—No puede ser… —susurré entre gemidos—. No parece que sea tu primera vez…
Él rió apenas, con esa seguridad nueva que me encendía más que nada. Mi cuerpo empezó a tensarse, a encenderse en un fuego que me consumía. Lo sabía, el final estaba cerca. —Antonio… voy a… voy a…
Él me sostuvo más fuerte, negándose a aflojar. Su mirada, fija en mí, me decía sin palabras: quiero ser el hombre que te haga correr.
Y lo logró. Un grito se escapó de mi garganta, desgarrado, mezclado de placer y de sorpresa. Mi cuerpo entero se contrajo en un espasmo delicioso, mientras el mundo se me borraba por segundos.
—¡Antoniooo! —exclamé, con lágrimas de placer en los ojos.
Él no se apartó de inmediato. Me sostuvo, me acompañó en cada ola de aquel orgasmo, como si hubiera nacido para eso.
Cuando al fin mi cuerpo se relajó, jadeante y sudoroso, lo miré sin poder creerlo. Le acaricié el rostro, incrédula. —No puedo… no puedo creerlo…
Yo reí, agotada pero encendida todavía, y lo atraje hacia mí para besarlo con desesperación. —Antonio… ya no eres un aprendiz. Me acabas de hacer perder la cabeza lo besé apasionadamente, su rostro estaba mojado de mis juguitos de mi corrida.
Él sonrió, victorioso, y me abrazó con fuerza. Y así, entre besos, comprendí que el muchacho que minutos atrás temblaba de nervios había desaparecido. Frente a mí estaba un hombre que me había demostrado de lo que era capaz.
Antonio estaba sobre mí, con el rostro aún húmedo de la intensidad que acababa de darme. Me besaba con urgencia, con hambre, como si quisiera devorarme. Yo correspondía a cada beso, riendo entre sus labios.
—Mi amor… —le susurré con voz ronca—, lo que acabas de hacer conmigo… no tienes idea de lo bien que lo hiciste.
Él me miró sorprendido, como si aún dudara de sí mismo. —¿De verdad te gustó tanto?
Lo abracé fuerte y lo acerqué a mi boca. —No me gustó… me enloqueció. Te juro que me hiciste sentir cosas muy ricas hasta me hiciste correrme.
Antonio sonrió, tímido y a la vez orgulloso. Se inclinó de nuevo a besarme, y yo dejé que sus labios recorrieran mi cuello, mi clavícula… hasta que con una leve presión de mis manos sobre su nuca lo fui guiando hacia abajo.
—Sigue, amor… no tengas miedo… —le dije con un suspiro.
Él entendió la invitación y bajó hasta mis pechos, posando sus labios en mi pezon rosita, al principio me daba besos temblorosos, curiosos, como si descubriera un territorio sagrado. Cerré los ojos y gemí suavemente, disfrutando cada roce.
—Así… eso… —le animé, acariciando su cabello—. Hazme sentir que me deseas, Antonio.
Él me obedecía y, poco a poco, cada beso se volvía más seguro, más intenso, más de hombre. Lo escuchaba respirar con fuerza, lo sentía ansioso, excitado.
Acaricié su mejilla y lo miré directo a los ojos. —Escúchame bien… yo estoy aquí para ti. Soy tuya, ¿entiendes? Tu mujer, tu perra, tu putita… —mi voz se quebró en un susurro excitado—. Cuando quieras cogerme, solo dilo… y yo me abriré para ti. Podrás meterme tu verga en mí.
Antonio detuvo sus besos un segundo, sorprendido. Su mirada ardía. —Me vuelves loco, ¿lo dices de verdad?.
Lo besé de nuevo, arrastrando sus labios contra los míos con hambre. —Pues vuélvete loco conmigo, amor… quiero ser eso para ti… quiero ser la mujer con la que descubras todo, la que nunca te diga que no.
Él comenzó a chupar mis senos con una pasión que no había mostrado antes y volvió a besarlos, ahora con la fuerza de alguien que se sentía dueño de mí. Yo gemí, retorciéndome bajo su cuerpo.

—¡Eso, mi cielo! —jadeé—. Bésame chupame, comeme más fuerte… quiero que me marques, que me sientas tuya.
Antonio levantó la cabeza, con el rostro encendido. —Reg.. puta, puta… no sé qué me haces, pero me siento diferente contigo… como si pudiera todo.
