Habíamos planeado esa escapada de fin de semana largo durante un mes entero. Una casa quinta aislada con pileta y un gran parque, el lugar perfecto para desconectar del mundo y ponernos a prueba sin frenos. La excusa oficial era pasar unos días de alcohol, sol y descanso; la verdadera razón era que Vero venía con nosotros. Desde aquella noche en el boliche, la tensión entre los tres había quedado picando en el aire, y los tres sabíamos, sin decirlo, a qué íbamos realmente.
La primera tarde arrancó a fuego lento. El calor de la siesta pedía gin tonics helados y música al mango. Agus se puso una microbikini negra de tiras finas con unas plataformas; la tanga diminuta le dejaba las nalgas duras de gimnasio completamente al descubierto. Vero no se quedó atrás: cayó a la zona de la pileta con una bikini roja encendida que le marcaba el lomo y resaltaba su tez morocha.
Yo estaba tirado en una reposera, tomando algo con la pija medio dura de ver cómo se paseaban entre ellas, mostrándose, tirándose indirectas y buscando que yo las mirara.
Al caer la tarde, cuando el sol aflojó, nos fuimos a cambiar a la casa. Agus se metió al vestidor y me llamó. Estaba parada frente al espejo, mirándose de perfil. Llevaba puesto ese vestido corto de cuero hiper ajustado, que le marcaba cada curva del cuerpo, combinado con sus infaltables botas de cuero negro de caña alta hasta la rodilla y taco aguja.
Apenas cerré la puerta, Agus se dio vuelta, me agarró del cuello con violencia y me clavó un beso carnoso, lleno de lengua y alcohol. Empezamos a manosearnos con desesperación. Le subí el vestido de cuero, le corrí la tanga a un costado y le encajé tres dedos directo en la concha: estaba chorreando líquido, más empapada que nunca.
—Cogeme por el culo, Fede... dale, reventame la cola antes de cenar —me suplicó en un susurro áspero, descontrolada.
La puse de pie frente al espejo del dormitorio, le abrí los cachetes del culo y le clavé la verga dura en el ano. Agus soltó un gemido ahogado mientras la taladraba por la cola y con la otra mano le sobaba el clítoris bañado en sus propios jugos. El sonido de mis embestidas secas contra sus glúteos y el crujido del cuero del vestido retumbaban en la habitación. Le di firme hasta descargarme bien profundo adentro de su culo, dejándola temblando sobre sus botas.
Se acomodó el vestido, se retocó el labial rojo frente al espejo, me miró de reojo con una sonrisa perversa y me tiró antes de salir:
—Hay que ir preparando la cola por si hoy a la noche la cosa se pone más picante con Vero...
Para la cena habíamos reservado en un restaurante apartado de la zona. Cuando Vero bajó al living lista para salir, el contraste con Agus nos dejó sin palabras.
Vero se había puesto un top de encaje negro semi transparente con escote bote amplio, que le dejaba los hombros y la clavícula al descubierto, insinuando un corpiño de raso armado que le levantaba las tetas de una manera brutal. Abajo llevaba una minifalda de vinilo negro, corta y hiper ajustada, con un brillo espejo que le remarcaba la forma de la cola y las caderas con cada movimiento. Completaba el conjunto con unas botas de cuero acordonadas por el frente, de caña media y taco aguja fino.
La combinación entre la piel que transparentaba la tela de arriba y el reflejo brillante del vinilo abajo era un gancho directo a la cabeza.
La cena fue una bomba de tiempo. Pedimos dos botellas de vino, los chistes subieron de tono y los roces por debajo de la mesa no se hicieron esperar. Vero jugaba a cruzar las piernas; el vinilo brillante de su falda rozaba contra el cuero del vestido de Agus, mientras la punta de su bota acordonada buscaba mi pantorrilla por debajo del mantel. Agus, lejos de frenarlo, le festejaba la jugada, resbalándole la mano por la minifalda a su amiga y mirándome a mí con una complicidad perversa.
—Nosotros en la quinta tenemos pileta nocturna y más vino... ¿Por qué no nos vamos para allá a seguirla más tranquilos? —tiró Agus levantando la copa, con los ojos encendidos por la borrachera.
