Para colmo, la erección mañanera que le había dado mientras dormía le tenía el miembro completamente duro y levantado, se le notaba a través de la tela y estaba a milímetros de mi cara.
Mil ideas cruzaron mi mente en un segundo, pero la cercanía de esa carne ardiente y pulsante fue más fuerte que cualquier duda. Con dedos temblorosos, le bajé suavemente los calzoncillos. Al ver su pene totalmente al descubierto, el calor se me subió de golpe a las mejillas y una sacudida de placer me recorrió entera, dejándome completamente empapada.
Sin pensarlo un segundo más, me incliné y me lo metí en la boca. La sensación de tener su firmeza llenando mi boca, sumada a ese aroma íntimo, me hizo mojarme de la excitación. Bajé y subí un par de veces, suave y profundamente, saboreando cada milímetro. Pero no duró mucho porque Camilo se movió bruscamente y se volteó. Yo entre en pánico, me aparté de inmediato y salí corriendo para mi cuarto.

Me encerré tirada en la cama, intentando regular la respiración. Mi mente no dejaba de dar vueltas. Recordaba cuando lo vi con la novia, pero también la charla que habíamos tenido en la cocina cuando me vio en cucos y me dijo que si no fuera mi hermano se metería conmigo. Pensar que esa carne que acababa de probar era la misma que tanto le alababa a él me dejaba el cuerpo ardiendo.
Durante los días siguientes, la casa era un hervidero de tensión. Camilo no sospechaba lo que yo le había hecho esa mañana, pero algo en el ambiente había cambiado. Él también se notaba ido, me miraba más de la cuenta y cuando se cruzaba conmigo en el pasillo, en vez de apartarse, se quedaba un segundo de más a mi lado, respirando hondo, dejándose llevar por la misma química sin darse cuenta.
Una tarde nos quedamos solos. Él estaba sentado en el sofá viendo televisión, en pantaloneta corta y sin camiseta. Yo me acerqué con un short pequeño, me senté a su lado doblando las piernas y apoyé la cabeza en el respaldo, cerca de su hombro.
Yo: —Camilo... ¿puedo hacerte una pregunta?
Camilo: —Dime, ¿qué pasó? —dijo volteando a mirarme, recorriendo con la mirada mis piernas descubiertas antes de fijarse en mis ojos.
Yo: —Es de lo que hablábamos el otro día... De la novia tuya. ¿Ella fue tu primera vez?
Camilo soltó una pequeña risa, algo apenado, pero me sostuvo la mirada.
Camilo: —Pues sí, la verdad sí. Con ella fue que aprendí todo. ¿Por qué la pregunta tan rara?
Yo: —No sé, curiosidad... —hice una pausa, jugando con el borde de mi short—. Es que a veces me pongo a pensar en eso.
Camilo: —¿En qué? ¿A poco tú ya has estado con alguien? Con lo tímida que eres, no me imagino.
Yo: —No... yo nunca he estado con nadie, Camilo.
Camilo se giró un poco más en el sofá, cambiando la cara por completo. La soltura con la que me hablaba se convirtió en una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Camilo: —¿En serio? ¿Nunca? O sea... ¿tú eres virgen?
Yo: —Sí, completita. Nadie me ha tocado nunca.
Camilo se quedó en silencio un momento. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos y luego en mis labios. Su respiración se volvió un poco más pesada y se notaba a leguas que la idea le estaba trabajando en la cabeza, sintiendo el peso de tener a su hermana, tan cerca, tan deseable y completamente inexperta.
Camilo: —No puedo creerlo... Una mujer con este cuerpo, con estos pechos y esta cola... y que ningún pendejo haya sabido aprovecharlo.
Se acercó un poco más a mí, dejando que su rodilla rozara la mía. La inocencia del tema se había transformado en una tensión física insoportable.
Yo: —Pues nadie me ha enseñado... —le susurré mirándolo a los ojos—. Y a veces me da rabia no saber qué se siente.
Camilo tragó saliva. Su mano, de forma casi inconsciente, se movió por el sofá hasta posarse en mi pierna destapada. Su piel estaba caliente.
