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Parte 3: El abismo total y la huida final

Después de que Sofía entrara a la cocina y viera a su padre Carlos follando salvajemente a su hermana Laura sobre la mesa de la cocina, con humo de cristal flotando en el aire y Laura gimiendo de placer con las piernas abiertas, la joven de 23 años se quedó paralizada unos segundos. El shock fue tan grande que soltó un grito ahogado y salió corriendo de la casa, lágrimas en los ojos, sin llevar nada más que su ropa. Desapareció por varios días en las calles del pueblo y alrededores, durmiendo donde podía. Mientras tanto, en la casa de la familia Ruiz, el incesto y el vicio se volvieron la nueva normalidad. Elena fumaba cristal todas las mañanas antes de preparar el desayuno, dejando que el humo saliera de su boca mientras uno de sus hijos la penetraba por detrás contra la estufa. Miguel y Jorge se turnaban para follar a su madre y a su hermana Laura en cualquier rincón de la casa: en la sala, en los cuartos, en el patio trasero. Alex, el menor, se masturbaba viendo a sus hermanos cogerse a Elena, luego se unía para correrse dentro de ella. Carlos, ahora completamente enganchado, fumaba y follaba a Laura casi a diario, llenándola de semen mientras le susurraba lo puta que se había vuelto su hija. El humo del cristal llenaba la casa constantemente, y el olor a sexo y droga se mezclaba con el del mole y el pan recién hecho.
Los días pasaron y el material se acabó. Sin cristal, toda la familia entró en malilla: temblores, irritabilidad, sudor frío, ansiedad extrema y un deseo sexual insoportable que no podían satisfacer. Elena lloraba en la cocina, rascándose los brazos, rogando por una piedra. Los hermanos discutían y se golpeaban por cualquier tontería. Laura se encerraba en su cuarto masturbándose frenéticamente sin llegar al orgasmo. Carlos caminaba de un lado a otro como animal enjaulado, con la polla semi-dura todo el tiempo. Fue entonces, al cuarto día, cuando Sofía regresó. Llegó mugrosa, la ropa rota y sucia, el cabello enmarañado, moretones en los brazos y muslos, olor a calle y desesperación. Traía en una bolsita unos gramos de cristal y chark que había conseguido. Todos la rodearon al verla, pero el alivio por la droga fue mayor que la preocupación inicial.
Días atras, Carlos había salido a buscarla desesperado. La encontró durmiendo en un corral abandonado en las afueras del pueblo. Entró sigilosamente, la despertó y, entre forcejeos y gritos, la tomó por la fuerza. Sofía no quería, lloraba y le suplicaba "papá no, por favor, soy tu hija", pero el cristal en las venas de Carlos lo volvió un animal. La tiró sobre el suelo sucio, le subió la falda rota y le metió la polla gruesa primero en el coño seco, follándola con embestidas brutales. Luego, excitado por los gritos, la puso en cuatro y se la metió por el ano virgen, rompiendo su virginidad anal con dolorosa fuerza. Sofía gritaba de dolor mientras su padre la sodomizaba toda la noche, corriéndose dentro de su culo y su coño varias veces, dejándola tirada, llena de semen espeso que escurría por sus piernas, el ano rojo e inflamado. Carlos se fue al amanecer sin decir nada. Sofía lloró toda la tarde en ese corral, acurrucada y rota.
Por la tarde, dos hombres de unos 45 años, borrachos y viciosos del pueblo vecino, la vieron ahí llorando, desarreglada y sucia. Se aprovecharon sin piedad. La obligaron a fumar chark y cristal de una pipa que llevaban, tapándole la nariz para que inhalara profundo. El humo la mareó rápido. Luego la violaron sin compasión: uno la penetraba por la vagina mientras el otro le metía la verga en la boca, turnándose, escupiéndole, mordiéndole las tetas y corriéndose dentro y sobre ella. La follaban en posiciones humillantes, uno en el culo mientras el otro en el coño, riéndose de sus gemidos mezclados de dolor y el efecto de la droga. Al amanecer la dejaron tirada, pero olvidaron la pipa y varios gramos de material. Sofía, destruida pero con el cristal ya corriendo por sus venas, empezó a fumar sola. Ya no le importaba nada. El vicio la consumió por completo. Recogió lo que quedaba y regresó a casa esa misma tarde.
Al llegar, la familia la recibió con hambre. El cristal que trajo desató una orgía masiva que duró dos días completos. Todos fumaban y cogían sin parar. Elena se acostaba con sus tres hijos al mismo tiempo: uno en su coño, otro en su boca y el tercero en sus tetas. Miguel y Jorge follaban a Laura y a Sofía, intercambiando hermanas, corriéndose dentro de ellas mientras fumaban. Alex penetraba a sus hermanas por el culo mientras Elena los lamía. Carlos follaba a todas las mujeres de la casa, llenándolas de semen. Las hijas se comían el coño entre ellas, lamiendo el semen de sus hermanos y padre. La casa era un mar de gemidos, humo, cuerpos sudorosos y fluidos. En medio de esa locura incestuosa, Laura, la hija menor de 20 años, quedó embarazada de su hermano del medio, Jorge. Se dio cuenta días después por los síntomas y las pruebas caseras. El pánico y la realidad los golpeó a todos.
Decidieron que no podían seguir así. El embarazo de Laura de su propio hermano, el vicio descontrolado y el miedo a que alguien del pueblo descubriera todo los obligó a actuar. Vendieron lo poco que tenían, tomaron el poco dinero ahorrado y huyeron lejos, hacia la Ciudad de México. Allí buscaron rehabilitación en un centro discreto de Iztapalapa. Nadie los conocía. Cambiaron sus nombres, cortaron todo contacto con el pasado y empezaron una vida nueva, intentando dejar atrás el cristal y la podredumbre familiar. Con el tiempo perdieron toda pista de ellos. Algunos dicen que lograron rehabilitarse y vivir en el anonimato; otros que el vicio y los secretos los persiguieron hasta el final. La familia Ruiz desapareció para siempre en el laberinto de la gran ciudad.
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