Hoy en día es común conocer a decenas de personas en pocas horas sinsalir de casa, pero de esas decenas, solo media docena (como mucho) seconvierten en contactos permanentes. Si mantienes un contacto regular conalguien durante más de un mes, hay muchas probabilidades de que se convierta enuna amistad más seria. Una de esas amigas mías se llama Lilian, y con ella forjéuna amistad muy profunda.
Desde el principio, nuestro contacto giró en torno al sexo.
Hablábamos siempre que se presentaba la oportunidad, y esteintercambio de información acabó creando un vínculo muy especial e inolvidableentre nosotros. Claro que, durante los primeros días, sobre todo bromeábamos,usábamos dobles sentidos y compartíamos imágenes sugerentes, sin llegar a nadaexplícito.

Nuestra conexión se hizo tan fuerte que las imágenes sugerentes prontodieron paso a otras más explícitas. Nuestra adicción crecía día a día, ysiempre necesitábamos una dosis mayor que la anterior. Las fotos que memostraba siempre eran impresionantes, pero el día que la vi por primera vez enla webcam, me quedé asombrado. Era tan exuberante como en las fotos, solo quecon movimiento.
No me esperaba tanto.

Cuando las fotos y los vídeos empezaron a explorar el terreno de ladesnudez explícita, quedé completamente hipnotizado, y cada vez queterminábamos nuestros "encuentros", apagaba el ordenador exhausto,sudoroso y con ganas de más. Siempre más.
A veces pasábamos algunas semanas sin hablar por diversos motivos, oincluso simplemente para protegernos, pero no hubo acusaciones ni malentendidospor ello, y a ese ritmo los meses pasaban muy rápido.

Sin darse cuenta, el tiempo transcurría de una manera diferente.
En nuestro día a día, los años pasaban volando, pero en nuestrasreuniones virtuales, sentíamos que siempre estábamos en los primeros meses, yentonces, un día, nos dimos cuenta: habían pasado diez años. En todo esetiempo, yo había tenido citas, rupturas, reconciliaciones, cambios, etc. Ella,a su vez, también estaba en una etapa más avanzada, habiendo pasado de lascitas al compromiso y ahora al matrimonio. Pero como todo se hablabaabiertamente, convivimos bien con todos estos cambios, sin ninguna fricción.Éramos plenamente conscientes de todo. No alimentábamos la ilusión de unencuentro personal, ya que vivíamos muy lejos el uno del otro, en ciudadesdistantes, y más aún ahora que ella estaba casada, pero el deseo existía yestaba ahí, silencioso, pero presente.
Entonces, un día, surgió la oportunidad. Con el pretexto de que teníaque visitar a una amiga que vivía en mi ciudad, dijo que estaría de viajedurante dos días, y enseguida quedamos en vernos durante unas horas en esetiempo.

Como se trataba de cumplir una fantasía, decidimos juntos qué atuendodebía usar de entre los muchos que ya me había mostrado en línea. Una semanadespués, allí estaba, en el vestíbulo de un hotel, luciendo exactamente la ropaque habíamos elegido. Fue como una de esas escenas de película donde unafotografía cobra vida. Yo, que siempre la había visto en fotos y videos, ahorala veía frente a mí, tal como habíamos acordado una semana antes.
Y esta transición de lo virtual a lo real tuvo una ventaja añadida:los años la habían transformado en una mujer voluptuosa, menos delgada, másexuberante. La emoción fue instantánea, y solo no me animé a actuar en esemomento porque de repente me di cuenta de que había otras personas cerca.

Una vez en el ascensor, prescindimos de las presentaciones másformales típicas de estos momentos y fuimos directamente a un largo beso,acompañado de manos atrevidas y claras intenciones.
El espacio entre el ascensor y la puerta de la habitación se cruzó ensegundos, y en cuanto oímos el sonido de la cerradura, dejamos de ladocualquier inhibición. Me dirigí directamente a sus maravillosos pechos, quehabían sido objeto de mi admiración durante tanto tiempo, y mi apetito quedóplenamente satisfecho con su aceptación, sin vergüenza ni resistencia alguna.
Dondequiera que ponía la mano, se abría. Acogedora, atractiva, fácil.

