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Un macho de verdad

Soy Karla y últimamente trabajo desde mi casa en primera línea de playa. Por eso puedo permitirme estar casi desnuda en la terraza, tomando el sol con solo una camisa de lino blanca que se me pega al cuerpo por el sudor. Debajo a veces no llevo absolutamente nada o sólo mi bikini. Es uno de los lujos de mi vida: el mar delante, el portátil abierto y yo disfrutando del calor como una gata en celo.
Un macho de verdad


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Fue una mañana de verano de esas que el calor ya aprieta desde temprano. Estaba tumbada en la terraza cuando sonó el timbre. Me asomé por la barandilla y allí estaba él: el nuevo repartidor de agua.

Alberto era impresionante. Alto, moreno, con el pelo corto y oscuro brillando por el sudor. Unos ojos clarísimos que contrastaban brutalmente con su piel tostada. El uniforme le quedaba ajustado, marcando unos hombros anchos, brazos fuertes y venosos de tanto cargar bidones, pecho duro y una cintura estrecha. Era el típico cuerpo de hombre que trabaja de verdad, no de gimnasio: músculos funcionales, potentes, con esa capa fina de sudor que lo hacía brillar bajo el sol. Sus brazos venudos y me imaginaba si así estaban los brazos como tenía la verga jajaja.
Le grité que subiera, pues mi casa es mediana ya que fue hecha para hogar de descanso. Cuando llegó a la terraza se quedó parado en la puerta, con el bidón de 20 kilos al hombro. Me recorrió con la mirada de arriba abajo un segundo. La camisa se me pegaba a las tetas y se transparentaba un poco. Tragó saliva visiblemente y apartó la vista, intentando ser profesional. Cabe aclarar que yo estaba sola en la casa ya que mi esposo y mis hijos se habían quedado en la CDMX por algunos trámites y luego me alcanzarían en la casa de playa, esto pasó en las vacaciones de diciembre así que la casa la tenía para mí.

—Buenos días, señora. Traigo el bidón de agua —dijo con esa voz grave y ronca por el esfuerzo.

Me levanté despacio, sin prisa, y me acerqué a él. Le quité el pesado bidón de las manos, rozando deliberadamente sus dedos. Sentí el calor de su piel y un calambre me recorrió el coño entero.

—Gracias, Alberto —le dije con una sonrisa pícara, leyendo su nombre en la placa—. Hace muchísimo calor hoy, ¿verdad? Pasa un momento, te invito a un vaso de agua fría. No te preocupes, estoy sola… teletrabajo desde casa y hoy me he tomado la mañana para mí. Por eso estoy tan cómoda, ya ves.

Él dudó, pero terminó aceptando. Lo llevé a la cocina y le serví un vaso grande de agua helada. Mientras bebía, me apoyé contra la encimera frente a él, dejando que la camisa se abriera ligeramente dejando entrever sutilmente mis pezones. Lo pillé mirándome las tetas descaradamente y eso me humedeció al instante. Me gusta excitar a los hombres y que me deseen y si el en ese momento se me incinuabs me dejaba coger, yo soy muy puta y si me gusta soy muy fácil.

Empezamos hablando de cosas normales: el calor infernal, el pueblo, su trabajo. Le conté un poco más de mí:
—Yo no vivo aquí, es mi casa de descanso y luego me voy, ¿sabes? La casa es mía, primera línea de playa. Puedo trabajar en bikini o directamente en camisa como ahora… nadie me molesta. Es una pasada jajaja y más cuando estoy sola sin mis hijos ni mi esposo.

Me contó que llevaba poco tiempo en esa ruta. Poco a poco se fue abriendo:

—Estoy casado —dijo, enseñándome la alianza en el dedo—. Tengo dos hijos pequeños, de 4 y 2 años. Mi mujer se queda en casa con ellos.

Sonreí dulcemente y le respondí:

—Qué bonito. Debe ser muy duro pasarte el día entero fuera cargando peso y llegar a casa agotado...

Él suspiró con cansancio y se sinceró:

—La verdad es que sí. Con los niños tan pequeños todo se ha convertido en pura rutina. Cansancio, pañales, gritos... y casi nada de tiempo para... ya sabes.

En ese preciso momento me puse cachonda perdida. Su voz grave, ese tono de marido frustrado, sus brazos venosos sujetando el vaso, el olor a sudor y a hombre de verdad que desprendía… Me moría de ganas de arrodillarme delante de él, bajarle la cremallera del pantalón y comérsela entera hasta que se olvidara de su mujer y de sus hijos.
Pero no hice nada esa vez. Charlamos un rato más, le firmé de recibido, le di las gracias y se marchó.

Sin embargo, mientras lo veía bajar las escaleras, ya tenía claro que la próxima vez que Alberto apareciera por mi casa… las cosas iban a ser muy, muy diferentes, iba a ser suya y su verga mía.

