Beatriz es esa rubia de 45 años que camina por el barrio privado con el mentón alto, pero que en mi cuarto descubrió que su verdadera vocación es estar de rodillas.
Tiene ese aire de "mujer inalcanzable", con una piel blanca impecable que contrasta con el rojo de mis chirlos.
Sus tetas son naturales, pesadas y firmes, de esas que necesitan manos fuertes que las marquen, y un culo redondo de gimnasio que parece hecho para rebotar contra mi pelvis.
Mentalmente: es una madre leona que se dio cuenta de que su mayor fantasía era ser usada por el bully de su hijo.
Es una hipócrita hermosa que cambió su moral burguesa por el sabor de mi leche, una mujer que ahora vive con el secreto de que el bully de su hijo es el único macho que logró hacerla sentir como la puta que siempre escondió bajo sus vestidos caros.

Estaba sentado en el sillón, mirando una serie sin prestar atención.
El timbre rompió el silencio con tres toques secos y violentos. Me levanté despacio, sin apuro.
Miré por la mirilla y sonreí: una rubia de unos 45 años, con un vestido ajustado y cara de pocos amigos, golpeaba el suelo con sus tacos caros.
Abrí de golpe, apoyándome en el marco.
— Baja los humos, rubia. Por esa cara de orto, asumó que venís a quejarte. Solté, recorriéndola con una mirada que la desnudó.
— Soy Beatriz. Me soltó con una soberbia.
— ¿Vos sos Alejandro? Mi hijo volvió llorando, me dijo que lo obligaste a limpiarte las zapatillas con la lengua. ¡Sos una basura! Me gritó, intentando empujarme.
— Pasá, no grites que los vecinos son chusmas. Entrá y decime qué pensás de mí. Le dije con elegancia manipuladora.
Ella entró y el perfume floral inundó mi living.
Cerré con llave.
El "clac" resonó y ella se dio vuelta rápido.
— ¿Por qué cerrás? ¡Abrí! Si no lo dejás en paz, te voy a arruinar. Tengo contactos, pendejo. Me amenazó.
— Tus contactos me chupan un huevo. ¿Así le hablás al que tiene el futuro de tu hijo en la mano? Le pregunté, invadiendo su espacio hasta que sintió mi aliento.
— ¡No te me acerques! Sos un asqueroso, un psicópata. Me dijo, pero sus ojos bajaron a mis labios.
— Soy el que decide si la vida de tu hijo es un infierno. ¿Qué tanto lo amás? ¿Estás dispuesta a sacrificarte? Solté casi en un susurro sádico.
— ¿Qué querés? Balbuceó ella con miedo y tensión sexual.
— Quiero que dejes de ser la madre perfecta. Quiero que seas lo que sos: una milf que necesita que un hombre la ponga en su lugar. Quiero que seas mi puta. Le dije con desprecio.
— ¡Eso nunca! ¡Estás loco! Gritó.
— ¿Tu marido sabe que estás acá? Ese tipo es un mediocre, por eso tu hijo es un inútil. Estás desesperada por sentir el rigor de alguien con huevos. Me burlé.
— ¡Callate! ¡No hables así de mi familia! Jadeó, pero no se alejó.
— Tu familia es un chiste. Tu esposo es un fracasado y tu hijo es mi juguete. Ahora, vos vas a ser mi premio. Susurré.

Me quedé mirándola, disfrutando de cómo el aire se le escapaba. El silencio era denso, interrumpido por su respiración y el tic-tac de mi reloj.
— Mirate, rubia. Estás aterrada, pero esa humedad te delata. Sos una hipócrita. Le solté, riendo mientras agarraba el cierre de su vestido.
— ¡No! ¡Soltame, pendejo de mierda! Gritó, intentando manotearme, pero le apreté el agarre haciéndola jadear.
— Shhh... Si gritás, llaman a la cana y me encuentran tranquilo y a vos desnuda. ¿Cómo le explicás eso a tu hijo el nerd? Le susurré.
— Sos un monstruo... un manipulador... Balbuceó, pero dejó de oponer resistencia. Ya no era una madre, era una presa.
— Soy tu dueño por sesenta minutos. Bajé el cierre de un tirón. El sonido fue como un disparo revelando su espalda blanca.
— ¡Por favor! ¡Me voy a morir de vergüenza! Suplicó, intentando cubrirse el pecho, pero fui más rápido.
Le agarré las muñecas levantándoselas sobre la cabeza y la acorralé contra la pared. Le bajé el vestido con una brusquedad insultante.
— Mirá lo que sos. Una milf ninfómana. ¿Tu hijo sabe que tenés estas tetas de puta? Le pregunté, apretándole una con saña.
— ¡Hijo de puta! ¡No hables de él! Jadeó, cerrando los ojos mientras yo le recorría el escote con la mirada.
— Al piso. Ahora. Le ordené, señalando mis pies con soberbia absoluta.
— ¡No! ¡De rodillas no! ¡Tené piedad! Lloriqueó, pero su mirada estaba fija en mi entrepierna, donde mi bulto ya marcaba el jean.
— ¿Piedad? Arrodillate o mañana tu hijo recibe un video mío contando cómo su mamá se desnudó. Vos decidís. Le dije, viéndola quebrarse.
Ella soltó un sollozo y se deslizó hacia el suelo. Sus rodillas golpearon el parquet. Ahí estaba, de rodillas y con las tetas al aire.
— Muy bien. Ahora, servime. Bajame el pantalón. Le ordené, rozando su cara con mi bragueta.
— Te odio tanto... Me escupió, pero sus manos temblorosas ya estaban desprendiendo el botón de mi jean.
Agarró el elástico de mi boxer y me los bajó del todo. Mi verga saltó libre, golpeándole la nariz con un latido violento.
— ¡Dios mío! ¡Es un monstruo! ¡Alejandro, eso no me va a entrar! Exclamó, incapaz de dejar de mirar mi miembro.
— Te va a entrar hasta el fondo. ¿Qué pasa? Tu marido debe tener un maní comparado con esto. Me reí en su cara.
— Empezá a trabajar. Quiero sentir esa boquita. Le ordené, dándole un suave golpe con mi verga en la mejilla.
— No puedo... sos el Bully de mi hijo... Balbuceó, pero sus ojos estaban nublados y su boca se entreabrió.
— Podés y lo vas a hacer. Porque si me hacés acabar, tal vez sea bueno con el inutil. Le dije, agarrándola del pelo con fuerza.
— Sos... el diablo... Me dijo, y cerró los ojos sacando la lengua, lamiendo la base con una desesperación que me hizo gruñir.
La milf había caído.

La vista desde arriba era una obra sádica.
La milf rubia estaba quebrada, con las tetas pesadas balanceándose mientras el vestido le colgaba como un trapo viejo.
— ¡Por favor, Alejandro! ¡Ya me humillaste! No me obligues a meter eso en mi boca... ¡Es el colmo! Suplicó, mirándome con asco y desesperación.
— El colmo es que seas una calienta braguetas. No te hagas la santa. Abrí la boca. Le ordené, acariciándole la mejilla con la punta de mi verga.
— ¡Te odio! ¡Sos un enfermo! ¡Si mi marido se entera te mata! Gritó, intentando un manotazo que esquivé riéndome.
— ¿Tu marido? Ese cornudo trabaja para pagarte el perfume que ahora se mezcla con mi olor. Si no me servís, mañana todos sabrán que su mamá es la mejor puta del barrio. Saqué el celular y lo puse frente a su cara.
— ¡No! ¡A mi hijo no! Él no tiene la culpa. Balbuceó, tapándose la cara, temblando.
— Entonces ya sabés el precio. De rodillas y trabajá. Quiero que esa boquita aprenda a obedecer. Le dije, agarrándola del pelo con una firmeza que le tiró la cabeza atrás.
— Sos lo más bajo que existe... Me dijo con lágrimas, pero se acercó. Sus manos apretaron mis muslos con rabia.
— Menos charla y más succión, perra. Vamos. Le ordené, empujando mi cadera hacia sus labios pintados.
Ella soltó un gruñido de odio y levantó ambas manos mostrando un doble "Fuck You" con una mirada de furia.
— ¡Andate a la mierda, Alejandro! ¡Me das asco! Me escupió, y sin bajar los dedos, envolvió mi verga con desesperación rabiosa.
El sonido de la succión era obsceno.
Me la chupaba con un odio que se sentía en cada movimiento, manteniendo los dedos levantados.
— ¡Eso! ¡Chupala así, puta rabiosa! ¿Ves cómo te gusta el rigor? Le gritaba, hundiendo mi verga en su garganta hasta hacerla lagrimear.
— Mghmm... mghmm... Balbuceaba ella, ahogándose sin bajar los dedos. Sus tetas se sacudían y el perfume ya había desaparecido por el olor a dominación.
— ¡Mirame a la cara y decime con los ojos que sos mi esclava! Le ordené, dándole un tirón de pelo.
Ella bajó los brazos para agarrarse de mis piernas y recuperar aire, escupiendo mi verga con un sonido asqueroso.
Tenía el rímel corrido.
— ¡Me estás lastimando la garganta! ¡Pará! Gritó, pero su respiración era un jadeo ninfómano que la delataba.
— ¿Te duele? Qué lástima. ¿Qué se siente ser tan traidora, rubia? Me burlé, apretando sus pezones con saña.
— ¡Lo hago por mi hijo! Chilló, pero cuando volví a acercarme, ella misma buscó la verga, ansiosa por castigarse con el placer.
— Mentira. Lo hacés porque te encanta que te dominen. Sos una puta inteligente. Le dije, volviendo a hundirme en su boca.
Ella volvió a levantar los dedos del medio mientras me la chupaba con más técnica, dejando que su instinto de milf tomara el control.
— ¡Sí, perra! ¡Esa es la boquita! ¡Ya te voy a bajar los humos! Le dije, sintiendo el límite mientras ella se entregaba a la humillación absoluta de rodillas en mi living.

La tenía exactamente donde quería.
Sus hombros temblaban y sus tetas subían y bajaban con ritmo frenético.
El living olía a ella, a ese perfume caro rindiéndose ante mi deseo.
— ¿Qué pasa, rubia? ¿Te cansaste? ¿Dónde quedó la señora que venía a ponerme los puntos? Le solté con una risotada, disfrutando de cómo apretaba los puños.
— Sos un animal, Alejandro. Por favor... ya es suficiente. Mi hijo... mi marido... Se me parte el alma. Suplicó con la voz quebrada.
— Se te parte el orgullo. Y me encanta. Decime: "Amo, por favor, dejá de usarme como tu juguete". Decilo. Le ordené, enredando mis dedos en su pelo con una brusquedad que la hizo jadear.
— No te voy a dar ese gusto, sádico de mierda. Me escupió, pero sus manos se cerraron sobre mis muslos con una fuerza eléctrica.
— Qué rebelde. Pero cuanto más te resistís, más ganas me dan de contarlo. ¿Te imaginás la cara de tu nene cuando le muestre el audio de su mamá gimiendo? Le susurré al oído.
— ¡No! ¡Te lo ruego! Hago lo que quieras, pero a él no le digas nada. Tené un poco de humanidad. Balbuceó.
Vi una lágrima gorda recorriendo su pecho desnudo.
— Bajá la cabeza. Quiero que me lamas las bolas. Quiero sentir esa lengua de madre ejemplar limpiándome todo el veneno. Le ordené con frialdad.
— ¡Eso es asqueroso! ¡No lo voy a hacer! Gritó, intentando levantarse, pero la devolví al suelo de un movimiento seco.
— Al suelo, puta. ¿Querés que tu hijo pierda la beca? Porque con un solo llamado mío, el nene se queda en la calle. La manipulé viendo cómo sus hombros se desplomaban.
— Sos el demonio... Me dijo con un hilo de voz. Miró mi sexo como si fuera el abismo mismo. El odio en sus ojos era fuego, pero sus manos empezaron a buscar calor.
— No me mires, hacelo. Consucción, rubia. Vamos. Le dije, apoyando la espalda contra la pared.
Ella soltó un suspiro de derrota.
Abrió la boca y, con un gemido de humillación, envolvió mis bolas.
El sonido era una locura: el "slurp" de su lengua y la presión de sus labios.
Sus uñas me marcaban, me odiaba, pero su cuerpo respondía a mi mando.
— ¡Mghmm...! Balbuceaba mientras se esforzaba. La veía desde arriba: la coronilla rubia moviéndose y ese vestido que ya no servía para nada.
— ¡Eso, perra! ¿Ves cómo te gusta servirme? Le gritaba, marcando el compás de su degradación.
— ¡Sos lo peor! Soltó, sacando la boca un segundo con la barbilla brillante. Pero volvió a hundir la cara con una voracidad que me hizo gruñir.
— Te encanta que el bully de tu hijo te tenga así, de rodillas. Le dije, sintiendo cómo su piel ardía.
— ¡Cállate! ¡Hago esto por él! Chilló, pero sus manos ya no apretaban con rabia, acariciaban mis ingles con una suavidad ninfómana, buscando más contacto.
— Mentira. Sos una mentirosa hermosa. No parés hasta que yo te diga. Quiero que me dejes impecable. Le ordené. Ella cerró los ojos y se entregó, demostrándome que ya era mi esclava personal.

