Dentro del cuartito de limpieza, el ambiente era cada vez más íntimo y cargado. Marquitos seguía sentado en el banquito pequeño, con las manos entre las rodillas y la mirada baja, pero ya se sentía más confiado para hablar. Alonzo, sentado frente a él, lo observaba con atención.
Marquitos continuó confesándose con voz bajita y avergonzada:
—…y cuando veo a la seño metiéndole eso en el culito a las nenas… yo siento como si quisiera estar en el lugar de ellas. Me da calor acá —se tocó suavemente el culito por encima del pantalón— y me pongo raro. ¿Eso está mal, señor Alonzo? ¿Soy raro por sentir eso?
Alonzo tragó saliva. Sus ojos, hasta ese momento tranquilos, empezaron a cambiar. Ahora miraban a Marquitos con un brillo diferente: lujuria y deseo. Aunque siempre se había considerado heterosexual, algo en el cuerpito del niño lo estaba afectando profundamente.
Marquitos era delgado, de piel muy blanca, cabello castaño medio largo que le caía sobre la frente y, sobre todo, tenía un culoncito redondo, suave y prominente que se marcaba incluso con el pantalón del uniforme. Era un culito infantil, virgen, apretado y perfecto. Alonzo no podía dejar de imaginar cómo se vería ese culito desnudo, abierto, recibiendo algo dentro.
A pesar de su excitación creciente, Alonzo se esforzó por mantener la calma. No quería espantar al niño. Respiró hondo y respondió con voz ronca pero controlada:
—No estás mal, Marquitos… no sos raro. Hay muchos varones a los que les gusta sentir placer por el culito. Se llama ser pasivo. A algunas personas les gusta recibir, sentir que los llenan, que los usan… y está bien si a vos te pasa eso. Es solo una forma diferente de sentir placer.
Mientras hablaba, Alonzo no podía evitar que su mente se llenara de imágenes sucias: Marquitos en cuatro patas, con su culoncito blanco y redondo levantado, gimiendo mientras algo entraba despacio en él. Sentía cómo su pene empezaba a endurecerse dentro del pantalón, pero se obligó a mantenerse quieto y controlado.
Marquitos levantó la mirada, todavía dudoso:
— ¿De verdad no está mal? Porque cuando veo a las nenas gritando de gusto… yo también quiero sentir eso. Pero me da vergüenza… ¿y si alguien se entera?
Alonzo se inclinó un poco hacia adelante, mirándolo fijamente. Sus ojos ya tenían un deseo claro, aunque trataba de disimularlo con una sonrisa tranquila.
—Acá estamos solos, pibe. Somos amigos. Podés contarme todo lo que sentís. Nadie se va a enterar. Y si te gusta la idea de estar en el lugar de las nenas… de sentir que te penetran el culito… eso no te hace malo. Solo te hace diferente. Y a veces lo diferente es lo que más rico se siente.
Marquitos se sonrojó aún más y bajó la mirada otra vez, pero siguió hablando:
—Cuando espié a mis papás… vi cómo mi papá le metía el pene a mi mamá… y ella gemía mucho. Yo… yo me imaginé siendo mi mamá. Me imaginé que alguien me hacía eso… y me dio calor. ¿Eso significa que soy como las nenas que la seño folla?
Alonzo sintió un calor intenso en la entrepierna. La imagen de Marquitos, con su culoncito virgen, imaginándose siendo penetrado como su mamá, lo estaba excitando muchísimo. Su pene ya estaba completamente duro dentro del pantalón, pero se obligó a mantener la voz calmada:
—Puede ser, Marquitos. A algunas personas les gusta ser el que recibe. No importa si sos nene o nena. Lo importante es que te guste y que sea con alguien de confianza. Si querés… podemos seguir hablando de esto. Yo te puedo explicar todo lo que quieras saber. Sin apuro. Sin vergüenza.
Marquitos asintió lentamente, todavía avergonzado pero aliviado de poder hablar con alguien.
—Gracias, señor Alonzo… me da vergüenza, pero… me gusta hablar con vos. Me hacés sentir que no soy raro.
Alonzo sonrió, pero por dentro su mente estaba llena de pensamientos lujuriosos: imaginaba cómo sería tocar ese culoncito blanco y suave, cómo se sentiría penetrarlo despacio, cómo gemiría Marquitos con su vocecita infantil.
Se controló con esfuerzo y solo dijo:
—Claro que no sos raro, pibe. Somos amigos. Podés contarme todo.
Los dos se quedaron un rato más en el cuartito, Marquitos hablando bajito sobre sus dudas y sensaciones, mientras Alonzo lo escuchaba con aparente calma… pero con los ojos cada vez más cargados de deseo hacia el cuerpito virgen y culoncito del niño.
Dentro del cuartito de limpieza, el silencio era denso. Marquitos seguía sentado en el banquito, con las mejillas rojas y la mirada baja, todavía procesando todo lo que había confesado. Alonzo lo observaba con atención, pero sus ojos ya no eran solo los de un adulto comprensivo.
Ahora había lujuria en su mirada.
Alonzo se inclinó un poco más hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su voz ronca bajó aún más, volviéndose más íntima y seductora:
—Marquitos… mirá, no tenés que avergonzarte de nada de lo que sentís. Acá estamos solos, somos amigos. Yo no te voy a juzgar. De hecho… me parece muy valiente que me estés contando todo esto.
Hizo una pausa, recorriendo con la mirada el cuerpo del niño: sus piernitas delgadas, su pancita plana y, sobre todo, ese culoncito redondo y prominente que se marcaba incluso sentado.
—Sabés… tenés un culito muy lindo para ser un nene —dijo Alonzo con tono casual pero cargado de intención—. Es grande, redondito, suavecito… parece más el culito de una nena que de un varón. Muchos nenes se avergüenzan de tener un culito así, pero no tendrías que hacerlo. Hay muchos niños que en el fondo quieren ser niñas… quieren sentirse suaves, bonitos, deseados… y no tiene nada de malo. Al contrario… es lindo.
Marquitos levantó la mirada, sorprendido y avergonzado. Sus mejillas se pusieron aún más rojas.
— ¿De verdad? ¿Mi culito… parece de nena?
Alonzo sonrió con una mezcla de ternura falsa y deseo creciente. En su mente, las imágenes sucias se multiplicaban: imaginaba a Marquitos desnudo, en cuatro patas, con ese culoncito blanco y redondo levantado, gimiendo mientras él lo penetraba despacio. Imaginaba cómo se sentiría ese ano virgen apretando su verga, cómo gemiría Marquitos con su vocecita infantil, cómo se movería ese culito carnoso al recibir cada embestida.
Pero se controló. No quería espantarlo todavía.
—Sí, pibe… es muy lindo. Suave, redondo, con esa forma que tienen las nenas. Cuando te veo caminar, se mueve un poquito… es bonito. Y si a vos te gusta la idea de sentirte como una nena… de que te traten como a una nena… no tenés que avergonzarte. Hay muchos varones que sueñan con eso. Con sentirse suaves, con que los miren, los toquen, los… llenen.
Marquitos se removió en el banquito, claramente nervioso pero también intrigado.
— ¿Y… eso significa que yo soy como las nenas que la seño…?
Alonzo asintió lentamente, sin dejar de mirarlo con ojos hambrientos.
—Puede ser. Y está bien. Imaginate… si te gustara estar en el lugar de las nenas… sentir que te besan, que te tocan, que te meten algo despacito en ese culito tan lindo que tenés… no sería malo. Sería solo… explorar. Sentir placer. Muchos nenes lo hacen en secreto y después se sienten más felices.
Mientras hablaba, Alonzo imaginaba cosas cada vez más sucias: Marquitos arrodillado, chupándole la verga con su boquita inocente; Marquitos en cuatro patas, gimiendo mientras él le abría ese culoncito virgen; Marquitos vestido con ropa de nena, con pollerita corta, dejando ver ese culito redondo…
Pero mantuvo la voz calmada y persuasiva:
—No tenés que decidir nada ahora. Solo pensalo. Y si querés hablar más… o si querés que te explique cómo se siente… yo estoy acá. Somos amigos. Podés confiar en mí.
Marquitos se quedó callado un largo rato, con la cara roja y el culoncito moviéndose nervioso contra el banquito. Finalmente murmuró bajito:
— …Gracias, señor Alonzo. Me da vergüenza… pero me gusta que me digas que no está mal.
Alonzo sonrió, ocultando el deseo que le ardía por dentro.
—Cuando quieras, pibe. Acá estoy para lo que necesites.
Nos vemos mañana, ¿sí? Seguí pensando en lo que hablamos. Acá estoy para lo que necesites.
Marquitos asintió, todavía con la cara roja y el corazón latiéndole fuerte. Se levantó del banquito y se dirigió hacia la puerta.
Antes de que saliera, Alonzo lo detuvo suavemente por el hombro. Se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla… pero lo plantó muy cerca de los labios, casi en la comisura. El beso fue más largo de lo normal, cálido y deliberado. Marquitos sintió el roce de la barba picosa de Alonzo contra su piel suave y se quedó quieto, sorprendido.
—Chau, Marquitos… portate bien —murmuró Alonzo con voz ronca, mirándolo fijamente a los ojos.
Marquitos salió corriendo hacia el patio, con la mejilla ardiendo y una sensación extraña en el cuerpo.
Alonzo se quedó solo en el cuartito unos segundos más, respirando pesado. Su pene estaba duro como una piedra dentro del pantalón. Salió del colegio a toda prisa y volvió a su casa.
Su mujer, una señora fea, gorda, de unos 48 años, con el pelo teñido mal y el cuerpo fofo por los años, estaba en la cocina preparando la cena. Alonzo no dijo casi nada. La agarró por detrás, le levantó la falda sin preámbulos y la folló allí mismo, contra la mesada.
La penetró con fuerza, gruñendo, imaginando que era el culoncito blanco y redondo de Marquitos. Su mujer gemía sorprendida y un poco dolorida por la brusquedad, pero Alonzo no pensaba en ella. Solo veía en su mente a Marquitos en cuatro patas, con su uniforme escolar, gimiendo con vocecita infantil mientras él le metía la verga en ese culito virgen.
Terminó eyaculando dentro de su mujer con un gruñido fuerte, pero no quedó satisfecho. Era solo un desahogo rápido.
Esa noche, acostado en la cama al lado de su esposa ya dormida, Alonzo no podía dejar de pensar en Marquitos. Su mente estaba llena de imágenes sucias: el niño desnudo, con su culoncito levantado, gimiendo mientras lo penetraba despacio; Marquitos chupándole la verga con su boquita inocente; Marquitos vestido de nena, con pollerita corta, dejándole ver ese culito carnoso.
Entonces tuvo una idea.
Recordó que en el altillo guardaba una caja con ropa vieja de cuando sus hijas eran chicas. Uniformes escolares de la misma edad de Marquitos: polleritas tableadas, camisas blancas, corbatitas, zapatitos… todo completo.
Sonrió en la oscuridad.
“Al día siguiente le voy a llevar una sorpresita al pibe”, pensó.
Alonzo ya estaba planeando cómo seducir lentamente a Marquitos, cómo convencerlo de probar “juegos de nenas”, cómo ver ese culoncito virgen desnudo y abrirlo para él.
Al día siguiente…
Durante el recreo largo, Marquitos se escabulló como siempre hacia el salón para espiar la orgía de la maestra Mónica. Alonzo ya lo esperaba cerca de la puerta.
Después de espiar juntos unos minutos, Alonzo le hizo una seña y los dos se retiraron al cuartito de limpieza.
Una vez adentro, Alonzo cerró la puerta y sacó del bolso una bolsa de nylon.
—Marquitos… te traje un regalo. Una sorpresa. Pero es solo para vos y para mí. Nadie más tiene que saber.
Sacó de la bolsa un uniforme escolar completo de nena: pollerita tableada azul corta, camisa blanca, corbatita, medias blancas y zapatitos negros.
Lo extendió frente a Marquitos y le dijo con voz baja y seductora:
—Pensé que te gustaría probar cómo se siente vestirse de nena… ya que te gusta la idea de estar en el lugar de las nenas. ¿Querés probártelo? Solo acá adentro… nadie va a enterarse.
Marquitos se quedó mirando el uniforme con los ojos muy abiertos, rojo como un tomate, sin saber qué decir.
Alonzo extendió el uniforme escolar de nena frente a Marquitos: la pollerita tableada azul corta, la camisa blanca con corbatita, las medias blancas y los zapatitos negros. El niño se quedó mirando la ropa con los ojos muy abiertos, la cara completamente roja y las manos temblando un poco.
—Señor Alonzo… no sé… —murmuró Marquitos con voz bajita y avergonzada—. Me da mucha vergüenza… ¿y si alguien nos ve? Además… tengo que desnudarme para ponérmelo…
Alonzo sonrió con paciencia, pero por dentro su deseo ardía. Mantuvo la voz calmada y persuasiva:
—Tranquilo, Marquitos. Acá estamos solos, la puerta está cerrada con llave. Nadie va a entrar. Es solo un juego entre nosotros, como los que hacen las nenas en secreto. No tenés que avergonzarte. Muchos nenes prueban esto y después se sienten más felices. Solo quiero que veas cómo te queda… nada más. Si no te gusta, te lo sacás y listo.
