Más tarde esa misma tarde, Fernando llegó de la escuela.
Entró a la casa con una energía evidente, buscando con la mirada a Daniela. Tenía una sonrisa ansiosa y la mente llena de recuerdos de lo que había pasado entre ellos el día anterior.
—Hola mamá —saludó al ver a Diana en la sala.
Diana levantó la vista y le sonrió.
—Hola hijo. ¿Cómo te fue en la escuela?
—Bien, bien… —respondió Fernando, mirando hacia las escaleras—. ¿Y la tía Daniela? ¿Está arriba?
Diana le respondió con otra cosa.
—Tu papá está en el patio reparando la podadora. Me pidió expresamente que en cuanto llegaras fueras a ayudarlo.
Fernando frunció el ceño, visiblemente decepcionado.
—¿Ahora? ¿No puedo ir más tarde?
—No, Fernando —dijo Diana con tono firme pero cariñoso—. Tu papá te está esperando. Ve a ayudarlo, por favor.
Fernando suspiró, resignado. No le quedó más remedio que dejar la mochila y dirigirse al patio trasero.
Allí estaba Severo, agachado junto a la podadora, con las herramientas desparramadas. Al ver llegar a su hijo, se limpió las manos en el pantalón y se incorporó con una sonrisa.
—Ah, por fin llegaste —dijo Severo—. Ven, ayúdame con esto.
Fernando se acercó de mala gana y se arrodilló a su lado. Empezó a pasarle las herramientas mientras Severo trabajaba.
Pero Severo no parecía tener prisa por arreglar la podadora. Después de unos minutos, miró a su hijo con una expresión entre curiosa y divertida.
—Oye… —dijo en voz baja, casi confidencial—. Quiero hablar contigo de algo.
Fernando levantó la vista, extrañado.
—¿De qué?
Severo sonrió con picardía.
—De Daniela.
Fernando se tensó visiblemente.
—Tu mamá me contó lo que vio —continuó Severo sin rodeos—. Te la cogiste ¿verdad?.
Fernando se quedó callado, con el rostro rojo.
Severo soltó una risa baja y le dio una palmada fuerte en el hombro.
—No te pongas nervioso, hijo. No te estoy regañando… te comprendo, la hembra esta buenisima. Solo quiero saber ¿Cómo estuvo? ¿Cómo le hiciste para llevársela a la cama? ¿Gime rico? ¿Se mueve bien? jaja.
Fernando tragó saliva, sorprendido por la actitud abierta y curiosa de su padre, pero al ver que su padre no estaba enfadado sino claramente interesado y hasta complacido, empezó a soltarse poco a poco.
—Estuvo… brutal, papá —admitió con una sonrisa que crecía en su rostro—. Llegué a saludarla y ahí estaba en la cama servida en bandeja de plata, con esos leggings que ufff, le hacían verle el culote que tiene demasiado rico, al principio pensé que me iba a costar convencerla pero es una completa zorra, me abrió las piernas a la primera. Gemía como una puta en celo. Me arañaba la espalda y me pedía que se la metiera más duro. Su coño estaba súper mojado y apretado.
Severo soltó una risa grave y satisfecha.
—Joder, qué suete tuviste, la mujer esta que se cae de buena la verdad. ¿Donde se los echaste?
—Adentro, la muy puta me pidió que me la cogiera sin condon. Al principio yo me puse uno pero después de un rato ella misma me quito el condón con sus manos y me dijo que me quería sentir al natural, ella misma me pidió que la llenara de leche.
—Caliente y resbaladizo como nunca —continuó Fernando, ya más suelto y orgulloso—. Sentía todo… cada pliegue, cada contracción. Cuando se corrió me apretó tan fuerte que casi me vengo en ese momento. Y cuando yo me corrí dentro de ella… gemía como loca y me apretaba con las piernas para que no saliera.
Severo asintió con aprobación, claramente excitado con los detalles.
—Pfff que ¿Y sus tetas? ¿Se las chupaste? ¿Se mueven rico cuando la coges?
—Sí, se las chupé un buen rato. Son grandes, firmes y suaves. Y cuando la cogía en misionero rebotaban con cada embestida. También le agarré el culo bien duro… está bien firme y le encanta que se la cojan de perrito.
Severo soltó otra risa y le dio una palmada fuerte en la espalda.