La agarré del pelo con una brusquedad que le arrancó un gemido.
La levanté del suelo.
— ¡Soltame! ¡Me estás lastimando, animal! Gritó, intentando clavar sus uñas en mis brazos, pero su cuerpo ya vibraba en otra frecuencia.
— Todavía no terminamos, rubia. Le dije.
La empujé contra la mesada de granito frío.
— ¿Qué... qué pensás hacer ahora? Balbuceó ella, con el brillo de la saliva todavía en sus labios rojos y la mirada perdida.
— ¿No es obvio, Beatriz? Vine a darte la cogida que viniste a buscar y que tanto necesitás. Le respondí con una soberbia que la dejó sin aire.
— ¡Nooo! ¡Eso no! Gritó, pero le di una nalgada tan fuerte que el sonido del impacto retumbó en toda la cocina.
— ¡Por favor, Alejandro! ¡Pará! Es... es muy grande... nunca tuve una verga tan grande como la tuya, me vas a romper... Suplicó, mientras yo le abría las piernas con mis rodillas, ignorando su llanto fingido.
— Tu marido el mediocre no debe saber ni por dónde empezar con una mujer como vos, por eso estás acá, buscando al bully de tu hijo para que te haga sentir mujer de verdad. Le dije, burlándome de la falta de huevos de su esposo.
Le subí el vestido de un tirón hasta la cintura.
— Mirá lo que tenemos acá... ¿Para quién te pusiste este hilo dental negro, Beatriz? Viniste a "reclamar" pero te pusiste lo más provocador que tenías en el cajón. Sos una hipócrita. Me reí, señalando la prenda fina que apenas tapaba su intimidad.
— No... no es lo que pensás... me lo puse sin darme cuenta... no te burles... Balbuceó ella, poniéndose roja de la vergüenza mientras yo le estiraba el elástico con el dedo.
— Mentira. Viniste a ver al bully de tu hijo con este vestido y este hilo... viniste acá a que te coja, Beatriz. No me mientas más. Le solté, dejándola expuesta y temblando contra el mármol.
— ¡No podés ser tan sádico! ¡Por favor, no me cojas acá como a una puta! ¡Dejame chupartela de nuevo o lo que quieras, pero no me hagas el amor así! Lloriqueó, pero sus piernas se abrieron ofreciéndose por completo.
— ¿Hacerte el amor? Jajaja, no te confundas, rubia. A las putas como vos no se les hace el amor, se las coge. Le dije, bajándole el hilo dental negro hasta que cayó a sus tobillos.
— ¡Sos un enfermo! Gritó, pero arqueó la espalda de forma instintiva.
El vestido levantado dejaba ver su culo blanco y firme contra el granito.
— Sos una perra rubia deliciosa. Le dije mientras me posicioné detrás de ella.
— ¡No! ¡Esperá! ¡Duele! Balbuceó, pero antes de que pudiera terminar la frase, se la metí de un solo golpe seco y profundo.
— ¡¡AHHHH!! ¡DIOS! ¡Mghmm...! Soltó un grito de puta desgarrador que se convirtió en un aullido de placer animal mientras se aferraba a la mesada con las manos.
— ¡Eso! ¡Insultame! Decime lo mucho que me odiás mientras sentís cómo te lleno, puta. Le pregunté, moviéndome con violencia rítmica.
— ¡Ahhh...! ¡Es demasiado! ¡Pará, por favor! Suplicó, pero su cuerpo pedía más.
— No paro una mierda. Pensá en el inútil de tu hijo, pensá en tu marido el aburrido. Seguro que tu marido no te hace gritar así. Le dije, dándole un bofetón en el culo.
— ¡No hables de ellos! ¡Ahhh, sí... más fuerte! Terminó gritando, entregada.
Sus insultos eran puro combustible.
— ¡No, no! ¡Esto no me puede gustar! ¡No me gusta! Exclamó ella, entrando en una breve reacción de negación.
— ¿Ves como te gusta? Mirá cómo me apretás, estás chorreando, Beatriz. Jajaja. Me burlé, sintiendo su humedad envolviéndome.
— Admitilo. Sos mi puta rubia. Decilo o le digo a tu familia cómo sos en realidad. La amenacé, frenando el movimiento de golpe, quedándome con la verga enterrada hasta el fondo dentro de ella.
— ¡No! ¡Por favor... no les digas nada...! ¡Te lo suplico...! Balbuceó con la voz temblando, sintiendo mi verga pulsando dentro de su vientre, llenándola por completo mientras ella apenas podía respirar.
— Entonces decilo. Decime "Amo". Ordename que te siga cogiendo como la perra que sos. Le exigí, apretándole la cintura con fuerza.
— ¡No pares! ¡Por favor, Amo! ¡Soy tu puta! ¡Haceme lo que quieras pero no pares! Chilló desesperada, con sumisión ninfómana.
— Demostrame que querés coger, puta. Movete. Le dije con soberbia, quedándome quieto para que ella hiciera el trabajo.
Ella, para demostrarme que aceptaba su lugar, comenzó a mover su culo hacia atrás con dificultad por el tamaño, buscándome, golpeándose contra mi pelvis con una desesperación animal.
— Jajaja, eso es... Así se mueve una perra hambrienta. Le dije mientras la agarraba con una mano del hombro y la otra de la cintura para darle más fuerza.
Le pegué un tirón hacia atrás mientras yo embestía con todo, haciendo que ella levantara la cabeza y soltara un aullido largo, un grito de puta ninfómana que resonó por todo el departamento.
— ¡¡AIIIHHHH!! ¡¡SÍ, AMO!! ¡¡COJEME MÁS FUERTE!! ¡¡SOY TU PUTA!! Gritó aullando, totalmente perdida en la degradación.
— Buena chica. Aguantá, que esto recién empieza. Le dije.
— Así me gusta, perra. Movete para mí. Le dije, mientras comenzaba a cogérmela con una furia.

Beatriz estaba apoyada contra la mesada, con el pecho subiendo y bajando, tratando de recuperar un aliento que yo le había robado a base de estocadas.
Su mirada era una guerra civil: el odio puro hacia el pibe que le hacía la vida imposible a su hijo se mezclaba con una lujuria animal que la tenía chorreando.
Saqué mi verga casi por completo, dejando solo la punta rozando su entrada, disfrutando de cómo ella buscaba el contacto de forma inconsciente.
— ¿Qué pasa, Beatriz? ¿Te quedaste muda? ¿O es que todavía sentís cómo te vibra la concha? Le solté con una sonrisa de superioridad, mientras me separaba de ella lo justo para verla quebrada.
— Sos... un monstruo. Mi hijo te tiene miedo... y yo... yo estoy acá... ya está, Alejandro... ahora me voy. Balbuceó agitada, intentando acomodarse el vestido con las manos temblorosas, pensando que habíamos terminado de coger.
— ¡¿Cómo me dijiste?! Le grité, agarrándola del pelo y tirándole la cabeza hacia atrás para que me mirara.
— Perdón... Alejandro... quiso decir, pero mi mirada de acero la cortó en seco.
— ¡No me llamo Alejandro para vos, perra! ¡Soy tu amo! ¡Decilo! ¡Soy tu dueño y el que destruye a tu hijo si se me canta el forro de las pelotas! Le rugí al oído, apretando mis dedos en su cuero cabelludo.
— Perdón... perdón, Amo... sí, sos mi Amo... Jadeó ella, con las pupilas dilatadas y la respiración rota, aceptando la humillación total.
Me reí en su cara y, sin avisar, me la clavé entera por el culo de un solo golpe seco, haciendo que su espalda se arqueara violentamente contra el mármol.
— ¡¡Guaaaaaah!! ¡Amooo! ¡Nooo! Chilló ella, con un sonido agudo y desgarrador que se transformó en un jadeo húmedo de placer prohibido mientras yo le daba estocadas brutales.
— ¿Terminamos? Recién empezamos, puta. Le susurré al oído mientras seguía con movimientos violentos, escuchando el sonido de mi carne chocando contra su culo: *¡Plaf, plaf, plaf!*
— ¡Ahhh! ¡Haa... haa...! ¡No, pará! ¡Dejame descansar... me duele el culo, Amo! Suplicó ella, con la cara pegada a la mesada, babeando un poco por la intensidad de mis embestidas.
— No vas a descansar un carajo. Ahora me vas a dar tu vagina. Quiero romperte ese orgullo de madre santa por todos lados. ¿Qué decís, Beatriz? ¿Me la das o tengo que obligarte? Le pregunté, dándole un bofetón en la nalga que resonó como un disparo en la cocina.
— No... eso no... por favor... Amo... Jadeó ella, pero a los pocos segundos, vencida por el rigor y el calor que le subía por la espalda, bajó la cabeza.
— Está bien... hacé lo que quieras... pero cogeme de una vez, Amo... te lo ruego...
— No acá. Vamos a mi cuarto. Le ordené, sacándola de ella con un sonido húmedo que delató lo empapada que estaba.
— ¡No! ¡Al cuarto no! ¡Dejame irme, ya tuviste lo que querías! Suplicó, agarrándose de los muebles para no ser arrastrada, con las piernas temblándole como gelatina.
— Mirá la puerta, Beatriz. Está ahí nomás. Pero pensá: si alguien entra ahora y nos ve así, con tu vestido roto y mi leche en tus piernas... no van a ver a una víctima. Van a ver a la "madre del año" gozando de la verga del bully de su hijo. Tu reputación vale lo que yo decida. Caminá, puta. La manipulé con frialdad, disfrutando de cómo su resistencia se desmoronaba bajo el peso del chantaje.
— Te odio... te juro que te odio... Susurró, pero empezó a caminar hacia mi cuarto, derrotada.
Caminaba lento, con las piernas abiertas y una dificultad que delataba lo mucho que la había castigado. Yo iba detrás, llenándome de satisfacción y orgullo al ver su espalda blanca y ese andar errático de hembra sometida.
— ¿Qué pasa, puta? ¿Te duele el culo? Movete más rápido que no tengo toda la tarde. Le solté con soberbia, dándole un empujón para que entrara a la habitación.
Entramos a mi habitación.
Me senté en el borde de la cama, completamente desnudo, abriendo las piernas con una arrogancia absoluta, con mi verga palpitando y apuntando hacia su cara.
Ella se quedó de pie, en el centro, temblando bajo la luz tenue, con el pecho subiendo y bajando de forma errática.
— Desnudate, Beatriz. Sacate ese trapo que ya no te sirve para nada. Quiero ver a mi milf favorita lista para el segundo round. Le ordené, recorriéndola con los ojos con una soberbia que la hacía sentir diminuta.
Ella dudó, sus manos fueron a los breteles del vestido. Sus dedos temblaban visiblemente.
Bajó la tela lentamente, dejando que el vestido cayera al suelo como una piel muerta.
Cuando la tela llegó a la altura de su culo, Beatriz hizo un movimiento instintivo, sacando la cola hacia atrás mientras terminaba de desnudarse, un gesto de puta vieja que no pudo evitar por la excitación acumulada.
Me largué a reír, burlándome de su exhibicionismo involuntario, disfrutando de cómo sus tetas pesadas quedaban a la vista.
— Mirate... sos una puta hermosa. Vení acá. Le ordené con voz de mando.

Me quedé sentado en el borde de la cama, con las piernas bien abiertas, apoyando las manos en el colchón.
Mi verga estaba ahí, erguida, palpitando y apuntando directamente a su cara de "madre preocupada".
Beatriz estaba de pie, a dos metros, desnuda, con la piel blanca contrastando con la oscuridad del cuarto y ese rastro que bajaba por su cuerpo brillando en sus muslos, una mezcla viscosa de mi preseminal y sus propios jugos que reflejaban la luz tenue, delatando que la "señora" estaba derretida por dentro.
Intentó dar un par de pasos, caminando erguida como una persona normal, tratando de rescatar un gramo de dignidad.
— ¿Qué hacés? ¿Quién te creés que sos para venir caminando así, Beatriz? ¿Te pensás que todavía sos una señora de casa, una mujer respetable? Mirate, estás chorreando mi leche y tenés los ojos de una ninfómana. Acá no sos nadie. Le grité.
— Alejandro... por favor... ya estoy acá, ya hice todo lo que quisiste... me desnudé, me dejé... ya está... Suplicó con los ojos empañados, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no quebrarse del todo frente al pibe que usa a su hijo de sirviente en la facultad.
— ¡No me digas Alejandro, pedazo de puta! ¡No sos nadie para usar mi nombre! Para vos soy tu Amo, tu dueño, el que decide si mañana tu hijo entra a la facultad o si le arruino la carrera publicando el video donde lo obligué a lamer mis zapatillas frente a todos. Le rugí, señalando el suelo con el dedo índice, firme, sin un gramo de piedad.
— Perdón... Ale... A... Amo... no, por favor... eso es demasiado... Tené piedad, soy una mujer mayor, no me hagas esto, te lo ruego. Lloriqueó ella, tapándose un poco las tetas con los brazos, un gesto inútil que solo me daba más ganas de romperla.
— Vení como lo que sos, una perra sumisa. Tu hijo gateaba como un gusano para buscarme los apuntes hoy a la mañana mientras yo le pisaba los dedos y me reía en su cara, ahora te toca a vos demostrar que sos igual de servil que ese inútil. ¡Vení gateando hacia mí, puta! ¡AHORA! Le ordené.
Lentamente, fue bajando el cuerpo, apoyando primero una rodilla y después la otra, hundiéndolas en la alfombra con una lentitud que me permitía disfrutar de su quiebre. Luego apoyó primero una mano y después la otra, hasta quedar totalmente en cuatro patas, con la espalda arqueada y la cabeza gacha.
Empezó a avanzar hacia mí, gateando con dificultad porque todavía le temblaban las piernas por la garchada en la cocina y por el peso de la vergüenza.
Sus tetas pesadas se balanceaban de un lado al otro con cada movimiento de sus brazos, y su intimidad quedaba expuesta en cada paso que daba hacia mi verga, brillando bajo la luz de la lámpara.
— Muy bien... así te quería ver. La gran Beatriz, la madre del año, gateando ante el bully de su hijo. ¿Qué pensaría ese fracasado si te viera así ahora? ¿Si viera a su mami moviendo el culo y arrastrándose como una perra faldera para el tipo que lo tiene de alfombra humana en cada clase? Me burlé, soltando una carcajada soberbia mientras ella llegaba a mis pies.
— Sos... sos un demonio... te odio con toda mi alma... pero... por favor, no le digas... no le digas nada... Balbuceó ella, ya entregada, con la cara a centímetros de mis rodillas, sintiendo el calor de mi entrepierna.
— ¿Cómo me dijiste, perra? ¿"Demonio"? A un Amo se lo respeta si no querés que mañana tu hijo sea el hazmerreír de toda la universidad por tu culpa. Repetilo bien. Le advertí, agarrándola del mentón con fuerza, obligándola a mirarme a los ojos mientras mi verga le rozaba la nariz.
— Perdón... perdón Amo... no quise... por favor, Amo, perdoname. Suplicó ella, temblando de miedo y humillación, con la mirada baja y el aliento entrecortado.
— Así me gusta, puta. Ahora, ponete en posición. Poné ese culo para arriba y agachá la cabeza, quiero que me limpies bien las bolas con esa lengua de señora fina. Le ordené, agarrándola del pelo rubio y obligándola a meter la cabeza entre mis muslos, aplastando su cara contra mi escroto.
— ¡No! ¡Las bolas no! ¡Es demasiado degradante, Amo! ¡No me obligues a una bajeza así, te lo suplico por lo más sagrado! Intentó apartar la cara, forcejeando débilmente, pero yo le apreté el puño en el cuero cabelludo, tironeando hacia abajo con saña hasta que soltó un quejido de dolor.
— ¿Te vas a negar ahora? ¿Querés ver cómo envío el video a todo el grupo de la facultad en este preciso instante? ¡Hacelo, puta, o te juro que mañana obligo a tu hijo a lamer mis zapatillas embarradas adelante de todos los profesores y voy a decir que aprendió a lamer así de bien gracias a su mamá! Le grité, sacudiéndole la cabeza.
Abrió la boca con un suspiro de resignación absoluta y envolvió mis testículos.
Con una mano me agarró la base de la verga para apartarla, y con la otra se acomodó mis bolas para metérselas enteras en la boca, pasando su lengua por cada rincón con una desesperación húmeda y rítmica.
El sonido de la succión fue instantáneo, un *slurp* profundo que me hizo cerrar los ojos de puro poder, sintiendo su lengua caliente trabajando para mí mientras sus lágrimas caían sobre mis muslos.
— Mghmm... mghmm... Balbuceaba ella, ahogándose con mi olor, con mi sabor, mientras sus tetas rozaban mis rodillas en cada movimiento circular que hacía con la cabeza.
— ¡Eso! ¡Chupalas bien, puta! ¿Ves que podés? ¿Ves cómo te gusta el rigor de un hombre de verdad? Tu marido es un mediocre que no sabe ni cómo tocarte, por eso estás acá, gozando de la humillación que te doy yo. Le decía, dándole suaves cachetazos en las mejillas mientras ella seguía con su tarea degradante.
— ¡Te... te odio...! ¡Hijo de puta! Logró escupir un segundo cuando sacó la boca para recuperar el aire, mirándome desde abajo con un odio que ya era puro combustible sexual.