Lo acaricié suavemente, guiando sus labios de nuevo hacia mis pechos. —Eso es lo que quiero… que aprendas a ser un hombre conmigo. Y lo estás logrando.
Él volvió a besarme con fuerza, con esa mezcla deliciosa de torpeza y deseo contenido que me derretía. Yo lo enredé entre mis piernas, atrapándolo, dejándole claro que no pensaba soltarlo.
—Antonio… —susurré contra su oído—. Recuerda lo que te digo: soy tuya… tu mujer, tu perra, tu putita… toda para ti. Me puedes coger cuando tu quieras cariño.
Él gruñó suavemente, y yo sentí cómo ese murmullo vibraba contra mi piel, haciendo que me estremeciera de placer.
Antonio seguía sobre mí, besándome con esa mezcla deliciosa de ternura y hambre. Yo lo miraba y en mi interior sentía una certeza: era el momento de llevarlo más allá.
—Amor… —le susurré en su oído—, quiero que me cojas… quiero que me la metas ya.
Él se quedó quieto, mirándome con los ojos muy abiertos, como si la frase lo hubiera golpeado con fuerza. —¿De… de verdad? —preguntó con voz temblorosa, no tengo condón.
Sonreí, acariciándole el rostro con dulzura. —Sí, cariño. Quiero que me hagas tuya. Quiero ser la primera mujer en tu vida… la primera a la que le metas tu linda verga y te desvirgué y te haga sentir muy rico y que te haga hombre. No te preocupes no tenía intención de usar condón quiero que me los eches dónde van en mi vagina.
¿Y si quedas embarazada?
No te preocupes amor tomo pastillas así que tú correte con confianza y cogeme duro.
Él tragó saliva, nervioso, y yo aproveché para guiarlo. Metí mi mano entre nuestros cuerpos, busqué su barra de carne palpitante y la sujeté con decisión. Sentí cómo se estremecía al contacto.
—Tranquilo, mi cielo… —susurré, acariciándolo suavemente—. Yo te voy a enseñar cómo.
Él cerró los ojos, gimiendo apenas con el roce de mi mano. —Reg… eres muy puta…
Lo miré fijo, con una sonrisa atrevida. —Eso quiero, mi amor. Quiero ser tu puta, tu mujer… y que siempre recuerdes que conmigo aprendiste a ser un hombre.
Con cuidado, llevé su erección hasta mi intimidad. Sentí el calor de mi propio cuerpo recibiéndolo, y un escalofrío recorrió mi piel. Lo coloqué justo en la entrada y lo miré a los ojos.
—Despacio… —le indiqué con voz suave—. Solo sigue mi guía.
Antonio empujó apenas, y el contacto me arrancó un suspiro profundo. Cerré los ojos, disfrutando esa primera presión deliciosa. —Eso… así… —murmuré entre jadeos—. Vas muy bien… ahhh así poco a poco mmmm ahhh
Él se detuvo, inseguro. —¿No te duele? ¿Te lastimo?
Lo abracé fuerte, pegando mi frente a la suya. —No, amor… lo que siento es placer… me encanta que seas tú quien me al este metiendo, a las mujeres nos encanta que nos metan la verga si estoy gimiendo es porque siento rico a veces duele pero ese es el trabajo de la mujer aguantar a su macho pero estoy gimiendo de placer.

Animado, Antonio volvió a empujar un poco más, y esta vez logré sentir cómo me iba llenando lentamente. El gemido se me escapó sin control, vibrando en toda la habitación. —¡Ay, sí…! Así… así, mi vida… que rico pene tienes quiero que me preñes y me hagas tuya. Mmmmm
Su respiración se volvió agitada, y noté cómo su cuerpo temblaba contra el mío. —Prima… es que… se siente… —no tuvo palabras para describir lo que estaba sintiendo dentro de mi.
Lo besé con fuerza, casi devorándolo, mientras lo abrazaba con mis piernas para atraerlo más dentro de mí.
—Dilo conmigo… —le pedí entre jadeos—: que soy tu mujer… tu perra… tu putita…
—¡Eres mi mujer! —respondió con un gemido—. Mi putita… toda mía…
—¡Eso! —grité en un susurro ronco, mordiéndole el labio—. Ahora termina de metértela… quiero sentirte entero.
Antonio obedeció, y con un último movimiento lento y profundo, me llenó por completo. Yo me arqueé bajo su cuerpo, gritando su nombre entre gemidos de placer.
