Cuando era joven, tenía un hábito. Frecuentar los bares del conurbano y levantarme a un tipo. Tendría 21 o 22 años, y no me importaba que fuera joven o viejo, lindo o feo, gordo o flaco, bastaba con que se acercara con intenciones de echarse un polvo.
Era una etapa en la que no quería compromisos ni relaciones, solo garchar. Con mi tío Carlos ya teníamos casi una relación de pareja, clandestina claro, pero aunque me satisfacía plenamente, a veces necesitaba salir de mi zona de confort y correr algún riesgo.
Yo siempre la jugaba de tímida e inocente, como que me había citado con alguien y me dejaron plantada. Ahí al verme sola, desconsolada, revisando el reloj a cada rato, los lobos feroces aparecían al acecho.
Un trago, una charla, que hijo de puta mi novio, seguro que está con otra, que ganas de ponerle también los cuernos, las señales eran más que claras. Así que a los pocos minutos salía con quién me había ofrecido su hombro para llorar, rumbo al telo más cercano, dispuesta a vengarme del supuesto infiel.
Entre tanta variedad de hombres, algunos resultaban buenos amantes, otros mediocres, pero también muchos que eran directamente pésimos. En esos casos no me quedaba otra que remarla, y fingir un poco, aunque la verdad es que yo siempre la pasaba bien. Me gustaba eso de conocer a alguien, que me hicieran el levante, tomarnos un trago, y a los pocos minutos de conocernos, ir a un albergue transitorio.
Incluso ya estando de novia, a veces ponía como excusa el cumpleaños de una amiga, y me perdía en algún bar solo para despuntar el vicio.
Muchos con los que me encamé en esos tiempos, diría que la mayoría, eran tipos casados, mayores que yo, no solo por años, sino también por décadas. Tipos que salían del trabajo y para escaparse por unas horas de un matrimonio aburrido y rutinario, iban por un trago, y ¿porqué no?, una trampa también. Y ahí, en la barra me encontraban a mí, dispuesta a hacerles olvidar cualquier amargura.
Me acuerdo de un tipo que se puso a llorar, sí, aunque parezca increíble, mientras lagrimeaba me confesó que conmigo había tenido el mejor sexo de su vida. Con su esposa, según me dijo, tenía que esforzarse para acabar, y ahí conmigo había acabado dos veces, y hasta tenía energía como para una tercera.
Para muchos era un cable a tierra, el reseteo que necesitaban después de haber pasado una semana de mierda no solo en sus trabajos, sino también en sus hogares.
Para mí era solo sexo. No había ningún vínculo emocional o afectivo que me uniera a esos hombres, solo garchar y después cada uno por su lado, sin compromisos ni responsabilidades. Mi mundo ideal.
A veces, claro, me llevaba una que otra sorpresa, algunas gratas, otras no tanto.
Entre las primeras me acuerdo de un tipo de más de cincuenta, bordeando quizás los 60, flaco, desgarbado, de calvicie pronunciada, que trabajaba en el Registro Civil de San Justo.
Yo había ido a un bar que estaba cerca. Allí me abordó. Sinceramente lo iba a dejar pasar, ya que no solo me parecía viejo, sino también poco agraciado. Yo recién había cumplido los 22, y estaba en busca de alguien de mi edad o de hasta 30, para tipo grande lo tenía a mi tío Carlos, así que buscaba diversificarme. Pero justo ví que, en una de las mesas, un grupo de chicos, no mayores de veinte, se empezaron a reír al ver que éste señor mayor se me acercó con intenciones más que obvias. Cómo que apostaban entre ellos a ver cuánto tardaba en patearlo. Primero le acepté el trago que me invitó, me gustó la forma en que me hablaba, se notaba que tenía un alma sufrida, así que le seguí el juego.
De a uno, los chicos de la mesa, iban perdiendo sus apuestas, ya que los minutos pasaban y yo seguía hablando con éste señor, que no se animaba a decirme lo que todos buscaban cuando se me acercaban. Que, obviamente, no era solo charlar.
