Luego sacó la lengua gruesa y áspera y comenzó a lamerle la vagina. Lamió despacio al principio, saboreando los jugos claros y dulces que ya empezaban a brotar de ella. Su lengua plana recorría los labios menores, subía hasta el clítoris y volvía a bajar, absorbiendo todo con gusto.
Juana soltó un gemidito ahogado y tuvo que apoyarse en los hombros del viejo para no caerse. El contraste era brutal: su coñito limpio, suave y perfumado siendo lamido por la boca apestosa y babosa de un viejo indigente de 80 años.
Groncho chupaba con placer, metiendo la lengua dentro de la entrada apretada, succionando sus jugos y gruñendo de satisfacción.
—Qué dulcecitos están tus juguitos, nenita… tan frescos… tan limpios… me estás poniendo la verga dura otra vez…
Juana gemía bajito, las piernas temblando. Sentía vergüenza y placer al mismo tiempo. El asco por la boca sucia de Groncho seguía allí, pero su cuerpo respondía mojándose más.
Después de varios minutos de lamerla y chuparla con hambre, Groncho se separó, con los labios brillantes de los jugos de Juana, y le dijo con voz ronca y dominante:
—Ahora ponete en cuatro, nenita. Tu macho va a usar tu vaginita.
Juana, todavía jadeando y con las piernas débiles, obedeció. Se subió a la cama, se puso en cuatro patas y levantó el culito, ofreciéndose a su macho.
Groncho se colocó detrás de ella, su panza gorda rozando la espalda de la chica. Escupió en su verga gruesa y la apoyó contra la entrada del coño virgen de Juana.
—Así… buena nenita… abrí bien las piernitas para tu macho…
Empujó despacio pero firme, entrando en su vagina apretada. Juana soltó un gemido largo, todavía sensible por la noche anterior, pero se dejó penetrar, recordando las palabras de su mamá: “Las nenas buenas se dejan usar”.
Groncho comenzó a moverse dentro de ella, gruñendo de placer mientras le agarraba las caderas.
—Qué rico coñito más apretadito tenés… mi nenita virgen ya está aprendiendo a recibir verga…
Juana gemía bajito, agarrando las sábanas, sintiendo cómo su macho la usaba de nuevo. El dolor seguía presente, pero también esa sensación caliente y llena que empezaba a gustarle.
La mañana apenas comenzaba… y Juana ya estaba cumpliendo su rol de novia sumisa.
Le separó las nalgas con sus manos callosas y metió su verga gruesa y venosa en el coño todavía sensible de la nenita.
Juana soltó un gemido largo y tembloroso cuando la penetró. Groncho comenzó a follarla con embestidas profundas y constantes, su panza gorda chocando contra el culito blanquito de ella.
—Así… mi nenita… tomá la verga de tu macho… —gruñía ronco mientras la penetraba.
Cambió de posición varias veces, disfrutando del cuerpo joven y delicado de Juana.
Primero la puso boca arriba, con las piernas abiertas y flexionadas hacia su pecho. La besaba profundamente mientras la follaba. Sus besos eran asquerosos: lengua gruesa y babosa invadiendo la boca limpia de Juana, saliva espesa corriendo por su barbilla, aliento rancio a dientes cariados y comida vieja. Juana respondía con timidez, pero cada vez más entregada, dejando que él la babeara mientras gemía dentro de su boca.
Luego la sentó encima de él (amazona), haciendo que ella misma se moviera arriba y abajo sobre su verga. Groncho le apretaba las nalgas y la besaba de forma sucia, chupándole la lengua mientras Juana gemía y rebotaba con torpeza.
Finalmente la puso de lado, levantó una de sus piernas y la penetró desde atrás, follándola con embestidas profundas mientras le besaba el cuello y le metía la lengua en la oreja.
Durante todo el tiempo, los besos no paraban. Eran besos babosos, ruidosos y dominantes. Groncho le llenaba la boca de saliva espesa, le chupaba los labios y la lengua, babeándola sin control. Juana, aunque todavía le daba asco el sabor y el olor de su boca, se dejaba llevar, respondiendo cada vez con más pasión.
La habitación apestaba.