Marquitos dudaba, moviendo nervioso su culoncito contra el banquito. Miraba el uniforme y luego a Alonzo.
—Es que… me da vergüenza desnudarme delante de usted…
Alonzo levantó las manos en señal de paz y se dio vuelta lentamente, quedando de espaldas al niño.
—Está bien, pibe. Me doy vuelta. No voy a mirar hasta que me digas. Desnudate tranquilo y ponete el uniforme. Yo espero acá.
Marquitos se quedó unos segundos más dudando, pero la curiosidad y esa extraña excitación que sentía desde que espiaba las orgías fueron más fuertes. Se levantó del banquito y empezó a desnudarse con manos temblorosas.
Se quitó la camisa del uniforme escolar de varón, luego los pantalones, quedando solo en calzoncillos. Dudó un momento antes de bajárselos también. Su cuerpito delgado y blanco quedó completamente desnudo: piel suave, pancita plana, piernitas flacas y ese culoncito redondo, blanco y carnoso que se movía ligeramente con sus movimientos.
Se puso primero las medias blancas, luego la pollerita tableada azul (que le quedaba corta, dejando ver gran parte de sus muslos y el borde de su culito). Se abotonó la camisa blanca, se colocó la corbatita y finalmente los zapatitos negros.
Cuando terminó, se miró un segundo en un viejo espejo roto que había en el cuartito. Se veía… como una nena. La pollerita corta dejaba ver sus piernas delgadas y su culito redondo asomando un poco por debajo. La camisa le quedaba un poco grande, pero el conjunto completo le daba un aspecto sorprendentemente femenino e inocente.
Marquitos tragó saliva y dijo bajito, todavía avergonzado:
—Señor Alonzo… ya estoy… puede darse vuelta.
Alonzo se dio vuelta lentamente.
Cuando vio a Marquitos vestido de nena, se quedó completamente sin palabras. Sus ojos se abrieron más y un deseo intenso le recorrió todo el cuerpo.
El niño se veía increíblemente lindo y femenino. La pollerita corta resaltaba su culoncito redondo y prominente, la camisa blanca le daba un aire inocente, y el cabello castaño medio largo le caía sobre la frente. Parecía una nenita real: delicada, blanca, con ese culito que se marcaba suavemente bajo la tela.
Alonzo sintió que su pene se endurecía al instante dentro del pantalón. En su mente pasaron imágenes sucias y rápidas: Marquitos vestido así, en cuatro patas, con la pollerita levantada, gimiendo mientras él le metía la verga en ese culito redondo y virgen; Marquitos arrodillado, chupándole la verga con su boquita de nena; Marquitos sentado en su regazo, moviéndose con la pollerita subida…
—Carajo… —murmuró Alonzo, casi sin poder contenerse—. Marquitos… te ves… hermoso. Te ves como una nena de verdad. Esa pollerita te queda perfecta… y ese culito… se ve aún más lindo así vestido. No tenés que avergonzarte. Estás muy lindo. Muy, muy lindo.
Marquitos se puso rojo como un tomate y bajó la mirada, tirando un poco de la pollerita hacia abajo con vergüenza.
— ¿De verdad? Me siento raro… pero… no sé… me gusta un poquito…
Alonzo dio un paso más cerca, controlando su deseo con esfuerzo, pero sin poder ocultar el hambre en sus ojos.
—Te queda increíble. Parecés una de las nenas que la maestra Mónica folla en el salón. Si querés… podemos seguir jugando un rato más. Nadie nos va a ver.
Marquitos se quedó quieto, con la pollerita corta moviéndose ligeramente, sin saber qué responder, pero claramente afectado por las palabras de Alonzo.
Alonzo se quedó unos segundos en silencio, recorriendo con la mirada el cuerpito de Marquitos vestido de nena. El contraste era fuerte y le provocaba un deseo difícil de ocultar.
La pollerita tableada azul era corta, dejaba ver gran parte de sus muslos delgados y blancos, y se hinchaba ligeramente por detrás debido a su culoncito redondo y carnoso. La camisa blanca le quedaba un poco grande, pero la corbatita le daba un aire inocente y femenino. El cabello castaño medio largo le caía sobre la frente, y sus zapatitos negros completaban la imagen de una nenita del colegio.
Alonzo tragó saliva. En su mente, las imágenes sucias se volvían cada vez más intensas: imaginaba levantarle esa pollerita, bajarle la bombachita y ver ese culito blanco y redondo completamente desnudo; imaginaba cómo se vería Marquitos arrodillado con la pollerita subida, chupándole la verga con su boquita de nena; imaginaba penetrar ese culito virgen mientras Marquitos gemía con vocecita infantil.
Se controló lo mejor que pudo y dio un paso más cerca, hablando con voz ronca pero intentando sonar calmada y halagadora:
—Marquitos… mirate en el espejo otra vez. Girá un poquito.
Marquitos, todavía rojo como un tomate, se dio vuelta lentamente frente al viejo espejo roto del cuartito. Se miró de costado y vio cómo la pollerita se levantaba un poco por detrás, dejando ver la curva de su culoncito. Se sintió raro… una mezcla de vergüenza, curiosidad y una excitación que no sabía explicar. Su pene chiquito se movió ligeramente dentro de la bombachita de nena que Alonzo le había dado.
—Se ve… raro —murmuró Marquitos, tirando de la pollerita hacia abajo con vergüenza—. Parece que soy una nena de verdad…
Alonzo se acercó más por detrás, disimuladamente. Puso una mano grande y callosa en el hombro del niño, como si solo lo estuviera acomodando, pero sus dedos bajaron un poco por la espalda.
—Raro no… lindo —dijo con voz baja y seductora—. Tenés un culito precioso para ser un nene. Es redondo, grande, suavecito… se marca bonito debajo de la pollerita. Parece el culito de una nena de verdad. Muchas nenas matarían por tener un culito así de rico.
Marquitos se puso aún más rojo. Sintió el calor de la mano de Alonzo en su espalda y un cosquilleo extraño que le bajaba hasta el culito.
Alonzo continuó, ahora tocando disimuladamente la cintura del niño por encima de la pollerita, como si estuviera ajustando la ropa:
—Mirá cómo te queda la pollerita… se mueve cuando caminás. Y esa camisa blanca con la corbatita… te hace ver tan inocente. Pero debajo… tenés un cuerpo que parece de nena. Piernitas delgadas, pancita plana, y ese culito… Dios, Marquitos, ese culito es lo más lindo que vi. Es carnoso, redondo, se mueve cuando te movés. No tenés que avergonzarte. Hay muchos nenes que sueñan con tener un cuerpo así… con sentirse como una nena bonita. Y vos lo sos. Sos una nena muy linda disfrazada de nene.
Marquitos se miró otra vez en el espejo. Se movió un poco de lado y vio cómo la pollerita se levantaba ligeramente, dejando ver más de sus muslos y la curva inferior de su culito. Sintió una excitación rara, un calor en el bajo vientre y en su culoncito que no entendía del todo, pero que le gustaba.
— ¿De verdad me veo… lindo? —preguntó bajito, con vergüenza.
Alonzo sonrió, y esta vez su mano bajó un poco más, rozando disimuladamente la parte superior de la pollerita, casi tocando el borde del culito por encima de la tela.
—Más que lindo. Te ves hermosa. Si te viera la maestra Mónica vestida así… seguro querría jugar contigo también. Ese culito redondo y blanco… es perfecto para que alguien lo acaricie, lo bese… o algo más.
Marquitos se estremeció ligeramente al sentir el roce de la mano de Alonzo. No se apartó, pero su respiración se volvió más rápida.
Alonzo siguió hablando, con la voz cada vez más ronca, mientras su mente imaginaba cosas cada vez más sucias:
—Imagináte… si te gustara sentirte como una nena… podrías usar esta ropa cuando estemos solos. Yo te ayudaría a vestirte… te peinaría el cabello… te diría lo linda que sos. Y nadie más tendría que saber. Sería nuestro secretito. ¿Qué pensás?
Marquitos se quedó mirando su reflejo en el espejo, con la pollerita corta, la corbatita y ese culoncito que se marcaba suavemente. Sentía vergüenza, pero también una excitación nueva y confusa que le hacía temblar un poco las piernitas.
—No sé… me da vergüenza… pero… me gusta un poquito cómo me veo —confesó bajito.
Alonzo sonrió, satisfecho, y su mano rozó una vez más la tela de la pollerita, esta vez un poco más abajo, casi tocando el borde del culito del niño.
—Entonces no hay nada de malo. Podés seguir probándote la ropa cuando quieras. Yo estoy acá para ayudarte… y para decirte lo linda que te ves como nena.
Marquitos se quedó quieto frente al espejo, respirando agitado, mientras Alonzo lo miraba con ojos llenos de deseo contenido, imaginando todo lo que quería hacerle a ese cuerpito infantil y culoncito disfrazado de nena.

De repente sonó la campana que anunciaba el final del recreo largo.
Marquitos se sobresaltó.
— ¡La campana! —dijo con voz aguda y nerviosa—. ¡Tengo que vestirme rápido!
Se apresuró a quitarse el uniforme de nena. Primero se sacó los zapatitos, luego las medias blancas. Con prisa y torpeza, se desabotonó la camisa blanca y la dejó caer al piso. Después se bajó la pollerita tableada azul y quedó solo con la bombachita de nena que Alonzo le había dado.
Sin darse cuenta de que Alonzo lo estaba mirando todo con atención, Marquitos se bajó también la bombachita y quedó completamente desnudo.
Alonzo no perdió detalle.
El cuerpito de Marquitos era perfecto: piel blanquita, suave y sin una sola marca, como porcelana. Piernitas delgadas, pancita plana y lisa, y ese culito grandecito, redondo y carnoso que contrastaba con su cuerpo delgado. Era un culito de nena: respingón, suave, con dos cachetes perfectos y una línea profunda en el medio. Cuando Marquitos se agachó un poco para recoger su ropa de varón, Alonzo vio claramente su anito rosadito, cerradito y virgen: un pequeño botón perfecto, apretado, de color rosa claro, sin un solo pelo. Era un ano infantil, inocente y tentador.
También vio sus piecitos delicados, pequeños y suaves, con deditos finos.
Alonzo sintió que su pene se ponía durísimo dentro del pantalón. Su respiración se volvió pesada. En su mente pasaban imágenes sucias y rápidas: imaginaba arrodillarse detrás de Marquitos, separar esos cachetes suaves y lamer ese anito rosado y virgen; imaginaba meterle la verga despacio en ese culito apretado mientras Marquitos gemía con vocecita infantil; imaginaba vestirlo de nena todos los días y follárselo en el cuartito.
Tuvo que apretar los puños para no abalanzarse sobre él en ese momento.
Marquitos, ajeno a todo, se puso rápidamente su ropa de varón: la camisa, los pantalones y los zapatos. Se acomodó el cabello con las manos y miró a Alonzo, todavía rojo.
— ¡Ya está! Me tengo que ir corriendo… chau, señor Alonzo.
En la prisa, Marquitos se acercó para despedirse y, sin querer, en vez de darle un beso en la mejilla, le dio un beso rápido en la boca. Fue un beso inocente, de labios suaves contra labios de hombre, pero duró un segundo más de lo normal.
Alonzo se quedó congelado.
Marquitos salió corriendo del cuartito sin mirar atrás, cerrando la puerta detrás de él.
Alonzo se quedó solo en el cuartito de limpieza, respirando agitado, con el pene duro y palpitante dentro del pantalón. Se pasó la mano por la boca, todavía sintiendo el roce de los labios suaves y cálidos de Marquitos.
Se sentó en el banquito, con la mirada perdida, y murmuró para sí mismo:
—Qué culito tan perfecto… tan redondo, tan blanco, tan virgen… y esa boquita… Dios, qué boquita tiene el pendejo.
Su mente estaba llena de fantasías cada vez más intensas: imaginaba a Marquitos vestido de nena, arrodillado, chupándole la verga; imaginaba penetrando ese anito rosado y apretado mientras el niño gemía; imaginaba besándolo con lengua mientras le metía los dedos en el culito.
Alonzo se quedó un buen rato sentado en el cuartito, pensativo, excitado y planeando cómo dar el siguiente paso con Marquitos. Ya no era solo curiosidad… ahora quería tenerlo.
Alonzo volvió a su casa esa tarde con la cabeza y el cuerpo ardiendo. No podía quitarse de la mente la imagen de Marquitos desnudo por un segundo: esa piel blanquita y perfecta, ese culoncito redondo y carnoso, ese anito rosadito y virgen que había visto cuando el niño se cambió.
Al llegar, su mujer le preguntó algo, pero él apenas contestó. Se fue directo al altillo y empezó a revolver cajas viejas. Encontró lo que buscaba: una bolsa con ropa interior infantil de cuando sus hijas eran chicas. Había varias bombachitas de nena con dibujitos tiernos: ositos, corazones, estrellitas, unicornios y flores. Eran bombachitas suavecitas, de algodón, con volados y lacitos. Algunas tenían un poco de encaje en los bordes.
