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Mi jefe me castigo penetrando mi garganta

Mi jefe me castigo penetrando mi garganta




Capitulo 3 El Castigo

Elena aun arrodillada frente a ricardo con el corazon a mil que parecía que se le iba a salir del pecho. Mientras Ricardo su jefe bajaba lentamente el cierre de su pantalón, cuando un recuerdo la golpeó con fuerza devastadora.
Recordó la primera vez que vio el pene de Diego, cuando ambos tenían 18 años. Era un pene normal, de unos 14 centímetros, ni muy grueso ni muy delgado. Para ella siempre había sido perfecto. “El tamaño no importa”, se repetía cada vez que escuchaba a otras chicas hablar de penes grandes. Se sonrojaba y reía, convencida de que su amor por Diego era más importante que cualquier cosa física. Ese había sido el único pene que había conocido en su vida. El pene de su marido. El pene del hombre que amaba con todo su corazón.
Pero ahora, cuando Ricardo sacó su verga completamente dura frente a su cara, Elena sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.
Era enorme. Gruesa como su muñeca, surcada por venas gruesas y palpitantes, con una cabeza grande, morada y brillante ya cubierta de precum espeso. Debía medir fácilmente 22 o 23 centímetros y su grosor era tan brutal que apenas podía imaginar cerrar los dedos alrededor de ella. Pesada, imponente, dominante. Una verga de hombre maduro hecha para destruir bocas y vaginas sin piedad.
“Dios mío… ¿cómo puede existir algo así? La de Diego es tan… pequeña al lado de esto. Tan insignificante…”
El pensamiento la llenó de una vergüenza profunda, traidora y terriblemente excitante. Se sintió asquerosa, infiel, una esposa horrible… pero no podía apartar la mirada. Su vagina palpitaba con fuerza, contrayéndose en vacío y soltando más jugos que empapaban sus bragas.
Ricardo sonrió con arrogancia al ver su expresión de shock y deseo.
—¿Qué pasa, perrita? ¿Nunca habías visto una verga de verdad? —Agarró su pene grueso y le dio dos golpes pesados y humillantes contra la mejilla de Elena. Plap. Plap. El sonido carnoso y húmedo resonó en la oficina.
Elena gimió bajito, avergonzada.
—Seguro que tu marido tiene una cosita pequeña y tú le dices que es suficiente, que “el tamaño no importa”. Patética. Ahora mírala bien, zorra católica. Mira lo que es una verga de hombre de verdad.
Le dio dos cachetadas más fuertes con la mano abierta, haciendo que su cabeza se moviera bruscamente. Las mejillas le ardían.
—Desnúdate —ordenó con voz fría—. Quiero ver ese cuerpo de esposa decente y recatada. Pero déjate el crucifijo. Quiero ver cómo una devota católica me chupa la verga como la puta barata que realmente eres.
Con las manos temblando de humillación, Elena se quitó la blusa blanca, la falda lápiz y el sostén. Se quedó solo con las bragas empapadas y el crucifijo de plata colgando inocentemente entre sus tetas medianas y perfectas, cuyos pezones estaban duros como piedras por la excitación. Se sentía completamente expuesta, degradada y terriblemente mojada.
—Ahora chúpala, señorita Recursos Humanos.

09:18 empezaba el castigo

Elena abrió su boca y tomó la cabeza gruesa entre sus labios. El sabor era fuerte, masculino, salado y ligeramente almizclado. Gimió al sentirlo. Empezó a chupar con devoción, moviendo la cabeza, lamiendo la vena gruesa que recorría toda la longitud. Pero era tan grande que apenas podía meter la mitad.
“Perdóname Dios… perdóname Diego… pero lo necesito… lo necesito tanto…”
Ricardo la agarró del moño perfecto y tiró su cabeza hacia atrás con brusquedad.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer? Patética. Abre más esa boca de esposa fiel y decente.
Le metió dos dedos gruesos y le abrió la mandíbula sin piedad. Luego empujó su verga más profundo. Elena tuvo arcadas intensas, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se apartó. Su mente gritaba de culpa mientras su cuerpo ardía de un placer prohibido.
—Así, perra religiosa. Mira cómo babeas por una verga de verdad. Tu marido debe tener una piltrafa comparada con esto. Seguro que te conformas con esa cosita de vamos ¿cuanto mide? 12 a 16 centímetros? mientras yo con mis 22 te voy a destrozar la garganta.