El olor fuerte a pies sucios de Groncho (sus sandalias gastadas estaban tiradas en el piso, emanando un hedor ácido y queso viejo) se mezclaba con el olor a axilas sudadas y cuerpo sin lavar del viejo. Ese olor pesado y rancio contrastaba brutalmente con el perfume ligero, el shampoo dulce y el olor a cuerpito limpio y joven de Juana. La mezcla creaba un aroma denso, nauseabundo y extrañamente excitante que llenaba todo el cuarto.
Juana gemía entre beso y beso, sintiendo cómo su macho la usaba en diferentes posiciones. Su coñito apretado se adaptaba poco a poco a la verga gruesa de Groncho. El dolor inicial ya casi había desaparecido y ahora solo quedaba una sensación caliente y llena que la hacía gemir más fuerte.
Groncho le susurraba cosas sucias mientras la besaba y la follaba:
—Qué rico coñito más apretadito tenés, mi nenita… tan limpio… tan perfumado… y yo tan sucio… eso es lo que me pone loco… sos mi hembra ahora…
Juana, entre gemidos y besos babosos, solo podía responder con voz entrecortada:
— Sí… mi macho… soy tuya…
El contraste era perfecto y abrumador: el cuerpo diminuto, blanquito, suave y perfumado de Juana siendo penetrado y besado por el cuerpo gordo, feo, peludo y apestoso de Groncho. La habitación olía a pies sucios, axilas sudadas y sexo, todo mezclado con el perfume ligero de la nenita.
Groncho seguía follándola con ritmo constante, cambiando de posición y besándola de forma asquerosa, mientras Juana se dejaba llevar cada vez más, entregándose a su primer día completo como novia de un macho viejo y sucio.

En la habitación de Carla
Carla subió las escaleras con la bandeja del desayuno temblando ligeramente en sus manos. Había preparado café con leche, tostadas con manteca y un vaso de jugo, tal como su mamá le había enseñado. El corazón le latía fuerte. Sabía que Beto no era suave como Groncho.
Entró a su habitación. Beto dormía boca arriba, roncando fuerte, su cuerpo gordo y sudoroso ocupando casi toda la cama. El olor a pies sucios y axilas sudadas ya llenaba el cuarto.
Carla se acercó a la cama, dejó la bandeja en la mesita y se inclinó para despertarlo con suavidad.
—Beto… mi macho… despertate… te traje el desayuno a la cama…
Beto abrió los ojos lentamente. Al ver a Carla con su uniforme escolar (falda plisada gris y blusa blanca), sonriendo tímidamente con la bandeja, una sonrisa amplia y lasciva apareció en su cara fea.
—Qué buena nenita… —gruñó satisfecho—. Me trajiste el desayuno… vení acá.
Se incorporó, agarró la bandeja y empezó a comer con hambre voraz, devorando las tostadas y tomando el café ruidosamente. Mientras comía, no dejaba de mirar a Carla con deseo.
Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dijo con voz ronca y dominante:
—Como agradecimiento por el desayuno… te voy a perforar el culo como una nena puta.
Carla se asustó. Ayer le había dolido mucho el culo cuando Beto la desvirgó analmente. Tragó saliva y retrocedió un paso.
—Beto… ayer me dolió mucho… ¿tenés que hacerlo otra vez tan pronto?
Beto soltó una risa grosera y se levantó de la cama. Su verga ya estaba semi-dura y sucia.
—Callate y obedecé, nenita. Sos mi novia ahora. El culo es mío y lo uso cuando quiero.
Sin darle tiempo a protestar, la agarró de la cintura con fuerza, la empujó contra la cama y le bajó la bombachita de un tirón brusco, dejándola solo con la falda plisada del uniforme escolar puesta. Le levantó la falda hasta la cintura, dejando su culito blanco y todavía marcado por las palmadas de la noche anterior completamente expuesto.
Carla temblaba, asustada, pero no se resistió. Recordaba las palabras de su mamá: “Obedecé siempre… aunque te duela”.
Beto escupió en su verga, la apoyó contra el ano de Carla y comenzó a penetrarla.
Al principio fue lento, pero pronto aumentó el ritmo. La folló en varias posiciones mientras le decía groserías sin parar:
Primero en cuatro patas, agarrándola de las caderas y embistiéndola con fuerza:
— ¡Tomá toda la verga por el culo, puta colegiala! Ayer te dolió… pero hoy ya sos mi hembra y tenés que aguantar como una buena novia.