Vero la miró fijo, se pasó la lengua suavemente por el labio inferior y contestó con una sonrisa cargada de intenciones:
—Estaba esperando que me lo pidieras...
Llegamos a la casa con la sangre hirviendo. El viaje de vuelta había sido un manoseo constante en el auto: Vero en el asiento del acompañante le pasaba los dedos por los labios a Agus, mientras Agus maneja con una mano y con la otra le metía los dedos a Vero por debajo de la minifalda de vinilo.
Apenas cruzamos el ventanal del living, no hubo tiempo de prender las luces. La única iluminación era el reflejo de la luz azul de la pileta pegando contra los vidrios.
Agus agarró a Vero del cuello, la pegó contra la mesa ratona de madera y le encajó un beso salvaje, abriéndole la boca a pura lengua. El sonido de los labios chocando y el crujido del vinilo de la falda de Vero apretándose contra el cuero de Agus llenaban la habitación. Vero soltó un gemido grave y le agarró las nalgas a mi mujer por sobre el vestido, acomodando las piernas para encajarse bien contra su cadera.
Yo me quedé a dos metros, parado, mirando cómo las dos se devoraban en penumbras. Mi verga era una piedra adentro del pantalón.
Agus se dio vuelta sin soltar a Vero. Me miró con esa sonrisa de patrona, dominadora y con el labial rojo medio corrido:
—Desnudala, Fede. Pero hacelo despacio, quiero que la mires bien mientras se lo sacás.
Me acerqué temblando. Le tomé la cintura a Vero; el vinilo estaba helado al tacto comparado con el calor que salía de su piel. Le subí despacio la minifalda hasta la cintura, dejando al descubierto sus piernas atléticas y una tanga de hilo dental negra que no tapaba absolutamente nada. Le enganché los dedos en el escote bote del top de encaje transparente y se lo tiré para abajo, dejándole los pechos al aire, erguidos, con los pezones duros como dos botones.
Agus no aguantó: se arrodilló sobre sus botas de caña alta directamente frente a Vero. Le corrió la tanga con un dedo y le clavó la lengua de lleno en la concha húmeda. Vero echó la cabeza hacia atrás, agarrándose de la cabeza de mi esposa, soltando un insulto al aire mientras el cuerpo le temblaba sobre sus tacos aguja.
—¡Uff, Agus... qué zarpada que sos, la concha de tu madre! —gritaba Vero, abriéndose cada vez más de piernas.
Agus le chupaba la vagina y las nalgas con un hambre feroz, tragándose todo el jugo de su amiga, mientras me hacía una seña con la mano para que yo me acercara.
Me puse detrás de Vero, pegando mi pecho contra su espalda al aire. Le agarré los pechos firmes por delante mientras me refregaba contra la curva brillante de sus nalgas. Vero se dio vuelta, me buscó la boca y me metió la lengua hasta la garganta, saboreando el gusto de su propia concha y el labial de Agus que le quedaba en los labios.
—Quiero sentirte adentro, Fede... no me aguantó más —me susurró al oído con la voz rota de la calentura—. Poneme en la mesa.
La acostamos de espaldas sobre la mesa del living. Agus le levantó las piernas y se las abrió de par en par, dejándole toda la entrepierna expuesta bajo la luz de la pileta. Yo me saqué el pantalón, me acomodé entre sus muslos y le apoyé la cabeza de la pija en la entrada chorreante.
Con un empujón seco, se la metí entera hasta el fondo. Vero pegó un alarido de placer que retumbó en todo el techo de la casa.
Agus, al lado nuestro sobre la mesa, le agarró la cara con las dos manos, le encajó los dedos en la boca para que se los chupara mientras yo le daba un ritmo demoledor de atrás hacia adelante, haciendo sonar sus nalgas contra la madera. La combinación de las dos mujeres, la tela de vinilo arrugada bajo sus espaldas y el sonido de mi piel pegando contra la suya era puro descontrol.
—Dale duro, Fede, reventale la concha que le encanta —me ordenaba Agus con la respiración cortada, pasándose la mano por su propio clítoris por encima del vestido de cuero.
