lo que quería hacerme, me enviaba fotos, y me recodaba cuando éramos novios. Hasta me he tocado leyendo algunas cosas.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi polla, despacio.
—Cuando me lo crucé en la urbanización, la primera vez, se me disparó el corazón. Creí que lo había superado, que esa época ya había pasado. Pero en cuanto lo vi, supe que no había cambiado. Que solo había estado esperando a que volviese.
Su mano empezó a moverse, lenta, lubricada, con la palma resbalando por mi piel.
—Éramos novios en la universidad, ¿lo sabías? —preguntó—. Él era un año mayor, un tío peligroso, de esos que van a su bola y no se preocupan por nada. Y yo iba detrás de él como una tonta, porque me trataba fatal y a mí me encantaba. Lo dejamos cuando se metió en demasiados líos, pero durante dos años follamos como animales. Él era el único que me ha hecho sentir así, porque la mayoría de hombres no me imponéis el respeto de él.
Yo no sabía que decir, ni que pensar. Solo podía gemir.
—No te lo había contado nunca porque no quería que pensaras que no te quiero. Te quiero, Daniel. Eres un buen marido. Eres bueno conmigo, eres leal, eres estable. Pero esto es distinto. Cuando él me mira, mi cuerpo responde antes de que pueda pensar. Y no puedo controlarlo. Como te está pasando a ti ahora.
Hizo una pausa. Su mano se detuvo un segundo, me sonrió, y luego siguió.
—Cuando llegué a su casa, lo primero que hizo ese cabrón fue sentarse en el sofá. Me hizo ponerme de rodillas delante de él y, sin decir una palabra, yo ya sabía lo que tenía que hacer. Abrí la boca y esperé. Él se desabrochó los pantalones y sacó esa polla. Esa polla enorme que has visto. Y yo, sin que me lo pidiera, empecé a chuparla.
Sus manos subían y bajaban con fuerza. Ya no era el roce seco de otros días, sino algo más húmedo por culpa del lubricante, que hacía que cada movimiento fuera más profundo, y que me rompiera de placer con cada subida y bajada de su muñeca.
—Chupé su polla como una buena zorra —susurró—. La lamí entera y me la metí hasta que no pude respirar. Y él me miraba desde arriba, con esa sonrisa, y me decía: "Qué buena chupapollas eres, no has perdido tu toque".
Yo era incapaz de hablar, solo podía gemir y temblar.
—Mientras se la chupaba, me preguntó si la había echado de menos. Y yo, con la boca llena, solo podía asentir. Porque era verdad. Te juro que cuando estaba ahí pensé que había echado de menos cada día. Que algo dentro de mi no había dejado de pensar en el.
Su mano empezó a moverse más rápido. La otra mano bajó y masajeó mis huevos, apretándolos suavemente.
—Cuando era su novia, Adrián me hacía eso siempre —dijo, y su voz se volvió más suave, como recordando algo íntimo—. Me ponía de rodillas y me decía lo que tenía que hacer. Y yo lo hacía. Sin preguntar. Solo obedecía. Y me encantaba. Me encantaba no tener que decidir nada, porque él sabía exactamente cómo tratarme para que yo me derritiera.
Su mano se aceleró un poco.
—¿Sabes lo que hizo entonces? Me levantó del suelo y me puso contra la pared. El cabrón me miró a los ojos y me dijo: "Ahora te voy a follar como te mereces, puta. Como una zorra." Y vaya si me folló. Fue incluso mejor de lo que había recordado durante estos años.
Se detuvo un momento para coger el móvil y puso el vídeo de nuevo. La imagen se reflejó en sus ojos mientras su mano seguía moviéndose.
—Otra vez —dijo—. Pero esta vez quiero que sepas que esto es solo una parte de todo lo que hemos hecho. Que antes de todo esto, yo ya había estado de rodillas. Ya era suya. En realidad, siempre lo fui, solo necesitaba que él volviera a recordármelo.
Su mano subía y bajaba y el sonido húmedo se mezclaba con los gemidos del vídeo. Mi espalda se arqueó y solté un gemido aun más fuerte, uno que no pude evitar.
—La primera vez fue en la mesa —dijo—. Me puso a cuatro patas y me folló hasta que no pude más. Me agarró de las caderas y me empujó contra la pared. Y mientras me follaba, me decía que era su puta, que siempre lo había sido, que solo había estado esperando a que volviera a reclamarme.
