Gracias gente por el apoyo! Continúo con la historia.
Nuevamente mi corazón me martillaba el pecho. Con el tubo del teléfono en la mano, sólo una fracción de segundo bastó para que me diera cuenta de su intención y mi pija empezara a ponerse dura automáticamente. Sportiva es un club muy cheto y exclusivo, con una sede muy linda, con canchas de ténis y pileta sobre una esquina de la calle Florida, cerca de una de las salidas de Bahía Blanca. Pero, lo importante, es que el club está a unas cuadras del “Tu y Yo”, el hotel más conocido de la ciudad. Entendí enseguida que íbamos a terminar ahí. Apenas me separaban unas quince cuadras del lugar, pero no podía perder tiempo. Volví rápidamente al departamento, me cambié un poco, perfumé, y cargué la mochila con una cajita de preservativos, toda la guita que tenía en ese momento y un libro. Pensé que la mejor forma de pasar un poco más desapercibido era mostrarme leyendo un al lado de la entrada enrejada. A eso se sumaba que nunca había ido a un telo: siempre tenía el departamentito y, aunque en varias etapas compartía el alquiler con otros pibes, me las arreglaba para quedar solo. Eso también me ponía alerta; no conocía esa onda, pero tampoco podía quedar mal.
Llegué con unos minutos y libro en mano miraba constantemente la vereda de enfrente. No podía ni quería leer: mi cabeza estaba puesta en ella. El reloj me marcó las cuatro y ella no aparecía. Y cinco, y diez…y ahí la reconocí: por la vereda opuesta, viniendo desde el Parque de Mayo, llegaba con el pelo atado, anteojos oscuros y ropa deportiva suelta. Cero calentura, cien por ciento pinta de mina que había salido a caminar al parque como hacían tantas otras, con un buzo suelto, un pantalón de gimnasia azul (esos de marca Melón, comunes en esos años) y zapatillas deportivas. Una mirada mínima bastó para que siguiéramos con el plan. Esperé a que hiciera unos diez metros y crucé la calle. Fueron varias cuadras y nunca entendí por qué me citó a esa distancia. Quizás era parte de su juego, no losé. Cruzamos la rotonda de entrada al regimiento del ejército y faltando unos metros para la entrada al telo empezó a ir más despacio y mirar levemente hacia atrás. Ningún auto circulaba en el momento en que entramos con pocos segundos de diferencia en ese ingreso cavernoso. A la mirada de nadie, ya dentro, me esperaba quieta, con una leve sonrisa nerviosa y su primera reacción fue darme un beso en la boca, entre tierno y caliente. “¿Vamos? Me dijo. La tomé de la mano y fui a la administración, haciéndome el que sabía; pagué un turno de dos horas en una habitación común: sólo se destacaba un gran espejo y la cama. Cerré la puerta y al girar la veo parada en el medio de la habitación, quitándose los lentes oscuros y desatándose el pelo. Recién al acercarme comencé a percibir los detalles de ese perfume que usaba y que me llenaba la cabeza de calentura. “Qué intelectual te ponés esperando” me dijo. El detalle del libro le causaba gracia. Sin perder tiempo me dijo directamente “Bueno, querías conocerme, no? Acá estoy. ¿Qué querés hacer? Ella abría el juego, y sabía que si no hacía bien las cosas no iba a haber segunda vez.
Fui a lo seguro: tomé su cara con ambas manos y comencé a besarla, suave, despacio. Necesitaba saber que mi calentura no era rápida, sino que se había cocinado a fuego lento. “El que se enamora pierde” decíamos, pero era difícil no sentir algo más que calentura por esa hembra. Nuestras manos empezaron a recorrer los cuerpos como si no tuviéramos apuro. El buzo suelto dejaba que lentamente meta mi mano debajo y sienta la piel de su cintura, de su panza. Su pantalón también me dejó meter mano debajo, llegando por primera vez a la piel de su cola. Mi sorpresa fue mayúscula: mis dedos sintieron el borde de una tanga con puntilla que se metía entre sus nalgas al mismo momento en que ella posó su mano por primera vez sobre mi bulto, lanzando un suspiro mezcla de placer y calentura.
Me empujó levemente para atrás, al tiempo que comenzaba a levantarse el buzo y la remera que llevaba debajo. Un corpiño negro con puntilla aumentó mi calentura. Con los pies se quitó las zapatillas y rápidamente las medias para después girarse y, mirándome sobre su hombro derecho, comenzar a bajarse el pantalón para dejar ver ese culo deliciosamente entangado. Debajo de esa ropa deportiva se había puesto un conjunto que rajabala tierra y que en ella se lucía como ninguno. “¿Te gusta?”, me preguntó. No dije palabras: de un solo paso la tomé de la cara y le comí la boca como desesperado. Mi calentura brotaba y ella lo notaba y ayudaba: su mano comenzó a frotar instintivamente mi verga por encima del jean, comenzando después a desprenderlo para meter su mano por encima del boxer.
Bajo presión funciono mejor. Bah, eso es lo que siempre me decían y creo que es así. Y en ese momento, con la calentura a mil, en un telo con una compañera veterana del laburo, recordé las enseñanzas de mi amiga Fabiola. Las tenía que volver a aplicar, tenía que ponerlas nuevamente en juego….