Camilo: —Pues... si alguien supiera lo que tiene al frente, no lo pensaría dos veces.
Mil ideas cruzaron mi mente en un segundo, pero la cercanía de esa carne ardiente y pulsante fue más fuerte que cualquier duda. Con dedos temblorosos, le bajé suavemente los calzoncillos. Al ver su pene totalmente al descubierto, el calor se me subió de golpe a las mejillas y una sacudida de placer me recorrió entera, dejándome completamente empapada.
Sin pensarlo un segundo más, me incliné y me lo metí en la boca. La sensación de tener su firmeza llenando mi boca, sumada a ese aroma íntimo, me hizo mojarme de la excitación. Bajé y subí un par de veces, suave y profundamente, saboreando cada milímetro. Pero no duró mucho porque Camilo se movió bruscamente y se volteó. Yo entre en pánico, me aparté de inmediato y salí corriendo para mi cuarto.

Me encerré tirada en la cama, intentando regular la respiración. Mi mente no dejaba de dar vueltas. Recordaba cuando lo vi con la novia, pero también la charla que habíamos tenido en la cocina cuando me vio en cucos y me dijo que si no fuera mi hermano se metería conmigo. Pensar que esa carne que acababa de probar era la misma que tanto le alababa a él me dejaba el cuerpo ardiendo.
Durante los días siguientes, la casa era un hervidero de tensión. Camilo no sospechaba lo que yo le había hecho esa mañana, pero algo en el ambiente había cambiado. Él también se notaba ido, me miraba más de la cuenta y cuando se cruzaba conmigo en el pasillo, en vez de apartarse, se quedaba un segundo de más a mi lado, respirando hondo, dejándose llevar por la misma química sin darse cuenta.
Una tarde nos quedamos solos. Él estaba sentado en el sofá viendo televisión, en pantaloneta corta y sin camiseta. Yo me acerqué con un short pequeño, me senté a su lado doblando las piernas y apoyé la cabeza en el respaldo, cerca de su hombro.
Yo: —Camilo... ¿puedo hacerte una pregunta?
Camilo: —Dime, ¿qué pasó? —dijo volteando a mirarme, recorriendo con la mirada mis piernas descubiertas antes de fijarse en mis ojos.
Yo: —Es de lo que hablábamos el otro día... De la novia tuya. ¿Ella fue tu primera vez?
Camilo soltó una pequeña risa, algo apenado, pero me sostuvo la mirada.
Camilo: —Pues sí, la verdad sí. Con ella fue que aprendí todo. ¿Por qué la pregunta tan rara?
Yo: —No sé, curiosidad... —hice una pausa, jugando con el borde de mi short—. Es que a veces me pongo a pensar en eso.
Camilo: —¿En qué? ¿A poco tú ya has estado con alguien? Con lo tímida que eres, no me imagino.
Yo: —No... yo nunca he estado con nadie, Camilo.
Camilo se giró un poco más en el sofá, cambiando la cara por completo. La soltura con la que me hablaba se convirtió en una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Camilo: —¿En serio? ¿Nunca? O sea... ¿tú eres virgen?
Yo: —Sí, completita. Nadie me ha tocado nunca.
Camilo se quedó en silencio un momento. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos y luego en mis labios. Su respiración se volvió un poco más pesada y se notaba a leguas que la idea le estaba trabajando en la cabeza, sintiendo el peso de tener a su hermana, tan cerca, tan deseable y completamente inexperta.
Camilo: —No puedo creerlo... Una mujer con este cuerpo, con estos pechos y esta cola... y que ningún pendejo haya sabido aprovecharlo.
Se acercó un poco más a mí, dejando que su rodilla rozara la mía. La inocencia del tema se había transformado en una tensión física insoportable.
Yo: —Pues nadie me ha enseñado... —le susurré mirándolo a los ojos—. Y a veces me da rabia no saber qué se siente.
Camilo tragó saliva. Su mano, de forma casi inconsciente, se movió por el sofá hasta posarse en mi pierna destapada. Su piel estaba caliente.
Camilo: —Pues... si alguien supiera lo que tiene al frente, no lo pensaría dos veces.
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