Al día siguiente me desperté con el alma hecha pedazos, pero con la verga latiéndome de una manera enferma. Ver a mi Valeria dormir a mi lado, tan angelical, tan dulce, con su respiración suave sobre mi pecho, me hacía querer llorar de amor. Pero entonces miraba la mesa de noche, veía el fajo de billetes que había dejado el cliente, y la imagen de su vagina abierta por la verga ajena me volvía a encender en candela.
Pasaron dos días. Yo estaba en un mar de confusión, amándola más que a mi propia vida, pero cargando con el fantasma de lo que había visto por la rendija.
El jueves por la tarde sonó el timbre de nuevo. Entró un tipo maduro, de espaldas anchas. Valeria lo recibió con un abrazo tierno, una sonrisa hermosa y le habló con la misma dulzura de siempre. Subieron directo a nuestro cuarto.
A mí me temblaron las piernas. La curiosidad y el deseo enfermo me ganaron la partida otra vez. Subí las escaleras en silencio, despacio, con el corazón queriéndome saltar del pecho. La puerta de la habitación había quedado abierta un par de dedos. Pegué el ojo con el aliento ahogado.
Lo que vi me dejó sin respiración.
El tipo estaba echado cuan largo era en mi cama, completamente relajado, con los brazos abiertos sobre las cobijas, entregado al placer sin mover un solo músculo. Valeria estaba de rodillas a un lado, vistiendo solo una blusita ligera que le cubría el pecho, pero desnuda de la cintura para abajo, mostrando sus nalgas blancas y su sexo expuesto. Le tenía la verga gruesa metida hasta la garganta, haciéndole una chupada monumental, salvaje, ahogándose en su propia saliva.

*¡SLURP! ¡CHLACK! ¡SLURP!*
El sonido sucio y húmedo de su boca tragándose a ese man retumbaba en todo el cuarto. Ella trabajaba con un arte increíble, devorándole el glande, subiendo y bajando con una velocidad de loca, mientras el tipo apenas soltaba unos jadeos bajos y relajados, mirando hacia el techo sin siquiera tocarla.
**Cliente:**
—¡Uffff... sí... qué buena eres, carajo... qué delicia!
Valeria no paraba; le hacía un vacío brutal con la boca, bañándole toda la verga en saliva. En medio de ese frenesí, levantó la mirada hacia la puerta.
Nuestros ojos se cruzaron por la rendija.
Sentí que el mundo se detuvo. Pensé que me iba a regañar, que se iba a armar el lío de la vida. Pero no. Con la verga del tipo metida hasta el fondo de la garganta, Valeria me miró con una ternura infinita, me regaló una sonrisita complaciente y, alzando su manita suave, me hizo un gesto sutil con los dedos, como diciéndome *"vaya, mi rey, vaya para abajo que estoy ocupadita"*.

Me bajé a la sala temblando, tocándome por encima del pantalón. Pero a los cinco minutos, la mente no me dio más. La adicción al morbo pudo más que mi vergüenza. Subí los escalones de nuevo, descalzo, como un perro hambriento, y volví a pegar el ojo a la rendija.
Ahora la escena era diez veces más brutal. Estaban los dos completamente desnudos.
El tipo la tenía en cuatro en el centro de mi cama, agarrándola con rabia de la cintura y encajándole la verga de un solo golpe directo al fondo.

*¡PAC! ¡PAC! ¡PAC!*
El choque seco y violento de la pelvis del tipo rebotando contra las nalgas blancas de Valeria retumbaba en mis oídos. El sonido de la carne contra la carne era ensordecedor. Valeria tenía la cara enterrada en mis almohadas, retorciéndose con la espalda arqueada, gritando fuera de sí.
**Valeria:**
—¡Aiiiresss... síii! ¡Deme duro, mi amor... desbaráteme toda... assss!

Vi su vaguina abriéndose de par en par, encharcado en fluidos , recibiendo embestidas salvajes que hacían temblar todo el colchón.
> Esteban (en mis pensamientos):
> *«Dios mío... mírela cómo le entrega ese cuerpo a otro man en mi propia cara. Qué cornudo tan miserable soy... qué macho tan castrado me volví. Me le volví un perro sumiso a mi propia novia, mirando por la puerta cómo la rellenan de semen... pero hijueputa, cómo me excita saber que soy su novio y que esta perra hermosa es mía»*.

