A la mañana siguiente, Montse se fue sola a la escuela, como siempre. Me dejó un par de huevos, un poco de tocino, jugo de naranja y una nota: "Esto es por la ayuda, papá. Eres el mejor".
Comí rápido antes de salir corriendo al trabajo. Estuve pensando en esa mamada todo el día, hablando por teléfono con los clientes, con mi jefe, en fin, con todo. Pensaba en lo bien que se sentía la boca de mi hija. Cuando llegué a casa a las cinco, mi hija corrió hacia mí y me abrazó.
—¡Papá, ya estás en casa!
—Hola, pastelito. ¿Qué tal tu día?
—¡El mejor de todos! ¡Oh, Dios mío, papá! Les enseñé el vídeo a mis amigas, ¡y adivina qué!
—Espera, cariño. Pensé que no íbamos a hablar de eso.
—Es solo una cosa. Estaban tan, tan celosas. Les encantaba tu polla. O sea, todas desearían ser yo ahora mismo. Y además creían que hacía unas buenas mamadas. ¿Puedes creerlo? Pensaban que estaba fingiendo la inocencia a propósito.
Me reí entre dientes.
—Guau.
—Vamos, te preparé una cena de bistec para darte las gracias.
Me tomó de la mano, me sentó a comer un filete y me abrió una lata de cerveza.
—Todas me preguntaban qué se siente al chupar una polla de ese tamaño. Me preguntaban si normalmente la tragaba hasta el fondo y cosas así.
—¿Qué les dijiste? —pregunté.
—Les dije que solo a veces, pero que tengo problemas con las náuseas, y me dijeron que con el tamaño de tu pene no era de extrañar. Y luego me preguntaron qué se siente al ser penetrada por él.
Negué con la cabeza.
—¿Es que ya no hablan de cosas normales los chicos?
Montse puso los ojos en blanco.
—El sexo es la nueva normalidad, papi. De todas formas, les dije que me dejas adolorida todas las noches. ¿Te parece bien? Parece que se lo creyeron.
—Me parece bien. En fin, ¿qué tal te fue en la escuela? ¿Aprendiste algo interesante?
Necesitaba cambiar de tema. Me había hecho pensar en sexo otra vez.
—Muy bien. Lo de siempre. Eres el mejor papá del mundo. ¿Lo sabías?
—Bueno, ¿cuántos padres dejarían que sus hijas les chuparan la polla?
—No muchos —dijo Montse con una risita—. Si alguna vez quieres que te lo vuelva a hacer solo por diversión, como agradecimiento, puedes pedírmelo.
—Vaya, cariño. Por favor, no. No lo creo.
—¿Por qué no? ¿No te gustó? —dijo con un gesto de enfado en el rostro.
—Claro que me gustó, pero soy tu padre. Vamos, no me hagas pensar en ello. Ya me siento bastante mal por haberlo hecho una vez.
—Vale, papá, lo entiendo.
Ahí terminó la conversación. Seguimos como si nada hubiera pasado, pero cada vez que veía sonreír a mi hija, pensaba en mi polla deslizándose entre sus labios. Cuando veía su escote, recordaba sus pechos firmes y sus pezones pequeños y perfectos. ¿Y cómo iba a dejar de recordar esa hermosa vagina escondida tras esas bragas? Lo admito: empecé a masturbarme pensando en ello.

Por desgracia, la cosa solo empeoró. Unas semanas después, otro domingo, me dio la noticia. Debería haberlo visto venir desde el momento en que me dijo que íbamos a cenar filete.
—Papá —dijo—, tengo un favor que pedirte.
—¿Qué? —dije, tragando saliva.
Bajó la mirada.
—Tengo otro vídeo para enseñarte.
—No, Montse, no.
Se mordió el labio.
—Papá, no pude evitarlo. Hicimos otro reto.
—No puedo dejar que me lo chupes otra vez. No puedo, Montse.
—Ese no es el reto.
—¿Qué?
—El reto era… quién puede follar mejor.
—Jesús —dije—. Montse, por favor, no.
—Papá, escúchame un segundo.
—No, Montse, no. Una cosa es una mamada, ¿pero follar? ¿Estás loca? Es tu virginidad. Es para siempre.
—Déjame hablar un segundo —dijo—. Desde lo del sexo oral, me he convertido en una especie de leyenda en la escuela. Todo el mundo ha visto el vídeo.
—¿Todo el mundo? —dije en voz alta.
—Sí, todo el mundo —dijo—. La gente empezó a compartirlo. Ahora se me acercan tipos desconocidos y me coquetean.
—Mierda, es increíble —dije.
—Soy como una estrella —dijo—. Y ahora el reto es tener sexo.
—Montse, bueno, para empezar, piensa en esto. ¿Te das cuenta de lo que significa el sexo? El sexo es sexo. Es íntimo. Pueden venir hijos. Es el final del camino.
—Lo sé —dijo—. Pero tengo un plan.
—¿Un plan? No quiero oír hablar del plan. ¿Tengo que repetirlo? ¡Soy tu padre!
—Sé que lo eres. Por eso tengo un plan. ¿Quieres oírlo o prefieres que vaya a preguntarle al señor Jones?
—No me vuelvas a hacer esto, cariño. No me amenaces con salir corriendo y acostarte con alguien solo para obligarme a hacerlo.
—Papá, tengo que grabar un vídeo para mañana. No tengo otra opción.
Me cubrí la cara con las manos.
—Cariño, ¿no te arrepientes en absoluto de lo que hicimos?
—No, por supuesto que no. ¿Por qué lo preguntas?
—¡Porque está mal! —dije—. Es inmoral.
—Pero creí que te había gustado —dijo con un puchero—. ¿No crees que te gustaría que hiciéramos más?
—Por supuesto que me gustaría, pero me odiaría a mí mismo por la mañana.
—Vale, escucha —dijo—. Te dije que tengo un plan. Si dejas de discutir y me escuchas, te lo diré. Verás, me imaginaba que ibas a reaccionar así.
—¿Ah, sí? —dije.
—Sí, así que ideé un plan para que no tengamos que follar de verdad.
—Oh, no puedo esperar a escuchar esto.
—Vale, cuando me meto los dedos en la vagina, puedo sentir el himen.
—¿Sí?
—Entonces estaba pensando: podrías meter solo la punta de tu pene, un poquito. Solo lo suficiente para que no me quite la virginidad. Y luego, durante el resto del vídeo, lo grabaré de lado o algo así, para que no se vea la penetración.
—¿Ese es el plan? Es una locura.
—¿Por favor, papá? —suplicó—. No me hagas ir a preguntarle al señor Jones otra vez.
Exhalé.
—¿Entonces nada de sexo de verdad?
—No. Podemos fingirlo.
—Mierda—dije—. No puedo creer que esté haciendo esto.
—¿Entonces lo harás? —preguntó emocionada.
—Sí —dije, derrotado.
—¡Sí! ¡Vamos! Tenemos que empezar.
Me tomó de la mano y me arrastró a su habitación. Empezó a desnudarse sin pensarlo dos veces: se quitó la camisa por encima de la cabeza, se bajó los pantalones, se desabrochó el sujetador. Ahí estaban sus tetas otra vez, blancas como la leche, con los pezones rosados apuntándome. Luego se bajó las bragas, se puso de pie y se las quitó. Su coño estaba depilado, completamente liso. Pude ver su pequeño clítoris entre sus piernas, asomando para saludar. Su coño parecía tan pequeño.

—Vale, papi, vamos. Vamos a desvestirte.
Me ayudó a quitarme la camisa y a desabrocharme los pantalones. Me los bajé. Mi pene ya respondía a mi hija. Sus ojos brillaron al verlo.
—Mierda. Casi se me olvida lo grande que es en la vida real. —Ella levantó la vista—. Papá, todas mis amigas creen que deberías salir en películas porno.
—Estoy preparando mi currículum.
Ella soltó una risita, volviendo a mirarlo.
—Estoy un poco preocupada. Tengo una vagina pequeña, y esto da miedo.
—Solo tenemos que hacer que parezca que estamos follando —dije.
—Lo sé, pero creo que tener solo un poquito dentro me va a doler. No creo que esté hecha para penes grandes.
Extendió la mano y agarró el eje. Sus manos se sentían muy bien sobre él, incluso mientras tiraba de él como una aficionada.
—Esta demasiado duro —dijo.
Sus dedos recorrieron la parte superior, empujándola hacia abajo y dejándola volver a subir.
—Debe sentirse como si te follaran con una palanca.
—Cariño, hagamos el video.
—Vale —dijo, subiéndose a la cama y gateando sobre ella.
