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Elisa: Mi Tía Recién Separada

Mi tía Elisa estaba casada con Gabriel, un gordo inútil y patético que hacía que todos en la familia se preguntaran qué mierda hacía una hembra así con semejante perdedor. 
Gabriel nunca tuvo la más puta idea del tesoro que tenía entre manos, el tipo era un fracaso caminante que, para colmo, la terminó engañando con una pendeja barata, dejándola a sus 40 años con el estigma de "vieja abandonada" frente a todos nuestros los parientes.
Pero ese imbécil cometió el error de su vida. 
El divorcio no la había marcado: la había liberado. 
Y yo estaba ahí para reclamar lo que siempre debió ser mío.
Tiene esa mirada seductora y sumisa a la vez, el tipo de mirada que te dice que sabe exactamente lo que un hombre de verdad necesita, pero que nunca tuvo a nadie que supiera pedírselo. 
Sus labios son carnosos, suaves y húmedos, diseñados para envolver mi verga y no soltarla nunca.
Pero lo que realmente me vuelve loco son sus curvas. 
Elisa no tiene el cuerpo de una jovencita, tiene el cuerpo de una mujer total. 
Sus tetas naturales son grandes y pesadas, con esa firmeza deliciosa que solo una Milf de su clase puede mantener. 
Y su culo... es una obra de arte: firme, bien redondo y con ese volumen justo que te invita a darle una nalgada para ver cómo vibra toda su feminidad.
Elisa creia que su tiempo pasó, pero no tiene idea de que yo recién estoy empezando con ella. 
Gabriel la dejó rota, pero yo la voy a reconstruir a mi imagen y semejanza: como mi puta favorita.
Elisa: Mi Tía Recién Separada

Mi madre cree en la familia y el apoyo mutuo. Pobrecita. 
Cuando me pidió ayudar a Elisa tras su divorcio, sus ojos reflejaban lástima. Los míos veían una variable en una ecuación de poder. Elisa estaba rota, y una mujer rota es una puerta sin llave. 
Llegué y ajusté mi postura. Una sonrisa cálida para proyectar seguridad. Toqué el timbre. 
Cuando abrió, sus ojos estaban rojos por el inútil de Gabriel. 
— Gracias por venir, Ale. No sé qué habría hecho sola. Me dijo, dejándome pasar. 
— Para eso está la familia, ¿no?. Respondí calculando cada ángulo del lugar. 
Mover cajas, organizar libros. Ella soltaba pedazos de su resentimiento. 
— Gabriel decía que yo era una mujer plana, sin chispa. Me confesó. 
— Gabriel es un mediocre que no sabe distinguir el oro del bronce, Elisa. Le dije con autoridad. 
Encontré una caja mal cerrada. Al abrirla, la tela me avisó: era un arma de seducción. Un vestido diseñado para provocar. 
— ¿Y esto qué es? Pregunté sacando el tesoro olvidado. 
— Es mi vestido de fiesta. Ya no tengo edad para esto, Ale. Dame eso. Respondió con autodesprecio. 
— Un vestido así se luce, no se vende. Le dije invadiendo su zona de confort. 
— Mi cuerpo no es como el de antes. Buscó una excusa. 
— Tenés cuarenta años de experiencia. Y ese cuerpo es una obra de arte que Gabriel no supo ver. Le dije desafiándola. 
— Si no es para vos, ponételo para mí. Solo cinco minutos. Quiero ver si todavía tenés el fuego. Le ordené. 
La vi dudar. Agarró el vestido y se encerró. Me senté a esperar. Sabía que saldría. Necesitaba ser validada. 
La puerta se abrió. El vestido era una segunda piel. Sus pechos se alzaban desafiantes; el diseño marcaba su cintura gritando deseo. 
— ¿Qué tal me queda? Me preguntó buscando aprobación. 
Se dio vuelta frente al espejo y lo vi todo. Ese culo, redondo y firme, se movía con cadencia hipnótica. Gabriel era un imbécil; dejar esto era su fracaso y mi botín. 
— A ver, una vueltita. Le ordené sintiendo el control total. 
Ella obedeció con lentitud. En un rapto de exhibicionismo, apoyó sus manos sobre sus glúteos, apretándolos para que la tela se tensara al límite. 
Olvidó que yo era su sobrino. Éramos un hombre hambriento y una mujer desesperada. El vestido se hundía entre sus nalgas, marcando cada relieve de su cuerpo maduro. Era una invitación que ella firmaba con sus manos sobre su culo, entregándose. 
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La tensión en la habitación se podía cortar con un bisturí. 
Elisa terminó de dar la vuelta y el silencio fue mi mejor herramienta. 
La dejé ahí, expuesta, sintiendo el peso de su cuerpo bajo esa tela que no dejaba nada a la imaginación. 
Pude ver cuando el pánico racional la golpeó. 
— Dios mío, ¿qué estoy haciendo? Alejandro, esto es una locura. Soy tu tía, por favor. Me dijo ella, tratando de cubrirse con los brazos, aunque el gesto era inútil mientras yo me devoraba ese culo. 
Dio un paso hacia atrás, tropezando con una caja. 
Pero yo no iba a dejar que se escapara ahora que tenía todas sus defensas abajo. 
— ¿Mi tía? Esa es solo una etiqueta que usás para esconderte, Elisa. Le dije, acortando la distancia con lentitud de depredador. 
— No, Ale. Esto está mal. Sos el hijo de mi hermana... esto no puede pasar. Me dijo con voz temblorosa, aunque no se movía para alejarse. 
— Lo que está mal es que te mientas. Que el recuerdo de un imbécil como Gabriel te haga creer que estás muerta por dentro. Le respondí, asfixiándola con mi presencia. 