El tipo soltó un gruñido espeso, la agarró del cabello y le descargó un chorro hirviente por dentro. Vi a mi Valeria temblar, dando un grito ahogado de placer puro. Me aparté temblando y bajé corriendo a la sala con la verga a punto de reventarme el pantalón.
A los veinte minutos, el tipo bajó acomodándose el reloj, me dio un saludo respetuoso y salió.
Un segundo después bajó mi Valeria. Venía con una bata entreabierta, despeinada y con las mejillas encendidas. Yo, intentando actuar normalito para disimular la locura que llevaba por dentro, me le acerqué con una sonrisa tímida.
**Esteban:**
—Hola, mi vida... ¿Cómo le fue, mi amor? ¿Tuvieron buena charla?
Le fui a dar un beso apasionado en los labios, pero Valeria puso suavemente su mano sobre mi pecho y me frenó, mirándome con una ternura y una sinceridad desarmante.
**Valeria:**
—No, mi rey lindo, espérese un momentico... no me bese todavía en la boca que ese muchacho se me acaba de venir adentro de la boca y tengo todo esto lleno de semen. Déjeme voy me lavo bien y ya bajo a consentirlo, ¿sí, mi vida?
Me quedé congelado. Sentí una ráfaga de fuego y hielo recorriéndome el cuerpo. Su transparencia era tan brutal, tan libre de culpa, que en lugar de asco me provocó un shock de emociones destructivo: la amaba locamente por no mentirme jamás, pero saber que venía de tragarle todo al cliente me dejó la cabeza al borde del colapso.
A los tres minutos bajó ya limpia, olisqueando a enjuague y a jabón. Se me sentó en el regazo, me abrazó el cuello y me dio un beso dulce.
**Valeria:**
—Ay, mi rey hermoso... ¿Y usted por qué andaba mirando por la rendija, eh? ¿Ah?
Sentí que la cara se me ponía roja de la pena. No sabía dónde meterme.
**Esteban:**
—Vale... mi amor, qué pena con usted, de verdad... Es que... la verdad quería verla. Me dio mucha curiosidad y no me pude aguantar, mi vida.
Valeria soltó una risita dulce, me acarició la mejilla con sus dedos suaves y me miró fijamente a los ojos con puro amor.
**Valeria:**
—Tan bello mi hombre... Mi amor, escúcheme bien: si a usted eso le gusta y lo hace feliz, a mí también me hace feliz, ¿oyó? Si quiere verme trabajar, por mí no hay ningún problema, mi rey. A mí no me da pena con usted.
Me quedé mudo, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Ella se acomodó más cerca de mi oído y me susurró con una ternura que me derritió el alma:
**Valeria:**
—Usted es el novio perfecto, ¿sabía? En toda mi vida yo nunca había podido tener un novio de verdad por esto mismo. Todos los hombres me peleaban, me celaban o me querían cambiar. Pero usted es diferente, mi amor... usted me entiende, me cuida y me acepta como soy. Por eso es que lo amo tanto.
Esas palabras me entraron directo al corazón. Saber que yo era el único hombre capaz de estar a su altura, que para ella yo era su verdadero amor, aplastó cualquier resto de dignidad. Acepté mi papel de novio sumiso con orgullo.
Valeria me metió la mano por debajo del pantalón, agarrándome la verga que estaba tiesa como una piedra, y sonrió con picardía.
**Valeria:**
—Mire cómo me lo tiene de duro mi novio hermoso... Venga para acá que ahora sí le toca al dueño de la casa.