Me levanté de la cama con un movimiento brusco, ignorando que ella todavía estaba ahí abajo, y la agarré del pelo con una saña que le hizo soltar un gemido.
La obligué a levantarse y la tiré sobre el colchón.
Beatriz cayó de boca, con las tetas aplastadas contra las sábanas y el culo blanco apuntando al techo.
— ¿Hijo de puta? ¿Todavía te queda lengua para insultarme después de cómo me lamiste las bolas, Beatriz? Me parece que no entendiste quién manda acá. Le rugí, subiéndome a la cama.
— ¿Qué... qué me vas a hacer ahora? Me preguntó ella con la voz temblorosa, mirándome de reojo con pánico.
— Me cansaste, perra. Te voy a educar como la perra que sos. Le solté.
— ¡No! ¡Alejandro, por favor! ¡Fue un impulso! ¡Tené piedad, Ale...! Chilló ella, tratando de cubrirse.
— ¡Amo! ¡Soy tu Amo, perra! ¡No te olvides más de cómo me tenés que llamar!. Le grité, cortándole el nombre en seco.
— ¡Ponete en cuatro, perra! ¡Arriba ese culo!. Le ordené, dándole un chirlo en la nalga izquierda que sonó como un latigazo seco. *¡Plaff!*
La piel blanca se puso roja al instante, marcando la forma de mi mano sobre su piel de milf.
Me posicioné detrás de ella, agarrándola de la cintura con una fuerza que le hundió los dedos en su carne, dejándole marcas.
— Mirá cómo estás para el bully de tu hijo, Beatriz. Tu marido el mediocre debe estar durmiendo ahora mientras yo te estoy por dar la garchada de tu vida. ¿Qué se siente saber que soy el doble de hombre que ese cornudo?. Me burlé, rozando su clítoris con la punta antes de meter mi verga.
— ¡Eso no es verdad...! ¡Él es... él me respeta...! ¡Sos un sádico, Alejandro! ¡No podés ser tan malo!. Gritó ella, aunque su voz sonaba falsa, una mentira que se desarmaba mientras su cuerpo me buscaba por puro morbo.
— No hay comparación, Beatriz. Él te hace el amor, yo te voy a coger duro. Él te cuida, yo te rompo. Le solté.
Me hundí en ella de un solo viaje, seco y brutal. Sentí cómo mi verga de acero forzaba sus paredes, estirándolas al límite mientras el calor de su interior me envolvía, hasta que mis testículos chocaron contra su cola con un golpe sordo.
— ¡¡¡GAAAAAAHHHH!!! ¡DIOS MÍO! ¡ME VAS A PARTIR! ¡ES MUY GRANDE! ¡AMO, SACALA, POR FAVOR!. Aulló Beatriz, sintiendo que la atravesaba.
— ¿Todavía no aprendés, verdad perra?. Le dije, dándole una embestida tan fuerte que su cuerpo voló hacia adelante.
Sus manos arañaron las sábanas con desesperación y sus piernas fallaron, hundiéndose en el colchón por el impacto de mi tamaño.
— ¡¿Qué pasa, puta?! ¿Te duele que te llene de verdad?. Le grité, empezando a darle estocadas largas, sacándola casi toda y volviendo a entrar con violencia. *¡Slurp, plaf, slurp, plaf!*
— ¡Ahhh! ¡Mghmm! ¡Es... es que no me entra! ¡Me estirás toda! ¡Amo... me vas a romper!. Balbuceaba ella entre sollozos y jadeos ninfómanos, mientras su cabeza se sacudía de adelante hacia atrás sobre la cama.
— ¡Decime qué se siente! ¡Decime que el pibe que humilla a tu hijo te está rompiendo toda! ¡Cantalo!. Le exigí, dándole otro chirlo feroz en la otra nalga. *¡Plaff!*
— ¡Se siente que me partís! ¡Ahhh! ¡Sí, Amo! ¡Me duele pero me encanta! ¡Rompeme toda!. Gritó ella, perdiendo la cordura.
— ¡Eso es! ¡Esa es la milf puta que sos!. Me reí, dándole otra nalgada sonora.
— ¡Tomá! ¡Este es tu castigo por ser la perra del bully de tu hijo! ¡Este es tu lugar!. Le dije.
Mis embestidas eran cada vez más rápidas, más potentes, haciendo que su cuerpo chocara contra el mío con un sonido obsceno que llenaba todo el cuarto.
— ¡¿Quién es mi puta?! ¡Decilo!. Le grité, pero ella solo soltaba quejidos y ruidos guturales, ida por el placer.
Le agarré el pelo con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás para que me mirara de reojo mientras le descargaba una serie de nalgadas que hacían eco en la habitación. Beatriz se mordía el labio inferior con desesperación, soltando gemidos húmedos y calientes que delataban su excitación total.
— ¡Mmmgh... ahhh... sí! ¡Más fuerte, Amo! ¡Ahhh, ahhh!. Gemía ella, entregada a la humillación.
— ¡¿Quién es mi perra, puta?! ¡Respondeme ahora!. Le rugí enojado, tirándole del pelo hacia atrás para que me sintiera todavía más profundo.
— ¡¡SÍIIII!! ¡¡SOY TU PERRA!! ¡¡AHHHH!!. Gritó ella, apretándome con sus paredes internas mientras su espalda se arqueaba y levantaba el culo con desesperación.
Yo no paré.
La milf estaba domada, rota y su cuerpo me pedía por favor que no la soltara nunca.

La tenía ahí, entregada, con el orgullo hecho pedazos sobre mi cama.
La saqué de ella con un sonido húmedo, un *chlop* que resonó en el silencio del cuarto, y antes de que pudiera recuperar el aire, le di una estocada final, corta pero brutal, que la hizo saltar.
— ¡Ahhh! ¡Amo... por favor! ¡Me vas a dejar lisiada! ¡No me entra más, te juro que me partís en dos!. Chilló Beatriz, hundiéndose en la almohada con el cuerpo temblando.
— Menos queja y más acción, rubia. Arriba. Ponete sobre mí. Quiero que sientas cómo te ensartás sola en tu propia derrota. Le ordené, recostándome contra el respaldo con una parsimonia sádica.
— ¡No puedo! ¡No tengo fuerzas! ¡Mis piernas son gelatina, Am... Amo!. Balbuceó ella, tratando de incorporarse con una torpeza que me daba risa.
— ¿No tenés fuerzas? Para venir a casa a "ponerme los puntos" tenías mucha energía. Ahora demostrame que servís para algo más que para cocinarle al inútil de tu hijo. ¡Arriba! ¡Ahora!. Le rugí, dándole un empujón que la obligó a sentarse sobre mis muslos, dándome la espalda.
Beatriz se acomodó, temblando, con su espalda blanca y perfecta frente a mí, mientras sus tetas pesadas subían y bajaban. Se veía hermosa y rota. Agarró mi verga con sus manos finas, esas manos de "madre de casa", guiándola hacia su entrada.
— Es que... es una locura... Amo, ¿cómo hacés para tenerla así? Es un animal... me vas a destrozar la vagina... Susurró, mirando por encima de su hombro con puro terror.
— Callate y bajá, perra. Sentate en el tipo que ayer humilló a tu nene en la facultad. Pensá en eso mientras te abrís. Le dije, disfrutando de cómo su espalda se tensaba antes de empezar a bajar con una lentitud agónica.
— ¡¡Guaaaaaah!! ¡DIOS! ¡Amooooo!. Gritó Beatriz, frenándose de golpe apenas la cabeza de mi verga empezó a dilatarla, sintiendo la presión de ese grosor prohibido.
— ¡Bajá toda! ¡No te di permiso para frenar!. Le grité, agarrándola firme de las caderas y tironeándola hacia abajo con un movimiento seco y cruel.
— ¡¡¡SÍIIIIII!!! ¡¡¡AHHHH!!!. Aulló ella, un grito que se escuchó seguramente en todo el piso, mientras mis centímetros se hundían en su vagina, estirándola hasta el límite físico. Se quedó ahí, clavada, respirando como si estuviera corriendo una maratón.
— Jajajaja, mirate... la señora Beatriz, la mujer del mediocre, ensartada como una cualquiera en mi cuarto. ¿Qué diría tu marido si viera que su "compañera de vida" tiene la cara llena de placer por el pibe que su hijo más odia? Me reí en su cara, viendo cómo su nuca se arqueaba hacia atrás, buscando mi contacto.
— ¡Él... él es un santo! ¡Vos sos un demonio! ¡Pero me hacés sentir cosas que él nunca... ahhh... mghm! Exclamó, y empezó a moverse sola, subiendo y bajando con una desesperación animal, haciendo que sus nalgas chocaran con fuerza contra mi pubis.
— ¡Sí! ¡Pero me encanta! ¡Ahhh! ¡Es enorme, Amo! ¡Me llenás toda, no queda lugar para nada más! ¡Rompeme, seguí que me estoy viniendo! Gritó ella, entregada al ritmo que yo le imponía desde abajo.
— ¡Mirá cómo rebotás, puta! ¡Mirame de reojo y decime quién es tu dueño! Mañana cuando le des el beso de las buenas noches a tu hijo, te vas a acordar de cómo te movías arriba mío como una ninfómana. Le dije, apretándole la cintura con fuerza para marcarle los dedos mientras veía su espalda sudada sacudirse.
— ¡Soy tu puta! ¡Soy la puta del bully de mi hijo y me encanta! ¡Haceme lo que quieras! ¡Mghmm... sí! ¡Por favor cojeme así todos los días!. Me dijo, perdiendo el poco juicio que le quedaba mientras el sonido de nuestros cuerpos chocando *¡Plaf, plaf, plaf!* llenaba la habitación.