Invadí su espacio hasta sentir el calor que emanaba de su piel madura. 
Mi voz bajó a un susurro profundo cerca de su oído. 
— ¿Sabés qué veo yo cuando te miro, Elisa? Le pregunté. 
— ¿Qué... qué ves? Me respondió apenas en un susurro, cerrando los ojos mientras su voluntad se deshacía. 
— Veo una mujer gritando por dentro. Desesperada por que alguien la tome como Gabriel nunca tuvo el valor de hacerlo. Veo un tesoro que yo acabo de encontrar. Y yo los reclamo y los uso a mi antojo. Le dije con frialdad posesiva. 
Ella soltó un suspiro entrecortado, una mezcla de miedo y alivio ante su derrota. 
Mis manos se cerraron sobre su cintura, obligándola a sentir mi poder. 
La presión de mi urgencia golpeó contra ella como una declaración de guerra. 
— No... no podemos... Me dijo una última vez, pero sus manos se apoyaron débilmente en mis abdominales. 
— Shh. Olvidate de los títulos. Vas a hacer exactamente lo que yo diga, como la buena perra que sos. Le dije, sellando su destino. 
No esperé respuesta. 
Mis labios se estrellaron contra los suyos en una conquista absoluta. 
No hubo sutileza; fue un choque de lenguas que la dejó sin aire. 
Elisa soltó un gemido ahogado y su cuerpo se ablandó, entregándose a la sumisión. 
Bajé mis manos hasta su culo, enterrando los dedos en esa carne firme. 
Lo apreté con fuerza humillante, reclamando mi propiedad, mientras ella me rodeaba el cuello con desesperación. 
Ya no era la hermana de mi madre, era mi puta. 
tia y sobrino

Elisa estaba entregada al beso, pero su mente, educada en la culpa y en la moral familiar, intentó dar un último coletazo de resistencia. 
Sentí cómo sus manos en mis abdominales intentaban ejercer una presión mínima para separarse, un intento patético de recuperar una dignidad que ella misma ya había decidido entregarme. 
Cuando nos separamos, ella estaba completamente agitada, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, desorientada por la potencia de lo que acabábamos de hacer. 
— Alejandro, pará... por favor, todavía estamos a tiempo de frenar esto. Si mi hermana se entera, si alguien nos ve... Me dijo con la voz quebrada y la respiración entrecortada, buscando mis ojos para encontrar una salida que yo no pensaba darle. 
No respondí con palabras de inmediato. 
La empujé hacia el sillón de terciopelo que acabábamos de desembalar, obligándola a sentarse mientras me instalaba entre sus piernas, rompiendo cualquier barrera física que intentara levantar. 
La agarré del pelo desde atrás, forzando su cabeza hacia atrás para que su cuello quedara expuesto y su mirada clavada en la mía, obligándola a ver la realidad. 
Con mi otra mano, bajé de un solo tirón los tirantes del vestido elástico. 
La tela cedió con un chasquido sordo, dejando al descubierto sus tetas generosas, pálidas y pesadas, que rebotaron con libertad ante mis ojos. 
— ¡No, Alejandro! ¿Qué hacés? ¡Tapame! ¡Somos familia, esto es un error terrible!. Gritó ella, intentando cubrirse con las manos, pero su movimiento era lento, casi sin fuerza, como si sus propios músculos se negaran a obedecer a su moral. 
— ¿A tiempo de qué, Elisa? ¿De volver a ser la mujer invisible que Gabriel despreciaba?. Le pregunté con una frialdad que contrastaba con el calor de nuestros cuerpos, ignorando su patético intento de cubrirse. 
— ¡Es que no podemos! ¡Pensá en tu mamá! ¡Ale, por favor, esto es pecado, es una locura!. Me suplicó, pero yo podía ver cómo sus pezones se ponían duros como piedras bajo mi mirada dominante. 
Deslicé mi mano libre por debajo del vestido, subiendo por sus muslos hasta llegar a su intimidad. 
Mis dedos se detuvieron al tacto directo con su vagina húmeda y caliente. 
No había nada de por medio. 
— ¿Esto qué es, tía? No tenés ropa interior. Le dije con una sonrisa ladeada que era pura burla y dominación. 
— Es que... el vestido es tan ajustado que se marcaba todo... no me entraba con la tanga puesta, Ale. Me dijo con las mejillas encendidas por una vergüenza deliciosa, tratando de justificar su desnudez mientras sus caderas, traicionándola, empezaban a buscar el contacto de mis dedos. 
— Mentira. Saliste del baño sabiendo exactamente que no te ibas a poner nada. Te sacaste la ropa para mí antes de que yo pusiera un pie acá porque sabías que te iba a terminar usando así. Te sentís una puta y eso es lo que más te calienta, ¿no?. Le solté, tirando de su pelo con un poco más de fuerza para recordarle quién mandaba. 
— ¡No! ¡No digas eso! ¡Alejandro, está mal! ¡Por favor, no me lo hagas, no me lo metas, te lo ruego!. Gritó ella, pero fue un grito ahogado que terminó en un jadeo cuando mis dedos empezaron a trabajar en su vagina, que ya estaba empapada, confirmando mi victoria psicológica. 
Sin soltarla, la empujé hacia atrás hasta que quedó acostada sobre el sillón. 
Sus tetas volvieron a saltar y quedaron expuestas como una ofrenda de carne madura. 
Me puse encima de ella, dejando el vestido amontonado a la altura de su cintura, convirtiéndola en un paisaje de sumisión total. 
