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📑La Mujer del Vecino

📑La Mujer del Vecino
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Norma llevaba meses sintiendo que su vida se había vuelto un mismo día repetido. 34 años, dos hijos, un esposo ausente que llegaba tarde y hablaba poco. Una casa cómoda… pero un corazón vacío.

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Y entonces estaba Manuel, el vecino nuevo. 20 años, mirada limpia, sonrisa tímida, ese cuerpo recién formado entre juventud y fuerza. Al principio solo lo saludaba desde el jardín, pero él siempre respondía con un “hola, señora Norma” que a ella le hacía cosquillas en la piel.

Una tarde, mientras colgaba la ropa, lo vio sin camisa, lavando su moto. El sol le marcaba los hombros, el agua le resbalaba por el abdomen, y Norma sintió algo que hacía mucho no sentía: ser mujer, no solo madre o esposa.

Se quedó mirándolo dos segundos de más.

Manuel la notó.

—¿Está bien, señora Norma? —preguntó, acercándose con una sonrisa que no era tan inocente como fingía.

Norma se mordió el labio sin darse cuenta.

—Sí… solo me distraje un momento.

Él se acercó un poco más, quizá demasiado para lo “correcto”.
El aroma a jabón, gasolina y juventud la envolvió.
Norma desvió la mirada, pero Manuel ya había visto el leve rubor en sus mejillas.

Esa noche ella no pudo dormir.

Pensaba en la atención que extrañaba. En el deseo que llevaba meses dormido. Y en Manuel.

Días después, la rutina se rompió cuando Norma lo encontró frente a su casa, intentando arreglar una lámpara.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó ella.

—Solo si me acompaña —respondió él, abriéndole un espacio junto a él.

Norma se sentó. Él quedó muy cerca… demasiado. Sus brazos rozaron apenas. Una corriente subió desde su cintura hasta la nuca.

Ella respiró hondo, tratando de ser fuerte.
Pero su voz tembló.

—Manuel… deberías mantener distancia. Soy una mujer casada.

—Y yo un vecino que la admira —susurró él sin apartar la mirada—. Nunca he visto a alguien tan… especial.

Norma sintió que las piernas le fallaban. Hacía años que nadie la miraba así. Años que nadie le hablaba así.

Los dedos de Manuel rozaron su mano, apenas un toque.
Un roce suave, pero suficiente para encenderla por dentro.

Ella no lo retiró.
No podía.

—Norma… —dijo él, más cerca—. Si quiere que me aleje, dígamelo ahora.

Ella cerró los ojos. Su respiración se aceleró.
El corazón golpeaba como si quisiera salir.

No dijo nada.

Y Manuel, interpretando el silencio, levantó su mano y la acarició con una suavidad que la atravesó como un relámpago.

La acercó despacio, como si no quisiera asustarla, como si supiera que ella podía romperse si la tocaban demasiado fuerte… o demasiado poco.

La besó.
Un beso lento, prohibido, cálido.
Un beso que no debía suceder… pero que ella deseaba desde hacía demasiado tiempo.

Cuando se separaron, estaban sin aire.

—No debería… —susurró ella.

—Yo tampoco —respondió él—. Pero quiero. Mucho.

Norma lo miró con mezcla de culpa y hambre reprimida.

—Manuel… esto puede complicar mi vida.

—Y puede salvar la suya —dijo él, con esa valentía juvenil que a ella le quemaba por dentro—. No la quiero lastimar. Solo… solo déjeme estar cerca.

Norma apoyó la cabeza en su hombro.
Necesitaba sentir eso: atención, deseo, ser vista como mujer.

—No sé qué estoy haciendo —admitió ella, con la voz quebrada.

—Yo sí —respondió él, tomándola de la cintura—. Estoy cuidando a la vecina más hermosa del barrio. Venga mañana para hablar.