Vero, fuera de sí, mirando a Agus a los ojos mientras yo la taladraba sin asco, agarró a mi esposa del vestido y le dijo:
—Agus... no doy más, quiero que me la meta hasta el fondo pero en la cama, y que vos te me pongas encima —le dijo Vero a tu esposa con la voz cortada de la calentura, agarrándola de la cintura mientras yo no paraba de bombearla.
Agus la miró desde arriba, con esa sonrisa de satisfacción absoluta, le acarició la cara y me miró a mí:
—Ya escuchaste a Vero, Fede. Sacásela y vámonos a la habitación principal. Hoy te vamos a exprimir entre las dos hasta que no te quede ni una gota.
Nos fuimos abrazados y tambaleándonos de la borrachera hacia la habitación principal. Agus se tiró de espaldas en el centro de la cama king size, abriendo las piernas con las botas de cuero negro puestas sobre el acolchado y el vestido de cuero levantado hasta la cintura. Vero se le acomodó inmediatamente encima, quedando en un 69 perfecto: le encajó la boca de lleno en la concha a Agus mientras mi esposa le devolvía las chupadas con un hambre feroz, agarrándole las nalgas desnudas que sobresalían de la minifalda de vinilo.
Yo me quedé arrodillado al borde de la cama, admirando el espectáculo de las dos devorándose, los gemidos cruzados y el brillo del cuero y el vinilo bajo la veladora.
—No te quedes mirando, vení acá —me ordenó Agus, sacando la cabeza un segundo de la concha de Vero.
Me acomodé al lado de Vero. Mientras ella le chupaba la concha a Agus, yo le abrí los cachetes del culo a Vero y le encajé la lengua bien profundo en el ano, saboreando el flujo que le chorreaba de la vagina. Vero soltó un gemido ahogado contra el pubis de mi mujer y empezó a moverse contra mi cara.
Después vino el cambio de posiciones que tanto buscábamos. Acomodamos a Vero de espaldas, con la cabeza sobre las almohadas y las piernas abiertas de par en par. Agus se le puso de frente, arrodillada sobre ella, agarrándole las tetas y dándole unos besos carnosos, llenos de baba y labial corrido.
Yo me ubique por detrás de Vero, en posición de cucharita. Le abrí las nalgas, le acomodé la punta de la pija bien lubricada en la entrada del ano y, de un solo impulso firme, se la clavé entera por el culo.
—¡Ahhh, la puta madre, Fede! —gritó Vero, aferrándose del cuello de Agus mientras la penetraba por la cola.
—Apretala, Vero, comete toda la pija de mi marido con la cola —le decía Agus al oído, metiéndole dos dedos en la concha a Vero para coordinar el ritmo con mis embestidas por atrás.
Estuvimos así varios minutos: yo taladrándole el ano a Vero, mientras Agus le estimulaba el clítoris y le besaba la boca. El sonido seco de mis caderas pegando contra el vinilo de su falda y los insultos de placer de Vero llenaban toda la pieza.
Cuando sentimos que el orgasmo de Vero estaba al límite, Agus cambió la jugada. Se dio vuelta, se puso en cuatro al lado de Vero y nos miró a los dos:
—Ahora métemela a mí por la concha, Fede... dale, cogeme a mí mientras le le chupo la boca a Vero.
Me pasé a Agus, clavándole la verga en su vagina chorreante, dándole con bronca y a ritmo acelerado. Vero se arrodilló al lado de mi cara, se sacó la tanga del todo y se me puso encima de la boca para que le lamiera el clítoris mientras yo penetraba a mi mujer. Tenía la cara tapada por el cuerpo de Vero y mis manos agarrando las nalgas duras de Agus.
El final fue un descontrol total. Sentí que no aguantaba más y avisé que me venía.
—¡No la tires afuera! —gritó Agus zafando de la posición—. ¡Acabale en la boca a Vero!
Me la saqué de la concha a Agus y Vero se abalanzó de rodillas sobre mi pija, agarrándola con las dos manos y metiéndosela hasta la garganta. La leche empezó a salir a chorros calientes y espeso. Vero se tragó cada gota sin soltarme, mientras Agus le acariciaba la espalda y le miraba la cara de golosa. Al terminar, Vero se dio vuelta con los labios chorreando, buscó la boca de Agus y se fundieron en un beso profundo, compartiendo todo mi semen entre las dos.