Carla gemía de dolor, apretando las sábanas, pero poco a poco el ardor se mezclaba con esa sensación caliente y llena que empezaba a gustarle.
Beto la cambió a misionero, levantándole las piernas y follándola más profundo:
—Mirá cómo te abre el culito esta verga… sos una nenita puta disfrazada de colegiala… gritá más fuerte… que se escuche cómo te estoy perforando.
Luego la puso de lado, levantándole una pierna y penetrándola mientras le apretaba las tetitas por encima de la blusa:
—Qué culo más rico tenés… bien apretadito… pero ya se está acostumbrando a la verga de su dueño… decime que te gusta que te folle el culo, nenita…
Carla, entre gemidos de dolor y placer, respondía con voz quebrada:
—Duele… pero… me gusta… me gusta que seas bruto… soy tu puta…
Beto seguía follándola con fuerza, cambiando de posición, sudando profusamente y llenando la habitación con su olor a axilas y pies sucios, mientras le decía groserías constantes:
— ¡Así… tomá verga por el culo como la puta que sos! Ayer llorabas… hoy ya estás mojada… sos una nenita pervertida…
Carla gemía más fuerte, el dolor todavía presente, pero el placer cada vez más intenso. Su cuerpo joven se rendía ante la rudeza de su macho dominante.
La mañana apenas comenzaba… y Beto no parecía tener intención de parar pronto.
Los gritos de Carla se escuchaban claramente desde el pasillo. Eran gemidos agudos mezclados con llanto y dolor, pero también con un placer que empezaba a asomar.
Miranda, que estaba en la cocina, levantó la cabeza al oírlos. Una sonrisa de orgullo maternal y morbo apareció en su rostro. Sabía exactamente qué estaba pasando.
Subió las escaleras con calma y entró sin golpear a la habitación de Carla.
La escena que encontró fue intensa:
Carla estaba en cuatro patas sobre la cama, con la falda plisada del uniforme levantada hasta la cintura y la bombachita bajada a las rodillas. Beto, detrás de ella, la penetraba con fuerza por el ano, embistiéndola con embestidas brutales y profundas. Su panza gorda chocaba contra el culo rojo y marcado de Carla con cada golpe. La verga gruesa del viejo entraba y salía del ano de la colegiala, que ya estaba abierto y enrojecido.
Carla gemía y lloraba al mismo tiempo, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras apretaba las sábanas con fuerza.
— ¡Aaaahhh… duele… duele mucho…! —gritaba entre sollozos.
Beto gruñía de placer y le daba palmadas fuertes en el culo mientras la follaba:
— ¡Tomá toda la verga por el culo, puta colegiala! ¡Gritá más fuerte… que tu mamá te escuche cómo te estoy rompiendo!
Miranda se acercó a la cama con una sonrisa serena y orgullosa. Se sentó en el borde, cerca de la cabeza de su hija, y le acarició suavemente el cabello húmedo de sudor.
—Shhh… mi nenita… mamá está aquí —le dijo con voz tierna pero firme—. Estoy muy orgullosa de vos, Carla. Mirá cómo estás aguantando… cómo dejás que tu macho te use el culito aunque te duela. Eso es ser una buena novia. Las nenas buenas aguantan el dolor por complacer a su hombre.
Carla sollozaba, pero levantó la mirada hacia su mamá, buscando consuelo.
—Duele mucho, mami… es muy grande… me está partiendo…
Miranda siguió acariciándole el cabello y le habló con cariño mientras Beto seguía follándola sin detenerse:
—Sé que duele, hijita… pero mirá cómo lo estás tomando… estás siendo una hembra obediente. Mamá está orgullosa de que no te escapes, de que te dejes usar. Esto es lo que significa ser novia de un macho dominante como Beto. El dolor es parte del placer… y vos estás aprendiendo a disfrutarlo.
Le dio un beso suave en la frente sudorosa y continuó:
—Estás hermosa así… con la falda levantada, el culito rojo por las palmadas y dejando que tu macho te perfore. Mamá te ama por ser tan valiente y sumisa. Seguí aguantando… respirá profundo… y dejá que te llene. Después le vas a agradecer como te enseñé.
Beto, que seguía embistiendo con fuerza, soltó una risa ronca al oír a Miranda:
—Mirá qué buena mamá tenés… te está animando mientras te rompo el culo.
