Sebastián no perdió más tiempo viendo los mensajes de Thelma. A la mañana siguiente, la habitación de Sebastián se convirtió en una fábrica de leche. Sobre la mesita de noche reposaba una botella de vidrio transparente de un litro, vacía y esperando. Ariana, desnuda y con los ojos brillantes de sumisión, se acercó a él. No hubo preámbulos románticos; Sebastián señaló el suelo y ella se arrodilló, entendiendo su función como receptáculo viviente. El día transcurrió en una neblina de sexo y succión. Sebastián usó su boca primero, obligándola a tragar hasta que él decidió que era hora de llenar el envase. Cada vez que sentía que sus testículos retumbaban listos para explotar, retiraba su verga de la humedad de su garganta o del túnel cálido formado por sus inmensos pechos y apuntaba al cuello de la botella.
El sonido del semen golpeando el vidrio se hizo constante, un chap-chap húmedo que marcaba el ritmo de la jornada. Ariana trabajaba con una devoción fanática, masajeando la entrepierna de Sebastián con sus senos, apretando la carne blanda para exprimir hasta la última gota, mientras sus manos acariciaban sus bolsas buscando estimular más producción. Al caer la tarde, el nivel de líquido blanco y espeso había subido hasta el borde, llenando el litro completo. Sebastián, sudoroso y satisfecho, tomó su teléfono.
—Acuéstate —ordenó, con la voz ronca por el uso.
Ariana se tendió sobre las sábanas revueltas. Sebastián grabó en primer plano mientras ella inclinaba la botella sobre su boca abierta. El líquido fluyó, espeso y caliente, cayendo en cascada sobre su lengua. Ella bebió con ansiedad, tragando grandes sorbos que le hacían gorgear, dejando que el exceso rebosara por las comisuras de sus labios, bajando por su cuello y manchando su pecho. Cuando la botella estuvo vacía, solo quedaron las últimas trazas pegadas al cristal. Sebastián le indicó que se lo untara, y ella obedeció, pasando el cuello de la botella sobre sus pezones erectos y la piel suave de sus tetas enormes, dejándolas brillantes y pegajosas bajo la luz de la lámpara. Sin esperar ni un segundo, Sebastián envió el archivo a Thelma.
Al otro lado, el vibrador del teléfono de Thelma sonó sobre la mesa de centro. Ella vio la notificación y, al abrir el video, la sangre se le subió a la cara, no de placer, sino de una furia roja y violenta. Vio el litro lleno. Vio la garganta de Ariana moviéndose para tragar todo lo que Alberto no era capaz de producir en un año. Sus manos temblaban mientras apretaba el móvil, mirando a Alberto, que estaba sentado en el sofá, pálido y expectante.
—¿Ves eso? —gritó Thelma, lanzándole el teléfono a la cara para que viera la pantalla—. ¡Eso es un macho! ¡Eso es lo que una mujer necesita!
Alberto intentó disculparse, balbuceando, pero Thelma ya no quería oírlo. La celosía se había convertido en una necesidad venenosa de demostrar que ella podía estar a la altura, aunque tuviera que usar a ese inútil para ello.
—Tráeme un vaso —ordenó—. Y prepárate, porque vamos a estar aquí todo el tiempo que sea necesario.
Thelma arrastró a Alberto al centro de la sala y comenzó la sesión. Usó sus pechos, igual que Ariana, apretando el miembro flácido de Alberto con fuerza, intentando sacar algo de vida. Usó su boca, chupando con desesperación, lamiendo, mordiendo suavemente, buscando cualquier señal de erección decente. Alberto gemía, abrumado por la agresividad de su esposa, su cuerpo reaccionando lenta y patéticamente. Cada vez que él eyaculaba, era una pequeña burla de lo que debía ser; un hilillo triste que apenas cubría el fondo del vaso. Thelma se enfurecía con cada eyaculación pobre, insultándolo, golpeándole los muslos con el dorso de la mano.
—¡Es una vergüenza! ¡Mira eso, parece agua salada! ¡Sebastián llena litros, y tú ni siquiera puedes llenar esto! —gritaba mientras él se encogía de vergüenza.
Pasaron horas. El vaso de cristal se llenaba gota a gota, un proceso tedioso y humillante. Alberto estaba agotado, sudando frío, mientras Thelma, con los labios hinchados y la mirada perdida en la obsesión, continuaba la tarea. Finalmente, el vaso alcanzó un nivel aceptable para ella, aunque lejos del litro de Sebastián. Thelma se incorporó, respirando pesadamente, y miró el líquido con desdén.