Alonzo las miró con una sonrisa oscura. Las olió un segundo (todavía conservaban un leve olor a ropa guardada) y las metió en una bolsita discreta.
“Mañana le voy a dar una sorpresa al pibe”, pensó, mientras su pene se endurecía otra vez.
Al día siguiente, en el cuartito de limpieza
Marquitos llegó nervioso, como siempre, después de espiar un rato la orgía de la maestra Mónica. Alonzo ya lo esperaba adentro.
—Te traje un regalo —dijo Alonzo con voz ronca, extendiéndole la bolsita—. Es para que sigas probando cómo te sentís vestido de nena.
Marquitos abrió la bolsa y sacó las bombachitas infantiles. Sus ojos se iluminaron. Eran de colores pastel, con dibujitos lindos y voladitos. Se emocionó tanto que su carita se puso roja de excitación y vergüenza al mismo tiempo.
— ¡Son… bombachitas de nena! —dijo con vocecita aguda, sosteniéndolas contra su pecho—. ¡Son tan lindas! Tienen ositos… y estrellitas…
Alonzo sonrió, mirándolo con deseo contenido.
—Probátelas. Quiero ver cómo te quedan.
Marquitos dudó solo un segundo. La emoción fue más fuerte que la vergüenza. Se dio vuelta, se bajó rápidamente los pantalones y la bombachita de varón, quedando desnudo de cintura para abajo. Su culoncito blanco y redondo quedó a la vista.
Se probó la primera: una bombachita blanca con ositos celestes. Le quedaba ajustada, marcando perfectamente la forma redonda de su culito. Se miró en el espejo roto y soltó una risita nerviosa.
— ¡Me queda como a una nena!
Alonzo tragó saliva. El culito de Marquitos se veía aún más provocativo con la bombachita infantil apretada.
—Te queda preciosa… girá un poquito.
Marquitos giró, emocionado, y se probó la siguiente: una rosa con corazoncitos. Luego una amarilla con estrellitas, después una con unicornios. Cada vez que se cambiaba, se quedaba un segundo frente al espejo, moviendo el culito de un lado a otro, riéndose con vergüenza y placer.
— ¡Mirá esta con unicornios! ¡Se ve tan linda!
Se probó todas, modelando para Alonzo. Se daba vuelta, se agachaba un poco, se miraba de costado. La tela suave se le metía entre las nalgas, marcando claramente la forma de su culoncito redondo y carnoso. A veces la bombachita se le bajaba un poco atrás y dejaba ver parte de su anito rosado y virgen.
Alonzo no perdía detalle. Estaba durísimo dentro del pantalón. En su mente imaginaba arrancarle esas bombachitas, separar ese culito y penetrarlo despacio mientras Marquitos gemía con vocecita de nena. Imaginaba al niño vestido solo con la bombachita, arrodillado, chupándole la verga.
—Te ves hermosa… —dijo Alonzo con voz ronca, sin poder ocultar del todo su excitación—. Ese culito tan redondo y grande para ser de un nene… con esas bombachitas de nena te ves exactamente como una nenita. Muy linda. Muy deseable.
Marquitos se rio nervioso, todavía modelando la última bombachita (una celeste con dibujitos de ositos), moviendo el culito de un lado a otro frente al espejo.
— ¿De verdad me veo como una nena? Me da vergüenza… pero me gusta un poquito…
Alonzo se acercó un paso más, con los ojos fijos en ese culito infantil apretado por la bombachita.
—Te ves más que lindo… te ves perfecto. Cualquier nena quisiera tener un culito así de rico.
Marquitos se quedó quieto frente al espejo, emocionado, avergonzado y excitado, sin saber que Alonzo estaba a punto de perder el control.
Alonzo no podía apartar la mirada del cuerpito desnudo de Marquitos mientras el niño se probaba las bombachitas una tras otra.
Cada vez que Marquitos se bajaba una bombachita para probarse la siguiente, Alonzo devoraba con los ojos ese culito grande, redondo y carnoso que se movía suavemente. Era un culito desproporcionado para un nene tan delgado: cachetes suaves, blancos, con una curva perfecta y una línea profunda en el medio. Cuando Marquitos se agachaba un poco para recoger la siguiente bombachita, Alonzo veía claramente su anito virgen: un pequeño botón rosado, cerradito, apretado y sin un solo pelo, completamente inocente y tentador.
Además, notó algo que lo calentó todavía más: el pene de Marquitos era diminuto, incluso muy pequeño para su edad. Era chiquitito, casi como el de un niño mucho más pequeño, y colgaba suave y sin erección. Debajo, sus huevitos todavía no habían descendido del todo; eran dos bolitas pequeñas y altas, casi invisibles, lo que le daba un aspecto aún más infantil y femenino.
Esto excitó profundamente a Alonzo. Aunque siempre se había considerado heterosexual, ver ese cuerpito tan delicado, con un pene tan pequeño y huevitos sin bajar, hacía que Marquitos se viera aún más como una nena. El contraste entre ese culito grande y redondo, la piel blanquita perfecta y ese pene diminuto lo volvía loco. En su mente ya no veía a un nene… veía a una nenita virgen con un culito hecho para ser follado.
Alonzo sentía su verga dura y palpitante dentro del pantalón. Tuvo que apretar los puños para no abalanzarse sobre Marquitos en ese momento. Su respiración se volvió más pesada, pero intentó mantener la voz controlada.
—Marquitos… mirate —dijo con tono ronco, casi susurrando—. Ese culito tan grande y bonito que tenés… se ve aún más lindo con las bombachitas de nena. Y… tu cosita es tan chiquita… tan delicada. Te hace ver todavía más como una nena. Es lindo, ¿sabés? No tenés que avergonzarte. Muchos nenes tienen el pene chiquito y los huevitos así… y eso los hace ver más suaves, más bonitos, como nenas.
Marquitos se miró en el espejo roto, todavía con la bombachita celeste con ositos puesta. Se tocó tímidamente la entrepierna y murmuró con vergüenza:
—Mi cosita es muy chiquita… ¿está mal?
Alonzo negó con la cabeza, sin dejar de mirar ese culito redondo y el pene diminuto que se marcaba suavemente bajo la tela de la bombachita.
—No está mal… al contrario. Te hace ver más como una nena. Ese culito grande, esa piel tan blanca y suave, y esa cosita tan chiquita… parecés una nenita de verdad. Es muy lindo. Muy deseable.
Marquitos se sonrojó aún más, pero no se tapó. Se dio vuelta lentamente frente al espejo, dejando que Alonzo viera bien su culito desde atrás. La bombachita se le metía un poco entre las nalgas, marcando la forma redonda y perfecta.
Alonzo tragó saliva. En su mente imaginaba todo: separar esos cachetes suaves, lamer ese anito rosado y virgen, meterle la verga despacio mientras Marquitos gemía con vocecita de nena, vestirlo todos los días con bombachitas infantiles y follárselo en el cuartito.
Se controló con esfuerzo y solo dijo con voz baja y seductora:
—Te queda perfecto… seguí probándotelas. Quiero verte con todas.
Marquitos, emocionado y avergonzado al mismo tiempo, siguió modelando las bombachitas una por una, girando frente al espejo, sin darse cuenta de que Alonzo lo miraba con un deseo cada vez más difícil de contener.
Marquitos se miró una vez más en el espejo roto, todavía con la bombachita celeste con ositos puesta. Se sentía raro, avergonzado, pero también emocionado. Giró un poco y vio cómo la tela se le hundía suavemente entre sus cachetes redondos.
—Señor Alonzo… —dijo con vocecita tímida y baja—. ¿Me puede ayudar a vestirme? No sé bien cómo poner todo… me da vergüenza hacerlo solo.
Alonzo sintió que el corazón le daba un vuelco. Su pene ya estaba completamente duro dentro del pantalón. Tragó saliva y se acercó lentamente, intentando mantener la calma aunque por dentro ardía de deseo.
—Claro, pibe… vení, yo te ayudo.
Se paró detrás de Marquitos. Sus manos grandes y callosas tocaron suavemente los hombros del niño, luego bajaron por sus brazos. Le ajustó la bombachita, rozando “sin querer” la curva superior de su culito redondo. Marquitos se estremeció un poco.
Mientras le ayudaba a ponerse la pollerita tableada, Alonzo no podía dejar de mirar ese culoncito blanco y carnoso que se movía cada vez que Marquitos se movía. Le subió la pollerita despacio, rozando con los dedos la piel suave de sus muslos.
Marquitos, todavía con la bombachita puesta, miró hacia abajo y preguntó con voz chiquita y curiosa:
—Señor Alonzo… ¿por qué tengo el penesito tan pequeño? Es mucho más chiquito que el de otros nenes de mi edad… casi ni se ve…
Alonzo sintió que su verga palpitaba con fuerza. Se inclinó un poco más cerca, su aliento rozando la oreja de Marquitos, y le respondió con voz ronca y seductora:
—Porque naciste para ser nenita, Marquitos… Ese penesito tan chiquito, esos huevitos que todavía no bajaron… todo eso te hace ver más como una nena que como un nene. Es perfecto. Las nenas no tienen pene grande… tienen algo chiquito y lindo como lo tuyo. Por eso tu culito es tan redondo y grande… porque tu cuerpo ya sabe que sos más nena que nene.
Marquitos se sonrojó intensamente, pero no se apartó. La pollerita corta le quedaba justo por encima del culito.
— ¿De verdad? —preguntó bajito, con la voz temblorosa—. ¿Por eso me gusta tanto vestirme de nena y mirar lo que hace la seño con las nenas?
Alonzo se acercó aún más. Su pecho casi tocaba la espalda de Marquitos. Su voz era ahora un susurro caliente contra la oreja del niño:
—Sí… exactamente por eso. Tu cuerpo te está diciendo que sos una nenita. Ese culito tan lindo, esa piel tan suave, ese penesito diminuto… todo te hace perfecta para que te traten como a una nena. Y está bien que te guste. Está muy bien…
Sus caras estaban cada vez más cerca. Alonzo podía oler el aroma infantil del cabello de Marquitos. El deseo lo estaba consumiendo. Ya no aguantaba más.
De repente, Alonzo giró suavemente la cara de Marquitos hacia él y le dio un beso en la boca.
No fue un beso inocente. Fue un beso profundo, caliente, con los labios abiertos. Alonzo metió la lengua despacio, saboreando la boquita suave y virginal del niño. Marquitos se quedó completamente anonadado, con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar. Su cuerpo se tensó, pero no se apartó. Sintió la lengua adulta y caliente de Alonzo invadiendo su boca, el roce de la barba picosa contra su piel suave, y un calor intenso que le bajó hasta el culito.
El beso duró varios segundos. Marquitos estaba paralizado, con la mente en blanco y el corazón latiéndole a mil.
Alonzo finalmente se separó un poco, respirando agitado, con los ojos oscuros de deseo. Miró la carita roja y sorprendida de Marquitos y murmuró con voz ronca:
—Perdón… no pude evitarlo… te ves demasiado linda vestida así…
Marquitos se quedó quieto, con los labios hinchados y húmedos, sin saber qué decir ni qué sentir. Su penesito diminuto se había movido un poco dentro de la bombachita.
Marquitos se quedó completamente paralizado.
Sus ojos estaban muy abiertos, la boca entreabierta y el cuerpo rígido. El beso de Alonzo lo había tomado por sorpresa total. Sintió los labios calientes y ásperos del hombre contra los suyos, la lengua que entró despacio y le rozó la suya. Fue un beso profundo, húmedo y adulto.
Le gustó.
Le gustó el calor, le gustó la sensación de ser besado de esa forma tan intensa, le gustó el olor fuerte y masculino de Alonzo. Pero al mismo tiempo se sorprendió tanto que no pudo reaccionar. Se quedó mudo, congelado, con el corazón latiéndole a mil por hora y las mejillas ardiendo.
Alonzo se separó apenas unos centímetros, respirando agitado. Vio la cara roja y sorprendida de Marquitos y eso le dio más valentía. El niño no se había apartado. No había gritado. Solo estaba allí, quieto, procesando lo que acababa de pasar.
Entonces Alonzo se envalentonó más.
Volvió a besarlo, esta vez más suave, más lento, pero igual de profundo. Sus labios cubrieron los de Marquitos con ternura fingida, y su lengua entró otra vez, explorando la boquita inocente del niño. Marquitos seguía sin moverse, pero tampoco se resistía. Poco a poco, casi sin darse cuenta, sus labios empezaron a responder tímidamente al beso.
Alonzo sintió que estaba cumpliendo uno de sus sueños más sucios.
Sus manos grandes y callosas bajaron lentamente por la espalda de Marquitos, rozando la tela de la camisa blanca del uniforme de nena. Llegaron hasta la pollerita tableada corta y siguieron bajando. Finalmente, sus manos se posaron sobre el culito redondo y carnoso que tanto había soñado.
Apretó las nalgas con fuerza pero con cuidado, sintiendo la carne suave, caliente y elástica bajo sus dedos. Ese culito grande para ser de un nene, tan redondo, tan perfecto, tan virgen… lo apretó, lo amasó, separando ligeramente los cachetes por encima de la bombachita infantil.
