Puta madre, todavía siento el olor de esa noche metido en la nariz. Fue una de esas fiestas familiares largas, de esas que empiezan a las seis de la tarde y terminan cuando ya casi amanece. Ron barato, cerveza tibia, salsa a todo volumen y gente sudada bailando. Yo estaba harto. Mi novia ni siquiera había venido, otra vez con sus pretextos de mierda, y la calentura acumulada de semanas me tenía la polla sensible y los huevos pesados. Me fui temprano a mi cuarto, pero el diablo ya tenía todo planeado.
Mi prima Camila, 25 años, y su mamá, mi tía Rosa de 45, llegaron bien prendidas. Las dos se veían demasiado ricas: Camila con un vestido negro ajustado que le marcaba ese culito redondo y firme, y mi tía con un traje elegante color vino que no podía esconder esas tetas grandes, maduras, todavía bien paradas. Las vi tambalearse riendo, agarradas del brazo, y algo se me removió por dentro. Esa rabia mezclada con morbo que me pone como animal.
Tenía mi secreto: desde el pasillo oscuro se podía ver perfecto el cuarto de visitas asomándose por una ventana lateral. Lo había hecho otras veces, pero nunca con ellas tan sueltas y tan borrachas. Esa noche no me la iba a perder. Me pegué contra la pared, corazón latiendo fuerte, y esperé.
Primero entró Camila. La luz tenue de la lámpara le iluminaba el cuerpo. Se bajó el cierre del vestido lentamente, como si supiera que alguien miraba. La tela cayó al piso con un susurro. Ahí estaba: cuerpo delgado pero con carne donde debe haberla. Unas tetas medianas, redondas, pezones oscuritos ya medio duros por el aire frío de la noche. Se las agarró un segundo, apretándolas, y soltó un suspiro. Uff, se me hizo agua la boca. Luego le tocó a mi tía. Cuando se quitó el traje, casi gruño. A sus 45 tenía un cuerpo que provocaba: tetas pesadas, grandes, con esa caída natural que las hace más ricas, pezones gruesos y oscuros, caderas anchas, vientre suave y un culo ancho pero firme. Se quedaron en tanga un rato, riéndose y hablando pendejadas.
Entonces escuché clarito la voz ronca de mi tía:
— Ya vi cómo miras a tu primo, cochina… te pones bien mojada cuando él anda cerca, ¿no?
Camila se rio nerviosa, pero no lo negó. Mi tía siguió, con morbo puro:
— Creo que está en su cuarto… ¿Quieres que lo llame para que te vea toda desnudita?
Mi prima se mordió el labio y contestó entre risas:
— No importa… que vea pues.
Se me subió toda la sangre. La polla me latía dura contra el pantalón, pre-semen mojándome la punta. “Estas hijas de puta… si supieran que las estoy viendo”. Justo en ese momento la hermana mayor de Camila las llamó desde lejos. Se distrajeron y yo corrí de vuelta a mi cuarto. Apagué todo, me tiré en la cama solo con la sábana fina, fingiendo dormir profundo. El corazón me quería salir del pecho.
No pasaron ni quince minutos cuando escuché pasos suaves. La puerta de vidrio con relieves se iluminó por la luz del pasillo. Tocaron suave. Una vez. Dos. Tres. Escuché la voz dudosa de Camila:
— Mamá, ya vámonos… esto es una locura.
Pero mi tía, bien tomada, respondió pastosa y decidida:
— No… yo quiero entrar. ¿Tú también quieres, no? Traje la llave de repuesto, tranquila.
La llave giró. La puerta se abrió lento. Primero entró mi tía, olor fuerte a ron, sudor femenino y perfume de jazmín barato invadiendo el cuarto. Se acercó tambaleándose y se dejó caer pesada a mi lado. Su calor corporal me quemaba. Sentí su respiración alcohólica en mi cuello, sus tetas grandes aplastándose contra mi brazo. En menos de dos minutos ya estaba roncando profundo, noqueada total.
Camila se quedó parada, temblando. La luz de la ventana le iluminaba la cara. Dudó mucho. Luego, con dedos nerviosos, retiró la sábana lentamente. Mi polla estaba ahí, semi-dura, pero yo la controlaba. Ella se quedó mirando fijamente. El silencio era denso, solo se escuchaba la respiración de su mamá. Primero me tapó de nuevo, como arrepentida. Intentó levantar a su mamá, pero la tía pesaba demasiado. A duras penas la movió un poco más hacia el borde y la dejó ahí, roncando.