Esa noche, mientras su esposo dormía a su lado sin siquiera tocarla, Norma recordaba las manos del joven, su mirada, el beso que aún ardía en sus labios.

El deseo la consumía.
La culpa la desgarraba.
Pero también la hacía sentir viva por primera vez en años.

Miró el techo y se preguntó:

¿Hasta dónde sería capaz de llegar por sentirse deseada otra vez?

Norma llegó a la casa de Manuel con el pulso acelerado.

Sus hijos ya estaban en clases, su marido lejos… y su cuerpo reclamaba algo que hacía años no recibía.

La pollera corta rozaba sus muslos mientras caminaba; la blusa, abierta más de lo necesario, dejaba ver dos montículos ansiosos. Golpeó la puerta apenas una vez.

Manuel abrió al instante, como si hubiera estado esperando exactamente ese segundo.

—Sabía que vendrías… —susurró, acercando su boca a la de ella.

Norma no respondió. Lo besó con hambre contenida, aferrándose a su cuello. Él la tomó por la cintura, sintiendo cómo temblaba, y la guio hacia adentro.

Apenas cruzaron el umbral, Manuel deslizó sus manos por sus caderas y levantó la pollera, dejando al descubierto su piel tibia. Norma soltó un suspiro que él apagó con otro beso, mientras caminaban hasta el sofá.

Con movimientos firmes, Manuel desabrochó los botones de su blusa, revelando sus dos tetas redondeadas, que él atrapó con la boca apenas quedaron libres. Norma arqueó la espalda, apretando su cuerpo contra él.

—Manuel… —susurró, ya sin fuerzas para fingir que estaba ahí “solo para hablar”.

Él la tomó por las piernas, la hizo recostarse en el sofá y bajó lentamente entre sus muslos, abriéndolos con suavidad. Su lengua comenzó un recorrido paciente, subiendo por su piel sensible hasta llegar a la concha cálida y palpitante de ella. Norma apretó los cojines mientras un gemido escapaba sin permiso.

Cuando él levantó la mirada, ella estaba perdida.

Manuel entonces se puso de pie frente a ella, se bajó el pantalón y su pija salió apuntando directamente a sus labios entreabiertos. Norma lo miró con una mezcla de ansiedad y deseo puro.

—¿Querés? —murmuró él.

Ella no contestó: simplemente lo agarró con ambas manos y recibió la dureza con la boca, lamiendo y besando como si fuera algo que llevaba años esperando.

Él respiró hondo, conteniendo la tensión, y después la tomó de la cintura, recostándola de nuevo en el sofá.

Con suavidad primero, con más profundidad después, Manuel deslizó su pija dentro de su vagina, arrancándole jadeos que hacía tiempo no emitía con nadie.

La llevó del sofá al borde, sosteniéndola por las caderas, cogiendola fuerte, marcando un ritmo que la desarmaba.

Norma lo miraba con los ojos medio cerrados, perdida en esa sensación prohibida que la rejuvenecía.

Más tarde, cuando él se recostó boca arriba, ella subió sobre él, tomo su pija y se lo acomodó en la concha con decisión.

Manuel quedó fascinado viendo cómo la pollera resbalaba por su cintura mientras Norma lo cabalgaba, moviendo sus caderas como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento desde que lo conoció.

Ella se inclinó a besarle, el tocando sus tetas, luego cuando le descargó adentro, la abrazó fuerte, como si no quisiera soltarla jamás.

Norma apoyó la frente en su cuello y suspiró, temblando.

—No debí venir… —murmuró sin convicción.

—Pero viniste —respondió Manuel, acariciándole las nalgas—. Y yo voy a cuidarte como él ya no hace.

Norma cerró los ojos, dejando que el placer y la culpa se mezclaran… justo como lo había imaginado tantas noches.

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Norma cerró la puerta de Manuel con un clic que sonó como un pacto secreto. Él ya la esperaba en el pasillo, con apenas una toalla en la cintura y una sonrisa que la derritió por dentro.