Me dio una vista perfecta de su culo y su coño. Ya se estaba mojando; sus labios se separaban para recibir cualquier polla cercana. Se veía tan apretada. Su pequeño ano estaba todo rosado. Nunca tendría la oportunidad de meterme ahí.
Se dio la vuelta, se sentó en la cama y abrió las piernas. Luego se recostó contra las almohadas.

—Vas a tener que enseñarme cómo se hace esto —dijo ella.
Me subí a la cama, gateando entre sus piernas, mi pene balanceándose sobre ella. Ella extendió la mano y pasó los dedos por debajo del tronco.
—Te gusta mucho jugar con eso, ¿verdad? —le dije.
—Sí —dijo, mirándome—. Es divertido. Ojalá tuviera un novio que me dejara jugar con el suyo.
Bajó la mano entre sus piernas y se pasó los dedos por el clítoris.
—¿Crees que la cabeza cabrá?
—Vamos a tener que intentarlo. ¿Estás lo suficientemente mojada?
—No lo sé, pero tengo lubricante.
Se inclinó hacia su mesita de noche, abrió el cajón y sacó un bote de lubricante. Se echó un poco en la mano, las frotó, y luego me agarró el pene, acariciándolo a lo largo, apretándolo y amasándolo entre sus dedos. Gemí. Ella me sonrió.
—¿Te gusta?
—Sí —dije.
Retiró las manos y se frotó los restos de lubricante en los labios vaginales. Luego tomó el teléfono y lo preparó.
—Esta vez voy a grabar yo.
—De acuerdo —dije.
—Recuerda —dijo—. Solo introduce la cabeza y déjala ahí un minuto. Luego aparto la cámara y la sacas, y finges penetrarme. Mantén tu pene entre mis piernas y nadie lo verá.
—Lo tengo —dije.
—Vale, allá vamos.
Pulsó un botón mientras miraba su teléfono.
—Soy Montse y así es como se folla una polla gigante. ¡Sigan con envidia, chicas!
Giró el teléfono, sonriendo, y lo apuntó hacia su coño. Abrió más las piernas. Su agujero era tan pequeño que mi polla se cernía sobre él como un misil. Me incliné más cerca, agarré el pene y lo bajé hasta que la punta tocó su clítoris.
—Mmm —murmuró—. Frota mi coño con esa polla gorda.
Mierda, mi hija estaba diciendo obscenidades. ¡Crecen tan rápido! Pero obedecí, bajando para que la cabeza rozara sus labios vaginales húmedos. Sus labios se abrieron para mí. El lubricante estaba haciendo efecto, dejándome resbaladiza mientras me frotaba de arriba abajo.
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—Oh —gimió mi hija—. Eso se siente bien.
Supe que ya no lo decía para la cámara, porque tenía la cabeza echada hacia atrás y no estaba mirando el teléfono.
Apunté a su coño y empujé hacia adelante, intentando abrirme paso con la punta. Dejó escapar un profundo gemido, bajando la mirada. Levantó las piernas, arqueándolas, y curvó los dedos de los pies.
—Joder —dijo, mirando la mitad de mi corona dentro de su coño—. Para, para, para. Papi, para.
Colgó el teléfono.
—Joder, es grande.
Salí lentamente.
—¿Estás bien?
Ella negó con la cabeza.
—Tu pene es demasiado grande. No va a caber.
—Estuve a punto de entrar.
Respiró hondo, incorporándose, mirando mi pene y luego bajando la vista hacia su coño.
—Pensé que podría soportarlo, pero ahora no estoy segura.
Me agarró el pene y lo acarició.
—¿Hay alguna manera de hacerlo un poco más delgado? —preguntó, mirándome.
—No, cariño.
—¿Y si se volviera más blando?
—Nena, te estoy mirando desnuda y tu coño está empapado. No puedo bajarme la erección.
—Mierda —dijo, apretándolo con la mano—. Sería más fácil si no fuera tan jodidamente enorme.
—Déjame intentarlo de nuevo —dije. Quería estar dentro de su coño ahora.
—De acuerdo —dijo, recostándose.
—Toma —dije, tomándole los pies y levantándolos—. Sujétate las piernas.
Hizo lo que le dije, levantando los muslos y dejando los pies descalzos suspendidos en el aire.
—¿Y la cámara? —preguntó.
—Podemos grabar en un minuto. Déjame ver si puedo entrar dentro de ti primero.
—De acuerdo —dijo ella—. Ve muy despacio con esa polla gigante que tienes. Me harás daño si vas rápido.
—Lo sé —dije.
Volví a agarrar mi pene, apuntando a su coño brillante, abierto mientras ella mantenía las piernas separadas. Lo golpeé varias veces, pasándolo por sus labios, presionando mi uretra contra su clítoris. Ella gimió.
—Me gusta cuando me frotas ahí. Tu pene se siente bien así.
—Tengo que entrar. ¿Lista?
—Mmm, sí. Fóllame despacio y con cuidado, ¿de acuerdo, papi?
Apreté mi pene con la mano mientras empujaba la cabeza hacia adelante. Ella se tensó de inmediato, gimiendo.
—¡Alto, alto! —dijo ella.
Pero no quería parar. Quería entrar. Apoyé todo mi peso sobre ella. Dio un grito ahogado, pero la punta de mi pene entró en su interior. Sus piernas cayeron mientras gemía. Luego miró entre sus piernas y vio cómo la punta de mi pene desaparecía dentro de su coño.

—Oh. Oh, Dios. Está dentro. Joder.
—¿Qué se siente? —pregunté.
—Oh, enorme.
—Estás jodidamente apretada —dije.
Se incorporó lo mejor que pudo, manteniendo las piernas separadas. Una mano la sostenía mientras la otra bajaba entre sus piernas. Se masajeó el clítoris un momento y luego agarró mi pene, acariciándolo de arriba abajo. No pude evitarlo. La presioné un poco más.
Montse gimió.
—No más. No puedo meter más dentro de mi pequeña vagina.
—Eres tan jodidamente pequeña.
—Y tú eres jodidamente enorme. Dios, eres un caballo.
Dejó de acariciar mi pene. Todavía intentaba recuperar el aliento.
—No sé si podré acostumbrarme a esta cosa tan grande atascada dentro de mí.
—¿Quieres que lo saque?
—No —dijo, mirándolo fijamente—. Por dentro se siente bien. Solo no lo muevas. Duele cuando lo mueves.
Flexioné mi pene, haciéndola jadear.
—¡Papi! No hagas eso. Tu pene es demasiado grande. No puedes moverlo así.
Lo flexioné de nuevo y ella gimió, echando la cabeza hacia atrás.
—Para —gimió.
Me estaba poniendo cachondo sentado allí con la punta de mi pene enterrada en ella. Quería más. Todavía no había llegado a su himen y pensé que podía meter un centímetro más.
—Cariño, déjame ver si cabe un poco más.
—Mmm, no —dijo, sacudiendo la cabeza—. Vas a hacerme perder la virginidad si intentas ir más allá. Es demasiado grande.
—Solo un poquito —dije.
Y entonces empujé. Ella echó la cabeza hacia atrás, gimiendo mientras una pulgada se hundía en ella. Sus pequeños labios vaginales me envolvieron como lo había hecho su boca.
—¡No! ¡Vale, para! ¡Por favor! ¡Ay, joder!
Jadeaba mientras miraba hacia abajo. Pasó la mano por el eje.

—¿Cómo podría meter todo esto dentro de mí? Es una locura. Duele tenerlo tan dentro.
—Eres virgen. Solo necesitas relajarte.
—Dios, puedo sentirte presionando contra mi himen.
Acarició el tallo con los dedos, apretando en la base.
—Ah —dije.
Intenté empujar hacia adelante, pero ella apretó con fuerza.
—No —dijo ella—. Papá, no se supone que intentes acostarte conmigo, ¿recuerdas? Soy tu niña pequeña. Se supone que debes guardar mi virginidad para mi futuro esposo.
—Joder, te sientes tan bien.
Empezó a acariciarme el pene de nuevo, su mano recorriendo desde la base hasta sus labios vaginales. Me aparté un poco, sacando la punta. Ella bajó la mirada y entonces la volví a introducir, despacio y con cuidado. Eso la hizo gemir.
—Joder, joder, joder. Es jodidamente ridículo. Dios, ¿por qué no puedo tener un papi con una polla de tamaño normal? Tengo que tener la polla del puto Hulk.
Me reí entre dientes y luego extendí la mano hacia su coño, acariciando su pequeño clítoris con el pulgar.
—Oh —dijo—. ¿No se supone que debemos grabar esto?
—Buen punto. Tenemos que hacerlo. No puedo quedarme aquí toda la noche con mi polla metida en tu coño apretado.
