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Miranda y su cornudito 47- la orgia lesbica es descubierta

Cati y Sofía mamaban de las tetas de Mónica, una de cada lado.
Emma y Luna se besaban con lengua de forma muy babosa justo al lado, metiéndose los deditos en el coño y el culo.
Valentina y Martina se lamían mutuamente el culito en 69 al lado de la maestra.


Mónica gemía fuerte, sujetaba las caderitas de Lucía y la ayudaba a subir y bajar mientras le decía:
—Así, mis putitaaas… fóllense entre ustedes, mamen leche, besense… y miren cómo la seño les folla el culito a todas…
El salón estaba lleno de gemiditos agudos infantiles, sonidos húmedos de succión, besos babosos y el ruido constante del dildo entrando y saliendo de culitos infantiles.
Al terminar las dos horas, las ocho nenas estaban sudadas, con el uniforme arrugado y manchado de leche, los culitos rosados y sensibles, y la boquita hinchada de tanto mamar y besar.
Mónica se limpiaba el dildo con una toallita y les decía sonriendo:
—Qué ricas son mis nenitas… mañana seguimos enseñando más cositas sucias.
Las nenas se arreglaban el uniforme como podían, se limpiaban la boca y salían al patio como si nada hubiera pasado, con la pancita llena de leche y el culito adolorido pero satisfecho.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero muy cargada de morbo.
—Así se volvieron las orgías diarias: penetración anal constante de la maestra Mónica a sus alumnitas, mientras las demás mamaban leche, se besaban y se tocaban entre ellas. Un sexo lésbico sucio y constante, todo dentro del salón del jardín.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas, con la respiración agitada y las caras rojas como tomates.
Con el paso de las semanas, la maestra Mónica se volvió mucho más atrevida y descarada. Ya no le bastaba con estar desnuda o solo con el arnés. Quería que las orgías tuvieran un ambiente más sucio, más prohibido y más visualmente morboso.
Empezó a llevar conjuntos de lencería erótica al jardín, escondidos en su bolso grande. Eran prendas pensadas para putas: corsés negros que le apretaban las tetas enormes y las hacían desbordar, tangas diminutas que apenas cubrían su coño peludo, medias negras con ligueros, y tacones altos que hacían que su culo grande y carnoso se viera aún más prominente.
Cada día, cuando sonaba el timbre del recreo y mandaba a los varoncitos al patio con dos horas de juego libre, Mónica cerraba la puerta con llave, bajaba las persianas y se transformaba delante de sus ocho alumnitas.
Se quitaba la blusa y la falda de maestra de forma lenta y teatral, quedando solo con la lencería de puta que había elegido ese día. Sus tetas venosas y llenas de leche quedaban semi-embutidas en un corsé negro que las empujaba hacia arriba, haciendo que se desbordaran por arriba. La tanga era tan pequeña que se le metía entre los labios mayores, y los ligueros sujetaban medias negras que llegaban hasta sus muslos gruesos.
Las nenas se quedaban mirando con los ojos muy abiertos y las boquitas entreabiertas. El contraste era aún más fuerte: la maestra convertida en una puta madura, tetona y culona, rodeada de ocho nenitas con sus uniformes escolares inocentes.
Mónica se paseaba por el salón con tacones, moviendo las caderas, y les decía con voz ronca y maternal:
—Miren cómo se vistió la seño hoy para sus nenitas… ya no soy solo su maestra… soy su puta secreta. ¿Les gusta la lencería de la seño?
Las nenas respondían con risitas nerviosas y vocecitas infantiles:
—Seño… se ve como las mamás de las películas…
—Sus tetas se ven más grandes con eso…
—Se ve muy puta, seño…
Mónica se reía y añadía el nuevo fetiche que había incorporado: los pies.
Se sentaba en su sillón, se quitaba los tacones y levantaba sus pies maduros, grandes y un poco sudados después de todo el día parada.
—Hoy también vamos a jugar con los pies de la seño. Mis pies de mujer madura… sudados, con olor fuerte… quiero que mis nenitas los besen, los laman y los chupen mientras la seño las folla o les da leche.
Ponía a dos nenas a lamerle los pies al mismo tiempo. Una le chupaba los deditos gordos, la otra le lamía la planta y los talones. Mientras tanto, otras dos mamaban de sus tetas desbordadas del corsé, y ella elegía a una tercera para follarla analmente con el dildo.
El ambiente se volvió mucho más sucio y morboso.
Ejemplo de una orgía típica con lencería y fetiche de pies:
Mónica, vestida solo con corsé negro, tanga y medias, se sienta en el sillón con las piernas abiertas y los pies en alto.
—Emma y Luna, al piso… laman y chupen los pies de la seño. Chupen entre los deditos, laman la planta… quiero sentir sus lengüitas calientes.
Mientras Emma y Luna se arrodillaban y empezaban a lamerle los pies sudados (chupando los deditos, pasando la lengua por los talones), Cati y Sofía se prendían de sus tetas, mamando con fuerza y tragando leche que les corría por la barbilla.
Mónica elegía a Valentina, la ponía en cuatro patas frente a ella y la penetraba analmente con el dildo, sujetándola por las caderitas mientras gemía:
—Así… mientras mis nenitas me lamen los pies sudados de puta… la seño te folla el culito… qué rico contraste… pies de mujer madura en boquitas infantiles y un culito virgen siendo abierto…
Las nenas restantes se besaban entre ellas con lengua babosa, se metían deditos o se restregaban contra el muslo grueso de Mónica.
El salón se llenaba de sonidos: gemiditos agudos de las nenas, sonidos de succión de leche y pies, el ruido húmedo del dildo entrando y saliendo de culitos infantiles, y los gemidos roncos de Mónica.