—¿No… interrumpo nada? —preguntó ella, mordiéndose el labio inferior, como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—Solo estaba por darme una ducha —respondió él, acercándose hasta sentir su aliento tibio—. Pero si querés… podés acompañarme.

Esa invitación fue como encender una chispa que Norma tenía guardada desde hacía meses.

Le puso una mano en el pecho y lo empujó suavemente hacia el baño. Ni bien entraron, Manuel abrió la ducha; el agua comenzó a caer fuerte, cálida, cubierta de vapor.

Ella se desabrochó la blusa, dejando al descubierto su piel dorada y sensible. Luego bajó la falda corta que había elegido especialmente para él. Manuel la observaba como si se estuviera revelando la obra maestra más prohibida del mundo.

Cuando quedó solo en ropa interior, él extendió la mano y le bajó lentamente la última prenda. Norma sintió cómo el vapor le humedecía la piel, mezclado con la mirada ardiente del chico.

Entraron a la ducha juntos.
El agua les resbalaba por el cuello, el pecho, la espalda… hasta llegar más abajo, donde ya la temperatura no era culpa del agua.

Manuel la tomó de la cintura y la giró contra la pared húmeda.
Norma soltó un suspiro que se confundió con el ruido del agua.

Él comenzó a besarle el cuello, lento, profundo, como si estuviera marcando territorio con la boca.
Sus manos bajaron por la curva de su cadera hasta encontrar ese punto donde la piel parecía pedir más.

Ella, temblando, deslizó una mano hacia abajo, encontrando la pija dura que él ya no podía ocultar. La envolvió suavemente, sintiendo el pulso caliente que palpitaba contra su palma.

—Parece que te alegré el día —susurró ella, rozándole el oído.

—Me lo hiciste —respondió él, acercando más su cuerpo—. Mucho.

Norma se agachó bajo el agua, dejando que el chorro cayera sobre su espalda. Tomó su pija con ambas manos y lo acarició despacio, subiendo y bajando, mientras lo miraba desde abajo con esos ojos que ya habían cruzado la línea del retorno.

Le dio un pequeño roce con los labios, húmedo, insinuante, apenas un toque que lo hizo gemir de manera contenida.

Manuel no aguantó más.
La levantó de las caderas, pegando su espalda a la pared, y le metió la pija en la concha y ella rodeó su cintura con las piernas.

Sus cuerpos se unieron como si el vapor los fundiera.
Él la cogio en un vaivén firme, profundo, húmedo, el sonido del agua camuflando sus jadeos.

Norma apoyó la frente en su hombro, sin poder contener el temblor que le recorría las piernas.

—Mi… dios… —murmuró—. No sabés cuánto necesitaba esto.

—Yo sí —respondió él, bajando una mano para sostenerla mejor—. Se te notaba en la mirada.

Los movimientos se hicieron más intensos.
Manuel la llevaba con un ritmo fuerte, decidido, mientras el agua recorría la unión de sus cuerpos. Norma apenas podía sostener el aire; cada embestida la hacía contraer los dedos en su espalda.

Cuando él sintió que ella estaba al borde, la bajó despacio y la hizo darse vuelta.
Norma apoyó las manos en la pared, el agua resbalando por su espalda arqueada.

—Así te quería —dijo él, colocándose detrás—. Desatada.

Ella solo asintió, mordiéndose el labio, al sentir su pija entrando en su concha, mientras él retomaba los movimientos desde atrás, más profundos, más sonoros, más salvajes.

Norma dejó escapar un gemido ahogado que se perdió en el vapor del baño.

Cuando él sintió que ambos llegaban al límite, la abrazó por la cintura, pegando su pecho mojado a su espalda, y la sostuvo fuerte mientras la oleada final los sacudía y la llenaba.

Quedaron unos segundos así, jadeando bajo el agua caliente, los cuerpos temblando, la piel brillando.