—Así me gusta, hijo. Me alegra que hayas probado a una mujer de verdad. Tu tía Daniela está bien buena. Pero cuéntame más… ¿te dejó chupártela? ¿Te la tragó toda? ¿Te pidió que le dieras por el culo en algún momento?
Fernando ya estaba completamente relajado y empezó a dar más detalles con orgullo.
La conversación entre padre e hijo se volvió cada vez más explícita y vulgar mientras seguían “arreglando” la podadora.
Después de la larga y explícita conversación, Severo le dio una última palmada fuerte en la espalda a Fernando.
—Ya terminaste lo que te pedí. Puedes irte.
Fernando, todavía con una sonrisa satisfecha en la cara, se limpió las manos y se dirigió hacia la casa.
—Gracias, papá —dijo antes de desaparecer por la puerta.
Severo se quedó solo un momento más revisando la podadora. Poco después apareció Diana en el patio, con una expresión decidida.
—Severo… —dijo en voz baja, acercándose—. Aprovechando que nadie está en casa, Le pediré a Fernando que me acompañe a hacer unas compras. Te quedas solo con Daniela. Es el momento perfecto para empezar nuestro plan. Acércate a ella, chantajearla si es necesario con contarle a Mauricio lo que pasó con Fernando y ella. Tú sabrás que hacer.
Severo sonrió con malicia y asintió.
—Perfecto. Déjamelo a mí.
Diana sonrió con malicia y se fue.
Después de un rato Severo entró a la casa completamente sudado por el trabajo bajo el sol. La camiseta se le pegaba al cuerpo y el olor a sudor masculino era intenso. Sabía que podía chantajear a Daniela para cogerla de una vez por todas, pero el no queria eso, queria que Daniela se acostara con el por que lo deseara, tal como sucedió con su hijo, decidió desabotonar la camisa completamente, su orgullo de macho le decía que eso excitaba a Daniela desde el principio. Su pecho tosco y muy moreno tirandole a negro con su barriga grande y prominente quedaron totalmente expuestos. El olor a macho maduro —sudor fuerte, esfuerzo y esa esencia natural y pesada— se esparció por la sala.
Daniela estaba en la sala, sentada en el sofá viendo la televisión con las piernas cruzadas. Llevaba todavía la blusa blanca escotada, incluso se había desabotonado un botón más para sentirse más fresca, ahora se podía ver el encaje blanco del brasier que tenía puesto, hasta parecía que sus pechos le habían crecido un poco más por el tremendo escote que ahora tenía. La minifalda se le había subido más por la posición en la que estaba, dejando a la vista casi por completo las hermosas piernas bien torneadas que tenía. Era una mujer realmente exuberante, que podía volver loco fácilmente a cualquier hombre.
Severo tomó dos cervezas frías de la nevera, abrió una y se acercó al sofá.
—Hola Dany, por que tan solita… ¿te acompaño?
Y antes de que ella pudiera responder se sentó justo al lado de ella, muy cerca, casi rozándola.
—Tomate una conmigo—dijo ofreciéndole la otra cerveza.
Daniela lo miró con la camisa completamente abierta y su torso sudado a la vista, percibió inmediatamente el olor intenso que emanaba de él. Era un aroma fuerte, crudo, a sudor de hombre maduro que había estado trabajando duro. Era completamente desagradable, pero en Severo… ese olor tan masculino, tan bestial, no le desagradó del todo. Al contrario, algo en él le resultaba acorde a su forma de ser: bruto, directo, macho.
—Gracias —respondió Daniela, tomando la cerveza. —Pero no tengo como destaparla.
—No te preocupes por eso linda. Severo tomó la botella, se llevó la parte superior a la boca y haciendo uso de sus dientes como un destapador, salió volando la tapa de la cerveza.
—Aquí tienes —Le devolvió la botella mirándole descaradamente los pechos.
—Que hombre tan macho —Pensó Daniela en sus adentros.

Severo se recostó en el sofá, abriendo más la camisa y dejando que se viera todo su pecho y su barriga grande.
—Estuve toda la tarde arreglando la podadora, ya sabes cosas que le corresponden al hombre —dijo con tono orgulloso y algo fanfarrón—. La podadora, el cortacésped, unas tuberías… trabajo pesado, para hombres de verdad. No como esas tonterías de oficina que hacen mis cuñados.