La agarré de la cintura con una fuerza animal mientras ella todavía rebotaba arriba mío, cortándole el ritmo de golpe.
Beatriz soltó un gemido de sorpresa, pero antes de que pudiera decir nada, la giré en el aire y la estampé contra el colchón, poniéndola boca arriba.
La cama crujió bajo su peso y mis rodillas le abrieron las piernas de par en par, dejándola completamente expuesta.
Apoyé mi mano izquierda al lado de su cabeza, hundiendo mis manos en mi cama, mientras con la derecha le aferraba el muslo con una presión que le dejaba los dedos marcados en la piel blanca.
Mi verga, todavía palpitante, buscó su entrada y se hundió de nuevo hasta el fondo en un solo movimiento seco.
— ¡¡¡GAAAAAAHHHH!!! ¡Am...Amooo! ¡Siento que me vas a atravesar!. Aulló ella, arqueando la espalda mientras sus manos buscaban desesperadamente mi antebrazo, apretándolo con sus uñas como si fuera lo único sólido en un mundo que se le desarmaba.
— Mirate la cara, Beatriz. Tenés los ojos de una ninfómana. ¿Dónde quedó la mujer que me miraba con asco en la puerta? Le rugí, empezando a darle embestidas lentas, profundas, disfrutando de cómo sus tetas pesadas se sacudían violentamente con cada golpe.
— ¡Se... se fue! ¡Esa mujer se murió en tu cocina! ¡Ahhh... mghmm! ¡Sos un animal, Amo! ¡Me estás rompiendo toda por dentro y lo peor es que no quiero que pares! ¡Haceme lo que quieras, cogeme así siempre! Chilló ella, con el pelo rubio totalmente desordenado y la boca entreabierta, chorreando saliva y deseo.
— ¡Eso es! ¡Gritalo más fuerte! Que se entere todo el edificio que la mamá del nerd es la perra más caliente del barrio. ¿Qué pasaría si tu hijo entra ahora y ve cómo tus tetas bailan para mí mientras yo te garcho? ¿Qué pensaría de su "madre ejemplar" viéndote lamer mis bolas hace un minuto? Me burlé, acelerando el ritmo hasta que el sonido de la carne chocando *¡Plaf, plaf, plaf!* se volvió ensordecedor.
— ¡No... no digas eso! ¡Se moriría de la vergüenza! ¡Mghmm... sí! ¡Pero es la verdad! ¡Soy una puta, Amo! ¡Soy tu puta y me encanta que me trates así! ¡Rompeme más, no me tengas piedad! Balbuceó ella, perdiendo el poco juicio que le quedaba.
— Tu marido el mediocre te toca con miedo, te pide permiso. Yo te tomo porque sos mía. Sentí cómo te estiro, sentí cómo mi verga de acero te marca el ritmo de tu nueva vida. Mañana, cuando tu hijo me traiga el café a la mesa como el sirviente que es, yo me voy a estar riendo acordándome de cómo me pedías por favor que no te la sacara. Le susurré, bajando la cara.
— ¡Ahhh, Dios mío! ¡Es que no puedo parar de pensar en eso! ¡Me da asco y me calienta al mismo tiempo! ¡Sí, ahí! ¡Más profundo, por favor! Gritó Beatriz, mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su vagina empapada.
— ¡Mirame a los ojos, perra! ¡Mirame mientras te termino de destruir! Quiero ver ese odio mezclado con el placer de ser dominada por el bully de tu hijo. ¡Decime quién es tu macho perra! Le ordené, dándole una embestida tan fuerte que su cabeza golpeó contra el respaldo.
— ¡VOS! ¡VOS SOS MI MACHO! ¡MI MARIDO ES UN INUTIL AL LADO TUYO! ¡VOS SOS MI AMO! ¡AHHHH, SÍIIII! Exclamó ella, con las pupilas dilatadas y el cuerpo temblando en un espasmo de placer puro, reconociendo por fin que, a pesar de todo el odio, ya no podía vivir sin mi.

La saqué de un tirón, escuchando ese *chlop* húmedo y pegajoso que delataba lo abierta y empapada que la había dejado.
Beatriz se desplomó un segundo sobre las sábanas, respirando con dificultad, con las piernas abiertas y los muslos temblando en espasmos involuntarios.
No le di tiempo a recuperarse.
Ella se quedó un segundo ida, con la mirada perdida en el techo y las piernas todavía abiertas.
— ¡Abajo, perra! ¡Al suelo! ¡Todavía no terminamos!. Le rugí, señalando frente a mis pies.
Beatriz reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Se arrastró fuera de la cama con una torpeza deliciosa, sus rodillas golpearon el suelo y quedó ahí, de rodillas ante mí.
La imagen era pura lujuria y humillación: la milf impecable ahora estaba desnuda y chorreando, de rodillas ante el bully de su hijo, totalmente entregada.
— Mirame, puta. Levantá esa cabecita de madre ejemplar. Le dije, agarrando mi verga y empezando a masturbarme con lentitud.
Beatriz tragó saliva, temblando.
Sus manos finas, de uñas cuidadas, fueron hacia sus tetas.
Se levantó sus tetas pesadas hacia mí, con los pezones duros como piedras.
— ¡Amo! ¡Mirame! ¡Son tuyas! ¡Dámelo todo, quiero tu leche!. Me suplicó ella, con los ojos inyectados en deseo.
— ¡Jajajaja! ¡Mirate, Beatriz! ¡La mamá del inútil de tu hijo arrodillada pidiéndome semen como una puta barata! ¡Sos una puta!. Me burlé, viéndola desde arriba con total superioridad.
— ¡Que se entere! ¡Que lo sepa todo el mundo! ¡Ya no me importa nada! ¡Solo quiero tu semen, Amo! ¡Dáme tu semen, por favor!. Gritó ella, perdiendo el poco juicio que le quedaba, mientras se apretaba el pecho.
— ¡¿Tanto la querés, perra?! ¡¿Querés el semen del bully de tu hijo?! ¡Abrí bien esa boquita!. Le rugí, dándole un chirlo en la cara que la hizo jadear.
Beatriz abrió la boca con una desesperación animal, sacando la lengua de par en par.
Sus ojos estaban fijos en mi verga, dilatados, hipnotizados por la dominación total que ejercía sobre ella.
— ¡SÍIIII! ¡DÁMELA! ¡LO QUIERO TODO!. Suplicaba ella, babeando de pura anticipación.
— ¡TOMÁ, PUTA! ¡TRAGATE TODA LA LECHE DEL BULLY DE TU HIJO!. Le grité, mientras mi cuerpo se tensaba y el primer chorro de semen caliente salió disparado con una fuerza brutal.
Beatriz abría cada vez más la boca, mientras más chorros le bañaban los labios y caían sobre sus tetas levantadas.
— ¡Mghm... mghmm... ahhh!. Hacía ruidos guturales mientras intentaba capturar cada gota que volaba hacia ella.
Me quedé ahí, jadeando, viendo cómo la "Gran Señora" pasaba la lengua por sus labios para no desperdiciar nada, con la cara toda chorreada de mi semen, brillando bajo la luz del cuarto.
— ¡Gracias... gracias, Amo! ¡Soy tu perra... siempre voy a ser tu perra!. Susurró ella, lamiéndose los labios con una sonrisa de absoluta derrota y placer.
— ¡Eso! ¡Mirame desde ahí abajo! Decime, ¿qué se siente ofrecerle tu cuerpo al tipo que ayer humilló a tu hijo frente a toda la clase? ¿Qué se siente ser la perra del bully de tu hijo?. Me burlé con una sonrisa cruel.
— ¡Se siente... que soy una puta! ¡Ahhh! ¡Amo, por favor! ¡Dámelo más, lo necesito! ¡Necesito sentir que soy tuya!. Suplicó ella, con la lengua afuera, balbuceando como una ninfómana mientras sus manos apretaban sus tetas con una fuerza que le dejaba marcas rojas.
— ¡Gritalo más fuerte! ¿Querés mi semen, Beatriz? ¿Querés que el bully de tu hijo te deje la cara brillante para que te acuerdes de mí?. Le rugí, agarrándola del pelo para que no apartara la vista.
— ¡SÍII! ¡POR FAVOR, AMO! ¡LLENAME LA BOCA! ¡QUIERO SER TU PERRA!. Gritó ella, totalmente ida, acercando su cara a mi verga con una desesperación enferma.
— ¡Mirá cómo se te hace agua la boca, perra! Sos igual que todas, una milf aburrida que necesitaba un macho de verdad que la ponga en su lugar. ¡Mañana tu hijo va a ver tu cara y no va a entender por qué tenés ese brillo de puta en los ojos!. Me reí, sintiendo que ya no aguantaba más la presión en mi base.
— ¡NO ME IMPORTA NADA! ¡DAME TU LECHE, AMO! ¡SÍIIII, AHÍ!. Aulló Beatriz, mientras sus manos se desesperaban apretando su propio pecho.
— ¡TOMÁ, PUTA! ¡ESTO ES POR TU HIJO Y POR TU MARIDO EL CORNUDO!. Le grité, mientras mi verga explotaba de nuevo.
El primer chorro le pegó directo en el labio inferior y la barbilla.
Beatriz ni se inmutó, dejó que la leche le inundara la boca, tragando de forma rítmica y profunda.
El semen bajaba por su garganta mientras los siguientes chorros le decoraban las mejillas, la nariz y sus tetas levantadas.
Cerró los ojos, saboreando cada gota que le caía en la lengua con un gemido de satisfacción pura que me erizó la piel.
— ¡Mmmgh... ahhh... gracias, Amo! ¡Gracias por marcarme así y llenarme de tu semen!. Susurró ella, lamiéndose los labios con una lentitud ninfómana y tragando lo último que le quedaba en la boca.
Se quedó ahí, mirándome desde el suelo con una devoción enferma y los ojos brillantes, bañada en mi leche como la puta que siempre quiso ser.

Me quedé ahí, de pie frente a ella, respirando agitado mientras la veía saborear mi leche con esa devoción enferma.
La agarré del pelo con una mano, enredando mis dedos en sus mechones rubios y tirando de su cabeza hacia atrás para que me mirara.
Beatriz tenía la cara hecha un desastre: el semen le brillaba en las mejillas, le colgaba de la barbilla y se mezclaba con su propia saliva en un hilo espeso que conectaba su boca con mis muslos.
— No te di permiso para que dejes de trabajar, perra. Mirá cómo me dejaste, mi verga está sucia y quiero que me dejes impecable. ¡Limpiame! ¡Lamé todo hasta que no quede rastro!. Le ordené, empujando mi verga todavía húmeda contra sus labios bañados en mi propio fluido.
— ¡Mghm... sí, Amo! ¡Todo... quiero limpiarte todo!. Balbuceó ella, y sin que tuviera que pedírselo dos veces, envolvió mi miembro con una voracidad que me hizo tensar los abdominales.
El sonido era una locura en el silencio del cuarto. Un *slurp, slurp* rítmico y pegajoso llenaba el aire mientras su lengua pasaba por cada vena, por cada pliegue, succionando con una fuerza profesional.
Cerró los ojos y se entregó a la tarea, moviendo la cabeza de adelante atrás, mientras sus manos, todavía untadas de semen, se acariciaban las tetas con una desesperación ninfómana.
— ¡Eso, así! ¡Tragá mi semen, rubia! Que no quede nada. Pensá que hace una hora me mirabas desde arriba y ahora estás ahí, lamiendo el semen del tipo que le hace la vida imposible a tu hijo. Me burlé.
— ¡Mghm... se siente... glorioso! ¡Ahhh! ¡Soy tuya, Amo! ¡Soy la perra del bully de mi hijo y me encanta que me uses así!. Logró articular ella entre succión y succión, levantando la vista con las pupilas tan dilatadas.
De repente, la agarré firme de la nuca.
No quería solo una limpieza, quería demostrarle quién mandaba de verdad antes de que se fuera a su casa.
La empujé hacia adelante con un movimiento seco, obligándola a hacer un garganta profunda que la dejó sin aire.
— ¡Guaaaah... mghm... mghm! El sonido de su garganta tratando de procesar el grosor de mi verga era música para mis oídos.
Sus manos se aferraron a mis muslos con fuerza, sus uñas se clavaron en mi piel.
— ¡Tragátela toda! ¡Hasta el fondo, perra!. Le rugí.
Cuando finalmente la solté, Beatriz cayó hacia atrás, apoyando las palmas en el suelo, tosiendo y jadeando, con la boca abierta de par en par.
Un hilo de saliva mezclado con semen y baba le colgaba de los labios, chorreando por su barbilla y cayendo sobre su pecho agitado.
— ¡Dios... Amo... me... me encanta! ¡Siento que todavía te tengo adentro!. Exclamó ella con la voz rota, pasándose el dorso de la mano por la boca para limpiarse el exceso de líquido que le desbordaba, pero solo logrando ensuciarse más.
De pronto, Beatriz levantó la vista y me clavó una sonrisa de satisfacción pura, una mirada de agradecimiento que me dio escalofríos de poder.
— Gracias, Amo... gracias por sacarme esa careta de madre perfecta y convertirme en esto... en tu puta. Nunca me sentí tan viva como hoy, siendo humillada por vos. Susurró ella mientras se relamía las sobras de mi leche de los labios.
La milf estaba quebrada y reconstruida a mi imagen. Ya no era una madre, ya no era una esposa aburrida de country, era simplemente mi juguete personal, mi esclava urbana que ahora me miraba con una devoción peligrosa.
Me quedé mirándola desde arriba, viendo cómo la "Gran Señora" se humillaba voluntariamente, sabiendo que este era solo el principio de su nueva vida.
— Mañana vas a venir de nuevo, y quiero que traigas puesta la ropa que yo te diga, ¿entendiste?. Le solté, viéndola asentir con un frenesí ninfómano mientras se acariciaba el cuello.
Ella me miró una última vez, se lamió los labios con una lentitud que prometía mucho más, y se quedó ahí, esperando mi próxima orden con la cara bañada en el pecado, lista para que el bully de su hijo la use una y otra vez hasta que no quede nada de la mujer que solía ser.

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Este es el cierre del relato tipo copy para gancho final de mis seguirdores
¡Beatriz está quebrada, chorreada y totalmente adicta!
Después de usarla para destruir el orgullo de su hijo nerd y humillar al marido mediocre que no le sirve para nada, la MILF rubia entendió que no hay vuelta atrás.
Llegó a mi puerta con aires de señora intocable, perfume caro y la frente en alto, pero se va con las piernas temblando, el rímel corrido y el sabor de mi semen en la garganta.
Mientras su marido le "hace el amor" con ternura aburrida y su hijo estudia, ella cierra los ojos y revive cómo la garcho duro contra la mesada, deseando que el bully de su hijo la use una y otra vez como la perra que realmente es.
Ella me ruega que no la suelte, me pide por favor que la siga usando mientras su hijo y su esposo la esperan en casa, sin sospechar que su "madre ejemplar" ahora solo vive para mi placer.
Si quieren ver a Beatriz sucumbir totalmente al placer prohibido y degradante de ser la perra del bully de su hijo... ¡Quiero ver esos puntos y comentarios explotando!
Si este post explota y me demuestran que son adict@s a este contenido de categoría BULLY, seguiré sacando más historias de este estilo y subiré la segunda parte con Beatriz.
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Anterior Relato:
Elisa: Mi Tía Recién Separada:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6326456/Elisa-Mi-Tia-Recien-Separada.html
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Próxima Relato:
Noelia: La Novia De Mi Mejor Amigo:
(Próximamente)
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Anterior Mandamiento:
Mi Mandamiento 1:
https://www.poringa.net/posts/gif/6326849/Mi-Mandamiento-1.html
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Próximo Mandamiento:
Mi Mandamiento 2:
(Próximamente)
Tiene ese aire de "mujer inalcanzable", con una piel blanca impecable que contrasta con el rojo de mis chirlos.
Sus tetas son naturales, pesadas y firmes, de esas que necesitan manos fuertes que las marquen, y un culo redondo de gimnasio que parece hecho para rebotar contra mi pelvis.
Mentalmente: es una madre leona que se dio cuenta de que su mayor fantasía era ser usada por el bully de su hijo.
Es una hipócrita hermosa que cambió su moral burguesa por el sabor de mi leche, una mujer que ahora vive con el secreto de que el bully de su hijo es el único macho que logró hacerla sentir como la puta que siempre escondió bajo sus vestidos caros.