Ella se giró, apoyó la frente en la de él y sonrió.

—Creo que… me voy a volver adicta a tus duchas, Manuel.

Él le dio un beso lento, profundo.

—Vení siempre que quieras, Norma.
El agua… y yo… siempre vamos a estar listos para vos.

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Apenas salieron del baño, aún con el vapor tibio envolviendo sus pieles, Norma se quedó mirándolo sin poder ocultar el temblor que le recorría las piernas. Manuel, con gotas que aún resbalaban por su torso joven, la observaba como si fuera la única mujer del mundo.

—Norma… —murmuró él —. ¿Sabés lo hermosa que te ves así?

Ella intentó responder, pero su voz se quebró cuando vio cómo su pija se despertaba de nuevo, firme, evidente, casi orgulloso de mostrarse ante ella.

—Mirá lo que me provocás… —susurró él, acercándola de la cintura.

Ella tragó aire como si fuera una adolescente descubriendo algo prohibido.

Manuel le tomó la mano y la guió lentamente hacia la habitación, como si la llevara a un templo secreto. La cama estaba desordenada, con las sábanas ligeramente corridas, como invitándola a dejarse caer ahí… y perderse.

Norma respiró hondo.
—¿Seguro que querés esto? —preguntó, aunque el brillo en sus ojos decía que ya conocía la respuesta.

—No solo lo quiero… —dijo él, acercándose por detrás, rozándola con una calma peligrosa—. Lo venía soñando desde hace meses.

Ella sintió el cuerpo de él presionando suavemente contra su espalda, y casi se derritió.

Él la volvió a besar, esta vez sin prisa, disfrutando cada reacción que despertaba en ella.

Su boca bajó por su cuello, luego por sus tetas… sus manos exploraron con una devoción que la hizo suspirar profundamente, como si la estuvieran completando después de años de carencia.

Norma tembló y tomó aire entrecortado cuando él la recostó en la cama, deslizándose sobre ella para saborear su concha con la boca como si memorizara cada curva, cada zona sensible, cada pliegue tibio que la hacía arquearse y apretar los dedos contra las sábanas.

Ella lo llamaba en susurros temblorosos, mientras él descendía por su abdomen… dedicándole toda la atención que nunca había recibido en su vida.

Cuando Manuel se acomodó junto a ella, guio suavemente su mano hasta su pija, y Norma respondió con entrega, besándolo y acariciándolo con un hambre que no había sentido desde hacía más de una década.

—Quiero probarte… —dijo ella, con voz ronca.
Y lo hizo, mamandolo con una dedicación lenta, profunda, cálida, que casi lo hizo perder el control.

Él la tomó del rostro y la guio hacia arriba, recostándola de nuevo en la cama para cogerla de forma intensa, firme, profunda y urgente.

Norma soltó un gemido suave, sorprendiéndose a sí misma por la forma en la que su cuerpo lo recibía. Mientras él la embestía con intensidad creciente.

Y luego, se recostó boca arriba, ella —agitada, con la respiración ardiente— subió lentamente sobre él, se acomodó y deslizó su concha sobre su pija, moviéndose con una pasión acumulada de años, guiando el ritmo, dejándose llevar como una mujer que finalmente recuperaba su fuego.

El vaivén se volvió más intenso… más dulce… más prohibido… , sus tetas saltaban, el besándolas. hasta que ella cayó sobre su pecho, jadeando, con el cuerpo temblando y el corazón disparado.

Manuel le acarició la espalda, sonriendo contra su cabello.

Ella cerró los ojos, sintiendo en la piel la caricia joven que tanto le faltaba en su vida.

Y supo, sin decirlo, que volvería.

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Norma lo invitó a pasar a su casa con esa sonrisa que ya delataba travesura contenida.

Los chicos estaban en la escuela y el marido, como siempre, lejos, ocupado en “sus cosas”.

