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Mi novia se la chupo al señor de la tienda

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Me llamo David. Monse es mi novia. Los dos vamos a la misma escuela. Ella es linda de verdad, de esas que cuando entra a un salón todos voltean. Tiene la piel clara, casi blanca, de esas que se marcan fácil con el sol. El cabello le llega hasta la mitad de la espalda, castaño oscuro, siempre suelto o en una coleta alta que le deja el cuello a la vista. La cara es ovalada, ojos grandes de color miel, labios carnosos y rosados que se le hinchan un poco cuando se muerde el inferior por nervios. La nariz es chica y respingada. El cuello largo y delgado.
El cuerpo es lo que más llama la atención. Delgada de cintura, pero con caderas marcadas y un culo redondo, firme, que se mueve cuando camina. Las piernas son largas, muslos suaves que se rozan un poco al caminar. Las tetas no son enormes, pero están altas y firmes, del tamaño justo para que se noten debajo de la blusa del uniforme. Los pezones son rosados y se le ponen duros con el frío o cuando se pone nerviosa. Yo la había visto en ropa interior un par de veces, pero nunca desnuda completa. Todavía no habíamos hablado del tema. A mí me daba vergüenza. Yo suponía que Monse, igual que yo, era virgen.
Un día llegó a la escuela con los ojos brillantes y un panfleto arrugado en la mano. Era de su banda favorita. Concierto en unos meses. Hablaba sin parar, moviendo las manos, riendo. El pecho se le movía un poco con cada risa. Yo sonreí con ella, pero por dentro ya estaba pensando en lo que costarían los boletos.
Esa misma tarde nos metimos a internet en el departamento que ella renta. Los boletos costaban una barbaridad. Ni juntando lo que nos daban en casa alcanzábamos para uno solo. Nos quedamos callados un rato mirando la pantalla. Ella tenía las piernas cruzadas sobre la silla, el uniforme un poco subido, y se le veía la curva del muslo.
—Tenemos que trabajar —le dije.
Buscamos anuncios. Había uno en una tienda mediana del centro. Pedían dos empleados de medio tiempo. Horario de tarde. Perfecto para nosotros. Fuimos juntos. El dueño nos atendió detrás del mostrador.
Era un tipo con enanismo. No llegaba a mi pecho. Cara ancha, orejas enormes que se le pegaban a la cabeza, nariz chata y aplastada, labios gruesos y húmedos. Parecía sacado de un cuento de duendes, pero de los feos. Los ojos eran pequeños y negros, siempre moviéndose. Vestía una camisa que le quedaba grande y pantalones que se le arrastraban un poco. La tienda la había heredado de su familia, dijo. No podía alcanzar muchas cosas, por eso necesitaba gente.
Nos contrataron a los dos. Empezamos al día siguiente. Mañana escuela, tarde tienda. Ordenábamos cajas, atendíamos clientes, limpiábamos. El dueño, que se llamaba don Héctor, casi no salía de la parte de atrás. Pero cuando pasaba cerca de Monse, yo lo veía. Sus ojos se le quedaban pegados a su culo cuando ella se agachaba a acomodar mercancía. Se le pegaban a las piernas cuando subía una escalera. Se le pegaban a la forma en que se le marcaba el sostén bajo la blusa blanca del uniforme, especialmente cuando sudaba un poco y la tela se le transparentaba. No era una mirada normal. Era de pervertido. A mí no me gustaba. Me daba una sensación rara en el estómago cada vez que lo notaba.
Las semanas pasaban y el dinero entraba lento. Ya casi era la fecha del concierto y apenas teníamos lo de un boleto. Monse se ponía nerviosa. Yo también. A veces, cuando cerrábamos, ella se quedaba un rato más ordenando y yo la esperaba afuera. Una vez la vi hablar con don Héctor cerca de la caja. Él le sonreía con esa boca fea y ella miraba al suelo.
Una mañana ella no llegó a la escuela. Le mandé mensaje.
“Me quedé en el depa. Me siento mal.”
Solo tomé la primera clase. Después me salí. Fui directo al edificio donde renta. Unas chicas que vivían en el mismo piso me dijeron que la habían visto salir temprano, casi a las ocho, con el uniforme puesto.
Pensé que había doblado turno para juntar más. Fui a la tienda. La puerta de abajo estaba cerrada con candado. Extraño. Ya me iba a ir cuando escuché algo. Un golpe sordo. Una voz. Venían de arriba, del pequeño departamento que el dueño tenía sobre la tienda.
Subí las escaleras de metal lo más despacio que pude. Cada escalón crujía un poco. Arriba había una puerta de madera y al lado una ventanita estrecha, de esas de baño, con el cristal un poco sucio. Me agaché y me asomé.
Lo que vi me golpeó en el pecho.