Lo saqué y ella gimió de nuevo. Respiró hondo y luego cogió el móvil, suspirando, y lo miró. Parecía agotada.
—Mmm, así es como se folla. Soy Montse.
Lo giró, apuntando hacia su coño. Mi polla ya brillaba con lubricante y fluidos vaginales. Le di un golpecito en los labios y se abrieron ante mí. Luego los aparté mientras la punta de mi polla se deslizaba dentro. Montse dejó escapar otro gemido. Levantó las piernas, apretando los dedos de los pies para luego abrirlos de par en par. Seguí empujando, introduciendo otra pulgada antes de sentir la resistencia de su himen.
—¡Joder! Es enorme. ¡Vale, para, para!
Movió la cámara, dejándola sobre una almohada para que grabara de lado. Me sonrió, asintiendo. Se frotaba el clítoris frenéticamente mientras yo me retiraba. Luego avancé, como si la estuviera penetrando, dejando que mi pene rozara sus labios vaginales resbaladizos. Gimió, disfrutándolo, con la mano apoyada sobre mi pene, apretándome entre su vagina y su palma. Comencé a empujar hacia adelante y hacia atrás a lo largo de su coño. Ella comenzó a arquearse hacia arriba.

—Oh, Dios —dijo—. Esto se siente jodidamente bien. Me encanta tu polla.
Giró la cabeza, mirando a la cámara.
—Es jodidamente grande. Dios, mi coño está cansado.
Me miró, sonriendo, mientras sus ojos observaban cómo mi pene se deslizaba entre su mano y sus labios vaginales.
—Fóllame —dijo—. Por favor, fóllame.
Estaba empujando con más fuerza. Tenía muchas ganas de correrme. Estaba tan duro que me palpitaba y me dolía.
—Mi coño —dijo—. Fóllame el coño… por favor.
No sabía si estaba actuando o pidiendo de verdad, pero seguía frotándose contra mí mientras yo la penetraba. Apartó la mano y la extendió hacia arriba. Empezó a tirar de sus pezones de nuevo con ambas manos. Mi pene continuó deslizándose sobre su pequeño y sensible clítoris.
—Quiero follar —murmuró. Ya no creía que estuviera hablando a la cámara—. Solo fóllame. Por favor. Oh, Dios. Lo necesito. Se siente tan jodidamente bien.
Mis embestidas se hacían más largas, avanzando más hacia atrás mientras empujaba hacia arriba a lo largo de su hendidura. Ella jadeaba.
—Voy a correrme. Oh, me estoy corriendo. ¡Uhhh! ¡Ohh!
Empezó a retorcerse, gimiendo en voz alta. Su coño se contrajo y los fluidos le corrieron por los muslos, salpicando mi pene. Agarró su teléfono, se lo llevó a la cara y se miró en él.
—Soy Montse y fui follada.
Lo apagó y lo dejó a un lado, gimiendo mientras bajaba la mirada, observando cómo mi pene acariciaba su coño.
—Mmm, vale, ya puedes parar, papi.
Pero no quería parar. Retiré mi pene y, al empujar hacia adelante, sus labios vaginales atraparon la punta. Gritó cuando tres pulgadas la penetraron. Me quedé paralizado, mirando hacia abajo. Sus piernas se encogieron hacia su pecho y comenzó a gemir.
—¡Ay, ay, ay! ¡Sácalo, papi! ¡Sácalo! ¡Ay, joder! ¡Ay! Papi, por favor, sácalo.
Me retiré lentamente, sacando mi pene de su coño. La punta estaba cubierta de sangre. Joder. Su mano bajó, agarrando sus labios vaginales.
—Ay. Oh, no. Papá, me quitaste la virginidad.
—Lo siento, cariño, fue un accidente.
—¡Ay! —se quejó—. Me duele muchísimo.
Sus piernas se cerraron con fuerza mientras se giraba de lado, acurrucándose y agarrándose el coño. Pude ver sangre en sus dedos. Pero el daño ya estaba hecho, y mi polla seguía dura como el acero. La agarré de los tobillos, la volteé y le abrí las piernas.
—¿Papá?
—Cariño, es demasiado tarde.
Me acerqué.
—No, papá. No.
—Cariño, lo necesito.
Ella negó con la cabeza.
—Por favor, no, papi. Tu pene es demasiado grande. No cabe dentro de mí.
—Iré despacio.
—¡No, papá, para!
Acerqué la punta de mi pene a sus labios vaginales y empujé. Ella gritó, bajó la mano, agarró mi miembro y apretó para detenerlo, pero estaba tan resbaladizo por el lubricante y el flujo vaginal que se deslizó entre sus manos sin esfuerzo. Lo que quedaba de su himen cedió ante mí. Gritó, y sus manos se alzaron para empujar mi pecho hacia atrás.
—¡Ay! ¡Papi, por favor! ¡Mi coño es demasiado pequeño para ti! ¡Joder! ¡Me estás haciendo daño!
—Ya casi lo logras, pastelito —dije, volviendo a meterle mi pene.
Dio un grito ahogado cuando el resto de mi pene desapareció en su interior. Ya había entrado más de la mitad profundamente dentro de su vagina. Detuve mi descenso cuando gimió, agarrándome. Apartó las manos, sollozando y llorando, cubriéndose el rostro. Se llevó las rodillas al pecho, intentando cerrar las piernas.
—Papi, me duele tu gran polla. Sácala.
Me incliné y le acaricié el clítoris.
—Relájate, cariño. Ya casi termino.
Ella gimió.
—Me quitaste la virginidad.
—Fue un accidente.
Abrió las piernas y miró hacia abajo, viendo mi pene asomando.
—No fue un accidente. Me metiste ese pene grande, malo y gordo incluso cuando te pedí que pararas.
—Lo siento, cariño. ¿Quieres que lo saque ahora?
Ella asintió, sorbiendo por la nariz.
—Saca tu pene de mí. No debería estar ahí dentro.
Me retiré lentamente. Ella seguía gimiendo, pero cuando la cabeza se atascó al final, volví a empujar, introduciendo mi pene profundamente.
Ella gimió ruidosamente, bajó la mano, agarró mi pene y lo apretó, clavando sus uñas en mi tronco.
—¡Nooo! Joder. ¡Papi, para! Es demasiado grande para mi coño. ¿Por qué sigues empujándolo hacia adentro?
—Lo siento —dije—. Lo sacaré ahora, ¿de acuerdo?
Ella asintió con tristeza. Me aparté. Ella seguía sujetando el eje, y entonces avancé. Su cabeza cayó hacia atrás mientras gemía y se quejaba.
—¡Papi, para! —dijo—. ¡Ya ni siquiera estamos grabando! ¡No tienes que follarme! Deja de meterla.
Miró entre sus piernas. Yo estaba dentro de ella ahora, su mano agarrando la raíz. La apartó.
—Me duele. No encaja bien, ¿ves? Sácala. Si necesitas correrte, te la chuparé como antes. Por favor, deja de follarme. No se siente bien.
—De acuerdo, lo sacaré.
—¿Lo prometes? ¿O vas a sacarlo y volver a metérmelo?
—Voy a sacarlo —dije.
Comencé a retroceder. Ella observaba cómo aparecían centímetro a centímetro.
—Vas a volver a meterme tu gran polla, ¿verdad? Sé que lo harás.
—Cariño, yo no haría eso —dije, y entonces se lo volví a meter.
Su cuerpo se tensó, sus piernas se encogieron hacia su pecho. Gimió con los ojos cerrados.
—Para, papi. Para. Sabía que ibas a volver a meterme esa polla gigante. Para, por favor.
Me empujó el pecho, instándome a retirarme. Me retiré y me miró con ojos tristes.
—Otra vez no. ¿Por favor? Otra vez no. Ni siquiera te importa mi vídeo. Solo quieres acostarte conmigo.
La empujé hacia adelante, haciéndola gritar al golpear su cuello uterino. Gimió y unas lágrimas de miedo rodaron por sus mejillas.
—Deja de follarme. Estás siendo malo, papi.
—Se me ha vuelto a resbalar, cariño. Esta vez lo sacaré más rápido.
—No lo harás. Simplemente vas a seguir follándome hasta que te corras. Lo sé.
—No, voy a sacarlo.
Empujé con más fuerza, dándole otra pulgada. Sentí el fondo de su vagina. Ya no quedaba espacio.
—¡Ay! ¡Está muy profundo, papá! ¡Para! ¡No me estás escuchando!
Lo mantuve enterrado dentro de ella, inclinando mi peso hacia abajo, mi pene doblándose dentro de ella. Ella gritó, gimiendo, su labio inferior temblando.