Su mano se aceleró. Cada vez presionaba más fuerte.
—La segunda vez me folló en el suelo. Me puso boca arriba, me abrió las piernas, y me montó mirándome a los ojos. Me dijo lo puta que era, y también lo buena que estaba. Tu nunca me has dicho nada así.
Su mano bombeaba sin piedad. El vídeo sonaba. Todo me arrastraba hasta un lugar del que temía no poder volver.
—Antes de dejarte terminar, quiero que me prometas algo —dijo, y su voz cambió. Ya no era el susurro de antes. Era más seria, más firme.
—¿El qué? —pregunté, y mi voz sonó débil, rota.
—Quiero que aceptes que esto es lo que va a pasar a partir de ahora —dijo—. Quiero que entiendas que eres mi cornudo, que vas a hacer lo que te diga y que no vas a poner pegas.
Hizo una pausa. Se pasó la lengua por los labios, como si estuviera saboreando las palabras antes de soltarlas.
—Porque yo disfruto muchísimo cuando Adrián me folla, y no pienso renunciar a eso. Y tú, aunque tu orgullo te haga creer lo contrario, disfrutas enormemente viéndome con otro. Te gusta sufrir, te gusta que te humille, te gusta correrte en mi mano mientras piensas en cómo otro hombre me folla.
Su mano se movió un poco, solo un roce, para recordarme que seguía ahí.
—Así que deja de engañarte y acepta lo que eres. Un perrito al que le encanta ser un cornudo.
No supe qué responder. Ella tenía razón y los dos lo sabíamos. Podía sentir el calor en la cara y el pulso en la polla. Mi cuerpo ya había respondido antes de que mi cabeza pudiera inventar una excusa.
Isabel sonrió.
—Quiero que me prometas que no te vas a tocar sin mi permiso. Que solo vas a correrte cuando yo te lo diga. Y que no vas a preguntar dónde estoy ni con quién, ya te lo contaré yo. Y una cosa mas, cuando esté con Adrián, te vas a quedar en casa esperando.
Las palabras caían una tras otra, lentas, como si estuviera escribiendo un contrato.
—Y quiero que me prometas que vas a mirar. Cuando te ponga el vídeo, o cuando vengas con nosotros, quiero que mires. Sin taparte los ojos, sin apartar la mirada. Un cornudo orgulloso.
Hizo una pausa. Su mano se apretó un poco más. Yo pensaba que me iba a volver loco.
—Quiero que lo repitas —ordenó—. En voz alta.
—Prometo... —empecé, y la voz se me quebró—. Prometo que voy a aceptarlo. Que no me voy a quejar. Que no me voy a tocar sin tu permiso.
—Sigue.
—Que no voy a preguntar dónde estás —continué, sintiendo cómo las palabras se me atascaban—. Que voy a mirar. Que no voy a apartar la mirada.
Isabel sonrió. Su mano empezó a moverse de nuevo, lenta, como un premio.
—Bien —dijo—. Me alegra que lo entiendas. Me haces muy feliz, cariño.
Pero no había terminado. Su mano seguía moviéndose mientras hablaba, como si nada de lo que decía fuera relevante.
—Y hay una cosa más —dijo, y su voz cambió de nuevo. Se volvió más suave, casi como si confesara algo que le daba vergüenza—. Adrián me ha prohibido tener sexo contigo. Aunque da igual, porque hacía mucho que no hacíamos nada. Pero quiero que lo sepas.
—¿Cómo? —pregunté, y mi voz sonó más aguda de lo que quería.
—Dice que si follo contigo no soy su puta de verdad. Así que hemos llegado a un acuerdo. A partir de ahora, solo te voy a pajear después de que él me haya follado. Nunca antes. Así tu también disfrutas cuando follamos.
Hizo una pausa para dejar que las palabras se asentaran en mi mente.
—Si no lo cumplo, él dejará de follarme. Y yo no estoy dispuesta a eso. Así que sí, perrito, te voy a seguir masturbando como antes, pero solo después de que Adrián me haya llenado. Esta va a ser tu nueva vida.