Mónica se regodeaba diciendo cosas como:
—Miren cómo mis alumnitas tan inocentes le lamen los pies sudados a su maestra puta… mientras otras maman de mis tetas y otras reciben verga en el culito… esto es lo que hacen las nenitas buenas del jardín cuando nadie las ve…
El fetiche de pies se volvió constante: las nenas tenían que lamer y chupar los pies de Mónica antes, durante y después de ser folladas. A veces Mónica les hacía lamer sus propios pies entre ellas mientras las penetraba.
El ambiente era mucho más sucio, más visual y más prohibido gracias a la lencería erótica y al nuevo fetiche.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero muy cargada de morbo.
—Así se volvieron las orgías: la maestra convertida en puta con lencería, follando culitos mientras las nenitas le lamían los pies sudados, mamaban leche y se besaban entre ellas. Cada día más sucio y más adictivo.


Escena 1 – La orgía del corsé negro y tacones
Mónica cerró la puerta con llave y se quitó lentamente la ropa de maestra. Debajo llevaba un corsé negro muy apretado que le empujaba las tetas enormes hacia arriba, haciendo que se desbordaran por arriba como dos globos venosos y llenos de leche. Una tanga diminuta negra se le hundía entre los labios mayores peludos, y usaba medias negras con ligueros y tacones altos que hacían que su culo grande y carnoso se viera aún más prominente.
Se sentó en el sillón, cruzó las piernas y levantó un pie con tacón.
—Vengan, mis putitaaas… hoy la seño se vistió como una puta de verdad para sus nenitas.
Cati y Sofía se arrodillaron primero y empezaron a lamerle los pies. Chupaban los deditos por encima de las medias, pasaban la lengua por los talones y olían el aroma fuerte a pie sudado de mujer madura después de todo el día.
Mientras tanto, Lali y Emma se prendieron de sus tetas, mamando con fuerza. La leche tibia les corría por la barbilla y les manchaba el cuello de la camisa del uniforme.
Mónica eligió a Luna para follarla. La puso en cuatro patas sobre el escritorio, le subió la pollerita y le bajó la bombachita. Sujetándola fuerte por las caderitas delgadas, alineó el dildo y entró de una sola embestida hasta el fondo.
Luna soltó un grito agudo:
— ¡Aaaahhh, seño… está muy adentro… me llena todo el culito!
Mónica empezó a follarla con ritmo firme, haciendo que el cuerpito delgado de Luna se sacudiera. Al mismo tiempo gemía de placer mientras Cati y Sofía le chupaban los pies y Lali y Emma le mamaban las tetas.
—Miren qué puta se ve la seño… con corsé y tacones… follando el culito de mi nenita mientras otras me lamen los pies sudados y maman leche… qué rico contraste…
Luna gemía cada vez más fuerte, empujando hacia atrás:
— ¡Seño… me gusta… el culito se siente lleno y caliente… más fuerte!
Escena 2 – La orgía del body rojo transparente
Otro día Mónica llegó con un body rojo transparente de encaje que apenas contenía sus tetas. El encaje dejaba ver claramente sus pezones oscuros y venosos, y la parte de abajo era una tanga abierta que dejaba su coño y ano completamente expuestos.
Se quitó la ropa de maestra, se puso el body y tacones rojos, y se paseó por el salón moviendo las caderas.
—Hoy la seño se vistió como una puta barata para que sus nenitas la vean bien.
Puso a Valentina y a Martina a lamerle los pies. Las dos nenas se arrodillaron y empezaron a chuparle los deditos y a lamer la planta sudada, haciendo ruiditos de succión.
Mónica se sentó, abrió las piernas y llamó a Cati:
—Vení, Cati… siéntate en la verga de la seño.
Cati se subió a horcajadas, de espaldas a Mónica, y bajó despacio hasta que el dildo entró completo en su culito. Empezó a subir y bajar, gimiendo con voz aguda mientras Mónica la sujetaba por las caderitas y la ayudaba a moverse.
Al mismo tiempo, Sofía y Luna mamaban de sus tetas por los costados del body transparente, tragando leche que les caía por la barbilla.
Emma y Lali se besaban con lengua de forma muy babosa y sucia justo al lado, metiéndose deditos en el culito mutuamente mientras miraban cómo Cati era follada.
Mónica gemía fuerte y les hablaba sucio:
—Miren a la seño vestida de puta… con body transparente y tacones… follando el culito de Cati mientras mis nenitas me maman las tetas y me lamen los pies sudados… esto es lo que hacen las alumnitas buenas cuando nadie las ve…
Cati gritaba de placer:
— ¡Seño… me gusta… el dildito me llega muy adentro… más rápido… aaaahhh!
Escena 3 – La orgía del conjunto blanco de puta inocente
Un día Mónica eligió un conjunto blanco de lencería que parecía “inocente” pero era extremadamente provocativo: un baby doll transparente blanco, tanga blanca abierta y medias blancas con ligueros. El blanco contrastaba fuertemente con su cuerpo maduro y sus tetas venosas.
Se vistió frente a las nenas y se paseó como una puta disfrazada de ángel.
—Hoy la seño se vistió de blanca… pero soy una puta igual. Vengan a adorar a su maestra puta.
Puso a cuatro nenas a lamerle los pies al mismo tiempo: dos por pie. Las nenitas chupaban los deditos, lamían la planta y olían el aroma fuerte a pie maduro.
Mónica se sentó y llamó a Lucía y a Sofía para que mamaran de sus tetas mientras ella follaba a Valentina.
Puso a Valentina en cuatro patas sobre una manta en el piso, le levantó la pollerita y la penetró analmente con embestidas fuertes y profundas. Valentina gritaba de placer:
— ¡Seño… me gusta… fóllame más fuerte el culito… aaaahhh!