—Papi, por favor, sácalo. Si no lo haces, te vas a correr dentro de mi coño.
—¿Quieres que me corra? —pregunté, retirándome lentamente antes de empujar hacia adelante.
Ella gimió, sacudiendo la cabeza.
—No puedes correrte. Me vas a dejar embarazada. No estoy tomando nada. No se suponía que fuéramos a follar. Solo se suponía que ibas a fingir que me metías tu gran polla.
Bajó la mirada, viendo sus labios vaginales envueltos alrededor de mí, una película blanca de fluidos y jugo vaginal cubriendo mi pene, ayudándome a entrar y salir de ella.
—¿Ves cuánto estás estirando mi coño? No se supone que se estire así.
—¿De verdad quieres que lo saque, cariño?
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior.
—Sácalo. No me queda bien dentro.
Me aparté un poco, justo hasta que la cabeza quedó en el borde. La miré.
—Sácala, papi, por favor —susurró—. No más folladas esta noche. No puedes seguir metiéndome esa polla enorme. No se supone que debas hacer eso. Soy tu hija.
Finalmente me retiré, sintiendo la punta de mi pene en el aire fresco fuera de su ardiente coño. Su mano se posó sobre sus labios vaginales, frotándolos mientras gemía. Estaban rojos e inflamados, con pequeñas manchas de sangre en la parte interna de sus muslos. Yo seguía completamente erecto y necesitaba eyacular, pero ella ahora lloraba. Se giró boca abajo, manteniendo las piernas separadas mientras se frotaba el coño.
—Ay. Papá, eres tan malo. Me follaste tan fuerte. No puedo creer que hayas hecho eso. Solo usaste mi coño.
—Lo siento, cariño —dije—. No pude evitarlo. Le pediste a un hombre adulto que no ha tenido relaciones sexuales en años que te metiera su pene.
—Se suponía que ibas a fingir que me follabas, no a follarme de verdad. Solo quería grabar un vídeo tonto. No quería que me metieras esa polla enorme en la vagina. Te dije que no iba a caber. ¿Por qué no me hiciste caso?
La miraba fijamente mientras se masajeaba el coño, con las piernas abiertas. Me acerqué gateando. No pude evitarlo. Necesitaba más. Dejé que la punta de mi polla rozara sus dedos.
—¿Papá? No, para.
—Déjame entrar.
—No, papi, no. Ya me has follado bastante. Te dije que mi coño no está hecho para una polla grande. Estoy toda roja y dolorida. No la vuelvas a meter.
—Mueve la mano.
—Papi, para. Dijiste que no querías follarme, ¿recuerdas? No deberías estar intentando meter esa cosa tan grande en mi coñito.
—Déjame follarte el coño hasta que me corra.
—Pero me voy a quedar embarazada.
—Me retiraré. Solo quita la mano.
—Pero me duele el coño.
Le toqué la mano con mi polla.
—Deja que tu padre termine. Me debes un favor por todo lo que he hecho por ti. Ahora necesito follar. Muévete.
Apartó la mano de su coño.
—Por favor, sé gentil conmigo, papi. No estoy acostumbrada a follar. Es mi primera vez, ¿sabes? No puedes simplemente empujar… ¡ay!
La penetré con fuerza. Ella extendió la mano hacia atrás, agarrando mi pene de nuevo para detenerlo. Se puso de rodillas, separando las piernas, dándome más espacio. Ya no quería ser suave. Me retiré y luego embestí hacia adelante. Ella gritó; todo su cuerpo se movió hacia adelante. Se agarró a la cabecera de la cama para apoyarse. Comencé a follarla sin control. Ella gemía y sollozaba.
—¡Más despacio! ¡Por favor! Me estás partiendo en dos. Me duele. Me duele muchísimo. ¡Papi!
La estaba empujando con fuerza, tan fuerte que sus rodillas se despegaban de la cama.
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—¡Suave! —suplicó—. ¡Mi coño! ¡Me estás lastimando! ¡Papi, más despacio, por favor! ¡Eres demasiado grande! ¡Por favor! ¡No estoy acostumbrada!
Estaba a punto de correrme. Su coño estaba tan apretado que me estaba asfixiando. No creo que hubiera podido sacarlo aunque hubiera querido. La embestí una última vez y mi semen explotó de mis testículos. Gritó cuando mi miembro entero desapareció dentro de ella. Sus manos se extendieron hacia atrás, agarrándome el estómago para apartarme, pero yo no me movía.
—¡No, no, no! —gimió—. Te corriste dentro de mi coño, papi.
—¡Joder! Se siente bien —dije, agarrándola de los muslos y sujetándola.
Lentamente comencé a deslizar mi sensible pene dentro y fuera. Ella seguía gimiendo, pero yo ya había terminado; me estaba ablandando. Lentamente lo saqué. Ella cayó de lado, se giró y miró hacia abajo, entre sus piernas. El semen se estaba derramando.

—Oh, no. Oh, joder. —Levantó la vista con ojos tristes—. ¡Papi, te corriste dentro de mi coño!
—Lo siento, pastelito.
—¿Y si me quedo embarazada? —dijo.
Me arrastré por la cama, con mi pene medio erecto balanceándose. Ella echó la cabeza hacia atrás, pero yo la alcancé, la sujeté y la atraje hacia mí. Sangre y semen manchaban su entrepierna.
—No, papá, no. Está todo sucio.
—Abre.
—Papá, para —dijo ella, pero justo cuando abrió la boca para hablar, le metí la punta del pene.
—Chúpate eso.
Murmuró, gimiendo pero obedeciendo, succionando mi pene, su garganta contrayéndose al tragar. Le di unos centímetros más, hasta llegar a su garganta. Su lengua trabajaba sin descanso, moviendo mi pene flácido.
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Gemí.
—Joder. Eso está bien. Estoy muy orgulloso de ti, cariño.
Ella gimió cuando saqué mi pene de su boca. Se lamió los labios para quitarse el semen pegajoso.
—Papá, ¿por qué me hiciste limpiarlo?
—Porque soy un mal padre.
—Entraste, papi. Voy a quedar embarazada por tu culpa. Has arruinado mi vida.
—Estarás bien. Para eso están las pastillas del día después.
Me levanté de la cama.
—Te dejaré algo de dinero mañana por la mañana. Ve allí después de clase y tómate una pastilla.
Sollozó mientras me veía vestirme, sin dejar de masajearse su coño rojo e inflamado.
—¿Pero qué pasa con mi coño? Cuando esté lista para tener sexo con un chico, él sabrá que no soy virgen.
—Lo sé, cariño. Pero fuiste tú quien quiso esto.
Tenía el ceño fruncido y un puchero.
—No quería que me follaras. Quería que fingieras. No puedo creer que me hayas metido esa cosa enorme, papi. Me usaste como a una puta.
—Fue un accidente.
—Pero no sacaste tu pene cuando te lo pedí y seguiste metiéndolo de nuevo.
Le besé la frente.
—Creo que ya son suficientes vídeos, ¿no crees?
—Eres malo. Eso no estuvo bien, papá.
—Ya te dije que esto iba a pasar —dije, sacudiendo la cabeza.
La dejé sola en su habitación y me duché, limpiándome el pene. Me acosté temprano esa noche. A la mañana siguiente, Montse no me hablaba. Ni siquiera me dejó el desayuno. Fui a trabajar y, al volver a casa, encontré una caja de pizza sobre la mesa. La abrí y vi que faltaban dos porciones. Supuse que esa era la cena.
Pasó un mes y Montse apenas me hablaba: solo decía "Hola", "Adiós" y "La cena está lista". Sabía que había arruinado nuestra relación. De hecho, la culpaba a ella. Puede que perdiera el control y empezara a acostarme con ella, pero ella fue quien se metió en ese lío. Me había rogado que le frotara la polla contra el coño. ¿Qué podía hacer un padre?
Era otro domingo cuando vino a verme. Estaba comiendo comida china para llevar y leyendo una revista. Se sentó a la mesa y me miró con esos grandes ojos azules y tristes.
—¿Papá?
—¿Sí?
—Necesito hablar contigo sobre algo.
Dejé los palillos.
—Cariño, no puedo seguir disculpándome.
Ella negó con la cabeza.
—No es eso. Quiero decirte que te perdono, que ya no estoy enfadada contigo.
—Bueno, eso es un alivio. Quizás las cosas puedan volver a la normalidad por aquí. Te quiero mucho, Montse.
—Lo sé, papá. Yo también te quiero. Pero tengo un favor que pedirte.
—¿Bueno?
—Necesito tu ayuda para hacer otro vídeo.
Me quedé boquiabierto.
—¿Otro más?
Ella asintió.
—Esta vez, el reto era anal.
