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Club de Pubes. CAP 2. El nuevo miembro del club

hola a todos si no leyeron el capitulo anterior de esta saga les pondre el link anterior asi podran ir directamente a verlo https://www.poringa.net/posts/relatos/6329633/Club-de-Pubes-CAP-1-Mi-mejor-amigo.html

Capítulo 2: El Nuevo Miembro del Club

Una semana después de nuestra "exploración científica", Marco y yo estábamos en las canchas de la escuela, sentados en uno de esos bancos escondidos donde nadie te molesta. Ya no era raro que la conversación derivara hacia ahí.

-¿Te fijaste en Canelo? -dijo Marco, mirando hacia el campo de béisbol donde un chico pelirrojo practicaba su bateo-. El güey está creciendo.

Canelo, cuyo nombre real era Alejandro pero nadie le decía así, era un año menor que nosotros. Era bajito, con un montón de pecas en la cara y ese pelo rojizo que llamaba la atención. Era delgado, casi enclenque, pero tenía un trasero que se le marcaba en el pantalón de uniforme que era un regalo del cielo.

-Sí, lo he notado -dije, sintiendo cómo mi verga empezaba a despertarse-. ¿Estás pensando lo que creo que estoy pensando?

Marco sonrió, esa sonrisa pícara que ya conocía tan bien. -Pienso que al güey le toca aprender unas cuantas cosas. Y nosotros, como sus amigos mayores, tenemos la obligación de enseñarle.

-¿Y cómo le hacemos? No podemos llegarle y decirle "oye, déjanos ver tu verga".

-Tenemos que ser sutiles, pendejo. Hay que calarlo, como lo hice contigo.

Al día siguiente, lo invitamos a mi casa. Le dijimos que íbamos a ver películas y comer pizza. Canelo llegó con esa energía de los de su edad, hablando un chingo y sin quedarse quieto.

-¿Qué vamos a ver? -preguntó, tirándose en el sofá.

-Primero hay que hablar de cosas importantes -dijo Marco, sentándose frente a él-. Cosas de hombres.

Canelo se rio. -¿Qué cosas, si ni siquiera tienen bigote?

-Te hablamos de la pubertad, güey -dije yo-. De los cambios.

Canelo se puso un poco nervioso. -Ah, eso... pues sí, me ha pasado cosas raras.

-¿Como qué? -preguntó Marco, acercándose más.

-No sé, como que... mi voz cambia a veces. Y me salen espinillas. Y... ya saben.

-¿Qué? -insistió Marco.

-Mi verga se pone dura por nada -confesó Canelo, con la cara roja como su pelo.

Marco y yo intercambiamos una mirada. Estaba funcionando.

-A nosotros también nos pasa -dije-. Es normal. De hecho, a veces nos ayudamos entre nosotros para... aliviar la tensión.

-¿A ayudarse? ¿Cómo así? -preguntó Canelo, confundido.

-Mirando, comparando, a veces... tocando -dijo Marco, su voz baja y persuasiva-. Es cosa de amigos, de confianza. Ayuda a no sentirse raro.

Canelo nos miró, dudoso. -No sé, eso se me hace bien gay.

-¿Y qué? -dije yo-. Ser gay no es malo. Y además, no se trata de ser gay. Se trata de sentirse bien, de conocer tu cuerpo. ¿Nunca has querido saber si tu verga es normal, si crece como la de los demás?

Canelo se quedó callado, pero vi el interés en sus ojos.

-Comparemos -propuse-. Los tres. Así te quitas la duda.

Marco se levantó y se bajó los pantalones sin pensarlo. Su verga negra ya estaba medio erecta. Yo hice lo mismo, sacando la mía, más gorda y con el prepucio todavía cubriendo la cabeza.

Canelo nos miraba con los ojos como platos. Su respiración se había acelerado.

-Te toca, güey -dijo Marco-. No seas cagón.

Con manos temblorosas, Canelo se desabrochó los jeans. Cuando sacó su verga, Marco y yo casi gemimos al mismo tiempo. Era linnda. No muy grande, pero gruesa, con una cabeza rosada y brillante y casi sin vello alrededor. Estaba completamente erecta.

-Joder, Canelo -dije-. Está más rica de lo que imaginaba.