Miranda sonrió a Beto con complicidad y luego miró de nuevo a su hija:
—Estoy orgullosa de vos, Carla. Muy orgullosa. Sos una nenita buena y obediente. Mamá te quiere mucho por estar aprendiendo a complacer a tu macho.
Carla gemía y lloraba, pero las palabras de su mamá le daban fuerza. Poco a poco, el dolor ardiente empezaba a mezclarse con esa sensación caliente y profunda que ya había sentido antes.
Miranda se quedó allí, acariciando el cabello de su hija mientras Beto seguía follándola el culo con rudeza, susurrándole palabras de orgullo y amor maternal en medio de la brutal escena.
La mañana seguía avanzando… y Carla estaba siendo moldeada como la novia sumisa que Beto deseaba.
Beto follaba el culo de Carla con fuerza durante varios minutos más, embistiéndola con embestidas brutales y profundas. El ano de la colegiala ya estaba rojo, hinchado y abierto. Finalmente, con un gruñido animal, se corrió dentro de ella, llenándole el interior con chorros calientes y espesos de semen.
Cuando sacó la verga lentamente, esta salió manchada: cubierta de semen blanco, restos marrones de caca de Carla y un poco de sangre virgen. El olor era fuerte y nauseabundo.
Beto miró a Carla con una sonrisa perversa y le ordenó con voz ronca y dominante:
—Ahora, nena puta… chupá y limpiá mi verga. Está llena de tu propia mierda por la follada tan dura.
Carla se quedó paralizada un segundo, mirando la verga sucia y embarrada. Sintió una oleada de asco intenso. El olor a caca, semen y sudor le golpeó la nariz. Tuvo arcadas solo de imaginarlo.
Se apartó un poco, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa:
—Beto… por favor… está sucio… me da asco…
En ese momento, Miranda, que seguía sentada en el borde de la cama observando todo, intervino con voz firme pero maternal:
—Carla… ¿qué te dije sobre obedecer a tu macho?
Su tono era reprobatorio, pero cargado de autoridad amorosa.
—Te dije que aunque te dé asco, aunque la verga esté embarrada con tu propia caca, aunque te dé náuseas… tenés que obedecer. Sos su novia ahora. Las nenas buenas no se niegan. Abrí la boca y limpiála como te enseñé. No me hagas repetirlo.
Carla bajó la mirada, avergonzada y asustada por el reproche de su mamá. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero asintió sumisa.
—Perdón, mami… voy a obedecer…
Se arrodilló frente a Beto, abrió la boca y metió la verga sucia dentro. El sabor fue inmediato y repugnante: amargo, terroso, salado, con el gusto fuerte de su propia caca mezclada con semen. Sintió arcadas violentas, pero se obligó a seguir chupando, limpiando con la lengua cada centímetro.
Miranda se acercó más, acariciándole el cabello a su hija mientras ella chupaba, y le habló con voz suave pero sucia y dominante:
—Así, mi nenita… chupá bien profundo… limpiá toda la mierda de tu propio culito de la verga de tu macho. Eso es ser una buena novia. Mirá cómo tragás tu propia suciedad… qué puta más obediente sos. Mamá está orgullosa de vos por no negarte. Seguí chupando… metétela hasta la garganta… aunque te dé arcadas. Las nenas buenas limpian todo lo que su macho les deja.
Carla lloraba mientras chupaba, las lágrimas cayendo sobre la verga sucia de Beto. El sabor era horrible, pero obedecía, moviendo la cabeza y pasando la lengua por toda la longitud, tragando lo que podía.
Beto gemía de placer, agarrándole la cabeza y follándole la boca suavemente:
—Qué buena puta… mirá cómo limpia su propia mierda… tu mamá te educó bien.
Miranda siguió hablándole con voz sucia y maternal mientras acariciaba el cabello de su hija:
—Tragá todo, Carla… sentís el sabor de tu propio culo en la boca de tu macho… eso es sumisión de verdad. Mamá te ama por ser tan obediente. Seguí chupando… hacelo rico… que tu macho quede contento. Las nenas buenas no tienen asco cuando su hombre se lo ordena.
Carla seguía chupando entre lágrimas y arcadas, pero obedecía completamente, limpiando la verga manchada de Beto con devoción forzada.