Suspiré. No tenía sentido discutir con ella.
—Voy a buscar el lubricante.
Comí rápido antes de salir corriendo al trabajo. Estuve pensando en esa mamada todo el día, hablando por teléfono con los clientes, con mi jefe, en fin, con todo. Pensaba en lo bien que se sentía la boca de mi hija. Cuando llegué a casa a las cinco, mi hija corrió hacia mí y me abrazó.
—¡Papá, ya estás en casa!
—Hola, pastelito. ¿Qué tal tu día?
—¡El mejor de todos! ¡Oh, Dios mío, papá! Les enseñé el vídeo a mis amigas, ¡y adivina qué!
—Espera, cariño. Pensé que no íbamos a hablar de eso.
—Es solo una cosa. Estaban tan, tan celosas. Les encantaba tu polla. O sea, todas desearían ser yo ahora mismo. Y además creían que hacía unas buenas mamadas. ¿Puedes creerlo? Pensaban que estaba fingiendo la inocencia a propósito.
Me reí entre dientes.
—Guau.
—Vamos, te preparé una cena de bistec para darte las gracias.
Me tomó de la mano, me sentó a comer un filete y me abrió una lata de cerveza.
—Todas me preguntaban qué se siente al chupar una polla de ese tamaño. Me preguntaban si normalmente la tragaba hasta el fondo y cosas así.
—¿Qué les dijiste? —pregunté.
—Les dije que solo a veces, pero que tengo problemas con las náuseas, y me dijeron que con el tamaño de tu pene no era de extrañar. Y luego me preguntaron qué se siente al ser penetrada por él.
Negué con la cabeza.
—¿Es que ya no hablan de cosas normales los chicos?
Montse puso los ojos en blanco.
—El sexo es la nueva normalidad, papi. De todas formas, les dije que me dejas adolorida todas las noches. ¿Te parece bien? Parece que se lo creyeron.
—Me parece bien. En fin, ¿qué tal te fue en la escuela? ¿Aprendiste algo interesante?
Necesitaba cambiar de tema. Me había hecho pensar en sexo otra vez.
—Muy bien. Lo de siempre. Eres el mejor papá del mundo. ¿Lo sabías?
—Bueno, ¿cuántos padres dejarían que sus hijas les chuparan la polla?
—No muchos —dijo Montse con una risita—. Si alguna vez quieres que te lo vuelva a hacer solo por diversión, como agradecimiento, puedes pedírmelo.
—Vaya, cariño. Por favor, no. No lo creo.
—¿Por qué no? ¿No te gustó? —dijo con un gesto de enfado en el rostro.
—Claro que me gustó, pero soy tu padre. Vamos, no me hagas pensar en ello. Ya me siento bastante mal por haberlo hecho una vez.
—Vale, papá, lo entiendo.
Ahí terminó la conversación. Seguimos como si nada hubiera pasado, pero cada vez que veía sonreír a mi hija, pensaba en mi polla deslizándose entre sus labios. Cuando veía su escote, recordaba sus pechos firmes y sus pezones pequeños y perfectos. ¿Y cómo iba a dejar de recordar esa hermosa vagina escondida tras esas bragas? Lo admito: empecé a masturbarme pensando en ello.

Por desgracia, la cosa solo empeoró. Unas semanas después, otro domingo, me dio la noticia. Debería haberlo visto venir desde el momento en que me dijo que íbamos a cenar filete.
—Papá —dijo—, tengo un favor que pedirte.
—¿Qué? —dije, tragando saliva.
Bajó la mirada.
—Tengo otro vídeo para enseñarte.
—No, Montse, no.
Se mordió el labio.
—Papá, no pude evitarlo. Hicimos otro reto.
—No puedo dejar que me lo chupes otra vez. No puedo, Montse.
—Ese no es el reto.
—¿Qué?
—El reto era… quién puede follar mejor.
—Jesús —dije—. Montse, por favor, no.
—Papá, escúchame un segundo.
—No, Montse, no. Una cosa es una mamada, ¿pero follar? ¿Estás loca? Es tu virginidad. Es para siempre.
—Déjame hablar un segundo —dijo—. Desde lo del sexo oral, me he convertido en una especie de leyenda en la escuela. Todo el mundo ha visto el vídeo.
—¿Todo el mundo? —dije en voz alta.
—Sí, todo el mundo —dijo—. La gente empezó a compartirlo. Ahora se me acercan tipos desconocidos y me coquetean.
—Mierda, es increíble —dije.
—Soy como una estrella —dijo—. Y ahora el reto es tener sexo.
—Montse, bueno, para empezar, piensa en esto. ¿Te das cuenta de lo que significa el sexo? El sexo es sexo. Es íntimo. Pueden venir hijos. Es el final del camino.
—Lo sé —dijo—. Pero tengo un plan.
—¿Un plan? No quiero oír hablar del plan. ¿Tengo que repetirlo? ¡Soy tu padre!
—Sé que lo eres. Por eso tengo un plan. ¿Quieres oírlo o prefieres que vaya a preguntarle al señor Jones?
—No me vuelvas a hacer esto, cariño. No me amenaces con salir corriendo y acostarte con alguien solo para obligarme a hacerlo.
—Papá, tengo que grabar un vídeo para mañana. No tengo otra opción.
Me cubrí la cara con las manos.
—Cariño, ¿no te arrepientes en absoluto de lo que hicimos?
—No, por supuesto que no. ¿Por qué lo preguntas?
—¡Porque está mal! —dije—. Es inmoral.
—Pero creí que te había gustado —dijo con un puchero—. ¿No crees que te gustaría que hiciéramos más?
—Por supuesto que me gustaría, pero me odiaría a mí mismo por la mañana.
—Vale, escucha —dijo—. Te dije que tengo un plan. Si dejas de discutir y me escuchas, te lo diré. Verás, me imaginaba que ibas a reaccionar así.
—¿Ah, sí? —dije.
—Sí, así que ideé un plan para que no tengamos que follar de verdad.
—Oh, no puedo esperar a escuchar esto.
—Vale, cuando me meto los dedos en la vagina, puedo sentir el himen.
—¿Sí?
—Entonces estaba pensando: podrías meter solo la punta de tu pene, un poquito. Solo lo suficiente para que no me quite la virginidad. Y luego, durante el resto del vídeo, lo grabaré de lado o algo así, para que no se vea la penetración.
—¿Ese es el plan? Es una locura.
—¿Por favor, papá? —suplicó—. No me hagas ir a preguntarle al señor Jones otra vez.
Exhalé.
—¿Entonces nada de sexo de verdad?
—No. Podemos fingirlo.
—Mierda—dije—. No puedo creer que esté haciendo esto.
—¿Entonces lo harás? —preguntó emocionada.
—Sí —dije, derrotado.
—¡Sí! ¡Vamos! Tenemos que empezar.
Me tomó de la mano y me arrastró a su habitación. Empezó a desnudarse sin pensarlo dos veces: se quitó la camisa por encima de la cabeza, se bajó los pantalones, se desabrochó el sujetador. Ahí estaban sus tetas otra vez, blancas como la leche, con los pezones rosados apuntándome. Luego se bajó las bragas, se puso de pie y se las quitó. Su coño estaba depilado, completamente liso. Pude ver su pequeño clítoris entre sus piernas, asomando para saludar. Su coño parecía tan pequeño.

—Vale, papi, vamos. Vamos a desvestirte.
Me ayudó a quitarme la camisa y a desabrocharme los pantalones. Me los bajé. Mi pene ya respondía a mi hija. Sus ojos brillaron al verlo.
—Mierda. Casi se me olvida lo grande que es en la vida real. —Ella levantó la vista—. Papá, todas mis amigas creen que deberías salir en películas porno.
—Estoy preparando mi currículum.
Ella soltó una risita, volviendo a mirarlo.
—Estoy un poco preocupada. Tengo una vagina pequeña, y esto da miedo.
—Solo tenemos que hacer que parezca que estamos follando —dije.
—Lo sé, pero creo que tener solo un poquito dentro me va a doler. No creo que esté hecha para penes grandes.
Extendió la mano y agarró el eje. Sus manos se sentían muy bien sobre él, incluso mientras tiraba de él como una aficionada.
—Esta demasiado duro —dijo.
Sus dedos recorrieron la parte superior, empujándola hacia abajo y dejándola volver a subir.
—Debe sentirse como si te follaran con una palanca.
—Cariño, hagamos el video.
—Vale —dijo, subiéndose a la cama y gateando sobre ella.
Me dio una vista perfecta de su culo y su coño. Ya se estaba mojando; sus labios se separaban para recibir cualquier polla cercana. Se veía tan apretada. Su pequeño ano estaba todo rosado. Nunca tendría la oportunidad de meterme ahí.