Se pasó una mano por el pecho sudado, limpiándose el sudor de forma casual, y miró a Daniela de reojo.
—¿Y tú? ¿Qué has hecho hoy, aparte de ponerte tan guapa?
Daniela sonrió ligeramente, sin coquetería exagerada, suspiró suavemente y se encogió de hombros.
—Nada interesante, la verdad. Estoy un poco aburrida… solo viendo televisión y pasando el rato.
Severo sonrió con confianza y, sin pedir permiso, colocó su mano grande y caliente sobre el muslo desnudo de Daniela, justo por debajo del borde de la minifalda. Sus dedos callosos se posaron con firmeza sobre la piel clara y suave.
—Pues si estás aburrida… yo puedo cambiar eso —dijo con tono bajo y directo—. ¿Por qué no salimos un día de estos? Tú y yo solos. Te invito a comer, a tomar algo… lo que quieras. Seguro nos divertimos.
Daniela sintió el peso de esa mano en su pierna. No la quitó. Solo miró a Severo con una mezcla de sorpresa y ligera resistencia.
—No sé si sea una buena idea —respondió con voz suave, pero sin apartar la pierna—. Recuerda que soy una mujer casada… y tú eres el esposo de Diana.
Severo no retiró la mano. Al contrario, empezó a acariciarle lentamente el muslo con el pulgar, subiendo un poco más por debajo de la minifalda.
—Solo es una salida… no tiene nada de malo —insistió con una sonrisa confiada—.
—Bueno lo voy a pensar. le respondió con una sonrisa.
—Oye Daniela, ¿no te molesta mi olor a macho verdad?. He estado trabajando duro todo el día y estoy un poco sudado. Pero tu siendo una hembra tan femenina, estoy seguro de que no te molesta, ¿o me equivoco?
Daniela respiró más profundo, sintiendo el intenso olor a sudor maduro y esfuerzo que emanaba del cuerpo de Severo. Era fuerte, casi asfixiante… pero no le disgustaba para nada.
—No… no me molesta —admitió en voz baja, sin quitarle la mano de la pierna.
Severo sonrió con más seguridad. Se acercó más a ella y, sin pedir permiso, la abrazó por los hombros, pegándola contra su cuerpo sudado. El olor fuerte y asqueroso de su sudor impregnó inmediatamente la blusa blanca y la piel clara de Daniela.
—Entonces creo que tampoco te molesta que me acerque un poco más… —murmuró él, y fijo descaradamente sus ojos a los pechos, que se presionaban contra la tela fina de la blusa—. Nunca las había visto tan de cerca… tienes unas tetas hermosas, Daniela. Grandes, firmes… perfectas.
Daniela se puso visiblemente nerviosa. Su respiración se aceleró y sus mejillas se sonrojaron. Sintió el calor y el sudor de Severo pegándose a su cuerpo, pero no se apartó.
—Severo, no deberías… —susurró ella, con la voz un poco temblorosa.
—Alguien podría llegar en cualquier momento.
Severo haciendo caso omiso, acercó su nariz al cuello de Daniela y comenzó a oler fuertemente como un animal, Pasó su nariz lentamente por su piel, muy cerca, casi rozándola, bajando por la clavícula hasta llegar al profundo escote. Su nariz rozó levemente la curva superior de sus pechos, inhalando profundamente.
—Daniela se asustó un poco y como un acto de defensa empujó su mano sobre el pecho desnudo y sudado de Severo.
—Mmm… hueles delicioso, Daniela —gruñó contra su piel, con voz ronca y cargada de deseo—. Hueles a hembra… o para ser exactos… hueles a hembra en celo.
—Severo, basta… —insistió, aunque su voz ya sonaba más débil. Sintiendo un escalofrío. Puso más fuerza en su mano sobre el pecho de Severo, empujando con todas sus fuerzas para alejarlo.
Pero fue inútil. El pecho de Severo era como una pared de músculo y grasa dura. No logró moverlo ni un solo milímetro. En su palma sintió el calor húmedo de su sudor, la piel resbaladiza y caliente. Su corazón latía a mil por hora, tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho.