— ¡Alejandro, por favor, pensá lo que hacés!. Me suplicó por última vez con la voz débil, mientras sus caderas empezaban a empujar mis dedos con un ritmo desesperado, pidiendo a gritos que no me detuviera. 
— Ya lo pensé todo, Elisa. Gabriel te rompió, pero yo te voy a dar un uso mejor. Te voy a coger como ese inútil nunca lo hizo, y cuando termine, vas a entender que naciste para ser mía. Le dije a centímetros de su cara, mientras mis dedos aumentaban el ritmo de la masturbación, sintiendo cómo sus jugos me empapaban la mano. 
Ella asintió frenéticamente con la cabeza, rindiéndose ante la evidencia, mientras su voz todavía intentaba dar un último y falso grito de resistencia. 
— ¡No pares! ¡Ay, por Dios, dame más! ¡No pares, Ale!. Exclamó ella, olvidando por fin los nombres, los parentescos y las culpas, entregada por completo al placer de ser, por primera vez en su vida, una mujer poseída por un hombre que sabía exactamente qué hilos tirar. 
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Elisa estaba en ese punto de no retorno donde la vergüenza y el deseo se funden. 
Sus jadeos llenaban el departamento vacío, rebotando en las paredes. 
Me detuve en seco, retirando mi mano de su vagina con brusquedad. 
— ¿Por qué parás? Seguí, por favor... me duele de lo que necesito que me toques. Me preguntó, con los ojos nublados y voz cargada de necesidad. 
— No, Ale, no me dejes así... me vas a volver loca. Me suplicó, tapándose la cara roja, avergonzada de rogarle placer al hijo de su hermana. 
— Porque no quiero que esto sea algo que simplemente te "pasó". Quiero que seas vos la que cruce la línea. Desnudate, Elisa. Sacate todo. Le ordené, cruzándome de brazos mientras disfrutaba su confusión. 
— ¿Acá? No... es demasiado... dejame el vestido puesto al menos. Balbuceó ella, buscando un rastro de moral inexistente. 
— Si no te lo sacás, me voy y te quedas sola con el recuerdo de lo que te hizo tu sobrino. O sos mi mujer completa o una tía aburrida que llora por Gabriel. Le solté, manipulando su miedo con precisión quirúrgica. 
Ella se incorporó, con las tetas al aire y el vestido en la cintura. 
Aceptó su papel en mi juego y se puso de pie con piernas temblorosas. 
— Tenés razón. Gabriel me hacía sentir un mueble viejo... pero con vos me siento como una puta. Me dijo con una honestidad brutal que me hizo sonreír. 
Agarró el borde del vestido y lo fue subiendo por sus caderas hasta sacarlo por su cabeza. 
— Mirame, Alejandro. Esto es lo que ese imbécil despreció. Me dijo, dejando que sus tetas grandes se lucieran con pezones erguidos. 
Me acerqué y rodeé sus pechos, sintiendo la firmeza de esa piel de milf. 
Empecé a masajearlas mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, entregada. 
— Son perfectas, Elisa. Son mías. Le dije, apretando con fuerza. 
— Sí... todo es tuyo. Hacé lo que quieras conmigo. Me suplicó, buscando desesperadamente mi cinturón. 
— Ahora arrodillate. Quiero ver si esos labios son tan buenos como parecen. Le ordené, agarrándola del mentón. 
— Amo... por favor... usame como la puta que soy. Balbuceó ella, entregándose a la perversión. 
— Así me gusta. Preparate, que hoy no vamos a dormir. Le solté, mientras sus manos abrían mi bragueta. 
sumision

La escena era perfecta. Elisa estaba ahí, desnuda y temblando. 
El vestido yacía en el suelo como un cadáver. Yo seguía vestido, manteniendo esa asimetría de poder. 
Me acerqué con pasos lentos. La tomé de la nuca con una brusquedad que la hizo gemir. 
— ¿Sentís eso, Elisa? Es el miedo de saber que ya no tenés donde esconderte. Estás en mis manos. Le solté con autoridad. 
— Sí... Amo... no quiero esconderme más. Hacé conmigo lo que quieras. Me suplicó quebrada. 
Ver a la tía respetable reducida a esa sumisión fue mi triunfo definitivo sobre Gabriel. 
— Alejandro... no me hagas esperar más... dejame verte. Me rogó buscando mi cinturón. 
— Tranquila, Elisa. La que tiene hambre acá sos vos. Yo tengo todo el tiempo del mundo. Le dije disfrutando de sus nervios. 
Me desabroché el cinturón. El chasquido del metal fue el preludio de su degradación. 
Bajé el cierre y dejé que mi verga saltara al aire libre, a centímetros de su rostro. 
Elisa se quedó petrificada. Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi erección con fijeza religiosa. 
— ¿Te asusta ver lo que es un hombre de verdad? ¿O el inútil de Gabriel te tenía mal acostumbrada? Le pregunté con una carcajada fría. 
— Es que... es enorme. Gabriel no era nada comparado con esto... Me susurró hipnotizada. 
— Comparado con lo que tenías, esto es un castigo. Servime. Usá esa boca de perra y vengate de cada año. Le ordené guiando su cabeza. 
— Sí... tenés razón. Él era un nada. Por favor, haceme tu puta. Me dijo entregada. 
Se lanzó sobre mi verga con voracidad. Yo hundí mis manos en su pelo mientras la obligaba a recibirme hasta el fondo. 
Sus ojos buscaban mi aprobación en cada succión. Sus uñas se hincaban en mi piel mientras yo manejaba el ritmo de su cabeza. 
Cada movimiento de su boca era una bofetada a su matrimonio. 
Aceptaba su papel de juguete bajo mi control total, sabiendo que ahora solo respondería ante mí. 
