Estábamos en mi cuarto, tirados en el suelo, jugando videojuegos como cualquier otro sábado. Marco y yo nos conocíamos desde que teníamos cinco años, y no había secreto entre nosotros. Bueno, casi ninguno.
De repente, Marco pausó el juego y se recostó en los codos para mirarme.
-¿Oye, Oscar, ¿te ha pasado algo raro últimamente? -preguntó, con su voz grave y profunda que empezaba a sonar más de hombre.
-¿Como qué, güey? -dije, sin quitarle los ojos de la pantalla.
-No sé, como... cambios. Cosas de la pubertad, ¿sabes? A mí me está pasando un chingo de cosas raras.
Por fin le presté atención. Marco era negro, alto para su edad, con el pelo corto y rizado y una sonrisa que siempre me sacaba una carcajada. Su cuerpo empezaba a llenarse, tenía unos brazos largos y unas piernas que parecían no acabar.
-Cambios como qué, ¿te salieron espinillas en el culo? -bromeé.
-Más que eso, pendejo -dijo, y se rio-. Me pasa que, por ejemplo, a veces me despierto y mi pijama está... pegajoso y la verga bien dura y bien parada. ¿Te pasa?
Sentí mi cara caliente. -Ah, sí, a mí también. Son los sueños mojados, ¿no? Me da cosa decírselo a mi mamá.
-¡A mí también! -dijo Marco, aliviado-. Y otra cosa, a veces mi verga se pone dura por nada. En la clase, viendo a la maestra, hasta pensando en la comida. ¿A ti?
-Sí, joder, todo el tiempo -confesé-. Es como si tuviera vida propia. A veces tengo que poner mi mochila en el regazo para que nadie se dé cuenta.
Marco se rio, una carcajada fuerte que hizo temblar su pecho. -¡Exactamente! Y otra cosa, ¿has notado que... ya sabes, que crece?
-¿Que qué crece? -pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
-Tu verga, pendejo -dijo Marco, dándome un golpecito en el brazo-. La mía ha crecido como loco. Y también mis huevos. Se sienten más pesados.
Me quedé callado. La verdad, sí lo había notado. Mi verga ya no era la de un niño, y mis huevos colgaban más. Pero nunca había hablado de esto con nadie.
-Sí, a mí también -admití-. Es raro, ¿no? Un día eres un niño y al siguiente tienes esto entre las piernas.
-Y el vello -dijo Marco, levantándose la camiseta para mostrar un poco de vello oscuro que le empezaba a salir sobre el ombligo-. Me está saliendo por todas partes. En la cara, en el pecho, y... ya sabes dónde más.
Me reí. -Sí, también me está saliendo. Pero el mío es más claro, casi no se ve.
-¿En serio? Déjame ver.
Me quedé helado. ¿Ver qué? ¿Mi vello? ¿Otra cosa?
-¿El qué? -pregunté, nervioso.
-Tu vello, pendejo, ¿qué creíste? -dijo Marco, riéndose-. Y ya que estamos, comparemos lo demás. A ver quién está más avanzado en la pubertad.
Mi corazón latía mil por hora. ¿Me estaba pidiendo que me enseñara mi verga? ¿Mi mejor amigo?
-¿En serio? -pregunté, con la voz temblorosa.
-Claro, ¿qué hay de malo? Somos amigos, ¿no? Es ciencia, güey. Estamos comparando datos.
Tenía razón. Era solo ciencia. Amigos comparando cómo estábamos creciendo. Nada más.
-Ok -dije, y me desabroché los pantalones.
Saqué mi verga, que ya estaba un poco excitada por la conversación. No estaba completamente erecta, pero ya no era la de un niño.
Marco la miró con interés. -Joder, Oscar, la tuya es más grande de lo que pensaba.
La tuya -dije, y me di cuenta de que lo había dicho como si fuera lo más normal del mundo con una sonrisa en la cara como si le pidiera algo super normal, despues de todo era mi mejor amigo y habia confianza.