Severo levantó la cabeza, la miró a los ojos con una sonrisa arrogante y, sin pedir permiso, tomó el rostro de Daniela con su mano grande y callosa. La sujetó con firmeza por la mandíbula y la nuca, y la besó en la boca.
Fue un beso fuerte, dominante y hambriento. Sus labios gruesos se estrellaron contra los de ella, y su lengua entró sin esperar respuesta, buscando la de Daniela con avidez.
Daniela soltó un gemido ahogado contra su boca, sorprendida. Sus manos seguían empujando el pecho de Severo, pero sin fuerza real. El beso era intenso, húmedo y posesivo. Severo la besaba como si ya fuera suya, sin prisa pero con total control.
El olor fuerte y masculino de su sudor la envolvía por completo mientras él la besaba profundamente en la sala.
El beso de Severo era fuerte, dominante y hambriento. Daniela, sorprendida, puso ambas manos sobre su pecho sudado intentando apartarlo, pero poco a poco su resistencia fue desapareciendo. Sus labios, al principio rígidos, empezaron a moverse contra los de él. Un gemido suave escapó de su garganta y, finalmente, respondió el beso. Su lengua salió al encuentro de la de Severo, enredándose con deseo contenido.

Severo gruñó contra su boca, satisfecho, y mientras la besaba con más intensidad, sus dedos gruesos comenzaron a desabotonar lentamente la blusa blanca de Daniela. Uno a uno, los botones fueron cediendo.
Daniela reaccionó de pronto y separó sus labios, respirando agitada.
—Espera Severo… esto no está bien —susurró, con la voz temblorosa—. No podemos…
Pero Severo no se detuvo. La miró a los ojos con una intensidad cruda y confesó sin rodeos:
—Me gustas mucho Daniela, me gustaste desde el primer día que te vi. Desde que entraste a esta casa con esos leggings ajustados… me volviste loco. Cada vez que te miro, solo pienso en cogerte. Eres demasiado sexy para resistirme.
Sin darle tiempo a responder, se abalanzó sobre ella, recostándola con firmeza sobre el sofá. Su cuerpo grande y pesado la cubrió por completo. Daniela sintió inmediatamente el calor húmedo de su sudor impregnando su piel, en la blusa y hasta en su minifalda. El olor fuerte, masculino y maduro de Severo la envolvió por completo.
Severo volvió a besarla con pasión. Esta vez Daniela ya no opuso resistencia. Sus manos aun estaban en el pecho de él pero ya no empujaban, ahora acariciaban su tosca piel, mientras respondía el beso con más ganas.
Mientras la besaba, Severo continuó con desabotonando los botones de la blusa que aún faltaban. Daniela no lo detuvo. Al contrario, en cuanto terminó ella misma levantó un poco la espalda para facilitarle el movimiento. Severo le quitó la blusa por completo y la lanzó en medio de la sala, dejando sus pechos al descubierto cubiertos solo por el sexy sostén blanco que se había puesto esta mañana.
Severo continuó besando el cuello de Daniela, mientras el mismo también se quitaba la camisa, quedando con el torso desnudo y sudoroso. Se inclinó de nuevo sobre ella y empezó a lamer los enormes pechos expuestos de Daniela.
Daniela soltó un gemido suave, sintiendo cómo el sudor de Severo se pegaba a su piel clara. Ese aroma tan fuerte y desagradable… paradójicamente la excitaba. Era el olor de un macho real, bruto y sin filtros.
Severo no perdió el tiempo. Con Daniela recostada en el sofá y la blusa ya quitada, bajó el sostén haciendo que sus enormes senos salieran rebotando totalmente expuestos. Eran hermosos: grandes, redondos, firmes, sus pezones eran rosas y estaban completamente endurecidos por la excitación. Severo soltó un gruñido de aprobación y se lanzó sobre ellos.
Con sus manos grandes y callosas los agarró, apretándolos con fuerza, sintiendo su peso y suavidad. Los amasó con deseo, pellizcando suavemente los pezones entre sus dedos. Luego bajó la cabeza y comenzó a besar y lamer sus pechos con hambre. Sus labios gruesos y calientes cubrían la piel sensible, chupando y lamiendo en círculos húmedos. Pasaba de un pecho al otro, saboreando cada centímetro.
—Joder, Daniela… —gruñó contra su piel—. Tus tetas son una delicia.