Miranda sonreía con orgullo y morbo, viendo cómo su hija mayor aprendía a someterse.
La mañana seguía avanzando… y la educación de Carla como novia sumisa apenas comenzaba.
Juana soltó un gemidito ahogado y tuvo que apoyarse en los hombros del viejo para no caerse. El contraste era brutal: su coñito limpio, suave y perfumado siendo lamido por la boca apestosa y babosa de un viejo indigente de 80 años.
Groncho chupaba con placer, metiendo la lengua dentro de la entrada apretada, succionando sus jugos y gruñendo de satisfacción.
—Qué dulcecitos están tus juguitos, nenita… tan frescos… tan limpios… me estás poniendo la verga dura otra vez…
Juana gemía bajito, las piernas temblando. Sentía vergüenza y placer al mismo tiempo. El asco por la boca sucia de Groncho seguía allí, pero su cuerpo respondía mojándose más.
Después de varios minutos de lamerla y chuparla con hambre, Groncho se separó, con los labios brillantes de los jugos de Juana, y le dijo con voz ronca y dominante:
—Ahora ponete en cuatro, nenita. Tu macho va a usar tu vaginita.
Juana, todavía jadeando y con las piernas débiles, obedeció. Se subió a la cama, se puso en cuatro patas y levantó el culito, ofreciéndose a su macho.
Groncho se colocó detrás de ella, su panza gorda rozando la espalda de la chica. Escupió en su verga gruesa y la apoyó contra la entrada del coño virgen de Juana.
—Así… buena nenita… abrí bien las piernitas para tu macho…
Empujó despacio pero firme, entrando en su vagina apretada. Juana soltó un gemido largo, todavía sensible por la noche anterior, pero se dejó penetrar, recordando las palabras de su mamá: “Las nenas buenas se dejan usar”.
Groncho comenzó a moverse dentro de ella, gruñendo de placer mientras le agarraba las caderas.
—Qué rico coñito más apretadito tenés… mi nenita virgen ya está aprendiendo a recibir verga…
Juana gemía bajito, agarrando las sábanas, sintiendo cómo su macho la usaba de nuevo. El dolor seguía presente, pero también esa sensación caliente y llena que empezaba a gustarle.
La mañana apenas comenzaba… y Juana ya estaba cumpliendo su rol de novia sumisa.
Le separó las nalgas con sus manos callosas y metió su verga gruesa y venosa en el coño todavía sensible de la nenita.
Juana soltó un gemido largo y tembloroso cuando la penetró. Groncho comenzó a follarla con embestidas profundas y constantes, su panza gorda chocando contra el culito blanquito de ella.
—Así… mi nenita… tomá la verga de tu macho… —gruñía ronco mientras la penetraba.
Cambió de posición varias veces, disfrutando del cuerpo joven y delicado de Juana.
Primero la puso boca arriba, con las piernas abiertas y flexionadas hacia su pecho. La besaba profundamente mientras la follaba. Sus besos eran asquerosos: lengua gruesa y babosa invadiendo la boca limpia de Juana, saliva espesa corriendo por su barbilla, aliento rancio a dientes cariados y comida vieja. Juana respondía con timidez, pero cada vez más entregada, dejando que él la babeara mientras gemía dentro de su boca.
Luego la sentó encima de él (amazona), haciendo que ella misma se moviera arriba y abajo sobre su verga. Groncho le apretaba las nalgas y la besaba de forma sucia, chupándole la lengua mientras Juana gemía y rebotaba con torpeza.
Finalmente la puso de lado, levantó una de sus piernas y la penetró desde atrás, follándola con embestidas profundas mientras le besaba el cuello y le metía la lengua en la oreja.
Durante todo el tiempo, los besos no paraban. Eran besos babosos, ruidosos y dominantes. Groncho le llenaba la boca de saliva espesa, le chupaba los labios y la lengua, babeándola sin control. Juana, aunque todavía le daba asco el sabor y el olor de su boca, se dejaba llevar, respondiendo cada vez con más pasión.
La habitación apestaba.
El olor fuerte a pies sucios de Groncho (sus sandalias gastadas estaban tiradas en el piso, emanando un hedor ácido y queso viejo) se mezclaba con el olor a axilas sudadas y cuerpo sin lavar del viejo. Ese olor pesado y rancio contrastaba brutalmente con el perfume ligero, el shampoo dulce y el olor a cuerpito limpio y joven de Juana. La mezcla creaba un aroma denso, nauseabundo y extrañamente excitante que llenaba todo el cuarto.