Se dio la vuelta, se sentó en la cama y abrió las piernas. Luego se recostó contra las almohadas.

—Vas a tener que enseñarme cómo se hace esto —dijo ella.
Me subí a la cama, gateando entre sus piernas, mi pene balanceándose sobre ella. Ella extendió la mano y pasó los dedos por debajo del tronco.
—Te gusta mucho jugar con eso, ¿verdad? —le dije.
—Sí —dijo, mirándome—. Es divertido. Ojalá tuviera un novio que me dejara jugar con el suyo.
Bajó la mano entre sus piernas y se pasó los dedos por el clítoris.
—¿Crees que la cabeza cabrá?
—Vamos a tener que intentarlo. ¿Estás lo suficientemente mojada?
—No lo sé, pero tengo lubricante.
Se inclinó hacia su mesita de noche, abrió el cajón y sacó un bote de lubricante. Se echó un poco en la mano, las frotó, y luego me agarró el pene, acariciándolo a lo largo, apretándolo y amasándolo entre sus dedos. Gemí. Ella me sonrió.
—¿Te gusta?
—Sí —dije.
Retiró las manos y se frotó los restos de lubricante en los labios vaginales. Luego tomó el teléfono y lo preparó.
—Esta vez voy a grabar yo.
—De acuerdo —dije.
—Recuerda —dijo—. Solo introduce la cabeza y déjala ahí un minuto. Luego aparto la cámara y la sacas, y finges penetrarme. Mantén tu pene entre mis piernas y nadie lo verá.
—Lo tengo —dije.
—Vale, allá vamos.
Pulsó un botón mientras miraba su teléfono.
—Soy Montse y así es como se folla una polla gigante. ¡Sigan con envidia, chicas!
Giró el teléfono, sonriendo, y lo apuntó hacia su coño. Abrió más las piernas. Su agujero era tan pequeño que mi polla se cernía sobre él como un misil. Me incliné más cerca, agarré el pene y lo bajé hasta que la punta tocó su clítoris.
—Mmm —murmuró—. Frota mi coño con esa polla gorda.
Mierda, mi hija estaba diciendo obscenidades. ¡Crecen tan rápido! Pero obedecí, bajando para que la cabeza rozara sus labios vaginales húmedos. Sus labios se abrieron para mí. El lubricante estaba haciendo efecto, dejándome resbaladiza mientras me frotaba de arriba abajo.
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—Oh —gimió mi hija—. Eso se siente bien.
Supe que ya no lo decía para la cámara, porque tenía la cabeza echada hacia atrás y no estaba mirando el teléfono.
Apunté a su coño y empujé hacia adelante, intentando abrirme paso con la punta. Dejó escapar un profundo gemido, bajando la mirada. Levantó las piernas, arqueándolas, y curvó los dedos de los pies.
—Joder —dijo, mirando la mitad de mi corona dentro de su coño—. Para, para, para. Papi, para.
Colgó el teléfono.
—Joder, es grande.
Salí lentamente.
—¿Estás bien?
Ella negó con la cabeza.
—Tu pene es demasiado grande. No va a caber.
—Estuve a punto de entrar.
Respiró hondo, incorporándose, mirando mi pene y luego bajando la vista hacia su coño.
—Pensé que podría soportarlo, pero ahora no estoy segura.
Me agarró el pene y lo acarició.
—¿Hay alguna manera de hacerlo un poco más delgado? —preguntó, mirándome.
—No, cariño.
—¿Y si se volviera más blando?
—Nena, te estoy mirando desnuda y tu coño está empapado. No puedo bajarme la erección.
—Mierda —dijo, apretándolo con la mano—. Sería más fácil si no fuera tan jodidamente enorme.
—Déjame intentarlo de nuevo —dije. Quería estar dentro de su coño ahora.
—De acuerdo —dijo, recostándose.
—Toma —dije, tomándole los pies y levantándolos—. Sujétate las piernas.
Hizo lo que le dije, levantando los muslos y dejando los pies descalzos suspendidos en el aire.
—¿Y la cámara? —preguntó.
—Podemos grabar en un minuto. Déjame ver si puedo entrar dentro de ti primero.
—De acuerdo —dijo ella—. Ve muy despacio con esa polla gigante que tienes. Me harás daño si vas rápido.
—Lo sé —dije.
Volví a agarrar mi pene, apuntando a su coño brillante, abierto mientras ella mantenía las piernas separadas. Lo golpeé varias veces, pasándolo por sus labios, presionando mi uretra contra su clítoris. Ella gimió.
—Me gusta cuando me frotas ahí. Tu pene se siente bien así.
—Tengo que entrar. ¿Lista?
—Mmm, sí. Fóllame despacio y con cuidado, ¿de acuerdo, papi?
Apreté mi pene con la mano mientras empujaba la cabeza hacia adelante. Ella se tensó de inmediato, gimiendo.
—¡Alto, alto! —dijo ella.
Pero no quería parar. Quería entrar. Apoyé todo mi peso sobre ella. Dio un grito ahogado, pero la punta de mi pene entró en su interior. Sus piernas cayeron mientras gemía. Luego miró entre sus piernas y vio cómo la punta de mi pene desaparecía dentro de su coño.

—Oh. Oh, Dios. Está dentro. Joder.
—¿Qué se siente? —pregunté.
—Oh, enorme.
—Estás jodidamente apretada —dije.
Se incorporó lo mejor que pudo, manteniendo las piernas separadas. Una mano la sostenía mientras la otra bajaba entre sus piernas. Se masajeó el clítoris un momento y luego agarró mi pene, acariciándolo de arriba abajo. No pude evitarlo. La presioné un poco más.
Montse gimió.
—No más. No puedo meter más dentro de mi pequeña vagina.
—Eres tan jodidamente pequeña.
—Y tú eres jodidamente enorme. Dios, eres un caballo.
Dejó de acariciar mi pene. Todavía intentaba recuperar el aliento.
—No sé si podré acostumbrarme a esta cosa tan grande atascada dentro de mí.
—¿Quieres que lo saque?
—No —dijo, mirándolo fijamente—. Por dentro se siente bien. Solo no lo muevas. Duele cuando lo mueves.
Flexioné mi pene, haciéndola jadear.
—¡Papi! No hagas eso. Tu pene es demasiado grande. No puedes moverlo así.
Lo flexioné de nuevo y ella gimió, echando la cabeza hacia atrás.
—Para —gimió.
Me estaba poniendo cachondo sentado allí con la punta de mi pene enterrada en ella. Quería más. Todavía no había llegado a su himen y pensé que podía meter un centímetro más.
—Cariño, déjame ver si cabe un poco más.
—Mmm, no —dijo, sacudiendo la cabeza—. Vas a hacerme perder la virginidad si intentas ir más allá. Es demasiado grande.
—Solo un poquito —dije.
Y entonces empujé. Ella echó la cabeza hacia atrás, gimiendo mientras una pulgada se hundía en ella. Sus pequeños labios vaginales me envolvieron como lo había hecho su boca.
—¡No! ¡Vale, para! ¡Por favor! ¡Ay, joder!
Jadeaba mientras miraba hacia abajo. Pasó la mano por el eje.

—¿Cómo podría meter todo esto dentro de mí? Es una locura. Duele tenerlo tan dentro.
—Eres virgen. Solo necesitas relajarte.
—Dios, puedo sentirte presionando contra mi himen.
Acarició el tallo con los dedos, apretando en la base.
—Ah —dije.
Intenté empujar hacia adelante, pero ella apretó con fuerza.
—No —dijo ella—. Papá, no se supone que intentes acostarte conmigo, ¿recuerdas? Soy tu niña pequeña. Se supone que debes guardar mi virginidad para mi futuro esposo.
—Joder, te sientes tan bien.
Empezó a acariciarme el pene de nuevo, su mano recorriendo desde la base hasta sus labios vaginales. Me aparté un poco, sacando la punta. Ella bajó la mirada y entonces la volví a introducir, despacio y con cuidado. Eso la hizo gemir.
—Joder, joder, joder. Es jodidamente ridículo. Dios, ¿por qué no puedo tener un papi con una polla de tamaño normal? Tengo que tener la polla del puto Hulk.
Me reí entre dientes y luego extendí la mano hacia su coño, acariciando su pequeño clítoris con el pulgar.
—Oh —dijo—. ¿No se supone que debemos grabar esto?
—Buen punto. Tenemos que hacerlo. No puedo quedarme aquí toda la noche con mi polla metida en tu coño apretado.
Lo saqué y ella gimió de nuevo. Respiró hondo y luego cogió el móvil, suspirando, y lo miró. Parecía agotada.
