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Compendio III
40: ENTRE REUNIONES
Mientras trabajaba en silencio en mi oficina, mis pensamientos derivaron hacia los cambios provocados por la llegada de Reginald a la empresa. El silencio matutino (normalmente mi momento favorito para adelantar papeleo) ahora tenía un trasfondo de tensión.
En mi caso particular, no me molestaban las reuniones matutinas: Marisol suele despertarme alrededor de las 5:30 am, medio dormida pidiendo "su desayuno caliente" como una niña traviesa y soñolienta. Una vez que se lo doy, me ducho y ayudo a preparar el desayuno de mis hijas, tomando algo para mí en el camino.

Llego temprano al edificio corporativo no por las reuniones obligatorias diarias de Reginald, sino por mi propio trabajo. A las 7AM, los sitios mineros en la costa este de Australia ya han comenzado su turno diario y debo revisar los informes de incidentes.
Sin embargo, para los demás, la nueva imposición de Reginald era su propio infierno: Ethan recibió una reprimenda por llegar 10 minutos tarde, mostrando la estricta disciplina de la Fuerza Aérea Real (RAF) británica de Reginald. Mientras que Leticia, llegando solo segundos después de las 7, recibió una mirada incendiaria.

Veía claramente que esto no era más que un juego de poder de Reginald: Desde que me removió como miembro de la junta, no era más que un rehén perdiendo 2 horas de trabajo mientras él interrogaba a dos miembros de la junta a la vez. Estábamos inactivos, atrapados y obligados a verlo hacer preguntas que no nos importaban ni servían para nada. Aun así, la táctica era efectiva: Todos los demás estaban demasiado tensos para responder, mirando a Reginald con terror absoluto. Pero en mi caso, me estaba frustrando.
Menos mal que alguien tocó la puerta e interrumpió mis pensamientos. Cuando la puerta se abrió, me llevé una agradable sorpresa al ver a Abby. No esperó una invitación: simplemente entró, cerró la puerta tras de sí con un clic suave y se apoyó en ella con los brazos cruzados. La luz matutina de la ventana iluminó los reflejos castaños de su cabello, haciéndolos brillar como caoba pulida.

No la había visto desde el año pasado y, francamente, era un encuentro refrescante. Abigail es una de nuestras representantes de RRHH, el tipo de chica que saluda a los invitados y los deja sonriendo por su belleza genuina. Aparentemente, también es una de las pocas "manzanas buenas" de Maddy.
• ¡Buenos días, señor! ¿Le interrumpo? - Preguntó con vacilación, todo un contraste para una persona que debe conducir entrevistas de trabajo.
La manera en que se sostenía ahora, la leve tensión en sus hombros, la hacía parecer más pequeña que la mujer que había cerrado la puerta con confianza hace un momento.
- ¡No, no me interrumpes! - respondí, reclinándome en mi silla. El cuero crujió suavemente. - ¿En qué puedo ayudarte?
Mi voz sonó más cálida de lo que esperaba, agradecido por la distracción de los caóticos gráficos en mi computadora.
• ¿Es cierto lo que dicen? - Preguntó, avanzando lentamente hacia mi oficina, como un ciervo cauteloso.

Sus dedos golpeteaban nerviosos contra su tablilla, aunque su mirada no vacilaba.
- ¡No sé! ¿Qué dicen? - Mantuve mi voz casual, pero mi pulso se aceleró un poco.
Había muchos rumores rodando: primero, estaba la auditoría interna de RRHH para el personal femenino; luego, el colapso de Edith y, finalmente, la llegada de Reginald desde el mando central en Londres. Así que había muchos hilos que tirar.
• ¿Que ya no eres el “príncipe de la junta”? ¿Es cierto?
Abby me preguntó de una manera que de algún modo me recordó a Marisol cuando descubre que sus doramas coreanos tienen una temporada más: esa mezcla particular de incredulidad herida y devastación teatral que siempre me aprieta el pecho. Dejé escapar una sonrisa suave, negando con la cabeza.
- Abby, ¡Ya hablamos de esto! ¡Yo quería ser un tipo normal! ¡No este “príncipe de la junta” que dibujaste en tu mente! - Intenté aterrizarla, señalando las fotos familiares en mi escritorio. - Pero si preguntas si sigo en la junta, entonces no. Me han pedido que renuncie.
Abby chilló como si la hubieran golpeado. El sonido rasgó el silencio de la oficina, tan agudo que miré por reflejo hacia la puerta (afortunadamente aún cerrada).
• Pero ¿Por qué no me lo dijiste? -Exigió frenética, inclinándose hacia adelante tan bruscamente que su blusa se abrió ligeramente en el cuello.
El vistazo del encaje debajo no hizo nada para calmar mi pulso.
- ¿Qué? Abby, ¡No eres mi jefa! - exclamé, entretenido por su turbulencia a pesar de la tensión que aún se enroscaba en mis hombros.
Su indignación era casi teatral: del tipo que Marisol emplearía cuando deja que su imaginación se desboque.
• Pero somos amigos, ¿No? ¡Se supone que los amigos se cuentan todo! - Su voz sonaba emocionalmente herida.