Cuando me pregunta si puede invitarme otro trago, me decido y le digo:
-¿Que le parece si lo tomamos en otro lugar?- así, sin tutearlo.
Resultaba por demás evidente a qué lugar me refería. Le paga la cuenta al barman, y juntos, tomados de las manos, (yo se la agarré a él, para molestar a los de la mesa) salimos del bar.
No esperaba gran cosa, la verdad, quizás la satisfacción de hacer una obra de bien, pero en la habitación del telo, el sapo se convirtió en Príncipe... en Príncipe pijudo. Al desvestirnos me encontré con que aquel hombre mayor, enjuto, demacrado, arrasado por la vida, la tenía como la de un burro.
Al principio parecía de lo más normal, pero a medida que se fue calentando más y más, con besos y arrumacos, se le empezó a parar de una forma que parecía que no iba a dejar de crecer nunca.
El tipo era extremadamente delgado, se le notaban las costillas, pero tenía una pija impresionante. No sé si sería que por su delgadez se destacaba tal "en-verga-dura", pero era, sin dudarlo, de las más grandes que había visto hasta ese momento. Con decir que tuve que lubricarme con bastante gel, porque mi propia lubricación era insuficiente.
Tengan en cuenta que a esa edad, 22 años, aunque ya tenía cierto prontuario, no estaba tan cogida como ahora, por lo que acusé el impacto.
Además, no solo era que la tenía grande, sino que se le ponía bien dura, durísima, como cemento, porqué he tenido que lidiar con algunas que aunque eran grandes solo alcanzaban a ponerse medio gomosas. La de éste tipo todo lo contrario, la tenía tan dura que hasta dolía de lo ancha que era.
Cada vez que me la metía era un grito tras otro, lo lamentaba por los demás concurrentes de aquel albergue transitorio que estuvieran escuchando, pero no podía contenerme.
El tipo me preguntaba si me dolía, que si quería paraba, pero no...
-¡Nooooooo... No pare... Siga... Siga...!- le decía yo, aguantando de la mejor manera cada penetración.
Por supuesto que me dolía, sobre todo al momento de entrar, cuando me abría los gajos casi hasta el límite del desgarro, pero después, cuando llenaba el conducto, y aún más, al resbalar para salir, el placer superaba holgadamente al dolor.
Hacía poco que me habían roto el culo, pero aún así no me animé a probarla por ahí.
Fue una buena cogida, de esas que no esperás, aunque me dejó doliendo la concha por varios días, tanto que hasta creí que me había desgarrado en serio.
Al despedirnos, quiso pagarme, creyendo que era una puta... de las que cobran. Le dije que no se molestara, que no estaba ahí con él por plata. Me mira sorprendido.
-Tenía ganas de coger...- fue mi explicación.
Me dijo que era la primera vez que se cogía a una pendeja, y aunque no fuese cierto, le dije que para mí también era la primera vez que estaba con un señor que podía ser mi papá.
En cuánto a las desilusiones, hubo varias, algunos que simplemente se pajeaban con mi cuerpo, otros que llegaban demasiado rápido, dejándome a mitad de camino, aunque hubo una que fue la peor. El tipo debía de tener unos treinta y pico, casado obviamente, tan atractivo que parecía un actor de cine. Debía ser abogado o algo así, porqué estaba muy bien trajeado, y olía a esos perfumes que en esos años solo se conseguían importados. Pero tenía un problema, no se le paraba.
Ahí tuve que desplegar toda mi inventiva. Besar, chupar, lamer, hasta morder incluso. Fue una verdadera decepción, porqué el tipo de verdad me gustaba, pero bueno, ahí aprendí que no todo lo que brilla es oro.
