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Compendio III
41: REINICIO OPERACIONAL
(Estimado lector: le pido disculpas de antemano al informarle que este relato carece de erotismo. Sin embargo, es a partir de este punto que las cosas empiezan a repuntar e incluso, en el siguiente relato, cobraré una venganza celestial... por lo que debo narrar esto. Una vez más, le agradezco su paciencia)
Había pasado solo una semana y media. Antes, la sala de juntas olía a café fino, perfume caro y sillas de cuero. Ahora olía a miedo y algo vagamente similar a la sumisión. Fue como si un hechizo se hubiera lanzado. Todos ellos habían vuelto a una forma aún más obediente que cuando trabajaban con Edith.

Realmente parecían drones intentando complacer a Reginald sin quejas. Durante esos informes diarios y después de que todos se presentaran ante él, comenzó a presionar a cada departamento, pidiendo actualizaciones y reportes diarios, mientras al mismo tiempo los empujaba hacia nuevos objetivos. Era realmente impresionante verlos a todos perder sus palabras: Julien, que inicialmente estaba encantado de seguir los deseos de Edith, ahora estaba más callado, sus ojos más vacíos e incuestionablemente obedientes a Reginald; Cristina, que alguna vez fue desafiante y apegada a sus ideas, ahora estaba domada y silenciosa, ni siquiera protestando si las exigencias aumentaban diariamente.

Pero quizás la transformación más fascinante fue la de Inga misma. Bajo el mando de Edith, Inga era la voz más fuerte en la junta. La líder de facto de la vieja guardia, por así decirlo. Ahora, ella y Kaori eran solo otra voz silenciosa entre los demás, indistinguibles del resto. Ninguna de ellas emitió ni un suspiro cuando Reginald cortó la sesión de preguntas de nuevo.

Luego, estaba la humillación. Bajo el mando de Edith, todos tenían una voz y podían sentarse en la mesa de la junta: jefes de departamento, asistentes, programadores principales. Todos tenían igualdad de condiciones. Ahora, solo los jefes de departamento podían sentarse en la mesa. Y, como en el ejército, todo el personal bajo los jefes de departamento tenía que respetar la cadena de mando para hablar. Es decir, si tenías alguna preocupación durante las reuniones, debías tomar notas y pedirle a tu jefe de departamento que las transmitiera a Reginald en la próxima reunión, retrasando la respuesta un día entero debido a tonterías burocráticas.
Lo peor fue que el plan inicial de Edith nos salió al revés. El año pasado, a pesar de mis protestas, Edith me nombró miembro de la junta en lugar de Sonia, sabiendo que, si hubiera seguido mi consejo, yo habría "escapado" y dejado que Sonia manejara las responsabilidades de enfrentar al resto de la junta en mi lugar. Sin embargo, con mi remoción como miembro de la junta, los canales de comunicación se cortaron, y Sonia, Nelson, Gloria y yo éramos "ignorados", lo que para nosotros no significaba mucho. Todos éramos profesionales y comprometidos, así que seguimos trabajando independientemente y cumplimos con nuestros deberes. Sin embargo, las decisiones que requerían el visto bueno de Reginald (aprobaciones de nuevos proyectos, por ejemplo), comenzaron a amontonarse.
En mi caso, tenía una pequeña voz. Ahora que trabajaba bajo Ethan, él podía hablar por mí. No obstante, Reginald disfrutaba de esta nueva estructura tóxica.

A veces, parecía gozar recordándonos que ya no teníamos voz. De vez en cuando, me sonreía con sorna, luciendo como si disfrutara que ahora era parte del fondo de la junta, poco diferente a un mueble.
Pero a nivel personal, mientras el resto de la junta adoraba a Reginald porque venía de la oficina central, por su pasado en la RAF o quizás, incluso, por su "linaje real" (¿Quién realmente alardea de que, a menos que 248 personas caigan antes que tú, puedas convertirte en rey?), yo veía a Reginald diferente: veía a mi padre en él.
Permítanme dejar claro que amo y respeto a mi padre. La mayoría de los valores que he enseñado a mis hijas (honor, honestidad, valentía) vienen de él. De hecho, cuando dejamos nuestro país hace doce años, actuó como padre sustituto de Violeta (la hermana menor de Marisol) en mi ausencia, y ella creció hasta convertirse en una joven excepcional gracias a él.