Por muy emocionado que estuviera, aún tuve la suficiente composturapara disfrutar del momento y saborear los detalles, en lugar de irmedirectamente a la cama. Una de las cosas que más hicimos en el video fue queella se exhibiera para mí, y eso fue exactamente lo que le pedí ahora queestábamos cara a cara. Sin ninguna vergüenza, lo hizo. Lentamente, se quitó laropa y mostró todo lo que sabía que me gustaba. Se dio vuelta y comenzó adesvestirse, inclinándose y abriéndose. Era tímida, se notaba a pesar de todaesa disposición. Había una pequeña vacilación disimulada, pero el ambiente locompensó todo, y creo que mi entusiasmo era tan grande que le sirvió de impulsoe incentivo.

En cuanto se quitó la última prenda, la acorralé contra la pared ehice lo más sensato que se podía esperar en una ocasión así: me arrodilléfrente a ella y comencé a lamerle con fuerza su magnífica concha. ¡Hermosa,carnosa, suave, voluminosa, completamente depilada y cálida! Mil veces mejor ymás sabrosa de lo que había imaginado en nuestras conversaciones.

La chupé sin pensar en nada más. Empujé mi lengua profundamente dentrode su concha hasta que mis dientes me impidieron ir más allá. Seguía inclinandoligeramente la cabeza hacia arriba o hacia abajo, intentando introducir unosmilímetros más de lengua, hasta convencerme de que había llegado al punto másprofundo, entonces volvía a la superficie para recuperar el aliento por unosinstantes y continuaba. Mis labios presionaban contra los suyos, y estafricción con abundante lubricación era placentera para ambos, pero la sentíaestremecerse de vez en cuando. No había razón para no ir más allá, así que lohice. Atrapé su clítoris entre mis labios, chupé, mordisqueé, solté y lo volvía tomar con mis labios hasta que dejó escapar unos gemidos más fuertes y eyaculósin previo aviso. Tuvo un orgasmo en mi boca, como habíamos hecho tantas otrasveces en nuestras fantasías. Mientras eyaculaba, la sujeté por los muslos y laacerqué aún más a mí, casi enterrando toda mi cabeza entre sus piernas, si esofuera posible.
Todavía se estaba recuperando y sollozando por sus últimos espasmoscuando la volteé y saboreé sus últimos espasmos con mi rostro enterrado en su culo.Podía sentir las contracciones de su ano en la punta de mi lengua, y una vezmás, separé su carne y llegué hasta donde la física lo permitía.

En los breves instantes que siguieron a su maravilloso orgasmo, ya lahabía colocado arrodillada entre mis piernas y estaba frotando mi verga portoda su cara caliente y sudorosa hasta que recuperó el aliento y comenzó achuparme. Y una vez más, nuestros muchos años de conversaciones y fantasíassirvieron para guiar los movimientos del evento real, porque conociendo misgustos, sostuvo mi verga por la mitad y fue directamente a mis testículos,mordisqueándolos solo con sus labios, sin lastimarme. Cuando dejé escapar losprimeros gemidos, fue más allá y se los metió enteros en la boca; a ambos. Mi vergaestaba fuera, cubriendo su rostro sonrojado, mientras yo apartaba su cabellopara apreciar mejor la escena. Luego se dirigió a la cabeza y demostró toda laexperiencia de una mujer casada y coqueta en una mamada inolvidable, tragándosecasi toda la verga, asegurándose de mostrar su disposición y valentía cuando lacabeza morada de mi verga tocaba el fondo de su garganta. No había a dónde másir, así que aguantaba unos instantes y luego sacaba toda mi verga de su boca.Ella lamía alrededor de la cabeza o el escroto y volvía a repetir susmovimientos una y otra vez.