El tiempo se detuvo. Sentí cada latido suyo dentro de mí, cada vibración de su piel contra la mía. Era su primera vez… y al mismo tiempo, era como si hubiera nacido para hacerme el amor en ese instante.
—Antonio… —susurré con intensidad—. Nunca olvides este momento… porque yo no lo olvidaré jamás.
Él me miró, jadeando, con la expresión de un hombre que por fin había cruzado un umbral en su vida. —Reg… eres mía…
Lo besé con desesperación, apretando su cuerpo contra el mío. —Sí, amor… soy tuya. Para siempre.
Antonio permaneció unos segundos quieto dentro de mí, como si aún no pudiera creer lo que estaba sucediendo. Su respiración era irregular, sus músculos tensos; yo podía sentir cómo cada fibra de su cuerpo vibraba con la intensidad del momento. Y yo, debajo de él, disfrutaba del privilegio de contemplar su primera vez: esa transición entre el muchacho temeroso y el hombre que comenzaba a nacer en mis brazos.
Lo animé con una leve presión de mis caderas, invitándolo a moverse. Al principio fue torpe, apenas un vaivén tímido que parecía más un tanteo que un acto de pasión. Pero cada intento, aunque desordenado, me arrancaba un suspiro. Esa torpeza, en vez de restarle, me excitaba aún más: había algo profundamente erótico en saber que yo era la primera en enseñarle a recorrer ese camino.
Antonio comenzó a moverse con un poco más de seguridad haciendome sentir como su verga que no era grande, acariciaba las paredes internas de mi vagina, su cabeza de vez en cuando rozaba mi punto G con delicadeza. Su respiración se volvió más pesada, sus gemidos más graves, y yo noté cómo el ritmo se marcaba por instinto, sin necesidad de palabras. Sus caderas se acomodaban a las mías y, con cada empuje, un estremecimiento me recorría entera cuando sus huevos chocaban contra mi cuerpo. Me aferré a su espalda, sintiendo cómo la inseguridad inicial iba quedando atrás, reemplazada por un impulso más firme, más masculino.
Y entonces lo vi: ya no era el Antonio nervioso y contenido. Había algo nuevo en su mirada cuando se inclinó para besarme con hambre. Era deseo puro, sin dudas, sin frenos. Se movía con una fuerza recién descubierta, como si en ese instante comprendiera lo que significaba realmente poseer y dar placer.

Yo lo recibía con todo mi ser, sintiéndome orgullosa, dichosa, excitada hasta lo indecible. Cada embestida suya me hacía estremecer, cada suspiro suyo me llenaba de un orgullo secreto: él estaba aprendiendo conmigo, creciendo conmigo, y yo lo había elegido para entregarme en cuerpo y alma.
Lo sentí tomar uno de mis senos con fuerza, masajeando mi seno mientras marcaba un ritmo que ya no pedía permiso. Mi espalda se arqueó por instinto, recibiéndolo con hambre. Cada embestida suya era más profunda, más intensa, y yo no podía dejar de gemir, de suplicar con mi cuerpo que no se detuviera.

—Así, primito… —le susurré entre jadeos—. Cogeme como tu quieras… soy tuya, toda tuya.
Él gruñó contra mi cuello, como si esas palabras hubieran encendido un fuego aún mayor. Me sujetó con más firmeza, clavando su mirada en la mía, y entonces lo vi: ya no había dudas, no había nervios. Solo estaba ese instinto poderoso que lo volvía imparable.
Me estremecí al sentir cómo me poseía sin reservas, entre nuestros cuerpos se hacia un sonido como de palmadas ya que me estaba metiendo la verga con fuerza, como si quisiera dejar grabado en mi piel que era él quien me hacía suya. Yo lo animaba, entre besos y suspiros, a no detenerse:
—Cógeme fuerte, Antonio… no tengas miedo… soy tu putita, estoy aquí para complacerte, para lo que quieras…
Su respiración se hizo más áspera, sus movimientos más intensos. El vaivén de su cuerpo contra el mío me hacía perder toda noción del tiempo. Mis piernas lo rodearon instintivamente, buscando que no hubiera distancia posible entre los dos. Cada golpe de sus caderas contra las mías me arrancaba un grito, un gemido, una súplica desesperada de más.