—Mmm, así es como se folla. Soy Montse.
Lo giró, apuntando hacia su coño. Mi polla ya brillaba con lubricante y fluidos vaginales. Le di un golpecito en los labios y se abrieron ante mí. Luego los aparté mientras la punta de mi polla se deslizaba dentro. Montse dejó escapar otro gemido. Levantó las piernas, apretando los dedos de los pies para luego abrirlos de par en par. Seguí empujando, introduciendo otra pulgada antes de sentir la resistencia de su himen.
—¡Joder! Es enorme. ¡Vale, para, para!
Movió la cámara, dejándola sobre una almohada para que grabara de lado. Me sonrió, asintiendo. Se frotaba el clítoris frenéticamente mientras yo me retiraba. Luego avancé, como si la estuviera penetrando, dejando que mi pene rozara sus labios vaginales resbaladizos. Gimió, disfrutándolo, con la mano apoyada sobre mi pene, apretándome entre su vagina y su palma. Comencé a empujar hacia adelante y hacia atrás a lo largo de su coño. Ella comenzó a arquearse hacia arriba.

—Oh, Dios —dijo—. Esto se siente jodidamente bien. Me encanta tu polla.
Giró la cabeza, mirando a la cámara.
—Es jodidamente grande. Dios, mi coño está cansado.
Me miró, sonriendo, mientras sus ojos observaban cómo mi pene se deslizaba entre su mano y sus labios vaginales.
—Fóllame —dijo—. Por favor, fóllame.
Estaba empujando con más fuerza. Tenía muchas ganas de correrme. Estaba tan duro que me palpitaba y me dolía.
—Mi coño —dijo—. Fóllame el coño… por favor.
No sabía si estaba actuando o pidiendo de verdad, pero seguía frotándose contra mí mientras yo la penetraba. Apartó la mano y la extendió hacia arriba. Empezó a tirar de sus pezones de nuevo con ambas manos. Mi pene continuó deslizándose sobre su pequeño y sensible clítoris.
—Quiero follar —murmuró. Ya no creía que estuviera hablando a la cámara—. Solo fóllame. Por favor. Oh, Dios. Lo necesito. Se siente tan jodidamente bien.
Mis embestidas se hacían más largas, avanzando más hacia atrás mientras empujaba hacia arriba a lo largo de su hendidura. Ella jadeaba.
—Voy a correrme. Oh, me estoy corriendo. ¡Uhhh! ¡Ohh!
Empezó a retorcerse, gimiendo en voz alta. Su coño se contrajo y los fluidos le corrieron por los muslos, salpicando mi pene. Agarró su teléfono, se lo llevó a la cara y se miró en él.—Soy Montse y fui follada.
Lo apagó y lo dejó a un lado, gimiendo mientras bajaba la mirada, observando cómo mi pene acariciaba su coño.
—Mmm, vale, ya puedes parar, papi.
Pero no quería parar. Retiré mi pene y, al empujar hacia adelante, sus labios vaginales atraparon la punta. Gritó cuando tres pulgadas la penetraron. Me quedé paralizado, mirando hacia abajo. Sus piernas se encogieron hacia su pecho y comenzó a gemir.
—¡Ay, ay, ay! ¡Sácalo, papi! ¡Sácalo! ¡Ay, joder! ¡Ay! Papi, por favor, sácalo.
Me retiré lentamente, sacando mi pene de su coño. La punta estaba cubierta de sangre. Joder. Su mano bajó, agarrando sus labios vaginales.
—Ay. Oh, no. Papá, me quitaste la virginidad.
—Lo siento, cariño, fue un accidente.
—¡Ay! —se quejó—. Me duele muchísimo.
Sus piernas se cerraron con fuerza mientras se giraba de lado, acurrucándose y agarrándose el coño. Pude ver sangre en sus dedos. Pero el daño ya estaba hecho, y mi polla seguía dura como el acero. La agarré de los tobillos, la volteé y le abrí las piernas.
—¿Papá?
—Cariño, es demasiado tarde.
Me acerqué.
—No, papá. No.
—Cariño, lo necesito.
Ella negó con la cabeza.
—Por favor, no, papi. Tu pene es demasiado grande. No cabe dentro de mí.
—Iré despacio.
—¡No, papá, para!
Acerqué la punta de mi pene a sus labios vaginales y empujé. Ella gritó, bajó la mano, agarró mi miembro y apretó para detenerlo, pero estaba tan resbaladizo por el lubricante y el flujo vaginal que se deslizó entre sus manos sin esfuerzo. Lo que quedaba de su himen cedió ante mí. Gritó, y sus manos se alzaron para empujar mi pecho hacia atrás.
—¡Ay! ¡Papi, por favor! ¡Mi coño es demasiado pequeño para ti! ¡Joder! ¡Me estás haciendo daño!
—Ya casi lo logras, pastelito —dije, volviendo a meterle mi pene.
Dio un grito ahogado cuando el resto de mi pene desapareció en su interior. Ya había entrado más de la mitad profundamente dentro de su vagina. Detuve mi descenso cuando gimió, agarrándome. Apartó las manos, sollozando y llorando, cubriéndose el rostro. Se llevó las rodillas al pecho, intentando cerrar las piernas.
—Papi, me duele tu gran polla. Sácala.
Me incliné y le acaricié el clítoris.
—Relájate, cariño. Ya casi termino.
Ella gimió.
—Me quitaste la virginidad.
—Fue un accidente.
Abrió las piernas y miró hacia abajo, viendo mi pene asomando.
—No fue un accidente. Me metiste ese pene grande, malo y gordo incluso cuando te pedí que pararas.
—Lo siento, cariño. ¿Quieres que lo saque ahora?
Ella asintió, sorbiendo por la nariz.
—Saca tu pene de mí. No debería estar ahí dentro.
Me retiré lentamente. Ella seguía gimiendo, pero cuando la cabeza se atascó al final, volví a empujar, introduciendo mi pene profundamente.
Ella gimió ruidosamente, bajó la mano, agarró mi pene y lo apretó, clavando sus uñas en mi tronco.
—¡Nooo! Joder. ¡Papi, para! Es demasiado grande para mi coño. ¿Por qué sigues empujándolo hacia adentro?
—Lo siento —dije—. Lo sacaré ahora, ¿de acuerdo?
Ella asintió con tristeza. Me aparté. Ella seguía sujetando el eje, y entonces avancé. Su cabeza cayó hacia atrás mientras gemía y se quejaba.
—¡Papi, para! —dijo—. ¡Ya ni siquiera estamos grabando! ¡No tienes que follarme! Deja de meterla.
Miró entre sus piernas. Yo estaba dentro de ella ahora, su mano agarrando la raíz. La apartó.
—Me duele. No encaja bien, ¿ves? Sácala. Si necesitas correrte, te la chuparé como antes. Por favor, deja de follarme. No se siente bien.
—De acuerdo, lo sacaré.
—¿Lo prometes? ¿O vas a sacarlo y volver a metérmelo?
—Voy a sacarlo —dije.
Comencé a retroceder. Ella observaba cómo aparecían centímetro a centímetro.
—Vas a volver a meterme tu gran polla, ¿verdad? Sé que lo harás.
—Cariño, yo no haría eso —dije, y entonces se lo volví a meter.
Su cuerpo se tensó, sus piernas se encogieron hacia su pecho. Gimió con los ojos cerrados.
—Para, papi. Para. Sabía que ibas a volver a meterme esa polla gigante. Para, por favor.
Me empujó el pecho, instándome a retirarme. Me retiré y me miró con ojos tristes.
—Otra vez no. ¿Por favor? Otra vez no. Ni siquiera te importa mi vídeo. Solo quieres acostarte conmigo.
La empujé hacia adelante, haciéndola gritar al golpear su cuello uterino. Gimió y unas lágrimas de miedo rodaron por sus mejillas.
—Deja de follarme. Estás siendo malo, papi.
—Se me ha vuelto a resbalar, cariño. Esta vez lo sacaré más rápido.
—No lo harás. Simplemente vas a seguir follándome hasta que te corras. Lo sé.
—No, voy a sacarlo.
Empujé con más fuerza, dándole otra pulgada. Sentí el fondo de su vagina. Ya no quedaba espacio.
—¡Ay! ¡Está muy profundo, papá! ¡Para! ¡No me estás escuchando!
Lo mantuve enterrado dentro de ella, inclinando mi peso hacia abajo, mi pene doblándose dentro de ella. Ella gritó, gimiendo, su labio inferior temblando.
—Papi, por favor, sácalo. Si no lo haces, te vas a correr dentro de mi coño.
—¿Quieres que me corra? —pregunté, retirándome lentamente antes de empujar hacia adelante.