Quedamos los tres cruzados en la cama, exhaustos, transpirados, con el olor a sexo, cuero y alcohol flotando en la habitación mientras las primeras luces del amanecer empezaban a entrar por la ventana.
La primera tarde arrancó a fuego lento. El calor de la siesta pedía gin tonics helados y música al mango. Agus se puso una microbikini negra de tiras finas con unas plataformas; la tanga diminuta le dejaba las nalgas duras de gimnasio completamente al descubierto. Vero no se quedó atrás: cayó a la zona de la pileta con una bikini roja encendida que le marcaba el lomo y resaltaba su tez morocha.
Yo estaba tirado en una reposera, tomando algo con la pija medio dura de ver cómo se paseaban entre ellas, mostrándose, tirándose indirectas y buscando que yo las mirara.
Al caer la tarde, cuando el sol aflojó, nos fuimos a cambiar a la casa. Agus se metió al vestidor y me llamó. Estaba parada frente al espejo, mirándose de perfil. Llevaba puesto ese vestido corto de cuero hiper ajustado, que le marcaba cada curva del cuerpo, combinado con sus infaltables botas de cuero negro de caña alta hasta la rodilla y taco aguja.
Apenas cerré la puerta, Agus se dio vuelta, me agarró del cuello con violencia y me clavó un beso carnoso, lleno de lengua y alcohol. Empezamos a manosearnos con desesperación. Le subí el vestido de cuero, le corrí la tanga a un costado y le encajé tres dedos directo en la concha: estaba chorreando líquido, más empapada que nunca.
—Cogeme por el culo, Fede... dale, reventame la cola antes de cenar —me suplicó en un susurro áspero, descontrolada.
La puse de pie frente al espejo del dormitorio, le abrí los cachetes del culo y le clavé la verga dura en el ano. Agus soltó un gemido ahogado mientras la taladraba por la cola y con la otra mano le sobaba el clítoris bañado en sus propios jugos. El sonido de mis embestidas secas contra sus glúteos y el crujido del cuero del vestido retumbaban en la habitación. Le di firme hasta descargarme bien profundo adentro de su culo, dejándola temblando sobre sus botas.
Se acomodó el vestido, se retocó el labial rojo frente al espejo, me miró de reojo con una sonrisa perversa y me tiró antes de salir:
—Hay que ir preparando la cola por si hoy a la noche la cosa se pone más picante con Vero...
Para la cena habíamos reservado en un restaurante apartado de la zona. Cuando Vero bajó al living lista para salir, el contraste con Agus nos dejó sin palabras.
Vero se había puesto un top de encaje negro semi transparente con escote bote amplio, que le dejaba los hombros y la clavícula al descubierto, insinuando un corpiño de raso armado que le levantaba las tetas de una manera brutal. Abajo llevaba una minifalda de vinilo negro, corta y hiper ajustada, con un brillo espejo que le remarcaba la forma de la cola y las caderas con cada movimiento. Completaba el conjunto con unas botas de cuero acordonadas por el frente, de caña media y taco aguja fino.
La combinación entre la piel que transparentaba la tela de arriba y el reflejo brillante del vinilo abajo era un gancho directo a la cabeza.
La cena fue una bomba de tiempo. Pedimos dos botellas de vino, los chistes subieron de tono y los roces por debajo de la mesa no se hicieron esperar. Vero jugaba a cruzar las piernas; el vinilo brillante de su falda rozaba contra el cuero del vestido de Agus, mientras la punta de su bota acordonada buscaba mi pantorrilla por debajo del mantel. Agus, lejos de frenarlo, le festejaba la jugada, resbalándole la mano por la minifalda a su amiga y mirándome a mí con una complicidad perversa.
—Nosotros en la quinta tenemos pileta nocturna y más vino... ¿Por qué no nos vamos para allá a seguirla más tranquilos? —tiró Agus levantando la copa, con los ojos encendidos por la borrachera.
Vero la miró fijo, se pasó la lengua suavemente por el labio inferior y contestó con una sonrisa cargada de intenciones:
—Estaba esperando que me lo pidieras...