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Le saqué la verga de la boca a Elisa de un tirón seco. 
Se escuchó un sonido de succión pesado, un "pop" que dejó un rastro de saliva hasta su barbilla. 
Caminé hasta el sillón y me senté abriendo las piernas, relajado. 
— ¿Qué pasó, Amo? No me dejes así... te lo suplico, todavía tengo hambre... 
Me preguntó con la voz quebrada, con un hilo de baba cayendo sobre su pecho maduro. 
— Amo, por favor... necesito compensar todo el tiempo que estuve seca por culpa de ese imbécil... 
Me suplicó gateando, con los ojos empañados en lujuria. 
— Me encantó cómo la usaste, pero ahora quiero verte desde acá. Salí de ahí. 
Le ordené con una frialdad que la hizo estremecer. 
— Ponete en cuatro, Elisa. Ahora. 
Se puso en cuatro sobre la alfombra, con sus tetas pesadas colgando y su culo firme apuntando hacia la puerta. 
— Ahora, vení hasta acá. Vení como lo que sos: una perra. Gateando, Elisa. 
Le grité, golpeando con fuerza el sillón. 
Mi tía cruzando el living a gatas, con su culo redondo balanceándose hacia su degradación. 
Cuando llegó a mis rodillas, apoyó el mentón y me miró con desesperación. 
— Mirate, Elisa... gateando por la alfombra que te compró el imbécil de Gabriel. ¿Él alguna vez tuvo los huevos para pedirte esto? 
Le pregunté, agarrándola con violencia del pelo. 
— No... él era un mediocre. Solo vos pudiste sacarme esto, Amo... 
Me susurró, rozando su mejilla contra mi muslo con una honestidad brutal. 
— ¡Chupalo todo, puta! ¡Demostrale a ese perdedor qué es lo que se perdió! 
Le solté, forzando su cara contra mi entrepierna. 
La tía Elisa murió y nació una máquina de placer sin frenos. 
Su boca se volvió un infierno, ahogándose en mi verga con una ferocidad que me hizo apretar los dientes. 
— En cuatro de nuevo. Arqueá la espalda. Quiero ver ese culo mientras me servís. 
Arqueó la espalda violentamente, alzando su retaguardia como una ofrenda de guerra. 
Sus labios abandonaron el tronco para concentrarse en mis huevos. 
Los devoró con voracidad animal, recorriendo cada pliegue con su lengua caliente. 
— ¡Comeme las bolas como la zorra que sos! ¿Sentís la diferencia con ese gordo patético? 
Le pregunté, dándole una nalgada fuerte que sonó como un latigazo. 
— Sí... Amo... soy tu puta... Él no era nada comparado con vos... castigame... 
Me suplicó entre jadeos, volviendo a mi verga con un hambre que confirmó mi éxito. 
Se estaba vengando de su vida anterior a través de mi dominio. 
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Saqué mi verga de su boca con un movimiento brusco, disfrutando del sonido del vacío en la garganta de Elisa. 
Ella quedó de rodillas, con la mirada perdida y la cara bañada en baba que bajaba por su cuello. 
La agarré del pelo con un tirón seco y la incliné sobre el sillón de terciopelo. 
— Apoyá los codos y alzá ese culo. Quiero ver el desastre que voy a hacer ahí atrás. Le ordené, marcándole la cintura con fuerza. 
Ella obedeció temblando, ofreciendo su retaguardia blanca y tensa. 
Acerqué la punta de mi verga, empapada en su saliva, a ese culo estrecho que Gabriel nunca se atrevió a reclamar. 
— Amo... por ahí no... me vas a partir al medio. Me suplicó ella con pánico. 
— ¿Me pedís permiso o me rogás que te use como la zorra que sos?. Le pregunté, dándole una nalgada seca que dejó mi palma roja en su piel. 
— Gabriel nunca me pidió esto, me da miedo que me rompas. Balbuceó ella mientras yo ejercía una presión implacable. 
— ¡Gabriel era un inútil! Yo sí sé lo que sos, Elisa. Te voy a abrir como te merecés. Le solté, y empujé con toda mi fuerza bruta. 
— ¡¡AAAHHH!! ¡¡AMO, PARÁ!! ¡¡ME PARTÍS EL ALMA!!. Gritó Elisa con un alarido desgarrador. 
Me reí con ganas mientras sentía cómo su estrechez me apretaba la verga. 
— ¡Toma, perra! Tan "señora respetable" y acá estás, con el orto entregado a tu sobrino. Le dije, dándole otra estocada que la hizo gemir. 
— ¡Es demasiado... ahhh! ¡Más despacito, Amo, por favor!. Me rogó con la voz quebrada. 
— ¿Te pensás que esto es una caricia?. Le respondí, y le metí una embestida brutal que me hundió hasta el fondo. 
— ¡¡AAH!! ¡¡ME ESTÁS ROMPIENDO!! ¡Siento que me va a salir por la boca!. Chilló ella, clavando las uñas en el sillón. 
— ¡Gritá como la puta que sos! ¿Quién es tu dueño ahora?. Le pregunté, con un ritmo salvaje. 
— ¡Vos! ¡Ahhh! ¡Sos vos, Amo! ¡Rompeme todo, haceme mierda!. Gritó Elisa, empujando su culo hacia atrás, buscando que la llenara por completo. 
— ¡Así me gusta! ¿Viste que eras una zorra hambrienta? Te voy a dejar el culo abierto para que no te olvides quién manda. Le decía mientras le apretaba las tetas. 
— ¡Sí, Amo! ¡Haceme tu puta! ¡Dale más duro!. Me suplicaba ella, con la cara roja de sudor y baba. 