Todo lo que sé sobre reparaciones del hogar, desde fontanería hasta cableado, fue enseñado por sus manos callosas guiando las mías.
Dicho esto, Reginald me recordó a mi padre trabajando en el ejército... excepto que mi padre tuvo la decencia de dejar su rango una vez que se retiró. Cuando mi padre estaba en el servicio, era un "toro enceguecido": obstinado, implacable, creyendo que cada orden era un imperativo moral. Nunca cuestionó a sus superiores, sin importar que sus decisiones lo afectaran a él, a nuestra familia o a otros. Peor aún, cuando estaba con nosotros y personas de rangos inferiores le rendían respeto, mi padre se sentía complacido y molesto al mismo tiempo: Complacido, porque otras personas le mostraban respeto, y molesto, porque ninguno de nosotros realmente se preocupaba por el reconocimiento de los demás.
Así que, después de una semana y media de soportar las tonterías de Reginald, ya había tenido suficiente y decidí contraatacar. No como él (sin grandilocuencia, sin juegos de humillación), sino como mi padre me había enseñado todos esos años atrás: esperar una oportunidad, luego actuar con decisión.
Fue durante una de esas reuniones informativas que vi mi oportunidad. La sala se había hundido en su habitual silencio sofocante, el aire espeso con la tensión no dicha de personas que habían olvidado cómo respirar libremente. Reginald se recostó en la cabeza de la mesa como un rey divertido por sus súbditos amedrentados, sus dedos tamborileando contra la caoba pulida.
> ¿Hay alguna pregunta, duda... sugerencia? - preguntó, su voz goteando ese mismo tono burlón: el que implicaba que ya sabía la respuesta.

El resto de los miembros de la junta tenía ojos vacíos, apagados como piedras pulidas, sus espaldas rígidas contra sus sillas. Levanté mi mano desde el fondo, los dedos rectos, sin titubear ni suplicar. Un movimiento limpio, con propósito. La mirada de Reginald pasó por mí, deteniéndose solo para confirmar que lo había visto registrar mi mano alzada antes de girar deliberadamente su mentón hacia otro lado. Después de todo, para él, yo era "solo un mueble"...
> ¡Muy bien! Ya que no hay opiniones notables, ¡Se levanta la sesión! - declaró Reginald.
El despido no era solo una formalidad. Era una actuación. Giró sobre sus zapatos pulidos, dándome literalmente la espalda con precisión quirúrgica. El mensaje era claro: Los muebles no hablan.
Suspiré y murmuré lo suficientemente alto para que él me oyera:
- ¡Bien! Total, no estoy incumpliendo los contratos de otros...
Mis palabras dieron a la sala de conferencias una tensión palpable, estática. Al escucharme, Reginald se congeló a medio paso, luego giró para enfrentarme. Me miró furioso, fosas nasales ensanchándose mientras sus nudillos blanqueaban sobre el borde pulido de la mesa.
> ¿Qué dijiste? - Su voz era letalmente calmada, el tipo de tono que hacía que los subordinados se tensaran instintivamente. - ¡Habla más fuerte, imbécil!
(Speak louder, you twat!)

El insulto sonó como un latigazo: intencionado, destinado a humillar.
No me moví. Solo miré fijamente sus ojos, como mi padre me enseñó: firme, sin pestañear, como una piedra en un río.
- ¡Está incumpliendo sus contratos! - repetí, esta vez directamente a su cara.
El silencio que siguió no era el habitual mutis obediente; era la calma antes de la tormenta, cargada con el peso de algo cambiante. Al otro lado de la mesa, Julien (nuestro asesor legal, que había pasado la semana encorvado como un hombre esperando un golpe) enderezó su postura casi imperceptiblemente. Sus dedos se tensaron hacia su tableta, luego se quedaron quietos.