Marquitos soltó un gemidito bajito contra la boca de Alonzo, todavía en shock, pero su cuerpo reaccionó: un escalofrío le recorrió la espalda y sintió un calor intenso en su culito y en su penesito diminuto.
Alonzo seguía besándolo, cada vez más hambriento, mientras sus manos no dejaban de apretar y acariciar ese culito que tanto deseaba. Sus dedos se hundían suavemente en la carne suave, sintiendo la forma perfecta de esos cachetes.
En su mente, Alonzo ya estaba imaginando todo: bajarle la bombachita, abrir ese culito rosado y virgen, lamerlo, penetrarlo despacio mientras Marquitos gemía con vocecita de nena.
Pero por ahora se conformaba con besarlo y apretar ese culito soñado, sintiendo cómo Marquitos, aunque paralizado y sorprendido, se dejaba hacer.
El beso se volvió más largo, más húmedo. Alonzo gemía bajito contra la boca del niño, sin poder contener del todo su excitación.
Marquitos seguía mudo, anonadado, con los ojos entrecerrados y el cuerpo temblando ligeramente, sintiendo por primera vez las manos de un hombre adulto apretando su culito con deseo.
Marquitos estaba paralizado al principio, con los ojos muy abiertos y el cuerpo rígido. Pero poco a poco, algo dentro de él se rindió. El calor de la boca de Alonzo, la lengua adulta que lo invadía, el olor fuerte y masculino… todo empezó a gustarle.
Empezó a dejarse llevar.
Sus labios suaves y temblorosos comenzaron a responder al beso. Torpemente al principio, luego con más instinto, movió su boquita contra la de Alonzo y dejó que su lengüita inocente rozara la lengua del hombre. Era un beso torpe, infantil, pero real. Marquitos cerró los ojos y correspondió el beso.
Alonzo lo notó inmediatamente.
Sintió cómo los labios del niño se suavizaban y empezaban a moverse contra los suyos. Eso lo encendió como gasolina. Un gruñido bajo salió de su garganta y su beso se volvió más hambriento, más profundo. Su lengua entró con más fuerza, explorando la boquita virgen de Marquitos, saboreándola.
Sus manos grandes no perdieron tiempo.
Empezó a desnudarlo con prisa pero con deseo. Le desabotonó la camisa blanca del uniforme de nena y se la quitó, dejando al descubierto el torso delgado y blanquísimo de Marquitos. Luego bajó las manos y le bajó la pollerita tableada hasta los tobillos. Finalmente, enganchó los dedos en la bombachita infantil con dibujitos de ositos y se la bajó lentamente.
Marquitos quedó completamente desnudo frente a él.
Alonzo se separó del beso solo para mirarlo. Sus ojos brillaban de lujuria pura.
—Dios… mirá ese culito… —murmuró con voz ronca.
Lo hizo girar despacio. Marquitos se dejó hacer, todavía aturdido y excitado. Alonzo se arrodilló detrás de él, con la cara a la altura de su culo.
Allí estaba: el anito virgen de Marquitos. Un pequeño botón rosado, perfectamente cerrado, apretado, sin un solo pelo. La piel alrededor era blanquísima y suave. El culito era grande, redondo y carnoso para ser de un nene tan delgado. Alonzo lo miró como si fuera un tesoro.
—No te muevas… —susurró.
Separó suavemente los cachetes con sus manos grandes y callosas. El anito rosado se abrió apenas, mostrando el interior tierno y virgen.
Alonzo no aguantó más.
Acercó su cara y, sin previo aviso, sacó la lengua y la metió directamente contra el ano virgen de Marquitos.
La lengua caliente y húmeda lamió el pequeño botón rosado con hambre. Alonzo lo lamió de abajo hacia arriba, luego en círculos, presionando la punta de la lengua contra la entrada apretada, intentando entrar un poco.
Marquitos soltó un gemido agudo y tembloroso:
— ¡Aaaahhh… señor Alonzo… qué hacés… ahí… se siente… raro… caliente…!
Su cuerpito se sacudió. Sintió la lengua adulta lamiendo su ano virgen, mojándolo, penetrándolo ligeramente. Era una sensación completamente nueva: húmeda, caliente, cosquilleante y profundamente íntima. Sus piernitas temblaron y su penesito diminuto se movió un poco.
Alonzo gruñó de placer contra el culito del niño y siguió lamiendo con más ganas. Su lengua entraba y salía, saboreando el gusto limpio y virginal del ano de Marquitos. Lo lamía con devoción, separando más los cachetes para tener mejor acceso.
—Qué rico anito tenés… tan rosadito… tan cerrado… tan virgen… —murmuraba entre lamida y lamida—. Me volviste loco desde que lo vi…
Marquitos gemía bajito, apoyando las manos contra la pared, sin entender del todo lo que sentía, pero dejando que Alonzo siguiera lamiéndole el ano con su lengua caliente y experta.
Alonzo seguía arrodillado detrás de Marquitos, con la cara hundida entre sus cachetes suaves y blancos. Su lengua caliente y gruesa seguía lamiendo con hambre el anito virgen e infantil del niño: lo rodeaba, lo presionaba, intentaba entrar un poco más, saboreando ese sabor limpio, dulce y prohibido.
Después de varios minutos de lamerlo con devoción, Alonzo se incorporó, respirando agitado. Giró a Marquitos con sus manos grandes, poniéndolo de frente a él.
El niño estaba rojo, temblando, con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos. Su penesito diminuto estaba un poco más hinchado de lo normal, pero seguía siendo chiquitito e infantil.
Alonzo lo miró fijamente a los ojos, con la cara enrojecida de deseo. Sin decir una palabra, lo tomó de la nuca con una mano y lo atrajo hacia él.
Le dio un beso muy sucio y asqueroso.
Abrió la boca y metió la lengua profundamente, sin ninguna delicadeza. Era un beso baboso, húmedo, agresivo. Su lengua gruesa y caliente invadía la boquita inocente de Marquitos, mezclándose con la saliva del niño, chupándole los labios y la lengua con hambre. Un hilo espeso de saliva se escapaba por la comisura de sus bocas mientras Alonzo lo besaba como si quisiera devorarlo.
Marquitos soltó un gemidito ahogado contra la boca del hombre, sorprendido por la intensidad, pero ya no se resistía. Sus manitas se apoyaron en el pecho de Alonzo, temblando.
Alonzo se separó apenas unos centímetros, con los labios brillantes de saliva, y le confesó con voz ronca, entrecortada y llena de deseo:
—Marquitos… siempre me gustaste… desde que te vi espiando… ese culito redondo y grande que tenés… esa piel tan blanca y suave… ese anito rosadito y virgen que acabo de lamer… Me volviste loco, pibe. Te deseo tanto… Quiero ser yo quien te enseñe todo… quien te meta la verga en ese culito tan lindo… quien te haga gemir como las nenas que la maestra folla…
Le dio otro beso sucio, más corto pero igual de baboso, y continuó confesando contra su boca:
—Sos tan perfecto… con ese penesito chiquito y esos huevitos que ni bajaron… parecés una nenita de verdad. Quiero vestirte todos los días con bombachitas de nena… quiero lamerte el culito todos los días… quiero follarte despacito hasta que grites de gusto… ¿Entendés lo que te estoy diciendo, Marquitos? Te deseo como nunca deseé a nadie…
Marquitos estaba completamente anonadado, con los labios hinchados y húmedos, respirando agitado. Sus ojos grandes miraban a Alonzo con una mezcla de miedo, sorpresa y una excitación confusa que no sabía cómo manejar.
Alonzo seguía sujetándolo por la nuca, con la frente pegada a la del niño, respirando pesado, esperando su reacción.
De repente sonó el timbre que anunciaba el final del recreo largo.
Marquitos se sobresaltó, como si despertara de un sueño. Su cara estaba completamente roja, los labios hinchados por el beso sucio de Alonzo y el cuerpo todavía temblando.
—Tengo… tengo que irme… —murmuró con vocecita entrecortada y avergonzada.
Se apartó rápidamente de Alonzo y empezó a vestirse de varón a toda prisa. Se quitó la bombachita infantil con ositos, se puso su ropa interior de nene, los pantalones, la camisa y los zapatos. Sus manos temblaban tanto que le costaba abotonarse la camisa.
Alonzo lo miraba sin decir nada al principio, todavía con la respiración pesada y el pene duro dentro del pantalón. Cuando Marquitos terminó de vestirse, Alonzo se acercó un paso y le habló con voz ronca y suplicante:
—Marquitos… por favor… vuelve mañana. Te voy a esperar acá mismo. No tengas miedo. Solo quiero hablar más contigo… y seguir viéndote así. Por favor, vení.
Marquitos no dijo una sola palabra.
Solo lo miró un segundo con los ojos muy grandes, llenos de vergüenza, confusión y una extraña mezcla de miedo y calor. Luego bajó la mirada, abrió la puerta del cuartito y salió corriendo por el pasillo sin mirar atrás.
Alonzo se quedó solo en el cuartito, respirando agitado. Se pasó una mano por la cara y murmuró para sí mismo:
—No sé si va a volver… Dios, espero que sí…
Esa misma noche, en la casa de Marquitos
Marquitos no podía dormir.
Estaba acostado en su cama, mirando el techo oscuro, con el corazón latiéndole fuerte cada vez que recordaba lo que había pasado en el cuartito.
Recordaba el beso sucio y baboso de Alonzo… la lengua gruesa entrando en su boca… las manos grandes apretando su culito por encima de la bombachita… las palabras que le dijo: “te deseo… ese culito tan lindo… parecés una nenita…”
Sentía calor en todo el cuerpo, especialmente en su culito y en su penesito chiquito. Se removía en la cama, apretando las piernas. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Alonzo mirándolo con deseo, sentía el roce de la barba picosa contra su mejilla, recordaba cómo Alonzo le había lamido el anito virgen.
Se puso rojo de vergüenza, pero no podía parar de pensar en eso.
“¿Por qué me gustó?… ¿Por qué me dio calor cuando me apretó el culito?… ¿Por qué quiero volver mañana aunque me dé miedo?…”
Se tocó tímidamente por encima del pijama, sintiendo su penesito diminuto un poco más hinchado de lo normal. No se masturbaba, solo lo rozaba con vergüenza, pensando en las manos de Alonzo apretándole las nalgas y en su lengua caliente contra su ano.
Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, caliente, avergonzado y lleno de dudas. No sabía si iba a volver al día siguiente… pero una parte de él ya sabía que sí.
Al día siguiente, Marquitos pasó toda la mañana en clase muy callado y distraído. No podía concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos veía la imagen de Alonzo besándolo, apretándole el culito y lamiéndole el ano. Sentía un calor constante en la pancita y en su culoncito, y su penesito diminuto se movía de vez en cuando dentro del pantalón.
Durante el recreo largo, cuando la maestra Mónica mandó a los varoncitos al patio, Marquitos dudó mucho. Estuvo varios minutos parado en el pasillo, mordiéndose el labio, con el corazón latiéndole muy fuerte.
“Debería irme a jugar… esto está mal…” pensaba.
Pero sus pies lo llevaron solos hacia el cuartito de limpieza del fondo.
Abrió la puerta lentamente.
Alonzo ya estaba adentro, esperándolo. Cuando vio entrar a Marquitos, su cara se iluminó con una mezcla de alivio y deseo intenso.
—Viniste… —dijo Alonzo con voz ronca, casi sin poder creerlo—. Pensé que no ibas a volver.
Marquitos cerró la puerta detrás de él y se quedó parado cerca de la entrada, mirando al piso, rojo como un tomate. No decía nada.
Alonzo se acercó despacio y le puso una mano grande en el hombro.
—No tenés que tener vergüenza, Marquitos. Me alegra mucho que hayas venido. Ayer… no pude dejar de pensar en vos en toda la noche. En tu culito tan lindo… en cómo te besé… en cómo te lamí…
Marquitos levantó la mirada un segundo, todavía avergonzado, pero no se apartó.
Alonzo continuó, hablando bajito y seductor:
— ¿Querés que te ayude a vestirte de nena otra vez? Traje más bombachitas… y también una pollerita más cortita. Quiero verte otra vez como una nenita linda.
Marquitos dudó unos segundos, pero finalmente asintió con la cabeza, muy bajito.
Alonzo sonrió con hambre y empezó a desnudarlo con cuidado. Le quitó la camisa, los pantalones, y por último la bombachita de varón. Marquitos quedó completamente desnudo otra vez frente a él.
Alonzo lo miró de arriba abajo, deteniéndose especialmente en su culito redondo y su pene diminuto.
—Qué lindo estás… —murmuró—. Ese culito… Dios, no sabés lo que me hacés.
Le puso una bombachita rosa con corazoncitos y una pollerita tableada azul muy corta. Cuando Marquitos estuvo vestido, Alonzo lo hizo girar frente a él.
—Mirate… parecés una nena de verdad. Una nena muy rica.
Alonzo se acercó por detrás, pegando su cuerpo al del niño. Marquitos sintió la erección dura de Alonzo contra su culito por encima de la pollerita.
— ¿Sentís eso? —susurró Alonzo contra su oreja—. Eso es porque me ponés muy caliente… porque quiero hacerte muchas cosas… porque quiero ser yo quien te enseñe todo.