Le agarré el pelo para que viera mi cara de satisfacción mientras la destrozaba. 
— Mirame bien, puta. ¿Viste qué fácil fue olvidarte de la familia cuando sentiste un hombre de verdad rompiéndote el tabú?. Le pregunté. 
— ¡Perdón, Amo! ¡Solo quiero que me des más! ¡Tu verga es lo que necesito para sentirme viva!. Gritó ella, moviendo el culo con desesperación. 
— Me encanta cómo me apretás. ¿Te imaginás si Gabriel te viera pidiéndole a tu sobrino que le rompa el orto?. Le dije, riéndome. 
— ¡Que se joda! ¡Gracias por hacerme tu puta!. Me respondió entregada, mientras yo aceleraba para reclamar ese territorio para siempre. 
harem de alejandro

Estaba claro que habíamos cruzado la línea de no retorno. Elisa estaba ahí, anclada a mí, con el cuerpo temblando y ese culo virgen apretando mi verga. 
Me deslicé hacia abajo, sentándome en la alfombra, obligándola a quedar en una posición de sentadilla forzada sobre mí. 
— ¿Qué... qué rico, Amo?. Me preguntó ella, con la cara empapada en sudor y esa mirada de absoluta sumisión. 
— Quiero que te cojas sola con mi verga. Quiero ver cómo ese culo que Gabriel nunca usó aprende a trabajar para mí. Le ordené. 
— No puedo... me duele mucho, Amo... es muy grande. Me suplicó, aterrada por la fricción de mi tamaño en su interior estrecho. 
— ¡Hacelo! Si no te movés ahora, te dejo con las ganas y con el culo abierto. O sos mi puta activa o volvés a ser la vieja sola. Le solté, frío. 
Lentamente, con sus muslos vibrando por la tensión, empezó a elevarse para volver a bajar. 
— ¡Ahhh! ¡Dios!. Gritó cuando mi verga rozó las paredes internas de su esfínter al bajar con todo su peso. 
— ¡Eso! No pares. Más profundo cada vez. Le exigí, viendo su culo balanceándose con cada movimiento cargado de dolor. 
— Es que... ahhh... mírame, Amo... me llenás toda, siento que me vas a partir en dos. Me dijo, mientras sus manos apretaban el terciopelo. 
— Bajá más. Empujate con el sillón. Quiero que mi verga te toque el fondo desde adentro. Le dije, dándole una nalgada que resonó en todo el cuarto. 
— ¡Amo! ¡Ay!. Me respondió, y esta vez se dejó caer con más fuerza. El sonido húmedo del choque de su culo contra mis caderas fue música. 
— ¡Gaaaaah! ¡Siento que me desgarrás pero me hacés vibrar entera! ¡Rompeme el alma con ese pedazo de acero!. Exclamó ella en un grito desgarrador. 
— ¿Viste qué fácil es? Sos una puta natural. ¿A que Gabriel nunca tuvo el placer de ver cómo te follabas sola su verga?. Le pregunté. 
— ¡Nunca! ¡Él era un inútil! ¡Tu verga me rompe cada fibra de la dignidad que me quedaba!. Exclamaba ella, olvidando el dolor inicial. 
— Mirá cómo rebota ese culo. Mañana cuando te duela al caminar, vas a recordar que fuiste vos la que se ensartó solita. ¿Te gusta ser una zorra?. Le solté. 
— ¡Sí! ¡Soy la zorra de mi sobrino! ¡Mirame cómo me la como toda!. Me gritó, moviéndose con una ferocidad que no tenía rastro de la mujer modelo. 
Poco a poco, Elisa se fue acostumbrando. Lo que antes era dolor ahora era una lujuria anal desatada. 
— ¡Ya no me duele! ¡Siento que me quema, me vuelve loca! ¡Más! ¡Pedime más!. Me rogaba, con los ojos cerrados. 
— ¿Querés más? Ahora me toca a mí. Le dije, y levanté la pelvis con una embestida violenta hacia arriba. 
Elisa tembló entera, sus ojos se pusieron en blanco mientras su esfínter se estiraba hasta el límite de lo humano. 
— ¡Seguí moviéndote mientras yo te destrozo! ¡Cogeme con ese culo virgen!. Le grité, empezando a empujar con un ritmo brutal. 
— ¡Ahhh! ¡Amo! ¡Siento que me vas a traspasar el útero por atrás! ¡Dale, no me tengas piedad!. Chillaba ella, hundiéndose en mi verga con cada golpe seco. 
— ¡Gritá mi nombre! ¿Quién te está dando lo que ese gordo nunca pudo?. Le pregunté, apretándole la cintura con fuerza. 
— ¡Sos mi Amo! ¡Sos mi Dueño! ¡Duro, Amo! ¡Rompeme el culo! ¡No tengas lástima de esta perra vieja!. Me gritaba, con la lengua asomando y la baba cayéndole. 
Los dos nos movíamos como animales en el piso del living, entre las cajas de la mudanza y el olor a sexo. 
— ¡Mirate, sos una ninfómana anal! ¡Mi mamá cree que sos una santa y acá estás, ensartada en mi verga pidiendo que te destruya!. Le dije, riéndome en su cara. 
— ¡No soy ninguna santa! ¡Soy tu perra para siempre! ¡Humillame, haceme lo que quieras pero no pares, Amo!. Me suplicó, con lágrimas de placer anal. 
Elisa: Mi Tía Recién Separada

Saqué mi verga de su culo con un esfuerzo bruto, sintiendo cómo sus músculos se aferraban a mi grosor. Tuve que tirar con fuerza hasta que salió con un "ploc" húmedo que resonó en las paredes, seguido de un siseo de succión. 
