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Siendo la mujer de mi primo 3

—No puede ser… —susurré entre gemidos—. No parece que sea tu primera vez…

Él rió apenas, con esa seguridad nueva que me encendía más que nada. Mi cuerpo empezó a tensarse, a encenderse en un fuego que me consumía. Lo sabía, el final estaba cerca. —Antonio… voy a… voy a…

Él me sostuvo más fuerte, negándose a aflojar. Su mirada, fija en mí, me decía sin palabras: quiero ser el hombre que te haga correr.

Y lo logró. Un grito se escapó de mi garganta, desgarrado, mezclado de placer y de sorpresa. Mi cuerpo entero se contrajo en un espasmo delicioso, mientras el mundo se me borraba por segundos.

—¡Antoniooo! —exclamé, con lágrimas de placer en los ojos.

Él no se apartó de inmediato. Me sostuvo, me acompañó en cada ola de aquel orgasmo, como si hubiera nacido para eso.

Cuando al fin mi cuerpo se relajó, jadeante y sudoroso, lo miré sin poder creerlo. Le acaricié el rostro, incrédula. —No puedo… no puedo creerlo…

Yo reí, agotada pero encendida todavía, y lo atraje hacia mí para besarlo con desesperación. —Antonio… ya no eres un aprendiz. Me acabas de hacer perder la cabeza lo besé apasionadamente, su rostro estaba mojado de mis juguitos de mi corrida.

Él sonrió, victorioso, y me abrazó con fuerza. Y así, entre besos, comprendí que el muchacho que minutos atrás temblaba de nervios había desaparecido. Frente a mí estaba un hombre que me había demostrado de lo que era capaz.
Antonio estaba sobre mí, con el rostro aún húmedo de la intensidad que acababa de darme. Me besaba con urgencia, con hambre, como si quisiera devorarme. Yo correspondía a cada beso, riendo entre sus labios.

—Mi amor… —le susurré con voz ronca—, lo que acabas de hacer conmigo… no tienes idea de lo bien que lo hiciste.

Él me miró sorprendido, como si aún dudara de sí mismo. —¿De verdad te gustó tanto?

Lo abracé fuerte y lo acerqué a mi boca. —No me gustó… me enloqueció. Te juro que me hiciste sentir cosas muy ricas hasta me hiciste correrme.

Antonio sonrió, tímido y a la vez orgulloso. Se inclinó de nuevo a besarme, y yo dejé que sus labios recorrieran mi cuello, mi clavícula… hasta que con una leve presión de mis manos sobre su nuca lo fui guiando hacia abajo.

—Sigue, amor… no tengas miedo… —le dije con un suspiro.

Él entendió la invitación y bajó hasta mis pechos, posando sus labios en mi pezon rosita, al principio me daba besos temblorosos, curiosos, como si descubriera un territorio sagrado. Cerré los ojos y gemí suavemente, disfrutando cada roce.

—Así… eso… —le animé, acariciando su cabello—. Hazme sentir que me deseas, Antonio.

Él me obedecía y, poco a poco, cada beso se volvía más seguro, más intenso, más de hombre. Lo escuchaba respirar con fuerza, lo sentía ansioso, excitado.

Acaricié su mejilla y lo miré directo a los ojos. —Escúchame bien… yo estoy aquí para ti. Soy tuya, ¿entiendes? Tu mujer, tu perra, tu putita… —mi voz se quebró en un susurro excitado—. Cuando quieras cogerme, solo dilo… y yo me abriré para ti. Podrás meterme tu verga en mí.
Antonio detuvo sus besos un segundo, sorprendido. Su mirada ardía. —Me vuelves loco, ¿lo dices de verdad?.

Lo besé de nuevo, arrastrando sus labios contra los míos con hambre. —Pues vuélvete loco conmigo, amor… quiero ser eso para ti… quiero ser la mujer con la que descubras todo, la que nunca te diga que no.