Personajes: Veronica 32 años.
Cati, de 9 años, y Lali, de apenas 7 años. Matilda 12 años.
MARQUITOS 8 años
Marquitos continuó confesándose con voz bajita y avergonzada:
—…y cuando veo a la seño metiéndole eso en el culito a las nenas… yo siento como si quisiera estar en el lugar de ellas. Me da calor acá —se tocó suavemente el culito por encima del pantalón— y me pongo raro. ¿Eso está mal, señor Alonzo? ¿Soy raro por sentir eso?
Alonzo tragó saliva. Sus ojos, hasta ese momento tranquilos, empezaron a cambiar. Ahora miraban a Marquitos con un brillo diferente: lujuria y deseo. Aunque siempre se había considerado heterosexual, algo en el cuerpito del niño lo estaba afectando profundamente.
Marquitos era delgado, de piel muy blanca, cabello castaño medio largo que le caía sobre la frente y, sobre todo, tenía un culoncito redondo, suave y prominente que se marcaba incluso con el pantalón del uniforme. Era un culito infantil, virgen, apretado y perfecto. Alonzo no podía dejar de imaginar cómo se vería ese culito desnudo, abierto, recibiendo algo dentro.
A pesar de su excitación creciente, Alonzo se esforzó por mantener la calma. No quería espantar al niño. Respiró hondo y respondió con voz ronca pero controlada:
—No estás mal, Marquitos… no sos raro. Hay muchos varones a los que les gusta sentir placer por el culito. Se llama ser pasivo. A algunas personas les gusta recibir, sentir que los llenan, que los usan… y está bien si a vos te pasa eso. Es solo una forma diferente de sentir placer.
Mientras hablaba, Alonzo no podía evitar que su mente se llenara de imágenes sucias: Marquitos en cuatro patas, con su culoncito blanco y redondo levantado, gimiendo mientras algo entraba despacio en él. Sentía cómo su pene empezaba a endurecerse dentro del pantalón, pero se obligó a mantenerse quieto y controlado.
Marquitos levantó la mirada, todavía dudoso:
— ¿De verdad no está mal? Porque cuando veo a las nenas gritando de gusto… yo también quiero sentir eso. Pero me da vergüenza… ¿y si alguien se entera?
Alonzo se inclinó un poco hacia adelante, mirándolo fijamente. Sus ojos ya tenían un deseo claro, aunque trataba de disimularlo con una sonrisa tranquila.
—Acá estamos solos, pibe. Somos amigos. Podés contarme todo lo que sentís. Nadie se va a enterar. Y si te gusta la idea de estar en el lugar de las nenas… de sentir que te penetran el culito… eso no te hace malo. Solo te hace diferente. Y a veces lo diferente es lo que más rico se siente.
Marquitos se sonrojó aún más y bajó la mirada otra vez, pero siguió hablando:
—Cuando espié a mis papás… vi cómo mi papá le metía el pene a mi mamá… y ella gemía mucho. Yo… yo me imaginé siendo mi mamá. Me imaginé que alguien me hacía eso… y me dio calor. ¿Eso significa que soy como las nenas que la seño folla?
Alonzo sintió un calor intenso en la entrepierna. La imagen de Marquitos, con su culoncito virgen, imaginándose siendo penetrado como su mamá, lo estaba excitando muchísimo. Su pene ya estaba completamente duro dentro del pantalón, pero se obligó a mantener la voz calmada:
—Puede ser, Marquitos. A algunas personas les gusta ser el que recibe. No importa si sos nene o nena. Lo importante es que te guste y que sea con alguien de confianza. Si querés… podemos seguir hablando de esto. Yo te puedo explicar todo lo que quieras saber. Sin apuro. Sin vergüenza.
Marquitos asintió lentamente, todavía avergonzado pero aliviado de poder hablar con alguien.
—Gracias, señor Alonzo… me da vergüenza, pero… me gusta hablar con vos. Me hacés sentir que no soy raro.
Alonzo sonrió, pero por dentro su mente estaba llena de pensamientos lujuriosos: imaginaba cómo sería tocar ese culoncito blanco y suave, cómo se sentiría penetrarlo despacio, cómo gemiría Marquitos con su vocecita infantil.
Se controló con esfuerzo y solo dijo:
—Claro que no sos raro, pibe. Somos amigos. Podés contarme todo.
Los dos se quedaron un rato más en el cuartito, Marquitos hablando bajito sobre sus dudas y sensaciones, mientras Alonzo lo escuchaba con aparente calma… pero con los ojos cada vez más cargados de deseo hacia el cuerpito virgen y culoncito del niño.
Dentro del cuartito de limpieza, el silencio era denso. Marquitos seguía sentado en el banquito, con las mejillas rojas y la mirada baja, todavía procesando todo lo que había confesado. Alonzo lo observaba con atención, pero sus ojos ya no eran solo los de un adulto comprensivo.
Ahora había lujuria en su mirada.
Alonzo se inclinó un poco más hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su voz ronca bajó aún más, volviéndose más íntima y seductora:
—Marquitos… mirá, no tenés que avergonzarte de nada de lo que sentís. Acá estamos solos, somos amigos. Yo no te voy a juzgar. De hecho… me parece muy valiente que me estés contando todo esto.
Hizo una pausa, recorriendo con la mirada el cuerpo del niño: sus piernitas delgadas, su pancita plana y, sobre todo, ese culoncito redondo y prominente que se marcaba incluso sentado.
—Sabés… tenés un culito muy lindo para ser un nene —dijo Alonzo con tono casual pero cargado de intención—. Es grande, redondito, suavecito… parece más el culito de una nena que de un varón. Muchos nenes se avergüenzan de tener un culito así, pero no tendrías que hacerlo. Hay muchos niños que en el fondo quieren ser niñas… quieren sentirse suaves, bonitos, deseados… y no tiene nada de malo. Al contrario… es lindo.
Marquitos levantó la mirada, sorprendido y avergonzado. Sus mejillas se pusieron aún más rojas.
— ¿De verdad? ¿Mi culito… parece de nena?
Alonzo sonrió con una mezcla de ternura falsa y deseo creciente. En su mente, las imágenes sucias se multiplicaban: imaginaba a Marquitos desnudo, en cuatro patas, con ese culoncito blanco y redondo levantado, gimiendo mientras él lo penetraba despacio. Imaginaba cómo se sentiría ese ano virgen apretando su verga, cómo gemiría Marquitos con su vocecita infantil, cómo se movería ese culito carnoso al recibir cada embestida.
Pero se controló. No quería espantarlo todavía.
—Sí, pibe… es muy lindo. Suave, redondo, con esa forma que tienen las nenas. Cuando te veo caminar, se mueve un poquito… es bonito. Y si a vos te gusta la idea de sentirte como una nena… de que te traten como a una nena… no tenés que avergonzarte. Hay muchos varones que sueñan con eso. Con sentirse suaves, con que los miren, los toquen, los… llenen.
Marquitos se removió en el banquito, claramente nervioso pero también intrigado.
— ¿Y… eso significa que yo soy como las nenas que la seño…?
Alonzo asintió lentamente, sin dejar de mirarlo con ojos hambrientos.
—Puede ser. Y está bien. Imaginate… si te gustara estar en el lugar de las nenas… sentir que te besan, que te tocan, que te meten algo despacito en ese culito tan lindo que tenés… no sería malo. Sería solo… explorar. Sentir placer. Muchos nenes lo hacen en secreto y después se sienten más felices.
Mientras hablaba, Alonzo imaginaba cosas cada vez más sucias: Marquitos arrodillado, chupándole la verga con su boquita inocente; Marquitos en cuatro patas, gimiendo mientras él le abría ese culoncito virgen; Marquitos vestido con ropa de nena, con pollerita corta, dejando ver ese culito redondo…
Pero mantuvo la voz calmada y persuasiva:
—No tenés que decidir nada ahora. Solo pensalo. Y si querés hablar más… o si querés que te explique cómo se siente… yo estoy acá. Somos amigos. Podés confiar en mí.
Marquitos se quedó callado un largo rato, con la cara roja y el culoncito moviéndose nervioso contra el banquito. Finalmente murmuró bajito:
— …Gracias, señor Alonzo. Me da vergüenza… pero me gusta que me digas que no está mal.
Alonzo sonrió, ocultando el deseo que le ardía por dentro.
—Cuando quieras, pibe. Acá estoy para lo que necesites.
Nos vemos mañana, ¿sí? Seguí pensando en lo que hablamos. Acá estoy para lo que necesites.
Marquitos asintió, todavía con la cara roja y el corazón latiéndole fuerte. Se levantó del banquito y se dirigió hacia la puerta.
Antes de que saliera, Alonzo lo detuvo suavemente por el hombro. Se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla… pero lo plantó muy cerca de los labios, casi en la comisura. El beso fue más largo de lo normal, cálido y deliberado. Marquitos sintió el roce de la barba picosa de Alonzo contra su piel suave y se quedó quieto, sorprendido.
—Chau, Marquitos… portate bien —murmuró Alonzo con voz ronca, mirándolo fijamente a los ojos.
Marquitos salió corriendo hacia el patio, con la mejilla ardiendo y una sensación extraña en el cuerpo.
Alonzo se quedó solo en el cuartito unos segundos más, respirando pesado. Su pene estaba duro como una piedra dentro del pantalón. Salió del colegio a toda prisa y volvió a su casa.
Su mujer, una señora fea, gorda, de unos 48 años, con el pelo teñido mal y el cuerpo fofo por los años, estaba en la cocina preparando la cena. Alonzo no dijo casi nada. La agarró por detrás, le levantó la falda sin preámbulos y la folló allí mismo, contra la mesada.
La penetró con fuerza, gruñendo, imaginando que era el culoncito blanco y redondo de Marquitos. Su mujer gemía sorprendida y un poco dolorida por la brusquedad, pero Alonzo no pensaba en ella. Solo veía en su mente a Marquitos en cuatro patas, con su uniforme escolar, gimiendo con vocecita infantil mientras él le metía la verga en ese culito virgen.
Terminó eyaculando dentro de su mujer con un gruñido fuerte, pero no quedó satisfecho. Era solo un desahogo rápido.
Esa noche, acostado en la cama al lado de su esposa ya dormida, Alonzo no podía dejar de pensar en Marquitos. Su mente estaba llena de imágenes sucias: el niño desnudo, con su culoncito levantado, gimiendo mientras lo penetraba despacio; Marquitos chupándole la verga con su boquita inocente; Marquitos vestido de nena, con pollerita corta, dejándole ver ese culito carnoso.
Entonces tuvo una idea.
Recordó que en el altillo guardaba una caja con ropa vieja de cuando sus hijas eran chicas. Uniformes escolares de la misma edad de Marquitos: polleritas tableadas, camisas blancas, corbatitas, zapatitos… todo completo.
Sonrió en la oscuridad.
“Al día siguiente le voy a llevar una sorpresita al pibe”, pensó.
Alonzo ya estaba planeando cómo seducir lentamente a Marquitos, cómo convencerlo de probar “juegos de nenas”, cómo ver ese culoncito virgen desnudo y abrirlo para él.
Al día siguiente…
Durante el recreo largo, Marquitos se escabulló como siempre hacia el salón para espiar la orgía de la maestra Mónica. Alonzo ya lo esperaba cerca de la puerta.
Después de espiar juntos unos minutos, Alonzo le hizo una seña y los dos se retiraron al cuartito de limpieza.
Una vez adentro, Alonzo cerró la puerta y sacó del bolso una bolsa de nylon.
—Marquitos… te traje un regalo. Una sorpresa. Pero es solo para vos y para mí. Nadie más tiene que saber.
Sacó de la bolsa un uniforme escolar completo de nena: pollerita tableada azul corta, camisa blanca, corbatita, medias blancas y zapatitos negros.
Lo extendió frente a Marquitos y le dijo con voz baja y seductora:
—Pensé que te gustaría probar cómo se siente vestirse de nena… ya que te gusta la idea de estar en el lugar de las nenas. ¿Querés probártelo? Solo acá adentro… nadie va a enterarse.
Marquitos se quedó mirando el uniforme con los ojos muy abiertos, rojo como un tomate, sin saber qué decir.
Alonzo extendió el uniforme escolar de nena frente a Marquitos: la pollerita tableada azul corta, la camisa blanca con corbatita, las medias blancas y los zapatitos negros. El niño se quedó mirando la ropa con los ojos muy abiertos, la cara completamente roja y las manos temblando un poco.
—Señor Alonzo… no sé… —murmuró Marquitos con voz bajita y avergonzada—. Me da mucha vergüenza… ¿y si alguien nos ve? Además… tengo que desnudarme para ponérmelo…
Alonzo sonrió con paciencia, pero por dentro su deseo ardía. Mantuvo la voz calmada y persuasiva:
—Tranquilo, Marquitos. Acá estamos solos, la puerta está cerrada con llave. Nadie va a entrar. Es solo un juego entre nosotros, como los que hacen las nenas en secreto. No tenés que avergonzarte. Muchos nenes prueban esto y después se sienten más felices. Solo quiero que veas cómo te queda… nada más. Si no te gusta, te lo sacás y listo.