Pensé que se iba… pero no. Dejó la puerta entreabierta y volvió. Se acostó al otro lado. El colchón nuevo ni se movió. Su mano fría tocó mi muslo, subió despacio y agarró mi verga. La apretó suave, explorando. Empezó a pajearme lento, todavía seca. Se acercó, escuché cómo juntaba saliva y escupía abundante, caliente, sobre toda mi polla. Ahora sí la mano resbalaba perfecta, apretando justo debajo de la cabeza, subiendo y bajando con ritmo juguetón.
“Esto está mal… es mi prima… pero qué rica se siente la puta”
La sentía tocándose las tetas con la otra mano, pellizcándose los pezones. Gemía bajito, tiraba la cabeza para atrás. Nunca la había visto así de puta. Mi polla ya estaba durísima, venas marcadas, cabeza hinchada. Entonces se agachó. Su aliento caliente rozó la punta. La metió toda en su boca de golpe. Calor húmedo, lengua torpe pero ansiosa, saliva chorreando por mis huevos. Olía a ron mezclado con su aliento dulce y el olor íntimo de su excitación. Chupaba con ganas, sorbiendo, lamiendo la cabeza, tocándose el coño por encima de la tanga mojada. Los sonidos eran obscenos: glup-glup, sorbidos, su respiración agitada.
Ya no aguantaba más. Se subió encima, pasó una pierna. Se quitó la blusa blanca de un tirón, tetas medianas al aire, pezones duros como piedritas. Movió el culito rico hacia mi cara, el hilo dental enterrado entre las nalgas. Agarró mi polla, la frotó contra su raja empapada. Estaba chorreando. Empujó… resistencia. Empujó más fuerte. De pronto ¡pop! Como corcho saliendo de una botella de vino caro. Un gemidito ahogado salió de su garganta.
Era virgen. Su coñito estaba apretadísimo, caliente como un horno, paredes palpitando alrededor de mi verga. Se movió lento al principio, acostumbrándose, mordiéndose el labio, respirando profundo. El olor a sexo fresco, a virgen mojada, llenaba todo. Después perdió el control. Empezó a cabalgar más fuerte, tetas saltando, cachetes golpeando mis huevos con sonido húmedo. Chapoteo constante de su coño chorreando. Se tocaba el clítoris rápido, gemía bajito, contorsionándose. Su mamá roncaba a centímetros.
Se corrió temblando entera, apretándome la verga con contracciones brutales, jugos calientes chorreando por mis bolas. Pero la muy perra no paró. Agarró un condón que traía escondido, me lo puso con la boca de forma bien puta y siguió cabalgando más salvaje, moviendo las caderas en círculos, arriba y abajo, exprimiéndome.
Entonces tuvo la idea de borracha. Se levantó, se escupió los dedos, se lubricó bien el ano y colocó la cabeza de mi polla en su culito terroso.
Sentí el calor prohibido. Empujó. Al principio solo la cabeza, apretando brutal. Su ano era más estrecho, más caliente, más sucio. Un olor terroso sutil, prohibido, mezclado con su coño mojado me volvió loco. Empujó más. Centímetro a centímetro sentí cómo su ano virgen se abría alrededor de mi verga, las paredes elásticas apretando como un puño caliente. Ella gemía bajito, dolor y placer mezclados, sudor cayendo de su frente sobre mi pecho.
Cuando la tuve toda adentro, empezó a moverse. Arriba y abajo, lento, profundo. El sonido era brutal: plop húmedo cada vez que bajaba, sus cachetes chocando contra mí. Su ano apretaba y soltaba, ordeñándome. Se tocaba el coño con dos dedos, metiéndolos mientras me daba el culo. El olor era denso: sudor, sexo, alcohol, ese toque terroso del ano. Su respiración entrecortada, gemidos ahogados, el ronquido de su mamá al lado. Yo fingía dormir pero mis manos se clavaban en la sábana. La rabia, la culpa y el placer me tenían al borde.
Aceleró. Cabalgaba mi polla con el culo como una puta en celo. Sus tetas rebotaban, sudor brillando en su piel. Sentía cada contracción, cada centímetro entrando y saliendo. El calor era asfixiante. Me corrí como nunca, chorros espesos llenando el condón dentro de su ano, mientras ella seguía moviéndose, exprimiéndome hasta la última gota, corriéndose por segunda vez con mi verga enterrada en su culito.
Se bajó temblando, piernas débiles. Me limpió con cuidado, lamió el semen que había salpicado mi ombligo, probándolo con gusto, chupando los dedos. Me tapó, besó mi polla suave una vez más y se fue sigilosa, cerrando la puerta. Su mamá seguía roncando, ajena a todo.
Me quedé ahí, polla palpitando, cuerpo sudado, oliendo a sexo prohibido. La puerta entreabierta dejaba entrar aire frío que contrastaba con el calor que aún sentía en la verga. Esa noche me marcó. Nada se compara.