— ¡Ahhh! ¡Dios mío! ¡Sentí cómo me arrastrabas las tripas hacia afuera!. Gimió Elisa, soltando un grito de alivio mezclado con un dolor exquisito. 
— Mirá cómo se resiste a dejarme ir, Elisa. Tu culo es un vicioso, me tiene agarrado como si no quisiera que termine. Le dije con una risa burlona, viendo cómo su anillo anal tardaba segundos en intentar cerrarse. 
Elisa colapsó hacia adelante en el sillón de terciopelo. Sus muslos no paraban de vibrar, dejando un rastro de lubricación sobre la alfombra. El olor a sexo, denso y caliente, flotaba en el aire. 
— No terminamos, Elisa. Recién estamos calentando. Le dije, dándole una nalgada que dejó la marca de mis dedos roja sobre su piel. 
— Ahhh... Amo... me explotó el cerebro... me duele todo... Me balbuceó ella con la voz rota. 
— Arriba. Ponete en cuatro. Quiero que me muestres cómo quedó tu culo. Le ordené con frialdad. Se arrastró sobre sus rodillas, arqueando la espalda por puro instinto de perra domada. 
— Abrite, Elisa. Mostrame cómo te dejé el culo. Le dije, parándome justo detrás. 
— ¿Así? Me preguntó, girando la cabeza. Su cara estaba encendida por la vergüenza deliciosa que la excitaba. 
— ¡Hacelo! Mostrame el agujero que te hice. Le grité. Su entrada anal estaba dilatada e hinchada, manteniendo la forma circular de mi verga. Estaba completamente abierta, palpitando. 
— Mirá eso... estás toda rota, Elisa. Le dije, acercando mi cara para ver el desastre provocado. Ahora movelo. Perreame un poco. 
— Ahhh... Amo... me hacés sentir una trola... Me susurró, pero empezó a mover las caderas. Ver ese anillo moviéndose, todavía abierto por mi tamaño, era satisfactorio. 
— ¡Eso! ¿Sentís lo abierto que te lo dejé?. Le pregunté, dándole un chirlo que la hizo saltar. 
— ¡Sí! ¡Es el dolor más rico de mi vida! ¡Soy tu trola!. Gritó ella, aumentando el ritmo. 
— Gabriel te veía como una santa, pero yo te veo como lo que sos: una puta barata. Le solté con veneno. 
— ¡Que se joda ese imbécil! ¡Mirame el culo! ¡Es todo tuyo!. Me suplicó con la lengua afuera. 
— Pero mirá esto. No bajó ni un milímetro. Todavía tengo hambre. Le dije, golpeando su mejilla con mi erección. 
— ¡Mierda, Amo... está de acero todavía! ¡Me va a matar!. Me dijo ella con terror y lujuria. 
— ¡Me importa un carajo! Te vas a aguantar hasta que esté satisfecho. Le dije, mientras ella seguía con el culo abierto. 
— ¡Sí, Amo! ¡Me gusta que me trates como a una puta! ¡Quiero ser tu perra para siempre!. Me respondió, mientras seguía moviendo su culo abierto para mí en la penumbra. 
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La agarré de los brazos y la tiré al sillón. 
El departamento olía a una mezcla cruda de su sudor y la lubricación que goteaba de ella. 
La puse boca arriba, dejando su cabeza apoyada en el borde del respaldo, exponiendo su cuello y su vulnerabilidad total. 
La agarré de los tobillos con un movimiento brusco y le mandé las piernas hacia el pecho, obligándola a quedar en una posición humillante. 
— ¡Arriba esas piernas, Elisa! Agarratelas fuerte y abrite bien. Quiero que seas vos la que me entregue el camino. Le ordené, mientras me acomodaba entre sus muslos. 
Ella obedeció, sujetando sus propios muslos con las manos temblorosas, hincando las uñas en su piel para mantenerse abierta de par en par. 
La vista era obscena: sus tetas generosas caían hacia los costados y ahí abajo, su culo rojo gritaba por ser llenado de nuevo. 
— Mirate la cara, Elisa. Tenés los ojos de una puta que acaba de descubrir su verdadera vocación. Le dije, rozando la entrada con la punta de mi verga. 
— Ahhh... Alejandro... Amo... me vas a destruir. Me susurró, con la mirada perdida y los labios húmedos. 
— Te voy a coger por cada año que estuviste con Gabriel. Esto no es solo sexo, es tu redención, perra. Le solté, y sin anestesia, hundí la verga hasta el fondo de un solo empujón. 
— ¡¡¡GAAAAAAHHHH!!! ¡¡DIOS MÍO!! ¡¡AMO!! Gritó ella, arqueando la espalda mientras mi grosor la invadía. 
— Agarrate bien las piernas y mirame cómo te rompo. Mirame cómo te lleno el culo. Le grité, dándole una estocada tan fuerte que el sillón crujió. 
— ¡Es que... ahhh... sos un animal! ¡Gabriel era un inútil al lado tuyo! Me balbuceó, y vi cómo sus ojos se ponían en blanco mientras sus manos apretaban sus muslos, ayudándome a entrar más profundo. 
— Gabriel era un perdedor. Decilo, Elisa. Decí que tu ex marido es un poco hombre mientras sentís cómo te rompo el orto. Le exigí, aumentando el ritmo, sintiendo la succión increíble de sus músculos anales. 
— ¡Él era un inútil! ¡Un cagón! ¡Ahhh! ¡Vos sos el único hombre, Amo! ¡Haceme mierda!. Exclamó ella, entregada a la humillación, con la cara roja de esfuerzo. 