Yo... no podía ganar esa discusión. Ella tenía razón. Marisol vive por esa regla: nuestro matrimonio florece con la honestidad brutal. Así que pausé mi trabajo, moví mi silla alrededor del escritorio y me senté frente a la representante de RRHH a cargo de las entrevistas de contratación... para explicarle de primera mano cómo había cambiado la estructura gerencial de nuestra oficina corporativa.
Después de terminar de ponerla al día con los eventos en la sala de juntas, Abby parecía tanto conmocionada como apenada. Sus dedos temblaron ligeramente contra los míos: ya no la entrevistadora experimentada de RRHH, sino más como una chica que llora con películas donde las mascotas se pierden y son olvidadas.
• ¡Oh, no! ¿Entonces la Sra. Edith puede que no regrese? - Preguntó, casi con lágrimas en los ojos.
La manera en que su mentón cayó (cómo se mordió el labio inferior entre sus dientes), hizo que algo en mi pecho se estremeciera. Marisol hace exactamente eso cuando cree que nadie la está mirando.
- ¡Tranquila, Abby! ¡Edith volverá! - Apreté su mano, tratando de calmarla (demasiado fuerte, quizás, porque ella jadeó), luego suavicé mi agarre. Su pulso martillaba bajo mi pulgar. - ¡Confía en mí! He conocido mujeres como ella. Esto no es más que un rasguño...
Edith se había desplomado en medio de una reunión la semana antepasada (demasiado estrés, dijeron los médicos), pero yo reconocía el acero del que estaba hecha...
Sentí una sutil ironía tejiéndose en mi vida: mientras Edith me recordaba a mi madre, Reginald ahora me recordaba a mi padre. Aun así, sabía que Edith eventualmente se recuperaría: tenía el mismo fuego terco que mi madre, el tipo de fuego que, cuando se enoja, te hace desear que la policía te arreste en lugar de enfrentar su ira. Y aunque la mayoría de los demás temblaban bajo la mirada de Reginald, yo había aprendido a manejar hombres como él observando a mi padre: Estricto con los demás, más suave consigo mismo.
Los dedos de Abby se tensaron contra los míos: no retirándose, solo un movimiento reflejo, como el latigazo de la cola de un gato dormido. El calor de su piel permaneció un segundo de más después de que la solté, imprimiéndose en mi palma. Se recogió un mechón suelto de cabello detrás de su oreja, sus uñas atrapando la luz con su esmalte discreto. El movimiento hizo que su blusa se moviera, revelando otro vistazo fugaz de encaje debajo.
• Entonces… - exhaló Abby, voz extremadamente ligera. - ¿Esto significa que estás atrapado asistiendo a estas terribles reuniones indefinidamente?
Sus ojos avellana se posaron en la foto enmarcada en mi escritorio (Marisol y las niñas en el viaje a la costa hace unos años) antes de apartarse rápidamente.