La primera penetración fue intencionadamente lenta. Muy lenta y suave.Solo así podríamos inmortalizar ese momento y saborear cada centímetro de esecontacto íntimo entre nosotros. Diez años de fantasías, masturbación, deseos ypajas, redimidos en esa embestida.
Una penetración solemnemente perversa, explícita y animal. Una verga enuna vagina. Sin medias tintas. Y ella me recibió con respeto y orgullo,completamente abierta, arqueada y, una vez más... fácil.
Mi deseo era que esa primera penetración durara para siempre, peroantes de darme cuenta, mis testículos tocaron su culo y automáticamente comencéa empujar.

La agarré con fuerza por la cintura con ambas manos y la empujé.
Le di todo lo que tenía. En unos instantes comenzamos a oír el sonido acarne sudorosa chocando, el maravilloso golpe sordo de mis bolas mojadas contrasu amplio culo. Empujé con los dientes apretados, como si mordiera algo, y misdedos hundiéndose en sus caderas. Toda la calma y paciencia de la primerapenetración cedió ahora a las embestidas locas y desesperadas de una cogidahonesta. Ella se aferró donde pudo encontrar apoyo y me lo puso todo más fácil.Su hermoso culo a la altura justa, en la abertura deseada, la lubricaciónresbaladiza y tentadora. Desde mi punto de vista ligeramente más elevado,vislumbré a esa mujer real, recibiendo mi verga con dignidad, cogiendo como unaputa callejera, elevando mi excitación a un punto crítico. Aunque la sensaciónera la de una penetración recién comenzada, llevábamos en ese ejercicio más deuna hora y sería imposible continuar en esa posición por más tiempo sin eyacular.

Puse mi mano en su espalda y la hice presionar la cabeza contra elcolchón, dejando sus nalgas mucho más expuestas y listas. Ella entendió.
Confieso que, aunque parezca contradictorio, entré en su ano con menospaciencia que en su vagina. No se trataba tanto de saborear, sino de enterrarlade verdad. Unas pocas embestidas cortas, para permitir que su cuerpo nerviosose adaptara, y mientras se acostumbraba, enterré los siguientes centímetros. Enunos instantes, mis testículos estaban de nuevo en su culo con total intimidad.Era una visión del paraíso. Una penetración anal divinamente ilustrada, con suano rodeando mi verga por todos lados y dejándose invadir. Se podría escribirun poema inspirado en ese acto sexual. El anillo cedió poco a poco y luchó pormantenerse firme, pero la verga estaba presente y no se rindió. El vigoroso iry venir que a esas alturas ya no tenía razón para la paciencia ni la calma.
Puse todo mi peso corporal en ese agujero, y solo mis testículos eranvisibles desde fuera.

Como era de esperar, los pasos fueron medidos. En lo profundo de miconciencia, había una señal que se acercaba rápidamente con cada embestida,advirtiendo: ¡Voy a llegar! Y lo hice. Eyaculé como un caballo salvaje, unaavalancha que se precipita cuesta abajo, un resbalón en tierra mojada.Inevitable, infalible... sin medida. Eyaculé mientras aún la penetraba, misemen recorriendo su cuerpo, inundando cada conducto, hasta que comenzó aregresar y correr en gruesas marcas fluidas sobre su piel. Saqué mi verga aúnpalpitante y liberé las últimas gotas, frotándolas contra sus suaves nalgas.Ambos sudorosos y exhaustos.
Caímos uno al lado del otro y nos quedamos así un rato sin decir nada.Ella encendió un cigarrillo. Para entonces yo llevaba mucho tiempo sin fumar, ysimplemente me quedé allí, compadeciéndola, hasta que recuperamos las fuerzas ydisfrutamos de las horas que nos quedaban.