Daniela arqueó la espalda y soltó un gemido más fuerte cuando Severo mordisqueó suavemente uno de sus pezones endurecidos, luego el otro, alternando entre suaves mordidas y lamidas profundas. El placer era intenso y directo.
Daniela ya gemía sin poder contenerce.
Sin apartar la boca de sus pechos, Severo decidió dejarle un recuerdo. Se concentró en la parte superior de uno de su seno derecho y comenzó a chupar con fuerza, creando un chupetón visible y oscuro. Daniela sintió la succión intensa y se dio cuenta de la marca que le habían hecho, se sorprendió pero no hizo ningún reclamo, estaba completamente excitada y entregada.
Al mismo tiempo, una de sus manos grandes acariciaba la pierna y los muslos bien torneados de Daniela, metió su mano por debajo de la minifalda hasta llegar a la tanga. Sus dedos gruesos rozaron la tela mojada, presionando contra su coño caliente.
Daniela soltó un gemido ahogado al sentir el contacto de los dedos de Severo en su coño. Sentía claramente la dura erección de Severo presionando con fuerza contra su muslo y su cadera. Era gruesa, pesada y palpitante. En ese preciso momento, su mente volvió al día en que, sin querer, había encontrado a Severo y a Diana teniendo sexo en ese mismo sofá. Recordó perfectamente la imagen: la verga enorme, venosa y oscura de Severo entrando y saliendo con fuerza del coño de Diana. Recordó su grosor, su longitud y cómo brillaba húmeda mientras la follaba sin piedad.
Severo seguía devorando sus pechos con la boca, lamiendo y chupando con hambre. Daniela, presa de una excitación que ya no podía contener, bajó una mano temblorosa entre sus cuerpos. Acariciando el tosco cuerpo, pasando del pecho al abdomen sudado de Severo y luego bajaron más, hasta encontrar la gruesa verga que presionaba con fuerza contra su muslo.
Sin pensarlo dos veces, Daniela envolvió la verga de Severo con su mano y la apretó fuertemente, sintiendo su grosor y calor. Comenzó a acariciarla de arriba abajo con movimientos lentos pero decididos, masturbándolo con la palma abierta.
Severo soltó un gruñido profundo contra su pecho al sentir la mano de Daniela. Levantó la cabeza, la miró a los ojos y sonrió con una expresión satisfecha y burlona.
—Se nota que ya quieres verga, putita… —murmuró con voz ronca y cargada de arrogancia—. Mira cómo me estás agarrando la verga… tan ansiosa.
Daniela no respondió con palabras. Solo apretó un poco más la mano y siguió acariciándolo, respirando agitada. Su cuerpo ya estaba completamente entregado al deseo.
Severo sonrió aún más y volvió a besarla en la boca con fuerza, mientras la mano que tenia metida dentro de la minifalda apartaba la tanga a un lado para tocar directamente su coño empapado.
Metió el dedo medio y comenzó a penetrarla, estuvieron un rato asi, masturbandose uno al otro mientras se comian a besos.
Severo se incorporó con el torso desnudo y sudado. Miró a Daniela con una sonrisa arrogante y satisfecha.
—Bueno… si quieres verga, verga tendrás, puta —dijo con voz ronca y cargada de lujuria.
Daniela se levantó del sofá al mismo tiempo que él. Sus ojos bajaron inmediatamente hacia la entrepierna de Severo, donde la erección era evidente. Sin pensarlo dos veces, llevó las manos al cinturón y comenzó a desabrocharlo con prisa.
Severo la detuvo agarrándola por las muñecas.
—No, putita —dijo con tono dominante y burlón—. Si quieres verga, te la tendrás que comer a 4 patas, como la perra que eres. Vamos, íncate.
Daniela lo miró un segundo, respirando agitada. Luego, sin decir una palabra, se arrodilló frente a él. Su cara quedó justo a la altura de la entrepierna de Severo, donde el pantalón se levantaba como una carpa de circo por la tremenda erección.
Con las manos temblorosas de excitación, Daniela desabrochó el cinturón, luego el botón y bajó el cierre. Los pantalones cayeron hasta los tobillos de Severo, dejando solo la trusa blanca con algunas manchas, que más que blanca parecía amarilla y estaba tan estirada que parecía a punto de reventar.
Tomó los bordes de la trusa y jaló hacia abajo con decisión.