Él comenzó a chupar mis senos con una pasión que no había mostrado antes y volvió a besarlos, ahora con la fuerza de alguien que se sentía dueño de mí. Yo gemí, retorciéndome bajo su cuerpo.
Siendo la mujer de mi primo 3



—¡Eso, mi cielo! —jadeé—. Bésame chupame, comeme más fuerte… quiero que me marques, que me sientas tuya.

Antonio levantó la cabeza, con el rostro encendido. —Reg.. puta, puta… no sé qué me haces, pero me siento diferente contigo… como si pudiera todo.

Lo acaricié suavemente, guiando sus labios de nuevo hacia mis pechos. —Eso es lo que quiero… que aprendas a ser un hombre conmigo. Y lo estás logrando.

Él volvió a besarme con fuerza, con esa mezcla deliciosa de torpeza y deseo contenido que me derretía. Yo lo enredé entre mis piernas, atrapándolo, dejándole claro que no pensaba soltarlo.

—Antonio… —susurré contra su oído—. Recuerda lo que te digo: soy tuya… tu mujer, tu perra, tu putita… toda para ti. Me puedes coger cuando tu quieras cariño.

Él gruñó suavemente, y yo sentí cómo ese murmullo vibraba contra mi piel, haciendo que me estremeciera de placer.

Antonio seguía sobre mí, besándome con esa mezcla deliciosa de ternura y hambre. Yo lo miraba y en mi interior sentía una certeza: era el momento de llevarlo más allá.

—Amor… —le susurré en su oído—, quiero que me cojas… quiero que me la metas ya.

Él se quedó quieto, mirándome con los ojos muy abiertos, como si la frase lo hubiera golpeado con fuerza. —¿De… de verdad? —preguntó con voz temblorosa, no tengo condón.
Sonreí, acariciándole el rostro con dulzura. —Sí, cariño. Quiero que me hagas tuya. Quiero ser la primera mujer en tu vida… la primera a la que le metas tu linda verga y te desvirgué y te haga sentir muy rico y que te haga hombre. No te preocupes no tenía intención de usar condón quiero que me los eches dónde van en mi vagina.
¿Y si quedas embarazada?
No te preocupes amor tomo pastillas así que tú correte con confianza y cogeme duro.

Él tragó saliva, nervioso, y yo aproveché para guiarlo. Metí mi mano entre nuestros cuerpos, busqué su barra de carne palpitante y la sujeté con decisión. Sentí cómo se estremecía al contacto.

—Tranquilo, mi cielo… —susurré, acariciándolo suavemente—. Yo te voy a enseñar cómo.

Él cerró los ojos, gimiendo apenas con el roce de mi mano. —Reg… eres muy puta…

Lo miré fijo, con una sonrisa atrevida. —Eso quiero, mi amor. Quiero ser tu puta, tu mujer… y que siempre recuerdes que conmigo aprendiste a ser un hombre.

Con cuidado, llevé su erección hasta mi intimidad. Sentí el calor de mi propio cuerpo recibiéndolo, y un escalofrío recorrió mi piel. Lo coloqué justo en la entrada y lo miré a los ojos.

—Despacio… —le indiqué con voz suave—. Solo sigue mi guía.

Antonio empujó apenas, y el contacto me arrancó un suspiro profundo. Cerré los ojos, disfrutando esa primera presión deliciosa. —Eso… así… —murmuré entre jadeos—. Vas muy bien… ahhh así poco a poco mmmm ahhh

Él se detuvo, inseguro. —¿No te duele? ¿Te lastimo?