Mientras tanto, Luna y Emma se besaban con lengua babosa y se metían los deditos en el coño y el ano mutuamente, todo bajo la mirada excitada de Mónica.
La maestra gemía y dirigía la orgía sucia:
—Miren qué puta se ve la seño vestida de blanco… follando culitos de nenitas mientras otras me maman las tetas y me lamen los pies… esto es una orgía lésbica de verdad… ocho nenitas uniformadas y una maestra puta en lencería…
Las nenas gemían, mamaban, lamían pies y se besaban entre ellas, todo mientras Mónica las follaba una por una, cambiando de culito cada cierto tiempo.
El salón olía a leche, a pies sudados, a coños infantiles y a sexo sucio.
Al final de las dos horas, las ocho nenas estaban sudadas, con el uniforme manchado de leche, los culitos rosados y abiertos, y la boquita hinchada de tanto mamar y besar.
Mónica, todavía con la lencería puesta y el dildo brillante de jugos, les sonreía satisfecha:
—Qué ricas son mis putitaaas… mañana traigo lencería nueva.
Miranda y su cornudito 47- la orgia lesbica es descubierta


Escena 4 – El corsé rojo y tacones negros
Ese día Mónica eligió un corsé rojo brillante muy apretado que le estrujaba las tetas enormes, haciendo que se desbordaran por arriba como dos globos venosos a punto de explotar. La tanga era tan pequeña que desaparecía entre sus labios mayores peludos, y usaba tacones negros altos que hacían que su culo grande y carnoso se viera aún más provocativo.
Se paseó por el salón con tacones, moviendo las caderas, y les dijo a las nenas con voz ronca:
—Hoy la seño se vistió como una puta barata para que sus nenitas la vean bien. Vengan a adorar a su maestra zorra.
Puso a Cati y a Sofía de rodillas a lamerle los pies. Las dos nenas chupaban los deditos por encima de las medias negras, pasaban la lengua por los talones y olían el fuerte aroma a pie sudado de mujer madura.
Mientras tanto, Lali y Emma se prendieron de sus tetas, mamando con fuerza. La leche tibia les corría por la barbilla y les manchaba el uniforme.
Mónica eligió a Luna para follarla. La puso en cuatro patas sobre el escritorio, le subió la pollerita y le bajó la bombachita. Sujetándola fuerte por las caderitas delgadas, entró de una sola embestida hasta el fondo.
Luna soltó un grito agudo:
— ¡Aaaahhh, seño… está muy adentro… me llena todo el culito!
Mónica empezó a follarla con ritmo fuerte y constante, haciendo que el cuerpito de Luna se sacudiera. Al mismo tiempo gemía mientras Cati y Sofía le chupaban los pies y Lali y Emma le mamaban las tetas.
—Miren cómo follo el culito de mi nenita mientras otras me lamen los pies sudados y maman leche… qué puta se ve la seño con corsé rojo y tacones… y qué inocentes se ven mis alumnitas con su uniforme…
Luna gritaba de placer:
— ¡Seño… más fuerte… me gusta… el culito se siente caliente y lleno… aaaahhh!
Escena 5 – El body blanco transparente con ligueros
Otro día Mónica apareció con un body blanco transparente de encaje que apenas ocultaba nada. Sus tetas venosas y llenas de leche se veían perfectamente a través de la tela, y la parte inferior era abierta, dejando su coño y ano completamente expuestos. Completaba el conjunto con ligueros blancos y tacones.
Se paseó delante de las nenas y les dijo:
—Hoy la seño se vistió de blanco… pero soy una puta igual. Vengan a probar a su maestra disfrazada de ángel.
Puso a Valentina y a Martina a lamerle los pies. Las dos nenas se arrodillaron y empezaron a chuparle los deditos y a lamer la planta, haciendo ruidos húmedos.
Mónica se sentó, abrió las piernas y llamó a Cati:
—Vení, Cati… siéntate en la verga de la seño.
Cati se subió a horcajadas, de espaldas, y bajó hasta que el dildo entró completo en su culito. Empezó a subir y bajar, gimiendo con voz aguda mientras Mónica la sujetaba por las caderitas.
Al mismo tiempo, Sofía y Luna mamaban de sus tetas por los costados del body transparente, tragando leche que les caía por el cuello del uniforme.
Emma y Lali se besaban con lengua de forma muy babosa y sucia, metiéndose los deditos en el culito mutuamente mientras miraban.
Mónica gemía fuerte y dirigía la orgía:
—Miren a la seño vestida de puta blanca… follando el culito de Cati mientras mis nenitas me maman las tetas y me lamen los pies… esto es una orgía lésbica de verdad… ocho nenitas uniformadas y una maestra puta en lencería transparente…
Cati gritaba de placer:
— ¡Seño… me gusta… métalo más profundo… el culito se siente lleno y caliente… aaaahhh!
Escena 6 – El conjunto negro de puta madura con medias y tacones
En esta ocasión Mónica eligió un conjunto negro muy provocativo: un corsé que le apretaba la cintura y le hacía desbordar las tetas, una tanga abierta, medias negras con ligueros y tacones altos.
Se desnudó lentamente delante de las nenas y se vistió frente a ellas, disfrutando de sus miradas.
—Hoy la seño se vistió como una puta madura y tetona para sus nenitas. Vengan a adorarla.
Puso a cuatro nenas a lamerle los pies al mismo tiempo: dos por pie. Las nenitas chupaban los deditos, lamían la planta y olían el fuerte olor a pie sudado de mujer madura.