—Bueno, al menos es algo —murmuró para la cámara que Alberto, temblando, sostenía en la mano.
Ella levantó el vaso y bebió varios tragos largos, saboreando el sabor salado y metálico, imaginando que era la leche de Sebastián. Luego, con un movimiento teatral, vertió el resto sobre sus propios pechos, frotando el fluido con palidez, mezclándolo con el sudor de su piel, masajeándose las tetas blancas y duras frente a la lente.
—Acaba esto —dijo fríamente, acercando el vaso a los labios de Alberto.
Él, con los ojos bajos, bebió las últimas gotitas que quedaban pegadas al cristal, lamiendo el borde como un perro obediente. Thelma le arrebató el teléfono, verificó el video y lo envió a Sebastián.
Sebastián, que descansaba en la cama con Ariana acurrucada dormitando a su lado, recibió el video. Vio en silencio la frustración en la cara de Thelma, el vaso pequeño, la humillación de Alberto bebiendo los restos. Una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios. El video de Thelma, intentando emular a Ariana y fallando miserablemente, le sirvió de afrodisíaco final. Su polla se endureció de nuevo, golpeando su abdomen con fuerza.
—Te voy a coger de nuevo mi amor —susurró Sebastián al oído de Ariana, mordiéndole el lóbulo—. Espero que puedas aguantarme otro round.
Sin más preámbulos, Sebastián se lanzó sobre Ariana. La apartó de su lado y la colocó a cuatro patas, penetrándola de un golpe seco y profundo. Ella gritó, mezclando el dolor con el placer, sintiendo cómo él la llenaba por completo. Sebastián no tuvo piedad esta vez; la folló como un semental en celo, cada embestida más profunda y brutal que la anterior, buscando sus propios límites y los de ella.
—¡Vas a recibir toda mi leche dentro! —gritó Sebastián, agarrándola por la cadera con fuerza suficiente para dejar marcas moradas.
El sonido de los cuerpos chocando llenó la habitación, húmedo y violento. Ariana no pudo hacer más que clavar los dedos en el colchón y recibir el castigo, sintiendo cómo el orgasmo de él se aproximaba como una tormenta. Sebastián gruñó, clavándose hasta el fondo, y soltó una carga torrentosa que inundó sus entrañas, caldeándola por dentro, llenándola hasta el límite, reclamando su territorio y dejando claro, una vez más, quién mandaba en ese juego.
El sonido del semen golpeando el vidrio se hizo constante, un chap-chap húmedo que marcaba el ritmo de la jornada. Ariana trabajaba con una devoción fanática, masajeando la entrepierna de Sebastián con sus senos, apretando la carne blanda para exprimir hasta la última gota, mientras sus manos acariciaban sus bolsas buscando estimular más producción. Al caer la tarde, el nivel de líquido blanco y espeso había subido hasta el borde, llenando el litro completo. Sebastián, sudoroso y satisfecho, tomó su teléfono.
—Acuéstate —ordenó, con la voz ronca por el uso.
Ariana se tendió sobre las sábanas revueltas. Sebastián grabó en primer plano mientras ella inclinaba la botella sobre su boca abierta. El líquido fluyó, espeso y caliente, cayendo en cascada sobre su lengua. Ella bebió con ansiedad, tragando grandes sorbos que le hacían gorgear, dejando que el exceso rebosara por las comisuras de sus labios, bajando por su cuello y manchando su pecho. Cuando la botella estuvo vacía, solo quedaron las últimas trazas pegadas al cristal. Sebastián le indicó que se lo untara, y ella obedeció, pasando el cuello de la botella sobre sus pezones erectos y la piel suave de sus tetas enormes, dejándolas brillantes y pegajosas bajo la luz de la lámpara. Sin esperar ni un segundo, Sebastián envió el archivo a Thelma.
Al otro lado, el vibrador del teléfono de Thelma sonó sobre la mesa de centro. Ella vio la notificación y, al abrir el video, la sangre se le subió a la cara, no de placer, sino de una furia roja y violenta. Vio el litro lleno. Vio la garganta de Ariana moviéndose para tragar todo lo que Alberto no era capaz de producir en un año. Sus manos temblaban mientras apretaba el móvil, mirando a Alberto, que estaba sentado en el sofá, pálido y expectante.