En esas salidas fue que le empecé a agarrar el gustito a hacerlo con más de un hombre a la vez. Se me acercan dos chicos, que se notaba que habían estado tomando desde hace rato, y empiezan a discutir entre ellos sobre quién se me había acercado primero. Para que la cosa no pase a mayores, intervine yo diciendo que me parecía que los dos habían llegado al mismo tiempo. Se calmaron, tomamos unos tragos, y claro, fuimos los tres a un telo.
Cómo dije, ya me habían roto el culo, por lo que pude disfrutar por primera vez de una doble penetración. Y déjenme decirles, que a partir de entonces se convirtió en una adicción.
Con el tiempo empecé a concurrir cada vez menos a los bares, y no por falta de motivación, sino de tiempo, y además, estando en pareja ya no podía inventarme más excusas.
De casada, lo habré hecho un par de veces más, hasta que un día dije basta, creo que fue a los pocos días de saber que sería mamá.
"Ya soy una mujer casada, voy a tener un hijo, no puedo seguir haciendo cosas de pendeja", me dije. Y así dejé los bares... ¿Para siempre? Bueno, para siempre, no. Tuve alguna que otra recaída, ya que como toda adicción, un día vuelve y no podés hacer nada para rechazarla.
¿Y porqué les cuento todo esto? Porque ya hace un tiempo que estoy con ganas de volver al ruedo, de enfrentarme una vez más a lo desconocido, de jugar a esa ruleta sexual que hasta último momento no me permite saber con qué o quién me voy a encontrar. Necesito esa adrenalina, esa tensión que te hace hervir la sangre en cada vena.
Ya soy una mujer de las cuatro décadas... Estoy a punto de cumplir 44 y más allá del estallido hormonal que tuve cuando quedé embarazada de Romi, lo cierto es que con la edad vienen ciertas inseguridades que antes no tenía, como por ejemplo, ¿se les seguirá parando a los tipos cuando me ven? ¿Los seguiré excitando como cuando era mucho más joven? ¿Preferirían estar con una veinteañera antes que conmigo?
Así que sí, estoy con ganas de enfiestarme, y ya saben, cuando tengo ganas...
Era una etapa en la que no quería compromisos ni relaciones, solo garchar. Con mi tío Carlos ya teníamos casi una relación de pareja, clandestina claro, pero aunque me satisfacía plenamente, a veces necesitaba salir de mi zona de confort y correr algún riesgo.
Yo siempre la jugaba de tímida e inocente, como que me había citado con alguien y me dejaron plantada. Ahí al verme sola, desconsolada, revisando el reloj a cada rato, los lobos feroces aparecían al acecho.
Un trago, una charla, que hijo de puta mi novio, seguro que está con otra, que ganas de ponerle también los cuernos, las señales eran más que claras. Así que a los pocos minutos salía con quién me había ofrecido su hombro para llorar, rumbo al telo más cercano, dispuesta a vengarme del supuesto infiel.
Entre tanta variedad de hombres, algunos resultaban buenos amantes, otros mediocres, pero también muchos que eran directamente pésimos. En esos casos no me quedaba otra que remarla, y fingir un poco, aunque la verdad es que yo siempre la pasaba bien. Me gustaba eso de conocer a alguien, que me hicieran el levante, tomarnos un trago, y a los pocos minutos de conocernos, ir a un albergue transitorio.
Incluso ya estando de novia, a veces ponía como excusa el cumpleaños de una amiga, y me perdía en algún bar solo para despuntar el vicio.
Muchos con los que me encamé en esos tiempos, diría que la mayoría, eran tipos casados, mayores que yo, no solo por años, sino también por décadas. Tipos que salían del trabajo y para escaparse por unas horas de un matrimonio aburrido y rutinario, iban por un trago, y ¿porqué no?, una trampa también. Y ahí, en la barra me encontraban a mí, dispuesta a hacerles olvidar cualquier amargura.