Ella gimió, sacudiendo la cabeza.
—No puedes correrte. Me vas a dejar embarazada. No estoy tomando nada. No se suponía que fuéramos a follar. Solo se suponía que ibas a fingir que me metías tu gran polla.
Bajó la mirada, viendo sus labios vaginales envueltos alrededor de mí, una película blanca de fluidos y jugo vaginal cubriendo mi pene, ayudándome a entrar y salir de ella.
—¿Ves cuánto estás estirando mi coño? No se supone que se estire así.
—¿De verdad quieres que lo saque, cariño?
Ella asintió, mordiéndose el labio inferior.
—Sácalo. No me queda bien dentro.
Me aparté un poco, justo hasta que la cabeza quedó en el borde. La miré.
—Sácala, papi, por favor —susurró—. No más folladas esta noche. No puedes seguir metiéndome esa polla enorme. No se supone que debas hacer eso. Soy tu hija.
Finalmente me retiré, sintiendo la punta de mi pene en el aire fresco fuera de su ardiente coño. Su mano se posó sobre sus labios vaginales, frotándolos mientras gemía. Estaban rojos e inflamados, con pequeñas manchas de sangre en la parte interna de sus muslos. Yo seguía completamente erecto y necesitaba eyacular, pero ella ahora lloraba. Se giró boca abajo, manteniendo las piernas separadas mientras se frotaba el coño.
—Ay. Papá, eres tan malo. Me follaste tan fuerte. No puedo creer que hayas hecho eso. Solo usaste mi coño.
—Lo siento, cariño —dije—. No pude evitarlo. Le pediste a un hombre adulto que no ha tenido relaciones sexuales en años que te metiera su pene.
—Se suponía que ibas a fingir que me follabas, no a follarme de verdad. Solo quería grabar un vídeo tonto. No quería que me metieras esa polla enorme en la vagina. Te dije que no iba a caber. ¿Por qué no me hiciste caso?
La miraba fijamente mientras se masajeaba el coño, con las piernas abiertas. Me acerqué gateando. No pude evitarlo. Necesitaba más. Dejé que la punta de mi polla rozara sus dedos.
—¿Papá? No, para.
—Déjame entrar.
—No, papi, no. Ya me has follado bastante. Te dije que mi coño no está hecho para una polla grande. Estoy toda roja y dolorida. No la vuelvas a meter.
—Mueve la mano.
—Papi, para. Dijiste que no querías follarme, ¿recuerdas? No deberías estar intentando meter esa cosa tan grande en mi coñito.
—Déjame follarte el coño hasta que me corra.
—Pero me voy a quedar embarazada.
—Me retiraré. Solo quita la mano.
—Pero me duele el coño.
Le toqué la mano con mi polla.
—Deja que tu padre termine. Me debes un favor por todo lo que he hecho por ti. Ahora necesito follar. Muévete.
Apartó la mano de su coño.
—Por favor, sé gentil conmigo, papi. No estoy acostumbrada a follar. Es mi primera vez, ¿sabes? No puedes simplemente empujar… ¡ay!
La penetré con fuerza. Ella extendió la mano hacia atrás, agarrando mi pene de nuevo para detenerlo. Se puso de rodillas, separando las piernas, dándome más espacio. Ya no quería ser suave. Me retiré y luego embestí hacia adelante. Ella gritó; todo su cuerpo se movió hacia adelante. Se agarró a la cabecera de la cama para apoyarse. Comencé a follarla sin control. Ella gemía y sollozaba.
—¡Más despacio! ¡Por favor! Me estás partiendo en dos. Me duele. Me duele muchísimo. ¡Papi!
La estaba empujando con fuerza, tan fuerte que sus rodillas se despegaban de la cama.
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—¡Suave! —suplicó—. ¡Mi coño! ¡Me estás lastimando! ¡Papi, más despacio, por favor! ¡Eres demasiado grande! ¡Por favor! ¡No estoy acostumbrada!
Estaba a punto de correrme. Su coño estaba tan apretado que me estaba asfixiando. No creo que hubiera podido sacarlo aunque hubiera querido. La embestí una última vez y mi semen explotó de mis testículos. Gritó cuando mi miembro entero desapareció dentro de ella. Sus manos se extendieron hacia atrás, agarrándome el estómago para apartarme, pero yo no me movía.
—¡No, no, no! —gimió—. Te corriste dentro de mi coño, papi.
—¡Joder! Se siente bien —dije, agarrándola de los muslos y sujetándola.
Lentamente comencé a deslizar mi sensible pene dentro y fuera. Ella seguía gimiendo, pero yo ya había terminado; me estaba ablandando. Lentamente lo saqué. Ella cayó de lado, se giró y miró hacia abajo, entre sus piernas. El semen se estaba derramando.

—Oh, no. Oh, joder. —Levantó la vista con ojos tristes—. ¡Papi, te corriste dentro de mi coño!
—Lo siento, pastelito.
—¿Y si me quedo embarazada? —dijo.
Me arrastré por la cama, con mi pene medio erecto balanceándose. Ella echó la cabeza hacia atrás, pero yo la alcancé, la sujeté y la atraje hacia mí. Sangre y semen manchaban su entrepierna.
—No, papá, no. Está todo sucio.
—Abre.
—Papá, para —dijo ella, pero justo cuando abrió la boca para hablar, le metí la punta del pene.
—Chúpate eso.
Murmuró, gimiendo pero obedeciendo, succionando mi pene, su garganta contrayéndose al tragar. Le di unos centímetros más, hasta llegar a su garganta. Su lengua trabajaba sin descanso, moviendo mi pene flácido.
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Gemí.
—Joder. Eso está bien. Estoy muy orgulloso de ti, cariño.
Ella gimió cuando saqué mi pene de su boca. Se lamió los labios para quitarse el semen pegajoso.
—Papá, ¿por qué me hiciste limpiarlo?
—Porque soy un mal padre.
—Entraste, papi. Voy a quedar embarazada por tu culpa. Has arruinado mi vida.
—Estarás bien. Para eso están las pastillas del día después.
Me levanté de la cama.
—Te dejaré algo de dinero mañana por la mañana. Ve allí después de clase y tómate una pastilla.
Sollozó mientras me veía vestirme, sin dejar de masajearse su coño rojo e inflamado.
—¿Pero qué pasa con mi coño? Cuando esté lista para tener sexo con un chico, él sabrá que no soy virgen.
—Lo sé, cariño. Pero fuiste tú quien quiso esto.
Tenía el ceño fruncido y un puchero.
—No quería que me follaras. Quería que fingieras. No puedo creer que me hayas metido esa cosa enorme, papi. Me usaste como a una puta.
—Fue un accidente.
—Pero no sacaste tu pene cuando te lo pedí y seguiste metiéndolo de nuevo.
Le besé la frente.
—Creo que ya son suficientes vídeos, ¿no crees?
—Eres malo. Eso no estuvo bien, papá.
—Ya te dije que esto iba a pasar —dije, sacudiendo la cabeza.
La dejé sola en su habitación y me duché, limpiándome el pene. Me acosté temprano esa noche. A la mañana siguiente, Montse no me hablaba. Ni siquiera me dejó el desayuno. Fui a trabajar y, al volver a casa, encontré una caja de pizza sobre la mesa. La abrí y vi que faltaban dos porciones. Supuse que esa era la cena.
Pasó un mes y Montse apenas me hablaba: solo decía "Hola", "Adiós" y "La cena está lista". Sabía que había arruinado nuestra relación. De hecho, la culpaba a ella. Puede que perdiera el control y empezara a acostarme con ella, pero ella fue quien se metió en ese lío. Me había rogado que le frotara la polla contra el coño. ¿Qué podía hacer un padre?
Era otro domingo cuando vino a verme. Estaba comiendo comida china para llevar y leyendo una revista. Se sentó a la mesa y me miró con esos grandes ojos azules y tristes.
—¿Papá?
—¿Sí?
—Necesito hablar contigo sobre algo.
Dejé los palillos.
—Cariño, no puedo seguir disculpándome.
Ella negó con la cabeza.
—No es eso. Quiero decirte que te perdono, que ya no estoy enfadada contigo.
—Bueno, eso es un alivio. Quizás las cosas puedan volver a la normalidad por aquí. Te quiero mucho, Montse.
—Lo sé, papá. Yo también te quiero. Pero tengo un favor que pedirte.
—¿Bueno?
—Necesito tu ayuda para hacer otro vídeo.
Me quedé boquiabierto.
—¿Otro más?
Ella asintió.
—Esta vez, el reto era anal.
Suspiré. No tenía sentido discutir con ella.
—Voy a buscar el lubricante.
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