Al día siguiente, nos despedimos justo en la entrada del hotel. Notenía sentido arriesgarnos a acompañarla a casa de su amiga. No había mucho quedecir, porque, para ser sinceros, ya habíamos hablado mucho virtualmente. Eltiempo que pasábamos juntos, cara a cara, lo usábamos para satisfacer nuestrosdeseos carnales. Volveríamos a hablar más tarde, por internet.
Quizás podríamos repetirlo pronto, quizás tendríamos que esperar unosaños más, pero eso no era lo más importante. Teníamos nuestras vidas porseparado y sabíamos que algunas cosas se disfrutan más así, preservadas por susingularidad.
FIN
Desde el principio, nuestro contacto giró en torno al sexo.
Hablábamos siempre que se presentaba la oportunidad, y esteintercambio de información acabó creando un vínculo muy especial e inolvidableentre nosotros. Claro que, durante los primeros días, sobre todo bromeábamos,usábamos dobles sentidos y compartíamos imágenes sugerentes, sin llegar a nadaexplícito.

Nuestra conexión se hizo tan fuerte que las imágenes sugerentes prontodieron paso a otras más explícitas. Nuestra adicción crecía día a día, ysiempre necesitábamos una dosis mayor que la anterior. Las fotos que memostraba siempre eran impresionantes, pero el día que la vi por primera vez enla webcam, me quedé asombrado. Era tan exuberante como en las fotos, solo quecon movimiento.
No me esperaba tanto.

Cuando las fotos y los vídeos empezaron a explorar el terreno de ladesnudez explícita, quedé completamente hipnotizado, y cada vez queterminábamos nuestros "encuentros", apagaba el ordenador exhausto,sudoroso y con ganas de más. Siempre más.
A veces pasábamos algunas semanas sin hablar por diversos motivos, oincluso simplemente para protegernos, pero no hubo acusaciones ni malentendidospor ello, y a ese ritmo los meses pasaban muy rápido.

Sin darse cuenta, el tiempo transcurría de una manera diferente.
En nuestro día a día, los años pasaban volando, pero en nuestrasreuniones virtuales, sentíamos que siempre estábamos en los primeros meses, yentonces, un día, nos dimos cuenta: habían pasado diez años. En todo esetiempo, yo había tenido citas, rupturas, reconciliaciones, cambios, etc. Ella,a su vez, también estaba en una etapa más avanzada, habiendo pasado de lascitas al compromiso y ahora al matrimonio. Pero como todo se hablabaabiertamente, convivimos bien con todos estos cambios, sin ninguna fricción.Éramos plenamente conscientes de todo. No alimentábamos la ilusión de unencuentro personal, ya que vivíamos muy lejos el uno del otro, en ciudadesdistantes, y más aún ahora que ella estaba casada, pero el deseo existía yestaba ahí, silencioso, pero presente.
Entonces, un día, surgió la oportunidad. Con el pretexto de que teníaque visitar a una amiga que vivía en mi ciudad, dijo que estaría de viajedurante dos días, y enseguida quedamos en vernos durante unas horas en esetiempo.

Como se trataba de cumplir una fantasía, decidimos juntos qué atuendodebía usar de entre los muchos que ya me había mostrado en línea. Una semanadespués, allí estaba, en el vestíbulo de un hotel, luciendo exactamente la ropaque habíamos elegido. Fue como una de esas escenas de película donde unafotografía cobra vida. Yo, que siempre la había visto en fotos y videos, ahorala veía frente a mí, tal como habíamos acordado una semana antes.
Y esta transición de lo virtual a lo real tuvo una ventaja añadida:los años la habían transformado en una mujer voluptuosa, menos delgada, másexuberante. La emoción fue instantánea, y solo no me animé a actuar en esemomento porque de repente me di cuenta de que había otras personas cerca.

Una vez en el ascensor, prescindimos de las presentaciones másformales típicas de estos momentos y fuimos directamente a un largo beso,acompañado de manos atrevidas y claras intenciones.
El espacio entre el ascensor y la puerta de la habitación se cruzó ensegundos, y en cuanto oímos el sonido de la cerradura, dejamos de ladocualquier inhibición. Me dirigí directamente a sus maravillosos pechos, quehabían sido objeto de mi admiración durante tanto tiempo, y mi apetito quedóplenamente satisfecho con su aceptación, sin vergüenza ni resistencia alguna.
Dondequiera que ponía la mano, se abría. Acogedora, atractiva, fácil.