Él me tomaba con la seguridad de un hombre de verdad, dominando el ritmo, reclamando cada rincón de mi ser. Su boca se perdía en mis labios, en mi cuello, en mis pechos, como si quisiera devorarme entera. Yo me dejaba, feliz, extasiada, orgullosa de verlo transformado.
—Eso, mi dueño… —alcancé a decir, mientras las palabras se mezclaban con un gemido largo—. Así… hazme tuya…
El momento llegó de golpe, aunque lo sentí venir desde hacía instantes. El cuerpo de Antonio comenzó a tensarse sobre mí, cada uno de sus músculos se endurecía como si luchara contra algo inevitable. Su respiración se volvió jadeante, irregular, y sus manos, que me sostenían de las caderas y de la espalda, me apretaban con una fuerza que jamás había sentido antes. Yo sabía lo que estaba por suceder, lo presentía en el temblor de sus labios al besarme, en la forma desesperada en que sus caderas se movían para meterme su hermosa barra de amor.
Entonces lo escuché. Un gemido profundo, ronco, como arrancado desde el fondo de su pecho, brotó de él y llenó la habitación. Antonio se dejó ir llenando mi vagina de su leche caliente y abundante. Su cuerpo se estremeció, convulsionó suavemente sobre el mío, haciéndome sentir como su verga no dejaba de disparar chorros de leche que chocaban y acariciaban las paredes de mi vagina; y en ese mismo instante yo también exploté. Fue como si su placer encendiera el mío, como si su orgasmo arrastrara al mío consigo, atándolos en un mismo destino.
Un calor indescriptible me atravesó de pies a cabeza. Mi cuerpo entero vibró, mi espalda se arqueó buscando retenerlo más dentro de mí, y un grito ahogado escapó de mis labios mientras lo sentía derramarse en mi interior. No pude evitarlo: me aferré a él con desesperación, como si en ese instante él fuera mi único ancla, la única certeza en el mundo.
Sentía sus temblores, su respiración desbordada en mi cuello, sus besos torpes y urgentes, mezclados con mi propia voz quebrada de placer. Durante unos segundos, no existió nada más que ese torbellino de sensaciones. Yo ya no sabía si los latidos que sentía eran míos o de él; lo único que entendía era que estábamos conectados, que su cuerpo y el mío habían dejado de ser dos para convertirse en uno solo.
Él rió apenas, con esa seguridad nueva que me encendía más que nada. Mi cuerpo empezó a tensarse, a encenderse en un fuego que me consumía. Lo sabía, el final estaba cerca. —Antonio… voy a… voy a…
Él me sostuvo más fuerte, negándose a aflojar. Su mirada, fija en mí, me decía sin palabras: quiero ser el hombre que te haga correr.
Y lo logró. Un grito se escapó de mi garganta, desgarrado, mezclado de placer y de sorpresa. Mi cuerpo entero se contrajo en un espasmo delicioso, mientras el mundo se me borraba por segundos.
—¡Antoniooo! —exclamé, con lágrimas de placer en los ojos.
Él no se apartó de inmediato. Me sostuvo, me acompañó en cada ola de aquel orgasmo, como si hubiera nacido para eso.
Cuando al fin mi cuerpo se relajó, jadeante y sudoroso, lo miré sin poder creerlo. Le acaricié el rostro, incrédula. —No puedo… no puedo creerlo…
Yo reí, agotada pero encendida todavía, y lo atraje hacia mí para besarlo con desesperación. —Antonio… ya no eres un aprendiz. Me acabas de hacer perder la cabeza lo besé apasionadamente, su rostro estaba mojado de mis juguitos de mi corrida.
Él sonrió, victorioso, y me abrazó con fuerza. Y así, entre besos, comprendí que el muchacho que minutos atrás temblaba de nervios había desaparecido. Frente a mí estaba un hombre que me había demostrado de lo que era capaz.
Antonio estaba sobre mí, con el rostro aún húmedo de la intensidad que acababa de darme. Me besaba con urgencia, con hambre, como si quisiera devorarme. Yo correspondía a cada beso, riendo entre sus labios.
—Mi amor… —le susurré con voz ronca—, lo que acabas de hacer conmigo… no tienes idea de lo bien que lo hiciste.
Él me miró sorprendido, como si aún dudara de sí mismo. —¿De verdad te gustó tanto?
Lo abracé fuerte y lo acerqué a mi boca. —No me gustó… me enloqueció. Te juro que me hiciste sentir cosas muy ricas hasta me hiciste correrme.