Juana gemía entre beso y beso, sintiendo cómo su macho la usaba en diferentes posiciones. Su coñito apretado se adaptaba poco a poco a la verga gruesa de Groncho. El dolor inicial ya casi había desaparecido y ahora solo quedaba una sensación caliente y llena que la hacía gemir más fuerte.
Groncho le susurraba cosas sucias mientras la besaba y la follaba:
—Qué rico coñito más apretadito tenés, mi nenita… tan limpio… tan perfumado… y yo tan sucio… eso es lo que me pone loco… sos mi hembra ahora…
Juana, entre gemidos y besos babosos, solo podía responder con voz entrecortada:
— Sí… mi macho… soy tuya…
El contraste era perfecto y abrumador: el cuerpo diminuto, blanquito, suave y perfumado de Juana siendo penetrado y besado por el cuerpo gordo, feo, peludo y apestoso de Groncho. La habitación olía a pies sucios, axilas sudadas y sexo, todo mezclado con el perfume ligero de la nenita.
Groncho seguía follándola con ritmo constante, cambiando de posición y besándola de forma asquerosa, mientras Juana se dejaba llevar cada vez más, entregándose a su primer día completo como novia de un macho viejo y sucio.

En la habitación de Carla
Carla subió las escaleras con la bandeja del desayuno temblando ligeramente en sus manos. Había preparado café con leche, tostadas con manteca y un vaso de jugo, tal como su mamá le había enseñado. El corazón le latía fuerte. Sabía que Beto no era suave como Groncho.
Entró a su habitación. Beto dormía boca arriba, roncando fuerte, su cuerpo gordo y sudoroso ocupando casi toda la cama. El olor a pies sucios y axilas sudadas ya llenaba el cuarto.
Carla se acercó a la cama, dejó la bandeja en la mesita y se inclinó para despertarlo con suavidad.
—Beto… mi macho… despertate… te traje el desayuno a la cama…
Beto abrió los ojos lentamente. Al ver a Carla con su uniforme escolar (falda plisada gris y blusa blanca), sonriendo tímidamente con la bandeja, una sonrisa amplia y lasciva apareció en su cara fea.
—Qué buena nenita… —gruñó satisfecho—. Me trajiste el desayuno… vení acá.
Se incorporó, agarró la bandeja y empezó a comer con hambre voraz, devorando las tostadas y tomando el café ruidosamente. Mientras comía, no dejaba de mirar a Carla con deseo.
Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dijo con voz ronca y dominante:
—Como agradecimiento por el desayuno… te voy a perforar el culo como una nena puta.
Carla se asustó. Ayer le había dolido mucho el culo cuando Beto la desvirgó analmente. Tragó saliva y retrocedió un paso.
—Beto… ayer me dolió mucho… ¿tenés que hacerlo otra vez tan pronto?
Beto soltó una risa grosera y se levantó de la cama. Su verga ya estaba semi-dura y sucia.
—Callate y obedecé, nenita. Sos mi novia ahora. El culo es mío y lo uso cuando quiero.
Sin darle tiempo a protestar, la agarró de la cintura con fuerza, la empujó contra la cama y le bajó la bombachita de un tirón brusco, dejándola solo con la falda plisada del uniforme escolar puesta. Le levantó la falda hasta la cintura, dejando su culito blanco y todavía marcado por las palmadas de la noche anterior completamente expuesto.
Carla temblaba, asustada, pero no se resistió. Recordaba las palabras de su mamá: “Obedecé siempre… aunque te duela”.
Beto escupió en su verga, la apoyó contra el ano de Carla y comenzó a penetrarla.
Al principio fue lento, pero pronto aumentó el ritmo. La folló en varias posiciones mientras le decía groserías sin parar:
Primero en cuatro patas, agarrándola de las caderas y embistiéndola con fuerza:
— ¡Tomá toda la verga por el culo, puta colegiala! Ayer te dolió… pero hoy ya sos mi hembra y tenés que aguantar como una buena novia.
Carla gemía de dolor, apretando las sábanas, pero poco a poco el ardor se mezclaba con esa sensación caliente y llena que empezaba a gustarle.