Lo abracé fuerte, pegando mi frente a la suya. —No, amor… lo que siento es placer… me encanta que seas tú quien me al este metiendo, a las mujeres nos encanta que nos metan la verga si estoy gimiendo es porque siento rico a veces duele pero ese es el trabajo de la mujer aguantar a su macho pero estoy gimiendo de placer.
Romance


Animado, Antonio volvió a empujar un poco más, y esta vez logré sentir cómo me iba llenando lentamente. El gemido se me escapó sin control, vibrando en toda la habitación. —¡Ay, sí…! Así… así, mi vida… que rico pene tienes quiero que me preñes y me hagas tuya. Mmmmm
Su respiración se volvió agitada, y noté cómo su cuerpo temblaba contra el mío. —Prima… es que… se siente… —no tuvo palabras para describir lo que estaba sintiendo dentro de mi.

Lo besé con fuerza, casi devorándolo, mientras lo abrazaba con mis piernas para atraerlo más dentro de mí.

—Dilo conmigo… —le pedí entre jadeos—: que soy tu mujer… tu perra… tu putita…

—¡Eres mi mujer! —respondió con un gemido—. Mi putita… toda mía…

—¡Eso! —grité en un susurro ronco, mordiéndole el labio—. Ahora termina de metértela… quiero sentirte entero.

Antonio obedeció, y con un último movimiento lento y profundo, me llenó por completo. Yo me arqueé bajo su cuerpo, gritando su nombre entre gemidos de placer.

El tiempo se detuvo. Sentí cada latido suyo dentro de mí, cada vibración de su piel contra la mía. Era su primera vez… y al mismo tiempo, era como si hubiera nacido para hacerme el amor en ese instante.

—Antonio… —susurré con intensidad—. Nunca olvides este momento… porque yo no lo olvidaré jamás.

Él me miró, jadeando, con la expresión de un hombre que por fin había cruzado un umbral en su vida. —Reg… eres mía…

Lo besé con desesperación, apretando su cuerpo contra el mío. —Sí, amor… soy tuya. Para siempre.

Antonio permaneció unos segundos quieto dentro de mí, como si aún no pudiera creer lo que estaba sucediendo. Su respiración era irregular, sus músculos tensos; yo podía sentir cómo cada fibra de su cuerpo vibraba con la intensidad del momento. Y yo, debajo de él, disfrutaba del privilegio de contemplar su primera vez: esa transición entre el muchacho temeroso y el hombre que comenzaba a nacer en mis brazos.
Lo animé con una leve presión de mis caderas, invitándolo a moverse. Al principio fue torpe, apenas un vaivén tímido que parecía más un tanteo que un acto de pasión. Pero cada intento, aunque desordenado, me arrancaba un suspiro. Esa torpeza, en vez de restarle, me excitaba aún más: había algo profundamente erótico en saber que yo era la primera en enseñarle a recorrer ese camino.

Antonio comenzó a moverse con un poco más de seguridad haciendome sentir como su verga que no era grande, acariciaba las paredes internas de mi vagina, su cabeza de vez en cuando rozaba mi punto G con delicadeza. Su respiración se volvió más pesada, sus gemidos más graves, y yo noté cómo el ritmo se marcaba por instinto, sin necesidad de palabras. Sus caderas se acomodaban a las mías y, con cada empuje, un estremecimiento me recorría entera cuando sus huevos chocaban contra mi cuerpo. Me aferré a su espalda, sintiendo cómo la inseguridad inicial iba quedando atrás, reemplazada por un impulso más firme, más masculino.

Y entonces lo vi: ya no era el Antonio nervioso y contenido. Había algo nuevo en su mirada cuando se inclinó para besarme con hambre. Era deseo puro, sin dudas, sin frenos. Se movía con una fuerza recién descubierta, como si en ese instante comprendiera lo que significaba realmente poseer y dar placer.
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Yo lo recibía con todo mi ser, sintiéndome orgullosa, dichosa, excitada hasta lo indecible. Cada embestida suya me hacía estremecer, cada suspiro suyo me llenaba de un orgullo secreto: él estaba aprendiendo conmigo, creciendo conmigo, y yo lo había elegido para entregarme en cuerpo y alma.