Marquitos dudaba, moviendo nervioso su culoncito contra el banquito. Miraba el uniforme y luego a Alonzo.
—Es que… me da vergüenza desnudarme delante de usted…
Alonzo levantó las manos en señal de paz y se dio vuelta lentamente, quedando de espaldas al niño.
—Está bien, pibe. Me doy vuelta. No voy a mirar hasta que me digas. Desnudate tranquilo y ponete el uniforme. Yo espero acá.
Marquitos se quedó unos segundos más dudando, pero la curiosidad y esa extraña excitación que sentía desde que espiaba las orgías fueron más fuertes. Se levantó del banquito y empezó a desnudarse con manos temblorosas.
Se quitó la camisa del uniforme escolar de varón, luego los pantalones, quedando solo en calzoncillos. Dudó un momento antes de bajárselos también. Su cuerpito delgado y blanco quedó completamente desnudo: piel suave, pancita plana, piernitas flacas y ese culoncito redondo, blanco y carnoso que se movía ligeramente con sus movimientos.
Se puso primero las medias blancas, luego la pollerita tableada azul (que le quedaba corta, dejando ver gran parte de sus muslos y el borde de su culito). Se abotonó la camisa blanca, se colocó la corbatita y finalmente los zapatitos negros.
Cuando terminó, se miró un segundo en un viejo espejo roto que había en el cuartito. Se veía… como una nena. La pollerita corta dejaba ver sus piernas delgadas y su culito redondo asomando un poco por debajo. La camisa le quedaba un poco grande, pero el conjunto completo le daba un aspecto sorprendentemente femenino e inocente.
Marquitos tragó saliva y dijo bajito, todavía avergonzado:
—Señor Alonzo… ya estoy… puede darse vuelta.
Alonzo se dio vuelta lentamente.
Cuando vio a Marquitos vestido de nena, se quedó completamente sin palabras. Sus ojos se abrieron más y un deseo intenso le recorrió todo el cuerpo.
El niño se veía increíblemente lindo y femenino. La pollerita corta resaltaba su culoncito redondo y prominente, la camisa blanca le daba un aire inocente, y el cabello castaño medio largo le caía sobre la frente. Parecía una nenita real: delicada, blanca, con ese culito que se marcaba suavemente bajo la tela.
Alonzo sintió que su pene se endurecía al instante dentro del pantalón. En su mente pasaron imágenes sucias y rápidas: Marquitos vestido así, en cuatro patas, con la pollerita levantada, gimiendo mientras él le metía la verga en ese culito redondo y virgen; Marquitos arrodillado, chupándole la verga con su boquita de nena; Marquitos sentado en su regazo, moviéndose con la pollerita subida…
—Carajo… —murmuró Alonzo, casi sin poder contenerse—. Marquitos… te ves… hermoso. Te ves como una nena de verdad. Esa pollerita te queda perfecta… y ese culito… se ve aún más lindo así vestido. No tenés que avergonzarte. Estás muy lindo. Muy, muy lindo.
Marquitos se puso rojo como un tomate y bajó la mirada, tirando un poco de la pollerita hacia abajo con vergüenza.
— ¿De verdad? Me siento raro… pero… no sé… me gusta un poquito…
Alonzo dio un paso más cerca, controlando su deseo con esfuerzo, pero sin poder ocultar el hambre en sus ojos.
—Te queda increíble. Parecés una de las nenas que la maestra Mónica folla en el salón. Si querés… podemos seguir jugando un rato más. Nadie nos va a ver.
Marquitos se quedó quieto, con la pollerita corta moviéndose ligeramente, sin saber qué responder, pero claramente afectado por las palabras de Alonzo.
Alonzo se quedó unos segundos en silencio, recorriendo con la mirada el cuerpito de Marquitos vestido de nena. El contraste era fuerte y le provocaba un deseo difícil de ocultar.
La pollerita tableada azul era corta, dejaba ver gran parte de sus muslos delgados y blancos, y se hinchaba ligeramente por detrás debido a su culoncito redondo y carnoso. La camisa blanca le quedaba un poco grande, pero la corbatita le daba un aire inocente y femenino. El cabello castaño medio largo le caía sobre la frente, y sus zapatitos negros completaban la imagen de una nenita del colegio.
Alonzo tragó saliva. En su mente, las imágenes sucias se volvían cada vez más intensas: imaginaba levantarle esa pollerita, bajarle la bombachita y ver ese culito blanco y redondo completamente desnudo; imaginaba cómo se vería Marquitos arrodillado con la pollerita subida, chupándole la verga con su boquita de nena; imaginaba penetrar ese culito virgen mientras Marquitos gemía con vocecita infantil.
Se controló lo mejor que pudo y dio un paso más cerca, hablando con voz ronca pero intentando sonar calmada y halagadora:
—Marquitos… mirate en el espejo otra vez. Girá un poquito.
Marquitos, todavía rojo como un tomate, se dio vuelta lentamente frente al viejo espejo roto del cuartito. Se miró de costado y vio cómo la pollerita se levantaba un poco por detrás, dejando ver la curva de su culoncito. Se sintió raro… una mezcla de vergüenza, curiosidad y una excitación que no sabía explicar. Su pene chiquito se movió ligeramente dentro de la bombachita de nena que Alonzo le había dado.
—Se ve… raro —murmuró Marquitos, tirando de la pollerita hacia abajo con vergüenza—. Parece que soy una nena de verdad…
Alonzo se acercó más por detrás, disimuladamente. Puso una mano grande y callosa en el hombro del niño, como si solo lo estuviera acomodando, pero sus dedos bajaron un poco por la espalda.
—Raro no… lindo —dijo con voz baja y seductora—. Tenés un culito precioso para ser un nene. Es redondo, grande, suavecito… se marca bonito debajo de la pollerita. Parece el culito de una nena de verdad. Muchas nenas matarían por tener un culito así de rico.
Marquitos se puso aún más rojo. Sintió el calor de la mano de Alonzo en su espalda y un cosquilleo extraño que le bajaba hasta el culito.
Alonzo continuó, ahora tocando disimuladamente la cintura del niño por encima de la pollerita, como si estuviera ajustando la ropa:
—Mirá cómo te queda la pollerita… se mueve cuando caminás. Y esa camisa blanca con la corbatita… te hace ver tan inocente. Pero debajo… tenés un cuerpo que parece de nena. Piernitas delgadas, pancita plana, y ese culito… Dios, Marquitos, ese culito es lo más lindo que vi. Es carnoso, redondo, se mueve cuando te movés. No tenés que avergonzarte. Hay muchos nenes que sueñan con tener un cuerpo así… con sentirse como una nena bonita. Y vos lo sos. Sos una nena muy linda disfrazada de nene.
Marquitos se miró otra vez en el espejo. Se movió un poco de lado y vio cómo la pollerita se levantaba ligeramente, dejando ver más de sus muslos y la curva inferior de su culito. Sintió una excitación rara, un calor en el bajo vientre y en su culoncito que no entendía del todo, pero que le gustaba.
— ¿De verdad me veo… lindo? —preguntó bajito, con vergüenza.
Alonzo sonrió, y esta vez su mano bajó un poco más, rozando disimuladamente la parte superior de la pollerita, casi tocando el borde del culito por encima de la tela.
—Más que lindo. Te ves hermosa. Si te viera la maestra Mónica vestida así… seguro querría jugar contigo también. Ese culito redondo y blanco… es perfecto para que alguien lo acaricie, lo bese… o algo más.
Marquitos se estremeció ligeramente al sentir el roce de la mano de Alonzo. No se apartó, pero su respiración se volvió más rápida.
Alonzo siguió hablando, con la voz cada vez más ronca, mientras su mente imaginaba cosas cada vez más sucias:
—Imagináte… si te gustara sentirte como una nena… podrías usar esta ropa cuando estemos solos. Yo te ayudaría a vestirte… te peinaría el cabello… te diría lo linda que sos. Y nadie más tendría que saber. Sería nuestro secretito. ¿Qué pensás?
Marquitos se quedó mirando su reflejo en el espejo, con la pollerita corta, la corbatita y ese culoncito que se marcaba suavemente. Sentía vergüenza, pero también una excitación nueva y confusa que le hacía temblar un poco las piernitas.
—No sé… me da vergüenza… pero… me gusta un poquito cómo me veo —confesó bajito.
Alonzo sonrió, satisfecho, y su mano rozó una vez más la tela de la pollerita, esta vez un poco más abajo, casi tocando el borde del culito del niño.
—Entonces no hay nada de malo. Podés seguir probándote la ropa cuando quieras. Yo estoy acá para ayudarte… y para decirte lo linda que te ves como nena.
Marquitos se quedó quieto frente al espejo, respirando agitado, mientras Alonzo lo miraba con ojos llenos de deseo contenido, imaginando todo lo que quería hacerle a ese cuerpito infantil y culoncito disfrazado de nena.

De repente sonó la campana que anunciaba el final del recreo largo.
Marquitos se sobresaltó.
— ¡La campana! —dijo con voz aguda y nerviosa—. ¡Tengo que vestirme rápido!
Se apresuró a quitarse el uniforme de nena. Primero se sacó los zapatitos, luego las medias blancas. Con prisa y torpeza, se desabotonó la camisa blanca y la dejó caer al piso. Después se bajó la pollerita tableada azul y quedó solo con la bombachita de nena que Alonzo le había dado.
Sin darse cuenta de que Alonzo lo estaba mirando todo con atención, Marquitos se bajó también la bombachita y quedó completamente desnudo.
Alonzo no perdió detalle.
El cuerpito de Marquitos era perfecto: piel blanquita, suave y sin una sola marca, como porcelana. Piernitas delgadas, pancita plana y lisa, y ese culito grandecito, redondo y carnoso que contrastaba con su cuerpo delgado. Era un culito de nena: respingón, suave, con dos cachetes perfectos y una línea profunda en el medio. Cuando Marquitos se agachó un poco para recoger su ropa de varón, Alonzo vio claramente su anito rosadito, cerradito y virgen: un pequeño botón perfecto, apretado, de color rosa claro, sin un solo pelo. Era un ano infantil, inocente y tentador.
También vio sus piecitos delicados, pequeños y suaves, con deditos finos.
Alonzo sintió que su pene se ponía durísimo dentro del pantalón. Su respiración se volvió pesada. En su mente pasaban imágenes sucias y rápidas: imaginaba arrodillarse detrás de Marquitos, separar esos cachetes suaves y lamer ese anito rosado y virgen; imaginaba meterle la verga despacio en ese culito apretado mientras Marquitos gemía con vocecita infantil; imaginaba vestirlo de nena todos los días y follárselo en el cuartito.
Tuvo que apretar los puños para no abalanzarse sobre él en ese momento.
Marquitos, ajeno a todo, se puso rápidamente su ropa de varón: la camisa, los pantalones y los zapatos. Se acomodó el cabello con las manos y miró a Alonzo, todavía rojo.
— ¡Ya está! Me tengo que ir corriendo… chau, señor Alonzo.
En la prisa, Marquitos se acercó para despedirse y, sin querer, en vez de darle un beso en la mejilla, le dio un beso rápido en la boca. Fue un beso inocente, de labios suaves contra labios de hombre, pero duró un segundo más de lo normal.
Alonzo se quedó congelado.
Marquitos salió corriendo del cuartito sin mirar atrás, cerrando la puerta detrás de él.
Alonzo se quedó solo en el cuartito de limpieza, respirando agitado, con el pene duro y palpitante dentro del pantalón. Se pasó la mano por la boca, todavía sintiendo el roce de los labios suaves y cálidos de Marquitos.
Se sentó en el banquito, con la mirada perdida, y murmuró para sí mismo:
—Qué culito tan perfecto… tan redondo, tan blanco, tan virgen… y esa boquita… Dios, qué boquita tiene el pendejo.
Su mente estaba llena de fantasías cada vez más intensas: imaginaba a Marquitos vestido de nena, arrodillado, chupándole la verga; imaginaba penetrando ese anito rosado y apretado mientras el niño gemía; imaginaba besándolo con lengua mientras le metía los dedos en el culito.
Alonzo se quedó un buen rato sentado en el cuartito, pensativo, excitado y planeando cómo dar el siguiente paso con Marquitos. Ya no era solo curiosidad… ahora quería tenerlo.
Alonzo volvió a su casa esa tarde con la cabeza y el cuerpo ardiendo. No podía quitarse de la mente la imagen de Marquitos desnudo por un segundo: esa piel blanquita y perfecta, ese culoncito redondo y carnoso, ese anito rosadito y virgen que había visto cuando el niño se cambió.
Al llegar, su mujer le preguntó algo, pero él apenas contestó. Se fue directo al altillo y empezó a revolver cajas viejas. Encontró lo que buscaba: una bolsa con ropa interior infantil de cuando sus hijas eran chicas. Había varias bombachitas de nena con dibujitos tiernos: ositos, corazones, estrellitas, unicornios y flores. Eran bombachitas suavecitas, de algodón, con volados y lacitos. Algunas tenían un poco de encaje en los bordes.
Alonzo las miró con una sonrisa oscura. Las olió un segundo (todavía conservaban un leve olor a ropa guardada) y las metió en una bolsita discreta.