Por muy emocionado que estuviera, aún tuve la suficiente composturapara disfrutar del momento y saborear los detalles, en lugar de irmedirectamente a la cama. Una de las cosas que más hicimos en el video fue queella se exhibiera para mí, y eso fue exactamente lo que le pedí ahora queestábamos cara a cara. Sin ninguna vergüenza, lo hizo. Lentamente, se quitó laropa y mostró todo lo que sabía que me gustaba. Se dio vuelta y comenzó adesvestirse, inclinándose y abriéndose. Era tímida, se notaba a pesar de todaesa disposición. Había una pequeña vacilación disimulada, pero el ambiente locompensó todo, y creo que mi entusiasmo era tan grande que le sirvió de impulsoe incentivo.

En cuanto se quitó la última prenda, la acorralé contra la pared ehice lo más sensato que se podía esperar en una ocasión así: me arrodilléfrente a ella y comencé a lamerle con fuerza su magnífica concha. ¡Hermosa,carnosa, suave, voluminosa, completamente depilada y cálida! Mil veces mejor ymás sabrosa de lo que había imaginado en nuestras conversaciones.

La chupé sin pensar en nada más. Empujé mi lengua profundamente dentrode su concha hasta que mis dientes me impidieron ir más allá. Seguía inclinandoligeramente la cabeza hacia arriba o hacia abajo, intentando introducir unosmilímetros más de lengua, hasta convencerme de que había llegado al punto másprofundo, entonces volvía a la superficie para recuperar el aliento por unosinstantes y continuaba. Mis labios presionaban contra los suyos, y estafricción con abundante lubricación era placentera para ambos, pero la sentíaestremecerse de vez en cuando. No había razón para no ir más allá, así que lohice. Atrapé su clítoris entre mis labios, chupé, mordisqueé, solté y lo volvía tomar con mis labios hasta que dejó escapar unos gemidos más fuertes y eyaculósin previo aviso. Tuvo un orgasmo en mi boca, como habíamos hecho tantas otrasveces en nuestras fantasías. Mientras eyaculaba, la sujeté por los muslos y laacerqué aún más a mí, casi enterrando toda mi cabeza entre sus piernas, si esofuera posible.
Todavía se estaba recuperando y sollozando por sus últimos espasmoscuando la volteé y saboreé sus últimos espasmos con mi rostro enterrado en su culo.Podía sentir las contracciones de su ano en la punta de mi lengua, y una vezmás, separé su carne y llegué hasta donde la física lo permitía.

En los breves instantes que siguieron a su maravilloso orgasmo, ya lahabía colocado arrodillada entre mis piernas y estaba frotando mi verga portoda su cara caliente y sudorosa hasta que recuperó el aliento y comenzó achuparme. Y una vez más, nuestros muchos años de conversaciones y fantasíassirvieron para guiar los movimientos del evento real, porque conociendo misgustos, sostuvo mi verga por la mitad y fue directamente a mis testículos,mordisqueándolos solo con sus labios, sin lastimarme. Cuando dejé escapar losprimeros gemidos, fue más allá y se los metió enteros en la boca; a ambos. Mi vergaestaba fuera, cubriendo su rostro sonrojado, mientras yo apartaba su cabellopara apreciar mejor la escena. Luego se dirigió a la cabeza y demostró toda laexperiencia de una mujer casada y coqueta en una mamada inolvidable, tragándosecasi toda la verga, asegurándose de mostrar su disposición y valentía cuando lacabeza morada de mi verga tocaba el fondo de su garganta. No había a dónde másir, así que aguantaba unos instantes y luego sacaba toda mi verga de su boca.Ella lamía alrededor de la cabeza o el escroto y volvía a repetir susmovimientos una y otra vez.

La primera penetración fue intencionadamente lenta. Muy lenta y suave.Solo así podríamos inmortalizar ese momento y saborear cada centímetro de esecontacto íntimo entre nosotros. Diez años de fantasías, masturbación, deseos ypajas, redimidos en esa embestida.
Una penetración solemnemente perversa, explícita y animal. Una verga enuna vagina. Sin medias tintas. Y ella me recibió con respeto y orgullo,completamente abierta, arqueada y, una vez más... fácil.
Mi deseo era que esa primera penetración durara para siempre, peroantes de darme cuenta, mis testículos tocaron su culo y automáticamente comencéa empujar.