Lo sentí tomar uno de mis senos con fuerza, masajeando mi seno mientras marcaba un ritmo que ya no pedía permiso. Mi espalda se arqueó por instinto, recibiéndolo con hambre. Cada embestida suya era más profunda, más intensa, y yo no podía dejar de gemir, de suplicar con mi cuerpo que no se detuviera.
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—Así, primito… —le susurré entre jadeos—. Cogeme como tu quieras… soy tuya, toda tuya.
Él gruñó contra mi cuello, como si esas palabras hubieran encendido un fuego aún mayor. Me sujetó con más firmeza, clavando su mirada en la mía, y entonces lo vi: ya no había dudas, no había nervios. Solo estaba ese instinto poderoso que lo volvía imparable.

Me estremecí al sentir cómo me poseía sin reservas, entre nuestros cuerpos se hacia un sonido como de palmadas ya que me estaba metiendo la verga con fuerza, como si quisiera dejar grabado en mi piel que era él quien me hacía suya. Yo lo animaba, entre besos y suspiros, a no detenerse:

—Cógeme fuerte, Antonio… no tengas miedo… soy tu putita, estoy aquí para complacerte, para lo que quieras…

Su respiración se hizo más áspera, sus movimientos más intensos. El vaivén de su cuerpo contra el mío me hacía perder toda noción del tiempo. Mis piernas lo rodearon instintivamente, buscando que no hubiera distancia posible entre los dos. Cada golpe de sus caderas contra las mías me arrancaba un grito, un gemido, una súplica desesperada de más.

Él me tomaba con la seguridad de un hombre de verdad, dominando el ritmo, reclamando cada rincón de mi ser. Su boca se perdía en mis labios, en mi cuello, en mis pechos, como si quisiera devorarme entera. Yo me dejaba, feliz, extasiada, orgullosa de verlo transformado.

—Eso, mi dueño… —alcancé a decir, mientras las palabras se mezclaban con un gemido largo—. Así… hazme tuya…

El momento llegó de golpe, aunque lo sentí venir desde hacía instantes. El cuerpo de Antonio comenzó a tensarse sobre mí, cada uno de sus músculos se endurecía como si luchara contra algo inevitable. Su respiración se volvió jadeante, irregular, y sus manos, que me sostenían de las caderas y de la espalda, me apretaban con una fuerza que jamás había sentido antes. Yo sabía lo que estaba por suceder, lo presentía en el temblor de sus labios al besarme, en la forma desesperada en que sus caderas se movían para meterme su hermosa barra de amor.

Entonces lo escuché. Un gemido profundo, ronco, como arrancado desde el fondo de su pecho, brotó de él y llenó la habitación. Antonio se dejó ir llenando mi vagina de su leche caliente y abundante. Su cuerpo se estremeció, convulsionó suavemente sobre el mío, haciéndome sentir como su verga no dejaba de disparar chorros de leche que chocaban y acariciaban las paredes de mi vagina; y en ese mismo instante yo también exploté. Fue como si su placer encendiera el mío, como si su orgasmo arrastrara al mío consigo, atándolos en un mismo destino.

Un calor indescriptible me atravesó de pies a cabeza. Mi cuerpo entero vibró, mi espalda se arqueó buscando retenerlo más dentro de mí, y un grito ahogado escapó de mis labios mientras lo sentía derramarse en mi interior. No pude evitarlo: me aferré a él con desesperación, como si en ese instante él fuera mi único ancla, la única certeza en el mundo.

Sentía sus temblores, su respiración desbordada en mi cuello, sus besos torpes y urgentes, mezclados con mi propia voz quebrada de placer. Durante unos segundos, no existió nada más que ese torbellino de sensaciones. Yo ya no sabía si los latidos que sentía eran míos o de él; lo único que entendía era que estábamos conectados, que su cuerpo y el mío habían dejado de ser dos para convertirse en uno solo.