Me acuerdo de un tipo que se puso a llorar, sí, aunque parezca increíble, mientras lagrimeaba me confesó que conmigo había tenido el mejor sexo de su vida. Con su esposa, según me dijo, tenía que esforzarse para acabar, y ahí conmigo había acabado dos veces, y hasta tenía energía como para una tercera.
Para muchos era un cable a tierra, el reseteo que necesitaban después de haber pasado una semana de mierda no solo en sus trabajos, sino también en sus hogares.
Para mí era solo sexo. No había ningún vínculo emocional o afectivo que me uniera a esos hombres, solo garchar y después cada uno por su lado, sin compromisos ni responsabilidades. Mi mundo ideal.
A veces, claro, me llevaba una que otra sorpresa, algunas gratas, otras no tanto.
Entre las primeras me acuerdo de un tipo de más de cincuenta, bordeando quizás los 60, flaco, desgarbado, de calvicie pronunciada, que trabajaba en el Registro Civil de San Justo.
Yo había ido a un bar que estaba cerca. Allí me abordó. Sinceramente lo iba a dejar pasar, ya que no solo me parecía viejo, sino también poco agraciado. Yo recién había cumplido los 22, y estaba en busca de alguien de mi edad o de hasta 30, para tipo grande lo tenía a mi tío Carlos, así que buscaba diversificarme. Pero justo ví que, en una de las mesas, un grupo de chicos, no mayores de veinte, se empezaron a reír al ver que éste señor mayor se me acercó con intenciones más que obvias. Cómo que apostaban entre ellos a ver cuánto tardaba en patearlo. Primero le acepté el trago que me invitó, me gustó la forma en que me hablaba, se notaba que tenía un alma sufrida, así que le seguí el juego.
De a uno, los chicos de la mesa, iban perdiendo sus apuestas, ya que los minutos pasaban y yo seguía hablando con éste señor, que no se animaba a decirme lo que todos buscaban cuando se me acercaban. Que, obviamente, no era solo charlar.
Cuando me pregunta si puede invitarme otro trago, me decido y le digo:
-¿Que le parece si lo tomamos en otro lugar?- así, sin tutearlo.
Resultaba por demás evidente a qué lugar me refería. Le paga la cuenta al barman, y juntos, tomados de las manos, (yo se la agarré a él, para molestar a los de la mesa) salimos del bar.
No esperaba gran cosa, la verdad, quizás la satisfacción de hacer una obra de bien, pero en la habitación del telo, el sapo se convirtió en Príncipe... en Príncipe pijudo. Al desvestirnos me encontré con que aquel hombre mayor, enjuto, demacrado, arrasado por la vida, la tenía como la de un burro.
Al principio parecía de lo más normal, pero a medida que se fue calentando más y más, con besos y arrumacos, se le empezó a parar de una forma que parecía que no iba a dejar de crecer nunca.
El tipo era extremadamente delgado, se le notaban las costillas, pero tenía una pija impresionante. No sé si sería que por su delgadez se destacaba tal "en-verga-dura", pero era, sin dudarlo, de las más grandes que había visto hasta ese momento. Con decir que tuve que lubricarme con bastante gel, porque mi propia lubricación era insuficiente.
Tengan en cuenta que a esa edad, 22 años, aunque ya tenía cierto prontuario, no estaba tan cogida como ahora, por lo que acusé el impacto.
Además, no solo era que la tenía grande, sino que se le ponía bien dura, durísima, como cemento, porqué he tenido que lidiar con algunas que aunque eran grandes solo alcanzaban a ponerse medio gomosas. La de éste tipo todo lo contrario, la tenía tan dura que hasta dolía de lo ancha que era.
Cada vez que me la metía era un grito tras otro, lo lamentaba por los demás concurrentes de aquel albergue transitorio que estuvieran escuchando, pero no podía contenerme.
El tipo me preguntaba si me dolía, que si quería paraba, pero no...
-¡Nooooooo... No pare... Siga... Siga...!- le decía yo, aguantando de la mejor manera cada penetración.