Beto la cambió a misionero, levantándole las piernas y follándola más profundo:
—Mirá cómo te abre el culito esta verga… sos una nenita puta disfrazada de colegiala… gritá más fuerte… que se escuche cómo te estoy perforando.
Luego la puso de lado, levantándole una pierna y penetrándola mientras le apretaba las tetitas por encima de la blusa:
—Qué culo más rico tenés… bien apretadito… pero ya se está acostumbrando a la verga de su dueño… decime que te gusta que te folle el culo, nenita…
Carla, entre gemidos de dolor y placer, respondía con voz quebrada:
—Duele… pero… me gusta… me gusta que seas bruto… soy tu puta…
Beto seguía follándola con fuerza, cambiando de posición, sudando profusamente y llenando la habitación con su olor a axilas y pies sucios, mientras le decía groserías constantes:
— ¡Así… tomá verga por el culo como la puta que sos! Ayer llorabas… hoy ya estás mojada… sos una nenita pervertida…
Carla gemía más fuerte, el dolor todavía presente, pero el placer cada vez más intenso. Su cuerpo joven se rendía ante la rudeza de su macho dominante.
La mañana apenas comenzaba… y Beto no parecía tener intención de parar pronto.
Los gritos de Carla se escuchaban claramente desde el pasillo. Eran gemidos agudos mezclados con llanto y dolor, pero también con un placer que empezaba a asomar.
Miranda, que estaba en la cocina, levantó la cabeza al oírlos. Una sonrisa de orgullo maternal y morbo apareció en su rostro. Sabía exactamente qué estaba pasando.
Subió las escaleras con calma y entró sin golpear a la habitación de Carla.
La escena que encontró fue intensa:
Carla estaba en cuatro patas sobre la cama, con la falda plisada del uniforme levantada hasta la cintura y la bombachita bajada a las rodillas. Beto, detrás de ella, la penetraba con fuerza por el ano, embistiéndola con embestidas brutales y profundas. Su panza gorda chocaba contra el culo rojo y marcado de Carla con cada golpe. La verga gruesa del viejo entraba y salía del ano de la colegiala, que ya estaba abierto y enrojecido.
Carla gemía y lloraba al mismo tiempo, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras apretaba las sábanas con fuerza.
— ¡Aaaahhh… duele… duele mucho…! —gritaba entre sollozos.
Beto gruñía de placer y le daba palmadas fuertes en el culo mientras la follaba:
— ¡Tomá toda la verga por el culo, puta colegiala! ¡Gritá más fuerte… que tu mamá te escuche cómo te estoy rompiendo!
Miranda se acercó a la cama con una sonrisa serena y orgullosa. Se sentó en el borde, cerca de la cabeza de su hija, y le acarició suavemente el cabello húmedo de sudor.
—Shhh… mi nenita… mamá está aquí —le dijo con voz tierna pero firme—. Estoy muy orgullosa de vos, Carla. Mirá cómo estás aguantando… cómo dejás que tu macho te use el culito aunque te duela. Eso es ser una buena novia. Las nenas buenas aguantan el dolor por complacer a su hombre.
Carla sollozaba, pero levantó la mirada hacia su mamá, buscando consuelo.
—Duele mucho, mami… es muy grande… me está partiendo…
Miranda siguió acariciándole el cabello y le habló con cariño mientras Beto seguía follándola sin detenerse:
—Sé que duele, hijita… pero mirá cómo lo estás tomando… estás siendo una hembra obediente. Mamá está orgullosa de que no te escapes, de que te dejes usar. Esto es lo que significa ser novia de un macho dominante como Beto. El dolor es parte del placer… y vos estás aprendiendo a disfrutarlo.
Le dio un beso suave en la frente sudorosa y continuó:
—Estás hermosa así… con la falda levantada, el culito rojo por las palmadas y dejando que tu macho te perfore. Mamá te ama por ser tan valiente y sumisa. Seguí aguantando… respirá profundo… y dejá que te llene. Después le vas a agradecer como te enseñé.
Beto, que seguía embistiendo con fuerza, soltó una risa ronca al oír a Miranda:
—Mirá qué buena mamá tenés… te está animando mientras te rompo el culo.
Miranda sonrió a Beto con complicidad y luego miró de nuevo a su hija:
—Estoy orgullosa de vos, Carla. Muy orgullosa. Sos una nenita buena y obediente. Mamá te quiere mucho por estar aprendiendo a complacer a tu macho.