Antonio sonrió, tímido y a la vez orgulloso. Se inclinó de nuevo a besarme, y yo dejé que sus labios recorrieran mi cuello, mi clavícula… hasta que con una leve presión de mis manos sobre su nuca lo fui guiando hacia abajo.
—Sigue, amor… no tengas miedo… —le dije con un suspiro.
Él entendió la invitación y bajó hasta mis pechos, posando sus labios en mi pezon rosita, al principio me daba besos temblorosos, curiosos, como si descubriera un territorio sagrado. Cerré los ojos y gemí suavemente, disfrutando cada roce.
—Así… eso… —le animé, acariciando su cabello—. Hazme sentir que me deseas, Antonio.
Él me obedecía y, poco a poco, cada beso se volvía más seguro, más intenso, más de hombre. Lo escuchaba respirar con fuerza, lo sentía ansioso, excitado.
Acaricié su mejilla y lo miré directo a los ojos. —Escúchame bien… yo estoy aquí para ti. Soy tuya, ¿entiendes? Tu mujer, tu perra, tu putita… —mi voz se quebró en un susurro excitado—. Cuando quieras cogerme, solo dilo… y yo me abriré para ti. Podrás meterme tu verga en mí.
Antonio detuvo sus besos un segundo, sorprendido. Su mirada ardía. —Me vuelves loco, ¿lo dices de verdad?.
Lo besé de nuevo, arrastrando sus labios contra los míos con hambre. —Pues vuélvete loco conmigo, amor… quiero ser eso para ti… quiero ser la mujer con la que descubras todo, la que nunca te diga que no.
Él comenzó a chupar mis senos con una pasión que no había mostrado antes y volvió a besarlos, ahora con la fuerza de alguien que se sentía dueño de mí. Yo gemí, retorciéndome bajo su cuerpo.

—¡Eso, mi cielo! —jadeé—. Bésame chupame, comeme más fuerte… quiero que me marques, que me sientas tuya.
Antonio levantó la cabeza, con el rostro encendido. —Reg.. puta, puta… no sé qué me haces, pero me siento diferente contigo… como si pudiera todo.
Lo acaricié suavemente, guiando sus labios de nuevo hacia mis pechos. —Eso es lo que quiero… que aprendas a ser un hombre conmigo. Y lo estás logrando.
Él volvió a besarme con fuerza, con esa mezcla deliciosa de torpeza y deseo contenido que me derretía. Yo lo enredé entre mis piernas, atrapándolo, dejándole claro que no pensaba soltarlo.
—Antonio… —susurré contra su oído—. Recuerda lo que te digo: soy tuya… tu mujer, tu perra, tu putita… toda para ti. Me puedes coger cuando tu quieras cariño.
Él gruñó suavemente, y yo sentí cómo ese murmullo vibraba contra mi piel, haciendo que me estremeciera de placer.
Antonio seguía sobre mí, besándome con esa mezcla deliciosa de ternura y hambre. Yo lo miraba y en mi interior sentía una certeza: era el momento de llevarlo más allá.
—Amor… —le susurré en su oído—, quiero que me cojas… quiero que me la metas ya.
Él se quedó quieto, mirándome con los ojos muy abiertos, como si la frase lo hubiera golpeado con fuerza. —¿De… de verdad? —preguntó con voz temblorosa, no tengo condón.
Sonreí, acariciándole el rostro con dulzura. —Sí, cariño. Quiero que me hagas tuya. Quiero ser la primera mujer en tu vida… la primera a la que le metas tu linda verga y te desvirgué y te haga sentir muy rico y que te haga hombre. No te preocupes no tenía intención de usar condón quiero que me los eches dónde van en mi vagina.
¿Y si quedas embarazada?
No te preocupes amor tomo pastillas así que tú correte con confianza y cogeme duro.
Él tragó saliva, nervioso, y yo aproveché para guiarlo. Metí mi mano entre nuestros cuerpos, busqué su barra de carne palpitante y la sujeté con decisión. Sentí cómo se estremecía al contacto.
—Tranquilo, mi cielo… —susurré, acariciándolo suavemente—. Yo te voy a enseñar cómo.
Él cerró los ojos, gimiendo apenas con el roce de mi mano. —Reg… eres muy puta…
Lo miré fijo, con una sonrisa atrevida. —Eso quiero, mi amor. Quiero ser tu puta, tu mujer… y que siempre recuerdes que conmigo aprendiste a ser un hombre.