No supe qué decir. Mi polla seguía dura bajo sus dedos, latiendo, y mi mente intentaba procesar lo que acababa de oír. Todo había pasado demasiado rápido, pero a mi cuerpo no parecía importarle. Empecé a asumir que efectivamente, esa lo que quería.
—No te voy a negar que me da un poco de pena —dijo Isabel, y su voz se suavizó—. Porque te quiero, Daniel. Pero necesito esto. Y si para tenerlo tengo que renunciar a follar contigo, lo hago.
Su mano se movía más rápido ahora. El lubricante aún resbalaba. Mi polla estaba tan dura que casi dolía.
—¿Te parece bien? —preguntó.
—Sí —dije, con la voz rota—. Te entiendo.
Se quedó un momento en silencio, mirándome. Sus ojos verdes brillaban con lujuria. Con un movimiento rápido se sentó a horcajadas sobre mis muslos, casi a la altura de las rodillas. Sus pechos se movían de forma casi hipnótica.
—Ahora, perrito, repite —dijo—. Soy tu cornudo.
Me salió la voz rota, apenas un susurro.
—Soy tu cornudo.
—Otra vez.
Su mano siguió moviéndose, lenta, interminable. Era capaz de controlarme de una forma increíble, evitando que pudiese correrme cuando más lo deseaba.
—Soy tu cornudo —repetí. Esta vez sonó más firme, más real.
—Ahora di —dijo. Su mano se detuvo un momento en la punta, apretando levemente—. Adrián es el macho de mi mujer.
—Adrián es el macho de mi mujer —dije. Las palabras se me clavaban en el pecho.
—Otra vez.
Su mano empezó a moverse de nuevo. Más rápido, haciendo que me volviese loco.
—Adrián es el macho de mi mujer —dije. Esta vez la voz me tembló.
—Y una última vez.
—Adrián es el macho de mi mujer —repetí. Cada vez sonaba más verdad, más cierto.
Su mano se aceleró y su rostro parecía estar saboreando cada segundo.
—Soy tu cornudo —dije, sin que ella me lo pidiera.
—Muy bien, perrito —susurró—. Sigue.
—Soy tu cornudo —repetí—. Adrián es el macho de mi mujer.
Su mano subía y bajaba. El sonido húmedo del lubricante llenaba la habitación. Yo temblaba, al borde, pero ella no paraba.
—Dilo, cornudo —ordenó.
—Soy tu cornudo —dije, con la voz rota—. Adrián es el macho de mi mujer.
Las palabras salían una tras otra, como una letanía. Su mano me llevaba más y más alto. No podía pensar. Solo sentía. Sus ojos clavados en los míos.
—Ahora córrete, perrito —dijo. Su voz era un susurro que lo llenaba todo—. Córrete sabiendo que eres mi cornudo. Que Adrián es el macho de tu mujer. Córrete sabiendo eso.
Y lo hice. Gemí desde lo más hondo, mi cuerpo entero temblaba, sus dedos apretando hasta el último espasmo. Una cantidad enorme de semen cayó sobre su mano, caliente y espeso. Me quedé allí sin moverme, sin pensar, con las palabras resonándome en la cabeza y su sonrisa clavada en mis ojos.
Continuará...
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Había visto a mi mujer suplicar, gemir y ofrecerse como una perra en celo a otro. A un hombre de verdad, metiéndole esa polla enorme mientras la trataba como lo que era, su puta.
Y lo único que sentía era excitación. Y la necesidad de que las manos de Isabel terminasen lo que habían empezado.
Se levantó, sin decir nada, y se fue al baño. La luz se encendió un momento, vi su silueta desnuda, y luego la puerta se cerró. Me quede allí, oyendo el grifo, el agua de la ducha corriendo.
Mientras esperaba, no dejaba de darle vueltas a lo que había visto. A la cara que puso cuando Isabel cuando Adrián la empujó contra la mesa. Esa no era mi mujer. Era otra, más entregada, como si hubiera estado esperando años para eso. Y lo peor es que yo no podía dejar de recordarlo.
Mi polla tampoco era capaz. Seguía ahí, dura, latiendo, esperando. Como si mi cuerpo supiese que Isabel no había terminado conmigo todavía.