-¿De verdad? -preguntó él, con una mezcla de vergüenza y orgullo.

-Claro que sí -dijo Marco, acercándose-. ¿Puedo tocarla?

Canelo asintió, y la mano de Marco rodeó la verga del pelirrojo. Canelo emitió un gemido bajo, como si nunca hubiera sentido algo igual.

-¿Te gusta? -susurré en su oído, acercándome también.

-Sí -logró decir él.

-También te gusta esto -dije, y tomé su mano y la puse en mi verga.

Sus dedos me rodearon, torpes pero ansiosos. Empezó a jalármela, imitando el movimiento que Marco hacía en la suya.

-Así, güey, así -animó Marco-. Más rápido.

Nos quedamos así un rato, los tres en el sofá, jalandónosla mutuamente. Canelo parecía en otro mundo, con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta.

-¿Quieres sentir algo mejor? -pregunté.

Abrió los ojos y me miró, confundido. Marco y yo intercambiamos otra mirada. Era el momento.

Nos pusimos de pie y lo acostamos en el sofá. Marco se arrodilló frente a él y yo detrás de su cabeza.

-Relájate, Canelo -dijo Marco-. Esto te va a encantar.

Y con esas palabras, se comió su verga.

Canelo casi salta del sofá. Un grito escapó de su boca, mezcla de sorpresa y placer puro. Nunca había sentido algo igual. La boca caliente y húmeda de Marco lo estaba llevando al cielo.

-Yo también quiero -dije, y me incliné para besarle los pezones, que eran pequeños y duros como canicas.

Canelo estaba perdido en un mar de sensaciones. Marco lo chupaba con habilidad, su lengua jugando con la cabeza rosada, mientras yo lo besaba y lo tocaba por todas partes.

-Casi, casi -gemía él-. Siento algo raro.

-Es el orgasmo, pendejo -dije-. Disfrútalo.

Y con esas palabras, se vino. Su cuerpo se arqueó y su leche caliente llenó la boca de Marco, quien se la tragó sin dudarlo.

Cuando Canelo se recuperó, nos miró con los ojos vidriosos.

-Joder... eso fue... increíble.

-Aún no hemos terminado -dije, sonriendo.

Nos pusimos de pie frente a él, con nuestras vergas erectas y goteando.

-Ahora te toca a ti -dijo Marco-. Tócanos, haznos sentir como nosotros te hicimos sentir.

Canelo se arrodilló frente a nosotros, un poco torpe pero muy decidido. Tomó nuestras vergas en sus manos, una en cada una, y comenzó a jalárnoslas.

-Así, güey -animé-. Usa tu lengua.

Canelo se inclinó y lamió la cabeza de mi verga, luego la de Marco. Parecía un niño en una dulcería, probando cada sabor.

-Nos vamos a venir -avisó Marco-. ¿Dónde quieres que lo hagamos?

-En mi cara -dijo Canelo, sin dudarlo.

Marco y yo casi nos venimos al escuchar eso. Nos acercamos más y nos jalamos con más fuerza, hasta que no pudimos más. Nuestra leche caliente salpicó la cara de Canelo, sus mejillas, su frente, sus labios. Se la pasó con los dedos y se la llevó a la boca, probándonos.

-Joder -dijo, sonriendo-. Esto es lo mejor que me ha pasado.

Nos recostamos los tres en el sofá, agotados pero satisfechos.

-¿Sabes qué? -dijo Marco-. Esto tiene que ser un club. Un club secreto. Solo para nosotros.

-¿Y para quién más? -pregunté, con una idea en la cabeza.

-¿A qué te refieres? -preguntó Canelo.

-A que hay más chicos en la escuela que podrían necesitar... nuestra ayuda -dije-. Chicos que están solos, confundidos. Podríamos... expandir el club.

Marco sonrió, entendiendo inmediatamente a dónde iba. -Me gusta la idea. Un club de exploradores. Exploradores de cuerpos.

-¿Y quién sería el siguiente? -preguntó Canelo, ya recuperado.

Miramos hacia la ventana, como si la respuesta estuviera ahí afuera.

-Hay un chico en el equipo de natación -dije-. Rubio, alto, con un cuerpo que pide a gritos que lo exploremos

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