Elena gemía alrededor del grosor imposible, babeando sin control. Luchaba por meterla más, por llegar hasta el fondo. Quería sentirla en su garganta. Quería ser usada. Empujó su propia cabeza hacia adelante, sintiendo cómo la cabeza gruesa y bulbosa le forzaba la entrada de la garganta. Arcadas fuertes y húmedas la sacudían, saliva espesa caía en hilos gruesos y brillantes sobre sus tetas y el crucifijo.
Ricardo rio con crueldad.
—Chupas bien para ser tan señorita… pero dijiste que querías un castigo, ¿verdad?
Agarró la cabeza de Elena con ambas manos y empezó a follarla brutalmente por la boca. Empujones largos, profundos y sin misericordia, metiéndosela casi completa cada vez. Los huevos pesados y calientes golpeaban contra su barbilla mojada con sonidos húmedos. Elena luchaba por respirar, los ojos rojos y llorosos, el rímel corriendo por sus mejillas en ríos negros. Su mente era un torbellino de placer y destrucción moral:
“Soy una puta… estoy casada… esto está mal… estoy traicionando a Diego… pero se siente tan bien… es tan grande… me está rompiendo la garganta y me encanta… quiero más… quiero que me use como una zorra…”Ricardo aceleró brutalmente, follándole la garganta sin piedad, usando su boca como un simple agujero de placer. Sus caderas golpeaban con fuerza contra la cara de Elena, metiéndole casi toda su verga gruesa una y otra vez.
—Trágatela toda, perra católica —gruñó con voz ronca y cruel—. Esto es lo que mereces por ser tan inútil en tu trabajo. Mira cómo te ahogas con una verga de verdad mientras tu marido cree que eres una santa. El crucifijo de plata entre tus tetas babeadas… qué imagen tan hermosa y patética.
Elena sentía cada centímetro invasor con una claridad abrumadora. La cabeza gruesa y morada le forzaba la garganta, abriéndola de una forma que nunca imaginó posible. Sentía las venas gruesas rozando contra las paredes internas de su esófago, la presión brutal, el calor ardiente de esa carne monstruosa. Cada embestida profunda le provocaba arcadas fuertes y húmedas que hacían que más saliva espesa brotara de su boca, empapando sus tetas, su crucifijo y el piso.
“Es tan gruesa… me está rompiendo la garganta… duele… pero se siente tan bien… Dios, perdóname, me estoy corriendo solo con esto…”
Ricardo, disfrutando cada segundo de su degradación, la levantó un poco por el cabello y cambió de posición. La puso de lado contra el escritorio, con la cabeza colgando hacia atrás por el borde, y volvió a meterle la verga hasta el fondo en esta nueva postura. Ahora podía follarle la garganta más verticalmente, más profundo.
—Así está mejor… —gruñó—. Quiero sentir cómo tu garganta se contrae alrededor de toda mi verga. Joder, qué apretada estás… Tu marido nunca te ha follado así, ¿verdad? Con esa cosita pequeña de algunos centímetros seguro que solo te da suaves empujoncitos.
Elena ya no podía hablar. Solo emitía sonidos ahogados y gorgoteantes mientras su garganta era usada sin misericordia. Lágrimas corrían por sus sienes, su rímel estaba completamente destruido. Su conchita blanca palpitaba salvajemente, contrayéndose en vacío y soltando hilos constantes de jugos.
Ricardo cambió de posición otra vez. La puso de rodillas frente a él, pero esta vez con las manos detrás de la espalda, obligándola a arquearse. Agarrándola del moño como si fueran riendas, la usó con movimientos cortos y brutales, follándole solo la parte más profunda de la garganta.
—Siente cómo palpita dentro de ti, zorra. Siente cada vena, cada latido. Esta verga está marcando tu garganta para siempre. De ahora en adelante, cada vez que mires a tu marido vas a recordar cómo una verga de verdad se siente.
Elena estaba completamente perdida. Su mente era un caos absoluto:
“Soy una puta… estoy casada… esto está mal… estoy traicionando todo lo que soy… pero no puedo parar… quiero que me destroce… quiero que me use… quiero que me llene…”


De pronto Ricardo la apretó con fuerza brutal contra su pelvis. Toda su verga gruesa entró hasta el fondo, enterrándose completamente. La nariz de Elena quedó aplastada contra su pubis, sus labios estirados al límite alrededor de la base. Se quedó ahí, palpitando violentamente dentro de su garganta.
Y entonces explotó.
Chorros potentes, calientes y espesos de semen dispararon directamente contra lo más profundo de su esófago. Uno tras otro, gruesos, abundantes, interminables. Elena sentía cada pulsación fuerte de la verga contra su lengua y el paladar, cómo su leche hirviente le inundaba el estómago. Tragaba convulsivamente, casi ahogándose, mientras su propio cuerpo se sacudía en un orgasmo devastador solo por la garganta. Su vagina se contrajo con violencia brutal, soltando chorros de jugos que empaparon completamente sus bragas y formaron un charco en el suelo bajo ella. Sus tetas temblaban, el crucifijo cubierto de saliva y semen se balanceaba con cada espasmo.
Ricardo la mantuvo ahí durante toda su corrida, gruñendo de placer animal, vaciándose por completo en el estómago de la esposa perfecta.—Trágatelo todo… eso es, buena puta… bébete cada gota de mi leche.
Cuando por fin la soltó, Elena cayó hacia atrás jadeando desesperadamente, tosiendo con violencia, con gruesos hilos de saliva mezclados con semen escapando de su boca hinchada y cayendo sobre sus tetas y el piso. El crucifijo brillaba, completamente empapado y sucio entre sus pechos.
Miró al suelo, destruida, humillada, con el estómago lleno de semen ajeno y las paredes vaginales todavía palpitando.
“¿Qué me está pasando…? Dios mío… ¿en qué me estoy convirtiendo?”

09:38 Fin del castigo.

Fin del Capitulo.

mamada

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