Marco sonrió y se desabrochó sus pantalones. Sacó su verga, que era más oscura que la mía, con una vena gruesa que la recorría. No estaba erecta, pero ya se veía más grande y más gruesa que la mía.
-¿Qué te parece? -preguntó con orgullo.
-Impresionante -dije, y era verdad-. Es más grande que la mía.
-Pero la tuya es más gorda -dijo Marco, acercándose para mirar mejor-. Y tienes más piel aquí, en la punta.
Me refería a mi prepucio. Aún no lo habia retirado completamente.
-¿Puedo tocarla? -preguntó Marco.
Asentí, sin poder hablar. Sus dedos oscuros tocaron mi verga, y sentí un escalofrío. La tocó con delicadeza, como si fuera un objeto frágil.
-Qué raro -dijo-. Se siente diferente a la mía.
-Tócala tú -dije, mi voz apenas un susurro.
Marco tomó su verga en su mano y comenzó a masajearla suavemente. La vi crecer y ponerse dura bajo sus dedos. Era impresionante, más grande que la mía, con una cabeza oscura y brillante.
-¿Te pasa que te sale líquido? -pregunté, señalando una pequeña gota en la punta de su verga.
-Sí, cuando estoy muy excitado -dijo Marco-. A ti no.
-A mí también, pero menos -dije, y para demostrarlo, comencé a jalarme mi propia verga.
Nos quedamos así un rato, los dos jalandónosla, mirándonos. No era romántico, era... curioso. Como dos científicos descubriendo algo nuevo.
-¿Se siente bien? -pregunté.
-Sí, joder, sí -dijo Marco, con los ojos cerrados-. Mejor que cuando lo hago solo.
-¿Te la jalas a menudo?
-Casi todas las noches -confesó Marco-. Y a veces en la mañana en la regadera. ¿Y tú?
-Lo mismo -dije-. A veces me la jalo pensando en... en cosas.
-¿En qué cosas? -preguntó, abriendo los ojos.
-No sé, en chicas, supongo. En la maestra de ciencias.
-A mí también -dijo Marco-. Y a veces en... en otras cosas.
-¿Como qué?
Marco se calló, como si no supiera si decirlo. -En... en cómo se siente. En el calor. En el líquido que sale.
-Entiendo -dije, aunque no estaba seguro de entender.
-¿Quieres que... que te ayude? -preguntó Marco, su voz más baja que nunca.
Asentí. Marco se acercó y tomó mi verga en su mano. Comenzó a jalármela con el mismo ritmo que la suya. Joder, se sentía increíble. Su mano era más grande que la mía, más fuerte.
-Así -dijo-. Más rápido.
Seguimos así, los dos jalandónosla, ahora juntos. Yo lo jalaba a él y él me jalaba a mí. Era raro, era intenso, era lo más excitante que me había pasado en la vida.
-Casi, casi -dije, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba.
-Yo también -dijo Marco, su voz rota.
Nos venimos casi al mismo tiempo. Mi leche salió disparada y cayó en mi abdomen. La de Marco fue más lejos, alcanzando mi pecho.
Nos quedamos así un rato, sudados y agitados, con nuestras vergas todavía en nuestras manos.
-Joder -dijo Marco, por fin rompiendo el silencio-. Eso fue... intenso.
-Sí -dije-. Muy intenso.
-¿Volvemos a hacerlo? -preguntó Marco.
-Sí, cabron -dije, y nos reímos.
Nos limpiamos con mis calcetines y nos volvimos a poner los pantalones. El ambiente había cambiado. Éramos los mismos de siempre, pero a la vez, éramos diferentes. Habíamos compartido algo secreto, algo íntimo.
-¿Sabes qué? -dijo Marco, mientras volvíamos a encender el videojuego-. me dio gusto hablar de esto contigo
-a mi tambien amigo -dije, sonriendo-. ya sabes que hay confianza.
