


Guillermo se sacó de encima de ella con calma, todavía respirando agitado. Se acomodó el pantalón y se quedó mirándola un momento, el cuerpo de Maritza tendido en la cama, las piernas abiertas, el semen espeso escurriéndole del coño y manchándole los muslos y la sábana.
—Lo disfruté como nunca, mamá —dijo con voz baja, casi íntima—. Ha sido el mejor polvo que he tenido en mi vida. Prepárate, porque pronto voy a volver a hacer uso de ti.
Maritza no respondió. Solo respiraba, la mirada fija en el techo. Él salió del cuarto sin más palabras. Cuando la puerta se cerró, ella se quedó sola. El silencio de la casa pesaba. El semen seguía saliendo de ella en hilos lentos y calientes. Entonces las lágrimas llegaron. Primero calladas, después un llanto contenido que le sacudía el pecho. Se cubrió la cara con las manos y sollozó, el cuerpo todavía temblando.
Se levantó con esfuerzo y fue al baño. Bajo el agua caliente se frotó con fuerza, una y otra vez, como si pudiera quitarse de encima lo que había pasado. El agua se llevaba el semen, pero no la sensación. No podía dejar de pensar que había sido su propio hijo quien la había usado como una puta cualquiera, quien se había corrido dentro de ella. Se quedó bajo la ducha hasta que el agua empezó a enfriarse. Después se secó, se puso un camisón y se metió en su cama. Durmió mal, a ratos, despertándose con el recuerdo de las embestidas y de su propia voz gimiendo.
Al día siguiente bajó como si nada. Preparó el desayuno con movimientos mecánicos. Guillermo entró a la cocina, se sentó, saludó a su padre con normalidad y comió. Maritza apenas lo miraba. El padre terminó, recogió su maletín y salió hacia el trabajo. La puerta principal se cerró.
Maritza estaba lavando los platos cuando sintió a Guillermo acercarse por detrás. Su cuerpo se tensó. Él le arrimó la verga dura por encima de la ropa, contra su culo, y le dio un beso lento en el cuello. Después una nalgada fuerte, el sonido seco resonando en la cocina.
—Ponte bien puta para esta noche —susurró cerca de su oreja—. Te veo en el mismo motel y en la misma habitación donde engañabas a mi papá.
—Por favor… para… busquemos otra solución —rogó ella, la voz quebrada, las manos temblando bajo el agua—. No puedo seguir así…
—No hay otra solución. Si no llegas, abro la boca. Todo. Cada detalle.
Se retiró. Maritza se quedó apoyada en el fregadero, las lágrimas cayéndole otra vez, el cuerpo temblando de rabia e impotencia.
Cayó la noche. Ella se vistió de negro: un vestido corto y ceñido que dejaba entrever, con cada movimiento, el traje de encaje negro que llevaba debajo. Lencería de escort de lujo: corpiño de copas abiertas, tanga de hilo, medias y ligas. El maquillaje impecable, el pelo suelto. Parecía exactamente lo que él quería.
Llegó al motel. La misma habitación. Tocó la puerta. Guillermo la abrió y la hizo entrar. Todo estaba a oscuras.
—No prendas la luz —ordenó.
Ella obedeció. Se escuchó el clic de la puerta cerrándose. Él la guió hasta la cama y la recostó. Empezó a tocarla despacio: las manos subiendo por sus muslos, abriendo el vestido, descubriendo el encaje. Le besó el cuello, el escote, los pechos por encima de la tela. Después le bajó el vestido y la lencería con calma, hasta dejarla casi desnuda. Se arrodilló entre sus piernas, le abrió los muslos y empezó a mamarle el coño. Lengua plana, lenta al principio, después más insistente, chupando el clítoris, metiendo la lengua dentro. Maritza se mordió el labio para no gemir, pero el cuerpo la traicionó: se mojó, las caderas se movieron solas.
Cuando estuvo lo suficientemente húmeda, Guillermo se subió sobre ella y entró de un solo empujón. Empezó a follarla duro, con rencor. Embestidas profundas, secas de cariño, solo fuerza. Cada golpe de cadera hacía que ella soltara gemidos ahogados.
—¿Recuerdas este cuarto? —gruñó mientras la follaba en misionero, las manos agarrándole las muñecas—. Aquí te follaba el chofer. Aquí se corría dentro. Ahora nunca más. Para eso estoy yo.
La volteó de golpe y la puso en cuatro. Le agarró las caderas y la embistió con más fuerza todavía. El sonido de piel contra piel era violento. Le dio nalgadas duras, una tras otra, hasta dejarle las nalgas rojas. Maritza enterró la cara en la almohada, los gemidos mezclados de dolor y de esa excitación que odiaba.
La hizo girar otra vez y la montó de lado, levantándole una pierna y entrando todavía más profundo. Cada embestida la sacudía. Él le hablaba al oído:
—Eres mi puta ahora. Solo mía. El chofer ya no te toca. Nadie te toca. Solo yo.
La puso encima, de frente. La obligó a rebotar sobre su verga mientras él le sujetaba las nalgas y la embestía desde abajo. Maritza tenía los ojos húmedos, el pelo pegado a la cara, el cuerpo temblando. Él le apretó los pechos, le mordió un pezón y siguió follándola sin piedad.
Después la puso de rodillas otra vez, de espaldas a él, y la penetró en esa posición mientras la agarraba del pelo y le tiraba la cabeza hacia atrás. Cada embestida era un golpe seco, profundo, que le sacaba el aire. Maritza lloraba en silencio, las lágrimas cayéndole mientras el cuerpo se sacudía.
Cuando sintió que estaba a punto, la sacó de golpe, la giró, la arrodilló frente a él y le agarró el pelo con las dos manos. Se corrió en su cara: chorros densos y calientes que le cubrieron la boca, las mejillas, la frente, el cuello. Ella se quedó arrodillada, respirando agitada, el semen espeso corriéndole por la piel.
Guillermo se levantó, encendió la luz de un golpe y sacó el teléfono. Le tomó varias fotos así: arrodillada, la cara cubierta de semen, los ojos rojos, la lencería hecha un desastre.
—Evidencia —dijo con calma—. Por si alguna vez se te ocurre no cumplir.
Le lanzó una toalla.
—Báñate y vete. El trato sigue. Ahora eres mi puta personal. Cuando yo diga, vienes. Cuando yo diga, te abres. ¿Quedó claro?
Maritza asintió una sola vez, sin mirarlo. Se levantó con las piernas temblando, recogió su ropa y entró al baño. Bajo la ducha se limpió otra vez, el agua llevándose el semen de la cara y del cuerpo. Cuando salió, él ya estaba vestido, sentado en la silla, mirándola.
Ella se vistió en silencio, se arregló lo mejor que pudo y salió de la habitación. En el pasillo del motel se detuvo un segundo, las manos temblando, el olor a sexo todavía pegado a la piel. Después caminó hacia el auto, el peso del trato clavado en el pecho, sabiendo que esto no había terminado.
0 comentarios - Chantajee a mi madre para que se acostara conmigo. Parte #5.