Me recliné en mi silla, el cuero crujiendo bajo mi peso.
- ¡A menos que Reginald combustione espontáneamente por su propia rigidez, sí! - El café amargo que había tragado antes se agrió aún más en mi estómago.
• ¡Pero seguro que debes sentirte triste por ser degradado! - Se sentó hacia atrás en la silla, sus manos sobre sus muslos, dedos en la tela de su falda.
La luz matutina captó las motas doradas en sus ojos avellana, volviéndolos translúcidos por un latido. Exhalé por la nariz, observando cómo su blusa se tensaba sobre su pecho con el movimiento.
- ¿Qué?... n-no... - Mi mente se congeló.
No fue exactamente una degradación. Sigo haciendo mi trabajo y manteniendo mi posición como gerente. De hecho, mis deberes no han cambiado en absoluto. Lo único que duele es principalmente el recorte salarial: como ya no soy parte de la junta, recibo 1/3 de lo que ganaba antes, que sigue siendo más que suficiente para mantener a Marisol y nuestra familia.
- Es... más como una cuestión de ego. - Logré decir.
Las palabras sabían extrañas: demasiado sinceras para la oficina, demasiado crudas para la luz del día. Los labios de Abby se separaron ligeramente, su aliento cortándose como si hubiera estado esperando esta confesión todo el tiempo. Sus dedos, aun descansando sobre su falda, se cerraron, uñas hundiendo la tela.
• ¡Desearía que hubiera algo que pudiera hacer para animarte! - Dijo Abby, sus ojos avellana abiertos y brillantes como cristal en la luz matutina.

Había una suavidad inquietante en su voz… del tipo que hacía que mi pulso titubeara contra mis costillas.
Tragué saliva. Era uno de esos momentos en los que, sin importar si lo resistías o no, las cosas terminarían ocurriendo de todos modos. El silencio entre nosotros se espesó como miel dejada en invierno. Los dedos de Abby se crisparon contra sus muslos, sus uñas (pintadas de un rosa apagado) golpeando un ritmo ausente en la tela de poliéster de su falda. El aroma de su loción de vainilla se mezcló con el sabor agrio del café rancio de mi taza medio vacía en el escritorio.
Para ser honesto, ni siquiera estoy seguro de si ella tiene pareja o no. Lo único que sé es que, para cuando me di cuenta de que me estaba besando, ella ya estaba desabotonando mi camisa.

En el momento en que sus labios tocaron los míos, un escalofrío recorrió mi espina dorsal: no por pasión, sino por pura incredulidad. El sabor de su bálsamo labial de menta chocó con el café amargo que aún permanecía en mi boca. Sus manos forcejearon con mis botones, dedos temblando contra mi pecho.
La silla de oficina gimió bajo nosotros como un animal herido, un sonido que normalmente asociaría a cuando me estiro y me siento tenso, no con el calor húmedo de los muslos de una mujer montando mis caderas. Su blusa se aferraba a sus hombros donde yo había agarrado la tela demasiado fuerte, los botones tensándose contra la curva de sus pechos. La realización de que esto estaba ocurriendo de nuevo, cuando intentaba ahogar el rumor del "príncipe de la junta", que Abby mantenía vivo, debería haberme sobrio. En cambio, el dulzor mentolado de su boca y la manera en que sus uñas se clavaban en mi cuero cabelludo solo hicieron que gimiera más fuerte que la maldita silla.
Abby tiene aproximadamente la misma edad que mi esposa Marisol. Quizás, un par de años menos. Es el tipo de mujer que te deja sonriendo como un idiota si te pide que te quedes tarde en el trabajo para arreglar su computadora mientras ella sale con sus amigas de compras. El tipo de chica que enfatiza sus asentimientos con el rebote de su pecho y un trasero que seriamente te da ganas de azotarlo bajo esas faldas ajustadas. Además, sus besos son dulces como un pastel. Así que sí, no había marcha atrás para ninguno de nosotros.
A diferencia de mis “otras amigas con beneficios que habían visitado mi oficina", Abby ignoró por completo el nuevo sofá… el que Maddie me consiguió precisamente para este tipo de encuentros. En cambio, se montó directamente en mi silla de oficina, frotándose contra mí con la facilidad acostumbrada de alguien que había ensayado este escenario en su cabeza una docena de veces. Quizás, una fantasía de jefe-secretaria. El cuero gimió bajo nuestro peso combinado, el pistón hidráulico siseando levemente mientras ella ajustaba su agarre en mis hombros. Su blusa se pegaba a su piel donde el sudor había comenzado a acumularse entre sus pechos, los botones superiores desabotonados justo lo suficiente para revelar el borde del encaje debajo.