Mónica se sentó y llamó a Lucía y a Sofía para que mamaran de sus tetas mientras ella follaba a Valentina en cuatro patas sobre una manta en el piso.
Sujetó las caderitas de Valentina y la penetró analmente con embestidas fuertes y profundas. Valentina gritaba de placer:
— ¡Seño… me gusta… fóllame más fuerte el culito… aaaahhh!
Mientras tanto, Emma y Luna se besaban con lengua babosa y se metían los deditos en el coño y el ano mutuamente.
Mónica gemía y les hablaba sucio:
—Miren qué puta se ve la seño con corsé negro y tacones… follando culitos de nenitas mientras otras me maman las tetas y me lamen los pies sudados… ocho nenitas inocentes con uniforme y una maestra convertida en puta… esto es lo más sucio y rico que podemos hacer…
Valentina empujaba hacia atrás, gritando:
— ¡Seño… más… el culito se siente muy rico… no pares… aaaahhh!
Las nenas seguían mamando, lamiendo pies y besándose entre ellas, todo mientras Mónica las follaba una por una, cambiando de culito cada cierto tiempo.
El salón olía fuertemente a leche, a pies sudados, a coños infantiles y a sexo lésbico sucio.
Al final de las dos horas, las ocho nenas estaban sudadas, con el uniforme manchado de leche, los culitos rosados y abiertos, y la boquita hinchada de tanto mamar y besar.
Mónica, todavía con la lencería puesta y el dildo brillante, les sonreía satisfecha:
—Qué ricas son mis putitaaas… mañana traigo lencería nueva y más juegos.


Con el paso de las semanas, las orgías en el salón se volvieron completamente rutinarias. Todos los días, cuando sonaba el timbre del recreo, la maestra Mónica les decía a los varoncitos con su voz más dulce y normal:
—Vayan al patio grande, mis varoncitos. Hoy tienen una hora y media de recreo para que corran y jueguen todo lo que quieran.
Los varoncitos salían felices y gritando, sin sospechar absolutamente nada. Mientras tanto, en el salón cerrado con llave y persianas bajas, la maestra Mónica se transformaba en su versión puta para sus ocho alumnitas.
Ese día en particular, todo transcurría como siempre.
Mónica se había puesto un conjunto de lencería negro muy provocativo: corsé que le apretaba la cintura y hacía que sus tetas enormes y venosas se desbordaran, tanga abierta y tacones. Estaba sentada en su sillón grande con las piernas abiertas. Cuatro nenas mamaban de sus tetas al mismo tiempo (dos por teta), tragando leche con ruiditos suaves. Otras dos le lamían y chupaban los pies sudados, pasando la lengua entre los deditos y lamiendo la planta. Las dos restantes se besaban con lengua babosa y se metían deditos en el culito mutuamente mientras miraban.
Mónica gemía de placer y dirigía la orgía con voz ronca:
—Así, mis putitaaas… mamen bien la leche de la seño… laman los pies sudados de su maestra puta… y ustedes dos, bésense más sucio… metan la lengua como les enseñé…
Cati estaba en cuatro patas sobre el escritorio, siendo follada analmente por el dildo de 10 cm. Mónica la sujetaba fuerte por las caderitas y la penetraba con ritmo constante, haciendo que el cuerpito de Cati se sacudiera.
— ¡Aaaahhh, seño… más fuerte… me gusta… el culito se siente lleno y caliente…!
El salón estaba lleno de gemiditos agudos, sonidos de succión de leche, lamidas de pies y besos babosos. El olor a leche materna, pies sudados y sexo infantil era intenso.
En ese momento, la puerta del salón estaba entreabierta (Mónica se había olvidado de cerrarla completamente por la prisa).
Marquitos, un nene delgado de 8 años, de piel muy blanca, culoncito redondito y cabello castaño medio largo que le caía sobre la frente, caminaba por el pasillo buscando su chocolate que se había olvidado en el salón.
Al pasar frente a la puerta entreabierta, escuchó gemidos y ruidos extraños. Se acercó con curiosidad y miró por la rendija.
Se quedó completamente pasmado.
Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena:
La maestra Mónica, vestida como una puta con corsé negro y tacones, follaba el culito de Cati sobre el escritorio mientras sujetaba sus caderitas. Otras nenas mamaban de sus tetas enormes y venosas, tragando leche que les corría por la barbilla. Dos más le lamían los pies sudados con devoción. Las restantes se besaban con lengua de forma muy sucia y se metían deditos en el culito.
Marquitos se quedó congelado, con la boca abierta, sin poder creer lo que veía. Su carita se puso roja. No entendía del todo, pero sabía que era algo muy prohibido y secreto. Su culoncito se movió nervioso y sintió un calor raro en la pancita.
No entró. Se quedó escondido afuera, espiando por la rendija de la puerta entreabierta, respirando agitado y sin poder apartar la mirada.
Dentro del salón, Mónica gemía fuerte mientras follaba a Cati:
—Así, mi putita… toma verga en el culito mientras tus compañeritas maman leche y me lamen los pies… qué orgía tan sucia tenemos…
Marquitos seguía espiando, con el corazón latiéndole muy fuerte, viendo cómo su maestra (que siempre era tan buena y cariñosa) se comportaba como una puta con sus compañeritas.
Las nenas gemían, mamaban, lamían y se besaban sin saber que Marquitos las estaba mirando todo desde afuera.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero muy cargada de morbo.
—Así fue el día en que Marquitos descubrió accidentalmente la orgía lésbica de la maestra Mónica… se quedó espiando escondido, sin entender del todo, pero sin poder apartar la mirada.
Las amiguitas de Juana estaban completamente mudas, con la respiración agitada.