Me llevó de la mano hacia nuestra habitación. La cama olía al perfume del cliente, la sábana aún estaba tibia y marcada por la humedad del acto. Valeria se despojó de la bata, se abrió de piernas sobre mi colchón y me recibió con un abrazo apretado. Meterme en ella, sintiendo el semen y el sudor de su trabajo combinada con el recuerdo de la leche ajena que acababa de tener en la boca, me hizo venirme con una fuerza salvaje, totalmente entregado a la locura de ser el novio cornudo y feliz de la mujer más hermosa del mundo.
Pasaron dos días. Yo estaba en un mar de confusión, amándola más que a mi propia vida, pero cargando con el fantasma de lo que había visto por la rendija.
El jueves por la tarde sonó el timbre de nuevo. Entró un tipo maduro, de espaldas anchas. Valeria lo recibió con un abrazo tierno, una sonrisa hermosa y le habló con la misma dulzura de siempre. Subieron directo a nuestro cuarto.
A mí me temblaron las piernas. La curiosidad y el deseo enfermo me ganaron la partida otra vez. Subí las escaleras en silencio, despacio, con el corazón queriéndome saltar del pecho. La puerta de la habitación había quedado abierta un par de dedos. Pegué el ojo con el aliento ahogado.
Lo que vi me dejó sin respiración.
El tipo estaba echado cuan largo era en mi cama, completamente relajado, con los brazos abiertos sobre las cobijas, entregado al placer sin mover un solo músculo. Valeria estaba de rodillas a un lado, vistiendo solo una blusita ligera que le cubría el pecho, pero desnuda de la cintura para abajo, mostrando sus nalgas blancas y su sexo expuesto. Le tenía la verga gruesa metida hasta la garganta, haciéndole una chupada monumental, salvaje, ahogándose en su propia saliva.

*¡SLURP! ¡CHLACK! ¡SLURP!*
El sonido sucio y húmedo de su boca tragándose a ese man retumbaba en todo el cuarto. Ella trabajaba con un arte increíble, devorándole el glande, subiendo y bajando con una velocidad de loca, mientras el tipo apenas soltaba unos jadeos bajos y relajados, mirando hacia el techo sin siquiera tocarla.
**Cliente:**
—¡Uffff... sí... qué buena eres, carajo... qué delicia!
Valeria no paraba; le hacía un vacío brutal con la boca, bañándole toda la verga en saliva. En medio de ese frenesí, levantó la mirada hacia la puerta.
Nuestros ojos se cruzaron por la rendija.
Sentí que el mundo se detuvo. Pensé que me iba a regañar, que se iba a armar el lío de la vida. Pero no. Con la verga del tipo metida hasta el fondo de la garganta, Valeria me miró con una ternura infinita, me regaló una sonrisita complaciente y, alzando su manita suave, me hizo un gesto sutil con los dedos, como diciéndome *"vaya, mi rey, vaya para abajo que estoy ocupadita"*.

Me bajé a la sala temblando, tocándome por encima del pantalón. Pero a los cinco minutos, la mente no me dio más. La adicción al morbo pudo más que mi vergüenza. Subí los escalones de nuevo, descalzo, como un perro hambriento, y volví a pegar el ojo a la rendija.
Ahora la escena era diez veces más brutal. Estaban los dos completamente desnudos.
El tipo la tenía en cuatro en el centro de mi cama, agarrándola con rabia de la cintura y encajándole la verga de un solo golpe directo al fondo.

*¡PAC! ¡PAC! ¡PAC!*
El choque seco y violento de la pelvis del tipo rebotando contra las nalgas blancas de Valeria retumbaba en mis oídos. El sonido de la carne contra la carne era ensordecedor. Valeria tenía la cara enterrada en mis almohadas, retorciéndose con la espalda arqueada, gritando fuera de sí.
**Valeria:**
—¡Aiiiresss... síii! ¡Deme duro, mi amor... desbaráteme toda... assss!

Vi su vaguina abriéndose de par en par, encharcado en fluidos , recibiendo embestidas salvajes que hacían temblar todo el colchón.
> Esteban (en mis pensamientos):
> *«Dios mío... mírela cómo le entrega ese cuerpo a otro man en mi propia cara. Qué cornudo tan miserable soy... qué macho tan castrado me volví. Me le volví un perro sumiso a mi propia novia, mirando por la puerta cómo la rellenan de semen... pero hijueputa, cómo me excita saber que soy su novio y que esta perra hermosa es mía»*.

