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Tentando vecino serio 3

El miércoles en la tarde el apartamento estaba en silencio total. Juan ya se había acomodado en el clóset de la habitación principal, con la puerta apenas entreabierta y el celular en la mano transmitiendo en HD desde la repisa de la cocina. El ambiente olía a una mezcla de mi perfume floral y al calor de la tarde.
Tal como lo prometí, dejé la puerta de entrada sin el seguro puesto.
Me vestí exactamente con la misma combinación que lo había dejado loco la noche anterior: mi camiseta gris suelta y los cuquitos de encaje negro. Estaba en la cocina, inclinada frente a la nevera abierta buscando una botella de agua, dejando mis piernas desnudas y la curva de mis nalgas perfectamente enmarcadas por la luz del refrigerador.
Escuché el suave chasquido del picaporte. La puerta se abrió despacio. Ernesto entró, cerró tras de sí y le pasó el seguro con un movimiento rápido.
Se quedó parado en la entrada de la cocina, respirando agitado. Venía en mangas de camisa, con el cuello desabrochado. Al verme ahí parada, de espaldas, abriendo la nevera solo en calzones negros, el hombre perdió los últimos rastros de decoro.
Tentando vecino serio 3

Ernesto: —Usted no me dejó dormir en toda la noche, Daniela... —dijo con una voz gruesa, rasposa, cargada de una necesidad salvaje.
Me di la vuelta despacio, cerrando la puerta de la nevera y apoyando la cadera contra el mesón.
Daniela: —Le dije que la puerta iba a estar abierta, don Ernesto... Y los hombres de palabra no se hacen esperar —le respondí mirándolo a los ojos, con una sonrisa lenta.
Tres pasos largos le bastaron para acortar la distancia. Ernesto me agarró de la nuca con una mano firme y con la otra me sujetó la cintura, estampando sus labios contra los míos. No fue un beso torpe; fue un beso profundo, hambriento, de esos que hacen temblar las piernas. Sentí el sabor a su aliento, el roce caliente de su lengua buscando la mía con desesperación y el calor de su cuerpo pegándose al mío. Me sacó un gemido ahogado desde el primer segundo.
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Sus manos gruesas bajaron rápidamente hacia mis nalgas. Me apretó la carne suave por encima del encaje negro y me levantó en vilo, sentándome de un golpe sobre el mesón de la cocina.
Ernesto: —Dios mío... qué mujer tan deliciosa... huele riquísimo —murmuró entre beso y beso, bajando su boca hacia mi cuello, mordiéndome suavemente el lóbulo de la oreja y respirando el aroma de mi piel.
Me abrió las piernas de par en par. Con una destreza que no le conocía, se hincó de rodillas frente a mí. Apartó la tira delgada del panty negro hacia un lado, exponiendo mis labios húmedos y calientes por la excitación.
Ernesto no lo dudo un segundo. Pegó su cara directamente a mi entrepierna. Sentí el contraste de su barba incipiente raspándome los muslos y el aliento hirviente de su boca sobre mi centro. Comenzó a pasarme la lengua de abajo hacia arriba, con pasadas largas, firmes y húmedas, saboreando mis jugos con un deleite absoluto.
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Daniela: —¡Ahhh... don Ernesto! —gemí alto, echando la cabeza hacia atrás sobre los gabinetes de la cocina, clavándole los dedos en su cabello corto—. ¡Eso... ahí... ay, qué rico chupa, vecino!
El viejo no se limitó a lamer por encima; con la punta de la lengua empezó a jugarme en el clítoris, dándole circulitos suaves mientras me metía dos dedos bien profundos en la vagina, bombeándome al ritmo de sus succiones. Me hacía gemir como una loca. Sabía exactamente lo que hacía: me saboreaba, olfateaba mi pulso agitado y disfrutaba cada temblor de mis muslos.
En la habitación, a través de la pantalla, Juan veía cómo el santurrón tenía la cara hundida en mi cuca, restregándose contra mis nalgas mientras yo me retorcía de placer sobre el mesón.
Cuando me tenía al borde del primer colapso, Ernesto se puso de pie, respirando como un animal desbocado. Se desabrochó el pantalón y sacó su verga: era una barra gruesa, vena por vena marcada, tiesa y brillante por el preseminal.
Me agarró de la cintura, me acomodó de espaldas contra el mesón de la cocina y me subió una pierna por encima de su cadera.
Ernesto: —Míreme, Daniela... mire cómo me tiene —dijo mirándome a los ojos con la mirada inyectada en morbo.
Apoyó la cabeza de su verga en mi entrada, húmeda y abierta por su boca, y se me metió de un solo empujón seco y profundo.
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Daniela: —¡Uff... hijaputa! —chillé de placer sintiendo cómo esa masa de carne caliente me rellenaba por completo, estirándome las paredes internas.
Empezó a embestirme con un ritmo salvaje y constante. El sonido del choque de mis nalgas contra su pelvis retumbaba en toda la cocina. Me sujetaba la pierna arriba con una mano y con la otra me apretaba las tetas por encima de la camiseta gris. Cada estocada era profunda, buscándome el punto exacto, haciéndome sentir una plenitud física absoluta. Nos besábamos de forma descarada mientras se la comía, intercambiando saliva y gemidos sordos.
Ernesto: —Dios que rico te sientes... dígame si su marido se la mete así de duro —jadeaba el viejo, dándome golpes secos contra el mesón.
Daniela: —¡No mi marido no me la mete así !le respondía yo, agarrandome del meson
Después de varios minutos de sexo intenso en la cocina, con los dos empapados en sudor y con el olor a sexo llenando el aire, Ernesto me tomó de la mano. La calentura lo tenía completamente dominado; ya no le importaba nada.
Ernesto: —Lléveme a su cama... quiero terminar de reventarla en la cama donde duerme con él.
Caminamos abrazados, besándonos por el pasillo, hasta la habitación principal. Yo sabía que Juan estaba a pocos metros, viéndolo todo desde el clóset.
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Nos tiramos sobre el colchón. Ernesto me puso inmediatamente en cuatro, agarrándome firmemente de las caderas. Me levantó el culo hacia arriba, dejando ver la entrada de mi vagina dilatada y brillante. Se acomodó detrás de mí, me sujetó del moño de cabello para echarme la cabeza hacia atrás y me la hundió de golpe hasta la raíz.
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El impacto en la cama fue devastador. Me culeó en cuatro con una fuerza descomunal, dándome embestidas largas que me hacían botar los brazos contra las almohadas. Sentir a este hombre maduro, respetable y santurrón, dándome el polvo de mi vida en la misma cama donde duermo con mi esposo, mientras Juan se pajeaba al rojo vivo a dos metros de distancia, me llevó a un orgasmo explosivo.
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Daniela: —¡Me voy a venir... don Ernesto, me voy a venir! —grité apretando las sábanas.
Ernesto sintió las contracciones de mi vagina abrazándole la verga. Aceleró el ritmo a fondo, dando los últimos tironazos secos, hasta que soltó un rugido gutural y se vino dentro de mí, llenándome con chorros calientes y abundantes que sentí latir muy adentro de mi vientre.
Se dejó caer sobre mi espalda, jadeando exhausto, pegando su pecho sudado contra el mío y besándome el hombro con delicadeza mientras los dos intentábamos recuperar el aliento en medio de la habitación impregnada del olor a nuestro semen y fluidos.

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