La verga de Severo saltó libre como un látigo y golpeó fuertemente el rostro de Daniela, rozando su mejilla y labios.
Severo soltó una risa grave se movió dando uno pequeños golpes en la cara y en los labios de Daniela.
—Vas a probar la verga de un verdadero hombre —le dijo con tono arrogante.
El olor era completamente asqueroso, incluso peor que el que emanaba de su cuerpo. Era un aroma fuerte, acre, como a queso podrido mezclado con sudor rancio. Sin embargo, a Daniela le encantó. Era el olor de un macho alfa, maduro, crudo y sin filtros.
La verga era tal como la recordaba: grande, gruesa, con venas muy marcadas y una cabeza ancha y oscura. En la punta ya había gotas de líquido preseminal escurriendo.
Daniela se lamió los labios sin darse cuenta, sintiendo un antojo casi animal.
Sin esperar más, sacó la lengua y comenzó a retirar esos líquidos preseminales con lamidas lentas y deliberadas. Cuando los limpió todos, se los tragó visiblemente.
Posteriormente, empezó a lamer el tronco de la verga de Severo de arriba abajo, como si fuera una rica paleta, saboreando cada vena y cada centímetro.
Finalmente, abrió la boca y se la metió. Al principio solo pudo meter la cabeza, porque era demasiado gruesa. Sus labios se estiraron al máximo alrededor del tronco. Pero no tardó en poder meterse la mitad de la verga en la boca, comenzando a chuparla con ganas, de atrás para adelante.
Severo soltó un gruñido de placer y puso una mano en la cabeza de Daniela, guiándola suavemente.
—Así, que rico… chúpamela bien, puta… —murmuró satisfecho.
El sabor era fuerte y penetrante: salado, ligeramente amargo, con un toque almizclado y sudoroso, el sabor crudo de un hombre maduro que había estado trabajando duro todo el día.
Daniela seguía moviendo la cabeza, chupando con ganas, lamiendo las venas marcadas con la lengua mientras intentaba meter más. Severo, cada vez más dominante, empujó sus caderas hacia adelante y le metió otra porción de verga en la boca, follándole la garganta con movimientos cortos pero firmes.
— Mira cómo la chupas… te lo dije, sabía que eras una perra que andaba en celo —gruñó, sujetándola del cabello con más fuerza—. Más adentro… quiero sentir cómo te ahogas con mi verga.
Daniela gemía alrededor de la enorme verga, con los ojos llorosos por el esfuerzo, pero sin apartarse. El sabor fuerte y el olor que emanaba de él la tenían completamente excitada. Severo comenzó a follarle la boca con más ritmo, usando su cabeza como si fuera un juguete, empujando más profundo cada vez.
Severo gruñó de placer mientras Daniela le chupaba la verga con ganas. Sin dejar de disfrutar de su boca caliente y húmeda, extendió las manos por detrás de ella y le desabrochó el sostén con habilidad. Lo bajó por los brazos de Daniela y lo lanzó a un lado del sofá, dejando sus pechos completamente expuestos y libres.
—Así… mucho mejor —murmuró con satisfacción, mirando como colgaban y se movían sus tetas grandes y redondas.
Luego se incorporó un poco y se despojó de los pantalones y la trusa que aún tenía enredados en sus tobillos, quedando completamente desnudo frente a ella. Su verga enorme, gruesa, venosa y oscura estaba completamente dura en la boca de Daniela.
—Quítate la minifalda —le ordenó con voz ronca y dominante—. Quiero verte desnuda mientras me la chupas.
Daniela, sin sacarse la verga de la boca, se incorporó un poco de rodillas y se bajó la minifalda, se la saco y la arrojó a cualquier lugar de la sala, quedando solo con la diminuta tanga roja de hilo dental.
Severo no se conformó con que le chupara solo una parte de la verga. Puso una mano firme en la nuca de Daniela y empujó su cabeza hacia adelante con decisión.
—Más adentro, putita —gruñó—. Quiero que te la tragues toda.
Daniela abrió la boca lo máximo posible. Severo empujó sus caderas hacia adelante y le metió la verga más profundo. La nariz de Daniela choco con la mata de pelos negros de Severo. Daniela sintió cómo se ahogaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y su garganta se contrajo alrededor de la enorme verga. Severo la mantuvo allí unos segundos, con toda la verga metida hasta la garganta, sintiendo como la apretaba.