Y mientras empezábamos a jugar de nuevo, supe que esta era solo la primera de muchas exploraciones. Éramos amigos, los mejores amigos, y ahora teniamos un secreto.
De repente, Marco pausó el juego y se recostó en los codos para mirarme.
-¿Oye, Oscar, ¿te ha pasado algo raro últimamente? -preguntó, con su voz grave y profunda que empezaba a sonar más de hombre.
-¿Como qué, güey? -dije, sin quitarle los ojos de la pantalla.
-No sé, como... cambios. Cosas de la pubertad, ¿sabes? A mí me está pasando un chingo de cosas raras.
Por fin le presté atención. Marco era negro, alto para su edad, con el pelo corto y rizado y una sonrisa que siempre me sacaba una carcajada. Su cuerpo empezaba a llenarse, tenía unos brazos largos y unas piernas que parecían no acabar.
-Cambios como qué, ¿te salieron espinillas en el culo? -bromeé.
-Más que eso, pendejo -dijo, y se rio-. Me pasa que, por ejemplo, a veces me despierto y mi pijama está... pegajoso y la verga bien dura y bien parada. ¿Te pasa?
Sentí mi cara caliente. -Ah, sí, a mí también. Son los sueños mojados, ¿no? Me da cosa decírselo a mi mamá.
-¡A mí también! -dijo Marco, aliviado-. Y otra cosa, a veces mi verga se pone dura por nada. En la clase, viendo a la maestra, hasta pensando en la comida. ¿A ti?
-Sí, joder, todo el tiempo -confesé-. Es como si tuviera vida propia. A veces tengo que poner mi mochila en el regazo para que nadie se dé cuenta.
Marco se rio, una carcajada fuerte que hizo temblar su pecho. -¡Exactamente! Y otra cosa, ¿has notado que... ya sabes, que crece?
-¿Que qué crece? -pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
-Tu verga, pendejo -dijo Marco, dándome un golpecito en el brazo-. La mía ha crecido como loco. Y también mis huevos. Se sienten más pesados.
Me quedé callado. La verdad, sí lo había notado. Mi verga ya no era la de un niño, y mis huevos colgaban más. Pero nunca había hablado de esto con nadie.
-Sí, a mí también -admití-. Es raro, ¿no? Un día eres un niño y al siguiente tienes esto entre las piernas.
-Y el vello -dijo Marco, levantándose la camiseta para mostrar un poco de vello oscuro que le empezaba a salir sobre el ombligo-. Me está saliendo por todas partes. En la cara, en el pecho, y... ya sabes dónde más.
Me reí. -Sí, también me está saliendo. Pero el mío es más claro, casi no se ve.
-¿En serio? Déjame ver.
Me quedé helado. ¿Ver qué? ¿Mi vello? ¿Otra cosa?
-¿El qué? -pregunté, nervioso.
-Tu vello, pendejo, ¿qué creíste? -dijo Marco, riéndose-. Y ya que estamos, comparemos lo demás. A ver quién está más avanzado en la pubertad.
Mi corazón latía mil por hora. ¿Me estaba pidiendo que me enseñara mi verga? ¿Mi mejor amigo?
-¿En serio? -pregunté, con la voz temblorosa.
-Claro, ¿qué hay de malo? Somos amigos, ¿no? Es ciencia, güey. Estamos comparando datos.
Tenía razón. Era solo ciencia. Amigos comparando cómo estábamos creciendo. Nada más.
-Ok -dije, y me desabroché los pantalones.
Saqué mi verga, que ya estaba un poco excitada por la conversación. No estaba completamente erecta, pero ya no era la de un niño.
Marco la miró con interés. -Joder, Oscar, la tuya es más grande de lo que pensaba.
La tuya -dije, y me di cuenta de que lo había dicho como si fuera lo más normal del mundo con una sonrisa en la cara como si le pidiera algo super normal, despues de todo era mi mejor amigo y habia confianza.
