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Descubro a la Profesora

Descubro a la Profesora

No diré donde fue ni los nombres reales, pero ella llegó un lunes de septiembre y… mierda, todo cambió en la escuela. Era la primera y única maestra en todo la puta escuela, y vaya que era una mujer. La profe Valentina, con sus 43 años, pero con un cuerpo que te cagas. Pelo negro, piel blanca, y sobre todo, unas tetas divinas que se marcaban bajo las blusas ajustadas que usaba y luchaban por salir.
El primer día que entró al aula, nos quedamos todos mudos. Sus piernas torneadas se movían por el aula como si estuvieran en una pasarela, y su culo se movía con un ritmo que te paraba la verga. 

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Durante sus clases de literatura, en lugar de escuchar sus explicaciones sobre Cervantes o Borges, la mayoría solo la mirábamos. La veíamos cruzar las piernas, dejando ver un trozo de muslo perfecto, o inclinarse sobre su escritorio para ayudar a algún compañero, permitiéndonos admirar sus hermosas tetas.
Los otros profesores tampoco eran indiferentes a su presencia. La veíamos en la sala de maestros, rodeada siempre de hombres que de repente se volvían más serviciales, más atentos y que claramente coqueteaban con ella.
Pero éramos nosotros, sus alumnos, quienes más la perseguíamos con la mirada, quienes susurrábamos comentarios sobre ella en los pasillos. 
-             "¿Viste lo que llevaba hoy?", decía mi amigo Ricardo entre clase y clase. "Esa falda corta debería estar prohibida".
-             "Prohibida para ti, pendejo", le respondía yo, sintiendo cómo mi verga se me ponía dura solo con pensar en ella.
Los comentarios y las insinuaciones se volvieron parte de nuestra rutina. Le regalábamos flores"para decorar su escritorio", le enviábamos notas con piropos anónimos, le proponíamos quedarnos después de clase para "ayudar con algo". Y lo increíble era cómo reaccionaba. 

profesora

Nunca nos regañaba, ni daba ninguna señal de molestia. En cambio, sonreía. A veces lo hacía con una mezcla de agrado y algo más, algo que no podíamos descifrar pero que nos incitaba a continuar.
Sus mejillas se sonrojaban aveces, especialmente cuando nuestras miradas se encontraban y no apartábamos los ojos de ella. Sus manos jugaban nerviosamente con un collar o con el bolígrafo, y su respiración parecía agitarse. Esas reacciones eran como combustible para nuestros deseos adolescentes.
La rodeábamos para platicar con ella, mientras algunos detrás de ella se divertían haciendo señas de lo bien que se veía su trasero.
Cada vez que me imaginaba sus tetas o su culo, mi verga se me ponía tan dura que dolía, y tenía que esconderla debajo del escritorio o con mis libros, aunque a veces era tan evidente que creo que ella lo notaba.

espiada

Un día, después de clase, me quedé ayudándola con algunas tareas que había dejado. Mientras las ordenábamos, mi mano rozó su trasero accidentalmente. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, y por un instante, vi cómo sus ojos se abrían más, cómo sus labios se entreabren ligeramente.
-             "Disculpa, profesora", murmuré, sintiendo cómo mi verga comenzaba a endurecerse de nuevo.
-             "No te preocupes, Miguel", respondió con una voz que parecía más suave de lo normal.
Ese incidente me obsesionó. Comencé a seguirla, no con malas intenciones, simplemente impulsado por una curiosidad avasalladora. Quería saber si realmente nuestras insinuaciones la afectaban de la misma manera que a nosotros.
La oportunidad llegó un martes por la tarde, por la hora, la escuela ya estaba vacía.
La vi entrar al baño de profesoras, y noté que cerró la puerta. Mi corazón latía con fuerza mientras me acercaba con sigilo. La puerta tenía un pequeño defecto que no se si ella lo sabía, una pequeña ranura donde el pestillo no encajaba del todo, y a través de ella pude verla.

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 Valentina estaba frente al espejo,observándose. Sus manos subieron lentamente hasta sus tetas, acariciándolas sobre la tela. Luego, una de sus manos descendió y levantó su vestido hasta alcanzar su vagina. Su cabeza se ladeó hacia atrás, sus ojos se cerraron, y un susurro escapó de sus labios. No pude distinguir las palabras, pero el tono era inequívoco. Mi verga estaba tan dura que pensé que me iba a romper los pantalones.
Continué observando, hipnotizado, mientras sus movimientos se volvían más urgentes, más rítmicos. Su respiración se agitaba, y sus caderas comenzaron a moverse en un círculo lento y provocador. 

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Entonces la escuché claramente.
"Malditos chicos...", susurró, no con enojo, sino con un deseo palpable. "Qué me hacen..."
En ese momento, lo entendí todo. Nuestros comentarios, nuestras miradas, nuestras insinuaciones... no la ofendían. La excitaban. La profesora Valentina, la mujer madura, casada y elegante que nos daba clases, se masturbaba en el baño pensando en nosotros, en sus alumnos adolescentes. No pude más y a pesar del peligro, comencé a masturbarme ahí mismo, pegado a la puerta del baño y observándola por la pequeña rendija… era demasiada excitación, me terminé corriendo en el piso sin poder evitarlo, sintiendo cómo el semen caliente lo disparaba imaginándola a ella. Tal vez hice algún sonido y ella lo notó, porque vi como repentinamente dejó de acariciarse y dirigió su mirada hacia la puerta.
Me retiré sigilosamente, mi cuerpo temblando de excitación y sumando la adrenalina que me producía pensar que tal vez ella notaría mi semen regado al salir del baño. Al día siguiente, cuando entré a su clase, nuestros ojos se encontraron. Por un instante, vi algo diferente en su mirada: un reconocimiento tácito, un secreto compartido. Y sonrió, esa misma sonrisa que siempre nos desconcertaba, pero que ahora entendía perfectamente.
Ese día cambié mi forma de verla. Ya no era solo el objeto de mis deseos y fantasías de adolescente; era una mujer con deseos propios, secretos que compartíamos sin palabras. Y sabía, con una certeza que me erizaba la piel, que nuestra historia habría de continuar.

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