—Al fin… te la comiste toda, ni mi esposa lo ha podido hacer, no cabe duda de que eres una verdadera puta —murmuró satisfecho, sin moverse.
Finalmente la soltó. Daniela sacó la verga de su boca tosiendo fuerte, respirando agitada, con hilos gruesos de saliva conectando sus labios con la verga brillante.
—¿Que te parece mi verga zorra? —preguntó Severo en forma dominante.
—Está… cof cof.. muy rica… —dijo Daniela con voz ronca y excitada, mirando la verga enorme y palpitante—. Es enorme… me encanta.
Severo sonrió con arrogancia y tomó su verga con una mano, dándole pequeños golpes en la cara y labios de Daniela.
—Ahora baja más, putita —le ordenó—. Chúpame los huevos. Están bien cargados de semen solo para ti.
Los huevos de Severo eran grandes, pesados y colgantes. Daniela sacó la lengua y los lamió con lentitud, saboreando su textura arrugada y caliente. Los chupó uno por uno, metiéndoselos en la boca con cuidado, succionando suavemente mientras su mano derecha subía y agarraba la gruesa verga. Comenzó a masturbarlo con movimientos firmes y lentos, deslizando la mano de arriba abajo por todo el tronco venoso, apretando justo como sabía que le gustaba.
—Oh… así… que rico me los estás chupando puta —gruñó Severo, acariciando la espalda desnuda de Daniela—. Siente como me tienes la verga… bien dura por ti.
Daniela gemía alrededor de sus huevos, chupándolos con más ganas mientras su mano aceleraba el movimiento en la verga. Un olor a sexo emanaba en toda la sala fuerte e intenso, olor a macho y hembra comenzando a aparearse.
Severo se volvió más dominante. Agarró con más fuerza el cabello de Daniela y empujó su cabeza contra sus huevos, obligándola a enterrar la cara más profundo.
—Más adentro, putita. Quiero sentir tu lengua en todas partes. Chúpamelos como la zorra que eres.
Daniela completamente sumisa se dejó llevar, lamiendo mas atras, entre los huevos y ano de Severo, el sabor era exquisito para ella, estaba saboreando un verdadero macho, lamia mientras su mano seguía masturbándolo con ritmo constante. La verga de Severo palpitaba en su puño, goteando líquido preseminal que le corría por el tronco hasta bañar la hermosa mano de Daniela.
—A partir de hoy serás mi puta… y vamos a coger cuando a mi se me antoje. Me encanta tenerte así, arrodillada como una perra.
Daniela gemía con la boca llena, le encantaba la forma dominante en que Severo la trataba. Su mano seguía moviéndose con fuerza en la verga, masturbándolo cada vez más rápido mientras chupaba y lamía sus huevos y entre pierna.
Severo sonrió con arrogancia y tiró de su cabello para levantarle la cara.
—Ahora mírame… —ordenó—. Quiero verte la cara mientras me la chupas. —Acto seguido aun de los cabellos la guió volviendo a meter su boca a la verga erecta.
Daniela no puso reparos, abrió la boca y comenzó a mamar verga, de rodillas ante su macho en turno, levanto la vista encontrando sus hermosos ojos verdes con los ojos negros de Severo. Su mano derecha se agarró de su pierna velluda y sudorosa, acariciando la piel caliente, la subió acariciándolo hasta llegar al torso. Su mano se deslizó con delicadeza y anhelo por el pecho tosco y la barriga grande de Severo, sintiendo la humedad de su sudor y la dureza de sus músculos debajo de la grasa.
Severo soltó un gruñido profundo, cerrando los ojos un momento. Sabia que estaba a punto de correrse.
—Basta… —gruñó de repente, sujetando la muñeca de Daniela con fuerza para detenerla—. Ya es suficiente, putita. Si sigues así me voy a correr en tu boca y quiero cogerte antes.
Daniela lo miró con los ojos brillantes de excitación, pero no protestó.
Severo la tomó de los brazos y la levantó con facilidad, recostándola de espaldas en el sofá. Sin perder tiempo, metió los dedos en los bordes de la diminuta tanga roja y se la bajó lentamente por las piernas, quitándosela por completo. La tanga quedó en su mano, aún caliente y mojada.