El grifo se apagó e Isabel salió, mirándome desde el umbral. Tenía un bote de lubricante en la mano, uno que compramos hacía mucho pero que no habíamos usado. Se acercó a la cama con esa forma suya de caminar, mirándome desde arriba, y se sentó a mi lado de nuevo. Olía a jabón, pero debajo de ese olor había otro. El olor de Adrián. O al menos, así lo sentía yo.
Abrió el bote, pero antes de que el líquido cayera sobre sus manos, se detuvo. Me miró, y por un momento vi algo en sus ojos que no esperaba. Dudas. Como si no estuviera segura de si yo podía con esto. Como si necesitara que le dijera que estaba bien, y que de verdad estaba disfrutando de lo que me había hecho.
Pero entonces bajó la mirada y vio mi polla. No fui capaz de decir nada, y la sonrisa volvió a su cara.
—Quiero que sepas cada detalle —dijo, y su voz era baja, como contando un secreto—. Quiero que lo tengas todo en la cabeza. Cada palabra. Cada gesto. Quiero que cuando cierres los ojos puedas verlo como lo he vivido yo.
Asentí. No podía hablar. No me salían las palabras.
—Llevo días hablando con él —dijo, mientras su mano se posaba de nuevo sobre mi polla, sin apretar, solo rozando—. Hemos intercambiado muchos mensajes. Él me decía lo que quería hacerme, me enviaba fotos, y me recodaba cuando éramos novios. Hasta me he tocado leyendo algunas cosas.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi polla, despacio.
—Cuando me lo crucé en la urbanización, la primera vez, se me disparó el corazón. Creí que lo había superado, que esa época ya había pasado. Pero en cuanto lo vi, supe que no había cambiado. Que solo había estado esperando a que volviese.
Su mano empezó a moverse, lenta, lubricada, con la palma resbalando por mi piel.
—Éramos novios en la universidad, ¿lo sabías? —preguntó—. Él era un año mayor, un tío peligroso, de esos que van a su bola y no se preocupan por nada. Y yo iba detrás de él como una tonta, porque me trataba fatal y a mí me encantaba. Lo dejamos cuando se metió en demasiados líos, pero durante dos años follamos como animales. Él era el único que me ha hecho sentir así, porque la mayoría de hombres no me imponéis el respeto de él.
Yo no sabía que decir, ni que pensar. Solo podía gemir.
—No te lo había contado nunca porque no quería que pensaras que no te quiero. Te quiero, Daniel. Eres un buen marido. Eres bueno conmigo, eres leal, eres estable. Pero esto es distinto. Cuando él me mira, mi cuerpo responde antes de que pueda pensar. Y no puedo controlarlo. Como te está pasando a ti ahora.
Hizo una pausa. Su mano se detuvo un segundo, me sonrió, y luego siguió.
—Cuando llegué a su casa, lo primero que hizo ese cabrón fue sentarse en el sofá. Me hizo ponerme de rodillas delante de él y, sin decir una palabra, yo ya sabía lo que tenía que hacer. Abrí la boca y esperé. Él se desabrochó los pantalones y sacó esa polla. Esa polla enorme que has visto. Y yo, sin que me lo pidiera, empecé a chuparla.
Sus manos subían y bajaban con fuerza. Ya no era el roce seco de otros días, sino algo más húmedo por culpa del lubricante, que hacía que cada movimiento fuera más profundo, y que me rompiera de placer con cada subida y bajada de su muñeca.
—Chupé su polla como una buena zorra —susurró—. La lamí entera y me la metí hasta que no pude respirar. Y él me miraba desde arriba, con esa sonrisa, y me decía: "Qué buena chupapollas eres, no has perdido tu toque".
Yo era incapaz de hablar, solo podía gemir y temblar.
—Mientras se la chupaba, me preguntó si la había echado de menos. Y yo, con la boca llena, solo podía asentir. Porque era verdad. Te juro que cuando estaba ahí pensé que había echado de menos cada día. Que algo dentro de mi no había dejado de pensar en el.
Su mano empezó a moverse más rápido. La otra mano bajó y masajeó mis huevos, apretándolos suavemente.
—Cuando era su novia, Adrián me hacía eso siempre —dijo, y su voz se volvió más suave, como recordando algo íntimo—. Me ponía de rodillas y me decía lo que tenía que hacer. Y yo lo hacía. Sin preguntar. Solo obedecía. Y me encantaba. Me encantaba no tener que decidir nada, porque él sabía exactamente cómo tratarme para que yo me derritiera.