Estaba sentado en el sillón, mirando una serie sin prestar atención.
El timbre rompió el silencio con tres toques secos y violentos. Me levanté despacio, sin apuro.
Miré por la mirilla y sonreí: una rubia de unos 45 años, con un vestido ajustado y cara de pocos amigos, golpeaba el suelo con sus tacos caros.
Abrí de golpe, apoyándome en el marco.
— Baja los humos, rubia. Por esa cara de orto, asumó que venís a quejarte. Solté, recorriéndola con una mirada que la desnudó.
— Soy Beatriz. Me soltó con una soberbia.
— ¿Vos sos Alejandro? Mi hijo volvió llorando, me dijo que lo obligaste a limpiarte las zapatillas con la lengua. ¡Sos una basura! Me gritó, intentando empujarme.
— Pasá, no grites que los vecinos son chusmas. Entrá y decime qué pensás de mí. Le dije con elegancia manipuladora.
Ella entró y el perfume floral inundó mi living.
Cerré con llave.
El "clac" resonó y ella se dio vuelta rápido.
— ¿Por qué cerrás? ¡Abrí! Si no lo dejás en paz, te voy a arruinar. Tengo contactos, pendejo. Me amenazó.
— Tus contactos me chupan un huevo. ¿Así le hablás al que tiene el futuro de tu hijo en la mano? Le pregunté, invadiendo su espacio hasta que sintió mi aliento.
— ¡No te me acerques! Sos un asqueroso, un psicópata. Me dijo, pero sus ojos bajaron a mis labios.
— Soy el que decide si la vida de tu hijo es un infierno. ¿Qué tanto lo amás? ¿Estás dispuesta a sacrificarte? Solté casi en un susurro sádico.
— ¿Qué querés? Balbuceó ella con miedo y tensión sexual.
— Quiero que dejes de ser la madre perfecta. Quiero que seas lo que sos: una milf que necesita que un hombre la ponga en su lugar. Quiero que seas mi puta. Le dije con desprecio.
— ¡Eso nunca! ¡Estás loco! Gritó.
— ¿Tu marido sabe que estás acá? Ese tipo es un mediocre, por eso tu hijo es un inútil. Estás desesperada por sentir el rigor de alguien con huevos. Me burlé.
— ¡Callate! ¡No hables así de mi familia! Jadeó, pero no se alejó.
— Tu familia es un chiste. Tu esposo es un fracasado y tu hijo es mi juguete. Ahora, vos vas a ser mi premio. Susurré.

Me quedé mirándola, disfrutando de cómo el aire se le escapaba. El silencio era denso, interrumpido por su respiración y el tic-tac de mi reloj.
— Mirate, rubia. Estás aterrada, pero esa humedad te delata. Sos una hipócrita. Le solté, riendo mientras agarraba el cierre de su vestido.
— ¡No! ¡Soltame, pendejo de mierda! Gritó, intentando manotearme, pero le apreté el agarre haciéndola jadear.
— Shhh... Si gritás, llaman a la cana y me encuentran tranquilo y a vos desnuda. ¿Cómo le explicás eso a tu hijo el nerd? Le susurré.
— Sos un monstruo... un manipulador... Balbuceó, pero dejó de oponer resistencia. Ya no era una madre, era una presa.
— Soy tu dueño por sesenta minutos. Bajé el cierre de un tirón. El sonido fue como un disparo revelando su espalda blanca.
— ¡Por favor! ¡Me voy a morir de vergüenza! Suplicó, intentando cubrirse el pecho, pero fui más rápido.
Le agarré las muñecas levantándoselas sobre la cabeza y la acorralé contra la pared. Le bajé el vestido con una brusquedad insultante.
— Mirá lo que sos. Una milf ninfómana. ¿Tu hijo sabe que tenés estas tetas de puta? Le pregunté, apretándole una con saña.
— ¡Hijo de puta! ¡No hables de él! Jadeó, cerrando los ojos mientras yo le recorría el escote con la mirada.
— Al piso. Ahora. Le ordené, señalando mis pies con soberbia absoluta.
— ¡No! ¡De rodillas no! ¡Tené piedad! Lloriqueó, pero su mirada estaba fija en mi entrepierna, donde mi bulto ya marcaba el jean.
— ¿Piedad? Arrodillate o mañana tu hijo recibe un video mío contando cómo su mamá se desnudó. Vos decidís. Le dije, viéndola quebrarse.
Ella soltó un sollozo y se deslizó hacia el suelo. Sus rodillas golpearon el parquet. Ahí estaba, de rodillas y con las tetas al aire.
— Muy bien. Ahora, servime. Bajame el pantalón. Le ordené, rozando su cara con mi bragueta.
— Te odio tanto... Me escupió, pero sus manos temblorosas ya estaban desprendiendo el botón de mi jean.
Agarró el elástico de mi boxer y me los bajó del todo. Mi verga saltó libre, golpeándole la nariz con un latido violento.
— ¡Dios mío! ¡Es un monstruo! ¡Alejandro, eso no me va a entrar! Exclamó, incapaz de dejar de mirar mi miembro.
— Te va a entrar hasta el fondo. ¿Qué pasa? Tu marido debe tener un maní comparado con esto. Me reí en su cara.
— Empezá a trabajar. Quiero sentir esa boquita. Le ordené, dándole un suave golpe con mi verga en la mejilla.
— No puedo... sos el Bully de mi hijo... Balbuceó, pero sus ojos estaban nublados y su boca se entreabrió.
— Podés y lo vas a hacer. Porque si me hacés acabar, tal vez sea bueno con el inutil. Le dije, agarrándola del pelo con fuerza.
— Sos... el diablo... Me dijo, y cerró los ojos sacando la lengua, lamiendo la base con una desesperación que me hizo gruñir.
La milf había caído.

La vista desde arriba era una obra sádica.
La milf rubia estaba quebrada, con las tetas pesadas balanceándose mientras el vestido le colgaba como un trapo viejo.
— ¡Por favor, Alejandro! ¡Ya me humillaste! No me obligues a meter eso en mi boca... ¡Es el colmo! Suplicó, mirándome con asco y desesperación.
— El colmo es que seas una calienta braguetas. No te hagas la santa. Abrí la boca. Le ordené, acariciándole la mejilla con la punta de mi verga.
— ¡Te odio! ¡Sos un enfermo! ¡Si mi marido se entera te mata! Gritó, intentando un manotazo que esquivé riéndome.
— ¿Tu marido? Ese cornudo trabaja para pagarte el perfume que ahora se mezcla con mi olor. Si no me servís, mañana todos sabrán que su mamá es la mejor puta del barrio. Saqué el celular y lo puse frente a su cara.
— ¡No! ¡A mi hijo no! Él no tiene la culpa. Balbuceó, tapándose la cara, temblando.
— Entonces ya sabés el precio. De rodillas y trabajá. Quiero que esa boquita aprenda a obedecer. Le dije, agarrándola del pelo con una firmeza que le tiró la cabeza atrás.
— Sos lo más bajo que existe... Me dijo con lágrimas, pero se acercó. Sus manos apretaron mis muslos con rabia.
— Menos charla y más succión, perra. Vamos. Le ordené, empujando mi cadera hacia sus labios pintados.
Ella soltó un gruñido de odio y levantó ambas manos mostrando un doble "Fuck You" con una mirada de furia.
— ¡Andate a la mierda, Alejandro! ¡Me das asco! Me escupió, y sin bajar los dedos, envolvió mi verga con desesperación rabiosa.
El sonido de la succión era obsceno.
Me la chupaba con un odio que se sentía en cada movimiento, manteniendo los dedos levantados.
— ¡Eso! ¡Chupala así, puta rabiosa! ¿Ves cómo te gusta el rigor? Le gritaba, hundiendo mi verga en su garganta hasta hacerla lagrimear.
— Mghmm... mghmm... Balbuceaba ella, ahogándose sin bajar los dedos. Sus tetas se sacudían y el perfume ya había desaparecido por el olor a dominación.
— ¡Mirame a la cara y decime con los ojos que sos mi esclava! Le ordené, dándole un tirón de pelo.
Ella bajó los brazos para agarrarse de mis piernas y recuperar aire, escupiendo mi verga con un sonido asqueroso.
Tenía el rímel corrido.
— ¡Me estás lastimando la garganta! ¡Pará! Gritó, pero su respiración era un jadeo ninfómano que la delataba.
— ¿Te duele? Qué lástima. ¿Qué se siente ser tan traidora, rubia? Me burlé, apretando sus pezones con saña.
— ¡Lo hago por mi hijo! Chilló, pero cuando volví a acercarme, ella misma buscó la verga, ansiosa por castigarse con el placer.
— Mentira. Lo hacés porque te encanta que te dominen. Sos una puta inteligente. Le dije, volviendo a hundirme en su boca.
Ella volvió a levantar los dedos del medio mientras me la chupaba con más técnica, dejando que su instinto de milf tomara el control.
— ¡Sí, perra! ¡Esa es la boquita! ¡Ya te voy a bajar los humos! Le dije, sintiendo el límite mientras ella se entregaba a la humillación absoluta de rodillas en mi living.

La tenía exactamente donde quería.
Sus hombros temblaban y sus tetas subían y bajaban con ritmo frenético.
El living olía a ella, a ese perfume caro rindiéndose ante mi deseo.
— ¿Qué pasa, rubia? ¿Te cansaste? ¿Dónde quedó la señora que venía a ponerme los puntos? Le solté con una risotada, disfrutando de cómo apretaba los puños.
— Sos un animal, Alejandro. Por favor... ya es suficiente. Mi hijo... mi marido... Se me parte el alma. Suplicó con la voz quebrada.
— Se te parte el orgullo. Y me encanta. Decime: "Amo, por favor, dejá de usarme como tu juguete". Decilo. Le ordené, enredando mis dedos en su pelo con una brusquedad que la hizo jadear.
— No te voy a dar ese gusto, sádico de mierda. Me escupió, pero sus manos se cerraron sobre mis muslos con una fuerza eléctrica.
— Qué rebelde. Pero cuanto más te resistís, más ganas me dan de contarlo. ¿Te imaginás la cara de tu nene cuando le muestre el audio de su mamá gimiendo? Le susurré al oído.
— ¡No! ¡Te lo ruego! Hago lo que quieras, pero a él no le digas nada. Tené un poco de humanidad. Balbuceó.
Vi una lágrima gorda recorriendo su pecho desnudo.
— Bajá la cabeza. Quiero que me lamas las bolas. Quiero sentir esa lengua de madre ejemplar limpiándome todo el veneno. Le ordené con frialdad.
— ¡Eso es asqueroso! ¡No lo voy a hacer! Gritó, intentando levantarse, pero la devolví al suelo de un movimiento seco.
— Al suelo, puta. ¿Querés que tu hijo pierda la beca? Porque con un solo llamado mío, el nene se queda en la calle. La manipulé viendo cómo sus hombros se desplomaban.
— Sos el demonio... Me dijo con un hilo de voz. Miró mi sexo como si fuera el abismo mismo. El odio en sus ojos era fuego, pero sus manos empezaron a buscar calor.
— No me mires, hacelo. Consucción, rubia. Vamos. Le dije, apoyando la espalda contra la pared.
Ella soltó un suspiro de derrota.
Abrió la boca y, con un gemido de humillación, envolvió mis bolas.
El sonido era una locura: el "slurp" de su lengua y la presión de sus labios.
Sus uñas me marcaban, me odiaba, pero su cuerpo respondía a mi mando.
— ¡Mghmm...! Balbuceaba mientras se esforzaba. La veía desde arriba: la coronilla rubia moviéndose y ese vestido que ya no servía para nada.
— ¡Eso, perra! ¿Ves cómo te gusta servirme? Le gritaba, marcando el compás de su degradación.
— ¡Sos lo peor! Soltó, sacando la boca un segundo con la barbilla brillante. Pero volvió a hundir la cara con una voracidad que me hizo gruñir.
— Te encanta que el bully de tu hijo te tenga así, de rodillas. Le dije, sintiendo cómo su piel ardía.
— ¡Cállate! ¡Hago esto por él! Chilló, pero sus manos ya no apretaban con rabia, acariciaban mis ingles con una suavidad ninfómana, buscando más contacto.
— Mentira. Sos una mentirosa hermosa. No parés hasta que yo te diga. Quiero que me dejes impecable. Le ordené. Ella cerró los ojos y se entregó, demostrándome que ya era mi esclava personal.