Cuando Alberto se fue, cerré la puerta y me quedé allí parada un momento, con el corazón latiéndome a mil y el coño completamente empapado. Su voz grave, esa mirada que intentaba no bajar a mis tetas, el olor a sudor y a hombre de verdad que traía… todo me había puesto cachonda perdida. No me lo podía creer.

Me fui directa a la terraza de mi casa frente al mar. Me tumbé en la hamaca, con la camisa de lino abierta del todo y las piernas bien separadas. Empecé a tocarme despacio al principio, imaginando sus manos fuertes agarrándome el culo, su polla dura y gruesa marcándose debajo de ese uniforme azul. Me metí dos dedos en el coño, luego tres, abriéndome bien mientras me frotaba el clítoris con furia. Gemía pensando en cómo se correría si le chupaba la polla ahí mismo, de rodillas delante de él.
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Me corrí la primera vez rapidísimo, fuerte, con un gemido que se perdió entre las olas. Pero no fue suficiente. Seguí. Me imaginé arrodillada frente a él, tragándome esa polla gruesa hasta el fondo mientras él me agarraba del pelo y me decía guarradas con esa voz ronca. Me corrí la segunda vez mordiéndome el labio para no gritar como una puta. Y la tercera… la tercera fue más lenta, más profunda, imaginando cómo me llenaba la boca de leche caliente mientras yo lo miraba a esos ojos lindos que tenía.

Al final me quedé dormida en la hamaca, exhausta, con los dedos todavía metidos en mi coño y las ganas todavía latiendo dentro de mí, como un fuego que no se apaga con nada con la vagina empapada totalmente desnuda al aire libre la hamaca mojada de mis juguitos y muy satisfecha.

Pero yo no soy de las que se quedan con las ganas. Esa misma noche cogí el teléfono y llamé a un amigo que vive cerca, uno de esos que siempre está disponible cuando chasqueo los dedos. Le dije que viniera, que tenía “sed” y que viniera ya. Llegó en menos de media hora.

Lo recibí en la puerta con la camisa completamente abierta, las tetas al aire y sin nada debajo. Ni siquiera le di un beso. Lo llevé al sofá, le bajé los pantalones sin decir ni una palabra y me monté encima de él. Lo follé duro, salvaje, cabalgándolo como una loca mientras pensaba en Alberto todo el tiempo: en sus brazos venosos, en su olor, en su voz. Mi amigo gemía, me clavaba los dedos en las caderas, pero yo solo lo estaba usando como mi juguete sexual. Lo cabalgué hasta que se corrió dentro de mí con un gruñido, y yo me corrí encima de él, apretando el coño alrededor de su polla mientras imaginaba que era la leche de Alberto la que me llenaba.
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En cuanto terminó de vaciar su lechita dentro de mi vagina, me levanté sacando su verga de mi vagina, le sonreí y le dije:

—Gracias, ya puedes irte.
Ni un beso, ni una caricia extra. Lo acompañé a la puerta desnuda con la vagina llena y lo eché con una sonrisa educada. Me quedé sola otra vez, más satisfecha físicamente… pero con Alberto todavía metido en la cabeza, latiendo entre mis piernas.

Solo lo había visto una vez y ya me tenía completamente loca. Pero la cosa siguió una semana después, en su segunda visita. Para eso mi esposo y mis hijos aún no llegarían porque les habían aplazado los trámites

Alberto llegó puntual. Yo lo estaba esperando con el pulso acelerado. Me había puesto un vestido cortísimo de gasa finísima, ligero, sin nada debajo. La tela se me pegaba suavemente al cuerpo, marcando cada curva con delicadeza.
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Cuando abrí la puerta y me vio, se le trabó la lengua. Sus ojos me recorrieron entera, deteniéndose un instante más de lo correcto. Tragó saliva visiblemente y se quedó clavado en el sitio un segundo.

Le invité a pasar a tomar un vaso de agua fría.

—Hace mucho calor hoy también, ¿verdad? —le dije sonriendo con picardía, cruzando las piernas despacio sobre la silla para que el vestido se abriera justo lo suficiente y le ofreciera una vista tentadora—. Debes venir muy… cargado.
Él tragó saliva, dejó el bidón y aceptó el vaso. Se sentó en la cocina, sudando más que la vez anterior, con esa voz grave y varonil que me encendía de deseo.

—Sí, mucho calor —dijo firme, pero sus ojos le delataban, bajando una y otra vez a mi cuerpo.

Me acerqué despacio, me incliné para servirle más agua y le susurré bajito, casi rozándole la oreja:

—Alberto, pareces tenso. ¿Todo bien en casa? Con los niños pequeños debe ser… duro, ¿no? Llegar cansado y no tener tiempo para… descargar.