Marco sonrió y se desabrochó sus pantalones. Sacó su verga, que era más oscura que la mía, con una vena gruesa que la recorría. No estaba erecta, pero ya se veía más grande y más gruesa que la mía.
-¿Qué te parece? -preguntó con orgullo.
-Impresionante -dije, y era verdad-. Es más grande que la mía.
-Pero la tuya es más gorda -dijo Marco, acercándose para mirar mejor-. Y tienes más piel aquí, en la punta.
Me refería a mi prepucio. Aún no lo habia retirado completamente.
-¿Puedo tocarla? -preguntó Marco.
Asentí, sin poder hablar. Sus dedos oscuros tocaron mi verga, y sentí un escalofrío. La tocó con delicadeza, como si fuera un objeto frágil.
-Qué raro -dijo-. Se siente diferente a la mía.
-Tócala tú -dije, mi voz apenas un susurro.
Marco tomó su verga en su mano y comenzó a masajearla suavemente. La vi crecer y ponerse dura bajo sus dedos. Era impresionante, más grande que la mía, con una cabeza oscura y brillante.
-¿Te pasa que te sale líquido? -pregunté, señalando una pequeña gota en la punta de su verga.
-Sí, cuando estoy muy excitado -dijo Marco-. A ti no.
-A mí también, pero menos -dije, y para demostrarlo, comencé a jalarme mi propia verga.
Nos quedamos así un rato, los dos jalandónosla, mirándonos. No era romántico, era... curioso. Como dos científicos descubriendo algo nuevo.
-¿Se siente bien? -pregunté.
-Sí, joder, sí -dijo Marco, con los ojos cerrados-. Mejor que cuando lo hago solo.
-¿Te la jalas a menudo?
-Casi todas las noches -confesó Marco-. Y a veces en la mañana en la regadera. ¿Y tú?
-Lo mismo -dije-. A veces me la jalo pensando en... en cosas.
-¿En qué cosas? -preguntó, abriendo los ojos.
-No sé, en chicas, supongo. En la maestra de ciencias.
-A mí también -dijo Marco-. Y a veces en... en otras cosas.
-¿Como qué?
Marco se calló, como si no supiera si decirlo. -En... en cómo se siente. En el calor. En el líquido que sale.
-Entiendo -dije, aunque no estaba seguro de entender.
-¿Quieres que... que te ayude? -preguntó Marco, su voz más baja que nunca.
Asentí. Marco se acercó y tomó mi verga en su mano. Comenzó a jalármela con el mismo ritmo que la suya. Joder, se sentía increíble. Su mano era más grande que la mía, más fuerte.
-Así -dijo-. Más rápido.
Seguimos así, los dos jalandónosla, ahora juntos. Yo lo jalaba a él y él me jalaba a mí. Era raro, era intenso, era lo más excitante que me había pasado en la vida.
-Casi, casi -dije, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba.
-Yo también -dijo Marco, su voz rota.
Nos venimos casi al mismo tiempo. Mi leche salió disparada y cayó en mi abdomen. La de Marco fue más lejos, alcanzando mi pecho.
Nos quedamos así un rato, sudados y agitados, con nuestras vergas todavía en nuestras manos.
-Joder -dijo Marco, por fin rompiendo el silencio-. Eso fue... intenso.
-Sí -dije-. Muy intenso.
-¿Volvemos a hacerlo? -preguntó Marco.
-Sí, cabron -dije, y nos reímos.
Nos limpiamos con mis calcetines y nos volvimos a poner los pantalones. El ambiente había cambiado. Éramos los mismos de siempre, pero a la vez, éramos diferentes. Habíamos compartido algo secreto, algo íntimo.
-¿Sabes qué? -dijo Marco, mientras volvíamos a encender el videojuego-. me dio gusto hablar de esto contigo
-a mi tambien amigo -dije, sonriendo-. ya sabes que hay confianza.
Y mientras empezábamos a jugar de nuevo, supe que esta era solo la primera de muchas exploraciones. Éramos amigos, los mejores amigos, y ahora teniamos un secreto.
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