“Mañana le voy a dar una sorpresa al pibe”, pensó, mientras su pene se endurecía otra vez.
Al día siguiente, en el cuartito de limpieza
Marquitos llegó nervioso, como siempre, después de espiar un rato la orgía de la maestra Mónica. Alonzo ya lo esperaba adentro.
—Te traje un regalo —dijo Alonzo con voz ronca, extendiéndole la bolsita—. Es para que sigas probando cómo te sentís vestido de nena.
Marquitos abrió la bolsa y sacó las bombachitas infantiles. Sus ojos se iluminaron. Eran de colores pastel, con dibujitos lindos y voladitos. Se emocionó tanto que su carita se puso roja de excitación y vergüenza al mismo tiempo.
— ¡Son… bombachitas de nena! —dijo con vocecita aguda, sosteniéndolas contra su pecho—. ¡Son tan lindas! Tienen ositos… y estrellitas…
Alonzo sonrió, mirándolo con deseo contenido.
—Probátelas. Quiero ver cómo te quedan.
Marquitos dudó solo un segundo. La emoción fue más fuerte que la vergüenza. Se dio vuelta, se bajó rápidamente los pantalones y la bombachita de varón, quedando desnudo de cintura para abajo. Su culoncito blanco y redondo quedó a la vista.
Se probó la primera: una bombachita blanca con ositos celestes. Le quedaba ajustada, marcando perfectamente la forma redonda de su culito. Se miró en el espejo roto y soltó una risita nerviosa.
— ¡Me queda como a una nena!
Alonzo tragó saliva. El culito de Marquitos se veía aún más provocativo con la bombachita infantil apretada.
—Te queda preciosa… girá un poquito.
Marquitos giró, emocionado, y se probó la siguiente: una rosa con corazoncitos. Luego una amarilla con estrellitas, después una con unicornios. Cada vez que se cambiaba, se quedaba un segundo frente al espejo, moviendo el culito de un lado a otro, riéndose con vergüenza y placer.
— ¡Mirá esta con unicornios! ¡Se ve tan linda!
Se probó todas, modelando para Alonzo. Se daba vuelta, se agachaba un poco, se miraba de costado. La tela suave se le metía entre las nalgas, marcando claramente la forma de su culoncito redondo y carnoso. A veces la bombachita se le bajaba un poco atrás y dejaba ver parte de su anito rosado y virgen.
Alonzo no perdía detalle. Estaba durísimo dentro del pantalón. En su mente imaginaba arrancarle esas bombachitas, separar ese culito y penetrarlo despacio mientras Marquitos gemía con vocecita de nena. Imaginaba al niño vestido solo con la bombachita, arrodillado, chupándole la verga.
—Te ves hermosa… —dijo Alonzo con voz ronca, sin poder ocultar del todo su excitación—. Ese culito tan redondo y grande para ser de un nene… con esas bombachitas de nena te ves exactamente como una nenita. Muy linda. Muy deseable.
Marquitos se rio nervioso, todavía modelando la última bombachita (una celeste con dibujitos de ositos), moviendo el culito de un lado a otro frente al espejo.
— ¿De verdad me veo como una nena? Me da vergüenza… pero me gusta un poquito…
Alonzo se acercó un paso más, con los ojos fijos en ese culito infantil apretado por la bombachita.
—Te ves más que lindo… te ves perfecto. Cualquier nena quisiera tener un culito así de rico.
Marquitos se quedó quieto frente al espejo, emocionado, avergonzado y excitado, sin saber que Alonzo estaba a punto de perder el control.
Alonzo no podía apartar la mirada del cuerpito desnudo de Marquitos mientras el niño se probaba las bombachitas una tras otra.
Cada vez que Marquitos se bajaba una bombachita para probarse la siguiente, Alonzo devoraba con los ojos ese culito grande, redondo y carnoso que se movía suavemente. Era un culito desproporcionado para un nene tan delgado: cachetes suaves, blancos, con una curva perfecta y una línea profunda en el medio. Cuando Marquitos se agachaba un poco para recoger la siguiente bombachita, Alonzo veía claramente su anito virgen: un pequeño botón rosado, cerradito, apretado y sin un solo pelo, completamente inocente y tentador.
Además, notó algo que lo calentó todavía más: el pene de Marquitos era diminuto, incluso muy pequeño para su edad. Era chiquitito, casi como el de un niño mucho más pequeño, y colgaba suave y sin erección. Debajo, sus huevitos todavía no habían descendido del todo; eran dos bolitas pequeñas y altas, casi invisibles, lo que le daba un aspecto aún más infantil y femenino.
Esto excitó profundamente a Alonzo. Aunque siempre se había considerado heterosexual, ver ese cuerpito tan delicado, con un pene tan pequeño y huevitos sin bajar, hacía que Marquitos se viera aún más como una nena. El contraste entre ese culito grande y redondo, la piel blanquita perfecta y ese pene diminuto lo volvía loco. En su mente ya no veía a un nene… veía a una nenita virgen con un culito hecho para ser follado.
Alonzo sentía su verga dura y palpitante dentro del pantalón. Tuvo que apretar los puños para no abalanzarse sobre Marquitos en ese momento. Su respiración se volvió más pesada, pero intentó mantener la voz controlada.
—Marquitos… mirate —dijo con tono ronco, casi susurrando—. Ese culito tan grande y bonito que tenés… se ve aún más lindo con las bombachitas de nena. Y… tu cosita es tan chiquita… tan delicada. Te hace ver todavía más como una nena. Es lindo, ¿sabés? No tenés que avergonzarte. Muchos nenes tienen el pene chiquito y los huevitos así… y eso los hace ver más suaves, más bonitos, como nenas.
Marquitos se miró en el espejo roto, todavía con la bombachita celeste con ositos puesta. Se tocó tímidamente la entrepierna y murmuró con vergüenza:
—Mi cosita es muy chiquita… ¿está mal?
Alonzo negó con la cabeza, sin dejar de mirar ese culito redondo y el pene diminuto que se marcaba suavemente bajo la tela de la bombachita.
—No está mal… al contrario. Te hace ver más como una nena. Ese culito grande, esa piel tan blanca y suave, y esa cosita tan chiquita… parecés una nenita de verdad. Es muy lindo. Muy deseable.
Marquitos se sonrojó aún más, pero no se tapó. Se dio vuelta lentamente frente al espejo, dejando que Alonzo viera bien su culito desde atrás. La bombachita se le metía un poco entre las nalgas, marcando la forma redonda y perfecta.
Alonzo tragó saliva. En su mente imaginaba todo: separar esos cachetes suaves, lamer ese anito rosado y virgen, meterle la verga despacio mientras Marquitos gemía con vocecita de nena, vestirlo todos los días con bombachitas infantiles y follárselo en el cuartito.
Se controló con esfuerzo y solo dijo con voz baja y seductora:
—Te queda perfecto… seguí probándotelas. Quiero verte con todas.
Marquitos, emocionado y avergonzado al mismo tiempo, siguió modelando las bombachitas una por una, girando frente al espejo, sin darse cuenta de que Alonzo lo miraba con un deseo cada vez más difícil de contener.
Marquitos se miró una vez más en el espejo roto, todavía con la bombachita celeste con ositos puesta. Se sentía raro, avergonzado, pero también emocionado. Giró un poco y vio cómo la tela se le hundía suavemente entre sus cachetes redondos.
—Señor Alonzo… —dijo con vocecita tímida y baja—. ¿Me puede ayudar a vestirme? No sé bien cómo poner todo… me da vergüenza hacerlo solo.
Alonzo sintió que el corazón le daba un vuelco. Su pene ya estaba completamente duro dentro del pantalón. Tragó saliva y se acercó lentamente, intentando mantener la calma aunque por dentro ardía de deseo.
—Claro, pibe… vení, yo te ayudo.
Se paró detrás de Marquitos. Sus manos grandes y callosas tocaron suavemente los hombros del niño, luego bajaron por sus brazos. Le ajustó la bombachita, rozando “sin querer” la curva superior de su culito redondo. Marquitos se estremeció un poco.
Mientras le ayudaba a ponerse la pollerita tableada, Alonzo no podía dejar de mirar ese culoncito blanco y carnoso que se movía cada vez que Marquitos se movía. Le subió la pollerita despacio, rozando con los dedos la piel suave de sus muslos.
Marquitos, todavía con la bombachita puesta, miró hacia abajo y preguntó con voz chiquita y curiosa:
—Señor Alonzo… ¿por qué tengo el penesito tan pequeño? Es mucho más chiquito que el de otros nenes de mi edad… casi ni se ve…
Alonzo sintió que su verga palpitaba con fuerza. Se inclinó un poco más cerca, su aliento rozando la oreja de Marquitos, y le respondió con voz ronca y seductora:
—Porque naciste para ser nenita, Marquitos… Ese penesito tan chiquito, esos huevitos que todavía no bajaron… todo eso te hace ver más como una nena que como un nene. Es perfecto. Las nenas no tienen pene grande… tienen algo chiquito y lindo como lo tuyo. Por eso tu culito es tan redondo y grande… porque tu cuerpo ya sabe que sos más nena que nene.
Marquitos se sonrojó intensamente, pero no se apartó. La pollerita corta le quedaba justo por encima del culito.
— ¿De verdad? —preguntó bajito, con la voz temblorosa—. ¿Por eso me gusta tanto vestirme de nena y mirar lo que hace la seño con las nenas?
Alonzo se acercó aún más. Su pecho casi tocaba la espalda de Marquitos. Su voz era ahora un susurro caliente contra la oreja del niño:
—Sí… exactamente por eso. Tu cuerpo te está diciendo que sos una nenita. Ese culito tan lindo, esa piel tan suave, ese penesito diminuto… todo te hace perfecta para que te traten como a una nena. Y está bien que te guste. Está muy bien…
Sus caras estaban cada vez más cerca. Alonzo podía oler el aroma infantil del cabello de Marquitos. El deseo lo estaba consumiendo. Ya no aguantaba más.
De repente, Alonzo giró suavemente la cara de Marquitos hacia él y le dio un beso en la boca.
No fue un beso inocente. Fue un beso profundo, caliente, con los labios abiertos. Alonzo metió la lengua despacio, saboreando la boquita suave y virginal del niño. Marquitos se quedó completamente anonadado, con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar. Su cuerpo se tensó, pero no se apartó. Sintió la lengua adulta y caliente de Alonzo invadiendo su boca, el roce de la barba picosa contra su piel suave, y un calor intenso que le bajó hasta el culito.
El beso duró varios segundos. Marquitos estaba paralizado, con la mente en blanco y el corazón latiéndole a mil.
Alonzo finalmente se separó un poco, respirando agitado, con los ojos oscuros de deseo. Miró la carita roja y sorprendida de Marquitos y murmuró con voz ronca:
—Perdón… no pude evitarlo… te ves demasiado linda vestida así…
Marquitos se quedó quieto, con los labios hinchados y húmedos, sin saber qué decir ni qué sentir. Su penesito diminuto se había movido un poco dentro de la bombachita.
Marquitos se quedó completamente paralizado.
Sus ojos estaban muy abiertos, la boca entreabierta y el cuerpo rígido. El beso de Alonzo lo había tomado por sorpresa total. Sintió los labios calientes y ásperos del hombre contra los suyos, la lengua que entró despacio y le rozó la suya. Fue un beso profundo, húmedo y adulto.
Le gustó.
Le gustó el calor, le gustó la sensación de ser besado de esa forma tan intensa, le gustó el olor fuerte y masculino de Alonzo. Pero al mismo tiempo se sorprendió tanto que no pudo reaccionar. Se quedó mudo, congelado, con el corazón latiéndole a mil por hora y las mejillas ardiendo.
Alonzo se separó apenas unos centímetros, respirando agitado. Vio la cara roja y sorprendida de Marquitos y eso le dio más valentía. El niño no se había apartado. No había gritado. Solo estaba allí, quieto, procesando lo que acababa de pasar.
Entonces Alonzo se envalentonó más.
Volvió a besarlo, esta vez más suave, más lento, pero igual de profundo. Sus labios cubrieron los de Marquitos con ternura fingida, y su lengua entró otra vez, explorando la boquita inocente del niño. Marquitos seguía sin moverse, pero tampoco se resistía. Poco a poco, casi sin darse cuenta, sus labios empezaron a responder tímidamente al beso.
Alonzo sintió que estaba cumpliendo uno de sus sueños más sucios.
Sus manos grandes y callosas bajaron lentamente por la espalda de Marquitos, rozando la tela de la camisa blanca del uniforme de nena. Llegaron hasta la pollerita tableada corta y siguieron bajando. Finalmente, sus manos se posaron sobre el culito redondo y carnoso que tanto había soñado.
Apretó las nalgas con fuerza pero con cuidado, sintiendo la carne suave, caliente y elástica bajo sus dedos. Ese culito grande para ser de un nene, tan redondo, tan perfecto, tan virgen… lo apretó, lo amasó, separando ligeramente los cachetes por encima de la bombachita infantil.
Marquitos soltó un gemidito bajito contra la boca de Alonzo, todavía en shock, pero su cuerpo reaccionó: un escalofrío le recorrió la espalda y sintió un calor intenso en su culito y en su penesito diminuto.