Actualmente mi vida es triste, no tengo una mujer conmigo para disfrutar de estos placeres tal vez este pagando algo no lo se pero me gusta el sexo y no se como satisfacerme.
Mi prima Camila, 25 años, y su mamá, mi tía Rosa de 45, llegaron bien prendidas. Las dos se veían demasiado ricas: Camila con un vestido negro ajustado que le marcaba ese culito redondo y firme, y mi tía con un traje elegante color vino que no podía esconder esas tetas grandes, maduras, todavía bien paradas. Las vi tambalearse riendo, agarradas del brazo, y algo se me removió por dentro. Esa rabia mezclada con morbo que me pone como animal.
Tenía mi secreto: desde el pasillo oscuro se podía ver perfecto el cuarto de visitas asomándose por una ventana lateral. Lo había hecho otras veces, pero nunca con ellas tan sueltas y tan borrachas. Esa noche no me la iba a perder. Me pegué contra la pared, corazón latiendo fuerte, y esperé.
Primero entró Camila. La luz tenue de la lámpara le iluminaba el cuerpo. Se bajó el cierre del vestido lentamente, como si supiera que alguien miraba. La tela cayó al piso con un susurro. Ahí estaba: cuerpo delgado pero con carne donde debe haberla. Unas tetas medianas, redondas, pezones oscuritos ya medio duros por el aire frío de la noche. Se las agarró un segundo, apretándolas, y soltó un suspiro. Uff, se me hizo agua la boca. Luego le tocó a mi tía. Cuando se quitó el traje, casi gruño. A sus 45 tenía un cuerpo que provocaba: tetas pesadas, grandes, con esa caída natural que las hace más ricas, pezones gruesos y oscuros, caderas anchas, vientre suave y un culo ancho pero firme. Se quedaron en tanga un rato, riéndose y hablando pendejadas.
Entonces escuché clarito la voz ronca de mi tía:
— Ya vi cómo miras a tu primo, cochina… te pones bien mojada cuando él anda cerca, ¿no?
Camila se rio nerviosa, pero no lo negó. Mi tía siguió, con morbo puro:
— Creo que está en su cuarto… ¿Quieres que lo llame para que te vea toda desnudita?
Mi prima se mordió el labio y contestó entre risas:
— No importa… que vea pues.
Se me subió toda la sangre. La polla me latía dura contra el pantalón, pre-semen mojándome la punta. “Estas hijas de puta… si supieran que las estoy viendo”. Justo en ese momento la hermana mayor de Camila las llamó desde lejos. Se distrajeron y yo corrí de vuelta a mi cuarto. Apagué todo, me tiré en la cama solo con la sábana fina, fingiendo dormir profundo. El corazón me quería salir del pecho.
No pasaron ni quince minutos cuando escuché pasos suaves. La puerta de vidrio con relieves se iluminó por la luz del pasillo. Tocaron suave. Una vez. Dos. Tres. Escuché la voz dudosa de Camila:
— Mamá, ya vámonos… esto es una locura.
Pero mi tía, bien tomada, respondió pastosa y decidida:
— No… yo quiero entrar. ¿Tú también quieres, no? Traje la llave de repuesto, tranquila.
La llave giró. La puerta se abrió lento. Primero entró mi tía, olor fuerte a ron, sudor femenino y perfume de jazmín barato invadiendo el cuarto. Se acercó tambaleándose y se dejó caer pesada a mi lado. Su calor corporal me quemaba. Sentí su respiración alcohólica en mi cuello, sus tetas grandes aplastándose contra mi brazo. En menos de dos minutos ya estaba roncando profundo, noqueada total.
Camila se quedó parada, temblando. La luz de la ventana le iluminaba la cara. Dudó mucho. Luego, con dedos nerviosos, retiró la sábana lentamente. Mi polla estaba ahí, semi-dura, pero yo la controlaba. Ella se quedó mirando fijamente. El silencio era denso, solo se escuchaba la respiración de su mamá. Primero me tapó de nuevo, como arrepentida. Intentó levantar a su mamá, pero la tía pesaba demasiado. A duras penas la movió un poco más hacia el borde y la dejó ahí, roncando.
Pensé que se iba… pero no. Dejó la puerta entreabierta y volvió. Se acostó al otro lado. El colchón nuevo ni se movió. Su mano fría tocó mi muslo, subió despacio y agarró mi verga. La apretó suave, explorando. Empezó a pajearme lento, todavía seca. Se acercó, escuché cómo juntaba saliva y escupía abundante, caliente, sobre toda mi polla. Ahora sí la mano resbalaba perfecta, apretando justo debajo de la cabeza, subiendo y bajando con ritmo juguetón.