La agarré del pelo con una brusquedad que le arrancó un gemido.
La levanté del suelo.
— ¡Soltame! ¡Me estás lastimando, animal! Gritó, intentando clavar sus uñas en mis brazos, pero su cuerpo ya vibraba en otra frecuencia.
— Todavía no terminamos, rubia. Le dije.
La empujé contra la mesada de granito frío.
— ¿Qué... qué pensás hacer ahora? Balbuceó ella, con el brillo de la saliva todavía en sus labios rojos y la mirada perdida.
— ¿No es obvio, Beatriz? Vine a darte la cogida que viniste a buscar y que tanto necesitás. Le respondí con una soberbia que la dejó sin aire.
— ¡Nooo! ¡Eso no! Gritó, pero le di una nalgada tan fuerte que el sonido del impacto retumbó en toda la cocina.
— ¡Por favor, Alejandro! ¡Pará! Es... es muy grande... nunca tuve una verga tan grande como la tuya, me vas a romper... Suplicó, mientras yo le abría las piernas con mis rodillas, ignorando su llanto fingido.
— Tu marido el mediocre no debe saber ni por dónde empezar con una mujer como vos, por eso estás acá, buscando al bully de tu hijo para que te haga sentir mujer de verdad. Le dije, burlándome de la falta de huevos de su esposo.
Le subí el vestido de un tirón hasta la cintura.
— Mirá lo que tenemos acá... ¿Para quién te pusiste este hilo dental negro, Beatriz? Viniste a "reclamar" pero te pusiste lo más provocador que tenías en el cajón. Sos una hipócrita. Me reí, señalando la prenda fina que apenas tapaba su intimidad.
— No... no es lo que pensás... me lo puse sin darme cuenta... no te burles... Balbuceó ella, poniéndose roja de la vergüenza mientras yo le estiraba el elástico con el dedo.
— Mentira. Viniste a ver al bully de tu hijo con este vestido y este hilo... viniste acá a que te coja, Beatriz. No me mientas más. Le solté, dejándola expuesta y temblando contra el mármol.
— ¡No podés ser tan sádico! ¡Por favor, no me cojas acá como a una puta! ¡Dejame chupartela de nuevo o lo que quieras, pero no me hagas el amor así! Lloriqueó, pero sus piernas se abrieron ofreciéndose por completo.
— ¿Hacerte el amor? Jajaja, no te confundas, rubia. A las putas como vos no se les hace el amor, se las coge. Le dije, bajándole el hilo dental negro hasta que cayó a sus tobillos.
— ¡Sos un enfermo! Gritó, pero arqueó la espalda de forma instintiva.
El vestido levantado dejaba ver su culo blanco y firme contra el granito.
— Sos una perra rubia deliciosa. Le dije mientras me posicioné detrás de ella.
— ¡No! ¡Esperá! ¡Duele! Balbuceó, pero antes de que pudiera terminar la frase, se la metí de un solo golpe seco y profundo.
— ¡¡AHHHH!! ¡DIOS! ¡Mghmm...! Soltó un grito de puta desgarrador que se convirtió en un aullido de placer animal mientras se aferraba a la mesada con las manos.
— ¡Eso! ¡Insultame! Decime lo mucho que me odiás mientras sentís cómo te lleno, puta. Le pregunté, moviéndome con violencia rítmica.
— ¡Ahhh...! ¡Es demasiado! ¡Pará, por favor! Suplicó, pero su cuerpo pedía más.
— No paro una mierda. Pensá en el inútil de tu hijo, pensá en tu marido el aburrido. Seguro que tu marido no te hace gritar así. Le dije, dándole un bofetón en el culo.
— ¡No hables de ellos! ¡Ahhh, sí... más fuerte! Terminó gritando, entregada.
Sus insultos eran puro combustible.
— ¡No, no! ¡Esto no me puede gustar! ¡No me gusta! Exclamó ella, entrando en una breve reacción de negación.
— ¿Ves como te gusta? Mirá cómo me apretás, estás chorreando, Beatriz. Jajaja. Me burlé, sintiendo su humedad envolviéndome.
— Admitilo. Sos mi puta rubia. Decilo o le digo a tu familia cómo sos en realidad. La amenacé, frenando el movimiento de golpe, quedándome con la verga enterrada hasta el fondo dentro de ella.
— ¡No! ¡Por favor... no les digas nada...! ¡Te lo suplico...! Balbuceó con la voz temblando, sintiendo mi verga pulsando dentro de su vientre, llenándola por completo mientras ella apenas podía respirar.
— Entonces decilo. Decime "Amo". Ordename que te siga cogiendo como la perra que sos. Le exigí, apretándole la cintura con fuerza.
— ¡No pares! ¡Por favor, Amo! ¡Soy tu puta! ¡Haceme lo que quieras pero no pares! Chilló desesperada, con sumisión ninfómana.
— Demostrame que querés coger, puta. Movete. Le dije con soberbia, quedándome quieto para que ella hiciera el trabajo.
Ella, para demostrarme que aceptaba su lugar, comenzó a mover su culo hacia atrás con dificultad por el tamaño, buscándome, golpeándose contra mi pelvis con una desesperación animal.
— Jajaja, eso es... Así se mueve una perra hambrienta. Le dije mientras la agarraba con una mano del hombro y la otra de la cintura para darle más fuerza.
Le pegué un tirón hacia atrás mientras yo embestía con todo, haciendo que ella levantara la cabeza y soltara un aullido largo, un grito de puta ninfómana que resonó por todo el departamento.
— ¡¡AIIIHHHH!! ¡¡SÍ, AMO!! ¡¡COJEME MÁS FUERTE!! ¡¡SOY TU PUTA!! Gritó aullando, totalmente perdida en la degradación.
— Buena chica. Aguantá, que esto recién empieza. Le dije.
— Así me gusta, perra. Movete para mí. Le dije, mientras comenzaba a cogérmela con una furia.

Beatriz estaba apoyada contra la mesada, con el pecho subiendo y bajando, tratando de recuperar un aliento que yo le había robado a base de estocadas.
Su mirada era una guerra civil: el odio puro hacia el pibe que le hacía la vida imposible a su hijo se mezclaba con una lujuria animal que la tenía chorreando.
Saqué mi verga casi por completo, dejando solo la punta rozando su entrada, disfrutando de cómo ella buscaba el contacto de forma inconsciente.
— ¿Qué pasa, Beatriz? ¿Te quedaste muda? ¿O es que todavía sentís cómo te vibra la concha? Le solté con una sonrisa de superioridad, mientras me separaba de ella lo justo para verla quebrada.
— Sos... un monstruo. Mi hijo te tiene miedo... y yo... yo estoy acá... ya está, Alejandro... ahora me voy. Balbuceó agitada, intentando acomodarse el vestido con las manos temblorosas, pensando que habíamos terminado de coger.
— ¡¿Cómo me dijiste?! Le grité, agarrándola del pelo y tirándole la cabeza hacia atrás para que me mirara.
— Perdón... Alejandro... quiso decir, pero mi mirada de acero la cortó en seco.
— ¡No me llamo Alejandro para vos, perra! ¡Soy tu amo! ¡Decilo! ¡Soy tu dueño y el que destruye a tu hijo si se me canta el forro de las pelotas! Le rugí al oído, apretando mis dedos en su cuero cabelludo.
— Perdón... perdón, Amo... sí, sos mi Amo... Jadeó ella, con las pupilas dilatadas y la respiración rota, aceptando la humillación total.
Me reí en su cara y, sin avisar, me la clavé entera por el culo de un solo golpe seco, haciendo que su espalda se arqueara violentamente contra el mármol.
— ¡¡Guaaaaaah!! ¡Amooo! ¡Nooo! Chilló ella, con un sonido agudo y desgarrador que se transformó en un jadeo húmedo de placer prohibido mientras yo le daba estocadas brutales.
— ¿Terminamos? Recién empezamos, puta. Le susurré al oído mientras seguía con movimientos violentos, escuchando el sonido de mi carne chocando contra su culo: *¡Plaf, plaf, plaf!*
— ¡Ahhh! ¡Haa... haa...! ¡No, pará! ¡Dejame descansar... me duele el culo, Amo! Suplicó ella, con la cara pegada a la mesada, babeando un poco por la intensidad de mis embestidas.
— No vas a descansar un carajo. Ahora me vas a dar tu vagina. Quiero romperte ese orgullo de madre santa por todos lados. ¿Qué decís, Beatriz? ¿Me la das o tengo que obligarte? Le pregunté, dándole un bofetón en la nalga que resonó como un disparo en la cocina.
— No... eso no... por favor... Amo... Jadeó ella, pero a los pocos segundos, vencida por el rigor y el calor que le subía por la espalda, bajó la cabeza.
— Está bien... hacé lo que quieras... pero cogeme de una vez, Amo... te lo ruego...
— No acá. Vamos a mi cuarto. Le ordené, sacándola de ella con un sonido húmedo que delató lo empapada que estaba.
— ¡No! ¡Al cuarto no! ¡Dejame irme, ya tuviste lo que querías! Suplicó, agarrándose de los muebles para no ser arrastrada, con las piernas temblándole como gelatina.
— Mirá la puerta, Beatriz. Está ahí nomás. Pero pensá: si alguien entra ahora y nos ve así, con tu vestido roto y mi leche en tus piernas... no van a ver a una víctima. Van a ver a la "madre del año" gozando de la verga del bully de su hijo. Tu reputación vale lo que yo decida. Caminá, puta. La manipulé con frialdad, disfrutando de cómo su resistencia se desmoronaba bajo el peso del chantaje.
— Te odio... te juro que te odio... Susurró, pero empezó a caminar hacia mi cuarto, derrotada.
Caminaba lento, con las piernas abiertas y una dificultad que delataba lo mucho que la había castigado. Yo iba detrás, llenándome de satisfacción y orgullo al ver su espalda blanca y ese andar errático de hembra sometida.
— ¿Qué pasa, puta? ¿Te duele el culo? Movete más rápido que no tengo toda la tarde. Le solté con soberbia, dándole un empujón para que entrara a la habitación.
Entramos a mi habitación.
Me senté en el borde de la cama, completamente desnudo, abriendo las piernas con una arrogancia absoluta, con mi verga palpitando y apuntando hacia su cara.
Ella se quedó de pie, en el centro, temblando bajo la luz tenue, con el pecho subiendo y bajando de forma errática.
— Desnudate, Beatriz. Sacate ese trapo que ya no te sirve para nada. Quiero ver a mi milf favorita lista para el segundo round. Le ordené, recorriéndola con los ojos con una soberbia que la hacía sentir diminuta.
Ella dudó, sus manos fueron a los breteles del vestido. Sus dedos temblaban visiblemente.
Bajó la tela lentamente, dejando que el vestido cayera al suelo como una piel muerta.
Cuando la tela llegó a la altura de su culo, Beatriz hizo un movimiento instintivo, sacando la cola hacia atrás mientras terminaba de desnudarse, un gesto de puta vieja que no pudo evitar por la excitación acumulada.
Me largué a reír, burlándome de su exhibicionismo involuntario, disfrutando de cómo sus tetas pesadas quedaban a la vista.
— Mirate... sos una puta hermosa. Vení acá. Le ordené con voz de mando.

Me quedé sentado en el borde de la cama, con las piernas bien abiertas, apoyando las manos en el colchón.
Mi verga estaba ahí, erguida, palpitando y apuntando directamente a su cara de "madre preocupada".
Beatriz estaba de pie, a dos metros, desnuda, con la piel blanca contrastando con la oscuridad del cuarto y ese rastro que bajaba por su cuerpo brillando en sus muslos, una mezcla viscosa de mi preseminal y sus propios jugos que reflejaban la luz tenue, delatando que la "señora" estaba derretida por dentro.
Intentó dar un par de pasos, caminando erguida como una persona normal, tratando de rescatar un gramo de dignidad.
— ¿Qué hacés? ¿Quién te creés que sos para venir caminando así, Beatriz? ¿Te pensás que todavía sos una señora de casa, una mujer respetable? Mirate, estás chorreando mi leche y tenés los ojos de una ninfómana. Acá no sos nadie. Le grité.
— Alejandro... por favor... ya estoy acá, ya hice todo lo que quisiste... me desnudé, me dejé... ya está... Suplicó con los ojos empañados, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no quebrarse del todo frente al pibe que usa a su hijo de sirviente en la facultad.
— ¡No me digas Alejandro, pedazo de puta! ¡No sos nadie para usar mi nombre! Para vos soy tu Amo, tu dueño, el que decide si mañana tu hijo entra a la facultad o si le arruino la carrera publicando el video donde lo obligué a lamer mis zapatillas frente a todos. Le rugí, señalando el suelo con el dedo índice, firme, sin un gramo de piedad.
— Perdón... Ale... A... Amo... no, por favor... eso es demasiado... Tené piedad, soy una mujer mayor, no me hagas esto, te lo ruego. Lloriqueó ella, tapándose un poco las tetas con los brazos, un gesto inútil que solo me daba más ganas de romperla.
— Vení como lo que sos, una perra sumisa. Tu hijo gateaba como un gusano para buscarme los apuntes hoy a la mañana mientras yo le pisaba los dedos y me reía en su cara, ahora te toca a vos demostrar que sos igual de servil que ese inútil. ¡Vení gateando hacia mí, puta! ¡AHORA! Le ordené.
Lentamente, fue bajando el cuerpo, apoyando primero una rodilla y después la otra, hundiéndolas en la alfombra con una lentitud que me permitía disfrutar de su quiebre. Luego apoyó primero una mano y después la otra, hasta quedar totalmente en cuatro patas, con la espalda arqueada y la cabeza gacha.
Empezó a avanzar hacia mí, gateando con dificultad porque todavía le temblaban las piernas por la garchada en la cocina y por el peso de la vergüenza.
Sus tetas pesadas se balanceaban de un lado al otro con cada movimiento de sus brazos, y su intimidad quedaba expuesta en cada paso que daba hacia mi verga, brillando bajo la luz de la lámpara.
— Muy bien... así te quería ver. La gran Beatriz, la madre del año, gateando ante el bully de su hijo. ¿Qué pensaría ese fracasado si te viera así ahora? ¿Si viera a su mami moviendo el culo y arrastrándose como una perra faldera para el tipo que lo tiene de alfombra humana en cada clase? Me burlé, soltando una carcajada soberbia mientras ella llegaba a mis pies.
— Sos... sos un demonio... te odio con toda mi alma... pero... por favor, no le digas... no le digas nada... Balbuceó ella, ya entregada, con la cara a centímetros de mis rodillas, sintiendo el calor de mi entrepierna.
— ¿Cómo me dijiste, perra? ¿"Demonio"? A un Amo se lo respeta si no querés que mañana tu hijo sea el hazmerreír de toda la universidad por tu culpa. Repetilo bien. Le advertí, agarrándola del mentón con fuerza, obligándola a mirarme a los ojos mientras mi verga le rozaba la nariz.
— Perdón... perdón Amo... no quise... por favor, Amo, perdoname. Suplicó ella, temblando de miedo y humillación, con la mirada baja y el aliento entrecortado.
— Así me gusta, puta. Ahora, ponete en posición. Poné ese culo para arriba y agachá la cabeza, quiero que me limpies bien las bolas con esa lengua de señora fina. Le ordené, agarrándola del pelo rubio y obligándola a meter la cabeza entre mis muslos, aplastando su cara contra mi escroto.
— ¡No! ¡Las bolas no! ¡Es demasiado degradante, Amo! ¡No me obligues a una bajeza así, te lo suplico por lo más sagrado! Intentó apartar la cara, forcejeando débilmente, pero yo le apreté el puño en el cuero cabelludo, tironeando hacia abajo con saña hasta que soltó un quejido de dolor.
— ¿Te vas a negar ahora? ¿Querés ver cómo envío el video a todo el grupo de la facultad en este preciso instante? ¡Hacelo, puta, o te juro que mañana obligo a tu hijo a lamer mis zapatillas embarradas adelante de todos los profesores y voy a decir que aprendió a lamer así de bien gracias a su mamá! Le grité, sacudiéndole la cabeza.
Abrió la boca con un suspiro de resignación absoluta y envolvió mis testículos.
Con una mano me agarró la base de la verga para apartarla, y con la otra se acomodó mis bolas para metérselas enteras en la boca, pasando su lengua por cada rincón con una desesperación húmeda y rítmica.
El sonido de la succión fue instantáneo, un *slurp* profundo que me hizo cerrar los ojos de puro poder, sintiendo su lengua caliente trabajando para mí mientras sus lágrimas caían sobre mis muslos.
— Mghmm... mghmm... Balbuceaba ella, ahogándose con mi olor, con mi sabor, mientras sus tetas rozaban mis rodillas en cada movimiento circular que hacía con la cabeza.
— ¡Eso! ¡Chupalas bien, puta! ¿Ves que podés? ¿Ves cómo te gusta el rigor de un hombre de verdad? Tu marido es un mediocre que no sabe ni cómo tocarte, por eso estás acá, gozando de la humillación que te doy yo. Le decía, dándole suaves cachetazos en las mejillas mientras ella seguía con su tarea degradante.
— ¡Te... te odio...! ¡Hijo de puta! Logró escupir un segundo cuando sacó la boca para recuperar el aire, mirándome desde abajo con un odio que ya era puro combustible sexual.