La agarré con fuerza por la cintura con ambas manos y la empujé.
Le di todo lo que tenía. En unos instantes comenzamos a oír el sonido acarne sudorosa chocando, el maravilloso golpe sordo de mis bolas mojadas contrasu amplio culo. Empujé con los dientes apretados, como si mordiera algo, y misdedos hundiéndose en sus caderas. Toda la calma y paciencia de la primerapenetración cedió ahora a las embestidas locas y desesperadas de una cogidahonesta. Ella se aferró donde pudo encontrar apoyo y me lo puso todo más fácil.Su hermoso culo a la altura justa, en la abertura deseada, la lubricaciónresbaladiza y tentadora. Desde mi punto de vista ligeramente más elevado,vislumbré a esa mujer real, recibiendo mi verga con dignidad, cogiendo como unaputa callejera, elevando mi excitación a un punto crítico. Aunque la sensaciónera la de una penetración recién comenzada, llevábamos en ese ejercicio más deuna hora y sería imposible continuar en esa posición por más tiempo sin eyacular.

Puse mi mano en su espalda y la hice presionar la cabeza contra elcolchón, dejando sus nalgas mucho más expuestas y listas. Ella entendió.
Confieso que, aunque parezca contradictorio, entré en su ano con menospaciencia que en su vagina. No se trataba tanto de saborear, sino de enterrarlade verdad. Unas pocas embestidas cortas, para permitir que su cuerpo nerviosose adaptara, y mientras se acostumbraba, enterré los siguientes centímetros. Enunos instantes, mis testículos estaban de nuevo en su culo con total intimidad.Era una visión del paraíso. Una penetración anal divinamente ilustrada, con suano rodeando mi verga por todos lados y dejándose invadir. Se podría escribirun poema inspirado en ese acto sexual. El anillo cedió poco a poco y luchó pormantenerse firme, pero la verga estaba presente y no se rindió. El vigoroso iry venir que a esas alturas ya no tenía razón para la paciencia ni la calma.
Puse todo mi peso corporal en ese agujero, y solo mis testículos eranvisibles desde fuera.

Como era de esperar, los pasos fueron medidos. En lo profundo de miconciencia, había una señal que se acercaba rápidamente con cada embestida,advirtiendo: ¡Voy a llegar! Y lo hice. Eyaculé como un caballo salvaje, unaavalancha que se precipita cuesta abajo, un resbalón en tierra mojada.Inevitable, infalible... sin medida. Eyaculé mientras aún la penetraba, misemen recorriendo su cuerpo, inundando cada conducto, hasta que comenzó aregresar y correr en gruesas marcas fluidas sobre su piel. Saqué mi verga aúnpalpitante y liberé las últimas gotas, frotándolas contra sus suaves nalgas.Ambos sudorosos y exhaustos.
Caímos uno al lado del otro y nos quedamos así un rato sin decir nada.Ella encendió un cigarrillo. Para entonces yo llevaba mucho tiempo sin fumar, ysimplemente me quedé allí, compadeciéndola, hasta que recuperamos las fuerzas ydisfrutamos de las horas que nos quedaban.

Al día siguiente, nos despedimos justo en la entrada del hotel. Notenía sentido arriesgarnos a acompañarla a casa de su amiga. No había mucho quedecir, porque, para ser sinceros, ya habíamos hablado mucho virtualmente. Eltiempo que pasábamos juntos, cara a cara, lo usábamos para satisfacer nuestrosdeseos carnales. Volveríamos a hablar más tarde, por internet.
Quizás podríamos repetirlo pronto, quizás tendríamos que esperar unosaños más, pero eso no era lo más importante. Teníamos nuestras vidas porseparado y sabíamos que algunas cosas se disfrutan más así, preservadas por susingularidad.
FIN
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