Se puso rojo, pero sostuvo la mirada, voz grave y controlada.

—Sí… la verdad que sí. Mi mujer está siempre agotada con los niños. Apenas tenemos… ya sabes.

Me senté enfrente de él, abrí un poco más las piernas bajo la mesa y le dije con voz suave y llena de deseo:

—Qué pena. Un hombre como tú, con tanta fuerza, tanto… peso que cargar todo el día. Deberías tener a alguien que te ayude a soltarlo todo, ¿no crees? Yo podría… aliviarte la carga. O al menos… bajarte la presión.

Le puse la mano en el muslo por debajo de la mesa y fui subiendo despacio, rozando hacia arriba. Sentí cómo se tensaba todo su cuerpo. Subí un poco más y noté su excitación: gruesa, dura, palpitando bajo la tela del uniforme.

—Karla… estoy casado —dijo con voz ronca y firme, sudando—. No puedo… no debo.
Apreté un poco más, sintiendo el calor que desprendía.

—Nadie tiene por qué saberlo —susurré—. Solo un momento… para que te vayas más ligero. O más vacío, según prefieras.

Él respiraba fuerte, los ojos fijos en los míos, la mandíbula apretada, varonil hasta el final. Pero de pronto apartó mi mano con fuerza suave, se levantó sudando y dijo con voz ronca:

—Lo siento… no puedo. Tengo familia. No soy de esos.

Se fue rápido, con la excitación todavía marcadísima en el pantalón y la cara roja de vergüenza y deseo contenido.

Ahí ya me puse mala de verdad. Saber que lo tenía tan excitado y que aun así se resistía como un hombre de verdad… me volvía completamente loca. Esa noche me toqué despacio y con intensidad, imaginando cómo habría sido si se hubiera entregado por completo a mí.

Y así me tocó esperar otra semana entera. Yo ya no podía más con las ganas.

Alberto llegó puntual, como siempre, pero esta vez lo noté diferente: más tenso, más sudoroso. Lo recibí en la puerta con solo una camisa blanca abierta hasta abajo. Mis pechos firmes asomaban apenas cubiertos, el vientre plano brillaba por el sol de la terraza, y una pequeña tanguita que tenía.
Le quité el bidón de las manos y le dije con mi sonrisa más pícara:

—Pasa, Alberto. Hoy hace mucho calor… y veo que vienes muy cargado otra vez.

Él entró, con esa voz grave y varonil que me encendía desde la primera vez.

—Karla… no debería entrar aquí. La última vez casi…

Cerré la puerta, me acerqué hasta rozarlo y le puse la mano en el pecho duro, sintiendo los músculos firmes bajo la tela del uniforme.

—Casi qué? —le susurré, rozando su excitación con la cadera—. ¿Casi me follas como un hombre de verdad? No me digas que no has pensado en mí durante este mes y en como podríamos estar si quisieras cogerme.

Tragó saliva, sus ojos fijos en los míos, la mandíbula apretada. Era muy alto, moreno, con esos brazos venosos de cargar peso todo el día y ese olor a sudor masculino que me volvía loca.

—Estoy casado —dijo con voz grave y firme—. Tengo hijos. No puedo traicionar a mi familia.

Sonreí, le desabroché un botón de la camisa y le dije bajito, casi rozando sus labios:

—Nadie traiciona a nadie si nadie se entera. Solo quiero que me dejes probarte y probar esa verga que se ve enorme… una sola vez. O dos. O las que haga falta hasta que te calmes y si quieres puedo ser tu puta y nadie tiene porque saber, afortunada tu esposa de tenerte todo el tiempo si fueras mío yo te dejaría seco todos los días.

Le llevé a la cocina, me senté en la encimera y abrí las piernas despacio. La tanga se apartó lo justo para que viera lo húmeda que estaba.

—Mira cómo me pones mientras abría mi vagina con mis dedos enfrente de el y me llevaba mis dedos mojados a mi boca—le susurré—. Con esa voz grave, esos brazos fuertes… me tienes así desde la primera vez.

Alberto se acercó, sudando, con la excitación marcándose claramente bajo el pantalón.

—No puedo… joder, Karla, mira que eres peligrosa.

Le agarré la cabeza con suavidad y la bajé hacia mí.

—Peligrosa sí. Pero tú eres un hombre duro, ¿no? Aguanta un poco… o bájate y pruébame como el hombre que eres.

Él resistió, con la voz grave temblando ligeramente:

—No debería… no es buen momento, mi mujer no quiere… hace una mes que no me toca.

Insistí, bajándole la cabeza un poco más.


Parte 2

1 comentarios - Un macho de verdad

Tucu_pijudo19x5
Aquí tenes a tu macho y te mande un privado 😉
Tucu_pijudo19x5
Un macho de verdad