Llegamos a la casa con la sangre hirviendo. El viaje de vuelta había sido un manoseo constante en el auto: Vero en el asiento del acompañante le pasaba los dedos por los labios a Agus, mientras Agus maneja con una mano y con la otra le metía los dedos a Vero por debajo de la minifalda de vinilo.
Apenas cruzamos el ventanal del living, no hubo tiempo de prender las luces. La única iluminación era el reflejo de la luz azul de la pileta pegando contra los vidrios.
Agus agarró a Vero del cuello, la pegó contra la mesa ratona de madera y le encajó un beso salvaje, abriéndole la boca a pura lengua. El sonido de los labios chocando y el crujido del vinilo de la falda de Vero apretándose contra el cuero de Agus llenaban la habitación. Vero soltó un gemido grave y le agarró las nalgas a mi mujer por sobre el vestido, acomodando las piernas para encajarse bien contra su cadera.
Yo me quedé a dos metros, parado, mirando cómo las dos se devoraban en penumbras. Mi verga era una piedra adentro del pantalón.
Agus se dio vuelta sin soltar a Vero. Me miró con esa sonrisa de patrona, dominadora y con el labial rojo medio corrido:
—Desnudala, Fede. Pero hacelo despacio, quiero que la mires bien mientras se lo sacás.
Me acerqué temblando. Le tomé la cintura a Vero; el vinilo estaba helado al tacto comparado con el calor que salía de su piel. Le subí despacio la minifalda hasta la cintura, dejando al descubierto sus piernas atléticas y una tanga de hilo dental negra que no tapaba absolutamente nada. Le enganché los dedos en el escote bote del top de encaje transparente y se lo tiré para abajo, dejándole los pechos al aire, erguidos, con los pezones duros como dos botones.
Agus no aguantó: se arrodilló sobre sus botas de caña alta directamente frente a Vero. Le corrió la tanga con un dedo y le clavó la lengua de lleno en la concha húmeda. Vero echó la cabeza hacia atrás, agarrándose de la cabeza de mi esposa, soltando un insulto al aire mientras el cuerpo le temblaba sobre sus tacos aguja.
—¡Uff, Agus... qué zarpada que sos, la concha de tu madre! —gritaba Vero, abriéndose cada vez más de piernas.
Agus le chupaba la vagina y las nalgas con un hambre feroz, tragándose todo el jugo de su amiga, mientras me hacía una seña con la mano para que yo me acercara.
Me puse detrás de Vero, pegando mi pecho contra su espalda al aire. Le agarré los pechos firmes por delante mientras me refregaba contra la curva brillante de sus nalgas. Vero se dio vuelta, me buscó la boca y me metió la lengua hasta la garganta, saboreando el gusto de su propia concha y el labial de Agus que le quedaba en los labios.
—Quiero sentirte adentro, Fede... no me aguantó más —me susurró al oído con la voz rota de la calentura—. Poneme en la mesa.
La acostamos de espaldas sobre la mesa del living. Agus le levantó las piernas y se las abrió de par en par, dejándole toda la entrepierna expuesta bajo la luz de la pileta. Yo me saqué el pantalón, me acomodé entre sus muslos y le apoyé la cabeza de la pija en la entrada chorreante.
Con un empujón seco, se la metí entera hasta el fondo. Vero pegó un alarido de placer que retumbó en todo el techo de la casa.
Agus, al lado nuestro sobre la mesa, le agarró la cara con las dos manos, le encajó los dedos en la boca para que se los chupara mientras yo le daba un ritmo demoledor de atrás hacia adelante, haciendo sonar sus nalgas contra la madera. La combinación de las dos mujeres, la tela de vinilo arrugada bajo sus espaldas y el sonido de mi piel pegando contra la suya era puro descontrol.
—Dale duro, Fede, reventale la concha que le encanta —me ordenaba Agus con la respiración cortada, pasándose la mano por su propio clítoris por encima del vestido de cuero.
Vero, fuera de sí, mirando a Agus a los ojos mientras yo la taladraba sin asco, agarró a mi esposa del vestido y le dijo:
—Agus... no doy más, quiero que me la meta hasta el fondo pero en la cama, y que vos te me pongas encima —le dijo Vero a tu esposa con la voz cortada de la calentura, agarrándola de la cintura mientras yo no paraba de bombearla.