—¿Ves eso? —gritó Thelma, lanzándole el teléfono a la cara para que viera la pantalla—. ¡Eso es un macho! ¡Eso es lo que una mujer necesita!
Alberto intentó disculparse, balbuceando, pero Thelma ya no quería oírlo. La celosía se había convertido en una necesidad venenosa de demostrar que ella podía estar a la altura, aunque tuviera que usar a ese inútil para ello.
—Tráeme un vaso —ordenó—. Y prepárate, porque vamos a estar aquí todo el tiempo que sea necesario.
Thelma arrastró a Alberto al centro de la sala y comenzó la sesión. Usó sus pechos, igual que Ariana, apretando el miembro flácido de Alberto con fuerza, intentando sacar algo de vida. Usó su boca, chupando con desesperación, lamiendo, mordiendo suavemente, buscando cualquier señal de erección decente. Alberto gemía, abrumado por la agresividad de su esposa, su cuerpo reaccionando lenta y patéticamente. Cada vez que él eyaculaba, era una pequeña burla de lo que debía ser; un hilillo triste que apenas cubría el fondo del vaso. Thelma se enfurecía con cada eyaculación pobre, insultándolo, golpeándole los muslos con el dorso de la mano.
—¡Es una vergüenza! ¡Mira eso, parece agua salada! ¡Sebastián llena litros, y tú ni siquiera puedes llenar esto! —gritaba mientras él se encogía de vergüenza.
Pasaron horas. El vaso de cristal se llenaba gota a gota, un proceso tedioso y humillante. Alberto estaba agotado, sudando frío, mientras Thelma, con los labios hinchados y la mirada perdida en la obsesión, continuaba la tarea. Finalmente, el vaso alcanzó un nivel aceptable para ella, aunque lejos del litro de Sebastián. Thelma se incorporó, respirando pesadamente, y miró el líquido con desdén.
—Bueno, al menos es algo —murmuró para la cámara que Alberto, temblando, sostenía en la mano.
Ella levantó el vaso y bebió varios tragos largos, saboreando el sabor salado y metálico, imaginando que era la leche de Sebastián. Luego, con un movimiento teatral, vertió el resto sobre sus propios pechos, frotando el fluido con palidez, mezclándolo con el sudor de su piel, masajeándose las tetas blancas y duras frente a la lente.
—Acaba esto —dijo fríamente, acercando el vaso a los labios de Alberto.
Él, con los ojos bajos, bebió las últimas gotitas que quedaban pegadas al cristal, lamiendo el borde como un perro obediente. Thelma le arrebató el teléfono, verificó el video y lo envió a Sebastián.
Sebastián, que descansaba en la cama con Ariana acurrucada dormitando a su lado, recibió el video. Vio en silencio la frustración en la cara de Thelma, el vaso pequeño, la humillación de Alberto bebiendo los restos. Una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios. El video de Thelma, intentando emular a Ariana y fallando miserablemente, le sirvió de afrodisíaco final. Su polla se endureció de nuevo, golpeando su abdomen con fuerza.
—Te voy a coger de nuevo mi amor —susurró Sebastián al oído de Ariana, mordiéndole el lóbulo—. Espero que puedas aguantarme otro round.
Sin más preámbulos, Sebastián se lanzó sobre Ariana. La apartó de su lado y la colocó a cuatro patas, penetrándola de un golpe seco y profundo. Ella gritó, mezclando el dolor con el placer, sintiendo cómo él la llenaba por completo. Sebastián no tuvo piedad esta vez; la folló como un semental en celo, cada embestida más profunda y brutal que la anterior, buscando sus propios límites y los de ella.
—¡Vas a recibir toda mi leche dentro! —gritó Sebastián, agarrándola por la cadera con fuerza suficiente para dejar marcas moradas.
El sonido de los cuerpos chocando llenó la habitación, húmedo y violento. Ariana no pudo hacer más que clavar los dedos en el colchón y recibir el castigo, sintiendo cómo el orgasmo de él se aproximaba como una tormenta. Sebastián gruñó, clavándose hasta el fondo, y soltó una carga torrentosa que inundó sus entrañas, caldeándola por dentro, llenándola hasta el límite, reclamando su territorio y dejando claro, una vez más, quién mandaba en ese juego.
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