El clímax no terminó de golpe, sino que fue descendiendo lentamente, como una ola que retrocede después de arrasar con todo. Mis piernas aún lo rodeaban con fuerza, incapaces de soltarlo, y mis brazos lo mantenían pegado a mí como si temiera que pudiera escaparse. Sus labios buscaban los míos una y otra vez, no con urgencia ahora, sino con ternura, con esa dulzura de quien agradece en silencio.



—Prima… —me susurró entre jadeos, como si no supiera qué más decir.



Yo solo pude sonreír y acariciar su cabello, aún húmedo por el sudor. No necesitaba más palabras: su temblor, su entrega, su manera de hundirse en mí lo decía todo.



Nos quedamos así, unidos, todavía con su pene dentro del mío, respirando al unísono. La sensación era extraña y deliciosa: sentirlo latir en mí, todavía tibio, todavía vulnerable, me hacía estremecer de ternura. No quería moverme, no quería que esa unión se rompiera jamás, quería mantenerlo dentro de mí.



El tiempo se volvió lento. Minutos, quizás, nos quedamos abrazados, fundidos en ese silencio cargado de significados. Yo me deleitaba en cada detalle: el peso de su cuerpo sobre el mío, que lejos de incomodarme me daba seguridad; el olor de su piel mezclado con el mío; la forma en que nuestros corazones parecían haber encontrado un mismo ritmo y por supuesto el latir de su verga aun dentro de mi cuerpo.

Finalmente, con suavidad, él comenzó a relajarse. Lo sentí deslizarse un poco, separándose lentamente de mí. Fue un momento extraño, como si al perder esa unión física quedara un vacío que me estremeció por dentro. Sin embargo, antes de que pudiera invadirme la nostalgia, él me tomó entre sus brazos y me atrajo hacia su pecho.



Me acurruqué contra él, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo cómo aún me rodeaba con fuerza, como si temiera soltarme. Yo misma no quería moverme de ahí. Su respiración aún era rápida, pero comenzaba a calmarse, y en esa calma descubrí algo hermoso: la sonrisa satisfecha que se dibujaba en su rostro. Era la sonrisa de un hombre que acababa de entregarse por completo, y yo me sentí orgullosa de haber sido la mujer que lo acompañó en ese descubrimiento.



—Lo hiciste… maravilloso —le susurré, acariciándole la mejilla con la yema de mis dedos. Me dejaste muy satisfecha y me encantó como me cogiste. Ahora después me vas a dar por detrás amor.



Él me miró, aún con los ojos brillantes, como si no pudiera creer lo que había sucedido. Me respondió con un beso lento, tierno, que tenía más gratitud que deseo. Y me dijo yo con gusto te lo vuelvo a hacer y me encantaría romperte el culito hasta que llores Y después cerró los ojos, todavía abrazándome, como si necesitara retener en su memoria ese instante para siempre.



Yo también lo abracé fuerte. Sentí que ese momento nos pertenecía solo a nosotros, que el mundo podía esperar allá afuera. En la quietud de la cama, con la piel aún ardiendo por lo que habíamos compartido, supe que aquella primera vez nos había marcado a los dos: a él, por haber descubierto su fuerza y su deseo; y a mí, por haberlo guiado y, al mismo tiempo, haberme dejado arrastrar por su pasión.



Así nos quedamos: desnudos, abrazados, en silencio. Unidos no solo por los cuerpos, sino por algo más profundo, más íntimo, que no necesitaba palabras.



No pude evitar sonreírle con descaro, y con un tono deliberadamente atrevido, lo felicité. Le dije que me había poseído con una fuerza inesperada, que no había quedado en deuda con nada, que me había tomado como lo hace un hombre que conoce su poder. Se lo dije sin adornos, de manera directa, con un brillo pícaro en los ojos que buscaba provocarlo.