Marquitos se quedó paralizado detrás de la puerta entreabierta, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. Su mente infantil de 8 años no entendía del todo lo que estaba viendo, pero sabía que era algo muy grande, muy secreto y muy raro.
Veía a la maestra Mónica, siempre tan buena y sonriente en clase, vestida como una señora mala de las películas: con corsé negro apretado que le hacía salir las tetas enormes, tacones altos y casi sin ropa abajo. La maestra tenía a Cati en cuatro patas sobre el escritorio y le estaba metiendo algo rosado y largo en el culito. Cati gemía y se movía raro, como si le doliera pero también le gustara.
Otras compañeritas estaban arrodilladas: unas le chupaban las tetas grandes a la maestra (y salía leche de verdad), otras le lamían los pies, y dos más se besaban con la lengua metida, como en las películas que no dejaban ver.
Marquitos sentía un calor raro en la pancita y en su culoncito. No sabía por qué, pero no podía dejar de mirar. Su carita estaba roja y el corazón le latía muy fuerte. En su cabeza infantil solo pensaba cosas confusas:
“¿Por qué la seño le mete eso en el culito a Cati?... ¿Por qué salen leche de las tetas?... ¿Por qué se besan con lengua como si fueran novios?... ¿Eso duele o se siente rico?...”
Se quedó espiando varios minutos más, escondido, sin atreverse a entrar ni a hacer ruido. Cuando escuchó que la maestra gemía más fuerte y decía “así, mi putita… toma verga en el culito”, Marquitos se asustó tanto que retrocedió despacito y se escapó corriendo por el pasillo.
Volvió al patio con los otros varoncitos, pero estaba aturdido. No jugó. Se sentó solo en un banco, mirando al piso, con la imagen de la maestra follando a Cati y las nenas mamando leche y lamiendo pies grabada en su cabeza. Todo el día estuvo raro, callado y con la cara caliente.
Al llegar a su casa esa tarde, Marquitos seguía aturdido. No le contó nada a su mamá. Se quedó sentado en su cuarto, pensando una y otra vez en lo que había visto. No entendía bien, pero sentía una mezcla de miedo, vergüenza y una curiosidad extraña que no lo dejaba tranquilo.
Al día siguiente, cuando sonó el timbre del recreo y la maestra Mónica volvió a mandar a los varoncitos al patio con “una hora y media de juego libre”, Marquitos esperó a que todos salieran corriendo y se escabulló solo por el pasillo.
Volvió a la puerta del salón. Esta vez la puerta estaba entreabierta otra vez. Se acercó con el corazón latiéndole muy fuerte y espió desde afuera, escondido.
La orgía ya había empezado.
La maestra Mónica estaba vestida con un body negro transparente y tacones. Tenía a Sofía en cuatro patas sobre el escritorio y la estaba penetrando analmente con el dildo, sujetándola fuerte por las caderitas. Sofía gemía y empujaba hacia atrás.
Otras nenas mamaban de las tetas enormes de Mónica, tragando leche que les corría por la barbilla. Dos más le lamían los pies sudados con devoción, chupando los deditos. Las restantes se besaban con lengua babosa y se metían deditos en el culito mutuamente.
Marquitos se quedó otra vez pasmado, mirando todo con los ojos muy abiertos. Su mente infantil seguía sin entender del todo, pero no podía apartar la mirada. Sentía el mismo calor raro en la pancita y en su culoncito. Se quedó allí escondido, espiando la orgía lésbica de su maestra y sus compañeritas, respirando agitado y con la carita roja.
Dentro del salón, Mónica gemía fuerte mientras follaba a Sofía:
—Así, mi putita… toma toda la verga de la seño en el culito… mientras tus amiguitas maman leche y me lamen los pies…
Marquitos seguía espiando, sin saber que estaba volviendo a caer en el mismo secreto prohibido.


Con el paso de los días, espiar la orgía se convirtió en una costumbre secreta para Marquitos.
Todos los recreos, mientras los demás varoncitos jugaban en el patio, él se escabullía por el pasillo, se acercaba sigilosamente a la puerta del salón y espiaba por la rendija. Se quedaba allí quieto, con el corazón latiéndole fuerte, observando cómo la maestra Mónica, vestida con lencería provocativa, follaba el culito de sus compañeritas, mientras otras mamaban de sus tetas enormes y le lamían los pies sudados. Veía los uniformes escolares arrugados, las boquitas chiquitas llenas de leche, los gemiditos agudos y el contraste entre el cuerpo maduro y tetón de la maestra y los cuerpitos infantiles de las nenas.
Marquitos no entendía del todo lo que pasaba, pero no podía dejar de mirar. Sentía un calor raro en la pancita y en su culoncito. Volvía a su casa aturdido todos los días, sin contarle nada a nadie.
Pero un día, mientras espiaba concentrado (la maestra tenía a Luna en cuatro patas sobre el escritorio y la estaba penetrando con fuerza mientras Emma y Sofía le lamían los pies), sintió una presencia detrás de él.
Era el conserje de la escuela: Alonzo, un señor de 52 años, gordo, peludo, desarreglado y desalineado. Tenía una barba picosa mal afeitada, el pelo grasiento, ropa sucia de trabajo y un fuerte olor a sudor viejo y tabaco. Era feo, con cara ancha, nariz grande y ojos pequeños.
Marquitos se asustó muchísimo. Dio un salto y casi gritó, pero Alonzo le puso una mano grande y callosa en el hombro y le dijo bajito, con voz ronca y tranquila:
—Shhh… tranquilo, pibe… no hay problema. Yo también vi lo que pasa ahí adentro. No te voy a regañar.
Marquitos temblaba, con la cara roja. Alonzo se agachó un poco y miró por la rendija de la puerta junto a él. Los dos se quedaron espiando en silencio durante un rato.