Monse estaba de rodillas en el suelo. Completamente desnuda. Su uniforme —la blusa blanca, la falda gris, el sostén rosa y las bragas del mismo color— estaba tirado en un montón cerca de la cama. La luz de la ventana le daba de lado y le marcaba cada curva. La espalda era lisa, la cintura estrecha, el culo redondo y blanco, con dos hoyuelos arriba. Las tetas colgaban un poco hacia adelante por la posición, firmes, con los pezones rosados y duros. El cabello le caía suelto sobre los hombros y la espalda. Entre las piernas se le veía el coño afeitado, solo un poco de vello fino arriba, los labios rosados y cerrados.
El enano también estaba desnudo. Su cuerpo era corto, barriga blanda y pálida, piernas torcidas y peludas, pecho hundido. Entre las piernas tenía una verga gruesa y oscura, más grande de lo que esperaba para su tamaño. Estaba completamente dura, con las venas marcadas y la cabeza brillante de saliva. Monse la tenía en la boca.
La agarraba con las dos manos, los dedos delgados rodeando el tronco, y se la metía hasta el fondo. Se escuchaba el sonido húmedo, el chapoteo cada vez que él empujaba la cadera hacia adelante. Las mejillas se le hundían. Un hilo grueso de saliva le corría por la comisura de los labios, bajaba por la barbilla y le caía entre las tetas. Los ojos los tenía cerrados. Las rodillas abiertas sobre el piso de madera.
—Así… más profundo —dijo el enano con voz ronca—. Trágatela bien, putita. Por eso te voy a pagar.
Monse sacó la verga un momento, jadeando. Un hilo de saliva conectaba sus labios con la punta.
—Está muy gruesa… me duele la mandíbula.
—No te quejes. Tú aceptaste. ¿O quieres que te baje el dinero?
Ella no contestó. Solo volvió a abrir la boca y se la metió otra vez. Ahora más profundo. El enano le agarró el pelo con sus manos cortas y gordas y empezó a moverle la cabeza a su ritmo. Empujaba fuerte. Se escuchaba el ruido ahogado de la garganta de Monse cuando la punta le golpeaba atrás. Ella hacía sonidos de atragantarse, pero no se apartaba. Las lágrimas se le asomaban en las esquinas de los ojos. Las tetas se le movían con cada embestida de la cabeza.
Yo me quedé congelado detrás de la ventanita. El corazón me latía tan fuerte que pensé que lo iban a escuchar. Quería gritar. Quería romper el vidrio. Pero no me moví. Solo miré. La verga se me puso dura dentro del pantalón sin que pudiera evitarlo. Odiaba eso. Odiaba que mi cuerpo reaccionara mientras veía a mi novia de rodillas tragándose esa cosa.
Después de un rato el enano la soltó del pelo y la jaló hacia arriba por un brazo.
—Súbete a la cama. De rodillas. Culo hacia mí.
Monse obedeció. Se subió a la cama estrecha, se puso en cuatro y abrió las piernas. El culo quedó frente a él, alto, redondo, la raja del coño abierta y brillante. Se le veía el agujero rosado del ano un poco más arriba. El enano se subió detrás con dificultad por su tamaño, pero se acomodó. Agarró su verga con una mano, la frotó un poco entre los labios de ella, subiendo y bajando, mojándola con los jugos que ya le salían, y empujó de un solo golpe.
Monse soltó un grito ahogado.
—¡Ah… carajo!
—Calla. Aguanta.
Empezó a cogérsela. Sus caderas cortas se movían rápido, casi con violencia. La verga gruesa entraba y salía completa, brillando de saliva y de los fluidos de ella. Se escuchaba el sonido húmedo de piel contra piel, el chapoteo rítmico. Cada vez que entraba hasta el fondo, el vientre blando del enano golpeaba el culo de Monse. Ella tenía la cara enterrada en la almohada, las manos apretando las sábanas con fuerza. Los dedos se le ponían blancos. Cada embestida la hacía temblar hacia adelante. Las tetas le colgaban y se movían abajo de su cuerpo.
Todavía no habíamos hablado del tema. Yo suponía que los dos éramos vírgenes. Ver cómo esa verga le abría el coño por primera vez me partió algo por dentro.
—Más fuerte… —dijo ella de repente, con la voz rota—. Si me vas a pagar, hazlo bien.
El enano rio. Una risa fea, corta, de pecho.
—Mira nada más. La noviecita del muchacho ahora pide que la destroce. Eres una puta cara, ¿verdad?
Le dio una nalgada fuerte. El sonido fue seco. La marca de la mano le quedó roja enseguida sobre la piel blanca. Luego otra. Y otra. Mientras tanto no dejaba de meterla. Ahora más profundo, más rápido. El culo de Monse se movía con cada golpe. Ella empezó a gemir más alto. Ya no escondía la cara. La tenía de lado, la boca abierta, los ojos entrecerrados, el cabello pegado a la frente por el sudor. Se le notaba el pecho moviéndose con cada embestida. Un hilo de baba le caía de la comisura de la boca a la almohada.