Él me miró, sorprendido primero, y luego lo vi sonreír con una seguridad distinta, más firme, más varonil. Esa sonrisa me estremeció, porque ya no era la del joven inseguro que temía equivocarse, sino la del hombre que había descubierto que podía dominar, que podía hacer suyo a alguien y sentirse orgulloso de ello.



—¿De verdad lo piensas? —me preguntó, su voz grave, cargada de una emoción que no era duda, sino un anhelo de confirmación.



Lo miré fijamente, sin vacilar, disfrutando del poder que tenía en mis palabras. —Claro que sí, cariño. No solo lo pienso… lo siento en cada rincón de mi cuerpo. Me has hecho tuya como nadie.



Un brillo intenso apareció en sus ojos, como si mis palabras lo enardecieran más que cualquier caricia. Él se incorporó un poco, apoyándose en un codo para mirarme mejor, y entonces lanzó la pregunta que yo ya intuía que llegaría:



—¿Y también era cierto lo que dijiste antes? —su voz sonaba más firme, como si quisiera probar hasta dónde llegaba mi entrega—. Eso de que puedo tenerte cuando quiera y que te voy a romper el culo… como yo quiera.



No dudé ni un instante. Le acaricié el rostro y, con un tono seguro, casi insolente, le confirmé:



—Sí, es verdad. Desde hoy, soy toda tuya, tu puta, tu perra. Puedes tomarme cuando quieras, como quieras. Ya no hay límites, cariño.



Lo vi tragar saliva, como si mis palabras fueran un vino demasiado fuerte pero delicioso. Una risa corta, incrédula, salió de sus labios, seguida de un gesto de satisfacción que lo transformó por completo. Ya no era un muchacho: era un hombre que acababa de recibir una ofrenda que lo hacía sentirse invencible.

—¿De verdad harías eso por mí? —me dijo, aún maravillado.



—No por ti —lo corregí suavemente, besándole el cuello—. Por nosotros. Porque quiero que seas tú quien me domine, que seas tú quien me reclame cuando lo desees.



Su pecho se infló con orgullo. Podía sentirlo en su respiración, en la manera en que me abrazó más fuerte, en el temblor leve de sus manos sobre mi espalda. Era feliz. Una felicidad tan pura y a la vez tan viril que me enterneció.



Intercambiamos algunas palabras más, breves pero intensas: él agradeciéndome con voz emocionada, yo respondiéndole con esa mezcla de ternura y provocación que lo volvía loco. Eran frases sencillas, pero cargadas de promesas, de complicidad, de un futuro en el que los dos sabíamos que repetiríamos esta unión una y otra vez, sin reservas.



Después, guardamos silencio. Él me besó lentamente, como quien sella un pacto sagrado, y se dejó caer otra vez a mi lado, arrastrándome con él para que quedara enredada entre sus brazos.



Fue ahí, con mi rostro apoyado en su pecho y mis dedos dibujando círculos distraídos sobre su piel, cuando me descubrí reflexionando en silencio. Nunca había sentido algo tan intenso como lo que había vivido esa noche. Me gustaba la idea de haber sido la primera en mostrarle este camino, de haber sido yo quien lo guiara en su debut y, al mismo tiempo, de haber comprobado que él había nacido para esto.



Antonio ya no era el joven tímido que se escondía tras inseguridades. Había despertado, y yo había estado ahí para presenciarlo. Su fuego me había marcado tanto como el mío lo había marcado a él. Y esa certeza me llenaba de un orgullo extraño, íntimo, delicioso.



Cerré los ojos, sonriendo contra su piel. Lo había visto transformarse, lo había sentido convertirse en un hombre entre mis brazos, y el recuerdo de esa primera vez quedaría grabado para siempre en mí.

1 comentarios - Siendo la mujer de mi primo 3

Jijbkhhhh
No hubo foto de como estabas vestida antes de que te cogiera 😵‍💫🤤