Dentro del salón, Mónica follaba a Luna con embestidas firmes mientras dos nenas le mamaban las tetas y otras le chupaban los pies. Los gemiditos agudos de las nenitas y los gemidos roncos de la maestra se escuchaban claramente.
Alonzo respiraba pesado y murmuró bajito:
—Mirá vos… la maestra hecha una puta con las nenitas… qué cosa más rica…
Marquitos no sabía qué decir. Solo miraba, asustado pero incapaz de irse.
De repente, dentro del salón, una de las nenas (Sofía) levantó la cabeza y dijo con vocecita aguda:
—Seño… escuché un ruido en la puerta…
Mónica se detuvo, todavía con el dildo dentro del culito de Luna, y miró hacia la puerta con los ojos entrecerrados.
Marquitos y Alonzo se asustaron al mismo tiempo. El conserje agarró al nene del brazo y los dos escaparon corriendo por el pasillo lo más silenciosamente posible.
Alonzo llevó a Marquitos hasta el cuartito de limpieza del fondo del pasillo, donde guardaban escobas, baldes, trapeadores y productos de limpieza. Cerró la puerta detrás de ellos. El cuartito era pequeño, oscuro y olía a humedad y limpiador.
Alonzo se apoyó contra la puerta, respirando agitado, y miró a Marquitos. El nene estaba pálido y temblando, con su culoncito apoyado contra una estantería.


Dentro del cuartito de limpieza, el ambiente era estrecho, oscuro y olía a humedad, trapeadores viejos y productos de limpieza. Solo entraba un poco de luz por una pequeña ventana alta. Alonzo y Marquitos estaban de pie, respirando agitados después de la carrera.
Alonzo cerró la puerta con llave y se pasó una mano por la barba picosa y mal afeitada. Miró al nene, que estaba apoyado contra una estantería con cara de susto y curiosidad.
—Tranquilo, pibe… no te va a pasar nada —dijo Alonzo con su voz ronca y grave—. Yo soy Alonzo, el conserje de la escuela. ¿Y vos cómo te llamás?
Marquitos tragó saliva y respondió bajito, con su vocecita infantil:
—Mar… Marquitos…
Alonzo asintió y se sentó en un banquito viejo, dejando que su panza gorda sobresaliera.
—Bien, Marquitos… decime la verdad. ¿Hace cuánto venís espiando lo que pasa en el salón de la maestra Mónica?
Marquitos se quedó callado unos segundos, mirando al piso. Luego se fue soltando poco a poco:
—…Hace como… una semana y media… Al principio fue sin querer, porque se me olvidó el chocolate. Pero después… volví todos los días. No puedo dejar de mirar…
Alonzo soltó una risa baja y ronca, rascándose la barba.
—Mirá vos… sos un pendejo curioso. Yo también empecé a espiar hace unos días. Escuché ruidos raros y me acerqué. Lo que hace la maestra con las nenitas… es fuerte, ¿no?
Marquitos levantó la mirada. Ya se sentía un poco más confiado. Su mente infantil estaba llena de preguntas que no entendía.
—Señor Alonzo… ¿qué es lo que hacen exactamente? Yo veo que la maestra se pone ropa rara… y les mete algo en el culito a las nenas… y ellas maman de sus tetas y les lamen los pies… ¿eso es sexo? ¿Por qué la maestra hace eso con las nenas y no con los varoncitos?
Alonzo se rascó la panza y sonrió con una expresión extraña, entre divertido y excitado.
—Sí, Marquitos… eso es sexo. Pero un sexo solo entre mujeres… se llama sexo lésbico. La maestra Mónica es una mujer que le gustan las nenitas. Les da leche de sus tetas porque todavía está produciendo leche después de haber tenido un bebé. Les mete el dildo en el culito porque les gusta sentirlo lleno y caliente adentro. Les lame los pies y les hace lamer los de ella porque le da placer el olor y el sabor de los pies. Y se besan con lengua porque les gusta sentir la saliva y la boca de la otra.
Marquitos frunció el ceño, procesando todo con su mente infantil.
— ¿Entonces… duele cuando le meten eso en el culito? Porque algunas nenas gritan… pero después se ríen y piden más…
Alonzo asintió.
—Al principio duele un poquito porque el culito es chiquito y apretado. Pero después se pone rico. El cuerpo se acostumbra y empieza a sentir placer. Por eso gritan… pero de gusto.
Marquitos se sonrojó y bajó la mirada, pero siguió preguntando:
— ¿Y por qué las nenas maman leche de las tetas de la maestra? ¿Eso también es sexo?
—Claro. A la maestra le gusta que le mamen las tetas. Le da placer y además les da leche calentita. Es como un juego de mamás y bebés, pero muy sucio. Y a las nenas les gusta porque la leche es dulce y les llena la pancita.
Marquitos se quedó pensando un rato. Luego preguntó bajito, casi susurrando:
— ¿Y… vos también querés hacer algo así con las nenas? ¿O solo mirás?
Alonzo soltó una risa baja y se rascó la barba.
—Yo solo miro por ahora, pibe. Pero ver todo eso… me calienta mucho. Ver a la maestra vestida de puta, follándoles el culito a tus compañeritas mientras ellas maman y se besan… es lo más fuerte que vi en mi vida.
Marquitos se quedó callado, con la cara roja y el culoncito moviéndose nervioso contra la estantería. En su mente infantil todo era confuso, pero no podía dejar de pensar en las imágenes que había visto.
Alonzo lo miró con una sonrisa extraña y le dijo:
—Si querés… podemos seguir espiando juntos. Pero tenemos que ser cuidadosos. Si nos descubren, nos metemos en un lío grande.