Por supuesto que me dolía, sobre todo al momento de entrar, cuando me abría los gajos casi hasta el límite del desgarro, pero después, cuando llenaba el conducto, y aún más, al resbalar para salir, el placer superaba holgadamente al dolor.
Hacía poco que me habían roto el culo, pero aún así no me animé a probarla por ahí.
Fue una buena cogida, de esas que no esperás, aunque me dejó doliendo la concha por varios días, tanto que hasta creí que me había desgarrado en serio.
Al despedirnos, quiso pagarme, creyendo que era una puta... de las que cobran. Le dije que no se molestara, que no estaba ahí con él por plata. Me mira sorprendido.
-Tenía ganas de coger...- fue mi explicación.
Me dijo que era la primera vez que se cogía a una pendeja, y aunque no fuese cierto, le dije que para mí también era la primera vez que estaba con un señor que podía ser mi papá.
En cuánto a las desilusiones, hubo varias, algunos que simplemente se pajeaban con mi cuerpo, otros que llegaban demasiado rápido, dejándome a mitad de camino, aunque hubo una que fue la peor. El tipo debía de tener unos treinta y pico, casado obviamente, tan atractivo que parecía un actor de cine. Debía ser abogado o algo así, porqué estaba muy bien trajeado, y olía a esos perfumes que en esos años solo se conseguían importados. Pero tenía un problema, no se le paraba.
Ahí tuve que desplegar toda mi inventiva. Besar, chupar, lamer, hasta morder incluso. Fue una verdadera decepción, porqué el tipo de verdad me gustaba, pero bueno, ahí aprendí que no todo lo que brilla es oro.
En esas salidas fue que le empecé a agarrar el gustito a hacerlo con más de un hombre a la vez. Se me acercan dos chicos, que se notaba que habían estado tomando desde hace rato, y empiezan a discutir entre ellos sobre quién se me había acercado primero. Para que la cosa no pase a mayores, intervine yo diciendo que me parecía que los dos habían llegado al mismo tiempo. Se calmaron, tomamos unos tragos, y claro, fuimos los tres a un telo.
Cómo dije, ya me habían roto el culo, por lo que pude disfrutar por primera vez de una doble penetración. Y déjenme decirles, que a partir de entonces se convirtió en una adicción.
Con el tiempo empecé a concurrir cada vez menos a los bares, y no por falta de motivación, sino de tiempo, y además, estando en pareja ya no podía inventarme más excusas.
De casada, lo habré hecho un par de veces más, hasta que un día dije basta, creo que fue a los pocos días de saber que sería mamá.
"Ya soy una mujer casada, voy a tener un hijo, no puedo seguir haciendo cosas de pendeja", me dije. Y así dejé los bares... ¿Para siempre? Bueno, para siempre, no. Tuve alguna que otra recaída, ya que como toda adicción, un día vuelve y no podés hacer nada para rechazarla.
¿Y porqué les cuento todo esto? Porque ya hace un tiempo que estoy con ganas de volver al ruedo, de enfrentarme una vez más a lo desconocido, de jugar a esa ruleta sexual que hasta último momento no me permite saber con qué o quién me voy a encontrar. Necesito esa adrenalina, esa tensión que te hace hervir la sangre en cada vena.
Ya soy una mujer de las cuatro décadas... Estoy a punto de cumplir 44 y más allá del estallido hormonal que tuve cuando quedé embarazada de Romi, lo cierto es que con la edad vienen ciertas inseguridades que antes no tenía, como por ejemplo, ¿se les seguirá parando a los tipos cuando me ven? ¿Los seguiré excitando como cuando era mucho más joven? ¿Preferirían estar con una veinteañera antes que conmigo?
Así que sí, estoy con ganas de enfiestarme, y ya saben, cuando tengo ganas...
7 comentarios - Reminiscencias...
Seguro próximo relato se vendrá tremenda enfiestada tuya