Me levanté de la cama con un movimiento brusco, ignorando que ella todavía estaba ahí abajo, y la agarré del pelo con una saña que le hizo soltar un gemido.
La obligué a levantarse y la tiré sobre el colchón.
Beatriz cayó de boca, con las tetas aplastadas contra las sábanas y el culo blanco apuntando al techo.
— ¿Hijo de puta? ¿Todavía te queda lengua para insultarme después de cómo me lamiste las bolas, Beatriz? Me parece que no entendiste quién manda acá. Le rugí, subiéndome a la cama.
— ¿Qué... qué me vas a hacer ahora? Me preguntó ella con la voz temblorosa, mirándome de reojo con pánico.
— Me cansaste, perra. Te voy a educar como la perra que sos. Le solté.
— ¡No! ¡Alejandro, por favor! ¡Fue un impulso! ¡Tené piedad, Ale...! Chilló ella, tratando de cubrirse.
— ¡Amo! ¡Soy tu Amo, perra! ¡No te olvides más de cómo me tenés que llamar!. Le grité, cortándole el nombre en seco.
— ¡Ponete en cuatro, perra! ¡Arriba ese culo!. Le ordené, dándole un chirlo en la nalga izquierda que sonó como un latigazo seco. *¡Plaff!*
La piel blanca se puso roja al instante, marcando la forma de mi mano sobre su piel de milf.
Me posicioné detrás de ella, agarrándola de la cintura con una fuerza que le hundió los dedos en su carne, dejándole marcas.
— Mirá cómo estás para el bully de tu hijo, Beatriz. Tu marido el mediocre debe estar durmiendo ahora mientras yo te estoy por dar la garchada de tu vida. ¿Qué se siente saber que soy el doble de hombre que ese cornudo?. Me burlé, rozando su clítoris con la punta antes de meter mi verga.
— ¡Eso no es verdad...! ¡Él es... él me respeta...! ¡Sos un sádico, Alejandro! ¡No podés ser tan malo!. Gritó ella, aunque su voz sonaba falsa, una mentira que se desarmaba mientras su cuerpo me buscaba por puro morbo.
— No hay comparación, Beatriz. Él te hace el amor, yo te voy a coger duro. Él te cuida, yo te rompo. Le solté.
Me hundí en ella de un solo viaje, seco y brutal. Sentí cómo mi verga de acero forzaba sus paredes, estirándolas al límite mientras el calor de su interior me envolvía, hasta que mis testículos chocaron contra su cola con un golpe sordo.
— ¡¡¡GAAAAAAHHHH!!! ¡DIOS MÍO! ¡ME VAS A PARTIR! ¡ES MUY GRANDE! ¡AMO, SACALA, POR FAVOR!. Aulló Beatriz, sintiendo que la atravesaba.
— ¿Todavía no aprendés, verdad perra?. Le dije, dándole una embestida tan fuerte que su cuerpo voló hacia adelante.
Sus manos arañaron las sábanas con desesperación y sus piernas fallaron, hundiéndose en el colchón por el impacto de mi tamaño.
— ¡¿Qué pasa, puta?! ¿Te duele que te llene de verdad?. Le grité, empezando a darle estocadas largas, sacándola casi toda y volviendo a entrar con violencia. *¡Slurp, plaf, slurp, plaf!*
— ¡Ahhh! ¡Mghmm! ¡Es... es que no me entra! ¡Me estirás toda! ¡Amo... me vas a romper!. Balbuceaba ella entre sollozos y jadeos ninfómanos, mientras su cabeza se sacudía de adelante hacia atrás sobre la cama.
— ¡Decime qué se siente! ¡Decime que el pibe que humilla a tu hijo te está rompiendo toda! ¡Cantalo!. Le exigí, dándole otro chirlo feroz en la otra nalga. *¡Plaff!*
— ¡Se siente que me partís! ¡Ahhh! ¡Sí, Amo! ¡Me duele pero me encanta! ¡Rompeme toda!. Gritó ella, perdiendo la cordura.
— ¡Eso es! ¡Esa es la milf puta que sos!. Me reí, dándole otra nalgada sonora.
— ¡Tomá! ¡Este es tu castigo por ser la perra del bully de tu hijo! ¡Este es tu lugar!. Le dije.
Mis embestidas eran cada vez más rápidas, más potentes, haciendo que su cuerpo chocara contra el mío con un sonido obsceno que llenaba todo el cuarto.
— ¡¿Quién es mi puta?! ¡Decilo!. Le grité, pero ella solo soltaba quejidos y ruidos guturales, ida por el placer.
Le agarré el pelo con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás para que me mirara de reojo mientras le descargaba una serie de nalgadas que hacían eco en la habitación. Beatriz se mordía el labio inferior con desesperación, soltando gemidos húmedos y calientes que delataban su excitación total.
— ¡Mmmgh... ahhh... sí! ¡Más fuerte, Amo! ¡Ahhh, ahhh!. Gemía ella, entregada a la humillación.
— ¡¿Quién es mi perra, puta?! ¡Respondeme ahora!. Le rugí enojado, tirándole del pelo hacia atrás para que me sintiera todavía más profundo.
— ¡¡SÍIIII!! ¡¡SOY TU PERRA!! ¡¡AHHHH!!. Gritó ella, apretándome con sus paredes internas mientras su espalda se arqueaba y levantaba el culo con desesperación.
Yo no paré.
La milf estaba domada, rota y su cuerpo me pedía por favor que no la soltara nunca.

La tenía ahí, entregada, con el orgullo hecho pedazos sobre mi cama.
La saqué de ella con un sonido húmedo, un *chlop* que resonó en el silencio del cuarto, y antes de que pudiera recuperar el aire, le di una estocada final, corta pero brutal, que la hizo saltar.
— ¡Ahhh! ¡Amo... por favor! ¡Me vas a dejar lisiada! ¡No me entra más, te juro que me partís en dos!. Chilló Beatriz, hundiéndose en la almohada con el cuerpo temblando.
— Menos queja y más acción, rubia. Arriba. Ponete sobre mí. Quiero que sientas cómo te ensartás sola en tu propia derrota. Le ordené, recostándome contra el respaldo con una parsimonia sádica.
— ¡No puedo! ¡No tengo fuerzas! ¡Mis piernas son gelatina, Am... Amo!. Balbuceó ella, tratando de incorporarse con una torpeza que me daba risa.
— ¿No tenés fuerzas? Para venir a casa a "ponerme los puntos" tenías mucha energía. Ahora demostrame que servís para algo más que para cocinarle al inútil de tu hijo. ¡Arriba! ¡Ahora!. Le rugí, dándole un empujón que la obligó a sentarse sobre mis muslos, dándome la espalda.
Beatriz se acomodó, temblando, con su espalda blanca y perfecta frente a mí, mientras sus tetas pesadas subían y bajaban. Se veía hermosa y rota. Agarró mi verga con sus manos finas, esas manos de "madre de casa", guiándola hacia su entrada.
— Es que... es una locura... Amo, ¿cómo hacés para tenerla así? Es un animal... me vas a destrozar la vagina... Susurró, mirando por encima de su hombro con puro terror.
— Callate y bajá, perra. Sentate en el tipo que ayer humilló a tu nene en la facultad. Pensá en eso mientras te abrís. Le dije, disfrutando de cómo su espalda se tensaba antes de empezar a bajar con una lentitud agónica.
— ¡¡Guaaaaaah!! ¡DIOS! ¡Amooooo!. Gritó Beatriz, frenándose de golpe apenas la cabeza de mi verga empezó a dilatarla, sintiendo la presión de ese grosor prohibido.
— ¡Bajá toda! ¡No te di permiso para frenar!. Le grité, agarrándola firme de las caderas y tironeándola hacia abajo con un movimiento seco y cruel.
— ¡¡¡SÍIIIIII!!! ¡¡¡AHHHH!!!. Aulló ella, un grito que se escuchó seguramente en todo el piso, mientras mis centímetros se hundían en su vagina, estirándola hasta el límite físico. Se quedó ahí, clavada, respirando como si estuviera corriendo una maratón.
— Jajajaja, mirate... la señora Beatriz, la mujer del mediocre, ensartada como una cualquiera en mi cuarto. ¿Qué diría tu marido si viera que su "compañera de vida" tiene la cara llena de placer por el pibe que su hijo más odia? Me reí en su cara, viendo cómo su nuca se arqueaba hacia atrás, buscando mi contacto.
— ¡Él... él es un santo! ¡Vos sos un demonio! ¡Pero me hacés sentir cosas que él nunca... ahhh... mghm! Exclamó, y empezó a moverse sola, subiendo y bajando con una desesperación animal, haciendo que sus nalgas chocaran con fuerza contra mi pubis.
— ¡Sí! ¡Pero me encanta! ¡Ahhh! ¡Es enorme, Amo! ¡Me llenás toda, no queda lugar para nada más! ¡Rompeme, seguí que me estoy viniendo! Gritó ella, entregada al ritmo que yo le imponía desde abajo.
— ¡Mirá cómo rebotás, puta! ¡Mirame de reojo y decime quién es tu dueño! Mañana cuando le des el beso de las buenas noches a tu hijo, te vas a acordar de cómo te movías arriba mío como una ninfómana. Le dije, apretándole la cintura con fuerza para marcarle los dedos mientras veía su espalda sudada sacudirse.
— ¡Soy tu puta! ¡Soy la puta del bully de mi hijo y me encanta! ¡Haceme lo que quieras! ¡Mghmm... sí! ¡Por favor cojeme así todos los días!. Me dijo, perdiendo el poco juicio que le quedaba mientras el sonido de nuestros cuerpos chocando *¡Plaf, plaf, plaf!* llenaba la habitación.