Yo sentía el estómago revuelto y al mismo tiempo la verga tan dura que dolía. No entendía. Odiaba lo que veía. Odiaba al enano. Odiaba que Monse estuviera ahí, abierta, gimiendo, dejando que ese cuerpo feo la usara. Pero no podía apartar la mirada. Cada detalle se me grababa: la forma en que la verga gruesa le abría los labios del coño, el líquido transparente que le corría por el muslo interno hasta la rodilla, el temblor de sus piernas, la expresión de placer y vergüenza mezclados en su cara.
El enano la volteó. La puso boca arriba, le abrió las piernas con las manos cortas y se metió otra vez entre ellas. Ahora la miraba de frente mientras la cogía. Las piernas de Monse quedaron abiertas a los lados de su cuerpo pequeño. Él le agarró las tetas, las apretó con fuerza, le pellizcó los pezones hasta que ella se quejó y se le arqueó la espalda. La verga entraba y salía rápida, haciendo un sonido obsceno. El coño de Monse estaba rojo e hinchado.
—¿Sabe tu novio que te estoy cogiendo? —dijo el enano, sonriendo con esa boca fea—. Dime.
Monse solo gemía. Tenía los ojos húmedos.
—Dime o te bajo la mitad del dinero.
Ella cerró los ojos un segundo. Luego los abrió y habló, casi sin voz:
—No…
—Más fuerte.
—¡No sabe que me estás cogiendo por dinero! ¡Que me estás destrozando el coño por dinero!
El enano aceleró. Ahora la cama golpeaba contra la pared con cada embestida. Monse se corrió primero. Se le arqueó la espalda completa, soltó un grito largo y se le contrajo el cuerpo entero. Las piernas le temblaron. El coño se le apretó alrededor de la verga del enano y un chorro de líquido le salió alrededor del tronco. Él no se detuvo. Siguió metiéndola hasta que ella temblaba y pedía que parara un poco, con la voz rota. Él no hizo caso. La usó hasta que quiso.
Al final la sacó de la cama. La puso otra vez de rodillas en el suelo. Se agarró la verga, toda brillante, gorda y roja, y se la frotó rápido frente a la cara de ella. Monse tenía la cara roja, el pelo pegado a la frente por el sudor, los labios hinchados y brillantes de saliva. Los ojos bajos.
—Abre la boca. Saca la lengua.
Monse obedeció. Abrió la boca y sacó la lengua. El enano se corrió con un gruñido grueso. Chorros espesos y blancos le cayeron en la lengua, en la nariz, en las mejillas, en el pelo. Parte le resbaló por la barbilla hasta el pecho y le manchó un pezón. Monse se quedó quieta, con la boca abierta, recibiendo todo. Cuando terminó, el enano le restregó la punta de la verga por los labios, untándole lo que quedaba.
—Lámela. Todo.
Ella lo hizo. Pasó la lengua por la cabeza hinchada, por el tronco, limpiando los restos blancos. Luego se pasó los dedos por la cara, recogió el semen que le había caído en las mejillas y se lo metió a la boca. Tragó.
El enano se rió otra vez.
—Buen trabajo. El dinero está en el cajón.
Escuché pasos. Él se movía hacia la puerta del baño. Monse se quedó sentada en el suelo un momento, limpiándose la cara con la sábana. Tenía el semen todavía brillándole en el pelo y en el pecho. Yo me aparté de la ventanita lo más rápido y silencioso que pude. Bajé las escaleras casi sin respirar. En la calle caminé varias cuadras sin rumbo. Tenía la verga dura, el pecho apretado y una rabia que no sabía dónde poner. Si yo tuviera más dinero, pensé, ella no hubiera tenido que hacer eso. Si yo no fuera un pobre de mierda, mi novia no estaría de rodillas tragándose la leche de ese enano. No habría dejado que le abrieran el coño por primera vez a cambio de billetes.
Los días siguientes intenté actuar normal. Monse llegó a la escuela como si nada. Sonreía, me daba besos, me hablaba del concierto. El cabello lo traía limpio, la cara lavada, el uniforme planchado. Me dijo que sus papás le habían pasado más dinero y que ya alcanzábamos para los dos boletos. Mentira. Yo lo sabía. Pero no dije nada. Fingí creerle. Por las noches, cuando estaba solo, no podía dejar de pensar en cómo se veía con la cara llena de semen, con las piernas abiertas y ese cuerpo pequeño y feo encima de ella. Recordaba el sonido del chapoteo, el grito cuando se corrió, la forma en que abrió la boca para recibir todo.
Días antes del concierto renunciamos los dos. Yo ya no podía ver la cara de don Héctor. Cada vez que me miraba, sentía que sus ojos me decían lo mismo: “Me cogí a tu novia. Me corrí en su cara. Y ella lo aceptó por billetes.”

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