Agus la miró desde arriba, con esa sonrisa de satisfacción absoluta, le acarició la cara y me miró a mí:
—Ya escuchaste a Vero, Fede. Sacásela y vámonos a la habitación principal. Hoy te vamos a exprimir entre las dos hasta que no te quede ni una gota.
Nos fuimos abrazados y tambaleándonos de la borrachera hacia la habitación principal. Agus se tiró de espaldas en el centro de la cama king size, abriendo las piernas con las botas de cuero negro puestas sobre el acolchado y el vestido de cuero levantado hasta la cintura. Vero se le acomodó inmediatamente encima, quedando en un 69 perfecto: le encajó la boca de lleno en la concha a Agus mientras mi esposa le devolvía las chupadas con un hambre feroz, agarrándole las nalgas desnudas que sobresalían de la minifalda de vinilo.
Yo me quedé arrodillado al borde de la cama, admirando el espectáculo de las dos devorándose, los gemidos cruzados y el brillo del cuero y el vinilo bajo la veladora.
—No te quedes mirando, vení acá —me ordenó Agus, sacando la cabeza un segundo de la concha de Vero.
Me acomodé al lado de Vero. Mientras ella le chupaba la concha a Agus, yo le abrí los cachetes del culo a Vero y le encajé la lengua bien profundo en el ano, saboreando el flujo que le chorreaba de la vagina. Vero soltó un gemido ahogado contra el pubis de mi mujer y empezó a moverse contra mi cara.
Después vino el cambio de posiciones que tanto buscábamos. Acomodamos a Vero de espaldas, con la cabeza sobre las almohadas y las piernas abiertas de par en par. Agus se le puso de frente, arrodillada sobre ella, agarrándole las tetas y dándole unos besos carnosos, llenos de baba y labial corrido.
Yo me ubique por detrás de Vero, en posición de cucharita. Le abrí las nalgas, le acomodé la punta de la pija bien lubricada en la entrada del ano y, de un solo impulso firme, se la clavé entera por el culo.
—¡Ahhh, la puta madre, Fede! —gritó Vero, aferrándose del cuello de Agus mientras la penetraba por la cola.
—Apretala, Vero, comete toda la pija de mi marido con la cola —le decía Agus al oído, metiéndole dos dedos en la concha a Vero para coordinar el ritmo con mis embestidas por atrás.
Estuvimos así varios minutos: yo taladrándole el ano a Vero, mientras Agus le estimulaba el clítoris y le besaba la boca. El sonido seco de mis caderas pegando contra el vinilo de su falda y los insultos de placer de Vero llenaban toda la pieza.
Cuando sentimos que el orgasmo de Vero estaba al límite, Agus cambió la jugada. Se dio vuelta, se puso en cuatro al lado de Vero y nos miró a los dos:
—Ahora métemela a mí por la concha, Fede... dale, cogeme a mí mientras le le chupo la boca a Vero.
Me pasé a Agus, clavándole la verga en su vagina chorreante, dándole con bronca y a ritmo acelerado. Vero se arrodilló al lado de mi cara, se sacó la tanga del todo y se me puso encima de la boca para que le lamiera el clítoris mientras yo penetraba a mi mujer. Tenía la cara tapada por el cuerpo de Vero y mis manos agarrando las nalgas duras de Agus.
El final fue un descontrol total. Sentí que no aguantaba más y avisé que me venía.
—¡No la tires afuera! —gritó Agus zafando de la posición—. ¡Acabale en la boca a Vero!
Me la saqué de la concha a Agus y Vero se abalanzó de rodillas sobre mi pija, agarrándola con las dos manos y metiéndosela hasta la garganta. La leche empezó a salir a chorros calientes y espeso. Vero se tragó cada gota sin soltarme, mientras Agus le acariciaba la espalda y le miraba la cara de golosa. Al terminar, Vero se dio vuelta con los labios chorreando, buscó la boca de Agus y se fundieron en un beso profundo, compartiendo todo mi semen entre las dos.
Quedamos los tres cruzados en la cama, exhaustos, transpirados, con el olor a sexo, cuero y alcohol flotando en la habitación mientras las primeras luces del amanecer empezaban a entrar por la ventana.
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