La agarré de la cintura con una fuerza animal mientras ella todavía rebotaba arriba mío, cortándole el ritmo de golpe.
Beatriz soltó un gemido de sorpresa, pero antes de que pudiera decir nada, la giré en el aire y la estampé contra el colchón, poniéndola boca arriba.
La cama crujió bajo su peso y mis rodillas le abrieron las piernas de par en par, dejándola completamente expuesta.
Apoyé mi mano izquierda al lado de su cabeza, hundiendo mis manos en mi cama, mientras con la derecha le aferraba el muslo con una presión que le dejaba los dedos marcados en la piel blanca.
Mi verga, todavía palpitante, buscó su entrada y se hundió de nuevo hasta el fondo en un solo movimiento seco.
— ¡¡¡GAAAAAAHHHH!!! ¡Am...Amooo! ¡Siento que me vas a atravesar!. Aulló ella, arqueando la espalda mientras sus manos buscaban desesperadamente mi antebrazo, apretándolo con sus uñas como si fuera lo único sólido en un mundo que se le desarmaba.
— Mirate la cara, Beatriz. Tenés los ojos de una ninfómana. ¿Dónde quedó la mujer que me miraba con asco en la puerta? Le rugí, empezando a darle embestidas lentas, profundas, disfrutando de cómo sus tetas pesadas se sacudían violentamente con cada golpe.
— ¡Se... se fue! ¡Esa mujer se murió en tu cocina! ¡Ahhh... mghmm! ¡Sos un animal, Amo! ¡Me estás rompiendo toda por dentro y lo peor es que no quiero que pares! ¡Haceme lo que quieras, cogeme así siempre! Chilló ella, con el pelo rubio totalmente desordenado y la boca entreabierta, chorreando saliva y deseo.
— ¡Eso es! ¡Gritalo más fuerte! Que se entere todo el edificio que la mamá del nerd es la perra más caliente del barrio. ¿Qué pasaría si tu hijo entra ahora y ve cómo tus tetas bailan para mí mientras yo te garcho? ¿Qué pensaría de su "madre ejemplar" viéndote lamer mis bolas hace un minuto? Me burlé, acelerando el ritmo hasta que el sonido de la carne chocando *¡Plaf, plaf, plaf!* se volvió ensordecedor.
— ¡No... no digas eso! ¡Se moriría de la vergüenza! ¡Mghmm... sí! ¡Pero es la verdad! ¡Soy una puta, Amo! ¡Soy tu puta y me encanta que me trates así! ¡Rompeme más, no me tengas piedad! Balbuceó ella, perdiendo el poco juicio que le quedaba.
— Tu marido el mediocre te toca con miedo, te pide permiso. Yo te tomo porque sos mía. Sentí cómo te estiro, sentí cómo mi verga de acero te marca el ritmo de tu nueva vida. Mañana, cuando tu hijo me traiga el café a la mesa como el sirviente que es, yo me voy a estar riendo acordándome de cómo me pedías por favor que no te la sacara. Le susurré, bajando la cara.
— ¡Ahhh, Dios mío! ¡Es que no puedo parar de pensar en eso! ¡Me da asco y me calienta al mismo tiempo! ¡Sí, ahí! ¡Más profundo, por favor! Gritó Beatriz, mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su vagina empapada.
— ¡Mirame a los ojos, perra! ¡Mirame mientras te termino de destruir! Quiero ver ese odio mezclado con el placer de ser dominada por el bully de tu hijo. ¡Decime quién es tu macho perra! Le ordené, dándole una embestida tan fuerte que su cabeza golpeó contra el respaldo.
— ¡VOS! ¡VOS SOS MI MACHO! ¡MI MARIDO ES UN INUTIL AL LADO TUYO! ¡VOS SOS MI AMO! ¡AHHHH, SÍIIII! Exclamó ella, con las pupilas dilatadas y el cuerpo temblando en un espasmo de placer puro, reconociendo por fin que, a pesar de todo el odio, ya no podía vivir sin mi.

La saqué de un tirón, escuchando ese *chlop* húmedo y pegajoso que delataba lo abierta y empapada que la había dejado.
Beatriz se desplomó un segundo sobre las sábanas, respirando con dificultad, con las piernas abiertas y los muslos temblando en espasmos involuntarios.
No le di tiempo a recuperarse.
Ella se quedó un segundo ida, con la mirada perdida en el techo y las piernas todavía abiertas.
— ¡Abajo, perra! ¡Al suelo! ¡Todavía no terminamos!. Le rugí, señalando frente a mis pies.
Beatriz reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Se arrastró fuera de la cama con una torpeza deliciosa, sus rodillas golpearon el suelo y quedó ahí, de rodillas ante mí.
La imagen era pura lujuria y humillación: la milf impecable ahora estaba desnuda y chorreando, de rodillas ante el bully de su hijo, totalmente entregada.
— Mirame, puta. Levantá esa cabecita de madre ejemplar. Le dije, agarrando mi verga y empezando a masturbarme con lentitud.
Beatriz tragó saliva, temblando.
Sus manos finas, de uñas cuidadas, fueron hacia sus tetas.
Se levantó sus tetas pesadas hacia mí, con los pezones duros como piedras.
— ¡Amo! ¡Mirame! ¡Son tuyas! ¡Dámelo todo, quiero tu leche!. Me suplicó ella, con los ojos inyectados en deseo.
— ¡Jajajaja! ¡Mirate, Beatriz! ¡La mamá del inútil de tu hijo arrodillada pidiéndome semen como una puta barata! ¡Sos una puta!. Me burlé, viéndola desde arriba con total superioridad.
— ¡Que se entere! ¡Que lo sepa todo el mundo! ¡Ya no me importa nada! ¡Solo quiero tu semen, Amo! ¡Dáme tu semen, por favor!. Gritó ella, perdiendo el poco juicio que le quedaba, mientras se apretaba el pecho.
— ¡¿Tanto la querés, perra?! ¡¿Querés el semen del bully de tu hijo?! ¡Abrí bien esa boquita!. Le rugí, dándole un chirlo en la cara que la hizo jadear.
Beatriz abrió la boca con una desesperación animal, sacando la lengua de par en par.
Sus ojos estaban fijos en mi verga, dilatados, hipnotizados por la dominación total que ejercía sobre ella.
— ¡SÍIIII! ¡DÁMELA! ¡LO QUIERO TODO!. Suplicaba ella, babeando de pura anticipación.
— ¡TOMÁ, PUTA! ¡TRAGATE TODA LA LECHE DEL BULLY DE TU HIJO!. Le grité, mientras mi cuerpo se tensaba y el primer chorro de semen caliente salió disparado con una fuerza brutal.
Beatriz abría cada vez más la boca, mientras más chorros le bañaban los labios y caían sobre sus tetas levantadas.
— ¡Mghm... mghmm... ahhh!. Hacía ruidos guturales mientras intentaba capturar cada gota que volaba hacia ella.
Me quedé ahí, jadeando, viendo cómo la "Gran Señora" pasaba la lengua por sus labios para no desperdiciar nada, con la cara toda chorreada de mi semen, brillando bajo la luz del cuarto.
— ¡Gracias... gracias, Amo! ¡Soy tu perra... siempre voy a ser tu perra!. Susurró ella, lamiéndose los labios con una sonrisa de absoluta derrota y placer.
— ¡Eso! ¡Mirame desde ahí abajo! Decime, ¿qué se siente ofrecerle tu cuerpo al tipo que ayer humilló a tu hijo frente a toda la clase? ¿Qué se siente ser la perra del bully de tu hijo?. Me burlé con una sonrisa cruel.
— ¡Se siente... que soy una puta! ¡Ahhh! ¡Amo, por favor! ¡Dámelo más, lo necesito! ¡Necesito sentir que soy tuya!. Suplicó ella, con la lengua afuera, balbuceando como una ninfómana mientras sus manos apretaban sus tetas con una fuerza que le dejaba marcas rojas.
— ¡Gritalo más fuerte! ¿Querés mi semen, Beatriz? ¿Querés que el bully de tu hijo te deje la cara brillante para que te acuerdes de mí?. Le rugí, agarrándola del pelo para que no apartara la vista.
— ¡SÍII! ¡POR FAVOR, AMO! ¡LLENAME LA BOCA! ¡QUIERO SER TU PERRA!. Gritó ella, totalmente ida, acercando su cara a mi verga con una desesperación enferma.
— ¡Mirá cómo se te hace agua la boca, perra! Sos igual que todas, una milf aburrida que necesitaba un macho de verdad que la ponga en su lugar. ¡Mañana tu hijo va a ver tu cara y no va a entender por qué tenés ese brillo de puta en los ojos!. Me reí, sintiendo que ya no aguantaba más la presión en mi base.
— ¡NO ME IMPORTA NADA! ¡DAME TU LECHE, AMO! ¡SÍIIII, AHÍ!. Aulló Beatriz, mientras sus manos se desesperaban apretando su propio pecho.
— ¡TOMÁ, PUTA! ¡ESTO ES POR TU HIJO Y POR TU MARIDO EL CORNUDO!. Le grité, mientras mi verga explotaba de nuevo.
El primer chorro le pegó directo en el labio inferior y la barbilla.
Beatriz ni se inmutó, dejó que la leche le inundara la boca, tragando de forma rítmica y profunda.
El semen bajaba por su garganta mientras los siguientes chorros le decoraban las mejillas, la nariz y sus tetas levantadas.
Cerró los ojos, saboreando cada gota que le caía en la lengua con un gemido de satisfacción pura que me erizó la piel.
— ¡Mmmgh... ahhh... gracias, Amo! ¡Gracias por marcarme así y llenarme de tu semen!. Susurró ella, lamiéndose los labios con una lentitud ninfómana y tragando lo último que le quedaba en la boca.
Se quedó ahí, mirándome desde el suelo con una devoción enferma y los ojos brillantes, bañada en mi leche como la puta que siempre quiso ser.

Me quedé ahí, de pie frente a ella, respirando agitado mientras la veía saborear mi leche con esa devoción enferma.
La agarré del pelo con una mano, enredando mis dedos en sus mechones rubios y tirando de su cabeza hacia atrás para que me mirara.
Beatriz tenía la cara hecha un desastre: el semen le brillaba en las mejillas, le colgaba de la barbilla y se mezclaba con su propia saliva en un hilo espeso que conectaba su boca con mis muslos.
— No te di permiso para que dejes de trabajar, perra. Mirá cómo me dejaste, mi verga está sucia y quiero que me dejes impecable. ¡Limpiame! ¡Lamé todo hasta que no quede rastro!. Le ordené, empujando mi verga todavía húmeda contra sus labios bañados en mi propio fluido.
— ¡Mghm... sí, Amo! ¡Todo... quiero limpiarte todo!. Balbuceó ella, y sin que tuviera que pedírselo dos veces, envolvió mi miembro con una voracidad que me hizo tensar los abdominales.
El sonido era una locura en el silencio del cuarto. Un *slurp, slurp* rítmico y pegajoso llenaba el aire mientras su lengua pasaba por cada vena, por cada pliegue, succionando con una fuerza profesional.
Cerró los ojos y se entregó a la tarea, moviendo la cabeza de adelante atrás, mientras sus manos, todavía untadas de semen, se acariciaban las tetas con una desesperación ninfómana.
— ¡Eso, así! ¡Tragá mi semen, rubia! Que no quede nada. Pensá que hace una hora me mirabas desde arriba y ahora estás ahí, lamiendo el semen del tipo que le hace la vida imposible a tu hijo. Me burlé.
— ¡Mghm... se siente... glorioso! ¡Ahhh! ¡Soy tuya, Amo! ¡Soy la perra del bully de mi hijo y me encanta que me uses así!. Logró articular ella entre succión y succión, levantando la vista con las pupilas tan dilatadas.
De repente, la agarré firme de la nuca.
No quería solo una limpieza, quería demostrarle quién mandaba de verdad antes de que se fuera a su casa.
La empujé hacia adelante con un movimiento seco, obligándola a hacer un garganta profunda que la dejó sin aire.
— ¡Guaaaah... mghm... mghm! El sonido de su garganta tratando de procesar el grosor de mi verga era música para mis oídos.
Sus manos se aferraron a mis muslos con fuerza, sus uñas se clavaron en mi piel.
— ¡Tragátela toda! ¡Hasta el fondo, perra!. Le rugí.
Cuando finalmente la solté, Beatriz cayó hacia atrás, apoyando las palmas en el suelo, tosiendo y jadeando, con la boca abierta de par en par.
Un hilo de saliva mezclado con semen y baba le colgaba de los labios, chorreando por su barbilla y cayendo sobre su pecho agitado.
— ¡Dios... Amo... me... me encanta! ¡Siento que todavía te tengo adentro!. Exclamó ella con la voz rota, pasándose el dorso de la mano por la boca para limpiarse el exceso de líquido que le desbordaba, pero solo logrando ensuciarse más.
De pronto, Beatriz levantó la vista y me clavó una sonrisa de satisfacción pura, una mirada de agradecimiento que me dio escalofríos de poder.
— Gracias, Amo... gracias por sacarme esa careta de madre perfecta y convertirme en esto... en tu puta. Nunca me sentí tan viva como hoy, siendo humillada por vos. Susurró ella mientras se relamía las sobras de mi leche de los labios.
La milf estaba quebrada y reconstruida a mi imagen. Ya no era una madre, ya no era una esposa aburrida de country, era simplemente mi juguete personal, mi esclava urbana que ahora me miraba con una devoción peligrosa.
Me quedé mirándola desde arriba, viendo cómo la "Gran Señora" se humillaba voluntariamente, sabiendo que este era solo el principio de su nueva vida.
— Mañana vas a venir de nuevo, y quiero que traigas puesta la ropa que yo te diga, ¿entendiste?. Le solté, viéndola asentir con un frenesí ninfómano mientras se acariciaba el cuello.
Ella me miró una última vez, se lamió los labios con una lentitud que prometía mucho más, y se quedó ahí, esperando mi próxima orden con la cara bañada en el pecado, lista para que el bully de su hijo la use una y otra vez hasta que no quede nada de la mujer que solía ser.

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Este es el cierre del relato tipo copy para gancho final de mis seguirdores
¡Beatriz está quebrada, chorreada y totalmente adicta!
Después de usarla para destruir el orgullo de su hijo nerd y humillar al marido mediocre que no le sirve para nada, la MILF rubia entendió que no hay vuelta atrás.
Llegó a mi puerta con aires de señora intocable, perfume caro y la frente en alto, pero se va con las piernas temblando, el rímel corrido y el sabor de mi semen en la garganta.
Mientras su marido le "hace el amor" con ternura aburrida y su hijo estudia, ella cierra los ojos y revive cómo la garcho duro contra la mesada, deseando que el bully de su hijo la use una y otra vez como la perra que realmente es.
Ella me ruega que no la suelte, me pide por favor que la siga usando mientras su hijo y su esposo la esperan en casa, sin sospechar que su "madre ejemplar" ahora solo vive para mi placer.
Si quieren ver a Beatriz sucumbir totalmente al placer prohibido y degradante de ser la perra del bully de su hijo... ¡Quiero ver esos puntos y comentarios explotando!
Si este post explota y me demuestran que son adict@s a este contenido de categoría BULLY, seguiré sacando más historias de este estilo y subiré la segunda parte con Beatriz.
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Anterior Relato:
Elisa: Mi Tía Recién Separada:
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Próxima Relato:
Noelia: La Novia De Mi Mejor Amigo:
(Próximamente)
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Anterior Mandamiento:
Mi Mandamiento 1:
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Mi Mandamiento 2:
(Próximamente)
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