Marquitos asintió lentamente, todavía aturdido pero incapaz de decir que no.
Mientras tanto, en el salón, la orgía continuaba sin que ellos supieran que habían estado a punto de ser descubiertos.


Con el paso de los días, Marquitos y Alonzo se volvieron cómplices inseparables.
Todos los recreos, cuando la maestra Mónica mandaba a los varoncitos al patio con la excusa del “recreo largo”, Marquitos se escabullía hasta la puerta del salón y Alonzo ya lo esperaba escondido cerca. Los dos espiaban juntos por la rendija: veían cómo Mónica, vestida con lencería provocativa, follaba analmente a una de las nenas mientras otras mamaban de sus tetas enormes, le lamían los pies sudados y se besaban entre ellas de forma sucia y babosa.
Después de unos minutos de espiar, cuando la excitación era demasiado fuerte, Alonzo le hacía una seña a Marquitos y los dos se retiraban en silencio hacia el cuartito de limpieza del fondo del pasillo.
Una vez dentro, con la puerta cerrada, Marquitos se sentaba en un banquito y empezaba a hacerle preguntas con su vocecita infantil y curiosa:
—Señor Alonzo… ¿por qué la maestra solo hace esas cosas con las nenas y no con los varoncitos? ¿A ella no le gustan los nenes?
Alonzo, sentado en su banquito con la panza gorda sobresaliendo, se rascaba la barba picosa y respondía con paciencia:
—Porque a la maestra Mónica solo le gustan las nenitas, Marquitos. Le excita ver cuerpitos chiquitos, suavecitos, con culitos apretados y boquitas inocentes. Los varoncitos no le interesan. Ella prefiere el contraste entre su cuerpo grande y tetón y las nenitas delgadas y planas.
Marquitos fruncía el ceño, pensando.
—Entonces… ¿eso significa que yo nunca voy a poder hacer esas cosas con la seño?
Alonzo lo miró con una sonrisa extraña y le preguntó directamente:
—Decime la verdad, pibe… ¿a vos te gusta la maestra? ¿O te gustan más las nenas cuando las ves siendo folladas y mamando leche?
Marquitos se puso rojo como un tomate. No sabía qué responder. Bajó la mirada y murmuró:
—No sé… me excita ver todo eso… pero no sé por qué. Me da calor en la pancita y en el culito… pero no entiendo si me gusta la seño o las nenas…
Alonzo se quedó callado un momento, luego le dijo con voz baja y seria:
—Mirá, Marquitos… para que entiendas mejor, esta noche hacé una cosa. Cuando estés en tu casa y todos se vayan a dormir, escabullite despacito y espía a tus papás cuando estén teniendo sexo. Mirá cómo lo hace un hombre con una mujer. Fijate bien si te gustaría estar en el lugar de tu mamá… o en el lugar de tu papá. Después me contás qué sentiste.
Marquitos abrió mucho los ojos, sorprendido y nervioso.
— ¿Espiar a mis papás? ¿Eso se puede?
Alonzo sonrió con picardía.
—Se puede… y te va a ayudar a entender qué te gusta. Pero tené cuidado de no hacer ruido.


Esa noche, Marquitos esperó hasta que toda la casa estuviera en silencio. Su corazón latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Con mucho cuidado, se levantó de su cama, abrió la puerta de su habitación sin hacer ruido y caminó descalzo por el pasillo oscuro.
La puerta del dormitorio de sus padres estaba entreabierta, como siempre. Una luz tenue de la lámpara de noche se filtraba hacia el pasillo. Marquitos se acercó lentamente, conteniendo la respiración, y se asomó por la rendija.
Lo que vio lo dejó completamente paralizado.
Sus padres estaban teniendo sexo.
Su mamá estaba acostada boca arriba, completamente desnuda. Tenía las piernas abiertas y levantadas, apoyadas sobre los hombros de su papá. Su papá, un hombre de 38 años, estaba encima de ella, moviéndose con fuerza. Marquitos podía ver claramente cómo el pene de su papá entraba y salía del coño de su mamá. Era grueso, venoso y brillaba con los jugos de ella.
Su mamá gemía bajito, con la boca entreabierta:
— ¡Ay, sí… más fuerte… métemela toda…!
Su papá gruñía mientras empujaba las caderas con ritmo constante, haciendo que la cama crujiera:
—Qué rico coño tenés… tan mojado… te voy a llenar toda…
Marquitos no podía apartar la mirada. Veía cómo el pene de su papá desaparecía por completo dentro de su mamá y luego salía brillante y mojado. Veía las tetas de su mamá moverse con cada embestida. Veía la cara de placer de su mamá, con los ojos entrecerrados y la boca abierta, soltando gemidos cada vez más fuertes.
Su papá cambió de posición. Puso a su mamá en cuatro patas sobre la cama, de espaldas a él. Le agarró las caderitas y volvió a penetrarla con fuerza, esta vez por atrás. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenaba la habitación.
Su mamá gemía más fuerte:
— ¡Así… fóllame duro… me encanta cuando me das por atrás…!
Su papá le daba palmadas en el culo y le decía cosas sucias:
—Qué culo tan rico tenés… te voy a romper el coño esta noche…
Marquitos sentía un calor intenso en la pancita y especialmente en su culoncito. No entendía bien lo que sentía, pero su pene chiquito se había puesto un poco duro dentro del pijama. Veía el contraste entre el cuerpo de su mamá (suave, con tetas que se movían) y el de su papá (más fuerte, con músculos y pene grande). Veía cómo su mamá parecía disfrutar mucho cuando su papá la penetraba con fuerza.