> ¡Explícate! - exigió Reginald, voz afilada como para cortar acero.
Se inclinó hacia adelante, palmas planas sobre la mesa, hombros rígidos con la amenaza acostumbrada de un sargento instructor. La temperatura de la sala pareció caer diez grados. Pero mantuve la calma, exhalando lentamente por la nariz. Esto no era la RAF, y yo no era uno de sus reclutas.
- ¡Según sus contratos, sus turnos diarios comienzan a las 9 am y terminan a las 5 pm! ¡Usted, señor, los está convocando dos horas antes! - respondí con tono calmado, manteniendo las manos planas sobre mis rodillas.
La silla de cuero crujió bajo mí, pero no me moví. No le di la satisfacción de verme perturbado.
> ¡Pueden trabajar horas extras! ¡Estamos en una crisis! - La voz de Reginald era una navaja, afilada por décadas de gritar órdenes a novatos que se mearían al oírlo.
Sus nudillos presionaron con más fuerza contra la mesa, dejando marcas blancas en la superficie pulida.
Al otro lado de la sala, más sillas comenzaron a moverse… sutiles, vacilantes. Como fichas de dominó esperando el primer empujón. Solo Julien reaccionó visiblemente: su columna se enderezó tan bruscamente que parecía que alguien lo había levantado con un cordón invisible. Sus ojos, apagados por días en obediencia vidriosa, se agudizaron con algo peligrosamente cercano al reconocimiento.

- ¡No, señor! ¡No pueden! - contraataqué. - Edith fue muy clara al respecto. Ella, junto con Madeleine, redactaron una directiva que establece que el personal no debe trabajar más de dos horas adicionales semanales… para evitar agotamientos.

La cabeza de Maddie se inclinó como un servidor reiniciado. Recordó que yo también estaba presente… porque ella había redactado mi contrato, el que incluía la misma cláusula férrea sobre límites de agotamiento. Había sido una decisión tomada por mi amiga Sonia y Edith para evitar que yo colapsara. Claro, yo seguí presionando esa directiva y terminó conmigo contratando a Nelson como mi respaldo, pero esa es otra historia.
El músculo de la mandíbula de Reginald tembló. Todos los ojos estaban puestos en él ahora: no con la habitual sumisión apagada, sino con la atención aguda y cautelosa de un público que ve los hilos tras un truco de magia fallido.
> ¡Edith ya no está al mando de esta junta! - espetó, su voz cortando como un látigo.
Las palabras debían ser finales, absolutas… pero flotaron en el aire como humo, disolviéndose bajo escrutinio.
- ¡Estoy de acuerdo! - respondí. - Pero firmaron contratos. Hay registros documentados. Y al obligarlos a estar aquí temprano, los está incumpliendo…
La presión seguía aumentando. Julien, por su parte, parecía un sabueso rastreando una pista: sus dedos ya tecleaban en su tableta, buscando directivas de RR. HH. con la precisión de un fiscal revisando pruebas. Y Maddie, bendita sea, revisaba su tableta frenéticamente, desplazándose por archivos de contratos tan rápido que sus anteojos resbalaron por su nariz.

Sin embargo, Reginald prestó atención a mis palabras...
> ¡Sigues diciendo ellos tienen contratos! ¡Ellos! ¡No nosotros! ¿Quieres explicarte? - La sonrisa de Reginald era del tipo que un gato le da a un ratón acorralado: solo dientes y sin piedad.
Sus dedos bailaron sobre la pantalla de su tableta, mostrando mis registros de horario con la precisión satisfecha de un fiscal develando pruebas condenatorias.
> He revisado tus registros personales. Estás fichando entrada mucho antes de las 7 am. Entonces, ¿Por qué tú no te quejas de las horas extra?
Una vez más, sonreí con confianza.
- Porque estoy coordinando operaciones en el territorio australiano. - respondí con tono factual. - A las 7 am, hora de Melbourne, comienza el primer turno en los sitios mineros de la costa este. Para entonces, ya debería haber revisado si hubo informes de incidentes durante el turno nocturno. De lo contrario, las respuestas podrían retrasarse un día entero si no actúo rápido.
Reginald se quedó en silencio. Frío. No hubo respuesta para esos argumentos.
- Además, ya que estamos en el mismo tema, me gustaría permiso para faltar a estas reuniones diarias. - continué, tirando del hilo aún más.
Los dedos de Reginald se detuvieron a mitad de un toque sobre su tableta, sus nudillos blanqueados por la presión.
> ¿Disculpa? - La voz de Reginald subió medio tono, las palabras afiladas como para cortar carne.
Observé cómo su mandíbula trabajaba (izquierda, derecha) como si masticara físicamente la audacia de mi solicitud.
- Hasta ahora, estas reuniones me han costado doce horas hombre. - mantuve mi voz neutral. - Como dije, debería estar en mi puesto a las 7 am. Pero al estar aquí, no puedo hacerlo. Momentáneamente, hemos tenido suerte de que no haya ocurrido ningún incidente. Pero no podemos depender de la suerte. A causa de esto, Edith realizaba estas reuniones una vez por semana, los lunes, coincidiendo con los equipos en los sitios mineros, así podía asistir sin descuidar mi puesto.
Julien parecía encantado: como un hombre que acabara de abrir una caja fuerte y encontrara exactamente lo que sospechaba.