— ¡Así me gusta! ¿Sentís cómo te golpeo el útero desde afuera? ¿Sentís mis huevos contra tu culo?. Le pregunté, disfrutando del sonido húmedo de cada embestida. 
— ¡Sí! ¡Siento que me partís en dos! ¡Amo, por favor, más fuerte! ¡No me tengas piedad! ¡Castigame por haber sido tan santa!. Me suplicó, con una necesidad carnal que rozaba la locura. 
— Te voy a dejar tan abierta que mañana vas a estar tomando mate con tu hermana y vas a sentir mi fuego en el orto. ¿Te calienta estar con ella toda rota por mí?. Le susurré, dándole estocadas lentas y profundas que la hacían vibrar. 
— ¡Sí! ¡Me calienta! ¡Quiero que mi hermana sepa que su hijo me hizo mujer de verdad!. Gritó ella, entregada al tabú que nos rodeaba. 
— ¿Mujer? No te confundas, Elisa. Te estoy haciendo mi puta. Te estoy marcando como mi propiedad. Le solté, mirándola con desprecio. 
— ¡Sí, Amo! ¡Soy tu puta, tu perra! ¡Solo haceme lo que quieras!. Me gritaba, con la voz rota, mientras su cuerpo se sacudía. 
— ¡Callate y gozá, perra! Mirá cómo se te escapan los quejidos. Naciste para estar así, con el orto roto. Le dije, volviendo a la carga con violencia posesiva. 
— ¡Amo! ¡Más! ¡Dame más! ¡Rompeme el culo hasta que no pueda más! ¡Soy tu puta!. Me gritaba, mientras yo la sacudía entera, viendo cómo su cuerpo se rendía ante mi superioridad. 
Ella ahí abajo, sosteniendo sus piernas como una ofrenda de carne, y yo dominándola para vaciar mis ganas acumuladas. 
El living era testigo de su degradación final, y yo no pensaba soltarla hasta que su identidad fuera solo un recuerdo borroso bajo el peso de mi verga. 
tia y sobrino

Yo seguía encima de ella, sintiendo cómo su culo me apretaba con espasmos que no querían soltarme. 
Elisa estaba bañada en sudor, con la respiración tan pesada que parecía desvanecerse. 
— Por favor... Amo... ya está... me duele hasta el culo... Me balbuceó, tratando de cerrar las piernas, pero yo no me moví. 
Mi verga seguía de acero, reclamando su territorio. 
— ¿Ya está? Recién entramos en la parte divertida, Elisa. Le susurré al oído. 
— No... necesito descansar... el culo me arde... haré lo que quieras, pero sacala... te lo suplico... Me rogó, y ese "haré lo que quieras" fue el error que mi mente manipuladora esperaba. 
— ¿Lo que quiera? Mirame, Elisa. Le ordené, agarrándola del mentón con los dedos hundidos en su carne. 
Sus ojos estaban inyectados de placer y agotamiento absoluto. 
— Sí... lo que sea... si dejas descansar mi culo... por favor... Susurró, entregándome el cheque en blanco que iba a cobrar con intereses. 
— Perfecto. Vamos a ver si tu vagina es tan hambrienta como el orto que me regalaste. Le dije, sacando mi verga con un "ploc" que la hizo temblar. 
— ¡No! ¡Alejandro, pará! ¡Ahí no! Gritó ella, intentando recuperar esa moral barata que ya le había destruido. 
— ¡Es pasarse de la raya! ¡Somos familia! ¡Si pasamos a la concha no hay vuelta atrás! Exclamaba, tapándose la cara, temblando por el tabú invocado. 
— ¿Qué línea, Elisa? Me reí, posicionando mi punta empapada por su culo contra sus labios vaginales que ya chorreaban por instinto. 
— El anal te lo abrí como a una puta. ¿Ahora te hacés la santa? Le solté, presionando su entrada delantera y sintiendo el calor de su sexo. 
— ¡Si me cogés ahí... voy a ser la mujer de mi sobrino! ¡Pecadora de verdad! ¡Amo, piedad! Me suplicó, tratando de empujarme con sus débiles brazos de señora. 
— No hay piedad para las putas. Dijiste "lo que sea". ¿Querés que tu orto descanse? Dame tu vagina. Le hablé con una frialdad que la hizo estremecer. 
Hundí mi verga con un empuje seco y brutal, forzando el camino en una cavidad mucho más ajustada que su propio culo. 
— ¡¡¡AAAAAAAAHHHHHH!!! ¡¡ESTÁS ADENTRO!! ¡¡PECADO!! El grito de Elisa fue desquiciado, pero el horror duró un suspiro. 
Su vagina, hirviendo de jugos, me recibió con una succión eléctrica que me hizo gruñir de placer. 
— ¡Me estás apretando como si quisieras robarme la verga! Le dije, riéndome mientras ella soltaba su primer aullido salvaje con el cuerpo arqueado. 
— ¡Estás mil veces más apretada que tu culo, puta! Le grité, moviéndome con cadencia salvaje, ignorando sus lágrimas de shock. 
— ¡Ahhh! ¡Es demasiado rico! ¡Siento que me llenás! Me decía, mientras su mano izquierda subía a su teta para apretarla con fuerza. 
— ¿Te gusta ser la puta oficial de la familia? Le pregunté, dándole una embestida que hizo que su cabeza golpeara el respaldo. 
— ¡Sí! ¡Sos un demonio, me manipulaste! ¡Soy tuya! ¡Cogeme como a una perra callejera! Exclamó, retorciéndose mientras yo me burlaba de su falta de voluntad. 
— Solo necesitabas una excusa barata. "Descansar el culo", qué mentira para dejarte coger la concha por fin. Le dije, viendo su cara de desquiciada buscando oxígeno. 