Alonzo seguía besándolo, cada vez más hambriento, mientras sus manos no dejaban de apretar y acariciar ese culito que tanto deseaba. Sus dedos se hundían suavemente en la carne suave, sintiendo la forma perfecta de esos cachetes.
En su mente, Alonzo ya estaba imaginando todo: bajarle la bombachita, abrir ese culito rosado y virgen, lamerlo, penetrarlo despacio mientras Marquitos gemía con vocecita de nena.
Pero por ahora se conformaba con besarlo y apretar ese culito soñado, sintiendo cómo Marquitos, aunque paralizado y sorprendido, se dejaba hacer.
El beso se volvió más largo, más húmedo. Alonzo gemía bajito contra la boca del niño, sin poder contener del todo su excitación.
Marquitos seguía mudo, anonadado, con los ojos entrecerrados y el cuerpo temblando ligeramente, sintiendo por primera vez las manos de un hombre adulto apretando su culito con deseo.
Marquitos estaba paralizado al principio, con los ojos muy abiertos y el cuerpo rígido. Pero poco a poco, algo dentro de él se rindió. El calor de la boca de Alonzo, la lengua adulta que lo invadía, el olor fuerte y masculino… todo empezó a gustarle.
Empezó a dejarse llevar.
Sus labios suaves y temblorosos comenzaron a responder al beso. Torpemente al principio, luego con más instinto, movió su boquita contra la de Alonzo y dejó que su lengüita inocente rozara la lengua del hombre. Era un beso torpe, infantil, pero real. Marquitos cerró los ojos y correspondió el beso.
Alonzo lo notó inmediatamente.
Sintió cómo los labios del niño se suavizaban y empezaban a moverse contra los suyos. Eso lo encendió como gasolina. Un gruñido bajo salió de su garganta y su beso se volvió más hambriento, más profundo. Su lengua entró con más fuerza, explorando la boquita virgen de Marquitos, saboreándola.
Sus manos grandes no perdieron tiempo.
Empezó a desnudarlo con prisa pero con deseo. Le desabotonó la camisa blanca del uniforme de nena y se la quitó, dejando al descubierto el torso delgado y blanquísimo de Marquitos. Luego bajó las manos y le bajó la pollerita tableada hasta los tobillos. Finalmente, enganchó los dedos en la bombachita infantil con dibujitos de ositos y se la bajó lentamente.
Marquitos quedó completamente desnudo frente a él.
Alonzo se separó del beso solo para mirarlo. Sus ojos brillaban de lujuria pura.
—Dios… mirá ese culito… —murmuró con voz ronca.
Lo hizo girar despacio. Marquitos se dejó hacer, todavía aturdido y excitado. Alonzo se arrodilló detrás de él, con la cara a la altura de su culo.
Allí estaba: el anito virgen de Marquitos. Un pequeño botón rosado, perfectamente cerrado, apretado, sin un solo pelo. La piel alrededor era blanquísima y suave. El culito era grande, redondo y carnoso para ser de un nene tan delgado. Alonzo lo miró como si fuera un tesoro.
—No te muevas… —susurró.
Separó suavemente los cachetes con sus manos grandes y callosas. El anito rosado se abrió apenas, mostrando el interior tierno y virgen.
Alonzo no aguantó más.
Acercó su cara y, sin previo aviso, sacó la lengua y la metió directamente contra el ano virgen de Marquitos.
La lengua caliente y húmeda lamió el pequeño botón rosado con hambre. Alonzo lo lamió de abajo hacia arriba, luego en círculos, presionando la punta de la lengua contra la entrada apretada, intentando entrar un poco.
Marquitos soltó un gemido agudo y tembloroso:
— ¡Aaaahhh… señor Alonzo… qué hacés… ahí… se siente… raro… caliente…!
Su cuerpito se sacudió. Sintió la lengua adulta lamiendo su ano virgen, mojándolo, penetrándolo ligeramente. Era una sensación completamente nueva: húmeda, caliente, cosquilleante y profundamente íntima. Sus piernitas temblaron y su penesito diminuto se movió un poco.
Alonzo gruñó de placer contra el culito del niño y siguió lamiendo con más ganas. Su lengua entraba y salía, saboreando el gusto limpio y virginal del ano de Marquitos. Lo lamía con devoción, separando más los cachetes para tener mejor acceso.
—Qué rico anito tenés… tan rosadito… tan cerrado… tan virgen… —murmuraba entre lamida y lamida—. Me volviste loco desde que lo vi…
Marquitos gemía bajito, apoyando las manos contra la pared, sin entender del todo lo que sentía, pero dejando que Alonzo siguiera lamiéndole el ano con su lengua caliente y experta.
Alonzo seguía arrodillado detrás de Marquitos, con la cara hundida entre sus cachetes suaves y blancos. Su lengua caliente y gruesa seguía lamiendo con hambre el anito virgen e infantil del niño: lo rodeaba, lo presionaba, intentaba entrar un poco más, saboreando ese sabor limpio, dulce y prohibido.
Después de varios minutos de lamerlo con devoción, Alonzo se incorporó, respirando agitado. Giró a Marquitos con sus manos grandes, poniéndolo de frente a él.
El niño estaba rojo, temblando, con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos. Su penesito diminuto estaba un poco más hinchado de lo normal, pero seguía siendo chiquitito e infantil.
Alonzo lo miró fijamente a los ojos, con la cara enrojecida de deseo. Sin decir una palabra, lo tomó de la nuca con una mano y lo atrajo hacia él.
Le dio un beso muy sucio y asqueroso.
Abrió la boca y metió la lengua profundamente, sin ninguna delicadeza. Era un beso baboso, húmedo, agresivo. Su lengua gruesa y caliente invadía la boquita inocente de Marquitos, mezclándose con la saliva del niño, chupándole los labios y la lengua con hambre. Un hilo espeso de saliva se escapaba por la comisura de sus bocas mientras Alonzo lo besaba como si quisiera devorarlo.
Marquitos soltó un gemidito ahogado contra la boca del hombre, sorprendido por la intensidad, pero ya no se resistía. Sus manitas se apoyaron en el pecho de Alonzo, temblando.
Alonzo se separó apenas unos centímetros, con los labios brillantes de saliva, y le confesó con voz ronca, entrecortada y llena de deseo:
—Marquitos… siempre me gustaste… desde que te vi espiando… ese culito redondo y grande que tenés… esa piel tan blanca y suave… ese anito rosadito y virgen que acabo de lamer… Me volviste loco, pibe. Te deseo tanto… Quiero ser yo quien te enseñe todo… quien te meta la verga en ese culito tan lindo… quien te haga gemir como las nenas que la maestra folla…
Le dio otro beso sucio, más corto pero igual de baboso, y continuó confesando contra su boca:
—Sos tan perfecto… con ese penesito chiquito y esos huevitos que ni bajaron… parecés una nenita de verdad. Quiero vestirte todos los días con bombachitas de nena… quiero lamerte el culito todos los días… quiero follarte despacito hasta que grites de gusto… ¿Entendés lo que te estoy diciendo, Marquitos? Te deseo como nunca deseé a nadie…
Marquitos estaba completamente anonadado, con los labios hinchados y húmedos, respirando agitado. Sus ojos grandes miraban a Alonzo con una mezcla de miedo, sorpresa y una excitación confusa que no sabía cómo manejar.
Alonzo seguía sujetándolo por la nuca, con la frente pegada a la del niño, respirando pesado, esperando su reacción.
De repente sonó el timbre que anunciaba el final del recreo largo.
Marquitos se sobresaltó, como si despertara de un sueño. Su cara estaba completamente roja, los labios hinchados por el beso sucio de Alonzo y el cuerpo todavía temblando.
—Tengo… tengo que irme… —murmuró con vocecita entrecortada y avergonzada.
Se apartó rápidamente de Alonzo y empezó a vestirse de varón a toda prisa. Se quitó la bombachita infantil con ositos, se puso su ropa interior de nene, los pantalones, la camisa y los zapatos. Sus manos temblaban tanto que le costaba abotonarse la camisa.
Alonzo lo miraba sin decir nada al principio, todavía con la respiración pesada y el pene duro dentro del pantalón. Cuando Marquitos terminó de vestirse, Alonzo se acercó un paso y le habló con voz ronca y suplicante:
—Marquitos… por favor… vuelve mañana. Te voy a esperar acá mismo. No tengas miedo. Solo quiero hablar más contigo… y seguir viéndote así. Por favor, vení.
Marquitos no dijo una sola palabra.
Solo lo miró un segundo con los ojos muy grandes, llenos de vergüenza, confusión y una extraña mezcla de miedo y calor. Luego bajó la mirada, abrió la puerta del cuartito y salió corriendo por el pasillo sin mirar atrás.
Alonzo se quedó solo en el cuartito, respirando agitado. Se pasó una mano por la cara y murmuró para sí mismo:
—No sé si va a volver… Dios, espero que sí…
Esa misma noche, en la casa de Marquitos
Marquitos no podía dormir.
Estaba acostado en su cama, mirando el techo oscuro, con el corazón latiéndole fuerte cada vez que recordaba lo que había pasado en el cuartito.
Recordaba el beso sucio y baboso de Alonzo… la lengua gruesa entrando en su boca… las manos grandes apretando su culito por encima de la bombachita… las palabras que le dijo: “te deseo… ese culito tan lindo… parecés una nenita…”
Sentía calor en todo el cuerpo, especialmente en su culito y en su penesito chiquito. Se removía en la cama, apretando las piernas. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Alonzo mirándolo con deseo, sentía el roce de la barba picosa contra su mejilla, recordaba cómo Alonzo le había lamido el anito virgen.
Se puso rojo de vergüenza, pero no podía parar de pensar en eso.
“¿Por qué me gustó?… ¿Por qué me dio calor cuando me apretó el culito?… ¿Por qué quiero volver mañana aunque me dé miedo?…”
Se tocó tímidamente por encima del pijama, sintiendo su penesito diminuto un poco más hinchado de lo normal. No se masturbaba, solo lo rozaba con vergüenza, pensando en las manos de Alonzo apretándole las nalgas y en su lengua caliente contra su ano.
Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, caliente, avergonzado y lleno de dudas. No sabía si iba a volver al día siguiente… pero una parte de él ya sabía que sí.
Al día siguiente, Marquitos pasó toda la mañana en clase muy callado y distraído. No podía concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos veía la imagen de Alonzo besándolo, apretándole el culito y lamiéndole el ano. Sentía un calor constante en la pancita y en su culoncito, y su penesito diminuto se movía de vez en cuando dentro del pantalón.
Durante el recreo largo, cuando la maestra Mónica mandó a los varoncitos al patio, Marquitos dudó mucho. Estuvo varios minutos parado en el pasillo, mordiéndose el labio, con el corazón latiéndole muy fuerte.
“Debería irme a jugar… esto está mal…” pensaba.
Pero sus pies lo llevaron solos hacia el cuartito de limpieza del fondo.
Abrió la puerta lentamente.
Alonzo ya estaba adentro, esperándolo. Cuando vio entrar a Marquitos, su cara se iluminó con una mezcla de alivio y deseo intenso.
—Viniste… —dijo Alonzo con voz ronca, casi sin poder creerlo—. Pensé que no ibas a volver.
Marquitos cerró la puerta detrás de él y se quedó parado cerca de la entrada, mirando al piso, rojo como un tomate. No decía nada.
Alonzo se acercó despacio y le puso una mano grande en el hombro.
—No tenés que tener vergüenza, Marquitos. Me alegra mucho que hayas venido. Ayer… no pude dejar de pensar en vos en toda la noche. En tu culito tan lindo… en cómo te besé… en cómo te lamí…
Marquitos levantó la mirada un segundo, todavía avergonzado, pero no se apartó.
Alonzo continuó, hablando bajito y seductor:
— ¿Querés que te ayude a vestirte de nena otra vez? Traje más bombachitas… y también una pollerita más cortita. Quiero verte otra vez como una nenita linda.
Marquitos dudó unos segundos, pero finalmente asintió con la cabeza, muy bajito.
Alonzo sonrió con hambre y empezó a desnudarlo con cuidado. Le quitó la camisa, los pantalones, y por último la bombachita de varón. Marquitos quedó completamente desnudo otra vez frente a él.
Alonzo lo miró de arriba abajo, deteniéndose especialmente en su culito redondo y su pene diminuto.
—Qué lindo estás… —murmuró—. Ese culito… Dios, no sabés lo que me hacés.
Le puso una bombachita rosa con corazoncitos y una pollerita tableada azul muy corta. Cuando Marquitos estuvo vestido, Alonzo lo hizo girar frente a él.
—Mirate… parecés una nena de verdad. Una nena muy rica.
Alonzo se acercó por detrás, pegando su cuerpo al del niño. Marquitos sintió la erección dura de Alonzo contra su culito por encima de la pollerita.
— ¿Sentís eso? —susurró Alonzo contra su oreja—. Eso es porque me ponés muy caliente… porque quiero hacerte muchas cosas… porque quiero ser yo quien te enseñe todo.
Personajes: Veronica 32 años.
Cati, de 9 años, y Lali, de apenas 7 años. Matilda 12 años.
MARQUITOS 8 años
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