Nuevamente mi corazón me martillaba el pecho. Con el tubo del teléfono en la mano, sólo una fracción de segundo bastó para que me diera cuenta de su intención y mi pija empezara a ponerse dura automáticamente. Sportiva es un club muy cheto y exclusivo, con una sede muy linda, con canchas de ténis y pileta sobre una esquina de la calle Florida, cerca de una de las salidas de Bahía Blanca. Pero, lo importante, es que el club está a unas cuadras del “Tu y Yo”, el hotel más conocido de la ciudad. Entendí enseguida que íbamos a terminar ahí. Apenas me separaban unas quince cuadras del lugar, pero no podía perder tiempo. Volví rápidamente al departamento, me cambié un poco, perfumé, y cargué la mochila con una cajita de preservativos, toda la guita que tenía en ese momento y un libro. Pensé que la mejor forma de pasar un poco más desapercibido era mostrarme leyendo un al lado de la entrada enrejada. A eso se sumaba que nunca había ido a un telo: siempre tenía el departamentito y, aunque en varias etapas compartía el alquiler con otros pibes, me las arreglaba para quedar solo. Eso también me ponía alerta; no conocía esa onda, pero tampoco podía quedar mal.
Llegué con unos minutos y libro en mano miraba constantemente la vereda de enfrente. No podía ni quería leer: mi cabeza estaba puesta en ella. El reloj me marcó las cuatro y ella no aparecía. Y cinco, y diez…y ahí la reconocí: por la vereda opuesta, viniendo desde el Parque de Mayo, llegaba con el pelo atado, anteojos oscuros y ropa deportiva suelta. Cero calentura, cien por ciento pinta de mina que había salido a caminar al parque como hacían tantas otras, con un buzo suelto, un pantalón de gimnasia azul (esos de marca Melón, comunes en esos años) y zapatillas deportivas. Una mirada mínima bastó para que siguiéramos con el plan. Esperé a que hiciera unos diez metros y crucé la calle. Fueron varias cuadras y nunca entendí por qué me citó a esa distancia. Quizás era parte de su juego, no losé. Cruzamos la rotonda de entrada al regimiento del ejército y faltando unos metros para la entrada al telo empezó a ir más despacio y mirar levemente hacia atrás. Ningún auto circulaba en el momento en que entramos con pocos segundos de diferencia en ese ingreso cavernoso. A la mirada de nadie, ya dentro, me esperaba quieta, con una leve sonrisa nerviosa y su primera reacción fue darme un beso en la boca, entre tierno y caliente. “¿Vamos? Me dijo. La tomé de la mano y fui a la administración, haciéndome el que sabía; pagué un turno de dos horas en una habitación común: sólo se destacaba un gran espejo y la cama. Cerré la puerta y al girar la veo parada en el medio de la habitación, quitándose los lentes oscuros y desatándose el pelo. Recién al acercarme comencé a percibir los detalles de ese perfume que usaba y que me llenaba la cabeza de calentura. “Qué intelectual te ponés esperando” me dijo. El detalle del libro le causaba gracia. Sin perder tiempo me dijo directamente “Bueno, querías conocerme, no? Acá estoy. ¿Qué querés hacer? Ella abría el juego, y sabía que si no hacía bien las cosas no iba a haber segunda vez.
Fui a lo seguro: tomé su cara con ambas manos y comencé a besarla, suave, despacio. Necesitaba saber que mi calentura no era rápida, sino que se había cocinado a fuego lento. “El que se enamora pierde” decíamos, pero era difícil no sentir algo más que calentura por esa hembra. Nuestras manos empezaron a recorrer los cuerpos como si no tuviéramos apuro. El buzo suelto dejaba que lentamente meta mi mano debajo y sienta la piel de su cintura, de su panza. Su pantalón también me dejó meter mano debajo, llegando por primera vez a la piel de su cola. Mi sorpresa fue mayúscula: mis dedos sintieron el borde de una tanga con puntilla que se metía entre sus nalgas al mismo momento en que ella posó su mano por primera vez sobre mi bulto, lanzando un suspiro mezcla de placer y calentura.
Me empujó levemente para atrás, al tiempo que comenzaba a levantarse el buzo y la remera que llevaba debajo. Un corpiño negro con puntilla aumentó mi calentura. Con los pies se quitó las zapatillas y rápidamente las medias para después girarse y, mirándome sobre su hombro derecho, comenzar a bajarse el pantalón para dejar ver ese culo deliciosamente entangado. Debajo de esa ropa deportiva se había puesto un conjunto que rajabala tierra y que en ella se lucía como ninguno. “¿Te gusta?”, me preguntó. No dije palabras: de un solo paso la tomé de la cara y le comí la boca como desesperado. Mi calentura brotaba y ella lo notaba y ayudaba: su mano comenzó a frotar instintivamente mi verga por encima del jean, comenzando después a desprenderlo para meter su mano por encima del boxer.
Bajo presión funciono mejor. Bah, eso es lo que siempre me decían y creo que es así. Y en ese momento, con la calentura a mil, en un telo con una compañera veterana del laburo, recordé las enseñanzas de mi amiga Fabiola. Las tenía que volver a aplicar, tenía que ponerlas nuevamente en juego….
1 comentarios - Experiencia con una madura en Bahía Blanca (II)
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