Con cuidado, llevé su erección hasta mi intimidad. Sentí el calor de mi propio cuerpo recibiéndolo, y un escalofrío recorrió mi piel. Lo coloqué justo en la entrada y lo miré a los ojos.
—Despacio… —le indiqué con voz suave—. Solo sigue mi guía.
Antonio empujó apenas, y el contacto me arrancó un suspiro profundo. Cerré los ojos, disfrutando esa primera presión deliciosa. —Eso… así… —murmuré entre jadeos—. Vas muy bien… ahhh así poco a poco mmmm ahhh
Él se detuvo, inseguro. —¿No te duele? ¿Te lastimo?
Lo abracé fuerte, pegando mi frente a la suya. —No, amor… lo que siento es placer… me encanta que seas tú quien me al este metiendo, a las mujeres nos encanta que nos metan la verga si estoy gimiendo es porque siento rico a veces duele pero ese es el trabajo de la mujer aguantar a su macho pero estoy gimiendo de placer.

Animado, Antonio volvió a empujar un poco más, y esta vez logré sentir cómo me iba llenando lentamente. El gemido se me escapó sin control, vibrando en toda la habitación. —¡Ay, sí…! Así… así, mi vida… que rico pene tienes quiero que me preñes y me hagas tuya. Mmmmm
Su respiración se volvió agitada, y noté cómo su cuerpo temblaba contra el mío. —Prima… es que… se siente… —no tuvo palabras para describir lo que estaba sintiendo dentro de mi.
Lo besé con fuerza, casi devorándolo, mientras lo abrazaba con mis piernas para atraerlo más dentro de mí.
—Dilo conmigo… —le pedí entre jadeos—: que soy tu mujer… tu perra… tu putita…
—¡Eres mi mujer! —respondió con un gemido—. Mi putita… toda mía…
—¡Eso! —grité en un susurro ronco, mordiéndole el labio—. Ahora termina de metértela… quiero sentirte entero.
Antonio obedeció, y con un último movimiento lento y profundo, me llenó por completo. Yo me arqueé bajo su cuerpo, gritando su nombre entre gemidos de placer.
El tiempo se detuvo. Sentí cada latido suyo dentro de mí, cada vibración de su piel contra la mía. Era su primera vez… y al mismo tiempo, era como si hubiera nacido para hacerme el amor en ese instante.
—Antonio… —susurré con intensidad—. Nunca olvides este momento… porque yo no lo olvidaré jamás.
Él me miró, jadeando, con la expresión de un hombre que por fin había cruzado un umbral en su vida. —Reg… eres mía…
Lo besé con desesperación, apretando su cuerpo contra el mío. —Sí, amor… soy tuya. Para siempre.
Antonio permaneció unos segundos quieto dentro de mí, como si aún no pudiera creer lo que estaba sucediendo. Su respiración era irregular, sus músculos tensos; yo podía sentir cómo cada fibra de su cuerpo vibraba con la intensidad del momento. Y yo, debajo de él, disfrutaba del privilegio de contemplar su primera vez: esa transición entre el muchacho temeroso y el hombre que comenzaba a nacer en mis brazos.
Lo animé con una leve presión de mis caderas, invitándolo a moverse. Al principio fue torpe, apenas un vaivén tímido que parecía más un tanteo que un acto de pasión. Pero cada intento, aunque desordenado, me arrancaba un suspiro. Esa torpeza, en vez de restarle, me excitaba aún más: había algo profundamente erótico en saber que yo era la primera en enseñarle a recorrer ese camino.
Antonio comenzó a moverse con un poco más de seguridad haciendome sentir como su verga que no era grande, acariciaba las paredes internas de mi vagina, su cabeza de vez en cuando rozaba mi punto G con delicadeza. Su respiración se volvió más pesada, sus gemidos más graves, y yo noté cómo el ritmo se marcaba por instinto, sin necesidad de palabras. Sus caderas se acomodaban a las mías y, con cada empuje, un estremecimiento me recorría entera cuando sus huevos chocaban contra mi cuerpo. Me aferré a su espalda, sintiendo cómo la inseguridad inicial iba quedando atrás, reemplazada por un impulso más firme, más masculino.