Carla gemía y lloraba, pero las palabras de su mamá le daban fuerza. Poco a poco, el dolor ardiente empezaba a mezclarse con esa sensación caliente y profunda que ya había sentido antes.
Miranda se quedó allí, acariciando el cabello de su hija mientras Beto seguía follándola el culo con rudeza, susurrándole palabras de orgullo y amor maternal en medio de la brutal escena.
La mañana seguía avanzando… y Carla estaba siendo moldeada como la novia sumisa que Beto deseaba.
Beto follaba el culo de Carla con fuerza durante varios minutos más, embistiéndola con embestidas brutales y profundas. El ano de la colegiala ya estaba rojo, hinchado y abierto. Finalmente, con un gruñido animal, se corrió dentro de ella, llenándole el interior con chorros calientes y espesos de semen.
Cuando sacó la verga lentamente, esta salió manchada: cubierta de semen blanco, restos marrones de caca de Carla y un poco de sangre virgen. El olor era fuerte y nauseabundo.
Beto miró a Carla con una sonrisa perversa y le ordenó con voz ronca y dominante:
—Ahora, nena puta… chupá y limpiá mi verga. Está llena de tu propia mierda por la follada tan dura.
Carla se quedó paralizada un segundo, mirando la verga sucia y embarrada. Sintió una oleada de asco intenso. El olor a caca, semen y sudor le golpeó la nariz. Tuvo arcadas solo de imaginarlo.
Se apartó un poco, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa:
—Beto… por favor… está sucio… me da asco…
En ese momento, Miranda, que seguía sentada en el borde de la cama observando todo, intervino con voz firme pero maternal:
—Carla… ¿qué te dije sobre obedecer a tu macho?
Su tono era reprobatorio, pero cargado de autoridad amorosa.
—Te dije que aunque te dé asco, aunque la verga esté embarrada con tu propia caca, aunque te dé náuseas… tenés que obedecer. Sos su novia ahora. Las nenas buenas no se niegan. Abrí la boca y limpiála como te enseñé. No me hagas repetirlo.
Carla bajó la mirada, avergonzada y asustada por el reproche de su mamá. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero asintió sumisa.
—Perdón, mami… voy a obedecer…
Se arrodilló frente a Beto, abrió la boca y metió la verga sucia dentro. El sabor fue inmediato y repugnante: amargo, terroso, salado, con el gusto fuerte de su propia caca mezclada con semen. Sintió arcadas violentas, pero se obligó a seguir chupando, limpiando con la lengua cada centímetro.
Miranda se acercó más, acariciándole el cabello a su hija mientras ella chupaba, y le habló con voz suave pero sucia y dominante:
—Así, mi nenita… chupá bien profundo… limpiá toda la mierda de tu propio culito de la verga de tu macho. Eso es ser una buena novia. Mirá cómo tragás tu propia suciedad… qué puta más obediente sos. Mamá está orgullosa de vos por no negarte. Seguí chupando… metétela hasta la garganta… aunque te dé arcadas. Las nenas buenas limpian todo lo que su macho les deja.
Carla lloraba mientras chupaba, las lágrimas cayendo sobre la verga sucia de Beto. El sabor era horrible, pero obedecía, moviendo la cabeza y pasando la lengua por toda la longitud, tragando lo que podía.
Beto gemía de placer, agarrándole la cabeza y follándole la boca suavemente:
—Qué buena puta… mirá cómo limpia su propia mierda… tu mamá te educó bien.
Miranda siguió hablándole con voz sucia y maternal mientras acariciaba el cabello de su hija:
—Tragá todo, Carla… sentís el sabor de tu propio culo en la boca de tu macho… eso es sumisión de verdad. Mamá te ama por ser tan obediente. Seguí chupando… hacelo rico… que tu macho quede contento. Las nenas buenas no tienen asco cuando su hombre se lo ordena.
Carla seguía chupando entre lágrimas y arcadas, pero obedecía completamente, limpiando la verga manchada de Beto con devoción forzada.
Miranda sonreía con orgullo y morbo, viendo cómo su hija mayor aprendía a someterse.
La mañana seguía avanzando… y la educación de Carla como novia sumisa apenas comenzaba.
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