Su mano se aceleró un poco.
—¿Sabes lo que hizo entonces? Me levantó del suelo y me puso contra la pared. El cabrón me miró a los ojos y me dijo: "Ahora te voy a follar como te mereces, puta. Como una zorra." Y vaya si me folló. Fue incluso mejor de lo que había recordado durante estos años.
Se detuvo un momento para coger el móvil y puso el vídeo de nuevo. La imagen se reflejó en sus ojos mientras su mano seguía moviéndose.
—Otra vez —dijo—. Pero esta vez quiero que sepas que esto es solo una parte de todo lo que hemos hecho. Que antes de todo esto, yo ya había estado de rodillas. Ya era suya. En realidad, siempre lo fui, solo necesitaba que él volviera a recordármelo.
Su mano subía y bajaba y el sonido húmedo se mezclaba con los gemidos del vídeo. Mi espalda se arqueó y solté un gemido aun más fuerte, uno que no pude evitar.
—La primera vez fue en la mesa —dijo—. Me puso a cuatro patas y me folló hasta que no pude más. Me agarró de las caderas y me empujó contra la pared. Y mientras me follaba, me decía que era su puta, que siempre lo había sido, que solo había estado esperando a que volviera a reclamarme.
Su mano se aceleró. Cada vez presionaba más fuerte.
—La segunda vez me folló en el suelo. Me puso boca arriba, me abrió las piernas, y me montó mirándome a los ojos. Me dijo lo puta que era, y también lo buena que estaba. Tu nunca me has dicho nada así.
Su mano bombeaba sin piedad. El vídeo sonaba. Todo me arrastraba hasta un lugar del que temía no poder volver.
—Antes de dejarte terminar, quiero que me prometas algo —dijo, y su voz cambió. Ya no era el susurro de antes. Era más seria, más firme.
—¿El qué? —pregunté, y mi voz sonó débil, rota.
—Quiero que aceptes que esto es lo que va a pasar a partir de ahora —dijo—. Quiero que entiendas que eres mi cornudo, que vas a hacer lo que te diga y que no vas a poner pegas.
Hizo una pausa. Se pasó la lengua por los labios, como si estuviera saboreando las palabras antes de soltarlas.
—Porque yo disfruto muchísimo cuando Adrián me folla, y no pienso renunciar a eso. Y tú, aunque tu orgullo te haga creer lo contrario, disfrutas enormemente viéndome con otro. Te gusta sufrir, te gusta que te humille, te gusta correrte en mi mano mientras piensas en cómo otro hombre me folla.
Su mano se movió un poco, solo un roce, para recordarme que seguía ahí.
—Así que deja de engañarte y acepta lo que eres. Un perrito al que le encanta ser un cornudo.
No supe qué responder. Ella tenía razón y los dos lo sabíamos. Podía sentir el calor en la cara y el pulso en la polla. Mi cuerpo ya había respondido antes de que mi cabeza pudiera inventar una excusa.
Isabel sonrió.
—Quiero que me prometas que no te vas a tocar sin mi permiso. Que solo vas a correrte cuando yo te lo diga. Y que no vas a preguntar dónde estoy ni con quién, ya te lo contaré yo. Y una cosa mas, cuando esté con Adrián, te vas a quedar en casa esperando.
Las palabras caían una tras otra, lentas, como si estuviera escribiendo un contrato.
—Y quiero que me prometas que vas a mirar. Cuando te ponga el vídeo, o cuando vengas con nosotros, quiero que mires. Sin taparte los ojos, sin apartar la mirada. Un cornudo orgulloso.
Hizo una pausa. Su mano se apretó un poco más. Yo pensaba que me iba a volver loco.
—Quiero que lo repitas —ordenó—. En voz alta.
—Prometo... —empecé, y la voz se me quebró—. Prometo que voy a aceptarlo. Que no me voy a quejar. Que no me voy a tocar sin tu permiso.
—Sigue.
—Que no voy a preguntar dónde estás —continué, sintiendo cómo las palabras se me atascaban—. Que voy a mirar. Que no voy a apartar la mirada.
Isabel sonrió. Su mano empezó a moverse de nuevo, lenta, como un premio.
—Bien —dijo—. Me alegra que lo entiendas. Me haces muy feliz, cariño.