Y entonces lo vi: ya no era el Antonio nervioso y contenido. Había algo nuevo en su mirada cuando se inclinó para besarme con hambre. Era deseo puro, sin dudas, sin frenos. Se movía con una fuerza recién descubierta, como si en ese instante comprendiera lo que significaba realmente poseer y dar placer.

Yo lo recibía con todo mi ser, sintiéndome orgullosa, dichosa, excitada hasta lo indecible. Cada embestida suya me hacía estremecer, cada suspiro suyo me llenaba de un orgullo secreto: él estaba aprendiendo conmigo, creciendo conmigo, y yo lo había elegido para entregarme en cuerpo y alma.
Lo sentí tomar uno de mis senos con fuerza, masajeando mi seno mientras marcaba un ritmo que ya no pedía permiso. Mi espalda se arqueó por instinto, recibiéndolo con hambre. Cada embestida suya era más profunda, más intensa, y yo no podía dejar de gemir, de suplicar con mi cuerpo que no se detuviera.

—Así, primito… —le susurré entre jadeos—. Cogeme como tu quieras… soy tuya, toda tuya.
Él gruñó contra mi cuello, como si esas palabras hubieran encendido un fuego aún mayor. Me sujetó con más firmeza, clavando su mirada en la mía, y entonces lo vi: ya no había dudas, no había nervios. Solo estaba ese instinto poderoso que lo volvía imparable.
Me estremecí al sentir cómo me poseía sin reservas, entre nuestros cuerpos se hacia un sonido como de palmadas ya que me estaba metiendo la verga con fuerza, como si quisiera dejar grabado en mi piel que era él quien me hacía suya. Yo lo animaba, entre besos y suspiros, a no detenerse:
—Cógeme fuerte, Antonio… no tengas miedo… soy tu putita, estoy aquí para complacerte, para lo que quieras…
Su respiración se hizo más áspera, sus movimientos más intensos. El vaivén de su cuerpo contra el mío me hacía perder toda noción del tiempo. Mis piernas lo rodearon instintivamente, buscando que no hubiera distancia posible entre los dos. Cada golpe de sus caderas contra las mías me arrancaba un grito, un gemido, una súplica desesperada de más.
Él me tomaba con la seguridad de un hombre de verdad, dominando el ritmo, reclamando cada rincón de mi ser. Su boca se perdía en mis labios, en mi cuello, en mis pechos, como si quisiera devorarme entera. Yo me dejaba, feliz, extasiada, orgullosa de verlo transformado.
—Eso, mi dueño… —alcancé a decir, mientras las palabras se mezclaban con un gemido largo—. Así… hazme tuya…
El momento llegó de golpe, aunque lo sentí venir desde hacía instantes. El cuerpo de Antonio comenzó a tensarse sobre mí, cada uno de sus músculos se endurecía como si luchara contra algo inevitable. Su respiración se volvió jadeante, irregular, y sus manos, que me sostenían de las caderas y de la espalda, me apretaban con una fuerza que jamás había sentido antes. Yo sabía lo que estaba por suceder, lo presentía en el temblor de sus labios al besarme, en la forma desesperada en que sus caderas se movían para meterme su hermosa barra de amor.
Entonces lo escuché. Un gemido profundo, ronco, como arrancado desde el fondo de su pecho, brotó de él y llenó la habitación. Antonio se dejó ir llenando mi vagina de su leche caliente y abundante. Su cuerpo se estremeció, convulsionó suavemente sobre el mío, haciéndome sentir como su verga no dejaba de disparar chorros de leche que chocaban y acariciaban las paredes de mi vagina; y en ese mismo instante yo también exploté. Fue como si su placer encendiera el mío, como si su orgasmo arrastrara al mío consigo, atándolos en un mismo destino.
Un calor indescriptible me atravesó de pies a cabeza. Mi cuerpo entero vibró, mi espalda se arqueó buscando retenerlo más dentro de mí, y un grito ahogado escapó de mis labios mientras lo sentía derramarse en mi interior. No pude evitarlo: me aferré a él con desesperación, como si en ese instante él fuera mi único ancla, la única certeza en el mundo.
Sentía sus temblores, su respiración desbordada en mi cuello, sus besos torpes y urgentes, mezclados con mi propia voz quebrada de placer. Durante unos segundos, no existió nada más que ese torbellino de sensaciones. Yo ya no sabía si los latidos que sentía eran míos o de él; lo único que entendía era que estábamos conectados, que su cuerpo y el mío habían dejado de ser dos para convertirse en uno solo.
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