Ella se movía por la cocina con una pollera corta que apenas rozaba la mitad de sus muslos, y una camiseta ceñida que resaltaba sus dos tentaciones delanteras.

—Te preparé algo para que pruebes —le dijo, sirviéndole un bocado caliente en un plato pequeño.

Manuel probó una cucharada y soltó una risa suave.

—Está rico —murmuró acercándose más—, pero estoy seguro de que "la cocinera lo está mucho más".

Ella ni siquiera pudo responder.
Él la sostuvo por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó con hambre acumulada.

Norma dejó escapar un gemido apagado contra su boca, se aferró a su nuca y pegó su cuerpo a él.

Manuel deslizó una mano por detrás, subiendo por la curva perfecta bajo la falda, hasta palparle la vagina con descaro. Ella tembló.

—Manuel… —susurró, ya rendida— así… sí…

Él la giró despacio, hasta apoyarla contra la mesada de la cocina.

Las manos de Manuel recorrieron sus caderas subiendole la pollera, bajando apenas su ropa íntima, y su pija ya asomaba bajo el pantalón, tensa, apuntando a ella como una amenaza deliciosa.

Norma arqueó la espalda y él la penetró desde atrás, pegándola a su pecho, embistiendola, haciéndola suspirar.

Ella apoyó ambas manos en la mesada, inclinándose un poco.

El ruido de su respiración y el calor de sus cuerpos llenaban la cocina.

—Así… así, Manuel… —susurró ella, ya perdiéndose en la sensación.

Él iba a bajar la mano, a buscarla donde más ardía…
cuando de repente…

🔓Se escucha la puerta principal.

La voz del marido resonó por la casa:

—¿Norma? ¡Ya llegué!

El corazón de ella saltó.
Manuel quedó congelado, aún detrás de ella, respirando agitado.

Norma le agarró la muñeca con desesperación y le susurró entre dientes:

—¡Al cuarto de lavado! ¡Rápido!

Manuel corrió en silencio, escondiéndose justo cuando el marido entraba a la cocina.

Norma, con la falda intentando bajar sola y el aliento aún tembloroso, sonrió fingiendo calma.

—¡Qué sorpresa! —le dijo al esposo—. No te esperaba tan temprano.

Pero sus piernas todavía temblaban…
y Manuel, escondido, podía verla desde una rendija…
completamente encendida todavía por él.

Cuando el marido entró a la habitación, ella aprovechó ese instante para acercarse y, con la voz baja pero firme, pedirle que se fuera, que necesitaba un momento a solas.

Él, sin embargo, quedó paralizado, mirándola con una mezcla de súplica y deseo contenido. Esa tensión masculina que no sabía disimular se adivinaba en su postura, en la forma en que respiraba.

—Por favor… —murmuró, con esa urgencia palpable que él rara vez mostraba—. No me dejes así. Con el pene duro. Solo… un instante. Nada más.

Ella cerró los ojos un segundo, respiró hondo y cedió con un suspiro cansado.

—Está bien —dijo—. Pero rápido.

Él asintió con una avidez casi torpe.
Ella se levantó la falda y se puso en cuatro sobre el piso.

El contacto fue inmediato, directo, impulsado por la prisa y la necesidad. Él le metió la pija en la concha desde atrás con un ritmo corto, urgente, casi desesperado, sin tiempo para más que ese intercambio breve y contenido que ambos sabían que no podía extenderse, golpeando fuerte, profundo.

Cuando terminó, se retiró con la respiración entrecortada. Y antes de salir, como un gesto impulsivo de despedida, le dio una fuerte nalgada.

Ella solo acomodó su falda, sin mirarlo.

—Listo —dijo con una calma tensa—. Ahora sí… andate.

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La noticia llegó como un golpe seco:
A él le había salido un trabajo en otra ciudad. Bueno, más que un trabajo… una puerta que podría cambiarle la vida.
Y sin embargo, lo primero que pensó fue en ella.