En su mente infantil todo era confuso:
“¿Eso es lo que hace un hombre con una mujer?... ¿Por qué mamá gime tanto?... ¿Duele o se siente rico?... ¿Por qué la maestra solo hace cosas con las nenas y no con los varoncitos?...”
Su papá aceleró el ritmo, follándola más fuerte. Su mamá enterró la cara en la almohada y soltó un gemido largo y ahogado mientras se corría. Su papá gruñó fuerte y empujó profundo, eyaculando dentro de ella.
Marquitos se quedó mirando hasta el final, con la boca seca y el cuerpo caliente. Cuando sus padres terminaron y se abrazaron jadeando, él retrocedió despacito y volvió corriendo a su habitación.
Se metió en la cama, todavía con el corazón latiéndole muy fuerte. No podía dormir. Las imágenes de su mamá siendo follada por su papá se mezclaban con las de la maestra Mónica follándoles el culito a sus compañeritas.
No sabía si le gustaría más estar en el lugar de su mamá… o en el lugar de su papá.
Al día siguiente, cuando volvió a encontrarse con Alonzo en el cuartito de limpieza después de espiar la orgía, Marquitos estaba más callado y pensativo que nunca.
Alonzo lo miró con curiosidad y le preguntó:
—¿Y? ¿Hiciste lo que te dije anoche? ¿Espiaste a tus papás?
Marquitos asintió lentamente, con la cara roja.
—Sí… los vi…
Alonzo sonrió con picardía.
—¿Y qué sentiste? ¿Te gustaría estar en el lugar de tu mamá… o en el lugar de tu papá?
Marquitos bajó la mirada, avergonzado, y murmuró:
—No sé… me dio calor… pero no entiendo por qué…
Dentro del cuartito de limpieza, la luz era tenue y el aire estaba cargado de olor a productos de limpieza y sudor. Marquitos estaba sentado en un banquito pequeño, con las manos entre las rodillas y la mirada baja. Alonzo, sentado frente a él en un banquito más grande, lo observaba con paciencia.
Marquitos estaba en duda. En su cabeza todo era un lío: las imágenes de su mamá siendo follada por su papá se mezclaban con las de la maestra Mónica penetrando a sus compañeritas. Pero en el fondo de su pecho, en un lugar que todavía no sabía nombrar, sentía algo claro.
Alonzo se inclinó un poco hacia adelante y le habló con voz baja y tranquila:
—Marquitos… estamos solos, en confianza. Somos amigos, ¿no? Acá podés contarme lo que sea. Nadie se va a enterar. Decime la verdad… ¿qué sentiste cuando viste a tus papás? ¿Te gustaría más estar en el lugar de tu mamá… o en el lugar de tu papá?
Marquitos se mordió el labio inferior. Su carita estaba roja como un tomate. Tardó unos segundos en hablar, pero finalmente levantó la mirada un poco y confesó con vergüenza, casi en un susurro:
—Yo… yo creo que… me gustaría más estar en el lugar de mi mamá…
Alonzo no se rio. Solo asintió lentamente, como si ya lo esperara.
—Está bien, pibe. No pasa nada. Contame más. ¿Por qué te gustaría estar en el lugar de tu mamá?
Marquitos tragó saliva. Su voz era chiquita y avergonzada, pero ya no podía parar:
—Porque… cuando vi a mi papá metiéndoselo a mi mamá… ella gemía y se movía como si le gustara mucho. Se veía… como si estuviera sintiendo algo muy rico adentro. Y cuando la maestra le mete el dildo a las nenas… ellas también gritan, pero después se ríen y piden más. Yo… yo siento calor en el culito cuando veo eso. Me da vergüenza decirlo… pero me gustaría saber cómo se siente que te lo metan… como le hacen a mi mamá… o como le hace la seño a las nenas.
Alonzo se quedó callado un momento, mirándolo con una mezcla de comprensión y excitación contenida. Luego le habló con voz baja y seria:
—Mirá, Marquitos… eso que sentís no está mal. Hay varones a los que les gusta más estar en el lugar de la mujer. Les gusta sentir que los penetran, que los llenan, que los usan. Se llama ser pasivo. Y está bien si a vos te gusta esa idea. No sos el único.
Marquitos levantó la mirada, todavía rojo pero un poco más aliviado al ver que Alonzo no se burlaba.
— ¿De verdad? ¿No es malo?
Alonzo negó con la cabeza.
—No es malo. Es solo una forma de sentir placer. La maestra Mónica hace eso con las nenas porque le gusta dominar y follar culitos chiquitos. Y vos… parece que te excita más la idea de ser el que recibe, como tu mamá.
Marquitos se quedó pensando un rato, moviendo nervioso su culoncito en el banquito. Luego preguntó bajito:
— ¿Y… vos también te imaginás esas cosas?
Alonzo sonrió con picardía y se rascó la barba.
—Digamos que a mí me gusta mirar… y a veces me imagino cómo sería participar. Pero eso es otro tema. Lo importante ahora es que vos sepas lo que sentís. Si querés, podemos seguir espiando juntos… y después venís acá y me contás todo lo que sentiste. ¿Te parece?
Marquitos asintió lentamente, todavía avergonzado pero con una extraña sensación de alivio y excitación.
—Está bien… somos amigos, ¿no?
Alonzo le dio una palmada suave en el hombro.
—Claro que sí, pibe. Amigos con secretos.
Los dos se quedaron un rato más en el cuartito, en silencio, mientras afuera la orgía de la maestra Mónica seguía su curso.
Marquitos ya no podía negar lo que sentía en su interior: le gustaba más la idea de estar en el lugar de su mamá… de ser el que recibe.

Personajes: Veronica 32 años.
Cati, de 9 años, y Lali, de apenas 7 años. Matilda 12 años.
MARQUITOS 8 años

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