Pero no había terminado. Su mano seguía moviéndose mientras hablaba, como si nada de lo que decía fuera relevante.
—Y hay una cosa más —dijo, y su voz cambió de nuevo. Se volvió más suave, casi como si confesara algo que le daba vergüenza—. Adrián me ha prohibido tener sexo contigo. Aunque da igual, porque hacía mucho que no hacíamos nada. Pero quiero que lo sepas.
—¿Cómo? —pregunté, y mi voz sonó más aguda de lo que quería.
—Dice que si follo contigo no soy su puta de verdad. Así que hemos llegado a un acuerdo. A partir de ahora, solo te voy a pajear después de que él me haya follado. Nunca antes. Así tu también disfrutas cuando follamos.
Hizo una pausa para dejar que las palabras se asentaran en mi mente.
—Si no lo cumplo, él dejará de follarme. Y yo no estoy dispuesta a eso. Así que sí, perrito, te voy a seguir masturbando como antes, pero solo después de que Adrián me haya llenado. Esta va a ser tu nueva vida.
No supe qué decir. Mi polla seguía dura bajo sus dedos, latiendo, y mi mente intentaba procesar lo que acababa de oír. Todo había pasado demasiado rápido, pero a mi cuerpo no parecía importarle. Empecé a asumir que efectivamente, esa lo que quería.
—No te voy a negar que me da un poco de pena —dijo Isabel, y su voz se suavizó—. Porque te quiero, Daniel. Pero necesito esto. Y si para tenerlo tengo que renunciar a follar contigo, lo hago.
Su mano se movía más rápido ahora. El lubricante aún resbalaba. Mi polla estaba tan dura que casi dolía.
—¿Te parece bien? —preguntó.
—Sí —dije, con la voz rota—. Te entiendo.
Se quedó un momento en silencio, mirándome. Sus ojos verdes brillaban con lujuria. Con un movimiento rápido se sentó a horcajadas sobre mis muslos, casi a la altura de las rodillas. Sus pechos se movían de forma casi hipnótica.
—Ahora, perrito, repite —dijo—. Soy tu cornudo.
Me salió la voz rota, apenas un susurro.
—Soy tu cornudo.
—Otra vez.
Su mano siguió moviéndose, lenta, interminable. Era capaz de controlarme de una forma increíble, evitando que pudiese correrme cuando más lo deseaba.
—Soy tu cornudo —repetí. Esta vez sonó más firme, más real.
—Ahora di —dijo. Su mano se detuvo un momento en la punta, apretando levemente—. Adrián es el macho de mi mujer.
—Adrián es el macho de mi mujer —dije. Las palabras se me clavaban en el pecho.
—Otra vez.
Su mano empezó a moverse de nuevo. Más rápido, haciendo que me volviese loco.
—Adrián es el macho de mi mujer —dije. Esta vez la voz me tembló.
—Y una última vez.
—Adrián es el macho de mi mujer —repetí. Cada vez sonaba más verdad, más cierto.
Su mano se aceleró y su rostro parecía estar saboreando cada segundo.
—Soy tu cornudo —dije, sin que ella me lo pidiera.
—Muy bien, perrito —susurró—. Sigue.
—Soy tu cornudo —repetí—. Adrián es el macho de mi mujer.
Su mano subía y bajaba. El sonido húmedo del lubricante llenaba la habitación. Yo temblaba, al borde, pero ella no paraba.
—Dilo, cornudo —ordenó.
—Soy tu cornudo —dije, con la voz rota—. Adrián es el macho de mi mujer.
Las palabras salían una tras otra, como una letanía. Su mano me llevaba más y más alto. No podía pensar. Solo sentía. Sus ojos clavados en los míos.
—Ahora córrete, perrito —dijo. Su voz era un susurro que lo llenaba todo—. Córrete sabiendo que eres mi cornudo. Que Adrián es el macho de tu mujer. Córrete sabiendo eso.
Y lo hice. Gemí desde lo más hondo, mi cuerpo entero temblaba, sus dedos apretando hasta el último espasmo. Una cantidad enorme de semen cayó sobre su mano, caliente y espeso. Me quedé allí sin moverme, sin pensar, con las palabras resonándome en la cabeza y su sonrisa clavada en mis ojos.
Continuará...
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