Lo curioso fue que cuando intenté tomar un condón del cajón de mi escritorio, Abby me detuvo y comenzó a montarme sin protección. Aparentemente, la mayoría de las mujeres tienen prisa cuando están conmigo en mi oficina, ya que ninguna tiene el tiempo o la paciencia para que me ponga un condón. La silla gimió bajo nuestro peso combinado mientras Abby se movía contra mí, su aliento caliente contra mi cuello.
El cierre de su sujetador cedió con un chasquido agudo, y de pronto sus pechos presionaron contra mi rostro: cálidos, pesados, olores tenues a vainilla y sudor. Un gemido escapó de mi garganta mientras Abby arqueaba su espalda, dedos apretándose en mi cabello.
• ¡Ah, mierda! - suspiró, rotando sus caderas en un círculo lento que hizo que mi visión se nublara.
La silla de cuero crujió ominosamente bajo nosotros, el siseo hidráulico ahogando el sonido húmedo de su humedad contra mí.

Como Marisol, Abby me enterró entre sus montes cálidos y suaves, su cabello castaño cayendo alrededor de nosotros como una cortina que nos protegía del mundo exterior. El aroma de vainilla y sudor me envolvió, ahogando el aire estéril de la oficina. Mis dedos trazaron los delicados relieves de su columna mientras ella se arqueaba contra mí, su aliento cortándose al ritmo de las protestas de la silla bajo nosotros.
Abby era salvaje. Sexy. Mental.
Sus nalgas en mis manos se sintieron como seda tallada: firmes pero flexibles, cada mejilla tensándose bajo mi agarre mientras ella cabalga con un ritmo que rayaba en lo violento. El calor de su vagina apretándose alrededor de mí en olas palpitantes, apretada y húmeda como un guante moldeado justo para mi pene, cada embestida hundiéndome más en su tormenta. Sus pechos rebotaban hipnóticamente sobre mí, el peso suave de ellos rozando mi pecho con cada movimiento, sus pezones duros contra el delgado encaje de su sujetador. La forma en que me miró desde arriba (ojos avellana oscurecidos por la lujuria, labios entreabiertos en jadeos sin aliento), envió un escalofrío primitivo a través de mí. Ella no solo me follaba; me reclamaba, dominándome con cada movimiento de sus caderas, y ¡Dios mío, me encantaba!

• ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! - gimió Abby, su voz quebrándose al caer en su primer orgasmo.
Su cuerpo se arqueó contra el mío, sus dedos clavándose en mis hombros con fuerza suficiente para dejar rasguños de presión. Se envolvió alrededor de mí, sus pechos aplastándose contra mi pecho, cubiertos de sudor y el tenue aroma de su loción de vainilla. Yo seguí empujando dentro de ella, más fuerte ahora, mis manos deslizándose por la curva de su espalda hasta el estrecho pliegue de sus nalgas.
Fue accidental, en realidad. Claro, la idea de follar el culo de Abby había cruzado mi mente (más de una vez, si soy honesto), pero no había planeado provocarla con eso aún. En el momento en que mis dedos rozaron su ano (solo un toque accidental mientras agarraba sus caderas) Abby jadeó con fuerza, todo su cuerpo tensándose como un cable electrificado. Su ritmo vaciló, sus muslos apretándose alrededor de los míos como un tornillo de banco. Por un segundo aterrador, pensé que había cruzado un límite que ninguno de nosotros había discutido.
• ¡Otra vez! – susurró demandante contra mi oreja, dientes raspando mi lóbulo.