En esa mujer prohibida que lo había desarmado por dentro, que le había enseñado a desear sin frenos, que lo hacía sentir vivo.

Pero la duda lo carcomía.

—No quiero irme —le confesó con la voz quebrada—. No quiero dejarte.

Ella lo miró largo, con esa mezcla de ternura y fuego que lo había enloquecido tantas veces. Le tomó el rostro entre las manos y negó despacio.

—No seas tonto… tú tienes futuro allá. Yo… —sonrió triste— yo ya tengo mi vida hecha. Mi marido, mis hijos. Lo nuestro fue un regalo, pero no puede ser más.

Él apretó los puños, luchando contra lo inevitable.

—Pero yo te… —intentó decir.
Ella lo calló con un dedo sobre los labios.

—No lo digas. No lo compliques. —Su voz bajó, casi un susurro cálido—. Solo agradezcamos lo que vivimos. Y déjame darte… una despedida como corresponde.

Lo tomó de la mano y lo llevó a la habitación. Cerró la puerta con suavidad. Sus pasos parecían flotar.
Él la miró, casi temblando.

Ella se arrodilló frente a él, y le bajó el pantalón, lento, sin apuros, como si quisiera memorizar cada gesto.

Sus labios rozaron su pija con devoción, acariciándolo con un ritmo lento, profundo, lleno de intención, para luego chupárselo con más intensidad. Él cerró los ojos, conteniendo un quejido.

Cuando se puso de pie, él la tomó por la cintura, la desnudo y la recostó boca arriba sobre la cama.
Su cuerpo reaccionó como siempre: suave, receptivo, ansioso.
Él la recorrió con la boca, con las manos, chupandole las tetas, bajando a lamerle la vagina con ese deseo que nunca había sabido controlar. Ella lo recibía con suspiros que parecían despedidas.

Luego la giró, acomodándola en cuatro, donde ella ofrecía su trasero y él la penetraba con un ritmo firme, profundo, ardiente.

Ella se apoyó, arqueando la espalda, dejándole claro que lo quería todo. El sonido de sus cuerpos en movimiento llenó la habitación, cargado de urgencia y nostalgia.

Pero ella quería más. Se montó sobre él, se acomodó su pija dentro de su concha cabalgándolo con un vaivén lento al principio, luego más decidido, como si quisiera grabar en su piel el recuerdo de ese instante.

Sus manos en el pecho de él, su cabello cayendo como una cortina, sus tetas rebotando, su respiración temblorosa… todo era una mezcla de placer y despedida.

—Así quiero recordarte —murmuró ella, mientras apretaba su pija dentro de su concha con un movimiento final, profundo, que los hizo gemir juntos.

Cuando terminaron, ella se dejó caer sobre él, apoyando la frente en su cuello.
Un minuto eterno.

Luego lo besó.
No un beso de fuego, sino uno lento… cálido… definitivo.

—Vete —susurró con la voz rota—. Sé grande. Sé feliz. Y recuerda que… que contigo volvi a ser mujer.

Él quería decir tantas cosas, pero no dijo ninguna. Solo asintió.

Ella le sonrió con una dulzura triste y le acarició la mejilla.

—Este fue nuestro último latido.

Y así, con ese beso final aún ardiendo en la boca de ambos, él se levantó, se vistió… y salió.

Sabía que la estaba dejando atrás.
Pero también sabía que ella se quedaría para siempre en su piel.

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2 comentarios - 📑La Mujer del Vecino

Aceby2
My Bueno! Van 10
Mauri_8173
mm, me dejo con ganas de leer algo diferente, no es el primer relato que tiene como desenlace indirecto la interrupcion de un esposo que ignora todo. Ademas, en este relato, despues de las magenes de la hembra, como que falta algo alli para acomodarse, como si hubieses recortado texto.