“Esto está mal… es mi prima… pero qué rica se siente la puta”
La sentía tocándose las tetas con la otra mano, pellizcándose los pezones. Gemía bajito, tiraba la cabeza para atrás. Nunca la había visto así de puta. Mi polla ya estaba durísima, venas marcadas, cabeza hinchada. Entonces se agachó. Su aliento caliente rozó la punta. La metió toda en su boca de golpe. Calor húmedo, lengua torpe pero ansiosa, saliva chorreando por mis huevos. Olía a ron mezclado con su aliento dulce y el olor íntimo de su excitación. Chupaba con ganas, sorbiendo, lamiendo la cabeza, tocándose el coño por encima de la tanga mojada. Los sonidos eran obscenos: glup-glup, sorbidos, su respiración agitada.
Ya no aguantaba más. Se subió encima, pasó una pierna. Se quitó la blusa blanca de un tirón, tetas medianas al aire, pezones duros como piedritas. Movió el culito rico hacia mi cara, el hilo dental enterrado entre las nalgas. Agarró mi polla, la frotó contra su raja empapada. Estaba chorreando. Empujó… resistencia. Empujó más fuerte. De pronto ¡pop! Como corcho saliendo de una botella de vino caro. Un gemidito ahogado salió de su garganta.
Era virgen. Su coñito estaba apretadísimo, caliente como un horno, paredes palpitando alrededor de mi verga. Se movió lento al principio, acostumbrándose, mordiéndose el labio, respirando profundo. El olor a sexo fresco, a virgen mojada, llenaba todo. Después perdió el control. Empezó a cabalgar más fuerte, tetas saltando, cachetes golpeando mis huevos con sonido húmedo. Chapoteo constante de su coño chorreando. Se tocaba el clítoris rápido, gemía bajito, contorsionándose. Su mamá roncaba a centímetros.
Se corrió temblando entera, apretándome la verga con contracciones brutales, jugos calientes chorreando por mis bolas. Pero la muy perra no paró. Agarró un condón que traía escondido, me lo puso con la boca de forma bien puta y siguió cabalgando más salvaje, moviendo las caderas en círculos, arriba y abajo, exprimiéndome.
Entonces tuvo la idea de borracha. Se levantó, se escupió los dedos, se lubricó bien el ano y colocó la cabeza de mi polla en su culito terroso.
Sentí el calor prohibido. Empujó. Al principio solo la cabeza, apretando brutal. Su ano era más estrecho, más caliente, más sucio. Un olor terroso sutil, prohibido, mezclado con su coño mojado me volvió loco. Empujó más. Centímetro a centímetro sentí cómo su ano virgen se abría alrededor de mi verga, las paredes elásticas apretando como un puño caliente. Ella gemía bajito, dolor y placer mezclados, sudor cayendo de su frente sobre mi pecho.
Cuando la tuve toda adentro, empezó a moverse. Arriba y abajo, lento, profundo. El sonido era brutal: plop húmedo cada vez que bajaba, sus cachetes chocando contra mí. Su ano apretaba y soltaba, ordeñándome. Se tocaba el coño con dos dedos, metiéndolos mientras me daba el culo. El olor era denso: sudor, sexo, alcohol, ese toque terroso del ano. Su respiración entrecortada, gemidos ahogados, el ronquido de su mamá al lado. Yo fingía dormir pero mis manos se clavaban en la sábana. La rabia, la culpa y el placer me tenían al borde.
Aceleró. Cabalgaba mi polla con el culo como una puta en celo. Sus tetas rebotaban, sudor brillando en su piel. Sentía cada contracción, cada centímetro entrando y saliendo. El calor era asfixiante. Me corrí como nunca, chorros espesos llenando el condón dentro de su ano, mientras ella seguía moviéndose, exprimiéndome hasta la última gota, corriéndose por segunda vez con mi verga enterrada en su culito.
Se bajó temblando, piernas débiles. Me limpió con cuidado, lamió el semen que había salpicado mi ombligo, probándolo con gusto, chupando los dedos. Me tapó, besó mi polla suave una vez más y se fue sigilosa, cerrando la puerta. Su mamá seguía roncando, ajena a todo.
Me quedé ahí, polla palpitando, cuerpo sudado, oliendo a sexo prohibido. La puerta entreabierta dejaba entrar aire frío que contrastaba con el calor que aún sentía en la verga. Esa noche me marcó. Nada se compara.
Actualmente mi vida es triste, no tengo una mujer conmigo para disfrutar de estos placeres tal vez este pagando algo no lo se pero me gusta el sexo y no se como satisfacerme.
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