El tipo soltó un gruñido espeso, la agarró del cabello y le descargó un chorro hirviente por dentro. Vi a mi Valeria temblar, dando un grito ahogado de placer puro. Me aparté temblando y bajé corriendo a la sala con la verga a punto de reventarme el pantalón.
A los veinte minutos, el tipo bajó acomodándose el reloj, me dio un saludo respetuoso y salió.
Un segundo después bajó mi Valeria. Venía con una bata entreabierta, despeinada y con las mejillas encendidas. Yo, intentando actuar normalito para disimular la locura que llevaba por dentro, me le acerqué con una sonrisa tímida.
**Esteban:**
—Hola, mi vida... ¿Cómo le fue, mi amor? ¿Tuvieron buena charla?
Le fui a dar un beso apasionado en los labios, pero Valeria puso suavemente su mano sobre mi pecho y me frenó, mirándome con una ternura y una sinceridad desarmante.
**Valeria:**
—No, mi rey lindo, espérese un momentico... no me bese todavía en la boca que ese muchacho se me acaba de venir adentro de la boca y tengo todo esto lleno de semen. Déjeme voy me lavo bien y ya bajo a consentirlo, ¿sí, mi vida?
Me quedé congelado. Sentí una ráfaga de fuego y hielo recorriéndome el cuerpo. Su transparencia era tan brutal, tan libre de culpa, que en lugar de asco me provocó un shock de emociones destructivo: la amaba locamente por no mentirme jamás, pero saber que venía de tragarle todo al cliente me dejó la cabeza al borde del colapso.
A los tres minutos bajó ya limpia, olisqueando a enjuague y a jabón. Se me sentó en el regazo, me abrazó el cuello y me dio un beso dulce.
**Valeria:**
—Ay, mi rey hermoso... ¿Y usted por qué andaba mirando por la rendija, eh? ¿Ah?
Sentí que la cara se me ponía roja de la pena. No sabía dónde meterme.
**Esteban:**
—Vale... mi amor, qué pena con usted, de verdad... Es que... la verdad quería verla. Me dio mucha curiosidad y no me pude aguantar, mi vida.
Valeria soltó una risita dulce, me acarició la mejilla con sus dedos suaves y me miró fijamente a los ojos con puro amor.
**Valeria:**
—Tan bello mi hombre... Mi amor, escúcheme bien: si a usted eso le gusta y lo hace feliz, a mí también me hace feliz, ¿oyó? Si quiere verme trabajar, por mí no hay ningún problema, mi rey. A mí no me da pena con usted.
Me quedé mudo, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Ella se acomodó más cerca de mi oído y me susurró con una ternura que me derritió el alma:
**Valeria:**
—Usted es el novio perfecto, ¿sabía? En toda mi vida yo nunca había podido tener un novio de verdad por esto mismo. Todos los hombres me peleaban, me celaban o me querían cambiar. Pero usted es diferente, mi amor... usted me entiende, me cuida y me acepta como soy. Por eso es que lo amo tanto.
Esas palabras me entraron directo al corazón. Saber que yo era el único hombre capaz de estar a su altura, que para ella yo era su verdadero amor, aplastó cualquier resto de dignidad. Acepté mi papel de novio sumiso con orgullo.
Valeria me metió la mano por debajo del pantalón, agarrándome la verga que estaba tiesa como una piedra, y sonrió con picardía.
**Valeria:**
—Mire cómo me lo tiene de duro mi novio hermoso... Venga para acá que ahora sí le toca al dueño de la casa.

Me llevó de la mano hacia nuestra habitación. La cama olía al perfume del cliente, la sábana aún estaba tibia y marcada por la humedad del acto. Valeria se despojó de la bata, se abrió de piernas sobre mi colchón y me recibió con un abrazo apretado. Meterme en ella, sintiendo el semen y el sudor de su trabajo combinada con el recuerdo de la leche ajena que acababa de tener en la boca, me hizo venirme con una fuerza salvaje, totalmente entregado a la locura de ser el novio cornudo y feliz de la mujer más hermosa del mundo.
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