— ¡Callate y dame! ¡Seguí destruyéndome! ¡Haceme mierda, Amo! Me gritaba, con la lengua afuera en cada choque de nuestros cuerpos. 
— ¿Quién te está haciendo mujer de verdad? Le pregunté, bajando una mano a su clítoris mientras la penetraba con furia. 
— ¡Vos! ¡Solo vos! ¡Ahhh! ¡Me estoy corriendo de nuevo! ¡Me voy a morir! ¡Amo! Gritó ella, y de repente su cuerpo se puso rígido como una tabla. 
Su vagina me apretó con fuerza eléctrica, succionándome en un alarido de placer que parecía no tener fin. 
— ¡Gritá para que te escuche todo el mundo! Le solté, riéndome de sus aullidos de perra hasta que no fuimos más que dos animales sudados. 
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Elisa ya no era una mujer, era un manojo de nervios expuestos vibrando bajo mi peso. 
Sus piernas, apoyadas sobre mis hombros, temblaban mientras yo la seguía embistiendo con la misma furia que al principio. 
La cantidad de jugos que emanaban de su vagina era tal que el sonido de la carne chocando era un chapoteo constante, una succión líquida. 
— ¡Mirate cómo estás, Elisa! No podés ni cerrar la boca de lo que te gusta que te use así. Le solté, viéndola con los ojos en blanco, totalmente ida. 
— ¡Es que no... ahhh... no para! ¡Amo, sacala, por favor, afuera no! Me gritó ella, mientras sus propios fluidos me empujaban hacia afuera en cada espasmo. 
— ¿Querés sentir lo que es tener a un hombre de verdad llenándote por fin? Le pregunté, sintiendo que la presión en mi base ya era insoportable. 
— ¡No, adentro no! ¡Alejandro, pensá en lo que somos! ¡Si me llenás no voy a poder borrarlo nunca! Me rogó con la voz quebrada. 
— ¿Querés que te preñe, Elisa? ¿Querés sentir cómo te arruino la vida y te dejo marcada como mi puta personal? Decilo. Le exigí, torturándola con la espera. 
— ¡Ahhh... no... es que si me llenás voy a ser tuya para siempre! ¡Por favor, Amo, no me dejes preñada! Me suplicaba ella, pero su vagina me apretaba con desesperación. 
— ¡Sí! ¡Hacé lo que quieras! ¡Preñame si querés, haceme tuya, Amo! Aulló finalmente, entregada al animal que la poseía. 
Hundí la verga con una estocada final, tan profunda que sentí cómo golpeaba el cuello de su útero, y ahí me quedé, clavado. 
Sentí la primera ráfaga, un chorro hirviente y denso que golpeó su fondo con una violencia que me hizo vibrar. 
— ¡No tan adentro! ¡Ahhh! ¡Me duele, Amo! ¡Pará de empujar que me vas a romper! Me gritaba ella, mientras yo hundía la verga con espasmos brutos. 
— ¡Te estoy preñando, Elisa! ¡Sentí cómo te dejo llena de mi leche, perra! Le susurré, dándole estocadas cortas para que mi semen llegara lo más lejos posible. 
— ¡¡¡AAAAAAAAHHHHHH!!! ¡¡ESTÁS DENTRO!! ¡¡ME ESTÁS LLENANDO TODA!!. Gritó Elisa, teniendo el orgasmo más salvaje de toda la noche. 
Sus paredes vaginales se cerraron sobre mí como una prensa hidráulica, succionando cada gota de mi semen con una voracidad eléctrica. 
— ¡Sentí cómo te lleno, Elisa! ¡Sentí mis bolas vaciándose adentro tuyo! Le susurré, sintiendo cómo el líquido revalsaba por los costados de mi verga. 
— ¡Ahhh! ¡Es mucho! ¡Siento que me voy a explotar, me inflaste la concha de tanta leche! Balbuceó ella, mientras yo la sacaba con un sonido de succión pastoso. 
Elisa se quedó ahí, con las piernas abiertas. 
De su vagina empezó a brotar una cascada blanca y espesa que se mezclaba con su propia humedad. 
El semen chorreaba sin control, un río denso que bajaba por su entrepierna y goteaba sobre el terciopelo del sillón. 
— ¡Mirá el desastre que hiciste! ¡Alejandro, qué hiciste, por Dios!. Gritó ella, mirando el charco de leche con una expresión de terror que me dio risa. 
— ¿Qué hice? Te di lo que me pediste. Te llené hasta el cuello, tía. Le respondí, todavía con la verga goteando hilos de semen. 
— ¡Pero somos familia! ¡Si me quedo embarazada! ¡Me arruinaste la vida, ahora soy una basura! Me reprochó, tocándose la entrada de su sexo con los dedos. 
— No te quejes ahora. Estás jugando con el semen de tu sobrino mientras te chorrea por las piernas. ¿Eso es lo que hace una santa? Le pregunté con superioridad. 
— ¡Es que está mal! ¡Soy una sucia! Sollozó ella, pero sus dedos no paraban de recorrer su propia intimidad. 
— Sos mi sucia personal. Mañana vas a estar en la cena familiar sintiendo cómo mi leche todavía te baja por la pierna. Le solté, viéndola cómo se rendía. 
— ¡Sí... tenés razón! ¡Soy una enferma! ¡Gracias, Amo... gracias por hacerme tu puta de verdad!. Gritó finalmente, abriéndose de nuevo las piernas con las manos. 
— Así me gusta. No te limpies nada. Todavía me queda un regalo final para esa boquita de señora. Le ordené, mientras ella me miraba con devoción absoluta. 
sumision

0 comentarios - Elisa: Mi Tía Recién Separada