La Piedra del Río
Era un día de verano abrasador en Mendoza. El sol pegaba fuerte y el aire estaba cargado de calor. Paola tenía 29 años y estaba con su novio de entonces. Habían salido a caminar por la orilla de un río bastante aislado. Ella llevaba un short cortito de jean que le marcaba el culo lindo y una remera ajustada que se le pegaba al cuerpo por el sudor. Las tetas se le notaban firmes y redondas debajo de la tela, y cada tanto el novio le tiraba alguna mirada de “te voy a coger”.
Caminaron un buen rato, riendo, tocándose de a poco. El novio ya tenía la pija dura adentro del pantalón. Llegaron a un lugar donde el río se ensanchaba y había una piedra grande y plana, medio escondida entre unos arbustos y árboles. El agua corría cristalina al lado, haciendo un ruido suave que tapaba todo.
El novio la miró con esa sonrisa hambrienta y la empujó suavemente contra la piedra. Paola se rió nerviosa, pero ya sentía la concha mojada. Le sacó la remera despacio, dejando que las tetas grandes y firmes quedaran al aire. Le chupó los pezones con ganas, mordiéndolos suave mientras ella gemía bajito, mirando alrededor por si venía alguien.
— Ay… mirá si nos ven… — susurró ella, pero no lo paró.
El novio le bajó el short y la bombacha hasta las rodillas. La concha de Paola ya estaba hinchada, los labios grandes y oscuros brillando de humedad. Se arrodilló y se la comió con hambre, lamiéndole el clítoris lento y metiendo la lengua adentro. Paola se agarraba fuerte de la piedra, con las piernas temblando, gimiendo cada vez más fuerte.
— Ay… me vas a hacer acabar… — susurraba, mordiéndose el labio.
Se acabó por primera vez, apretando la cara de él contra su concha, soltando un gemido largo y ronco que se mezcló con el ruido del río. El novio se levantó, se bajó los pantalones y sacó la pija dura y parada. La apoyó contra la entrada y se la metió despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo.
Paola soltó un gemido profundo cuando la llenó completa. El novio empezó a cogerla con ritmo, agarrándola de las caderas, dándole embestidas profundas y fuertes. Las tetas le rebotaban con cada golpe, el culo se le movía rico y el sonido de piel contra piel se mezclaba con el del agua.
— Qué concha caliente y apretada tenés, guacha… — le gruñía al oído, dándole más fuerte.
Paola se acabó por segunda vez, apretando la concha alrededor de la pija, temblando entera, con las piernas flojas. El novio la dio vuelta, la apoyó contra la piedra inclinada y la cogió por atrás. Le metió la pija hasta el fondo, dándole más fuerte todavía, cacheteándole el culo mientras le tiraba del pelo.
En un momento Paola creyó ver movimiento entre los arbustos. Un tipo mirándolos. No estaba segura, pero la idea la puso todavía más caliente. El novio siguió cogiéndola sin parar, hasta que acabó adentro de ella, soltando un lechazo espeso y caliente que le llenó la concha completa.
Paola quedó apoyada en la piedra, respirando agitada, con la leche chorreándole por los muslos, las tetas rojas y el cuerpo temblando. Se sentía usada, expuesta, pero completamente satisfecha.
Nunca supo si realmente alguien los había espiado… pero esa duda la acompañó siempre, mojándola cada vez que se acordaba.
Era un día de verano abrasador en Mendoza. El sol pegaba fuerte y el aire estaba cargado de calor. Paola tenía 29 años y estaba con su novio de entonces. Habían salido a caminar por la orilla de un río bastante aislado. Ella llevaba un short cortito de jean que le marcaba el culo lindo y una remera ajustada que se le pegaba al cuerpo por el sudor. Las tetas se le notaban firmes y redondas debajo de la tela, y cada tanto el novio le tiraba alguna mirada de “te voy a coger”.
Caminaron un buen rato, riendo, tocándose de a poco. El novio ya tenía la pija dura adentro del pantalón. Llegaron a un lugar donde el río se ensanchaba y había una piedra grande y plana, medio escondida entre unos arbustos y árboles. El agua corría cristalina al lado, haciendo un ruido suave que tapaba todo.
El novio la miró con esa sonrisa hambrienta y la empujó suavemente contra la piedra. Paola se rió nerviosa, pero ya sentía la concha mojada. Le sacó la remera despacio, dejando que las tetas grandes y firmes quedaran al aire. Le chupó los pezones con ganas, mordiéndolos suave mientras ella gemía bajito, mirando alrededor por si venía alguien.
— Ay… mirá si nos ven… — susurró ella, pero no lo paró.
El novio le bajó el short y la bombacha hasta las rodillas. La concha de Paola ya estaba hinchada, los labios grandes y oscuros brillando de humedad. Se arrodilló y se la comió con hambre, lamiéndole el clítoris lento y metiendo la lengua adentro. Paola se agarraba fuerte de la piedra, con las piernas temblando, gimiendo cada vez más fuerte.
— Ay… me vas a hacer acabar… — susurraba, mordiéndose el labio.
Se acabó por primera vez, apretando la cara de él contra su concha, soltando un gemido largo y ronco que se mezcló con el ruido del río. El novio se levantó, se bajó los pantalones y sacó la pija dura y parada. La apoyó contra la entrada y se la metió despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo.
Paola soltó un gemido profundo cuando la llenó completa. El novio empezó a cogerla con ritmo, agarrándola de las caderas, dándole embestidas profundas y fuertes. Las tetas le rebotaban con cada golpe, el culo se le movía rico y el sonido de piel contra piel se mezclaba con el del agua.
— Qué concha caliente y apretada tenés, guacha… — le gruñía al oído, dándole más fuerte.
Paola se acabó por segunda vez, apretando la concha alrededor de la pija, temblando entera, con las piernas flojas. El novio la dio vuelta, la apoyó contra la piedra inclinada y la cogió por atrás. Le metió la pija hasta el fondo, dándole más fuerte todavía, cacheteándole el culo mientras le tiraba del pelo.
En un momento Paola creyó ver movimiento entre los arbustos. Un tipo mirándolos. No estaba segura, pero la idea la puso todavía más caliente. El novio siguió cogiéndola sin parar, hasta que acabó adentro de ella, soltando un lechazo espeso y caliente que le llenó la concha completa.
Paola quedó apoyada en la piedra, respirando agitada, con la leche chorreándole por los muslos, las tetas rojas y el cuerpo temblando. Se sentía usada, expuesta, pero completamente satisfecha.
Nunca supo si realmente alguien los había espiado… pero esa duda la acompañó siempre, mojándola cada vez que se acordaba.
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