Su voz había bajado una octava: ningún rastro de la alegre de recursos humanos que había entrado aquí hace veinte minutos. El cambio fue electrizante, como ver a una bibliotecaria quitarse los anteojos y sacudir su cabello en un porno cursi. Excepto que esto era real: las uñas de Abby arañando mi pecho, las caderas de Abby rotando contra las mías, el culo de Abby presionando mi palma con una presión necesitada y deliberada…
Obedecí, trazando círculos lentos y tentadores alrededor del tenso anillo de músculo, mi pulgar húmedo por su excitación. Abby se estremeció violentamente, sus paredes internas palpitando alrededor de mi pene en contracciones rítmicas que casi me derritieron ahí mismo. Los sonidos húmedos de nuestro acoplamiento llenaron la oficina silenciosa: mojados, obscenos, subrayados por el crujido protestante del cuero y el jadeo entrecortado de Abby. Su pecho subía y bajaba rápidamente, sus pezones duros contra mi lengua mientras yo mordisqueaba cada uno. Ella se arqueó con un gemido, dedos enredándose en mi cabello para mantenerme ahí, presionándose contra mi boca como si quisiera alimentarme con ellos.
Exploté dentro de ella, el alivio envolviéndonos a ambos en una niebla espesa y dulce. Tres chorros cálidos de semen calmaron la energía frenética entre nosotros, convirtiendo los músculos tensos de Abby en líquido contra mi pecho. Ella se derrumbó hacia adelante, su frente presionando mi hombro mientras jadeaba: cada exhalación agitando la tela húmeda de mi camisa arruinada.

• Espero... que esto te haya hecho sentir mejor. - logró decir entre respiros, su voz ronca de un modo que hizo que mi pene agotado se estremeciera dentro de ella.
Nos besamos… lento esta vez, labios aferrados… y yo reí contra su boca.
- ¡Sí, lo hizo!
Su vagina aleteó alrededor de mí en respuesta, ordeñando las últimas gotas de mí con perezosas réplicas.
• ¡Bien! ¡Me alegro! - jadeó, sus caderas sacudiéndose una vez más antes de quedarse quietas.
Nos vestimos en el tipo de silencio que sigue a una tormenta de verano: pesado por la energía gastada, pero más ligero de algún modo. Abby se agachó para recoger sus bragas de donde habían aterrizado cerca del cubo de basura, y la vista de su culo elevado (aun brillando levemente entre sus muslos), hizo que mis dedos se flexionaran con el impulso de agarrar, de marcar.
- Tienes… - alcancé su rostro, quitando un rizo perdido pegado a su sien húmeda, en un intento por controlar mis ganas de volver a poseerla.
Ella se estremeció, luego rió… un sonido nervioso, ligero.
• ¡Dios, debo parecer un desastre!
- ¡Pareces que acabas de ser follada en la silla de tu jefe! - dije, rotando mis hombros para aliviar la tensión.

El tapizado de cuero aún estaba caliente debajo de mí, marcado con la forma de nuestros cuerpos. Las mejillas de Abby se sonrojaron aún más mientras abrochaba el último botón de su blusa, sus ojos avellana dirigiéndose al reloj sobre mi escritorio.
Todavía nos quedaban quince minutos antes del almuerzo: tiempo suficiente para otro beso lento, este sabiendo a sal y satisfacción. Sus dedos se demoraron en mi cuello, alisando la tela arrugada con una ternura que desmentía lo fuerte que lo había agarrado antes.
• Tal vez... podamos hacer esto semanalmente. - murmuró Abby contra mis labios, su aliento cálido y mentolado.
Se alejó lo justo para ver mi reacción, su pulgar trazando la barba incipiente a lo largo de mi mandíbula.
• ¡Ya sabes! ¡Vengo aquí y te ayudo a animarte! ...
Las palabras eran juguetonas, pero su mirada escondía una pregunta: una línea tácita trazada entre nosotros.
¡Aquí vamos de nuevo!, pensé, viendo a Abby alisar su falda con tirones rápidos y nerviosos. La tela se pegaba terca a sus muslos, aún húmeda de sudor… o quizá algo más. Me atrapó mirando y lanzó una pequeña sonrisa pícara, sus ojos avellana brillando con la luz matutina que filtraba por las persianas de mi oficina.
- ¡Estaré esperándote con gusto!... - respondí con una sonrisa, recostándome en mi gastada silla de cuero.
El mueble había visto mejores días… mejores horas, dado lo que acabábamos de hacerle. La risa de Abby fue suave, melódica, mientras ajustaba su blusa una última vez. El botón superior se negó a cooperar, dejando un tentador fragmento de encaje visible sobre la curva de sus pechos.
Mientras salía de mi oficina, no pude evitar mirar su increíble culo: la forma en que su falda abrazaba cada mejilla con cada paso, el suave balanceo que delataba las persistentes réplicas de nuestro esfuerzo compartido. La puerta se cerró tras ella con finalidad, dejándome solo con el aroma de vainilla y sudor que aún flotaba en el aire.

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