> Si tanto te preocupan las operaciones en la costa este, quizá debería asignarte personalmente para supervisarlas…
La sonrisa de Reginald no alcanzó sus ojos: fría, calculada, el tipo de amenaza envuelta en un ascenso. Pero yo había pasado años negociando con jefes de faena más agresivos que hacían que Reginald pareciera un matón de patio escolar.
Para entonces, todos nos observaban esgrimir como espectadores en un combate de boxeo. El aire estaba denso, electrificado… el tipo de tensión que te hace olvidar tragar. Los ojos de Maddie estaban enfocados como láseres, sus dedos flotando sobre su tableta como la mano de un pistolero cerca de una funda. Ella conocía las cláusulas de RR. HH. mejor que nadie, y estaba lista para desenfundar.

- ¡No lo recomendaría, señor! - Mi voz se mantuvo calmada, medida… como mi padre me enseñó a hablar cuando enfrentaba a oficiales superiores. - Un comandante no asignaría a un capitán para limpiar letrinas si hay soldados rasos disponibles, ¿Verdad?
Reginald hizo una pausa, procesando mis palabras. No esperaba que "yo hablara su idioma". El recalibrado de fracción de segundo de un hombre que se da cuenta de que su presa tiene dientes.
> ¿Qué acabas de decir? - Preguntó, buscando verificación.
- Señor, solo digo que podría revisar las operaciones en los sitios directamente. Pero sería tan útil como pedirle a cualquier miembro de la junta que barra los pasillos en su tiempo libre. Hay tantas tareas importantes que son más valiosas para la empresa, que barrer los pasillos podría relegarse a otros. - Respondí, manteniendo mi voz suave: el tipo de tono que podría pulir alambre de púas.
> ¡No! ¡Mencionaste rangos! ¿También serviste?
La voz de Reginald estalló en la sala de juntas como fuego de artillería repentino: demasiado fuerte, demasiado cerca. Su postura había cambiado por completo, los hombros bloqueados como si se preparara para un impacto en lugar de darlo. Aquella sonrisa depredadora desapareció, reemplazada por algo crudo y dentado.
- Yo personalmente no. - Respondí con una sonrisa suave. - Pero mi padre, él estuvo en el ejército. Llegó a ser oficial.

Las palabras impactaron como una granada rodada suavemente bajo un tanque. Su visión entera de mí se hizo añicos y se reensambló en algo mucho más peligroso. Los muebles no hablaban doctrina militar. Los muebles no contraatacaban como piezas de ajedrez en un tablero que él creía poseer. Yo no seguía el camino asignado. Estaba haciendo mis propias reglas en el camino y armando su propia artillería contra él. Ahora él comenzaba a entender por qué Edith me había dado un asiento en la junta.
Para los demás, esta era la primera vez que Reginald parecía menos una estatua invencible y más un hombre: defectuoso, sorprendido, atrapado a mitad del paso en su propia arrogancia.
Pero para mí, el mensaje críptico de Edith para Reginald:
Marco sabe dónde están enterrados los cadáveres.
Comenzaba a tener más sentido...
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