—Esto me lo quedo —dijo con una sonrisa arrogante, guardándosela en el bolsillo del pantalón que aún estaba en sus tobillos—. Será mi recuerdo de la primera vez que te cogí.
Daniela quedó completamente desnuda frente a él, con las piernas abiertas. Su coño estaba hinchado, brillante y empapado.
Severo se arrodilló entre sus piernas, separándolas más con sus manos grandes. Sin decir nada más, bajó la cabeza y comenzó a lamerla con hambre. Su lengua ancha y caliente recorrió toda la longitud de su coño, desde el clítoris hasta la entrada, saboreándola con lamidas largas y profundas. Chupó sus labios hinchados, succionó el clítoris con fuerza y metió la lengua dentro de ella, follándola con la boca.
Daniela se retorció de placer sobre el sofá, arqueando la espalda y soltando gemidos altos y entrecortados.
—Ahhh… ¡Severo! —gimió, agarrando su cabeza con ambas manos.
Su esposo nunca le había hecho sexo oral. Mauricio siempre había sido muy conservador en la cama y nunca había bajado a probarla. Sentir la lengua gruesa y caliente de Severo devorándola con tanta hambre era una sensación completamente nueva y abrumadora para ella.
—Dios… qué rico… —jadeó Daniela, moviendo las caderas contra la boca de Severo sin control.
Severo gruñó contra su coño, lamiendo con más intensidad, dando pequeñas mordidas a su clítoris y metiendo dos dedos gruesos dentro de ella mientras seguía devorándose.
Severo no se detuvo. Con Daniela recostada en el sofá y completamente desnuda, bajó la cabeza y siguió devorándola. Su lengua ancha y caliente lamía con lentitud toda su raja, desde el clítoris hinchado hasta la entrada de su coño, saboreando su humedad. Luego, con un gruñido de deseo, agarró las nalgas de Daniela con ambas manos y le levantó la cadera, exponiendo completamente su ano.
Sin dudarlo, pasó la lengua por su ano, lamiéndolo con círculos lentos y profundos. Daniela soltó un gemido agudo y sorprendido, arqueando la espalda. Severo no se conformó con solo lamer: chupó y metió la punta de la lengua dentro de su ano, alternando entre el ano y la vagina, subiendo y bajando con lamidas largas y húmedas que la hacían retorcerse de placer.
—Ahhh… ¡Severo! —gemía Daniela, agarrando su cabeza con fuerza.
Después de varios minutos de ese intenso sexo oral, Daniela ya no aguantaba más. Su cuerpo temblaba de excitación, le pedía a gritos verga.
—Severo… por favor… —suplicó con voz rota—. Ya no más… métemela de una vez… cógeme… quiero sentir tu verga dentro de mí. ¡Fóllame ya!
Severo levantó la cabeza, con los labios brillantes por los jugos de Daniela, y sonrió con orgullo y arrogancia.
—Así me gusta, putita… rogando por verga.
Se incorporó, su verga enorme, gruesa y completamente erecta apuntando hacia arriba. Daniela abrió los ojos mirandosela con deseo, abrió más las piernas, ofreciéndose completamente. Severo se colocó entre ellas, agarró su verga y la frotó lentamente sobre toda la raja mojada de Daniela, tallándola de arriba abajo, empapando la cabeza con sus jugos.
Colocó la cabeza hinchada justo en la entrada de su vagina, presionando ligeramente, a punto de empujar y penetrarla.
En ese preciso instante, el sonido de un automóvil estacionándose afuera de la casa rompió el silencio.
Era Mauricio llegando con su hijo.
Daniela abrió los ojos ahora con pánico absoluto.
—¡Es Mauricio! —susurró aterrorizada.
Se levantó de un salto, recogiendo lo que pudo de su ropa del suelo, pero en el nerviosismo dejó olvidada la blusa que estaba un poco por debajo del sofá. Salió corriendo hacia su habitación, casi desnuda, cubriéndose los pechos con los brazos.
Severo, en cambio, no se alarmo. Soltó un gruñido de fastidio y maldijo entre dientes:
—Puta madre… justo ahora…
Sin prisa, se agachó, se subió la trusa y el pantalón con calma, ajustándose la enorme erección que aún tenía.
Continuara...
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